Juan Andrés Buedo


PLANIFICACIÓN URBANÍSTICA DEL URBANISMO SOSTENIBLE



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PLANIFICACIÓN URBANÍSTICA DEL URBANISMO SOSTENIBLE
Si el plan físico o urbanístico debe adaptarse al territorio físico y al entorno natural de la ciudad (urbanismo sostenible), dado que nuestras ciudades producen, distribuyen y consumen energía y materias primas naturales (agua, aire, tierra... etc.), no es posible una planificación urbanística que no interiorice estos temas. Lo cual quiere decir, en primer lugar, que en ningún instante y por ninguna causa las autoridades de la Ciudad pueden permitir que ningún proyecto aprobado dentro del Plan General de Ordenación Urbana de Cuenca olvide las ventajas ecológicas. En segundo lugar, este plan ha de primar las condiciones y características medioambientales y el paisaje en el modelo de ordenación y desarrollo territorial, puesto que el territorio formalizado en forma de paisaje concreto, de Cuenca y de su propia diversidad, es el elemento base de la planificación urbanística. Teóricamente, en tercer lugar, el PGOU cumple con su misión de ordenar la Ciudad en función de las condiciones físicas de Cuenca; así, su desarrollo capitular tiene la intención de combinar la zonificación (los elementos de cantidad en base a las condiciones de uso y edificación) y la estructura urbana (los elementos de relación y de infraestructura de los servicios generales). El problema está en que no siempre lo consigue, y la causa de ello está en que pasa por alto la demandada concepción más integrada de las funciones y actividades, que permita una ordenación urbanística mixta, no segregada entre las diversas zonas urbanas. Si uno se sube al Cerro Socorro ve al instante esa desintegración, que casi siempre tiene razones financieras y del mercado del suelo. Y el logro de esto lo demando aquí y en mis paseos, porque como subraya el Programa CIMES una ciudad más integrada, o mixta, o al menos no segregada espacialmente, es una ciudad más sostenible y igualitaria. Permite un mejor, fácil y más cómodo desarrollo de las funciones humanas sobre el espacio.

La cuestión de la integración urbana tiene relación directa con los problemas de la crisis del modelo tradicional que debe de someterse a debate y reflexión. Sin embargo, no siempre se hace y en ocasiones se hace mal administrativamente. Por descontado que Cuenca no permanece inmóvil aquí. Por ejemplo, ha sido notable el avance que se ha dado en un asunto que reclamé en su día como concejal: promover ciclos sostenibles de producción y reciclaje de los residuos, promover el uso de materiales locales y no contaminantes o reciclables. Otro tema en el que también se ha dado un paso adelante es el de integrar el planeamiento urbanístico y los medios de transporte. Si acaso, en esto último encuentro que Cuenca tiene una carencia, ¿por desidia o por freno de los gestores? –más adelante, en su capítulo específico, el sexto, nos acercaremos a su causa-, como es la de la falta de participación activa de la población en la administración y diseño de la Ciudad, una cuestión que es básica (participación). Como veremos, las poblaciones de residentes, en las ciudades y diferentes asentamientos humanos, deben tener una participación activa en el diseño y la gestión de sus lugares de vida. La ciudad solo puede ser el espacio de libertad individual, de cohesión social, y lugar de progreso económico-social si se dan las condiciones mínimas de participación y democracia.

Y en Cuenca, entre los diversos patrones de sastre de la intervención pública, los dirigentes de los partidos políticos y la clase empresarial en alza o reinante, en numerosas ocasiones confeccionan como traje más usual el de la governance elitista, según se denomina en Ciencia Política el que se cose para impedir que participen quienes no se ponen esos vestidos restringidos, ni mucho menos los lucen. Viene a ser un escenario caracterizado por la participación de pocos actores y poco plurales desde el punto de vista de sus valores e intereses. Unas veces estratégicamente montada y en otras porque el espíritu de la sociedad así lo quiere, se produce en este municipio una marginación encubierta o disimulada de las entidades ciudadanas y, sobretodo, de la ciudadanía no organizada a favor de otros actores de elite30 (entidades financieras, empresas privadas, elites políticas y civiles). Es un riesgo permanente -dentro del nuevo paradigma de la red que veremos en el capítulo sexto-, que nos ubica en un escenario remozado de concertación entre elites políticas y sociales, con rendimientos limitados en el plano de la funcionalidad y con un impacto neutro o negativo en el ámbito de la legitimidad democrática.

Esa elite transitoria, a veces fugaz, no tiene siempre –o por lo menos de un modo continuado- la visión bastante dilatada para advertir que el objetivo global en las ciudades intermedias debe de ser el de mejorar la calidad de vida de todos sus ciudadanos (global). La definición de este objetivo depende de nuestro contexto y de la situación de partida. El objetivo de la calidad de vida pasa primero por cubrir las necesidades básicas de cada asentamiento; son déficits que al ser básicos no pueden ni deben ser considerados como cualitativos: vivienda digna, agua corriente, saneamiento, etc. ... A éstos pueden añadirse ciertos servicios que también pueden considerarse básicos: educación, sanidad, salubridad ... etc. Una vez cubiertas las necesidades y servicios básicos, como le ocurre ya a Cuenca en el año 2005, es cuando deben plantearse objetivos de tipo más cualitativo.

El espacio urbano -y sus formas particulares de ciudades y de hábitat- no es un objeto en sí, sino el resultado de procesos complejos y con múltiples centros de generación. Este resultado reviste la forma de la sociedad que lo crea, lo cual implica que al menos tres dimensiones lo caracterizan: la política, la cultural y la económica. Así, a la vez que las sociedades conforman sus espacios, las formas resultantes nos ayudan a conocer los valores, lógicas, fuerzas y relaciones de poder que las animan. Por esto mismo, contra lo que presumen a menudo los órganos directivos de los dos partidos mayoritarios en la provincia (PSOE y PP), yo sí detecto en mi recorrido sociológico por la Ciudad que los espacios locales tienden a la politización, es decir, a la superación de los clásicos roles operativos del gobierno municipal, tanto en sus viejas versiones burocráticas como en sus versiones gerenciales recientes. El desbordamiento de las funciones tradicionales se proyecta en dos dimensiones: hacia la ampliación de las agendas locales y hacia el desarrollo en ellas de nuevos roles estratégicos y cualitativos.

En el proceso de construcción del “municipio de bienestar”, desde 1979 se han dado cita dos dinámicas paralelas, la de ampliación y la de profundización. En razón de la temática ubicada en este apartado, ahora nos centraremos en la segunda, puesto que afecta a la agenda urbanística, que viene incorporando/vendiendo iniciativas de rehabilitación y de creación de espacio público de calidad en el tejido construido, más allá de habilitar procesos de expansión urbana; del mismo modo, la agenda territorial ha extendido de forma sustancial las redes de transporte público...

La fascinante dialéctica espacio-sociedad: la ciudad ideal, aquella a la que tendemos desde los valores y derechos universales, es la que se construye a partir del ejercicio ciudadano de todos sus habitantes. Esto ayuda a entender siempre la existencia de lugares urbanos que pueden erigirse para contribuir al establecimiento de vínculos entre los individuos y el poder público, con sus derechos y obligaciones, es decir, levantados específicamente para la formación de la ciudadanía. En este sentido, el espacio urbano y su espacio público, aparecen esencialmente como un fenómeno político por el cual el ciudadano habita la ciudad y es admitido a ejercer sus derechos políticos. Le guste o no al mandatario de turno o a la oligarquía dominante.

Claro que la estructura especulativa y el mercado del suelo urbano son determinantes de la concentración selectiva de grupos sociales. En este sentido, varios autores afirman aquí con razón que la segregación socio-espacial es un fenómeno característico de la urbanización.

Si consideramos que el urbanismo contemporáneo se caracteriza esencialmente por dos factores: la fragmentación y la privatización de sus partes, como lo demuestra la existencia del hábitat que nos ocupa, esto favorece también la casi desaparición del espacio público como espacio de ciudadanía. Ideal e inversamente, la ciudad que permite estructurar las prácticas sociales alrededor del espacio público, es aquélla que optimiza las oportunidades de contacto, la que apuesta por la diversidad, por la combinación funcional y social, y la que multiplica espacios de encuentro. ¿Usted, querido lector, ve muchos de estos espacios en Cuenca? Supongo que no, porque mis paseos no permiten ver ni abundancia ni dinamismo en tales puntos de concurrencia o reunión; y si quitamos las voces electoralistas de sus pregoneros, aún menos. En este vacío los medios de comunicación poseen también su parte de responsabilidad, al no saber pregonar alternativas ni divulgar opiniones distintas a las de los cuatro políticos de turno. Esos medios, ¿no se darán cuenta de que sólo son unos vulgares teclados de la agenda institucional oficial? ¿Llegarán a aprender que, sin embargo, son más apreciados y se venden más y mejor cuanto más pluralidad demuestran? No sé, pero a base de rutinas y misceláneas reiterativas sólo los compran cuatro vecinos.

En otro orden, la política del laisser faire privilegia los intereses particulares sobre los generales, la diferenciación social sobre la regulación política, el espacio individual sobre el espacio público, la protección sobre la negociación de diferencias y conflictos: no se va contra la inseguridad aislándose en paraísos artificiales, sino construyendo vías de integración y de cohesión sociales. Es en este marco que las políticas de desarrollo urbano y la planificación urbana pueden recobrar toda su importancia. Podemos entonces preguntarnos: ¿Qué papel pueden aceptar jugar el Estado y la planificación, ante la proliferación de éstas nuevas formas de vida urbana, que tienen por otra parte consecuencias graves para la sociedad y para la estructura urbanas? Llegamos así a la necesaria función de regulación del Estado. En el contexto de lo dicho, el Estado en todos sus niveles, sin olvidar por supuesto la autoridad local, tiene el deber de actuar de acuerdo con una ética de responsabilidad social respecto a la producción, gestión y distribución de los bienes públicos.

Si la democracia local y la identidad ciudadana proceden esencialmente de la condición urbana, esto no puede realizarse más que si el gobierno de la ciudad favorece, posibilita, vigila y regula la formación de una sociedad urbana responsable en todos sus componentes. En todo caso, uno de los principales desafíos que puede encontrar tal política urbana, es la de establecer equilibrios a partir del ejercicio de negociaciones entre lo público y lo privado, más que seguir apoyando principalmente los intereses privados sin regulación. Esto significa que la incorporación del sector privado a la prestación de servicios públicos, debería acompañarse de criterios políticos, técnicos y sociales. Como se observa en diferentes ámbitos españoles, deben ponerse claramente límites entre la permisividad y la ilegalidad.

La postura ética de Antonio Fernández-Alba encabeza los timbales de este pasacalle, porque como refleja su respetada opinión es la “política de la ciudad” quien ha de reconquistar su protagonismo y ejercer la racionalidad de sus postulados: “gobernar todo aquello que afecta, beneficia o daña a la polis”. Pero en nuestras ciudades, y Cuenca no es menos, venimos soportando unos lugares de pesadumbre ambiental, en ausencia de una arquitectura mediadora frente a los procesos inmobiliarios que ofrece la mercantilización del espacio habitable. La idea que ese autor tiene del arquitecto se aleja mucho del protagonismo estelar tan en boga y sobre todo de las relaciones entre el arquitecto y el “faraón político”. Los grandes conjuntos urbanos, los edificios singulares de las nuevas ciudades apenas saben describir los vigorosos relatos espaciales si no son los dispendios presupuestarios de sus grandilocuentes imágenes. Unas palabras de Fernández-Alba deberían hacer que nuestros ediles, delegados, empresarios y otros apóstoles propagandistas del sonido oficial reflexionaran hondamente: “Al político sólo le interesan sus correlatos semánticos, sus ilustraciones espectaculares, consciente de que la energía de la forma en los atajos de la posmodernidad se ha transformado en el poder del signo”. Basta observar en Cuenca el abandono temporal y reversión patrimonial del edificio del Banco de España, un ejemplo que caracteriza esta elocuencia simbólica, proyecto y modelo de veneración administrativa un poco anticuada, pero síntoma en su deserción prolongada y su destino funcional de que aún pervive la costosa y arbitraria mitología del arquitecto y sus peculiares modos de entender los contenidos de un espacio que hubiera sido mejor consignado para finalidad museística. Y cómo no interrogarse sobre los quehaceres de la Casa Aguirre, ese menhir hechicero de un espejismo patético; planificación atenta sólo al trueque, diseñada por los parámetros de la política mercantil, eso sí, hábilmente formalizada por la seducción mediática.

Por fortuna, no han llegado aquí avatares ruidosos de algunas ciudades posmodernas, que son protagonistas de las redundantes arquitecturas “del intérprete”, por lo cual el binomio política de la ciudad y arquitectura, aunque da algunas muestras que hacen fruncir el ceño, no ha logrado consagrar en la zona de ampliación urbanística la vulgaridad de una ciudad sin moral ni belleza. El actual paisaje urbano en la zona donde se expande la Cuenca moderna, en el mejor de los casos, es: intenso, enredado, vital y hasta fragmentario. Hecho por partes, en diferentes momentos y por diferentes actores, sin embargo, debe verse como expresión de la vida, de la energía colectiva.

Ahora bien, al final nos encontramos con el gran desafío que el Estudio Cano Lasso pone ante nuestros proyectos: El reto es humanizar. En las ciudades su crecimiento trae consigo problemas que derivan de la escala de aumento y desarrollo.

Nos queda por hacer una Cuenca más humana y este es el gran reto de futuro, que depende de la voluntad política y de la cultura de sus habitantes, pues en el paisaje urbano es importante conjugar densidad y convivencia con conceptos de sostenibilidad y protección del entorno y del medio ambiente. En la ciudad, contra el espíritu de “a la saca”, no siempre deben hacerse iconos basados en la imagen, pues siendo la ciudad una suma de acontecimientos de muy variadas procedencias, necesita piezas no singulares para conformar la necesaria unidad de su tejido. Por tanto, me acuerdo en mis paseos de ese santo y seña de Cano Lasso31 de que “la arquitectura debe ser un ejercicio más profundo que el que se basa en la producción de imagen y espectáculo y el arquitecto debe adoptar una posición equilibrada ante el complejo ejercicio que hace converger razón e intuición”. Esto significa que no hay que olvidar nunca que la arquitectura tiene un fin social que la diferencia del resto de las artes, y por tanto tiene un compromiso mayor. Sabemos de sobras que el nivel de la arquitectura española es excelente; sin embargo, el resultado de nuestras ciudades es decepcionante, lo que indica un alejamiento entre los arquitectos y la sociedad. Entonces, resulta siempre muy utilitario hacer una reflexión mutua para llegar a entender la falta de confianza por parte de los promotores privados en los arquitectos y la escasa demanda de una arquitectura con nivel por parte de los clientes.

4. NUEVA CULTURA URBANA EN CUENCA

El deslinde de las experiencias válidas respecto a las nocivas me ha trasladado en más de una ocasión a Barcelona, personalmente o por medio de estudios concretos, porque suele convenirse en que la capital catalana posee lo mismo bondades y peligros, que, según advertí32 el 5 de septiembre de 2002, debemos sopesar en el territorio conquense durante los próximos años, imitando las experiencias positivas y marginando las que se han comprobado negativas. Por un lado, destaca en Barcelona su carácter de ser una ciudad-ciudad. Supo resistir a la despersonalización que le impuso el “capital monopolista municipal” de los años sesenta del pasado siglo y ha sido luego un ejemplo de recuperación ciudadana mediante una ambiciosa política... Así fue hasta 1992. Y después de 1992, ¿qué ha pasado? Jordi Borja distingue tres escalas y tres líneas de acción. La escala metropolitana, la de ciudad y la de barrio. Y la acción continuadora de lo emprendido, la de hacer o proyectar lo que se había pensado y la de inventar algo nuevo. No entraremos ahora en descripciones ni detalles de esto, aunque sí nos remitimos a numerosos autores que previenen y nos advierten de la confusión creada por las mismas instituciones, que ha comprometido seriamente el proyecto. Y, en esto último está lo grave en Cuenca, varias de estas actuaciones y maniobras comprometedoras han sido hurgadas en los adentros de la capital conquense.

Ahora bien, no sería justo culpar “solo” a políticos y profesionales. Todos tenemos algo que ver y que reclamarnos. Básicamente para construir la ciudad-proyecto a estas alturas del Siglo XXI es preciso, primero, "inventar" el proyecto de ciudad, es decir, la elaboración intelectual colectiva de ciudad futura imaginada y deseable.

David Harvey, profesor de Geografía en la Johns Hopkins University (Baltimore), afirma que el nuevo urbanismo está en la cresta de la ola y todo el mundo es su entusiasta defensor. Según el razonamiento por él considerado, podría decirse que la vida urbana es susceptible de ser mejorada en su raíz, que puede transformarse en una vida más “auténtica” y menos desangelada, y también más eficiente, por el procedimiento del regreso a conceptos tales como vecindario y comunidad, que antiguamente proporcionaron tanto temple y tanta coherencia, continuidad y estabilidad a la vida urbana. La memoria colectiva de un pasado más cívico puede recuperarse de nuevo si se recurre a los símbolos tradicionales. Las instituciones de la sociedad civil, si reciben el estímulo que pueden aportar la arquitectura ciudadana y la adecuada planificación urbana, pueden perfectamente verse consolidadas como los fundamentos de un tipo de urbanización mucho más civilizado.

Sin embargo, advierte el propio Harvey, existen distintas variantes de tal razonamiento. Por ejemplo, contamos con varios modelos. De un lado, para dicho profesor está el de la Costa Este americana, que propone un crecimiento urbano de alta densidad y de uso residencial mixto, en su mayor parte dirigido a las áreas residenciales y de esparcimiento. Si bien las infraestructuras públicas y los niveles medioambientales son indudables, los proyectos se conciben principalmente para aquellos clientes pudientes cuyo estilo de vida, sin embargo, permanece inalterado (siguen recorriendo largas distancias para ir al trabajo). Lo que se vende es un concepto de comunidad y un entorno de vida más seguro. Insertos en un modelo de expansión urbana acelerada, tales edificaciones constituyen oasis aislados de vida privilegiada para las elites.

Comenta Harvey, de otra parte, la versión británica que subraya el ideal de un “pueblo urbano”. Amalgama la nostalgia por un pasado perdido (que recurre a los estilos arquitectónicos autóctonos de la Vieja Inglaterra) con una pizca de conciencia social (mediante la irrupción de la vivienda social a la mezcla), e intenta, además, aportar elementos laborales y comerciales a una fisonomía urbana caracterizada por un fácil acceso en la propia localidad. La idea de un “pueblo urbano” goza de un extendido atractivo que abarca todo el espectro social. Grupos étnicos, comunidades obreras tradicionales y grupos privilegiados han adoptado esta idea con entusiasmo.

En tercer lugar, el antedicho profesor norteamericano arroja luz respecto a la versión Costa Oeste americana, que sitúa los núcleos de barrio “tradicionales” en el seno de un plan regional más integrado de infraestructuras de transporte para enlazar los puestos de trabajo espacialmente dispersos, las zonas comerciales y las instalaciones de ocio. Transige, por una parte, con la dispersión de tales factores, pero trata de recuperar los ideales de una convivencia vecinal más íntima y entrañable y de una vida de comunidad. La experiencia demuestra, como dice Harvey, que “si tal política reúne unos métodos democráticos de adopción de decisiones y una consulta al público generalizada, sus resultados pueden ser realmente provechosos”. Una versión ligeramente mitigada de lo que se expone apela al ideal del "crecimiento inteligente". Una densidad más alta de crecimiento (justificada quizá por una referencia a los conceptos de comunidad y de barrio) en torno a núcleos o centros ya existentes (en oposición a la urbanización caótica), se considera más bien como una respuesta a la presión excesiva sobre los fondos públicos, las infraestructuras (escuelas y centros de enseñanza varia, agua potable, tratamiento de aguas residuales, carreteras, autovías y AVE en el caso de Cuenca) y el medio ambiente (por ejemplo, la pérdida de suelo agrícola o de hábitats de alto valor). El concepto de “crecimiento inteligente” ha cobrado un atractivo nacional en Estados Unidos, como el único camino para reorientar la urbanización sin límites y caótica hacia una vía más eficiente y respetuosa con el medio ambiente.

En nuestros alrededores –comenzando por el quebrantador “Señorío del Pinar” y continuando por Arcas, Villar de Olalla, La Melgosa o Chillarón- se requiere un control y una planificación del signo modelado. Así lo reflejé ya en 2002 al reclamar los inicios de un movimiento como el que se ha descrito, y más allá de la descarga de adrenalina –vuelvo a citar a Harvey- “inherente a la batalla con los saberes convencionales de un extenso abanico de instituciones (constructores, banqueros, gobiernos, intereses de transportistas, etcétera)”. Responden estos pasos a los deseos y a la voluntad de pensar sobre el lugar de los polos urbanos especiales dentro de las áreas regionales en su conjunto, y de aspirar a un ideal mucho más orgánico y global de aquello en lo que las ciudades y las regiones podrían consistir. Nos hallamos ante el intenso interés avistado acerca de las formas de desarrollo urbano más cercano humanamente y mejor integrado, apto para evitar la monotonía agobiante de la ciudad planificada horizontalmente. Y, sin duda, es algo digno de alabanza, ya que libera un interés en la calle y en la arquitectura ciudadana consideradas como escenarios de sociabilidad.

Mis paseos por la Cuenca del 2005 continúan haciéndose aquella pregunta anticipada tres años antes: ¿Creen nuestras autoridades que si, durante quince días, un grupo de ciudadanos se dedicara a fotografiar las “anormalidades” y deficiencias que cunden ante nosotros, las recopilaran en un volumen compacto, bien comentado, de objetivos constructivos y no papanatas o sin sangría electoral “acacofonada”, y las presentaran en el organismo internacional competente, la ciudad de Cuenca obtendría la designación de patrimonio de la humanidad? Y la respuesta es la misma que daba en el 2002; es decir, a lo sumo se le daría esta nominación a una concisa parte de ella, y aún con el reparo de que se cuidase de otra manera33.

Muy lejos de la actividad con la que completan su agenda nuestras autoridades –que he llegado a citar de modo nominativo en cuantiosos trabajos publicados-, el nuevo urbanismo demanda en ellas profundos cambios, puesto que promueve nuevas vías para pensar la relación entre el trabajo y la vida, y hace factible una dimensión ecológica del diseño urbano que, en cierto modo, va más allá de la búsqueda de una calidad medioambiental superior, propia del consumidor de bienes tales como árboles hermosos y estanques. Plantea, incluso, abiertamente “el espinoso problema de lo que hay que hacer con las despilfarradoras exigencias energéticas de la forma de urbanización basada en el automóvil, que ha predominado mucho tiempo en Estados Unidos y que de modo creciente amenaza con tragarse las ciudades en Europa y en otros lugares”, completa Harvey su argumento.

Con toda seguridad, empero, queda bastante margen aún para el escepticismo. Para empezar, no es que haya muchas novedades en todo esto. El nuevo urbanismo rebosa de nostalgia por una idealizada vida de pequeña población y estilo de vida rural que nunca existió. Las realidades de tales lugares –y la Cuenca de siglos pasados da buena fe- estuvieron con frecuencia caracterizadas por un ambiente represivo y limitador, más que por ser realidades seguras y satisfactorias (al fin y al cabo, ésta fue la clase de mundo del cual las generaciones de emigrantes ansiaban huir, y precisamente no acudían a él en tropel). Y además, el nuevo urbanismo, en la manera en que es descrito, muestra señales abundantes de represiones y exclusiones en nombre de algo llamado “comunidad” y “barrio” o “vecindario”.

El nuevo urbanismo puede caer fácilmente en lo que Harvey denomina la "trampa comunitaria". Este geógrafo describe cómo, desde las primeras fases de la urbanización masiva a la industrialización, el “espíritu de comunidad” se ha enarbolado como un antídoto frente a cualquier amenaza de desorden social o de descontento. La comunidad ha sido incluso una de las claves del control social y de la vigilancia, al borde de la abierta represión social. Comunidades bien arraigadas a menudo excluyen y se autodefinen contra otras, erigen todo tipo de señales de “prohibida la entrada” (cuando no tangibles muros y puertas). “El chovinismo étnico, el racismo, la discriminación clasista avanzan reptando hacia el interior del paisaje urbano”, comenta literariamente, lo que le lleva a situar en el nuevo urbanismo la posibilidad, por esa razón, de convertirse en una barrera más que promover el cambio social progresivo.

Si la mayoría de los proyectos que se han materializado en Estados Unidos (guiados por el afán de lucro del promotor) se refieren a la mejora de la calidad de la vida urbana para los ricos, la tendencia observada en Cuenca dibuja esta misma orientación: los precios cantan y los lugares/constructores son un signo revelador de la “clase social” en la que sus habitantes se autocalifican o emplazan. Entonces los ideales de comunidad, tradición y nostalgia por un mundo perdido son puntos de venta más que realidades sociales y políticas. Además, el deambular perdido y el discurso desconfigurado de nuestros políticos denotan que también en Cuenca se hacen pocos intentos para estar a la altura de la esencia del descontento urbano, y no hablemos ya del empobrecimiento y el deterioro de numerosas zonas de la ciudad. Las invocaciones a la comunidad y al barrio como ideología son irrelevantes, concluyo con Harvey, ante el destino de las ciudades que hoy día se fragua: “A falta de empleo y de generosidad gubernamental, las declaraciones y pretensiones `cívicas´ del nuevo urbanismo suenan a huecas, si no a hipócritas”.

Hemos de tener mucho cuidado y demandar en los programas electorales que nos presenten34 la puesta en marcha de una nueva Cultura Urbana de Cuenca en los próximos años, con acciones a corto, medio y largo plazo. Así lo he dicho y continúo afirmando, porque comparto la opinión del aludido profesor norteamericano, en el sentido de que a no ser que el nuevo urbanismo forme parte de un ataque frontal contra las rampantes desigualdades sociales y el malestar urbano, fracasará rotundamente en la tarea de cambio de cualquier factor realmente sustantivo y esencial. En realidad -como sucede en Estados Unidos- puede constituir sólo una parte del problema de la creciente segregación (racial, con la inmigración, o de otra especie), en lugar de ser una solución para los dilemas de la vida urbana. No sólo no me equivocaba en 2002, sino que en el 2005 esto se ha hecho más elocuente, ha crecido.



Al nuevo urbanismo hay que exigirle que no cometa la misma falacia de los estilos arquitectónicos y de planificación que critica. Para decirlo en palabras de los geógrafos aquí citados: no tiene que perpetuar la idea de que la planificación urbana puede ser la base de un nuevo orden moral, estético y social. Lejos de inferir que el diseño correcto y la calidad arquitectónica serán la gracia salvadora de la civilización, pocos partidarios del nuevo urbanismo suscribirían tesis tan brutal. El nuevo urbanismo cambia el marco espacial, pero no la presunción de que el orden espacial puede ser el vehículo para controlar la historia y el proceso social. Mis reparos, pues, incitan a traspasar en Cuenca esos derroteros, que ninguno de los constructores ni de los funcionarios municipales o regionales que admiten sus proyectos vienen a subsanar, ya que no consolidan nada a favor del público. Lo más que se observa es que se vende bien entre quienes pueden permitírselo. Crea un paisaje urbano todavía no lo suficientemente estético ni más agradable –tampoco más nostálgico-, desde las tenues y uniformes áreas residenciales que viene a asentar. Incluso no contribuye a una mayor eficiencia de los usos del suelo urbano de la ciudad de Cuenca. Y todavía menos ofrece en sí mismo -como con frecuencia pretende- una panacea ante el descontento social y la degradación medioambiental. En suma, no es la base privilegiada de una experiencia urbana fundamentalmente nueva. Por sí mismo, no hará más que envolver otra vez viejos problemas bajo una nueva apariencia. Valga para demostrarlo una ecuánime y reciente consideración del periodista José Luis Muñoz35:
“… Esta ciudad, que hereda un plan de urbanismo detrás de otro con el mismo ineficaz resultado de todos ellos, no ha sabido calcular o prever el tipo de desarrollo que podrían alcanzar esos dos grandes componentes del suelo, el residencial y el industrial… Lo común, aquí y en todas partes, es que los espacios para industrias se encuentren alejados a respetable distancia, precisamente para no molestar el uno al otro. Cuando se diseñó la pequeña zona industrial de Cuenca, en la carretera de Valencia, las viviendas estaban todavía en La Ventilla pero pronto se vio que emprendían veloz carrera con la que alcanzarían en pocos años fábricas, naves y almacenes. Lo extraordinario es que no se ha puesto límite al paralelo desarrollo industrial. Ahora, la situación está a la vista de todos: las viviendas, creciendo sin parar por Villa Román y aledaños, rodean ya el polígono y dentro de poco resultará que las industrias se han quedado en el centro de la ciudad… Ese es el resultado de las imprevisiones e incumplimientos de los sucesivos planes de ordenación urbana que no han conseguido el objetivo esencial de tales documentos: regular el modelo de crecimiento de una ciudad y establecer los mecanismos adecuados para que todos los ingredientes encajen con precisión, buscando la armonía general…”
Estamos, pues, en una etapa de transformación, y esto conlleva incertidumbres. Por esto mismo, según advertía el 25 de mayo de 2002 Joan Clos, alcalde de Barcelona, a nuestra generación le tocará torear las incertidumbres del siglo XXI. Detentamos la necesidad de repensar el futuro, en este contexto de globalización y de descrédito de la política. “Tenemos que gobernar el salto que daremos en los próximos diez o quince años, y esto requerirá de todos mucho esfuerzo y mucho compromiso”, terciba el citado edil, quien –como le trasladé al señor Martínez Cenzano, alcalde de Cuenca también en 2002- constataba el “papel nuevo corresponde a los medios de comunicación y a los intelectuales que en ellos participan”. Aquí está otra de las razones de que yo regresara ese año a pasados compromisos, de los que me había retirado en 1999. Lo hice, como advertía de antemano, sin ganas ni pretensiones de figurar en lista electoral alguna; mejor aún, creía y sigo creyendo –igual que Clos- que “a nosotros nos toca militar en el optimismo, conscientes de estar ante un futuro todavía incierto, pero que podemos gobernar, y que podemos gobernar bien”. He dado muestras en el capítulo anterior de lo que se puede hacer y daré vivaces pruebas de cómo conseguirlo en los siguientes.

Dentro del proceso de adaptación a las pautas económicas del siglo XXI, es una pieza clave elaborar un proyecto que suponga la apertura de un nuevo distrito industrial en Cuenca, acorde con una serie de actividades de nueva economía, que a la vez mantenga cierto uso residencial y comercial, según un modelo de ciudad concentrada, aunque de densidad inteligente y equipada convenientemente. Pero, claro, esto necesita una inversión mayor de la que sale de nuestro Ayuntamiento, que sigue igual de perdido que hace diecisiete años, cuando me enteraba yo de su estado por la condición de concejal. Continúan las autoridades sin convencerme –afirmé en 2002 y tengo la obligación de proseguir tres años después- de la inversión agregada por habitante realizada. Y lo que para mí es peor: ni saben, ni intentan corregir el déficit de esta última. “Esto, por sí solo, constata la necesidad de muchos ceses y de mejores nombramientos, de mejores líderes”, manifestaba años atrás. Sin embargo, los partidos políticos, ni estaban en esta línea entonces ni lo están ahora, cuando es evidente determinados arrinconamientos de bastante gente de la que podrían sacar hondo producto.

En esa línea, del total de la inversión pública presupuestada por habitante de Cuenca, ¿alguien sabe el porcentaje que es imputable al Ayuntamiento? Presentía y sigo vislumbrando que es un dato desconocido, por lo que hay que rogar a nuestros políticos que se abstengan de realizar declaraciones banales y de mínima concreción. Antes bien, la cultura urbana de la Cuenca del Siglo XXI está necesitada de mejores proyectos, para que sus ciudadanos podamos palpar una apuesta sincera de la ciudad por el diálogo y la reflexión, y que -¿para qué negarlo?- nos dé la reputación suficiente para ser, aunque no podamos traspasar estadísticamente mucho espacio, durante unas semanas el think-tank del país. Hacer rotondas no es suficiente y edificios de poca trayectoria menos. ¡Si encima los dejamos sin darles una actividad hacendosa o emprendedora!, pues ya la cosa se echa a perder completamente.

A Cuenca hay que apreciarla por fuera y por dentro. Situada entre el río Júcar y el Huécar, la zona alta de la ciudad -su casco histórico- se erige sobre ambas hoces, a modo de escaparate que sugiere lo que hay en el interior, formando un conjunto urbanístico singularmente hermanado con el paisaje y plasmando ese todo armonioso que no precisa de más cánticos o descripciones, puesto que la historia es larga y la literatura también, por lo que anda muy sobrada de alabanzas y composiciones. Claro que la belleza de su desarmonía, reflejada en la arquitectura popular más pura, no pierde en ningún instante su fuerza telúrica, ancestralmente rompedora con las normas y mañosa con la imaginación, sin olvidar en ningún momento las necesidades de sus habitantes, que han sido a lo largo de los siglos sus mejores maestros de obras. Algo así decía Acacia Domínguez Uceta, una de las más deslumbrantes poetas que a la Ciudad han cantado, en los armisticios de divulgar su asombro ante lo inverosímil que le trasladaba siempre la Cuenca dual.



CONTRAPUNTOS EN LA CIUDAD VIGENTE
La paz que me producen los paseos por Cuenca evita cualquier duda ante el hecho de que, a la postre, los humanos somos tan sólo eso, humanos, y andamos un poco mezclados de bienes y males. “A veces el bien para uno llega a ser el mal para otro y viceversa”, como resumió la psicóloga y escritora Remei Margarit. Narraba ésta en la prensa36 la variada gama de grises en que se basa nuestra vida cotidiana, ni blanco ni negro, tan sólo momentos de más luz y momentos más oscuros, así como instantes de aciertos e intervalos de errores. Así y todo, “cada historia tiene su caudal de energía positiva aunque lleve anudada también una carga negativa”, deducía esta autora, antes de disertar sobre el valor de las historias personales, cuya importancia radica en que “se viven, terminen bien o mal, sean brillantes o mediocres, da igual, el contexto es la vida; lo que se va viviendo en ella tiene sus efectos positivos y negativos sobre la persona, y aunque queden heridas o cicatrices, también queda un sustrato, como el mantillo vegetal del bosque, gracias al cual arraigan nuevas actitudes y nuevas perspectivas. Unas ramas caen, pero brotan otras nuevas que ofrecen al árbol otra figura”.

Quiero decir con esto que no hay que dramatizar, y menos como lo hacen a veces nuestros políticos. Estos deberían darse cuenta de que lo que se llama “engañar”, no engañan a nadie, porque las historias personales tienen todas sus contrapuntos, que sumados nos muestran la sustancia y los contrastes de la ciudad: amores, pasiones, amistades, compromisos cívicos, reflexiones compartidas, familia, profesiones, trabajo... Cada una de ellas va formando el mosaico de lo que somos los ciudadanos, ese calidoscopio de habitantes que, según cómo les dé la luz, ofrecen un aspecto u otro a quienes los miran. Muy distintos, además, según sea la primera vez o en ocasiones sucesivas.

En un recorrido sociológico abierto y distendido por esta Ciudad, me agrada la reivindicación feminista, por corta y manipulada que pueda estar en esos oficialistas “días mundiales” que celebran cada año –casi siempre para justificar sus coordinadoras los puestos en los que han sido nombradas a dedo, y que por esto se exhiben siempre con poca convicción-. Digo, por tanto, que defiendo las demandas y pretensiones feministas, primero, porque son justas y ayudan a la igualdad, un asunto éste que compone un derecho humano y, en consecuencia, no es sólo una cuestión de mujeres, sino “el rasgo fundamental de un país”, como destacó Soledad Murillo -secretaria general de Políticas de Igualdad- durante su intervención en Nueva York durante la conferencia mundial de la mujer, siendo ampliamente aplaudida. En segundo lugar, lo defiendo porque la experiencia en la vida y el estudio practicado me van enseñando que, como afirmó Amelia Valcárcel, catedrática de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Oviedo, “el feminismo es el mejor aliado de la democracia en tanto que pedagogía moral”. Bien lo observo al caminar por delante de la puerta de entrada en el piso de la calle Caballeros donde vivió mi bisabuela y recordar los últimos días de su vida, cuando a mis cinco años no había salido yo del cascarón; y, sin embargo, son imágenes de aquella sociedad conquense inerme y desvalida ante el machismo dominante.

¡Qué gran cambio, desde entonces! Así lo exclamo, con enorme deleite, al repasar hitos precisos de mi vida que si algo revalidan es el balance hecho por esta última profesora durante la conferencia inaugural que pronunció el 4 de marzo de 2005 en el foro debate Pekín+10 celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Sus palabras, impecables, vierten la fe en nuestras nuevas generaciones: “Nosotras somos la gran novedad de este país -dijo Valcárcel al inicio de su emotiva intervención-; lo hemos cambiado de arriba abajo en 40 años, desde que entramos en el sistema educativo, y si el franquismo no podía tener continuidad fue porque el estado socio-moral del país era otro”.

Tras reivindicar el reconocimiento de la contribución feminista al cambio del país (“salíamos de una moralidad tradicional y nos la jugamos, pero no se nos cita en la historia”), Valcárcel advirtió que “hemos creído haber roto más sinergias de las que hemos roto”, y también que “los jóvenes viven bajo el espejismo de la igualdad, una condición tan joven que aún no sabemos manejar”. El paro femenino le sirvió de ejemplo: “Sigue doblando al masculino, cuando ya no sirve alegar un déficit de formación de las mujeres. Es un problema de justicia; tenemos un déficit de ciudadanía, un reto de respeto pendiente”. Y concluyó: “El Gobierno nos apoya, pero nos falta el respeto. Es muy fácil que se respete la situación de paridad y no a quien la tiene. Hay que conseguir la paridad en todas las esferas de poder, incluso en la autoridad”. Y yo, ahogado en la humildad de un veterano sociólogo que ha enseñado este curso a sus alumnos las aportaciones de John Stuart Mill contra la “esclavitud femenina”, sólo sé decir: ¡Sí señora!

También doy mi asentimiento al “periodismo de precisión”, que brilla por su total ausencia en Cuenca, y, quizá sea por esta deserción, dudo que se produzca una información medianamente buena por estas tierras. La opinión ya sé que no lo es, pues existe una censura y unas detracciones inquisitoriales que se encuentran entre las mayores de España.

De ahí que mi pericia prospectiva37 me oriente hasta José Luis Dader, que en la Revista Telos escribía hace unos años de esta problemática, destacando que era una práctica irregular y dispersa. Sin embargo, embebidos por la didáctica de ese trabajo –siempre por el bien de la ciudadanía, o al menos del lector- los directores de los medios de comunicación locales tendrían que ofrecernos algo de esa praxis, que, sin duda, serenaría y fortalecería muchos aspectos de la vida urbana conquense.

Nos habla Dader del primer caso ante el que personalmente tomó conciencia del surgimiento del periodismo de precisión español, que fue el reportaje de los periodistas Xavier Vidal-Folch y Alex Rodriguez, titulado “Tener y no tener”, publicado en las páginas dominicales del diario El País, el 29 de marzo de 1987. Se trataba de un trabajo de tres páginas sobre las cifras de la pobreza en España, en el que, con independencia del carácter de meros relatores que asumían los firmantes, están ya presentes las características más genuinas de esta modalidad periodística:


A) Se abordan las cifras de un problema social de larga y lenta evolución.

B) El protagonista de la información no es una persona concreta ni un hecho aislado, sino la descripción general de un problema social.

C) El enfoque es ajeno a la inmediatez de la rabiosa actualidad.

D) La importancia que se concede al tema se traduce en una descripción extensa, sin ceñirse al tópico de que los temas sociales anónimos no pueden atraer la atención del público general de un diario de gran difusión.

E) Lo sustantivo del reportaje es la cuantificación numérica del problema analizado. Y

F) -y para Dader lo más importante-, hay ya un incipiente reconocimiento de que las cifras por sí solas no valen nada si no se tiene en cuenta el método de su obtención.


En este sentido, aunque apenas había cuando se hizo ese reportaje una discusión técnica acerca de los métodos de cuantificación de la pobreza en España, se ofrece al menos ahí una descripción de cómo cada equipo de investigadores sociales ha realizado sus cálculos, llegando cada uno, en consecuencia, a una estimación diferente de la magnitud estudiada. A mi ahora me gustaría leer periodismo de precisión sobre el AVE en/por y para Cuenca, entre otros problemas sociales y económicos tanto o más apremiantes (diferentes formas de vida, conflictos sociales –latentes o tangibles-, nuevos estilos de vida individual, dinámica de la estructura urbana, elementos de identidad, aparición de rasgos nuevos, ruptura de las pautas de integración social, grupos marginados y exclusión social, etc.). Principalmente porque veo, nada más levantar la vista, esa tara o defecto que daba Morin en 1981: “En la ciudad moderna, el alivio de los viejos constreñimientos se acompaña con la creciente pesadez de los nuevos (burocráticos, tecnológicos, comunicacionales); el acceso a ciertos estándares de individualización aporta una problemática nueva; la atomización y la soledad atormentan de formas diversas, pero cada vez con más insistencia, a las viviendas subvencionadas y a los barrios buenos. Lentamente, se constituye una vasta depresión, enfermedad incierta y multiforme, que sin duda rebasa con mucho a la ecología sociourbana pero que también la concierne”.

Otra característica digna de resaltar es que los periodistas, conscientes de la escasa influencia y efectividad natural (“apelatividad” denomina Dader a esa carencia) de un reportaje plagado de cifras, han ido intercalando dos técnicas periodísticas para hacerlo más atrayente. Un tipo de párrafos corresponden a la perspectiva cuantitativa, mientras que los restantes intercalan historias personalizadas conforme a la tradición clásica del llamado nuevo periodismo.

Se obtiene así un híbrido de personificación novelada y estricta cuantificación que elimina las limitaciones particulares de cada una de las dos opciones: si el nuevo periodismo resulta atrayente pero deformador de la representatividad de los sucesos aislados, el periodismo de precisión, frío y disuasivo por su complejidad técnica, aporta por el contrario el rigor de la representatividad real del problema abordado. Como así se hiciera en Cuenca, un gran avance democratizador se habría logrado, mientras tanto, no; hay aires, pero no zumos pro-activos de una verosímil y aceptable tolerancia ideológica, digna de respeto y crédito. El día a día pide lograr todavía esta causa pendiente, provisora de una opinión pública más libre e independiente.
Una esfera pública entre la opinión y la publicidad
Conformamos nuestra realidad no sólo a través de aquello que podemos palpar o contemplar con nuestros sentidos de forma directa, sino también en grandísima medida gracias a las ideas y conceptos que nos llegan por la comunicación social. Hay una magnífica novela del semiótico italiano Umberto Eco, El nombre de la rosa, que, muy por encima de sus valores detectivescos, es una espléndida muestra del poder de los medios de comunicación sobre la sociedad misma. Por este motivo me detengo a menudo en mi reflexión diaria sobre la trascendencia que tienen en Cuenca, desde el momento en que los medios que aquí se elaboran tienen un poso meramente local (alguno hasta pretende, sin conseguirlo, dejes regionales) expuesto sólo con visos comerciales. Sin vitalismo social alguno, por si esto fuera poco, son meros agentes manipuladores de sus dueños e intereses, dando la razón así al profesor Marshall McLuhan, quien en su obra El medio es el masaje nos dice que los medios de comunicación no son sino una extensión de los órganos del ser humano, una extensión de su sensibilidad.

Un escrúpulo y una desafectividad extraordinariamente mostradas al público por la Prensa editada en Cuenca. Así, como ejemplo, puedo poner una opinión y una noticia/entrevista que El Día de Cuenca ofrece el 14 de abril de 2005. De un lado, la “firma invitada”38, LMCS, habla de “Los efectos de un crecimiento muy mal planificado”, siendo el contenido de esta opinión muy acertado; pero ahí nadie puede quitarme la sensación de que nos ofrece argumentos39 tajantes de cuanto he hablado en el capítulo anterior y en las primeras páginas de éste respecto a la mala planificación urbanística. Por lo que sólo busca imprimir un levísimo lavado de cara al pobre e irregular contenido que quiere dar ahí el director de ese medio; justificación que procede del tirón de orejas que le di a lo largo de las tres semanas anteriores mediante varios e_mail en los que le acusaba del “politiqueo barato y la adulación a/de/por/para/entre/con/... los políticos locales”.

De otro lado, el contenido de mi correo electrónico de 31 de marzo de 2005 se patentiza en la página 13 del diario del 14 de abril también, en la cual aparece una información, que se pretende de actualidad, sobre el dato de que “el PP cierra la primera fase del programa `barrio a barrio´”. Se cometen dos reseñas aquí de grave tilde sociológica y administrativa, con un cinismo añadido que no tiene perdón. En un error científico imperdonable, el diario y el concejal portavoz entrevistado, el señor Cordente, dice que “ya se han recibido 267 encuestas de las 4.300 que se habían repartido en el Distrito 1”. Esto es confundir churras con merinas. ¡Que no! Ilustres míos, lo que ustedes hacen no son “encuestas”, son sólo “cuestionarios” de UNA encuesta. Un método científico, que para ser considerado tal, al hacer públicos sus datos tiene que demostrar matemáticamente el “valor de la muestra”, así como su “estudio de campo”, con una confección que técnicamente ha de ser homologada en el plano estadístico. Entonces, al carecer todo lo que ha hecho el PP ahí de significación y apología sociológica, la información se convierte en “falsable”, improbable e inaceptable. Y lo mismo le ocurre a ese denominado “programa”, dado que carece al denominársele así de las pautas técnicas de intervención que precisan numerosas escuelas asentadas en la Ciencia de la Administración. Por tanto, eso que dice el señor Cordente está privado también de validez, pues no invoca el más mínimo placet de procedimiento ni de metodología; jamás con su proceder podrán obtener ese pretendido “diagnóstico exacto de la ciudad”. Si un día se pasan por mi estudio o mis clases podría enseñarles cómo hacerlo. Pero mientras vayan a ciegas no hacen ningún análisis, ni mucho menos una diagnosis cuantitativo/cualitativa. Van pegando cabezazos contra la pared pública y el periódico, con su divulgación, les da publicidad gratuita.

Así es como se acredita el que haya muchos teóricos que hablen incluso de una tiranía de los medios de comunicación. Y en nuestra ciudad esto es constante, por mucho que la mayoría de la población no se dé cuenta, o no sepa captar la esencia oculta de esos abusos. Desde la Ciencia Política y la Sociología sí que los presenciamos, porque es uno de los pilares facultativos a los que da acceso la carrera como profesión. Simplemente por esto, mis paseos hacen que demande asimismo la contratación de más colegas míos, que aportarían a la vida pública unas substancias de las que no sólo Cuenca, sino España entera, anda muy necesitada. “Miren, señores empresarios”, me digo al pasar por delante de empresas o negocios que han cerrado, “si hubieran pedido un estudio de mercado a tiempo, o un análisis de prospectiva riguroso, a lo mejor eran todavía solventes”. Bueno, pues lo mismo les digo a los políticos dotados de bajos conocimientos politológicos: “tendrían más reflejos políticos si conocieran algo de esta ciencia, y así tomarían decisiones con mayor perspicacia en muchas ocasiones”. La clarividencia acompañaría entonces a resoluciones que ahora se firman con bastante desconocimiento. Luego viene el tío Paco, con las rebajas, y el aumento del IPC –por ejemplo- hace que suban los precios de las hipotecas.

El consumidor de los medios de comunicación en Cuenca tiene derecho a disponer de una mayor fidelidad entre su conocimiento de la realidad y la verdad. En la banda opuesta, los dueños y los profesionales de estos medios han de ser honestos en su ejercicio diario y no olvidar ni un minuto los efectos que posee la llamada comunicación política. Para este fin les recomiendo que acudan a los estudios de Lazarsfeld y el compendio de Klapper. Aprenderán así a modificar tanto el diseño y la estructura, como el material incluido. Con dicho cambio ganarán los contenidos de los medios, pero principalmente serán más objetivos, cosa que no son ahora, dado que pasan por alto los “factores intermedios”, las propias cualidades del receptor, que vienen a ser los que determinarán sus efectos. Es decir, la honestidad les demanda que sepan fijar en todo momento la importancia de la actitud, el interés subjetivo, la clase social, etc.

Siguiendo con estos estudios, se resalta también la figura del “líder de opinión” de cada uno de los estamentos sociales, que indica a su respectiva clase cómo habrá de ser interpretada la información. En Cuenca da vergüenza observar ese pobrísimo liderazgo, por culpa nuevamente de los dueños de esos medios, que hartan a sus lectores o videntes con el repetido campaneo de “la oficialidad” (cargos públicos, dirigentes políticos, etc.).

Concretando ya sobre los efectos, y desde un punto de vista analítico, pueden diferenciarse según la variable dependiente o independiente, según el concepto o teoría de los efectos, según la intencionalidad del efecto y las condiciones de efectividad. La variable dependiente nos lleva a hablar de cómo el contenido de los medios actúa directamente sobre la sociedad. Enfocando directamente sobre la comunicación política hablamos de efectos sobre la idea de la realidad (desempleo, inmigrantes regularizados, devoluciones en la declaración de la renta), efectos sobre la postura hacia los valores (normas y valores sociales, valoración de instituciones, personas y temas) y efectos sobre las percepciones sociales (opinión pública). La variable independiente, por el contrario, está relacionada con el aspecto físico del medio, su existencia, forma de organización y efectos de contenidos concretos. Se plantean así hipótesis como la relación entre la creación de más canales y una mayor utilización del medio o cómo la aparición y empleo de un nuevo medio puede producir alteraciones en las clases sociales (no dista mucho esta idea a la aparición de la imprenta y el triunfo definitivo de la burguesía sobre el clero y la nobleza). Según la intencionalidad de los efectos y acorde a las teorías de McGuire los podemos dividir en intencionados y no intencionados. En los primeros podríamos incluir las propagandas electorales de los partidos políticos e incluso la labor de los periodistas en numerosas ocasiones. A los efectos no intencionados pertenecerían las representaciones involuntarias de ciertos grupos de la población y de sus posiciones políticas. Por último, podemos clasificar también los efectos de los medios según las condiciones en que éstos se dan. Se distinguen así los efectos a tenor de tiempo (precomunicativo, comunicativo y postcomunicativo), lugar (condiciones de la persona, del estímulo o del entorno social) y tipo de efecto (entrega, atención, comprensión, aceptación, recuerdo y comportamiento).

Hay dos teorías que vienen que ni pintadas para explicar de modo analítico la convivencia de la sociedad con los medios. La primera está compuesta por la Agenda Setting, que fue presentada en 1963 por Cohen y fue finalmente demostrada nueve años después por McCombs y Shaw. Gira sobre la idea fundamental de que los medios de comunicación nos presentan una serie de acontecimientos de mayor o menor gravedad sobre los que los individuos deberán formarse una idea personal. De esta manera, los medios nos ponen las bases, el “orden del día” sobre el que deberemos formarnos nuestras opiniones propias. Numerosos acontecimientos recientes como la aparición de aquel “Mesías mediático” como fue Lady Di tras su muerte nos ayudan a demostrar mejor esta teoría, o la saturación de la información sobre Semana Santa en Cuenca incluso meses después de celebrarse (porque, verdaderamente, ¿qué puede importarle a un ama de casa conquense el cambio del presidente de una hermandad por dimisión del anterior?).

La segunda es la Teoría de la Espiral del Silencio, desarrollada por Noel y Neumann. Neumann pudo así demostrar de una forma concreta la cantidad de información que sobre un tema debe recibir una persona para formarse ya una opinión personal (valor umbral) o cómo la intensidad con que es mostrada la información puede afectar a la atención de la población. Esto último coge de la mano la poquísima atención que le guarda el ciudadano conquense medio a su alcalde o al resto de compañeros de partido que no paran de exhibirse en los medios. Los dos citados estudiosos esclarecieron la interdependencia entre las opiniones personales y la importancia que en éstas pudieran tomar los medios. Según resumieron, las personas no desean verse aisladas del resto de la sociedad debido a sus opiniones, que pudieran chocar con las expuestas por la mayoría. De esta forma o bien se asimila continuamente la división de opiniones del entorno, o se cae en una minoría temerosa de opinar y que calla. Los medios de comunicación sirven como escaparate de las opiniones que prevalecen en dicho momento. Tomemos como ejemplo de esto el bipartidismo que se ha instaurado en la política española. Según han ido aumentando los medios de comunicación privados (especial importancia a la televisión) dos partidos, PP y PSOE, apoyados por determinados medios cada uno acaparan todo el quehacer político de nuestro país. Las demás ofertas, con una específica implantación de los medios nacionalistas, irán poco a poco desapareciendo hasta llegarse a una situación similar a la de Norteamérica, Meca de los medios de comunicación.

Lo anterior nos lleva a la publicidad, en el sentido de J. Habermas, que conecta dos discursos. El de la prensa, que ensambla lo privado en lo público a través del debate entre las ideologías y la lucha por la hegemonía cultural; y el de la propaganda comercial que transviste de interés público las intenciones y los intereses privados. Por este motivo, cuando veo al director de los dos medios de comunicación estrictamente conquense (El Día y CNC) pegado al presidente de la Junta de Comunidades –como antes lo hacia a José Bono- discrepo por completo de esa actitud, y me gustaría que leyera algo más, ampliase un poco su limitada cultura y aprendiese que es la propia privacidad/intimidad de los individuos la que sufre de, a la que ha tocado, la ausencia de sentido en que se precipita lo público y sus dos medios ofrecen escenario. Unas tablas que pisa demasiado a menudo el alcalde de la Ciudad, el cual nos satura con tanta aparición en los medios; mientras que debería plantearse bien claramente varias de las cuestiones y derivaciones presentadas en un libro del sociólogo de la talla de A. Giddens40, dedicado a examinar las mutaciones que atraviesan esos tradicionales espacios de sentido. Unas extensiones que falta por lograr todavía en Cuenca.



CUENCA Y SUS CIUDADANOS A COMIENZOS DEL SIGLO XXI
La página OcioTotal.com, Todo el Ocio en Internet, al informar sobre España siglo XXI: viejas ciudades, nuevos símbolos destaca que en todas las épocas las ciudades han sido identificadas por sus monumentos. Son obras de arte que poco a poco han ido configurando estilos fácilmente reconocibles y que se han incorporado a nuestro patrimonio artístico y cultural. En la actualidad los viejos símbolos han dejado paso a nuevas obras de arquitectura e ingeniería que se han convertido en los auténticos iconos culturales, que juegan a ser los verdaderos símbolos de identidad de estas ciudades y de un nuevo y espectacular modo de entender lo que ha de ser el arte urbano y la cultura del siglo XXI. Esto es lo que ha sucedido y viene ocurriendo en los últimos años con el Museo de la Ciencia de Cuenca, si bien su signo y fondo más pragmático le han evitado caer en las desconsideraciones que se achacan a otras obras pensadas en España a fines del siglo XX para dar la bienvenida al nuevo siglo. Obras envueltas en la polémica, entre la desmesura faraónica, la utilidad más pragmática y el arte vanguardista más extremo: “Para unos encierran algunos de los códigos de estética más perfectos creados hasta la fecha, para otros se trata de aberraciones exentas de cualquier cariz artístico y únicamente sujetas a los afanes megalómanos de políticos y arquitectos... en todo caso, el ciudadano de la calle mira asombrado el juego de luz y color de la cubierta de titanio del Guggenheim, las asombrosas líneas de La Domus gallega desafiando la brusquedad de las olas, los espacios creados en la complejísima sencillez de los cubos del Kursal de Moneo en San Sebastián y no renuncia a pasear bajo las estructuras geométricas del Planetario en la Ciudad de las Ciencias de Valencia o cruzar los ríos de siempre atravesando los puentes sevillanos41.

Las páginas anteriores son un refuerzo transparente de las interrelaciones producidas entre la ciudad y la política. Alrededor de este tema además hay otra serie de cuestiones que no podemos dejar a un lado, según recoge Juan Pablo Palladino en la Revista Teína42: “La urbe es antes que nada una comunidad con lazos sociales y políticos. Fuente de conflictos y forma de encontrarles solución, la política se ve trastocada como actividad por la lógica mediática. El peso de la imagen televisiva obliga al poder político a adaptar sus formas a la carrera por la audiencia”. Discurre Palladino que la base de la vida política de la ciudad es sobre todo la gente que la habita, las relaciones intercomunales, y no sólo el entramado edilicio -la forma física- con que se tiende a pensar el término. Sin duda, la gente vive en la ciudad, la construye física e imaginariamente, sueña a partir de ella, planifica sus vidas y les da sentido (o decide alejarse hacia otros rumbos) y lo hace ineluctablemente en un marco de interacción social; es decir, con las otras personas con las que convive. Por tanto, se trata del lugar donde se da la existencia misma individual y colectiva.

Al margen de cualquier porfía acerca del tipo de organización, resulta evidente el hecho de que todas las sociedades tienen algún grado y forma de orden. Dentro de este orden, y sobre su base, las sociedades ponen en marcha prácticas o procesos institucionalizados y procedimientos establecidos para resolver los asuntos públicos; aquí hallamos los asuntos que afectan a toda la sociedad o a una parte de ella, pero que tiene consecuencias para la generalidad. Las instituciones políticas, que toman decisiones que implican al orden común, por su parte, determinan el espacio político; el gran recinto o área donde los planes, ambiciones y acciones de los individuos entran en contacto, conectan. Y donde diferentes mecanismos institucionales impiden que esa conexión se transforme en roces o altas desavenencias. La actuación de los individuos en pro de sus intereses y en el marco de aquel espacio es la acción política que se puede desplegar de diferentes maneras.

En tanto lugar donde se contiene y al que se ciñe la sociedad, la ciudad puede y debe ser pensada en términos de su dimensión política; esto es, como lugar donde las fuerzas sociales pugnan a través de unos redefinidos o preestablecidos usos y experiencias (no necesariamente partidarias) por el desarrollo de sus intereses. Al mismo tiempo, construye el medio donde la sociedad levanta el entendimiento público, dotando de significados la realidad social. La inquietud surge cuando se repara en que lo real es desplazado por lo virtual, instantes donde se ven momentos en que lo mediático influye determinadamente en la dimensión política de la comunidad. Así lo centra Jesús Martín Barbero en el caso concreto de la televisión que, dentro de su rol de mediadora, “transforma en espectáculo de sí mismo la teatralidad callejera” de la política, que es consumida ahora por la gente desde el sillón de sus casas. Esto revela una suerte de emborrachamiento entre lo privado y lo público donde los límites no están para nada definidos. Y el espacio doméstico se transforma en espacio virtual donde, como indicara Paul Virilo, “todo llega sin que haya que partir”.

Luego los medios determinan qué es y qué no es un acontecimiento. Así, una manifestación en la Plaza de España, ámbito habitual del descontento, las demandas o las protestas públicas en Cuenca, es acontecimiento sólo si la presencia de una cámara la eleva al nivel de tal; de lo contrario no existe. Esto significa que la televisión, en su posibilidad de registro y transmisión en tiempo real y directo, genera la ilusión de realidad: “El tiempo real anula la distancia espacial [...] Veo como si estuviera allí”, señala la socióloga Beatriz Sarlo, para quien “hoy la política es en la medida en que sea televisión” y las formas directas de política se hacen más complejas y dificultosas.

Pero lo evidente y tangible, quiera o no esa televisión, es que los problemas de la ciudad subsisten -además se agravan, si no se les pone solución- y las cámaras no pueden llegar nunca a exhibir todos los temas noticiosos. Puede que graven estos, pero luego sólo enuncian una parte de ellos y hasta, incluso, ni lo emiten después por motivos varios, que van desde el tiempo hasta la importancia relativa otorgada por la redacción del medio, etc. Y, sin embargo, como dijo Jordi Borja en el Fórum Universal de la Culturas – Barcelona 2004, de la ciudad se espera una respuesta, puesto que la ciudad es el espacio de la acción colectiva, del cambio visible, del horizonte próximo: “El refugio más inmediato de la política democrática, la simetría del conflicto social, la expresión de los valores contradictorios o cohesionadores, la accesibilidad y la materialidad de las formas, el espacio de la innovación cultural, la manifestación de las diferencias, la confrontación y la cooperación con «el otro»”.


Miedos y deseos en la ciudad del siglo XXI
En un diálogo que se pretendía innovador, con el fin de estimular acciones e ideas transformadoras, Borja incita a los participantes en el foro a ser infiel al pensamiento único, a los tópicos genéricos sobre la gobernabilidad, la participación, la competitividad, el desarrollo sostenible y la formalización. El 11 de septiembre de 2004 se debatió allí alrededor de las preocupaciones y las apetencias producidas en la ciudad, que ha sido y es un conjunto formado por gentes parecidas y distintas, con seguridades e incertidumbres, temores y esperanzas. En la ciudad actual, el miedo influye en muchos comportamientos, aunque también la autonomía personal. El deseo es la base de la energía ciudadana y el miedo la negación de las potencialidades liberadoras de la ciudad. Las políticas urbanas pueden reforzar las tendencias aseguradoras y excluyentes o, por el contrario, crear espacios de esperanza y libertad.

Bajo el título “Miedos y deseos en la ciudad”, el forum barcelonés dedicó una sesión entera a abordar el problema de la inseguridad ciudadana, y dentro del espíritu que presidió este encuentro, hubo consenso en denunciar las políticas “represivo-preventivas” que se implantan en muchas ciudades del Tercer Mundo, que exportan el modelo franquiciado del alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani de tolerancia cero. En cambio, se apostó por políticas sociales que favorezcan la inserción en la vida ciudadana de las personas y de sus barrios.

En esta línea, Jordi Borja señaló que “muchas veces la inseguridad es sólo una percepción subjetiva”, promovida por una cierta coyuntura histórica, como la España de la transición, por lo que “hemos de aprender a convivir con un cierto nivel de inseguridad mientras existan las desigualdades sociales” para evitar, como ya pasa en muchas capitales del Tercer Mundo, el “urbanismo de las alambradas”. Mientras, Borja se mostró a favor de una serie de puntos de actuación para combatirla, como un desarrollo urbano con mixtura social, accesibilidad al centro desde la periferia o una actuación cultural no sólo de eventos, sino también de actividades participativas. Una línea esta última a la que me adscribo y defiendo íntegramente, siendo una ruta poco transitada en Cuenca.

La seguridad hay que plantearla, no como un problema, sino como un derecho para todos. En ese sentido, argumentó Jordi Borja que hace tan sólo unos años la presencia policial en barrios -como el barcelonés de La Mina- se habría podido interpretar como una “invasión”, pero cuando la presencia policial va precedida de una serie de mejoras urbanísticas y socioeconómicas para sus vecinos, son estos los que finalmente acaban solicitándola como un servicio más a favor de su calidad de vida. Amante insaturable de ésta, el ciudadano, independientemente de las instituciones públicas, debe ser consciente de que también forma parte fundamental del paisaje urbano. En consecuencia, como tiene explicado Antonio Marín, todos debemos lograr que la participación y el control de futuros desarrollos e iniciativas urbanísticas, ambientales, culturales, asistenciales... cuenten con el visto bueno de los principales afectados y destinatarios. Este es el motivo por el cual no es una ingenuidad exigir y demandar una participación activa y directa en todos los procesos que puedan evitar lesiones en el paisaje urbano. Nuestra salud emocional y afectiva viene determinada y definida gracias a la existencia de cuerpos urbanos saludables, donde todas las partes que integran ese paisaje tienen una función determinada en aras a lograr el bienestar y la convivencia armónica de todos los que formamos parte de ese tejido vivo, dinámico que es una ciudad.

Para obtener y mantener salud y bienestar en todo tiempo y lugar, luego también en la Cuenca de hoy, el ciudadano debe pasar de ser un mero espectador -que asiste sumiso a ciertos rituales electorales en fechas determinadas-, a tener conciencia y asumir plenamente que es un creador de opinión, un impulsor de propuestas, un denunciante activo de todo aquello que pueda ocasionar nuevos y lacerantes problemas y perjuicios a la convivencia personal y colectiva. O sea, no hay que tener miedo a la hora de que los ciudadanos podamos conocer (e influir) en las propuestas de los arquitectos, empresarios, promotores y políticos. También nosotros somos una parte vital del paisaje y del futuro de nuestra gran casa que es una ciudad. Todas las partes de esa gran morada, precisan una atención y un cuidado común. La ciudad es nuestro cuerpo y debemos mantenerlo en buen estado, en forma, libre de epidemias y conflictos que puedan trastornar nuestro futuro inminente.

Sin duda, el espacio colectivo no ha sido únicamente el producto de la intervención pública, excepto en las décadas de “socialismo real” en el Este. Debido a la combinación actual de procesos de regulación pública e inversión privada, algunos espacios pertenecientes a instituciones públicas son utilizados para los negocios o la publicidad institucional, mientras que otros de carácter privado se están convirtiendo en los espacios colectivos más populares de algunas ciudades. Nos sobra con ver el traslado de “La Calle” hasta “Metrópolis” en Cuenca, toda una visión empresarial del espacio público y urbano que se ha comparado inmediatamente con el punto de vista de representantes políticos y grupos críticos. Pero ¿los gobiernos democráticos locales, y en concreto el nuestro, se ocupan de forma eficiente de estas cuestiones? Me parece que ni en el fondo ni la forma terminan de coger al toro por los cuernos, cosa que tampoco les achaco exclusivamente, pues la variedad de modelos de propiedad y de gestión de los espacios de vida colectiva es una cuestión ineludible, que posee grandes dosis determinativas en esta cuestión. Los espacios colectivos de la ciudad contemporánea pueden considerarse como un “fenómeno social total”, según el concepto introducido por el etnólogo Marcel Mauss, en el que el intercambio es el principio fundador. Estos espacios acogen a la vez formas de interacción institucionalizadas, y de relaciones libres entre los ciudadanos.

Es axiomática la puntualización de Italo Calvino en su libro “Ciudades invisibles” respecto a que “las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas y toda cosa esconda otra”. Esta visión se ha impuesto en la mayoría de los ambientes académicos, artísticos e incluso cotidianos, que opinan sobre el objeto ciudad; en otras palabras, ha triunfado la lectura que enfatiza las discontinuidades del desarrollo urbano, lo que, por lo mismo, impide utilizar palabras como organización, continuidad y/o evolución de la ciudad, más allá también de que tampoco es la política correcta hablar en estos últimos términos.

Liggett43 en la línea de unir arte, espacios urbanos y ciudad, reflexiona sobre las formas de exclusión que la ciudad genera en las calles, en los espacios que se consideran públicos y, sin asumir del todo la posición posmoderna, intenta describir la creación de espacios urbanos de fines del siglo XX y el papel que le cabe al individuo en tanto productor de una resistencia cotidiana al anonimato, la exclusión y la división de clase espacial. Mucho antes, en un no tan conocido y a la vez sólido ensayo titulado La Ciudad, cuya edición alemana data de 1921, Max Weber analiza las formas en que las ciudades modernas fueron adquiriendo su perfil, donde exponía las características de la organización de la ciudad: “Desde el punto de vista sociológico la ciudad equivaldría a una gran concentración de casas colindantes, dispuestas en orden compacto, que forman una aglomeración dotada de una identidad tan amplia que en ella no se produce la agrupación ordinaria y específica de la vecindad caracterizada por un conocimiento personal y recíproco entre sus habitantes. Si nos atenemos a esta definición sólo las grandes localidades serían ciudades, pero hay que tener en cuenta que el criterio que se utiliza para demarcar el concepto de ciudad depende también de condicionamientos culturales, por ello no sería aplicable en este caso a localidades que en el pasado poseyeron legalmente el carácter de ciudades”.

En la Revista de Ciencias Humanas apuntaló este parecer Rigoberto Gil44, aludiendo a que las prácticas urbanas determinan en buena medida el ser individual y colectivo. Más que un espacio habitado, la ciudad es hoy símbolo, presencia viva de una estética que prefigura en la ficción, en el arte narrativo, la complejidad de la vida contemporánea. Él centra su debate en torno a la presencia del que llama “fabulador citadino”, conectado a la maraña urbana, testigo y autor de un mundo que se mueve y que se perfila tan extraño e interesante como la misma realidad virtual generada desde los medios electrónicos:


“En fin, la ciudad traza, impulsa sus rostros y quien la habita lo mueve la impresión de formar parte de una multitud nada silenciosa, en permanente cambio, abierta a la movilidad de las masas que reclaman su lugar. Así es la ciudad de hoy, provocadora en sus formas, expresiva en sus diálogos, interesante en su entramado urbano, dispuesta al diálogo con la tradición a través de una fachada o de un documento empolvado, lugar de metarrelatos y de locura, atmósfera que se presiente en todo acto creador...

El panorama de la ciudad actual es muy interesante: se ofrece atiborrado de figuras, presencias y lenguajes, ciudad videoclip, "montaje efervescente de imágenes discontinuas", donde la tradición comulga con lo nuevo, la demolición da paso a las dinámicas del progreso, lo rural se confunde con lo urbano, el lenguaje virtual impulsa otras realidades, cuando no es que las manifestaciones artísticas cada vez se alejan más del museo, permitiendo una fusión atractiva con expresiones populares y artesanales; el mercado local sufre las arremetidas del mercado trasnacional y el consumo se erige motor de las nuevas culturas.”


Ante un panorama tan rico y altamente significativo, se invoca la existencia de escritores que puedan unirse a ese diálogo dinámico y polivalente, para que su ficción consiga dar cuenta de esa nueva verdad en movimiento, siempre tan fresca y renovada. Pero de Cuenca parece haber desaparecido este gran reto, todavía sin coger por los menguados creadores de hoy. En tanto habitante de la ciudad, el escritor, más que miembro de la Academia Conquense de las Artes y las Letras, ha de saber de la multitud. Tiene que entender que forma parte de la audiencia y que sus palabras obedecerán los ritmos y vibraciones emanados de los seres urbanos, cuyos imaginarios quizá encuentren forma en las palabras que los nombran, en las pesadillas que los contienen y en el perímetro de un canon que deviene alegoría en los destinos escritos.

Más allá de sus líneas divisorias, de sus callejuelas y parques, de sus moles de cemento y sus centros de poder, de sus encrucijadas y puentes, la ciudad se encuentra edificada sobre la base de un alma ciudadana, de un espíritu insuflado por sus habitantes y unos derroteros estéticos, sociales y culturales que hacen posible el milagro de la cotidianidad. En ella confluyen los miedos, estados de incertidumbre que hacen perder el uso de algunos espacios urbanos, ya estigmatizados por fuerzas asfixiantes o por intereses privados. En ella se dan cita los diversos grupos migratorios, en constante desplazamiento, bien porque la ciudad atrae como un imán y parece ofrecer a quien la habita modos y posibilidades de vida, o bien porque se convierte en refugio para quienes huyen de las violencias y discriminaciones rurales. Fenómeno de la vida contemporánea, han llegado a Cuenca también las migraciones –a 15 de abril de 2005 el Instituto Nacional de la Seguridad Social de esta provincia había recibido la nada desdeñable cifra de 1.371 solicitudes de regularización de inmigrantes-, una compleja corriente que obedece a un constante fluir, a una permanente movilización de gentes que buscan mejores lugares para asentarse o condiciones de vida más dignas. Este fenómeno tan al día, tan cercano y polivalente, en cuanto desconocido en su profundidad sociológica y, por esta causa, desenfocado administrativamente, va a traernos en los próximos años serios problemas, que deberán “redirigirse”. Retomando a Albert Hirschman, Benedict Anderson cataloga a los clanes –éste habla de “hordas”- de inmigrantes como diásporas y rescata de ellas su fuerza imaginativa y el hecho de que, adonde van, llevan consigo el deseo y la memoria.

Por lo tanto, se avecina una Cuenca cada vez más híbrida y compleja, porque en el alto crecimiento poblacional esperado hasta el 2015 los grupos migratorios se establecerán también con las marcas de su cultura y su universo simbólico. Esto quiere decir que nos aguarda la conformación de una “multitud multicultural”, preocupada por mejorar sus niveles de vida y por colonizar espacios más ricos en ofertas, fusionándose de manera inevitable con nuevas mentalidades y formas de percepción, a las que tendremos que “estar preparados”.
Descubrimiento de la ciudad como episodio de consumo cultural
Los nuevos modos de relacionarnos, integrarnos y distinguirnos en los lugares públicos expresan la existencia de diversas matrices culturales cuyos “actores” participan activamente en la conformación de la cultura urbana. Esto significa el ejercicio de la ciudadanía a través de las prácticas de consumo cultural, el cual desborda la esfera de las interacciones políticas clásicas sujetas a las reglas abstractas de la democracia. La definición histórica de lo urbano no está hecha sólo por los cambios en los volúmenes de lo edificado sino también por la transformación en los usos, en las percepciones, representaciones e imágenes que la gente se hace de su ciudad. Y esto significa que estudiar los espacios públicos como acontecimiento cultural de carácter comunicativo implica admitir que en el consumo de la ciudad se construye parte de la racionalidad comunicativa e integradora de una sociedad.



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