Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



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Podemos juzgar y afirmar que la tendencia sexual es una fuerza específica de la naturaleza, pero no podernos pensar ni afirmar que no tiene alguna otra significación fuera de la biológica. Porque esto no es verdad. La tendencia sexual tiene un significado existencial, porque está estrechan tente ligada a la existencia del hombre, a la de toda la especie homo, y no únicamente a la fisiología o a la psico-fisiología del hombre, de la que se ocupan las ciencias naturales. La existencia, en cambio, no constituye el objeto propio y adecuado de ninguna ciencia natural. Cada una de ellas no hace más que admitir la existencia como un hecho concreto, comprendido en el objeto que ella examina. La existencia misma es el objeto de la filosofía, que es la única que se ocupa del problema de la existencia en cuanto tal. Esta es la razón por la que la filosofía es la ,que nos pone ante los ojos la visión completa de la tendencia sexual, estrechamente vinculada a la existencia de la especie homo y dándonos de ese hecho —como acabamos de decir— no sólo un carácter biológico, sino que también existencial. Esto es capital para la apreciación de la importancia de esta impulsión, apreciación que tiene consecuencias en el terreno de la moral sexual. Si la tendencia sexual no tuviese un significado “biológico”, podríasela considerar como un terreno de deleite, podría admitirse que constituye para el hombre un objeto de placer en la misma proporción que los diversos seres naturales vivientes o inanimados. Pero puesto que posee el carácter existencial, puesto que está ligada a la existencia misma de la persona humana, bien primero y fundamental de ésta, es preciso que esté sometida a los principios que obligan a toda persona. Así que, por más que la impulsión esté a la disposición del hombre, éste nunca debe hacer uso de ella si no es en el amor a una persona, ni —menos todavía— en contra de dicho amor.

No se puede, por consiguiente, de ninguna manera afirmar que la tendencia sexual, teniendo como tiene en el hombre su propia finalidad definida de antemano e independiente de la voluntad y de la autodeterminación, sea inferior a la persona y al amor. El fin intrínseco de la impulsión es la existencia de la especie homo, su conservación, procreatio, y el amor de las personas, del hombre y de la mujer, se desarrolla dentro de los confines de esa finalidad, dentro de su marco si así puede decirse; nace de los elementos que la impulsión le suministra. Por consiguiente no puede estar constituido normalmente sino en la medida en que toma forma en estrecha armonía con la finalidad esencial de la impulsión. Un conflicto con esta finalidad equivaldría fatalmente a una perturbación y a un desquiciamiento del amor de las personas. La finalidad de la impulsión pone obstáculos muchas veces al hombre que intenta evitar el conflicto de una manera artificial. Pero esto debe necesariamente tener repercusiones negativas sobre el amor entre personas, el cual—en tal caso— está más estrechamente ligado a la utilización de la impulsión.

El hecho de que esta finalidad de la tendencia ponga obstáculos al hombre proviene de diferentes causas; más adelante hablaremos de ellas. Una de estas razones es sin duda alguna que el hombre, en su conciencia y en su entendimiento, atribuye muchas veces a la impulsión sexual un significado puramente “biológico” y no comprende con suficiente profundidad su verdadero significado, que es existencial y consiste en la relación de la impulsión con la existencia. Es precisamente esta relación con la existencia del hombre y con la de la especie homo la que da a la impulsión sexual su importancia y su significación objetivas. Pero éstas no se dibujan en la conciencia más que en la medida en que el hombre integra en su amor lo que está comprendido en la finalidad natural de la impulsión. Sin embargo, la determinación, dentro de cuyo marco la existencia del hombre y la de la especie dependen fatalmente de la utilización de la tendencia sexual, ¿no le impedirá hacer esa integración? La determinación ligada al orden existencial del hombre y de la especie puede ser conocida por toda persona y aceptada a sabiendas. No siendo, como no es, una necesidad en el sentido psicológico, no excluye al amor, sino que simplemente le da un carácter específico. Ese es el carácter que posee el amor conyugal en su plenitud, el amor del hombre y de la mujer que conscientemente han decidido participar en el orden de la existencia y servir la existencia de la especie homo. Para decirlo más directamente y de una manera más concreta, estas dos personas, el hombre y la mujer, sirven entonces la existencia de otra persona, que es su propio hijo, sangre de su sangre y cuerpo de su cuerpo. Esta persona es al mismo tiempo una confirmación y una prolongación de su propio amor. El orden de la existencia no crea un conflicto para el amor de las personas, sino, antes al contrario, está con él en estrecha armonía.

 

10. Interpretación religiosa



 

El problema de la tendencia sexual es uno de los problemas clave de la moral. En la moral católica hay una significación profundamente religiosa. El orden de la existencia humana, lo mismo que de toda existencia, es la obra del Creador. No es una obra que se cumplió una vez allá en un lejano tiempo que pasó en el universo, sino una obra permanente, que continúa completándose. Dios crea continuamente, y gracias a esta continuidad el mundo se mantiene en su existencia (conservatio est continua creatio). El mundo se compone de criaturas, es decir, de seres que no obtienen por sí mismos su existencia, porque la causa primera de ésta y su origen están fuera de ellas. Ese origen se encuentra en Dios, invariable y continuamente, y con él, la causa primera de la existencia de toda criatura. Las criaturas, sin embargo, participan en el orden de la existencia, no solamente por el hecho de que existen ellas mismas, sino también porque ayudan, por lo menos algunas de entre ellas, a transmitir la existencia a otros seres de su especie. Así acontece en los seres humanos, en el hombre y en la mujer, los cuales, valiéndose de la tendencia sexual, se incorporan en cierto modo en la corriente cósmica de transmisión de existencia. Su situación particular resulta de la facultad que tienen de dirigir conscientemente su acción y de prever las consecuencias posibles, los frutos.

Pero esta conciencia va más lejos y la verdad religiosa contenida en el Génesis y en el Evangelio ayuda a su desarrollo. Por la procreación, por su participación en el comienzo de la vida de un nuevo ser, el hombre y la mujer participan a un mismo tiempo a su manera en la obra de la creación. Se pueden, pues, considerar como los creadores conscientes de un nuevo hombre. Este nuevo hombre es una persona. Los padres toman parte en la génesis de una persona. Sabemos que la persona no e. únicamente un organismo. El cuerpo humano es cuerpo de la persona, porque forma una unidad sustancial con el espíritu humano. Este no tiene en su origen sola la unión física del hombre y de la mujer. El espíritu jamás puede surgir del cuerpo, ni menos nacer y formarse según los mismos principios que dirigen el nacimiento del cuerpo. Las relaciones sexuales entre el hombre y la mujer son relaciones carnales, si bien han de tener en su origen un amor espiritual. En el orden de la naturaleza, no observamos reacciones de espíritus que den origen a un nuevo espíritu. El amor del hombre y de la mujer, por fuerte y hondo que sea, tampoco basta para dar ello. Con todo, en el momento en que un nuevo hombre es concebido, un nuevo espíritu es concebido al mismo tiempo, sustancialmente Unido al cuerpo cuyo embrión comienza a existir en el seno de la madre. De otra suerte sería imposible entender cómo ese embrión podría en seguida desarrollarse para llegar a ser precisamente un hombre, una persona.

El inicio de la personalidad humana es, en fin—como lo enseña la Iglesia—, obra de Dios, de Dios mismo: es El quien crea el alma espiritual e inmortal del ser cuyo organismo comienza a existir a consecuencia de las relaciones físicas del hombre y de la mujer. Estas relaciones han de ser el resultado del amor de las personas y han de encontrar en el amor su plena justificación. Aun cuando no sea él solo el origen del nuevo espíritu —del alma del hijo— con todo ha de estar dispuesto a acogerlo y a asegurar el pleno desenvolvimiento, no sólo físico, sino también espiritual de este nuevo ser personal que comienza a existir gracias a un acto físico, ciertamente, pero que es asimismo la expresión del amor espiritual de las personas. El pleno desarrollo de la persona humana es fruto de la educación. La procreación es el fin esencial de la tendencia sexual la cual —ya lo dejamos dicho—, suministra igualmente materia al amor del hombre y de e la mujer. El amor debe a la impulsión su fecundidad en el sentido biológico, pero es necesario también que sea fecundo en el. sentido espiritual, moral, personal. Es en la obra de la educación de nuevas personas donde se manifiesta toda la fecundidad del amor de sus padres. Ahí reside su fin esencial y su dirección natural. La educación es una creación que utiliza como material a personas; en efecto, no se puede educar mí que personas: al e animal se le amaestra. Al mismo tiempo, esta creación concierne a un material íntegramente humano: todo lo que se encuentra naturalmente en el hombre, objeto de educación, constituye para los educadores la materia que su amor ha de formar. El material de la educación importa asimismo lo que Dios le añade de sobrenatural de gracia. En efecto, Dios no deja la educación, la cual es hasta cierto punto una creación continuada de la personalidad, entera y exclusivamente a los padres, sino que toma parte también en ella El mismo, personalmente. No es únicamente el amor de los padres el que se encontraba en el origen de la nueva persona; es el amor del Creador el que decidió el inicio de la existencia de la persona en el seno de la madre. La gracia perfecciona esa obra. Dios mismo toma en la creación de la personalidad humana una parte suprema en el dominio espiritual, moral, estrictamente sobrenatural. Los padres, si no quieren faltar a su verdadero papel, el de con-creadores, han de contribuir a ella también.

Podemos, pues, constatar que la realidad llamada “impulsión” o “tendencia sexual” no es radicalmente oscura, ni incomprensible, sino que, al contrario, nos es accesible y se deja captar por la mente humana (sobre todo por la mente fundamentada en la Revelación), lo cual, a su vez, es la condición del amor en que se expresa la libertad de la persona. La tendencia sexual continúa vinculada al orden de la existencia, siendo éste, como lo es, un orden divino en la medida en que se realiza bajo la influencia continua de Dios Creador. Por su vida conyugal y por sus relaciones sexuales, el hombre y la mujer se insertan en ese orden y aceptan el tomar alguna parte en la obra de la creación. El orden de la existencia es un orden divino, aunque la existencia, en cuanto tal, no sea sobrenatural. Con todo, no es solamente el orden sobrenatural el que es divino; el orden de la naturaleza lo es igualmente, está también relacionado con Dios Creador. No se ha de confundir “orden de la naturaleza” y “orden biológico”, ni identificar lo que esas expresiones designan. El orden biológico es orden de la naturaleza en la medida en que éste es accesible a los métodos empíricos y descriptivos de las ciencias naturales; pero, en cuanto orden específico de la existencia, estando, como está, relacionado manifiestamente con la Causa primera, con Dios Creador, el orden de la naturaleza no es ya un orden biológico.

La confusión del orden de la existencia con el orden biológico, o, más bien, el hecho de que éste oculta al otro por parecer más importante, parece pesar gravemente, con todo el empirismo que va conectado con él, sobre el espíritu del hombre contemporáneo, sobre todo del hombre instruido, y se encuentra en el origen de las dificultades que tiene éste para comprender los principios de la moral sexual católica. Según estos principios, el sexo, lo mismo que la tendencia sexual, no pertenecen sólo al terreno de la psico-fisiología del hombre. La impulsión sexual tiene su importancia objetiva gracias, precisamente, al hecho de que está ligada a la obra divina de la creación. Esta importancia se esfuma casi totalmente en un espíritu hipnotizado por el orden biológico. Mirada así la impulsión sexual no es más que una suma de funciones que, desde el punto de vista biológico, tienden incontestablemente a un fin biológico, la reproducción. Sin embargo, puesto que el hombre es dueño de la naturaleza, ¿no tendría que dirigir esas funciones —aunque no fuese más que artificialmente, con la ayuda de una técnica apropiada— de una manera que le conviene y que encuentra adecuada? El orden biológico, en cuanto obra del espíritu humano que separa sus elementos, por abstracción, de lo que realmente existe, tiene directamente por autor al hombre. De ahí a la autonomía de las opiniones morales no hay más que un paso. Y no es lo mismo para el orden de la naturaleza, es decir, para el conjunto de las relaciones cósmicas que intervienen entre los seres que existen realmente. Hay, por consiguiente, en todo esto un orden de la existencia, y todas las leyes que la rigen encuentran su fundamento en Aquel que es su fuente continua, en Dios Creador.

 

11. Interpretación rigorista



 

El hecho de entender bien y de interpretar correctamente la tendencia sexual tiene, en el dominio de la moral sexual, una importancia no menos grande que la comprensión correcta de los principios que dirigen las relaciones entre las personas. Hemos consagrado al segundo problema la primera parte del presente capítulo (Análisis de la palabra “gozar”), porque parece ser un elemento intelectualmente anterior a la interpretación de la tendencia sexual. Esta, en el mundo de las personas, es una cosa distinta. Tiene aquí una significación distinta de la que le corresponde en el conjunto del mundo de la naturaleza. Su interpretación deberá, por lo tanto, estar correlacionada con la comprensión de la persona y de los derechos elementales de ésta respecto de las demás personas; la primera parte del presente capítulo nos ha preparado para ello.

Conociendo los principios que hemos formulado más arriba (norma personalista), podemos proceder ahora a la eliminación de las interpretaciones erróneas, por unilaterales y unilateralmente exageradas, de la tendencia sexual. Una de ellas es la interpretación “por la libido” (al emplear este término nos referimos a Freud), de la cual se tratará más abajo. La interpretación rigorista, puritana, es otra, y ésa es la que intentaremos ahora presentar y juzgar. Y nos conviene hacerlo tanto más cuanto que esta interpretación puede pasar por una vista cristiana de los problemas sexuales, aportada por el Evangelio, siendo así que, por el contrario, parte de los principios naturalistas, es decir, empírico-sensualistas. Fue, sin duda, creada antiguamente para que se opusiese en la práctica a los mismos principios que admite en la teoría (porque, histórica y geográficamente, el puritanismo y el empirismo sensualista están muy cerca el uno del otro, como que se desarrollaron ambos en Inglaterra por los años del siglo XVII). Pero ha sido precisamente esta contradicción fundamental entre los principios teóricos y los fines propuestos en la práctica la que ha contribuido al hecho de que la concepción rigurosa y puritana, al recurrir a otro camino, caiga en el utilitarismo, el cual en verdad .es fundamentalmente opuesto a las apreciaciones y a las normas basadas en el Evangelio. Procuraremos ahora demostrarlo, subrayando este rasgo de utilitarismo.

Hela aquí a grandes trazos: el Creador se sirve del hombre y de la mujer, así como de sus relaciones sexuales, para asegurar la existencia de la especie homo. Por eso utiliza Dios las personas como medios que le sirven para su propio fin. Por consiguiente, el matrimonio y las relaciones sexuales no son buenas más que porque sirven a la procreación. Luego, el hombre obra bien cuando se sirve de la mujer como de un medio indispensable para conseguir el fin del matrimonio, que es la prole. El hecho de a utilizar la persona como un medio que sirve para obtener ese fin objetivo, que es la procreación, es inherente a la esencia del matrimonio. Semejante “utilización” es buena por sí misma. No es más que el “placer”, es decir, la búsqueda del deleite y de la voluptuosidad en las relaciones sexuales, lo que es un mal. A pesar de constituir un elemento indispensable de la “utilización”, no por ello deja de ser un elemento “impuro” por sí mismo, un sui generis mal necesario. Pero. no hay más remedio que tolerarlo, ya que no se le puede eliminar.

Esta concepción se enlaza con las tradiciones maniqueas, condenadas por la Iglesia desde los primeros siglos de la era cristiana. Es verdad que no rechaza el matrimonio por malo e impuro, por ser “carnal”, como lo hacían los maniqueos; se limita a constatar que el matrimonio es admisible. porque el bien de la especie lo exige. Pero la interpretación de la tendencia sexual, entendida según esa concepción, no puede ser admitida más que por los ultraespiritualistas. Por ser su interpretación unilateral y exagerada es por lo que caen en aquello que precisamente se esfuerza en eliminar la enseñanza del Evangelio y de la Iglesia bien comprendida. En la base de esta falsa concepción se encuentra una inteligencia errónea de la actitud de Dios, Causa primera, respecto de estas causas segundas que son las personas. Al unirse en las relaciones sexuales el hombre y la mujer, lo hacen en cuanto personas libres y racionales, y su unión tiene un valor moral cuanto al amor verdadero de las personas. Si puede decirse que el Creador “se sirve” de la unión sexual de las personas para realizar Su orden de la existencia concebido para la especie homo, sin embargo, no se puede afirmar que el Creador utiliza las personas únicamente como medios que le sirven para un fin fijado por El.

El Creador, al dar al hombre y a la mujer una naturaleza racional y el poder de determinar ellos mismos sus actos, les ha dado por ello mismo la posibilidad de elegir libremente ese fin que es el término natural de las relaciones sexuales. Y dondequiera que dos personas pueden elegir en común un bien para que sea su fin, hay también la posibilidad del amor. El Creador no se sirve, por tanto, de las personas únicamente como de medios o de instrumentos de su potencia creadora, sino que les abre la posibilidad de una realización particular del amor. De ellas mismas dependerá, en consecuencia, establecer sus relaciones sexuales al nivel del amor, propio de las personas, o bien por debajo. Es voluntad de Dios no sólo conservar la especie mediante las relaciones sexuales, sino conservarla según los principios del amor digno de las personas. Al mostrarnos su mandamiento del amor, el Evangelio nos obliga a no admitir más que de esta manera la voluntad de Dios.

Contrariamente a lo que sugiere el espiritualismo unilateral de los puritanos rigoristas, no es incompatible con la dignidad objetiva de las personas que su amor conyugal traiga consigo un “placer” sexual. Aquí se trata de todo lo que contiene la segunda acepción de la palabra “placer”. Queriendo excluirlo o limitarlo de una manera artificial, la interpretación rigorista no consigue sino erigir el deleite en un fin en sí que puede, por un lado, separarse de la acción de la impulsión sexual, y, por otro, del amor de las personas. Ahí reside precisamente, como lo hemos visto más arriba, la tesis fundamental del utilitarismo: de este modo, el rigorismo se esfuerza en combatir en el plano práctico lo que aprueba enteramente en teoría. Ello, no obstante, el placer multiforme vinculado a la diferencia de sexos, es decir, la voluptuosidad sexual inherente a las relaciones conyugales, no puede ser considerado como un fin aparte, porque, en ese caso, incluso quizá inconscientemente, comenzaríamos a tratar a la persona como un medio que sirve para alcanzar ese fin, por consiguiente, como un objeto, como fuente de placer.

Saborear el deleite sexual sin tratar en el mismo acto a la persona como un objeto de placer, he ahí el fondo del problema moral sexual. El rigorismo que se propone, de una manera tan estrecha, vencer el uti sexual, lleva a él, al contrario de lo que se cree, aunque no sea más que en la esfera de las intenciones. La única vía que conduce a la victoria sobre el uti es admitir el frui, radicalmente diferente, de San Agustín. Hay un gozar conforme a la naturaleza de la tendencia sexual, y al mismo tiempo a la dignidad de las personas; en el extenso dominio del amor entre el hombre y la mujer, el gusto tiene su origen en la acción común, en la mutua comprensión y en la realización armoniosa de los fines elegidos conjuntamente. Este gozar, este frui, puede provenir asimismo del multiforme deleite creado por la diferencia de los sexos, tanto como de la voluptuosidad sexual que dan las relaciones conyugales. El Creador ha previsto este deleite y lo ha vinculado al amor del hombre y de la mujer, a condición de que su amor se desenvuelva, a partir de la impulsión sexual, normalmente, es decir, de una manera digna de personas.

 

12. La libido y el neomaltusianismo



 

La desviación en el sentido del rigorismo exagerado, en el que, por lo demás, como lo hemos visto, se manifiesta con cierta medida el pensamiento utilitarista (extrema se tangunt!), no es, sin embargo, tan frecuente ni tan general como la desviación contraria, la libido. Su nombre, del latín “libido”, “voluptuosidad que resulta del placer”, ha sido empleado - por Sigmundo Freud en su interpretación de la tendencia sexual. No vamos a hablar ahora más ampliamente de la psicoanálisis freudiana, ni de la teoría de lo inconsciente. Freud es tenido como un representante del pansexualismo, porque tiende a considerar todas las manifestaciones de la vida humana, aun las del recién nacido, como manifestaciones de la tendencia sexual. Es verdad que, si bien sólo algunas de estas manifestaciones se dirigen directa y expresamente a los valores y objetos sexuales, todas, sin embargo, apuntan, aunque sea de una manera indirecta y confusa, a la voluptuosidad, a la libido, la cual, de suyo, tiene siempre una significación sexual. Por ello, Freud habla, sobre todo, de la tendencia a la voluptuosidad (Libido-trieb) y no de la impulsión sexual. Lo que aquí nos importa es que, según esa concepción, la impulsión sexual es esencialmente una tendencia a la voluptuosidad.

Este modo de ver las cosas resulta de una concepción fragmentaria y puramente subjetiva del hombre. La impulsión sexual está, según ella, determinada, cuanto a su esencia, por lo que constituye el contenido más visible y más llamativo de la experiencia humana en el terreno sexual. Este contenido, según Freud, es exactamente la a voluptuosidad, la libido. El hombre se zambulle en la voluptuosidad cuando la alcanza y tiende hacia ella cuando no la tiene y se ve privado; luego la búsqueda de la voluptuosidad es lo que le determina interiormente. Anda perpetuamente, y en casi todo lo que hace, en persecución de la voluptuosidad. Este es el fin primordial de la tendencia sexual, y aun de toda la vida instintiva del hombre, un fin per se. La transmisión de la vida, la procreación, no son, según esta concepción, más que un fin secundario, un fin per accidens. De modo que el fin objetivo de la impulsión sexual viene a ser secundario y, en el fondo, sin importancia, porque la psicoanálisis, al ignorar que el hombre es uno de los objetos del mundo objetivo, no ve en él más que un sujeto. Con todo, este sujeto, dotado de una interioridad y de una vida interior que le son propias, es al mismo tiempo un objeto, como lo hemos dicho al principio de este capítulo. Objeto-sujeto, el hombre, por su interioridad, posee la facultad de conocer, es decir, de asimilar las verdades de una manera objetiva y en su totalidad. Gracias a ella, el hombre-persona toma conciencia del fin objetivo de la impulsión sexual, porque se encuentra a sí mismo en el orden de la existencia, y juntamente percibe el papel de la impulsión sexual de ese orden. Es incluso capaz de comprenderlo con relación a su Creador, es decir, de considerarlo como su participación en la obra de la creación.



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