Juan Andrés Buedo



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Otra polarización semejante ocurre en nuestro sistema educativo donde el 30%-35% de la población de renta superior envía a sus hijos a las escuelas privadas (concertadas y no concertadas), mientras que las clases populares los envían a las escuelas públicas. Una consecuencia de esta polarización social es nuestro retraso educativo. El último Informe PISA confirma que el nivel educativo español (en temas de matemáticas y comprensión de lectura) está por debajo del promedio de los países de la OCDE. Navarro aclara el porqué de esto, llegando a la conclusión, como reseña también PISA, que la calidad del nivel educativo de un país depende primordialmente de la escuela pública, cuya calidad a su vez está condicionada en parte por sus recursos. El bajo gasto público es causa y consecuencia de la enorme polarización educativa del país, responsable de su limitada eficiencia. “Una mayor cohesión social (que exige un mayor gasto público) es condición de una mayor eficiencia social, tanto en educación como en sanidad”, colige el antedicho profesor.

Mientras pensaba en Ignacio Fernández de Castro y su afirmación de que “somos mercancías”, por lo que hoy –espetó contundentemente ese analista- no hay más estructura social que la que “arroja” el saldo de la contabilidad nacional, me entraba la duda metodológica de si, en este caso, enfrentarme con el conocimiento de la estructura social de nuestra Ciudad componía un problema semejante al de hacer inventario en un gran almacén, “clasificar las existencias según su valor, obtener los saldos actuales de cada partida”. Lo cual me produjo un hondo y pesaroso ¡¡uff!! Porque, en efecto, convertir a las personas en mercancías y etiquetarlas, contar las existencias, anotar lo contado para poder operar sobre ello, significar el resultado como estructura social, y analizar ésta, es “todo un arte y, hasta cierto punto, un malabarismo”, como manifestó dicho especialista. Si a esto le sumamos la complejidad de la tarea, resulta lógico que pronto desistiese de esta hondura y profundidad, dado que en su conjunto traspasaría también los objetivos esenciales de esta obra. Además, para esto ya hay otras hechuras y otros recovecos, a los que me remito con la bibliografía general.

Ahí está el móvil de los tres grandes apartados de este capítulo, que cubre a lo largo de sus páginas una exploración de la posición social en Cuenca, desentraña los rasgos más importantes de las instituciones sociales con papel distinguido en la ciudad durante 2005 y sistematiza la sociología de la vida cotidiana conquense en la actualidad. El pretexto de ahondar en estos alegatos nos lo da la propia sociología, uno de cuyos objetivos principales consiste en obtener una visión de la sociedad que sea lo más cercana posible al mundo que retrata u interpreta. Verdaderamente nuestra sociedad es un compendio de estructuras que se interrelacionan mutuamente a partir de un orden dinámico que, necesariamente, genera cambio social. Vivimos en un mundo en continua evolución, en el que existen grandes estructuras compuestas por instituciones y grupos sociales que, por la propia dinámica social, se apropian, controlan y distribuyen de manera desigual los recursos materiales, culturales y simbólicos. La perspectiva estructural, que me ha orientado al ejecutar esta pintura de la sociedad conquense en 2005, la enseña muy bien un libro reciente de Víctor Climent88, que intenta realizar una aproximación, lo más fiel posible, a la realidad social española y catalana del último cuarto del siglo XX. Y a este último contexto probatorio e ilustrativo me remito en todo aquello que se salga de los empeños conductores que ahora me motivan. Un anhelo que, como advertí más atrás, nos hacen retornar a Parsons.


El sistema social según Talcott Parsons
Parsons contempla el sistema social como un sistema de interacción, como unidad básica del sistema utiliza el concepto rol-estatus. El estatus hace referencia a una posición en el sistema estructural y el rol a lo que hace el actor en esa posición. Se considera al actor como un conjunto de estatus y roles. Parsons definió una serie de prerrequisitos funcionales de todo sistema social:

1. Los sistemas sociales deben estar estructurados de manera que sean compatibles con otros sistemas

2. El sistema social debe contar con el apoyo de otros sistemas

3. Debe satisfacer una parte significativa de las necesidades de los actores

4. Debe fomentar en sus miembros una participación suficiente

5. Debe ejercer control sobre las conductas potencialmente desintegradotas

6. Si surge un conflicto lo debe controlar

7. Requiere un lenguaje para poder sobrevivir


Para la integración del sistema social es necesario que se internalice en el individuo una serie de normas y valores, por medio de las cuales se realice un proceso eficaz de internalización que llegue a convertirse en parte en la conciencia de los actores. De este modo, cuando los actores persiguen sus intereses particulares, sirven a la vez a los intereses generales.

La socialización se define como un proceso conservador en el que las disposiciones de necesidad unen a los niños con el sistema social. Parsons considera esta socialización como una experiencia que dura toda la vida, aunque debe complementarse con experiencias socializadoras más específicas. Además de la socialización, el control social constituye un sistema de defensa complementario del sistema social; aunque un sistema funciona mejor cuanto menos recurre al control social. El sistema debe tolerar cierta desviación para así proporcionar oportunidades de rol que permita expresar una serie de personalidades sin amenazar la integridad del sistema.

Un sistema social muy importante es la sociedad, que para Parsons tiene cuatro subsistemas que emanan de las unciones AGIL:

- La economía (A); es el subsistema que cumple la función de la adaptación de la sociedad al entorno mediante el trabajo, la producción y la distribución.

- La política (G); busca el logro de metas mediante la persecución de objetivos sociales y la movilización de recursos para este fin.

- La comunidad societal (I); realiza la función de integración, se ocupa de coordinar las partes de la sociedad.

- El sistema fiduciario (L); es decir, las instituciones socializadoras, cumple la función de latencia al ocuparse de la transmisión de la cultura, las normas y los valores.
Todos estos sistemas y subsistemas conforman la sociedad, considerada como una colectividad relativamente autosuficiente cuyos miembros pueden satisfacer todas sus necesidades individuales y colectivas y vivir dentro de su marco.

Frente a lo que se piensa a menudo en Cuenca y entre las gentes del lugar, la cultura constituye siempre un importante factor asociado al análisis de los procesos de implantación de cambios. Fue Giacquinta en 1973 el que  encontró que la habilidad para exhibir nuevas actitudes, valores y conductas es una característica central y fundamental en el proceso de cambio.  Un hecho corroborado dos años después por Baldridge y Deal, quienes constataron que una organización como la escuela, que tiene raíces muy profundas en la historia, no estará muy receptiva a los cambios que estén en conflicto directo con los valores tradicionales. En Cuenca lo comprobamos cada año en su Semana Santa y en el resto de celebraciones conmemorativas. De igual modo, el fortalecimiento paulatino en los últimos años de los estudios de la Universidad de Castilla-La Mancha aquí ubicados ha significado una positiva ruptura con el pasado y un vehículo para el cambio muy eficaz y beneficioso, en especial para quebrar las inercias de inmovilidad con el progreso que mantenían las clases tradicionales y sus representantes o expositores (entre otros, un nutrido grupo de sacerdotes). Por descontado, sigue existiendo cierta penuria, por ejemplo, en la edición de publicaciones, entre las que abundan las de poco calado; pero esto es normal en cualquier parte del planeta, y hay que entender las razones egoístas o personalizadas de que así suceda. Sin embargo, cada día ocurre en menor cantidad y el valor “cultura” exhibe una fisonomía de superiores caracteres en Cuenca, bajo fórmulas de mayor envergadura y trascendencia, que, en numerosas ocasiones, tiene una trayectoria y penetración de alcance incluso nacional.

En Cuenca, contra lo ocurrido en otras zonas del territorio español –principalmente en Madrid, Cataluña, Valencia, Galicia y Andalucía o Extremadura-, el llamado “cambio planificado” ha tenido durante el último decenio una influencia relativa y menor en la alteración del “statu quo”. Esto tiene su causa en la burocracia pública, a consecuencia de que los distintos programas han estado siempre controlados por los dos partidos políticos y sus clases dirigentes provinciales, cuyo personalismo e intereses individuales por mantenerse en los respectivos puestos han frustrado renovaciones más dinámicas. Huelgan nombres, porque están en la mente de todos, pero ellos son los convictos –jamás confesos de motu propio- de no otorgar el apoyo preciso a ciertos cambios en las estructuras de poder montadas a la hora de una planificación, que encuentra siempre en cada política, programa o reforma su propio contexto de dominio o autoridad.  El tipo de relación que Warwick describe en 1977, la categorizó éste definiéndola como: control (lo ejercen aquellos grupos que tienen la autoridad formal para intervenir en la operación de una burocracia: concejales, delegados y directores provinciales, etc.); rivalidad (ejercida por los grupos que solicitan jurisdicción sobre el proyecto: sindicatos, organizaciones empresariales, etc.); apoyo (ejercida por aquellos aliados del programa: montada alrededor de organizaciones e instituciones públicas o privadas temporales, asociaciones, ONGs, etc.).

LA POSICIÓN SOCIAL EN CUENCA
La Enciclopedia 100cia.com89, en una comprimida y bien sacada síntesis, puntualiza que el sistema de clases es un tipo de estratificación social en el que la posición social de un individuo se determina básicamente por criterios económicos. El sistema de clases es típico de las sociedades industriales modernas. En este tipo de sociedades se reconoce que existe además una mayor movilidad social que en otros sistemas de estratificación social; es decir, se reconoce que todos los individuos tienen la posibilidad de escalar o ascender en su posición social.

Sin embargo, no se cuestiona el sistema de desigualdad en sí mismo, al ser axiomático y notorio que la sociedad tiene fisuras dadas por la distribución desigual de bienes, servicios, derechos, obligaciones, poder, carisma... La estratificación social estudia la distribución de las desigualdades existentes en la sociedad. Según el Informe FOESSA la estratificación social es: el “proceso mediante el cual una sociedad queda dividida en diversos agregados, llamados estratos, cada uno de los cuales tiene un grado distinto de prestigio, de propiedad y de poderes”.

La clase social a la que pertenece un individuo determina oportunidades de vida en aspectos que no se limitan a la situación económica en sí misma, también las maneras de comportarse, los gustos, el lenguaje, las opiniones e incluso las creencias éticas y religiosas suelen corresponderse a las del estatus social o (posición social) a la que pertenece el mismo.

El principio de organización en clases sociales es diferente del que opera en las sociedades de castas o estamentales y choca con la ideología igualitaria asociada a la ciudadanía en los Estados de derecho90. Cada uno de estos sistemas define a las personas y a los grupos según cuatro parámetros: su procedencia, su trabajo, el tipo de personas con quienes pueden contraer matrimonio y los tipos de derechos y deberes rituales propios. Además, cada uno de estos sistemas está regido básicamente por un determinado tipo de regulación. La casta está regida por una reglamentación de tipo religioso, el Estado por una de tipo legal y el estamento por una de tipo social. La clase social se diferencia de ellas en que está regida fundamentalmente por una ordenación de tipo económico. El lenguaje cotidiano y la terminología de los medios de comunicación no coinciden con estas definiciones sociológicas. Estas tres formas de estratificación (de casta, estatal-legal y estamental) son históricamente anteriores al concepto de clase social.

La clase social está configurada por el mercado, constituido por personas que realizan un determinado trabajo o poseen un capital. Las clases sociales adquirieron gran importancia a comienzos de la industrialización. Se considera a Karl Marx como el creador del concepto de clase social, aunque a Max Weber se le reconoce una importante labor de clarificación del término. No entraré ahora en pormenores y descripciones, aludiendo sólo a los aspectos o reseñas que estime recomendables para los fines del presente análisis.

A la hora de contraer un marco como el que en este ensayo vengo realizando -para esgrimir la instrucción de un proceso histórico singular- es necesario tener en cuenta algunos conceptos básicos, que no pueden abandonarse en una disciplina precisada en todo instante de algunas concreciones para no transitar los siempre farragosos terrenos de los hechos históricos que se acumulan en la memoria colectiva y que, aparentemente, no tienen “orden ni concierto”. Esto significa que no podremos entender a la humanidad, ni a sus complejas relaciones con el espacio y con el tiempo, si partimos de la idea de que la historia es solamente producto del azar o del capricho de algunos personajes históricos que son más inteligentes o ambiciosos que el resto.

La terminología y el debate acerca de las clases, desde la década de los ochenta del siglo pasado y la expansión de la sociedad postindustrial, paulatinamente se han decantado a juzgar si el concepto de clase social ha perdido vigencia o si la idea marxista de la historia, el materialismo dialéctico (enfrentamiento entre dos clases sociales antagónicas, mantenido de forma dialéctica, en donde el auge de una de ellas, provocaría paradójicamente su desaparición), ha llegado a su fin. Esta postura, que ha sido defendida por varios historiadores liberales después de la caída de los regímenes comunistas en Europa a partir de 1989, no puede negar la importancia de la clase social como factor fundamental de diferenciación social. En la mayoría de los países (y entre un país y otro) las desigualdades en cuanto a capital, ingresos, sanidad y educación son cada vez mayores. Algunos sociólogos intentan explicarlas utilizando otros atributos humanos como género, raza, religión o inteligencia, aunque este debate supone restar importancia a las terminologías o al significado de clase social. Otros autores destacan los grandes cambios que han tenido lugar a medida que la estructura de las sociedades se ha transformado gracias a los avances tecnológicos. Así, por ejemplo, las clases más desfavorecidas han podido mejorar sus condiciones de vida, en términos absolutos, al aumentar la riqueza y organizarse el Estado de bienestar. Algo producido también en la ciudad de Cuenca desde 1985, merced a la intervención de los Servicios Sociales concertados con la Consejería de Bienestar Social de la Junta de Comunidades Castellano-Manchega, así como otros implantados desde la puerta abierta con la Ley de Régimen Local.

En este contexto, es más fácil centrar el examen del concepto de clase social. Para empezar, se constata la existencia de desigualdades de salud y educación que han demostrado ser muy resistentes a las políticas sociales de los países más desarrollados (Finlandia, Noruega, Dinamarca o Suecia, marcan la frontera del “más allá”) y que están estrechamente relacionadas con la posición de los individuos en la clase social a la que pertenecen por nacimiento. Generalmente, al definirse la ‘clase social’ como un grupo de personas situadas en condiciones similares en el mercado de trabajo, esto comporta que las clases sociales tienen un acceso distinto, y normalmente desigual, a privilegios, ventajas y oportunidades. En la sociedad conquense de 2005, por ejemplo, encontramos directores de grandes empresas por aquí ubicadas (bancos, cajas, grandes superficies comerciales y alguna otra) con salarios entre bastante y muy elevados, mientras que los jubilados reciben pensiones escasas, al mismo nivel que la “clase política” responsable fija y distribuye. Los hijos de los grupos con mayor poder adquisitivo van a escuelas distintas, obtienen calificaciones escolares superiores, disponen de diferentes oportunidades de trabajo o gozan de mejores condiciones de vivienda. Estas son algunas de las realidades insoslayables y asociadas al concepto de clase social.

La unidad básica en el fenómeno sociológico de la distribución de la población en estratos y/o clases sociales la constituye el status. Por éste entendemos el lugar que una persona o un grupo o una categoría ocupan dentro de la estructura social, en relación con otras personas, grupos o categorías, y al que corresponde un determinado grado de prestigio. No debe confundirse el status con la posición, ni con el rol. La posición y el rol son conceptos simétricos y constituyen el anverso y el reverso de una misma realidad, o su aspecto estático y dinámico. Pero ni el rol ni la posición presentan convergencias con el status. El rol encarna el aspecto dinámico de un conjunto integrado de pautas de comportamiento; la posición es el lugar (sentido metafórico espacial) de la sociedad (o grupo) donde se encuentra el rol; lugar que se fija atendiendo a la totalidad de derechos y deberes de cada rol en relación con otros dentro de un determinado campo de roles.

En el concepto de status, el elemento esencial es la estima, el honor, el reconocimiento que los demás (la sociedad o el investigador) otorgan al individuo, al grupo, o a la categoría en relación con los otros: se goza de mayor o menor prestigio, se es más o menos ante los otros. Prevalece, pues, el elemento subjetivo. El status, en efecto, depende de las escalas de prestigio, de la comparación que establece alguien (el individuo o la sociedad). La posición, en cambio, es algo objetivo, independiente de nuestro juicio y puede ser un elemento importante a la hora de estimar el status91. Por esto mismo, el primer elemento que implica el status es un juicio de prestigio, es decir, la aprobación, respeto, estima, admiración, etc., que inspiran las cualidades o prestaciones de un individuo o grupo (tanto si son reales como si son meramente atribuidas). Esto se debe a que no nos limitamos a observar asépticamente a los demás, sino que valoramos los papeles y a sus titulares a la luz de unos valores sociales compartidos, que son permanentes, aunque varían o pueden variar con el tiempo.

Dentro de esta valoración inciden tanto las cualidades intrínsecas (edad, sexo, inteligencia, raza o etnia…) y extrínsecas (linaje o categoría, propiedad, profesión, autoridad, etc.) del individuo, como sus prestaciones, habida cuenta de los resultados o logros y del modo o estilo cómo se llevan a cabo, es decir, si se ajustan y en qué medida a las normas y costumbres en vigor.

Esto representa la aceptación universal por parte de la sociedad –a efectos restringidos, lo mismo ocurre dentro de la ensamblada en la ciudad de Cuenca- de ciertas escalas de valores que sirven para medir, comparar y emitir juicios. Estas escalas pueden ser construidas por un investigador mismamente, en cuyo caso deberá atenerse a la presencia comprobable de rasgos objetivos.

Otro elemento del status que aquí no podemos dejar en el tintero es el del establecimiento de una comparación con las posiciones y roles de otras personas. Así, un catedrático, por ejemplo, tendrá un status social más alto o más bajo que un político –y según sea éste de un partido o de otro-, que un agricultor, que un obrero sin cualificar, o que un ejecutivo.

A tenor de estos criterios, el status no es un lugar estable, fijo, dentro del sistema social. Y, de este modo, cada día podemos ver a nuestro alrededor como se producen cambios, ascensos y descensos, dentro de la escala. Desde dueños de comercios o bares que han gozado en Cuenca de amplio poder económico y consideración social, que pasan a la franja opuesta al año siguiente, a consecuencia de la ruina –y cierre subsiguiente del negocio- por una operación mercantil fracasada.

El otro componente del status es que puede ser del individuo, del grupo o de ciertas categorías. Generalmente, al menos en el caso de las sociedades avanzadas –y a Cuenca podemos incluirla en éstas, aunque se emplace en la UE dentro de las regiones de Objetivo 1, de menor poder económico y social-, los individuos participan del status del grupo o de la categoría. Así les pasa a nuestros políticos, cuya biografía puede quedar siempre sujeta a recelo, pero terminan creyéndose –alguno hasta escuchándose- “el don” mientras se hallan en el poder, porque acto seguido se dan con el canto en los dientes de la única verdad que existe en esta materia: las categorías sociales juegan un papel importante en las sociedades industrializadas. En éstas existe una sorprendente división del trabajo y la profesión es prácticamente la única actividad que no se circunscribe a la esfera privada. Sin embargo, la sociedad post-industrial, del conocimiento y de la imaginación de nuestros días, concomitante con el proceso de urbanización –vivido con peculiaridad en Cuenca-, ha incrementado notablemente la esfera privada, una zona muy poco propicia para la identificación diferenciada de los individuos, ya que precisamente por ser privada carece de relieve.

En cualquier caso, puede considerarse que durante el año 2005 los criterios de desigualdad debidos a la posición relativa en el mercado de trabajo ocupan un espacio menor en la vida social de Cuenca. Ha habido también en esta Ciudad un aumento espectacular del número de mujeres trabajadoras y del trabajo a tiempo parcial. El trabajador típico de una fábrica comenzaba a trabajar en su adolescencia, se jubilaba a los 65 años y fallecía poco tiempo después. Hoy día, siguiendo la tónica generalizada de los países más desarrollados, en nuestra ciudad se ha retrasado la incorporación al mercado de trabajo al haber aumentado la edad de la enseñanza obligatoria; el trabajo cada vez es más escaso y puede realizarse tanto fuera como dentro del hogar; la jubilación llega antes y la muerte está más lejana. En la década de 1930 la relación entre trabajadores y no trabajadores era de 9:1, mientras que hoy es de 3:1 y alcanzará la relación 2:1 si se cumplen las tendencias demográficas actuales.


Estratificación y clases sociales
A lo largo de la historia se ha podido contemplar que cada cultura siempre está dividida de acuerdo con la posición social de las personas, y esto lo vemos desde las primeras culturas hasta nuestros días. Lamentablemente ya lo apreciamos como algo muy normal y demostramos cierta indiferencia con el tema, no haciendo algo para eliminar la discriminación, que ocasiona constantemente conflictos. Sólo nos conformamos con lo que ya esta establecido. En este sentido, como menciona José Félix Tezanos, “la desigualdad social se ha presentado como uno de los fenómenos más universales conocidos y también ha sido considerada como una de las principales causas de muchos de los malestares y conflictos padecidos a lo largo de la historia de la humanidad”92.

Para Bourdieu –fallecido el 25 de enero de 2002-, que según Emily Eakin es el intelectual más influyente de Francia durante la última mitad del siglo XX, “la sociedad humana se asemeja a una competencia feroz cuyo premio es la posición social. Poseer capital económico (bienes), social (redes de relaciones) y cultural (conocimientos especializados y diploma de una universidad prestigiosa) es una ayuda”. Es evidente que estos tres bienes la mayoría de la gente no los posee o los dispone en poca medida frente al sector más pudiente que tiene acceso a los mismos.

Entonces, lo que nos plantea el sociólogo Pierre Bourdieu es una lucha de clases, lo que Eakin llama “pujas por el poder y el prestigio”, en definitiva la vieja confrontación entre patricios y plebeyos, entre dominadores y dominados. Es claro que estas diferencias se vienen a agudizar bajo el modelo neoliberal, donde su carácter individualizante acelera la competencia y la supremacía del más fuerte.

En la Cumbre de los Pueblos, celebrada en Quebec en abril de 2001, Bourdieu expresó con claridad su diagnóstico: “La ‘globalización’, que nos presentan como destino inevitable de las sociedades, es una política destinada a imponer las condiciones más favorables de las fuerzas económicas... El objetivo es, ante todo, destruir todos los sistemas de defensa que protegen las más preciadas conquistas sociales y culturales de las sociedades avanzadas; para comprender que la finalidad es transformar en mercancías y en fuentes de beneficio todas las actividades de servicio, incluidas las que responden a necesidades fundamentales como la educación, la cultura y la salud”. El tono en que se tocan la mayoría de las partituras de Bourdieu verifica éste tres grandes partes: su apoyo a las luchas sociales, su visión crítica del rol de los medios y su aporte a la resistencia, punto este último que lo trasciende, ya que se convierte en un legado de herramientas con las que muchos intelectuales construyen la base de su crítica para sumarse a la creciente ola de cuestionamientos hacia el orden impuesto tras la ruptura de la bipolaridad.

Ese sociólogo francés sostiene enfáticamente que “la cultura y  la educación no son meros pasatiempos, ni su influencia es secundaria. Son importantísimas para afirmar y reproducir las diferencias entre grupos y clases sociales... La educación que siempre se presenta como un instrumento de liberación y universalidad, en realidad es un privilegio”. Con estos elementos precisa que “el espacio social” es construido de tal modo que los agentes o los grupos son distribuidos en él en función de su posición en las distribuciones estadísticas según los dos principios de diferenciación que son sin ninguna duda los más eficientes: el capital económico y el capital cultural.

Con esta idea podemos decir que los agentes que se hallan dentro del espacio social se aproximan más mientras estos dos principios  de diferenciación  estén más próximos y viceversa. Es decir “las distancias espaciales sobre el papel equivalen a las distancias sociales”, según dijo Bourdieu en 1998.

Otro autor, Giovanni Carrión93, subraya que las clases no se diferencian o distinguen solamente por el capital económico que han acumulado. No, existe algo más.  Se verifica que las prácticas culturales de la burguesía tratan de simular que sus privilegios se justifican por algo más noble que la acumulación material. Coloca el resorte de la diferenciación social fuera de lo cotidiano, en lo simbólico y no en lo económico, en el consumo y no en la producción. Crea la ilusión de que las desigualdades no se debe a lo que se tiene, sino a lo que se es. La cultura, el arte y la capacidad de gozarlos aparecen como ‘dones’ o cualidades naturales, no como resultado de un aprendizaje desigual por la división histórica entre las clases. Sin embargo, esa posición engañosa no puede diluir o distorsionar un hecho tan objetivo como el que puntualizó en 1969 el filósofo español Aranguren sobre la realidad de que la actitud cultural no viene dada sino que se adquiere; pero se adquiere mucho más fácilmente por los que, en cierto modo, las heredan; es decir, por los que viven desde su nacimiento en un ambiente cultural intelectualizado o refinado, que por los jóvenes de las clases inferiores, cuyo entorno y cuya lengua son completamente ajenos y aún opuestos a los usos del mundo universitario.

Virtualmente todas las sociedades humanas exhiben una estratificación social que adquiere la forma de clases sociales, que son relativamente homogéneas y sufren divisiones en una sociedad ordenada en forma jerárquica y cuyos miembros comparten valores, intereses y comportamientos similares. De las profusas ordenaciones realizadas por los científicos sociales, en el Cuadro 8 se han identificado siete clases sociales.


CUADRO 8

Clases sociales

Clase alta - alta

Son la elite social que viven con un patrimonio heredado y tienen familias famosas. Donan grandes sumas a la beneficencia, organizan grandes fiestas, mantienen más de una casa y envían a sus hijos a las mejores escuelas. Aunque se trata de un grupo reducido, funcionan como un grupo de referencia para otros.

Clase alta - baja

Compuesta de personas que han ganado altos ingresos mediante una capacidad excepcional en sus profesiones o negocios. Provienen de la clase media. Tienden a ser activos en asuntos sociales y cívicos, y aspiran a comprar símbolos de posición para ellos y sus hijos. La ambición de la clase alta - baja es ser aceptada en el estrato de la clase alta - alta.

Clase media - alta

No posee una posición familiar ni grandes riquezas. Les interesa, sobre todo, su carrera. Gozan de buena posición como profesionales, negociantes independientes y administradores corporativos. Creen en la educación y quieren que sus hijos desarrollen habilidades profesionales o administrativas para que no caigan en un estrato inferior. Les gusta tratar con ideas y "alta cultura". Su actitud es de militar en movimientos y es altamente cívica.

Clase media

Se compone de trabajadores manuales o técnicos que viven en barrios y tratan de hacer "lo que es apropiado". Gasta más en "experiencias importantes" para sus hijos, y los estimula para recibir educación universitaria.

Clase trabajadora

Consiste de obreros cuyo estilo de vida es "de la clase trabajadora", sin importar sus ingresos, formación escolar o trabajo. Dependen principalmente de parientes para el apoyo económico y emocional, sugerencias sobre oportunidades de trabajo, asesoría sobre compras y ayuda en momentos difíciles. Mantienen una clara división y estereotipos sexuales.

Clase baja - alta

Es gente que trabaja, no vive de la beneficencia del seguro social, si bien su nivel de vida rebasa apenas el nivel de la miseria. Realiza trabajos no especializados y sus salarios son bajos, aunque aspiran a pertenecer a una clase más alta. Presenta deficiencias educativas. Se las ingenia para presentar una imagen de "autodisciplina" y mantener cierta "honorabilidad".

Clase baja - baja

Vive de la beneficencia social. Sus integrantes suelen estar desempleados, o bien, se ocupan de los "trabajos más sucios". Algunos no están interesados en encontrar un trabajo permanente.

 

Las principales características de estas clases son las cuatro siguientes:

 


  1. Las personas pertenecientes a cada clase social tienden a comportarse en forma más similar que las personas de dos clases sociales diferentes.

  2. Las personas ocupan una posición inferior o superior, de acuerdo a su clase social.

  3. La clase social de una persona está indicada por diversas variables, como ocupación, ingresos, riqueza, educación y orientación de los valores, más que por una sola variable.

  4. Durante su vida, los individuos pueden moverse de una clase social a otra, hacia arriba o hacia abajo. El grado de esta movilización varía según la rigidez de la estratificación social en una determinada sociedad.

Llegados a 2005 en Cuenca se constata que las clases sociales muestran distintas preferencias en cuanto a productos y marcas, por lo que diversos mercadólogos enfocan durante los últimos años sus esfuerzos a una determinada clase social. Así, las clases sociales difieren en la preferencia por los medios de comunicación. Miremos qué compran en el quiosco de al lado y rápidamente captaremos que, aún dentro de una categoría de medios, las clases sociales difieren en sus preferencias. Existen también diferencias de lenguaje y, contra lo sucedido en otras capitales, aquí el publicista, aunque intenta elaborar sus textos y diálogos en tal forma que resulten veraces para la clase social meta, no suele conseguirlo por culpa del anacrónico y deprimente “oficialismo”. Debería superarse éste, sin duda.


Cambios en el entorno y desigualdad social
La globalización de la economía y la Sociedad de la Información han originado profundos cambios en el entorno de la Ciudad, al que ésta ha debido responder en los últimos años. Muchos de estos cambios afectan a la esfera social y la vida de las personas: al mercado de trabajo (la organización del trabajo, aparición de nuevos sectores y obsolescencia de otros...,), la aparición de la sociedad red, la inmigración de terceros países, la sociedad riesgo, etc... De forma que han brotado nuevas formas de desigualdad social (derivada del acceso al capital cultural y a la información), se ha producido una individualización de las relaciones sociales, un aumento del riesgo y la vulnerabilidad social, se ha vivido también la llamada crisis del Estado de Bienestar, cambios en la familia (envejecimiento de la población, emancipación de la mujer, familias monoparentales, ...), el auge de la ética y la formación en valores (tolerancia, pluralismo, equidad, libertad, solidaridad, conocimiento, racionalidad). En esto Cuenca no difiere mucho de las capitales adelantadas del país. Si acaso varía la cantidad, pero no el fondo o la forma. De hecho, las políticas sociales urbanas han adquirido también una gran importancia, aunque la promoción de Redes de Solidaridad sea inferior a la de otros municipios de igual tamaño de población y categoría administrativa. Debería haberse planificado mejor, y no a impulsos y rachas llegados de Madrid o Toledo.

La generación de Capital Social es, según uno de los principales estudiosos del tema, Robert Putnam, un motor fundamental del desarrollo social, económico y político en un territorio. Según la definición del Banco Mundial, “el Capital Social se refiere a las instituciones, relaciones y normas que conforman la calidad y cantidad de las interacciones sociales de una sociedad”. No es sólo la suma de las instituciones que configuran una sociedad, sino que es asimismo lo que las mantiene cohesionadas y facilita su cooperación continuada. El capital social complementa y refuerza los beneficios de la inversión en capital tanto físico como humano que se efectúan en un territorio como una ciudad. Otra característica fundamental del Capital Social es que tiende a autoestimularse y acumularse con su uso, pues crece en un clima de mayor confianza entre las instituciones. Generar capital social hoy es un objetivo básico de cualquier ciudad que quiere ser una ciudad avanzada e innovadora. Y esto se ignora por completo en las autoridades conquenses, siempre a remolque de propuestas y acontecimientos.

Son muchos los retos y oportunidades de Cuenca para avanzar en esta demanda, porque algunos de estos desafíos constituyen en sí mismos oportunidades para ejercer y desarrollar la acción social. E igualmente, siendo la “importadora” de flujos migratorios de la provincia –un tremendo problema que lleva consigo la despoblación, y sobre el que no voy a entrar aquí por haberlo hecho en otros trabajos-, han de plasmarse continuamente iniciativas y proyectos pioneros e innovadores, como la integración multicultural y la inmigración, o el fortalecimiento del tejido asociativo y la generación de capital social (pues la ampliación y el afianzamiento del tejido asociativo de una ciudad es un reto fundamental para la generación de Capital Social en ella).

Aquí se desconoce por completo las Mesas de Solidaridad, un banco de prácticas sobre el que llamo la atención poniendo mi vista en la efectividad que demuestran en Valencia. Desde esas plataformas se podría poner en marcha una nueva organización de los servicios sociales, basada en la proximidad y en la corresponsabilidad pública y social entre derechos y deberes, para responder adecuadamente a las transformaciones que está experimentando la estructura social conquense en los últimos años.

Éste constituye un reto común a todas las ciudades contemporáneas. En esta nueva organización, la acción social se concibe como una acción integral en el territorio; los barrios constituyen el espacio de proximidad donde se establecen las prioridades y consensúan las intervenciones, del mismo modo que se reconoce el papel clave de la familia (la principal red de solidaridad en la actualidad) en la prestación de los servicios sociales. Así, considerando los barrios como el ámbito de proximidad para la acción social, se pueden desarrollar proyectos o planes integrales de barrio (empezando por aquellos con cuestiones y necesidades sociales más acuciantes) para convertir zonas de marginalidad en nuevos centros urbanos o barrios con identidad y protagonismo en la construcción de la ciudad. Esto está ausente ahora mismo en Cuenca, como vimos en el capítulo dedicado a la participación.

La sociedad de Cuenca, como incidentalmente hemos visto en otras páginas, se encuentra inmersa en un acelerado proceso de transformación social —político, económico y cultural— único en la historia94, caracterizado por la “deconstrucción de las macroconfiguraciones globales formales”95 de sentido de la modernidad, la fracturación del orden moral ortodoxo en una heterogeneidad de éticas individuales fluidas y cambiantes, y, tal vez consecuencia directa de ello, la emergencia de un orden diverso y heterogéneo de estructuras de conciencia autoorganizativas de sentido individual, grupal e institucional, que coexisten en un modelo de sociedades, denominadas por algunos “sociedades complejas” o “sociedades de riesgo”, precisamente por la dificultad que entraña articular este conjunto de “fuerzas sociales” —no siempre visibles— que operan la integración —funcional, moral y simbólica— de estas sociedades postmodernas. Esto se nota principalmente en nuestros jóvenes, en los cuales lo que se tiene instaurado es el cambio. Un ritmo frenético y enloquecido de producción de conocimientos que se ha acelerado exponencialmente y ha invertido la reproducción de las conductas de los jóvenes cada vez más dirigidas por la virtualidad de la acción que por la fuerza ancestral de la socialización tradicional. Y esto a pesar de San Mateo y las cofradías de Semana Santa.

Debido a la naturaleza tan individualizada sobre la que se asienta la producción de sentido social, este proceso dista mucho de ser homogéneo. La enorme aceleración del cambio ha provocado el que ni tan siquiera pueda decirse que entre los jóvenes de la Ciudad exista cierta homogeneidad ética y mucho menos valores o comportamientos comunes que los representen colectivamente. En efecto, ya no es posible hablar de una única generación de jóvenes como antaño, sino de múltiples modos de juventud que conviven bajo estructuras de sentido o sensibilidades distintas, con éticas distintas que han puesto en crisis las tradicionales estructuras de sentido ortodoxas. Si no, compárese este libro con los escritos hace treinta años teniendo a la sociedad de Cuenca como enfoque central.

Además, este cambio tiene una tremenda incidencia sobre la actual diferenciación social en estructuras particulares de sentido. Así lo percibo en mis paseos por la Ciudad y constatar en estos que los propios jóvenes nacidos aquí durante la década pasada, dentro ya de ese clima de “diferenciaciones”, no ven éstas como ningún sinsentido. Primero porque no han conocido universos macroreferenciales como los pertenecientes a décadas anteriores. En segundo lugar porque tampoco han sido socializados de manera unidireccional hacia la reproducción de determinados valores. Yo lo observo en cómo se ríen ellos de las generaciones conquenses anteriores que poseían un “deje” característico, con su tonadilla propia, que ahora nuestros hijos abandonan rápidamente, y la diferenciación o el autoaprendizaje no les saca de los usos mercantiles universales que la televisión, sobre todo, pone ante sus ojos desde los primeros años de su vida. Para ellos no hay sinsentido, sino un modo “natural” y “espontáneo” de “buscarse la vida” —de buscar sentido—, siendo precisamente de dicha actitud de espontaneidad de donde emerge la autorreferencia. Un sentido autogenerado opuesto a la reproducción y el aprendizaje lineal, que genera ahora identidades privadas “flexibles” —en el sentido de dinámicas y complejas— susceptibles de convivir con la diferenciación cada vez más acelerada de nuestra sociedad. Adaptativa. Disponible y, por eso mismo, hasta solidaria (globalizada) e incluso tolerante con la diferencia.


CUADRO 9

Órdenes de la desigualdad y clave temática

ÓRDENES DE LA DESIGUALDAD

CONTENIDO (las 4 Pes)

Desigualdad política

PODER

Desigualdad social

PRESTIGIO

Desigualdad económica

PROPIEDAD

Desigualdad psicológica

PLACER

Pero lo cierto y verdad es que en el año 2005 la desigualdad no es un fenómeno natural, luego ¿cómo pueden explicarse las desigualdades sociales que todos somos capaces de observar? ¿Son debidas a los diferentes méritos de los que ocupan posiciones distintas en la escala social? ¿O dependen de factores puramente aleatorios? ¿Reflejan las desigualdades diferencias de capacidad o formación? ¿O, por el contrario, son sólo la consecuencia de haber heredado de los padres una posición social ventajosa? El análisis de la estratificación social, precisamente, se ocupa de responder a ese tipo de preguntas. La desigualdad en el reparto de un conjunto de prebendas sociales posee los cuatro órdenes (las “4 Pes”) agrupados en el Cuadro 9.

El hecho fundamental de la estratificación social ha sido motivo de preocupación dominante en diferentes campos científicos: psicología, medicina, religión... Y las diferentes explicaciones pueden quedar agrupadas en las tres categorías que se acoplan en el Cuadro 10:
a) Las explicaciones de carácter naturalista, que tratan de justificar las diferencias sociales desde la misma naturaleza, sin que el hombre pueda intervenir para evitarlo.

b) Las explicaciones de carácter moral, que tratan de justificar el que cada cual es lo que se merece, es decir, que su posición social es el resultado de su comportamiento individual.

c) En tercer lugar destacaríamos la explicación de carácter sociológico, que es una perspectiva claramente diferenciada e independiente de las anteriores, con la que se trata de realizar una explicación desde los condicionamientos estructurales de la vida social.
CUADRO 10

Las explicaciones de la desigualdad social




NATURALISTA

MORAL-PSICOLÓGICO

SOCIOLÓGICO

DIFERENCIAS

Naturaleza humana

Comportamiento individual

Estructura Social

DETERMINISMO

Biológico

Psicológico

Sociológico

IDEOLOGÍAS

SUBYACENTE

Fascismos y

Racismo.


Liberalismo y

Conservadores.



Marxismo y

Socialismos



LITERATURA

Un mundo feliz

A. Huxley



Walden dos

B.F. Skinner



1984

G. Orwell




Movilidad social y nivel de rentas
La movilidad social es el aspecto dinámico de la estratificación social, debiendo entenderse como el desplazamiento de los individuos o grupos de uno a otro estrato social. Esta idea nos hace regresar a los signos distintivos de las clases sociales, que son: (1) grupos nominalmente abiertos, la pertenencia a ellas no se establece por ley o por costumbre; (2) las clases sociales son estratos muy permeables, que permiten la circulación entre ellos; (3) las clases son agregados sociales con un componente eminentemente económico y las diferencias económicas representan un papel decisivo en la configuración de las clases; y (4) la conexión entre los miembros de clases distintas adopta la forma de vínculos impersonales y anónimos, que a menudo son de tipo puramente contractual.

Por lo tanto, y de acuerdo con el sociólogo Giddens, me parece que en la Cuenca de 2005 podemos delimitar sus clases sociales como unos grandes agrupamientos de personas que comparten los mismos recursos económicos, los cuales influyen poderosamente en su estilo de vida. Siguiendo a dicho tratadista, altamente reconocido entre los científicos sociales, las clases en la sociedad presente compone unos grupos desigualmente recompensados en lo que se refiere a riqueza, poder y prestigio que, sin embargo, no se basan en distinciones legales, sino que se constituyen más bien como conjuntos de ocupaciones. La ocupación o el tipo de empleo es el indicador más utilizado para determinar a qué clase se pertenece en sociedades como las modernas en las que la competencia por los recursos se desarrolla en el mercado capitalista. En resumen, las clases son los grupos socioeconómicos que estructuran la desigualdad en las sociedades industrializadas, que se basan en las ocupaciones y que se distinguen por sus diferentes niveles de riqueza.

Todos los autores vienen a coincidir en aplicar divisiones tripartitas a las modernas sociedades occidentales. Tales divisiones llevan a dibujar “mapas de clases” que distinguen tres estratos jerárquicamente dispuestos en la estructura social: la clase alta, constituida por aquellos que disfrutan de las mayores ventajas materiales; la clase media, heterogéneo conglomerado, integrado por los profesionales y los empleados de cuello blanco; y la clase obrera, compuesta por quienes realizan trabajos manuales y tienen poca o ninguna cualificación laboral.

Los indicadores permiten proporcionar indicios sobre la variable que nos interese estudiar. Así, para describir a qué clase social pertenece una persona, podemos utilizar los siguientes indicadores:

a) Indicadores subjetivos son aquellos que dependen de la opinión de una persona, posicionándose en una escala de este tipo; por ejemplo: la respuesta puede realizarla el propio interesado o se puede dirigir, de manera indirecta, a alguien que los conozca (vecino, familiar, amigo...)

b) Indicadores objetivos son aquellos que no dependen de la opinión, sino que son fruto de una realidad dada. El más importante es el nivel de ingresos o rentas, que normalmente se refiere a la cantidad de dinero que entra en la unidad familiar que estamos estudiando (renta familiar). Otros indicadores objetivos utilizados son el status socio-profesional y los gastos, aunque es posible añadir infinidad más, como por ejemplo: la calidad de la vivienda, el lugar de residencia, el coche...

El término movilidad social se refiere simplemente a los desplazamientos de individuos y grupos desde unas posiciones sociales a otras. Puesto que las posiciones sociales se hallan jerarquizadas, denominamos movilidad vertical a los movimientos ascendentes o descendentes en la jerarquía de un sistema de estratificación dado. Lógicamente, la movilidad es ascendente si el desplazamiento se dirige hacia posiciones sociales superiores a las del origen del movimiento; es descendente si la dirección del cambio conduce a posiciones inferiores a las de partida.

Junto a la movilidad vertical, se suele distinguir la movilidad horizontal, que alude a los desplazamientos territoriales o geográficos, es decir, a los cambios de ciudad, región o vecindario. En muchas ocasiones, ambos tipos de movilidad –vertical y horizontal – se producen de forma conjunta, pero esta coincidencia empírica no debe borrar la distinción analítica entre las dos formas. Las teorías de la estratificación se ocupan principalmente de la movilidad vertical y dado que los mejores indicadores de la posición social son las categorías ocupacionales, el estudio de la movilidad social se basa en muy amplia medida en la observación detallada de los cambios de situación laboral.

Ahora bien, al estudiar la movilidad podemos proceder de dos formas distintas. Podemos examinar, en primer lugar, los desplazamientos que se producen a lo largo de la vida de los individuos: estaremos entonces analizando la movilidad intrageneracional, la movilidad que experimentan los miembros de una misma generación a lo largo de su vida. Podemos también observar los cambios de posición social de los hijos en relación con sus padres, a lo que se denomina movilidad intergeneracional: en este caso, lo interesante es comprobar hasta qué punto los hijos comparten o no la misma posición social (las mismas categorías ocupacionales) que sus padres o abuelos.

En las encuestas para detectar la clase social subjetiva se le presenta al entrevistado estas opciones para que se identifique con una de ellas: alta o acomodada, media alta, media, media baja y baja. Las expresiones media alta y media baja son un poco forzadas, pero no hay más remedio que presentarlas porque, si no, casi todos los entrevistados se sentirían de clase media y de poco serviría la clasificación. En la práctica lo que hacemos es utilizar un criterio tripartito (1) Alta y media alta; (2) media y (3) media baja y baja.

Siguiendo los resultados de los estudios realizados por A. De Miguel podemos concluir que:

a) En los últimos treinta años ha habido un descenso importante en el número de personas que se consideran de clase baja o media baja. (Ascenso social).

b) Ha aumentado significativamente aquellos que se declaran como de clase alta y media, sobre todo ésta última, lo que ha venido en llamarse una mesocracia o predominio de las clases medias. Algo también ficticio según explicó Vicenç Navarro y vimos en su momento.

La Renta Familiar Disponible detecta el flujo de ingresos en un determinado período, obtenido por las familias, una vez deducidos los impuestos directos y cuotas satisfechas a la Seguridad Social, susceptibles de ser aplicados al consumo y/o ahorro.

Partiendo de los datos de la encuesta FOESSA’93, en la siguiente Tabla 6 podemos observar la relación existente en la distribución familiar de la renta por decilas. Nos percatamos entonces que el 10% de las familias (las más pobres) dispone del 3,69 de la renta (poco más de la tercera parte del total que le corresponde); y en el otro extremo, el 10% más rico dispone del 22,54% de la renta (más del doble de lo que le pertenece).

TABLA 6

Distribución de la renta por decilas de hogares

Decilas

%

Acumulada



3,69

3,69



4,96

8,65



5,58

14,23



6,83

21,06



8,30

29,36



9,59

38,95



10,75

49,70



12,10

61,80



15,66

77,46

10º

22,54

100,00

Fuente: Encuesta FOESSA’93
Examinando la relación entre familias, población e ingresos, se puede destacar el menor porcentaje de familias sobre el mayor porcentaje de población en los tramos de ingresos más bajos. Lo que implica un excesivo peso de una renta baja por hogar que debe soportar mayor población. Siendo la situación inversa en la mayor disponibilidad de renta por hogar con menor peso de población, en los tramos de ingresos medios y altos.

Tanto la extensión/mantenimiento del paro como de la precariedad son un problema crecientemente importante en nuestra sociedad por el hecho de que se ha incrementado el grado de dependencia a todos los niveles del mercado y la economía monetaria en general; y por la circunstancia de que, al retraerse los niveles de protección social del Estado del Bienestar los individuos, cada día más atomizados, tienen que hacer frente, crecientemente solos, a las necesidades de supervivencia en un entorno cada vez más hostil. La consecución de empleo, en las condiciones que sea, se convierte para sectores sociales en aumento en una necesidad imperiosa simplemente para vivir. El grado de dependencia de un trabajo remunerado se ha ido incrementando paulatinamente, conforme ha ido disminuyendo, de forma paralela, la capacidad de mantenimiento autónoma o independiente, o la posibilidad de obtener una cobertura estatal mínima para subsistir.

La dualización/polarización social creciente, de la que hablamos más arriba, ha determinado que la riqueza (renta y sobre todo patrimonio) haya sufrido un proceso de concentración muy considerable hacia un extremo del espectro social, mientras que en el otro se han ido acumulando las carencias y las deudas.

La brecha social, por tanto, no hace sino acentuarse, al tiempo que va disminuyendo poco a poco el colchón de las llamadas “clases medias”. Estas sufren un tensionamiento en dos sentidos opuestos. Unos, los menos, los que ocupan posiciones directivas o de responsabilidad en el aparato productivo dominante ven cómo progresan sus niveles salariales y beneficios de distinto tipo. Lo que les permite ahorrar y participar en una posición de privilegio en el reparto de la riqueza social. Otros, los más, ven cómo se erosiona progresivamente su poder adquisitivo, siendo incapaces de ahorrar y participar mínimamente en el reparto de las rentas del capital.

Todo lo cual está provocando importantes modificaciones en la estructura social y en su distribución espacial. Se ha apuntado que estamos en pleno proceso de transición de una “sociedad de clases” a una de estratificación y exclusión, en donde la estructura familiar va perdiendo peso y en donde, en paralelo, se incrementa el grado de atomización social.

Hoy en día, las nuevas dinámicas de “europeización”-globalización tienden a centrifugar la estructura, hacia arriba y especialmente hacia abajo, achatándola en su dimensión horizontal, estratificándola al mismo tiempo de forma más acusada en su dimensión vertical, y expulsando a sectores crecientes hacia la base (en parte desconectada del resto) de una nueva estructura con creciente forma piramidal, como resultado de las dinámicas de precarización y exclusión. En esta nueva estructura se descompone crecientemente el cemento unificador en el interior de los diferentes estratos, debido a la cada día mayor atomización social existente, a la pérdida de formas culturales propias, en especial de la cultura popular y obrera, y a la progresiva preponderancia de un sistema de valores dominantes, impulsado desde los mass media, que es funcional con la lógica del modelo imperante.



INSTITUCIONES SOCIALES CON COMETIDOS DESTACADOS EN 2005
En todo ese contexto que se ha descrito en el epígrafe anterior, la cultura del trabajo ha dejado de tener una función central en dotar de sentido vital e identidad a la existencia individual y social. Paradójicamente entra en crisis la mitología del trabajo que se había instaurado con la revolución industrial. El trabajo -aunque cabría mejor decir la consecución de empleo asalariado o dependiente- ha dejado de ser considerado como un fin, para convertirse cada vez más en un medio, volátil, escaso y constantemente cambiante, con el que conseguir dinero a fin de poder acceder al consumo. Las identidades individuales y colectivas que se generaban en torno al trabajo se difuminan, y pasan a girar hoy en día en torno al consumo, modulando individualidades abstractas y socialmente desconectadas. Antes, hace sólo quince o veinte años, en Cuenca cualquier acontecimiento era excusa para juntar en un restaurante a los amigos/compañeros de trabajo con el fin de celebrarlo. En cambio, ahora, eso ocurre de tarde en tarde y entre grupos menos extensos. Esto se explica fácilmente, puesto que los sujetos se sienten cada vez más solos, diluyéndose la sensación de pertenencia a colectivos más amplios. El lugar de trabajo deja de ser un espacio de solidaridad, para convertirse en uno de competición. Al tiempo que los rescoldos de confrontación social, o antagonismo, se van laminando, como resultado del triunfo de las salidas individuales, del pragmatismo y del consenso en torno al llamado “pensamiento único”: el “oficial” de la Junta (impuesto desde los despachos de los delegados provinciales), el “oficial” de la Diputación (dispuesto desde la comisión de gobierno de la corporación provincial, conforme a los cánones traspasados por la ejecutiva provincial de su partido), el “oficial” del Ayuntamiento (preparado por las cabezas de poder de esta corporación), etcétera. Ello acentúa el énfasis en la vivencia del presente, instalándose una especie de predominio del presente continuo96, por el miedo también a pensar el futuro.

Este predominio, que se me hace absurdo cuando en el recorrido sociológico por la Ciudad veo sus variados defectos o inconvenientes al lado de huecos y luminosidades algo esperanzados, me conduce más de un día a releer un informe persuasivo, convincente y esclarecedor en el instante de moverse uno por los ángulos de la limpidez en la gestión pública, una frescura y pureza que deriva en alguna duda mientras leo el documento de Transparencia Internacional-España presentado en la Fundación Ortega y Gasset el 15 de marzo de 2005: Informe Global de la Corrupción 2005. Un testimonio flagrante: “La corrupción en los proyectos públicos de gran escala constituye un obstáculo preocupante para el desarrollo sostenible” dice Peter Eigen, Presidente de Transparency International (TI), en ocasión del lanzamiento del IGC de TI. “La corrupción en las compras públicas azota tanto a países desarrollados como en desarrollo,” continúa Eigen. “Cuando la dimensión del soborno tiene prioridad por sobre el valor del dinero,” dice, “el resultado son construcciones de mala calidad y manejo deficiente de la infraestructura. Como resultado de la corrupción, el dinero se malgasta, los países caen en bancarrota y la gente muere”.

TI es la organización no-gubernamental líder en la lucha contra la corrupción en todo el mundo y, por fortuna, en estos vertederos no figura Cuenca citada. Ahora, que las dudas, los miedos y los temores no queden muy apartados de nuestro saber, estar y actuar, puesto que el peligro siempre existe en un medio lleno de peligros, el sector de la construcción97. Según repetidas encuestas, la corrupción es más importante en la construcción que en cualquier otro sector de la economía. La dimensión de la corrupción gana envergadura por la dimensión y el alcance del sector, que va desde la infraestructura de transporte e instalaciones, hasta hogares. La corrupción afecta a actores privados y públicos mientras compiten por su cuota del mercado de la construcción mundial que alcanza unos 3,200 trillones de dólares al año. Este mercado representa alrededor del 5–7% del PBI de los países desarrollados y en desarrollo avanzados, y del 2–3% del PBI en países en desarrollo de menor ingreso. De hecho, afirma tajante el Informe:
“Las prácticas corruptas abundan en todas las fases de los proyectos de construcción. Algunos proyectos no hubieran siquiera llegado a la etapa de planificación sin la motivación de la corrupción; la adjudicación de contratos de construcción por lo general se ve manchada por la corrupción, así como también los proyectos de mantenimiento implementados una vez finalizada la construcción. Una licitación podría volverse objeto de corrupción debido a la presión internacional. A través de ofertas de armas y ayuda, el gobierno de un país desarrollado podría influir en un país en desarrollo para asegurarse de que una empresa de un país desarrollado sea adjudicataria de un proyecto, aunque no sea la mejor opción o la menos costosa.

Algunas características hacen que el sector de la construcción sea más propicio para los actos de corrupción, entre ellas: la gran competencia por contratos a gran escala; los numerosos permisos y aprobaciones oficiales; el carácter único de algunos proyectos que hace difícil comparar los precios; las oportunidades de demora y excesos; y el hecho de que la calidad del trabajo se vea rápidamente ocultada por el hormigón, y el yeso y los revestimientos. Los proyectos son ejecutados por decenas, a veces, cientos de subcontratistas de menor escala lo que genera un laberinto de transacciones difíciles de supervisar”.


Los costos de la corrupción, un modelo que no quiero conocer ni insinuado en las tierras del Júcar, son tan altos que debemos tenerlos a muchos kilómetros de distancia de aquí, puesto que según afirma el IGC de TI “la corrupción en el sector de la construcción no sólo saquea las economías, también les da forma”. En concreto, dice TI, “al reconocer el problema de la corrupción en el sector de la construcción, los tomadores de decisiones presupuestarias podrían torcer los gastos del sector para evitar las pérdidas”. Más aún, alternativamente, “si los que toman las decisiones son en sí corruptos, podrían decidir gastar más en infraestructura para incrementar las oportunidades de obtener beneficios personales”. De hecho, “en la etapa de instalación, la corrupción reduce los gastos en infraestructura a la vez que reduce la productividad de la misma”. La corrupción también aumenta el costo operativo de la infraestructura de servicios, reduce su calidad y acceso a ellos, en especial para los más pobres. Pero fundamentalmente, y esto es decisivo -lo que debe tener las narices del ciudadano conquense bien dispuestas y denunciar sin miedo los asomos de las podreduras próximas-, debemos andar listos porque como demuestra TI la corrupción en el sector privado nunca abandonó los titulares. Así, uno de cuatro líderes empresarios en Noruega declara en 2004 que hay corrupción en su sector de la industria, y uno en diez admite que afecta a su empresa, según una encuesta realizada por la empresa aseguradora más grande de Noruega, Gjensidige NOR. La encuesta se realizó con posterioridad a la cobertura de una serie de casos que incluían la fijación de precios, licitaciones fraudulentas, enriquecimiento ilícito, impuestos, fraude, contabilidad fraudulenta, y pedido de sobornos. ¿Hacemos una encuesta seria de esta naturaleza en Cuenca? Yo me brindo a dirigirla gratis.

¡Cómo hemos cambiado!, que reza la canción de “Presuntos Implicados”. Sí, pero hay múltiples factores institucionales en estas mudanzas y variaciones que deben tenerse muy en cuenta en las acciones de gobierno y en los actos informativos. Entre esos agentes o elementos no ha estado ausente el del incremento de estudiantes de la universidad española, que tampoco ha faltado en Cuenca. Algo que posee un lado positivo (incremento de los espacios urbanizados) y otro negativo (mayor abandono aún de las áreas rurales y semirrurales de esta provincia). Aspecto dañino al que se suma el provocado por un proceso de creciente desvalorización de los títulos universitarios, en especial de aquellos provenientes de las universidades públicas y periféricas, o asentadas en núcleos de menor importancia. Al tiempo que, en general, a los jóvenes se les emplea a posteriori muy por debajo de su nivel educativo. “Nos enfrentamos, por tanto, a una universidad pública que genera cada vez más licenciados, más elementos baratos para la reproducción mercantil en un entorno laboral precario, para una sociedad y una economía de los servicios que precisa -para mantener altos niveles de rentabilidad empresarial- personal altamente cualificado, pero con elevados niveles de precarización, flexibilización laboral y vulnerabilidad estructural”98. En definitiva, la universidad pública se está convirtiendo en una máquina de preparación del nuevo "proletariado de servicios", que una actividad productiva cada día más escorada hacia el sector terciario necesita. Y está sirviendo también como lugar de “aparcamiento” costoso (para las familias y el estado), con el objetivo de que los jóvenes tarden más tiempo en engrosar las filas del paro. Además, las reformas previstas apuntan a una mayor participación del alumnado en la financiación del gasto universitario (a través, p.ej., de prestamos bancarios).

Simplificando, se podría decir que una vez que los hijos de la llamada clase trabajadora acceden en gran medida a la universidad, lo que supone un considerable sacrificio económico para los padres, con el fin de obtener un título que les permitiera progresar en la pirámide social, el valor de los mismos en el mercado simplemente se ha desvanecido. Y es preciso recurrir a costosos títulos de postgrado (Masters y similares), al objeto de poder estar mejor situado en la parrilla de salida para conseguir un empleo mejor remunerado, sin que ello sea ni mucho menos garantía de su obtención o del carácter estable del mismo.

De hecho, la reproducción de las elites de dirección de la actividad productiva y empresarial, o de cargos de responsabilidad bien remunerados, se realiza (y todo indica que se realizará) cada vez más a través de los licenciados que generan las universidades privadas, que empezaron a desarrollarse a finales de los ochenta, y que en 2005 ya han superado la fase de expansión, ayudadas también por un marco estatal de progresivo apoyo a estos centros. Son los contactos y las relaciones sociales que propician tales centros, y no tanto la calidad del conocimiento que imparten, las razones que explican este fenómeno característico, hasta ahora, del mundo anglosajón, y en especial de EEUU.

La circulación alrededor de las modificaciones en el reparto de la riqueza y en la estructura social de Cuenca obliga a hacer una parada ineludible en otro fenómeno, hasta ahora residual y que en los últimos años se viene acusando más, al ser resultado de una acumulación de procesos (endurecimiento del mercado de la vivienda, intensificación de las tendencias de precariedad y exclusión, desarticulación del tejido social y de las redes de solidaridad...). Me refiero al crecimiento de la pobreza extrema y la exclusión. Ahí tenemos un grupo de riesgo nada desdeñable, el de la tercera edad, cuyo 32% de hogares está bajo el umbral de la pobreza. Hay aquí igualmente una acentuada tendencia hacia la feminización de la pobreza, porque según las estadísticas la tasa de pobreza es mayor en hogares encabezados por mujeres que por hombres. Con lo cual si se suma el factor edad, y la mayor longevidad de las mujeres, con la variable de género, se observa un grupo especialmente vulnerable que son las mujeres mayores que viven solas -muchas con las muy reducidas pensiones no contributivas, y en algunos casos sin ellas-. Sin embargo, empieza a constatarse también el crecimiento de las tasas de pobreza en hogares encabezados por mujeres jóvenes, en concreto de aquellas con cargas familiares, en gran medida resultado de la paulatina quiebra de la familia nuclear99.
Algunas notas esenciales del cambio social en la Cuenca actual
La primera de estas anotaciones la extraigo en mi bloc del apartado reservado a la “realidad social”, y, dentro de ésta, de las fuentes sobre la juventud100, ya que el cambio social pasa natural y principalmente por este sector de la población en nuestra ciudad. Leo en aquel cuaderno la información informática registrada y procedente del diario ABC101 de que en los jóvenes españoles han echado fuertes raíces los más valores tradicionales de nuestra sociedad. Se les tilda de hedonistas, alocados, amorales, irresponsables y consumistas, pero lo cierto es que para ellos lo más importante en la vida es la familia y la salud -al mismo nivel-, y después la amistad, el trabajo y la igualdad entre hombres y mujeres. Tras esas cuestiones, bien es verdad que aprecian mucho el tiempo libre y de ocio y, luego, los estudios. Por tanto, y ante esa actitud, “no es posible dudar de su ética”. Así de claro queda constatado en el «Informe España 2005. Una interpretación de su realidad social», elaborado y presentado el 12 de mayo de 2005 en Madrid por la Fundación Encuentro.

Este estudio apunta otros muchos asuntos que dan sentido a la vida para los jóvenes. Por ejemplo, la honradez y la responsabilidad “son valores arraigados y activos” en su conducta, en la que tienen también un gran peso la tolerancia y la libertad de cada uno para seguir sus propias reglas de comportamiento en el ámbito privado. Pero, entre todas esas sensibilidades, existe una que emerge especialmente, y los diferencia: su enorme inclinación por el compromiso y la solidaridad sociales. “Sienten una fuerte inquietud por paliar el hambre y la pobreza en el mundo -dice el informe-, por promover la paz social y la preservación del medio ambiente, por la protección de los animales y los derechos humanos...”.

No en vano, los jóvenes sólo confían de forma mayoritaria en las ONG. Después, en los medios de comunicación. El resto de instituciones les merece menor fiabilidad (Monarquía, Justicia, Fuerzas Armadas y el Parlamento). Sin embargo, son una minoría los que pertenecen o han formado parte de alguna de estas organizaciones (17%), aunque el 39% declara que le gustaría trabajar para una de ellas. El informe señala que esta tendencia surge por la presencia de un fuerte sentimiento de entrega a los demás, “de compasión o deseos de espiritualidad”, vinculado a una reminiscencia religiosa. Sin embargo, se da una paradoja: mientras la mayoría (90%) no se sienten personas religiosas ni concede importancia a la religión en sus vidas, buena parte de nuestros jóvenes confiesa abiertamente su disposición a creer en algo o alguien (61%) y estiman muy importante contar con el bienestar espiritual. No obstante, siete de cada diez confía poco o nada en la Iglesia católica y la gran mayoría (64%) considera que esta institución debería adaptarse a los nuevos tiempos.

Las personas mayores son otro de los colectivos que también tienen un espacio reservado en aquel informe, que alerta de la elevada proporción de población mayor de 65 años (7%) que se ve obligada a cambiar de vivienda a causa de algún tipo de discapacidad. Esta cifra resulta más elevada cuando se trata de edades superiores a los 85 años, entonces son casi el 10% los que deben iniciar una nueva vida en otro domicilio. Por si fuera poco, muchos se enfrentan solos a esa rutina. Por dar un ejemplo, que en Cuenca hay que tener ya como un aviso –que es plausible lo observamos en la cantidad de personas de la “cuarta edad” que se acompañan en sus paseos de inmigrantes asalariados para su cuidado-, el estudio explica que en Barcelona conforman la mitad de los hogares unipersonales existentes.

Otra de las preocupaciones de la Fundación Encuentro se ha centrado en las consecuencias sociales que ha producido la creciente llegada de inmigrantes a nuestro país. Y salta a la vista un dato alarmante: en los últimos ocho años el porcentaje de españoles “reacios” a la presencia de extranjeros en nuestras ciudades ha crecido del 8 al 32%. Ese sentimiento se manifiesta sobre todo cuando se establecen relaciones que rozan cierto grado de intimidad, como pueden ser el matrimonio o la amistad. Sin embargo, se aceptan mejor, y crecen, las relaciones de trabajo y vecindad. En definitiva, persiste una imagen negativa sobre la inmigración, que ahora es vista como la causa generadora del incremento de la delincuencia y la inseguridad.

Otro apunte sobre el que tenemos que reflexionar en Cuenca es el tema de la familia, dado que nos ofrece uno de los contrastes mayores entre el discurso dominante en la cultura política del país y la realidad cotidiana de sus ciudadanos. La familia, considerada en esa cultura como el centro de nuestra sociedad, como advirtió Vicenç Navarro, sin embargo en la práctica ha tenido hasta hace poco muy escasa atención por parte de los partidos políticos que han gobernado nuestro país. En realidad, las políticas públicas de apoyo a las familias en España son de las más insuficientes en Europa Occidental. Ello se debe, en gran parte, al enorme conservadurismo dominante en las culturas mediáticas y políticas del país, en donde la defensa de la familia se ha identificado tradicionalmente con las fuerzas conservadoras que han enfatizado la centralidad de la familia, sin proveerla, sin embargo, de los servicios y ayudas públicas que facilitaran su desarrollo. Tales tradiciones políticas conservadoras han considerado a la familia como una unidad en la que el hombre, a través de su salario o ingreso, es responsable de la viabilidad de la familia y la mujer es la responsable de su reproducción y cuidado de infantes, de jóvenes y de ancianos. El Estado, en estas tradiciones políticas, juega un papel mínimo. Por otra parte, las izquierdas en España han considerado históricamente que el tema familia pertenecía al patrimonio ideológico de las derechas, reproduciendo así una actitud atípica dentro de las izquierdas del norte y centro de Europa, donde la socialdemocracia se ha caracterizado precisamente por ser la tradición política que ha ofrecido mayor apoyo a las familias, proveyéndolas de los servicios (tales como escuelas públicas de infancia para niños de 0 a 3 años y servicios domiciliarios de atención a los ancianos y a las personas con discapacidades) que han permitido el desarrollo de cada uno de sus miembros, y muy en especial de la mujer, y ello como resultado del compromiso de la socialdemocracia con la igualdad entre los sexos, la cual requiere que la mujer tenga los mismos derechos que el hombre, incluyendo su derecho a integrarse en el mercado de trabajo para conseguir su propia autonomía, la cual exige a su vez el desarrollo de una infraestructura de servicios de apoyo a la familia que le permitan compaginar las responsabilidades familiares con sus aspiraciones profesionales.

Desde hace décadas en Europa disminuyen las tasas de natalidad. La pareja para toda la vida parece ser un modelo cada día más desfasado. Nuevas formas familiares se cristalizan. En el Instituto Max Planck de investigación demográfica de Rostock los científicos, como la Dra. Gerda Neyer, investigan los factores que conducen al cambio de valores y de estructuras familiares. Sus estudios nos dicen que los condicionantes culturales y las tradiciones desempeñan un papel muy importante. Los cambios de rumbo relevantes para los desarrollos demográficos los definen también las políticas sociales, familiares y del mercado de trabajo. Y algunas veces con graves consecuencias, como demuestra una retrospectiva a los años sesenta.

Para la mujer, el tener hijos y cuándo tenerlos depende de muchos aspectos. Muy pocas se convierten en madres durante su formación. La duración de la formación es más importante que la calidad. Si bien, como en el caso de Alemania, es cierto que cuanto más formación, menos niños. Casi la mitad de las graduadas universitarias no tienen hijos a los 35 años. Con 45 años todavía no los tienen un 35 por ciento de ellas. En general, en toda Europa –y en ésta entra Cuenca obviamente- se muestra la tendencia a un primer nacimiento más tardío. Cuánto tiempo se retrasa, depende de las condiciones sociales. En la mayoría de los países las mujeres desean primero establecerse en el mercado laboral. Sobre el cumplimiento del deseo de tener hijos influye, además de la disponibilidad de instalaciones para el cuidado de los niños, también la flexibilidad de tiempo de los padres y el nivel económico de los mismos. En toda Europa, hoy como antes, se otorga un gran valor a poseer una familia propia. Pero hay algo que ha cambiado radicalmente en comparación con las generaciones anteriores, subraya la Dra. Neyer, “¡Los hijos han dejado de ser destino!” Actualmente, las mujeres deciden ellas mismas si desean tener hijos (Cfr. Figura 6). “El acceso a los métodos anticonceptivos femeninos y el derecho al aborto señalan muy claramente si el estado reconoce las decisiones individuales de las mujeres, o no”.



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