Julio cortazar



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Con tinta roja y manifiesta complacencia, Morelli había copiado en una libreta el final de un poema de Ferlinghetti:
Yet I have slept with beauty

in my own weird way

and I have made a hungry scene or two

with beauty on my bed

and so spilled out another poem or two

and so spilled out another poem or two

upon the Bosch-like world


(-36)

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Las enfermeras iban y venían hablando de Hipócrates. Con un mínimo de trabajo, cualquier pedazo de realidad podía plegarse a un verso ilustre. Pero para qué plantearle enigmas a Etienne que había sacado su carnet y dibujaba alegremente una fuga de puertas blancas, camillas adosadas a las paredes y ventanales por donde entraba una materia gris y sedosa, un esqueleto de árbol con dos palomas de buches burgueses. Le hubiera gustado contarle el otro sueño, era tan curioso que toda la mañana hubiera estado obsesionado por el sueño del pan, y zás, en la esquina de Raspail y Montparnasse el otro sueño se le había caído encima como una pared, o más bien como si toda la mañana hubiera estado aplastado por la pared del pan quejándose y de golpe, como en una película al revés, la pared se hubiera salido de él, enderezándose de un salto para dejarlo frente al recuerdo del otro sueño.

—Cuando vos quieras —dijo Etienne, guardando el carnet—. Cuando te venga bien, no hay ningún apuro. Todavía espero vivir unos cuarenta años, de modo que...

—Time present and time past —recitó Oliveira— are both perhaps present in time future. Está escrito que hoy todo va a parar a los versos de T.S. Estaba pensando en un sueño, che, disculpá. Ahora mismo vamos.

Sí, porque con lo del sueño ya está bien. Uno aguanta, aguanta, pero al final...

—En realidad se trata de otro sueño.

—Misère! —dijo Etienne.

—No te lo conté por teléfono porque en ese momento no me acordaba.

—Y estaba el asunto de los seis minutos —dijo Etienne—. En el fondo las autoridades son sabias. Uno se caga todo el tiempo en ellas, pero hay que decir que saben lo que hacen. Seis minutos...

—Si me hubiera acordado en ese momento, no tenía más que salir de la cabina y meterme en la de al lado.

—Está bien —dijo Etienne—. Vos me contás el sueño, y después bajamos por esa escalera y nos vamos a tomar un vinito a Montparno. Te cambio a tu famoso viejo por un sueño. Las dos cosas son demasiado.

—Diste justo en el clavo —dijo Oliveira, mirándolo con interés—. El problema es saber si esas cosas se pueden cambiar. Lo que me decías justamente hoy: ¿mariposa o Chang-Kai-Chek? A lo mejor al cambiarme al viejo por un sueño, lo que me estás cambiando es un sueño por el viejo.

—Para decirte la verdad, maldito lo que me importa.

—Pintor —dijo Oliveira.

—Metafísico —dijo Etienne—. Y ya que estamos, ahí hay una enfermera que empieza a preguntarse si somos un sueño o un par de vagos. ¿Qué va a pasar? Si viene a echarnos, ¿es una enfermera que nos echa o un sueño que echa a dos filósofos que están soñando con un hospital donde entre otras cosas hay un viejo y una mariposa enfurecida?

—Era mucho más sencillo —dijo Oliveira, resbalando un poco en el banco y cerrando los ojos—. Mirá, no era más que la casa de mi infancia y la pieza de la Maga, las dos cosas juntas en el mismo sueño. No me acuerdo cuándo lo soñé, me lo había olvidado completamente y esta mañana. mientras iba pensando en lo del pan...

—Lo del pan ya me lo contaste.

—De golpe es otra vez lo otro y el pan se va al demonio, porque no se puede comparar. El sueño del pan me lo puede haber inspirado... Inspirado, mirá qué palabra.

—No tengas vergüenza de decirlo, si es lo que me imagino.

—Pensaste en el chico, claro. Una asociación forzosa. Pero yo no tengo ningún sentimiento de culpa, che. Yo no lo maté.

—Las cosas no son tan fáciles —dijo Etienne, incómodo—. Vamos a ver al viejo, basta de sueños idiotas.

—En realidad casi no te lo puedo contar —dijo Oliveira. resignado—. Imaginate que al llegar a marte un tipo te pidiera que le describas la ceniza. Más o menos eso.

—¿Vamos o no a ver al viejo?

—Me da absolutamente lo mismo. Ya que estamos... La cama diez, creo. Le podríamos haber traído alguna cosa, es estúpido venir así. En todo caso regalale un dibujito.

—Mis dibujos se venden —dijo Etienne.


(-112)

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El verdadero sueño se situaba en una zona imprecisa, del lado del despertar pero sin que él estuviera verdaderamente despierto; para hablar de eso hubiera sido necesario valerse de otras referencias, eliminar esos rotundos soñar y despertar que no querían decir nada, situarse más bien en esa zona donde otra vez se proponía la casa de la infancia, la sala y el jardín en un presente nítido, con colores como se los ve a los diez años, rojos tan rojos, azules de mamparas de vidrios coloreados, verde de hojas, verde de fragancia, olor y color una sola presencia a la altura de la nariz y los ojos y la boca. Pero en el sueño, la sala con las dos ventanas que daban al jardín era a la vez la pieza de la Maga; el olvidado pueblo bonaerense y la rue du Sommerard se aliaban sin violencia, no yuxtapuestos ni imbricados sino fundidos, y en la contradicción abolida sin esfuerzo había la sensación de estar en lo propio, en lo esencial, como cuando se es niño y no se duda de que la sala va a durar toda la vida: una pertenencia inalienable. De manera que la casa de Burzaco y la pieza de la rue du Sommerard eran el lugar, y en el sueño había que elegir la parte más tranquila del lugar, la razón del sueño parecía ser solamente ésa, elegir una parte tranquila. En el lugar había otra persona, su hermana que lo ayudaba sin palabras a elegir la parte tranquila, como se interviene en algunos sueños sin siquiera estar, dándose por sentado que la persona o la cosa están ahí e intervienen; una potencia sin manifestaciones visibles, algo que es o hace a través de una presencia que puede pasarse de apariencia. Así él y su hermana elegían la sala como la parte más tranquila del lugar, y estaba bien elegido porque en la pieza de la Maga no se podía tocar el piano o escuchar radio después de las diez de la noche, inmediatamente el viejo de arriba empezaba a golpear en el techo o los del cuarto piso delegaban a una enana bizca para que subiera a quejarse. Sin una sola palabra, puesto que ni siquiera parecían estar ahí, él y su hermana elegían la sala que daba al jardín, descartando la pieza de la Maga. En ese momento del sueño Oliveira se había despertado, tal vez porque la Maga había pasado una pierna por entre las suyas. En la oscuridad lo único sensible era el haber estado hasta ese instante en la sala de la infancia con su hermana, y además unas ganas terribles de orinar. Empujando sin ceremonias la pierna de la Maga, se levantó y salió al rellano, encendió a tientas la mala luz del water, y sin molestarse en cerrar la puerta se puso a mear apoyado con una mano en la pared, luchando por no quedarse dormido y caerse en esa porquería de water, completamente metido en el aura del sueño, mirando sin ver el chorro que le salía por entre los dedos y se perdía en el agujero o erraba vagamente por los bordes de loza negruzca. Tal vez el verdadero sueño se le apareció en ese momento cuando se sintió despierto y meando a las cuatro de la mañana en un quinto piso de la rue du Sommerard y supo que la sala que daba al jardín en Burzaco era la realidad, lo supo como se saben unas pocas cosas indesmentibles, como se sabe que se es uno mismo, que nadie sino uno mismo está pensando eso, supo sin ningún asombro ni escándalo que su vida de hombre despierto era un fantaseo al lado de la solidez y la permanencia de la sala aunque después al volverse a la cama no hubiera ninguna sala y solamente la pieza de la rue du Sommerard, supo que el lugar era la sala de Burzaco con el olor de los jazmines del Cabo que entraba por las dos ventanas, la sala con el viejo piano Bluthner, con su alfombra rosa y sus sillitas enfundadas y su hermana también enfundada. Hizo un violento esfuerzo para salirse del aura, renunciar al lugar que lo estaba engañando, lo bastante despierto como para dejar entrar la noción de engaño, de sueño y vigilia, pero mientras sacudía unas últimas gotas y apagaba la luz y frotándose los ojos cruzaba el rellano para volver a meterse en la pieza, todo era menos, era signo menus, menos rellano, menos puerta, menos luz, menos cama, menos Maga. Respirando con esfuerzo murmuró: «Maga», murmuró «París», quizá murmuró: «Hoy.» Sonaba todavía a lejano, a hueco, a realmente no vivido. Se volvió a dormir como quien busca su lugar y su casa después de un largo camino bajo el agua y el frío.
(-145)



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