Juan Andrés Buedo


PAUTAS RENOVADORAS EN EL PLANEAMIENTO URBANÍSTICO ACTUAL



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3. PAUTAS RENOVADORAS EN EL PLANEAMIENTO URBANÍSTICO ACTUAL

Algo apartada de Oviedo en numerosos elementos, Cuenca muestra un nada desdeñable alejamiento de la denominada Vetusta por Clarín en La Regenta o Pilares, en Tigre Juan, una de las ciudades más señoriales y mejor cuidadas de España. Situada al pie del Naranco –la Cuesta le llaman cariñosamente los lugareños–, Oviedo se expande en medio de una atractiva red de calles peatonales inmaculadas, donde no se permite establecimiento a los vendedores ambulantes ni a los vagabundos, por eso su espacio es un ágora encantadora de paseo y disfrute para los ciudadanos y visitantes. Sus piedras nobles, pulidas de lluvia, y los monumentos históricos le dan carta de naturaleza y esplendor histórico.

Cuentan que la clave de su atractivo vigente y panorama impecable está en un Ayuntamiento diligente, con un alcalde como Gabino de Lorenzo, que es reconocido y votado durante doce años por su tarea como edil cuidadoso y trabajador, que mira por su ciudad, algo que no siempre se encuentra en otras ciudades. No es difícil ver en el casco histórico, incluidos los días festivos, a los agentes de la patrulla de limpieza municipal recogiendo los papeles o colillas que arrojan al suelo los desconsiderados. Pues bien, en Cuenca no pasa lo mismo. Ni determinados ciudadanos cuidan de la limpieza de su ciudad, ni sus regidores ponen permanentemente medios y personas para lograr esa pulcritud. Veo en esto un déficit de identidad, que es corregible aprendiendo algunas de las enseñanzas del profesor Fernando de Terán, gran geógrafo. Explica éste, y lo veo a menudo cada cuatro pasos que doy por Cuenca, que, con su tamaño, no muestra una totalidad unívoca, sino que se presenta como una ciudad de ciudades; ensambla “un archipiélago compuesto de islas, es decir, como una suma de fragmentos, de elementos flotantes en un magma impreciso, separados muchas veces por vacíos, por discontinuidades”, tal como explica Terán, quien además agrega que la ciudad así “no es sólo una fragmentación en pedazos, sino una gran heterogeneidad entre esos pedazos, y dentro de esos pedazos va a seguir habiendo ciudad compacta y ciudad difusa”.

El reconocer la entropía y la diversidad como señas claras de identidad de las ciudades no implica, ni mucho menos, que la gestión y el devenir de las ciudades deban ser librados a sus propias dinámicas. Especialmente cuando uno de los principales actores (y con protagonismo en alza) en el momento de hacer ciudad es el mercado, según advertía Lucio Latorre: “No se trata de criticar per se la intervención de actores privados en los procesos urbanos ni de utilizar pirotecnia verbal contra el mercado porque sea algo que pueda sonar bien a algunos oídos. La cosa es bastante más simple: la libre actuación del mercado sin pautas que lo limiten tiende, por su propia lógica capitalista, a la desigualdad, a beneficiar a unos pocos en detrimento de las mayorías. Y eso es algo en que los principales investigadores e intelectuales que se ocupan de lo urbano a nivel mundial coinciden”. Esto me hace traer a Jordi Borja en el instante de aludir a ciertos acuerdos del Plan de Ordenación Municipal de Cuenca, que dejan entrever acciones de ese virus maligno que el citado geógrafo llama ciudad-negocio. Según Borja, lo que las ciudades necesitan “es imaginación cultural con sentido de lo público y no arrogancia ignorante con obsesión de lucro. La reinvención de la ciudad allí donde se ha perdido es una labor política e intelectual, no un resultado mecánico del mercado más destructor que creador de nueva vida urbana”.

Participo de la opinión expuesta por la arquitecta Anna Bofill Levi21 de que la ciudad es un ente vivo y complejo que ha nacido y ha pasado por muchas etapas diferentes hasta la actualidad. Ciertamente la ciudad es el lugar en donde se establecen las mediaciones, las relaciones entre las personas, relaciones de todo tipo, desde comerciales o de trabajo, hasta personales, de intereses comunes o colectivos, de amistad o de amor.

Los hábitat han ido creciendo cada vez más rápidamente y se han organizado sobre el territorio en configuraciones que corresponden a la organización de la sociedad en cada momento histórico. Es decir, existe una relación directa entre la configuración de la ciudad y la estructura social de las personas que la habitan. Obviamente en Cuenca ha pasado esto también, y está pasando ahora igualmente. Cuando la sociedad no estaba industrializada, las ciudad creció lentamente, con una población repartida en una armonía total con la naturaleza, porque sus habitantes se sentían formando parte de la misma, captaron el genius loci o espíritu del lugar. Su tejido urbano, el que ha pasado a ser patrimonio histórico, tiene un encanto, una fascinación especial, como hemos visto. Ahora es la atracción de miles de turistas porque es un lugar en donde se está bien, a gusto y consciente o inconscientemente se respira la armonía con la naturaleza circundante. Los propios conquenses, sus habitantes, nos podemos orientar en ese espacio urbano e identificarnos con él.

A partir de mediados de los años noventa del pasado siglo la periferia de Cuenca se desplaza más hacia el exterior en etapas sucesivas. Con esto aparecen también las disfunciones creadas por las diferencias entre el centro y la periferia, algunos signos de segregación social y todos los demás problemas que conocemos y padecemos, y a los que nos referiremos en algunas páginas del libro.

En Cuenca estos barrios de nueva creación toman cuerpo y personalidad en la salida de la ciudad a la carretera de Valencia, desde la calle Hermanos Becerril y la extensión anudada con la Avenida de Juan Carlos I, continuándose en los últimos cinco años por el lado opuesto, es decir, la salida de la ciudad por la carretera de Madrid. Estas dos grandes áreas de crecimiento urbano –al menos en cuanto a las viviendas construidas y las grandes zonas comerciales implantadas- han sido diseñadas y construidas por hombres, arquitectos, urbanistas (pocos y de breves miras), técnicos de la ordenación del territorio así como propietarios, promotores, políticos que a partir de los problemas que causaba el ensanche verificado a lo largo de los veinte años anteriores se preocuparon y repararon en las distintas concepciones de cómo había que orientar y ordenar el crecimiento relativamente presuroso de la ciudad. De esta forma, con su singularidad específica y sus atributos distintivos, el modelo de ciudad según el cual se ha ido construyendo el tejido urbano podríamos decir que ha sido pensado asimismo conforme a la concepción aprobada por el Congreso de Arquitectos de Atenas de 1933 (la conocida Carta de Atenas), liderado por Le Corbusier. Muchos de sus criterios y recomendaciones todavía son utilizados por arquitectos y urbanistas de nuestras ciudades, y en el Ayuntamiento de Cuenca es meridiano esto. Este modelo, unido a los efectos de la especulación del suelo y de los intereses particulares del mercado, ha configurado los espacios, el funcionamiento y la imagen de nuestra periferia y de los asentamientos nuevos de nuestro territorio; teniendo como principales fundamentos los siguientes: la zonificación de los distintos usos en áreas para cada actividad (barrios dormitorio, zonas industriales, zonas comerciales, zonas culturales, de ocio, deportivas, etc.) y la red de carreteras y de vías rápidas de circulación para llegar con el vehículo privado lo más lejos posible y lo más rápido posible.

Esto, que en otros lugares españoles y europeos ha producido una serie de disfunciones, tales como la degradación de ciertas áreas de los centros históricos, la aparición de ghettos de población por estatus socio-económico o étnico, el movimiento pendular de los que tienen un trabajo remunerado lejos de sus domicilios, la inadecuación de los servicios y de los espacios públicos a la vida cotidiana, el stress y los problemas de salud física y mental, por el propio tamaño de Cuenca no se ha desatado linealmente aquí, sin que eso quiera decir que no haya tendido a asemejarse (como en el caso de “evasiva” a las comunidades de Arcas, Pinar de Jábaga-Chillarón, Villar de Olalla, etc.).

Siguiendo a Anna Bofill, además, podríamos decir que durante muchos años Cuenca se ha pensado, planificado y construido igualmente desde “el supuesto de que los géneros tienen unos roles asignados en la sociedad: el hombre es el que tiene un trabajo remunerado con el que alimentar a la familia y la mujer se queda en casa para ocuparse del cuidado de todas las personas de la familia y de la gestión del domicilio y de la vida cotidiana. El hombre arquetípico destinatario de los espacios urbanos es varón, adulto, de 18 a 65 años, con buena salud. Y la prácticamente única composición doméstica para la que se proyectan las viviendas y los servicios y equipamientos, es la de la familia nuclear”. Esta es una realidad parcial, sin embargo, puesto que ha empezado a aparecer un cambio en la estructura social en Europa que se observa por el hecho de que la mitad de la población ya no vive en familias nucleares simples y que un cincuenta por ciento de la población femenina en edad de trabajar es activa. En España la tasa de actividad femenina es de un 37,79 %, y de estas, dos de cada tres realizan la doble jornada laboral: la del trabajo remunerado o de producción y la del trabajo doméstico o de reproducción.

Pero la ciudad la viven y la experimentan tanto o más las mujeres que los hombres, puesto que son las que se mueven más en el espacio urbano público para cumplir las tareas de la gestión doméstica cotidiana. Esto significa que, por un lado, debe considerarse toda la diversidad de personas como destinatarias del entorno urbano y, por otro lado, debe pensarse la ciudad desde la perspectiva de género para adecuar los espacios de la ciudad a la vida cotidiana y hacer que la ciudad sea habitable.

Lo primero que debemos hacer, dice Anna Bofill, es preguntarnos si nos encontramos a gusto en cada uno de los lugares en donde pasamos nuestros días: “Desde que nos levantamos por la mañana hasta que nos acostamos por la noche (o al revés si hacemos una actividad nocturna) observar en donde estamos en cada momento, entre paredes, suelo y techo que nos cobijan, nos protegen de las inclemencias del tiempo y además nos facilitan la realización de la actividad que debemos hacer, o nos acompañan y nos reconfortan si nos hallamos en estado de reposo”.

La vida de las personas, así como la de los animales, se puede vislumbrar y explicar desde el movimiento o el reposo. Este es un punto de vista muy útil para comprender nuestra vida cotidiana. Y esto mismo hará que le dediquemos unos comentarios particulares cuando nos refiramos a la estructura social de nuestro municipio.

Las formas que mejor se adaptan a los usos de la vida cotidiana son abiertas y flexibles porque en ellas las funciones especificas pueden ubicarse en un lugar u otro. El llamado organigrama de funciones puede variar, es decir, que pueden cambiar o mudar las situaciones y las distancias entre sí de las estancias.

Naturalmente las viviendas, los servicios, las fábricas, o los espacios urbanos públicos, no todos pueden resolverse con formas abiertas. Algunos de ellos muy especializados (por ejemplo un hospital) requerirán de configuraciones cerradas, adaptadas a cada uno de los requisitos técnicos obligados. Ocurre ahí lo mismo que pasa con una cápsula espacial, que tampoco puede tener formas abiertas.

Sin embargo, hay muchos espacios para la vida cotidiana que no necesitan definiciones tan acotadas de sus formas; al contrario, prefieren formas más abiertas y flexibles que satisfagan más bien la dimensión estética o la confortabilidad de sus habitantes. Son, por ejemplo, las estancias de una vivienda, las escuelas, las salas públicas de encuentro y relación, los centros de recreo, los clubes, las oficinas, los espacios públicos urbanos, algunos talleres o los espacios lúdicos.

Pero todos estos lugares han sido generalmente diseñados con formas cerradas, de manera que las modificaciones en el uso de los espacios suelen ser muy difíciles y las estructuras organizativas de los usos, o las distribuciones, responden a los clichés culturales de nuestra sociedad, en abundantes ocasiones sólo mediatizados por el político o el funcionario de turno. Frente a ello, la forma no puede concebirse tampoco tan abierta porque los condicionantes del uso son mayores, o porque las formas de promoción no lo permiten, entonces es muy necesario contar con el conocimiento de los deseos y las necesidades de los usuarios.

Coordinó Anna Bofill un proyecto europeo llamado “Las mujeres y la ciudad”, (promocionado por la Fundación María Aurelia Capmany e incluido dentro del IV Programa de acción comunitaria para la igualdad de oportunidades de CEE), en el que uno de los resultados fue la realización de un Libro Blanco de análisis del entorno habitado desde el punto de vista del género y de recomendaciones para el diseño de planes y proyectos urbanos desde la vivienda hasta la ciudad. Algunas conclusiones a las que se llegó, en el capitulo que trata del espacio urbano y de la ciudad, fueron :


- El medio urbano influye en la vida cotidiana de las personas, especialmente de las mujeres.

- Las mujeres (población más pobre) son excluidas como usuarias y como conceptoras y decisoras.

- La zonificación dicotomiza a la sociedad.

- La monofuncionalidad distorsiona la convivencia.

- Muchos pueblos, barrios, distritos deben mejorar infraestructuras y servicios.
- Muchos espacios urbanos carecen de personalidad para facilitar la identificación, la seguridad y el acogimiento.
Otro conjunto de objetivos que consideraron importantes en ese capitulo son los siguientes:
- Integrar/mezclar usos, funciones, actividades.

- Dotar los barrios de infraestructuras/servicios necesarios.

- Estimular la creación de espacios intermedios para la relación.

- Los espacios públicos han de ser auténticos lugares para la comunicación y el fluir de las personas.


Hay además evidentes recomendaciones hechas ahí para mejorar las ciudades y los espacios urbanos que son muy apropiadas para la ampliación de Cuenca, por ejemplo:
- Tender hacia el modelo de ciudad pluri-nuclear de estructura celular.

- Planificar estructuras de verde-urbano en todos los niveles.

- Diseñar el espacio urbano con estancias y recorridos con criterios de género.

- Desarrollar agrupaciones vecinales con servicios comunes.

- Integrar vivienda/trabajo/comercio/servicios en agrupaciones vecinales, barrios y distritos.  

PLANEACIÓN URBANA Y CAMBIOS SOCIALES
Para entender las envolturas que encierra la globalización, apostados en las orillas del Júcar hay que estimar que nos hallamos ante un fenómeno que no sólo afecta a las estructuras económicas. Antes bien, ha impuesto un modelo de sociedad totalmente distinto a los precedentes, al intensificar las comunicaciones de personas y de ideas. Asimismo muchas estructuras rígidas, como por ejemplo la pertenencia a un entorno social, a un país o a una cultura, se han debilitado enormemente. En nuestro caso nos basta para constatar eso con acudir a Carretería y cruzarse rápidamente con mujeres árabes vestidas según su usanza. La intercomunicación de ideas y culturas ha producido también una atomización social en la que la identidad cultural se ha fragmentado enormemente. Esta posibilidad del individuo de acceder a un mercado de las ideas ha producido una cierta pérdida de identidad social, que hace que el deber de fidelidad, en sentido amplio, se haya difuminado enormemente. De forma paralela, se asiste igualmente a un fenómeno curioso: frente a la globalización surge también la necesidad de reafirmar la vigencia de ciertas estructuras, lo que podría explicar, en parte, el cada vez mayor auge de los nacionalismos. Las empresas lanzan continuamente campañas de fidelización para acotar mercados excesivamente cambiantes; aparecen nuevas señas de identidad, como la pertenencia a clubs (de golf, de tenis, culturales, asociaciones de todo género…), etc.

¡Yo, por encima de todo, soy conquense!, hemos oído exclamar en el pasado a nuestros progenitores. Era un porte de fidelidad encomiable y de raíces profundas. Después ha habido un rebaje de dicho espécimen, e incluso algunos declinaron de éste, principalmente fuera de la tierra, de la que salieron para no volver. En época reciente, meramente a ciertos adolescentes y a jóvenes pródigos también les parecía esto poco, y sólo han empezado a meditar en la bondad de esa tenencia desde que la venida del Príncipe Felipe y Doña Leticia en viaje de bodas puso a la Ciudad en boga y dentro de los flujos de varias rutas turísticas.

Esa lealtad oscilante, conectada a una identidad frágil, significa una pérdida en la observancia de la fe que uno debe a otro. Siendo, ni más ni menos, un producto de la sociedad moderna y la debilitación general de la fidelidad, maquilla un amplio abanico, que va desde ese decaimiento de la confianza en el matrimonio hasta las dudas en la sinceridad dentro de la amistad, o a las propias creencias y raíces políticas y morales, al trabajo o a la vocación profesional, a la palabra dada, etc. Los paseos por Cuenca han hecho interrogarme ¿por qué la fidelidad como valor parece haber perdido su significado real y su contenido tradicional? Fue una pregunta salida al caminar por delante de la Delegación de Defensa en Cuenca en el Parque de San Julián y, recordando tiempos pasados, aquellos de la “mili”, en los que prevalecía un concepto de lo militar basado en la obediencia, la fidelidad, etc., percibo que se ha pasado a un modelo de ejército profesional en el que parece equipararse a una profesión más. Claro que, pienso, no hay en esto ni avance ni retroceso, es un acontecimiento que se encuentra ligado circunstancialmente a modelos sociales concretos (el Ejército profesional era una estructura típicamente medieval, por ejemplo; el Ejército que hoy conocemos es una creación del Estado moderno).

Si nos adentramos en la opinión de Amando de Miguel, dice éste que lo que está en crisis no es el valor fidelidad, sino el concepto para toda la vida: lo que está en crisis es lo vitalicio. Las cosas tienden a ser temporales. El trabajo también: ya no existe el puesto de trabajo para toda la vida. Ese tipo de fidelidades son incompatibles con la vida moderna; subsisten, pero como un resto. La fidelidad ahora es más voluntaria, se renueva continuamente el compromiso, porque no es para toda la vida: necesita ser reafirmado, y precisamente por eso es como más auténtico, más libre. No es tan anquilosado, tan rígido como el compromiso para toda la vida. Para este sociólogo, no se puede exigir fidelidad por encima de la voluntad, y como la voluntad cambia, la fidelidad no puede ser para siempre.

Gustavo Villapalos concreta que se ha producido un cambio a escala planetaria, en cada país antes o después. Como casi todos los procesos sociales, se inició en EE.UU. y de allí se propagó a Europa la idea de que “los compromisos son para siempre” pasó a ser sustituida por el “valor del cambio” como valor social: si una persona no ha tenido más de siete trabajos se la considera una inexperta; el haber trabajado siempre en lo mismo se considera algo negativo. En cuanto al matrimonio, Inma Álvarez ironiza sobre el hecho de que ya no es tan extraordinario haberse casado tres o cuatro veces. Es probable que, como manifiesta esta última autora, estemos viviendo en la civilización del cambio, a veces, del cambio por el cambio. Y así todo es renovación, hay que cambiarlo todo: la educación, la pedagogía, por ejemplo, tiene que renovarse continuamente, sin darse cuenta de que seguimos siendo los mismos de siempre. La nueva pedagogía, la nueva literatura, etc., en más de una ocasión vienen a ser el reflejo observado por Inma Álvarez de “una sociedad que tiene en la fragmentación del tiempo y el cambio como valores fundamentales”.

Puestos así en la teoría y la práctica de la sociología española, Ignacio Fernández de Castro avisa que ésta, como toda ciencia, o es crítica en relación con el orden que cohesiona a su objeto, o no es ciencia. Por esto mismo la singularidad de la sociología, como la de algunas de las otras ciencias humanas, es que su objeto, la sociedad, comprende en su orden al sujeto que la practica. Este es una parte del sistema social y, al mismo tiempo, en ese sistema desempeña la función conocedora o alguna de sus complejas secuencias. Esta extraña posición del analista social invierte el sujeto y el objeto del conocimiento, ya que por su mediación es la sociedad, o el sistema, la que conoce y son las mujeres y los hombres, convertidos en “población”, el objeto que debe ser conocido y, en definitiva, transformado, con ello la actividad sociológica –la que intento trasladar a la Cuenca de hoy- pierde el sentido que la sella como ciencia y se convierte en praxis del poder social. Sin borrar de la memoria que el fin de la sociología reside en la elaboración de teorías sobre la realidad social.

Asumidas en la normalidad de Castilla-La Mancha las actividades salidas de los licenciados en Ciencias Políticas y Sociología desde el año 2000, con la irrupción en escena y la implantación del colegio profesional de esta Comunidad autónoma, y realizadas esas labores por quienes las veníamos ejerciendo bajo una opción integradora, acorde con las que estimábamos mejor entre las que nos ofrecía el sistema social llegado con la democracia, unos compañeros se decidieron por el ejercicio de la “política” en el seno de un partido afín a sus ideas y según sus reglas, y otros muchos más de lo que parece, aunque no quisimos abandonar la actividad política, tampoco aceptamos ejercerla como profesionales o en el tono forzosamente menor y delegable del militante de base de una organización política. Esta es la causa de que nos aferremos a seguir haciendo sociología (conociendo la sociedad para transformarla) por libre, pese a la casi segura ineficacia a la que nos condena nuestra obstinación. Entre nosotros hay algunos que profesionalmente somos “sociólogos”, por mal que les pueda saber a todos esos desconfiados que no tienen una idea bien conformada de esta ciencia. El ser profesionalmente “sociólogo” en la “sociología funcional del sistema” –“Sociología” a la que el orden sistémico asigna la función de “conocer” la sociedad para que otra organización también sistémica (la política) se encargue de la función de “transformarla”- supone el dominio y la utilización de las técnicas sociológicas reconocidas.

En el hoy y en el ahora esta ciencia permite adquirir técnicas especializadas para reconocer y diagnosticar a la sociedad. La sociedad objeto por excelencia de la sociología tiene la capacidad virtual de ser el objeto, el medio en el que vive y sobre el que se vive, de la población, y a actualizar esta capacidad tiene que aplicarse la población, su sujeto, instrumentalizando a la sociología. Así lo siento durante mis paseos por Cuenca y de esta manera lo plasmo en todas estas reflexiones. Esta es la causa de que estén a flor de piel de las observaciones que vengo realizando –y continuaré haciendo- en este ensayo las técnicas sociológicas dialécticas cuyo objetivo es cambiar el sujeto de conocimiento (la Ciudad de Cuenca) y producir la actualización de esa capacidad para que este cambio de sujeto sea posible. Sujeto y objetivo que aparecen como el más allá de la sociología desde el más allá de la democracia formal. Así es como quiero que se me entienda al juzgar el conjunto de análisis trabados en este estudio. ¡Olvídense, partidos políticos por aquí triunfantes, de mi militancia anterior o de mi ejercicio bajo siglas! Ahora, en 2005, sólo quiero ser visto como un bregado sociólogo de “vanguardia”.

Puesto en esta tesitura, soy de la misma opinión que el profesor Román Reyes -uno de los sociólogos españoles mejor reconocidos en materia de Sociología de la Vida Cotidiana-, para quien todo proceso de normalización social supone una alteración de la vida diaria en sus más amplias manifestaciones. De ser actor/espectador pasivo de/en un orden social establecido, el ciudadano que vive en el cambio se convierte en protagonista y sufre las consecuencias psico-sociales que la adaptación al nuevo orden exige. Este protagonismo se vive con más o menos traumatismo cuanto respectivamente mayor o menor haya sido el coste de adaptación al viejo orden -los habituales procesos de socialización-  que en un momento dado se pretende sustituir. Es decir, teóricamente es más fácil cuanto más joven se sea, cuanto, por razones de edad, menor haya sido la contribución -crítica o entusiasta-  a la consolidación del modelo a reemplazar.

De ahí mi confianza permanente en la juventud, en toda ella. Cuando se es adulto, afirma Román Reyes que, más allá del bien y del mal ajenos, uno prefiere, en el paulatino atardecer, ascender a esa amenazante montaña de barro y miseria que lleva por nombre experiencia. Para, con un soporte tan valioso y desde una no menos privilegiada atalaya, borrar la historia. La historia que otros cuentan y que todos repiten, que no es otra cosa que el relato cursi de narradores que nada saben sobre lo que cuentan más allá del interés político-académico que con ello generan. Esta es la razón de que se me vea poco –prácticamente nada- en los actos públicos de Cuenca. Me sobra y me basta con leer la prensa local, repleta de textos dirigidos a cultivar, fomentar y satisfacer la voluntad del poder. Y hay que saber que el poder no es otra cosa que la máscara que encubre/oculta lo débil. Porque poderoso es aquel que ha aprendido a llevar con dignidad esa máscara, es decir, a hacerse reconocer e imponerse como tal. ¿Verdad que no es preciso nombrar a tales máscaras en Cuenca? Pues eso, porque los que se dejan impresionar por las máscaras, por el simulacro del poder, refuerzan su originaria voluntad de inacción aceptando un teatro que no les compromete más allá del papel de dóciles espectadores. Ellos pueden llamarse a sí mismos ciudadanos libres, optimistas y alegres... porque han decidido ignorar la génesis y estructura de la libertad, del optimismo y del placer. Ahora bien, los que miran a través de la ventana (como hago yo ahora, en este recorrido sociológico), desde fuera de la farándula, lo mismo que quienes osan hurgar en los espacios/entresijos de lo vital, quienes optan por compromisos alternativos, corren/deslizan ciertos riesgos al estar cuestionando las raíces mismas de lo sagrado, la estructura oportunista del sistema de relaciones e intercambio que hegemónicamente los poderes imponen. Y esos disidentes, los pilotos de la no identidad y los fomentadores del cambio, recibirán un castigo acorde con la magnitud de su osadía: se les niega el uso de lo vital, aún en sus formas más recónditas y que la Academia ha convenido en llamar privacidad.

Por esto último, las dudas me absorben al pasear por Cuenca y meditar sobre esa drástica afirmación de Román Reyes22 en “Los Papeles del Silencio”: Reivindicar ese derecho (al cambio) en un espacio (mal)regulado es reivindicar lo imposible.
Análisis político del proceso urbano
Desde mis lejanos años ya de concejal (entre 1987 y 1991) de la comisión de urbanismo del Ayuntamiento de Cuenca, doy por sentado que la brecha entre los procedimientos de planeación y los intereses más amplios de la ciudadanía, entre planeación física y política económica y social, entre las propuestas y sus implicaciones políticas, sólo puede cerrarse con una transferencia de poder que permita decidir aquellas cuestiones de interés para la población local.

Los motivos de los actores constituyen una dimensión bastante aclaradora de ciertos acuerdos tomados en esta materia, ya que pronto se ve que es diferente cuando se trata de intereses utilitarios, pecuniarios y materiales, que cuando se tienen motivaciones simbólicas, no pecuniarias y espirituales. Asimismo, no es igual cuando lo que se busca es un fin político que cuando se trata de uno profesional; y, finalmente, la intervención puede tener un alcance o motivación inmediatos o bien alentar expectativas en una perspectiva de largo plazo.

En una ciudad concurren diversos agentes e intereses que pueden, desde muy diversos ángulos, percibir las posibilidades de verse afectados o tienen distintas capacidades de articular sus intereses. En esta escala se producen costos sociales directos e indirectos (externalidades) que afectan de alguna manera a unos más que a otros, y deberán crearse mecanismos de transferencia extra-mercado que subsanen, compensen o mitiguen dichos costos o beneficios no merecidos. Los procesos de decisión no pueden darse a partir de la intervención de un sólo grupo o un agente en particular, y el mecanismo de participación tiene que prever y permitir la expresión de la ciudadanía, de todos los usuarios, de la población en general, etcétera.

En el espacio comunitario y vecinal, por el contrario, los participantes tienen `nombre y apellido´, y los mecanismos y decisiones se negocian o consensan ad hoc. Los intereses están representados o tienen voz, y los procedimientos pueden ser de carácter extraordinario o permanente. El papel que juega aquí el `experto´ es relativamente débil, al contrario que en el caso anterior, pero pudiera actuar en calidad de consejero o facilitador (por ejemplo, organizando talleres participativos); es decir, un advocacy planner.

Las nuevas pautas conflictivas relacionados con la política urbana y el proceso de toma de decisiones fueron sintetizadas de un modo muy directo por Boris Graizbord en Planeación urbana, participación ciudadana y cambio social23:

1. En la actualidad, no sólo en las ciudades primarias o capitales, sino también en todas las grandes ciudades, se aprecia un incremento considerable en el número de participantes en las decisiones de política urbana: burócratas, grupos vecinales, sindicatos, empleados de servicios públicos, etcétera.

2. Existen innumerables conflictos de índole diversa entre y dentro de las zonas urbanas o barrios en que se divide la ciudad.

3. Proliferan funciones y organismos públicos encargados de éstas tanto en el gobierno de la ciudad como en los de los municipios contiguos que integran el área de influencia.

4. Crece el número de problemas y éstos se politizan y entran en la agenda del gobierno de la ciudad.

5. La fragmentación burocrática y espacial crea conflictos permanentes.

6. Ha crecido la desconfianza entre ciudadanos y funcionarios públicos, o entre gobernantes y gobernados.

7. Los niveles superiores de gobierno intervienen cada vez más en asuntos urbanos y locales, en parte debido a la importancia y escala de estos problemas.

8. Predominan los problemas sociales y económicos sobre los problemas físicos.

9. Crece la expectativa de que el gobierno puede resolver los problemas, aunada a la percepción de que aquél es el único responsable de éstos.

10. Hay mayor conciencia ciudadana y preocupación de la población en general acerca de los problemas y las crisis.

11. La ciudadanía ejerce cada vez mayor presión sobre el gobierno de la ciudad y los funcionarios responsables. Por su parte, éstos actúan en situaciones inestables y con agendas sobrecargadas de problemas.


No pocos de estos aspectos tienen que ver con una cada vez más educada -es decir, politizada y consciente- ciudadanía, pendiente de su bienestar y del desempeño de los que administran el “hogar público”. Al dos por tres constatamos esto en “Las Cartas al Director” de El Día, como ocurrió, por ejemplo, el 8 de marzo de 2005 al denunciar una ciudadana conquense la “Suciedad en el parque de la Avenida de la Música”:
“Me gustaría pedir a las autoridades municipales que hicieran algo respecto a la lamentable situación que sufre el parque de la Avenida de la Música en Villa Román. Diariamente acudimos muchas madres con nuestros hijos a disfrutar de un espacio que se inauguró con todos los honores y que ahora está completamente abandonado, a merced de los excrementos de los perros que inundan el parque y que lo convierten en nido de pulgas y otros bichos que literalmente atacan a nuestros hijos.

Señores, para esto por favor no hagan parques. Los espacios verdes quedan muy bien para salir inaugurándolos en las fotos, pero luego hay que mantenerlos y cuidarlos día a día”.


Diversas evaluaciones del desempeño de los gobiernos urbanos en países en desarrollo muestran, a menudo, que los funcionarios –por tanto, no debe recaer la culpa obsesivamente en la clase política- no tienen una orientación clara hacia el mejoramiento de las condiciones de bienestar de la población y de la calidad del medio físico urbano. El último ejemplo podría colocarse en ese tipo de tachas o imperfecciones en los que su desempeño deja mucho que desear y muestra prácticas viciadas, provocadoras e irresponsables, no sólo por lo anterior, sino también porque los recursos (una disposición en la que sí entra potencialmente de nuevo la clase política) a su alcance son pocos y cuentan con poca preparación y bajos niveles de calificación. En prácticas de ese jaez la burocracia urbana no está profesionalizada como debiera y el puesto ha sido obtenido por influencias, favoritismos o vínculos extraños. Asimismo la Administración, ¿cómo negarlo?, está sobrada en personal y es poco productiva, pero está, además, mal remunerada.

Todo incide en esos hábitos y procedimientos, colijo durante mi recorrido, ayudado de las enseñanzas de Boris Graizbord, que centra el estudio del análisis político del proceso urbano y de las motivaciones de los agentes sociales en la estructura y ejercicio del poder. En términos de estructura, ¿quién, en efecto, maneja, controla, gobierna la ciudad?, sería la pregunta inicial; y ¿cuál es la relación entre gobernantes y gobernados?, es la cuestión central relativa al ejercicio del poder, en el marco del control político y el cumplimiento de funciones en la gestión del proceso urbano. Los capítulos quinto y octavo de esta obra están dedicados a estos dos aspectos. Con relación al primer punto, hay que valerse de una perspectiva de sociología política, en la que encontraríamos las siguientes dos propuestas recogidas por Graizbord: aquella que señala que las ciudades son controladas por una estructura de poder “elitista”, unificada, que opera tras bambalinas y es capaz de subordinar a sus propios intereses al aparato formal de gobierno; y, la segunda, que sugiere que el control sobre la ciudad se divide entre grupos diversos que compiten entre sí en un contexto “pluralista”. Las conjeturas resueltas por el citado experto avalan que es posible rechazar parcialmente la primera propuesta con base en resultados empíricos que señalan que el poder no se acumula o traslapa, y más bien se dispersa entre diferentes centros o medios de poder en un sistema complejo y multifuncional. Sin embargo, también es cierto que en ocasiones una élite adquiere y concentra tal poder que domina las discusiones cuando entran en juego sus intereses sectoriales en el ámbito local. Esto es especialmente válido en casos en donde el poder se ejerce para vetar una decisión o mantener el statu quo y preservar valores, mitos y procedimientos dominantes o establecidos. De esta manera se logra evitar que algunas cuestiones urgentes o importantes entren en la agenda política de los tomadores de decisiones. En Cuenca la fotografía de todos ellos, así como sus nombres y cargos son de sobras conocidos.

En el espacio comunitario, residencial o vecinal la capacidad organizativa, la demanda efectiva y la articulación de problemas son posibles y han permitido, a una ciudadanía organizada, obtener respuesta de los gobiernos locales o urbanos que les ofrecen la posibilidad de compartir el control de los recursos. Esta relación entre gobernantes y gobernados puede tomar muchas formas, pero exige voluntad política y un esfuerzo gubernamental de descentralización, no sólo del control administrativo en la

prestación y dotación de servicios públicos, sino también del control político del espacio urbano sobre el que se gobierna. En esta matriz formada por dos ejes (descentralización de funciones administrativas y descentralización del poder político), se obtienen al menos cuatro modelos de gobierno posibles:


1) Modelo centralizado.

2) Modelo de gobierno comunitario.

3) Modelo de gobierno representativo.

4) Modelo burocrático.


El Ayuntamiento de Cuenca se adscribe al modelo 3, que, de acuerdo con la teoría sociológica de Manuel Castells, justifica la movilización política local donde se produzca “el conflicto de la identidad cultural”. La posibilidad de influir, definir o determinar el proceso político a partir de la “voluntad popular”, sería una buena definición teórica de democracia, pero en la práctica habría que contestar preguntas más experimentadas y evaluar resultados concretos. Así, emplazados en la ordenación de cambio social y sus circunstancias, la capacidad de los ciudadanos para obtener respuesta a sus demandas e influir en las decisiones y acciones públicas será efectiva en función de que:


  • El grupo organizado o activista (ONGs) sea capaz de articular sus objetivos en términos de demandas de bienes y servicios de consumo colectivo, cultura comunitaria y autogestión local;

  • el grupo/asociación sea consciente de su papel como agente de cambio en la ciudad, independientemente de la escala o ámbito de su actuación;

  • el grupo utilice correctamente a los agentes extralocales clave: los medios, los administradores, los profesionales, los partidos políticos, etcétera; y, finalmente,

  • el grupo activista, si bien se halla conectado con el sistema político para fines prácticos, se separe ideológica y operativamente de un partido político determinado, es decir, mantenga su relativa autonomía.


Un urbanismo de los ciudadanos
De los males subyacentes en el ámbito específico de la ciudad como escenario de las estrategias de poder sobresale la creciente disociación entre los procesos de construcción de la ciudad y las necesidades y deseos reales de los ciudadanos que la habitan. Si nos atenemos como referente a la revisión de la disciplina urbanística, nos dirige el alma del urbanismo a su vocación de convertirse en herramienta al servicio de la sociedad, una inclinación que ha aflorado con mayor o menor intensidad a lo largo de su proceso de consolidación como disciplina, dejando huellas en algunos de los instrumentos de que se ha dotado y entreabriendo fugazmente las puertas disciplinares, hacia otras formas y modelos de entender las relación entre lo urbano y la ciudadanía diferentes de las que habían alimentado su tronco principal.

El fenómeno urbano, como previene Carlos Verdaguer, ha ido desarrollándose en toda su complejidad sin ajustarse a ninguno de los suntuosos y formalmente seductores modelos ofrecidos por arquitectos y urbanistas, y escapando a todos los intentos extradisciplinares de descripción globalizadora, pero haciendo uso de todos ellos de acuerdo con las diversas lógicas que convergen en su desarrollo y manteniendo a la disciplina urbanística siempre a la zaga, desgarrada por la pugna entre sus dos vocaciones, la de dominación y la de servicio. De espalda a los nuevos ritmos, ni los políticos ni los arquitectos del Ayuntamiento de Cuenca han movido en los últimos diez años sus piezas en las “reflexiones radicales” sobre el papel de los arquitectos y los urbanistas de cara a la transformación social. Esto ha hecho que no asomen por aquí el redescubrimiento de la herencia vernácula y de la denominada arquitectura sin arquitectos; tampoco despunta la vitalidad y la potencia de las luchas vecinales en torno a temas relacionados con la calidad de vida urbana; ni muestra firmeza la pulsión antiurbana del primer movimiento ecologista. Algunos de estos elementos de ruptura, a la vez causas y efectos, no han contribuido en nuestra Ciudad a arrancar a los profesionales de lo urbano siquiera fugazmente de su sempiterno ensimismamiento narcisista y a despertar su interés por las cuestiones del poder y por el papel de la ciudadanía en la construcción de la ciudad. Y así, bajo una gran carpa económica, ese otro proceso de intensa politización, entendida en su significado literal de reflexión sobre y desde la polis, no se ha manifestado en este municipio.

Un gran amigo, el profesor arquitecto y urbanista conquense Rodolfo Picazo, huido hoy a Guadalajara, fue quien me puso al día alrededor de este proceso que, entre otros efectos, ha conllevado el acercamiento, aunque también fugaz, entre las perspectivas de los arquitectos, que han intentado ampliar sus reflexiones sobre lo urbano, incorporando aspectos sociológicos y económicos a las mismas, y los urbanistas, que han tomado conciencia de la importancia de las cuestiones materiales, formales y simbólicas en la construcción de la ciudad. Pero en Cuenca el paradigma de la multidisciplinariedad, en pleno auge, todavía está diluido, y por esto aún no aparece ese acercamiento que se extienda a todas las disciplinas en cuyo objeto de estudio el fenómeno urbano ocupa un lugar fundamental.

Las reflexiones trascendidas en Cuenca sobre los conocimientos acumulados por la disciplina urbanística y arquitectónica nutridos con las aportaciones de todas las demás ramas del saber, adolecen de serias reflexiones e intervenciones en la comprensión de las relaciones del fenómeno urbano con el entorno natural, social y cultural en su sentido más amplio, sin pensar en la comunicación de esos conocimientos a todos los ciudadanos. Por esto son pocos los cambios que en la construcción y desarrollo urbano han ido introduciendo en Cuenca nuevos instrumentos y metodologías destinadas a poner en manos de los mismos el proceso de construcción física de su entorno. No ha habido pioneros de lo que actualmente nos vemos obligados a denominar urbanismo ecológico, y hasta el último año y medio no hemos empezado a ver extenderse esas prácticas y propuestas que tratan de escapar a la lógica depredadora del proceso dominante de urbanización.

En la última década del pasado siglo la Arquitectura se erigió en reina absoluta del escenario urbano a escala planetaria, por tanto, también en Cuenca. Desde esas fechas ha ejecutado auténticas “piruetas formales”, en palabras de Carlos Verdaguer, que acusa a esta ciencia de formas oscilantes entre “la banalidad, la solemnidad y el delirio”. Y, lo que ha sido peor en enclaves como Cuenca, ha ensanchado el abismo de la ciudad con sus habitantes: “Impregnado de pedantería y de lecturas mal digeridas de las filosofías de moda, el discurso arquitectónico dominante ha aplaudido y alentado desde el inicio este baile de disfraces, contribuyendo, con cínica melancolía que oculta a duras penas el entusiasmo, a agrandar la sima entre ciudad y ciudadano”.

En un escenario de crisis del urbanismo no veo en los paseos por las cercanías de la Estación de la RENFE en Cuenca ni tranquilidad ni esperanzas sinceras en el acierto de las soluciones con motivo del paso del AVE por la ciudad. Me he podido enterar de maniobras de diversa especie, que acusan a personas y entidades de intervenciones, como mínimo, indebidas. Pero como no tengo pruebas, allá todas ellas. Eso sí, que sepan que al final la moral revela parcialidades y deformaciones, y las respectivas conciencias no descansan nunca, ni antes ni después de los actos ilegítimos. Así lo pienso en este escenario del urbanismo globalizado y dominado por la lógica financiera, donde son otras instancias las que responden mucho mejor a la función originaria de esos conocimientos técnicos: las grandes decisiones sobre qué actividades deben ocupar qué lugares ya no se toman, desde luego, en los gabinetes de planificación urbana –o sea, en el órgano administrativo competente del Ayuntamiento, como debería ser- ni se tienen en cuenta para tomarlas los datos ofrecidos por la hasta ahora denominada información urbanística. De las salas de reunión de las grandes corporaciones o de las instancias públicas regionales/nacionales/supranacionales pasan “directamente a las efervescentes pantallas de diseño de los mandarines de la Arquitectura, convertidos, sin reconocerlo o reconociéndolo cínicamente, en meros decoradores de lujo, encargados de conceder una falsa heterogeneidad formal a esta estrategia de dominación cada vez más homogénea”, como recalca Verdaguer e intuimos muchos conquenses de a pie.

Para la gran mayoría de las teorías del despotismo arquitectónico, en cualquier caso, la relación entre la ciudadanía y su papel en la construcción cotidiana de lo urbano vuelve a ser un objeto de reflexión soslayado o secundario. Y así nos va porque, sin embargo, la estrecha relación existente entre las dinámicas del poder y las de construcción de la ciudad se hace cada vez más evidente: de hecho, la crisis del urbanismo y la crisis cada vez más declarada de la democracia representativa responden, sin duda, a los mismos factores: por un lado, la dicotomía entre el ámbito local, en el que se desarrolla la vida cotidiana de los ciudadanos, y el ámbito global, en el que se toman las decisiones, y por otro lado, la celeridad cada vez mayor a la que se producen los acontecimientos de repercusión global. De esto deberían ser conscientes todos nuestros ediles cuando “pasean la vara” en procesiones y actos públicos, porque, en definitiva, no mandan nada. Con lo cual, están en el ojo “de mala mira” de sus convecinos. A mi me consta al quedárseme mirando más de uno de ellos –sí, me conocen, mal que les pese a veces- y no obtener de mi personalidad ningún gesto complaciente. Y es que en verdad no estoy gozoso o complacido con su labor, por haber relegado al desván a las herramientas convencionales de la disciplina urbanística. De esta manera están poniendo de manifiesto las limitaciones de los mecanismos democráticos representativos convencionales y contribuyendo al creciente desprestigio de la política como actividad separada y especializada.

Frente a estos fenómenos, las teorías del poder siguen oscilando, en una nueva versión de los debates históricos, entre la cada vez más amenazante tentación totalitaria global, vagamente disfrazada de democracia tecnocrática `fuerte', en un extremo, y las propuestas de refundación de los instrumentos democráticos desde la óptica de la democracia directa y participativa, en el otro. El tema del poder, empero, sigue ocupando un lugar central del escenario, por mucho que los focos (de la televisión local, la radio de corta onda o la prensa bien pagada), empeñados en poner de relieve la desideologización de los tiempos que vivimos, se nieguen a iluminarlo. Sin embargo, hay que convenir con Carlos Verdaguer24 que ninguna de las teorías que sí ponen de relieve este lugar central ha sabido aún extraer las consecuencias correspondientes del hecho evidente de que este escenario global esté fundamental y casi exclusivamente dominado por el fenómeno urbano:


“Un papel fundamental desde el punto de vista ideológico para esta estrategia deliberada de divergencia entre teorías de lo urbano y teorías del poder, consumada a lo largo de una década, lo ha jugado, evidentemente, el auge del discurso liberal, que, en lugar de soslayar el problema de la creciente disociación entre construcción de la ciudad y necesidades y deseos de los ciudadanos, lo ha abordado ofreciendo su falsa respuesta ad-hoc: en realidad no existe quiebra alguna, sino un inevitable desfase entre oferta y demanda, del cual, en último extremo, es responsable, claro está, la injerencia obstaculizadora de lo Público. El ciudadano, como consumidor, elige siempre a través del mercado cómo quiere que sea la ciudad en la que quiere vivir. Si sus necesidades y deseos no están convenientemente reflejados, el Mercado, una vez adecuadamente informado a través de sus mecanismos cada vez más sofisticados de retroalimentación, creará nuevos y mejores productos y pondrá en marcha las transformaciones y procesos pertinentes para hacer frente a esa supuesta demanda no atendida. Los deseos y necesidades insatisfechos, desde esta óptica, se reconvierten de este modo en sí mismos en motores de la transformación y el progreso urbanos. El mercado global, por su parte, se transforma en la mejor alternativa, por partida doble, tanto a las ya inútiles herramientas reguladoras del agonizante urbanismo tradicional, como a los ineficientes mecanismos de la caduca democracia representativa. En la utopía urbana liberal, presentada como el modelo abierto por excelencia, el figurante adquiere los rasgos amables del consumidor-usuario ideal, activo tan sólo en su exigencia perpetua de calidad del producto.”

Ahora bien, este discurso ideológico, que legitima los sofisticados mecanismos propios de la sociedad de consumo para la reconducción y la tergiversación de las necesidades y deseos, pone con el culo al aire cotidianamente a nuestras autoridades, colaboradores y empresarios, porque -¡tienen que entenderlo, señores!, y el pueblo se daría cuenta con nada más que la manipulación informativa existente en este lugar, con nombres y apellidos también- oculta el centro motriz de ese dispositivo, puesto que al mercado tan sólo le interesa la demanda de las capas solventes de la población y sólo ofrece la gama de productos y procesos que se adecuan a sus intereses globales. Por esto sólo surte efecto en momentos de opulencia y a estratos sociales aparentemente copiosos o exuberantes.

Todo lo dicho me fuerza a valorar que las esperanzas se devolverán al pueblo cuando se sepa “aprovechar la presencia inocultable de esas grietas para imaginar y proponer a la ciudadanía y con la ciudadanía nuevos modos de abordar de forma conjunta la crisis de la democracia desde la perspectiva de lo urbano y la crisis del urbanismo desde la óptica de la democracia”, cierro con Carlos Verdaguer, convencido por su docto discurso. Como dice éste, herramientas como las Agendas 21 Locales, por ejemplo, y a pesar de su uso cada vez más banal, suponen un buen punto de partida para la creación de nuevos instrumentos y metodologías de planificación urbana concebidos desde el protagonismo ciudadano. Por esto mismo, solicito que se diluyan por Cuenca las ideas de participación, que están indisolublemente unidas al concepto de sostenibilidad urbana en la mayoría de las propuestas institucionales, que, desde la óptica convencional de lo Público como regulador de las `disfunciones' del Mercado, tratan de hacer frente a los cada vez más graves problemas de degradación urbana y de impacto ambiental de las urbes.

LOS RECIENTES COMPASES EN EL URBANISMO
La corporación municipal de Cuenca tomó en 1993 dos decisiones importantes. En primer lugar, realizó un Plan Especial de Ordenación, Mejora y Protección del Casco Antiguo de Cuenca y sus Hoces, que se redacta inscrito en el ordenamiento urbanístico vigente, recabando dineros de la Unión Europea para comenzar las obras públicas precisas y que venían a unirse a las iniciadas por el gobierno regional en el programa de "Cuenca a Plena Luz". En segundo término, confeccionó un proyecto que presentó a la UNESCO para que el casco antiguo y las hoces fueran declaradas Patrimonio de la Humanidad, idea que se hizo realidad el día 5 de diciembre de 1996, como dijimos.

Fue precisamente la UNESCO la que alertó contra tres actuaciones en el casco histórico, que de haberse consumado hubieran supuesto un destrozo urbanístico de primera magnitud. El comité español del Consejo Internacional para la Defensa de los Monumentos (ICOMOS) pidió al Ayuntamiento que renunciase a ejecutar esas obras. Con fecha 3 de marzo de 1998 dicho comité remitió al Ayuntamiento de la ciudad, la Consejería de Cultura de Castilla-La Mancha, la Dirección General de Bellas Artes del Ministerio de Educación y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, entre otras instituciones, un denso informe. En sus 17 páginas analizaba pormenorizadamente las tres intervenciones urbanísticas que, a su entender, “alteran la filosofía del Plan Especial del Casco Histórico -consensuado entre todas las fuerzas políticas-...”. Se refería el informe a la construcción de un ascensor desde la hoz del Huécar a las Casas Colgadas, un aparcamiento subterráneo de cinco plantas para 400 vehículos en Torre Mangana y una gigantesca fuente cibernética en el Huécar.

Ninguno de estos proyectos figuraba en el plan especial, ninguno fue sometido a consulta de expertos, como exigía cualquier actuación en el recinto, y, por si fuera poco -señala el informe-, se ejecutaban con fondos FEDER de la Unión Europea. Decía ICOMOS que la recuperación del casco histórico podía quebrarse si se acometían las iniciativas municipales, que no contaban con el respaldo de ningún grupo de la oposición. El Ayuntamiento había incumplido todos los procedimientos de notificación previa de estos proyectos, lamentaba el organismo independiente.

El Plan se redacta como desarrollo del Plan General de Ordenación Urbana de Cuenca25. En este sentido en todos los aspectos no previstos por estas Ordenanzas y en general por la documentación de este Plan Especial, serán de aplicación en su caso las Normas Urbanísticas de carácter general y las Ordenanzas del Suelo Urbano que no resulten en contradicción con las presentes Ordenanzas, así como aquellas Normas y preceptos en cuanto a usos y parámetros de la edificación que son objeto de matización, mejora, desarrollo o ampliación en estas Ordenanzas en relación con los correspondientes preceptos de las Normas Urbanísticas del Plan General.

El Programa de Actuación del Plan General será revisado una vez transcurridos cuatro (4) años desde su entrada en vigor, y en cualquier caso en cuanto se produzca alguna de las circunstancias siguientes:
a) Cuando cualquier Organismo Público necesite iniciar obras, inversiones o acciones que alteren sustancialmente el cumplimiento de las previsiones del Programa.

b) Cuando la Inversión comprometida por el Ayuntamiento u otros Organismos Públicos sea un veinticinco por ciento (25%) superior o inferior como media en dos (2) años consecutivos, a las previsiones establecidas en el Estudio Económico Financiero.

c) Cuando a criterio razonado del Ayuntamiento, o en virtud a circunstancias de otra índole que así se estime, se considere necesaria para la agilización del proceso urbanizador en aras a la potenciación de la actividad de la colectividad.
Los paseos por mi Ciudad no me han hecho olvidar ni sus normas urbanísticas ni algunos acaecimientos –como el denunciado por ICOMOS y, al fin, no producido- que nos alinean forzosamente dentro de algunas de las pautas actuales del reto del urbanista.

Pensando en todas las “profesiones de la ciudad”, como él las llama, el arquitecto-urbanista Josep Maria LLop26 encuadró las nuevas pautas del planeamiento urbanístico en la actualidad:


1. Los planes de urbanismo deben abordar lo derivado de la movilidad urbana, y en especial territorial. Los procesos de movilidad están en la base de las nuevas formas de ocupación territorial y permiten el desarrollo de modelos de ciudades de nueva forma, sea difusa o extendida horizontalmente, que deben ser atendidos por el plan. Articulando con él los temas del transporte y del aparcamiento. Pero sobre todo con un modelo de ciudad que aborde los procesos existentes. Partiendo de que la sostenibilidad apuesta a favor de un modo genérico del modelo compacto. Y casi en todos los casos este tema tiene una dimensión supra-local o supra-municipal. Se remite Llop a las fórmulas del urbanismo francés de los PDU como instrumento de intervención sobre la movilidad y el transporte.

 

2. Los planes de urbanismo deben integrar la dimensión ambiental y la sostenibilidad, como dos elementos de trabajo. No solo mediante la técnica, ya usada por muchos, de incorporar a los planes el sistema de los espacios libres como base del diseño de la matriz ambiental del plan.



 Además hay que dar un paso más allá e introducir los criterios de respeto, ahorro, reciclaje, recuperación de materiales y de utilización de las energías renovables, por citar solo alguno de los criterios al uso de las llamadas Agendas 21 o Planes de Acción Locales. Hay que articular con la dimensión física los objetivos de sostenibilidad, que se formulan a través de otros instrumentos y/o procesos de trabajo sobre los espacios urbano y territorial, como las llamadas Auditorias ambientales y los Forums de las Agendas 21 citadas.

 

3. Los planes de urbanismo deben ordenar el espacio rural con mucho mayor detalle, ya que es el escenario de los elementos de base natural del municipio, y además se encuentra en la base de los criterios de des-regulación de la legislación actual. Superando la tradicional y negativa formula de tratar ese suelo solo como un “no urbanizable”, pasa por ampliar los estudios complementarios de topografía, geografía, e incluso edafología si fuese menester. Para definir con criterios objetivos los valores del suelo, como patrimonio edafológico, así como los otros valores forestales, naturales, agrícolas y de otras actividades del mundo rural que lo definan en positivo y como espacios de una nueva “urbanidad”, donde los equilibrios de las funciones rurales y de determinados servicios urbanos permitan a sus poblaciones mantener la vivienda y sus actividades, tan cruciales en el formación de los paisajes como patrimonio cultural. La ordenación, estudio y propuesta del espacio rural no es un aspecto residual del urbanismo, ni menos aún de la ordenación territorial.


4. Los planes de urbanismo deben introducir el paisaje como un elemento esencial, ya que en él se sintetizan los procesos del carácter natural, geográfico y también humano de formación de la imagen colectiva de nuestros espacios. Los paisajes como base de identidad y de diversidad pueden aportar valores de base ambiental a los planes y a las políticas y acciones de su preservación y/o correcta utilización.

 

5. Los planes de urbanismo deben definir la finalidad de los proyectos urbanos, ya que la construcción de determinadas operaciones de transformación y/o de renovación urbana están en esa escala mejor instrumentadas.



 

6. Los planes de urbanismo deben ser más sensibles a las diversas formas de hábitat. Hay que superar el actual proceso de transformación de la vivienda en un “producto porción inmobiliario” y además muy estandarizado, con una producción rutinaria que no introduce ninguna reflexión sobre los tipos y las forma de vida, ni por lo tanto de vivienda. Este es uno de los procesos de mayor dimensión a todos los niveles del urbanismo actual, que embrutece no solo la arquitectura de las viviendas urbanas de nuestras ciudades, sino que además oculta que las formas de hábitat, diversas y más personalizadas, pueden ser la base de políticas de civismo y de integración social de las personas en la comunidad.

 Lo anterior tomando como referente no solo la producción de “nuevas viviendas”, en suelos urbanizables, sino también y de un modo muy especial las posibilidades de rehabilitación, de re-utilización y de la transformación de zonas urbanas obsoletas. Desde los grandes espacios liberados por las infraestructuras en desuso, hasta las áreas urbanas que se transforman por su nueva funcionalidad y centralidad.

 Pone Llop como ejemplo la Zona 22@ y del frente marítimo del Barrio del Poble Nou de la Ciudad de Barcelona, y se extiende hasta las más clásicas operaciones de renovación de centros urbanos. Sin duda, dice este arquitecto, “hay en nuestras ciudades muchas oportunidades de confeccionar un urbanismo más atento a los problemas del hábitat, individual a nivel tipológico y colectivamente a nivel morfológico, nuestras urbes. En definitiva, el hábitat como elemento configurador de los objetivos del plan de urbanismo, en definitiva de cómo se habita cada ciudad”.


Llegados a este punto hace el citado especialista su primera consideración: El papel del urbanista en el siglo XXI debe en primer lugar superar la fascinación por el plan de urbanismo. Debe superarse el plan como “modelo” según se veía en los años 80, al explotar el urbanismo local de los ayuntamientos democráticos. Sin embargo, sí hay que acudir a la notable experiencia de gestión del urbanismo municipal, y más especialmente de planeamiento urbano de los municipios de los 90. Es decir, conviene superar la visión técnica del urbanismo a partir de los aspectos puramente físicos de la ciudad y del territorio. Para ello Recomienda Llop ver la publicación catalana especifica de la AAUC27.

En definitiva, los retos que condicionarán el papel de los urbanistas en el siglo XXI se abren en unos campos y enfoques más amplios y diversos que en las décadas pasadas. Pero el tema central está en reconocer en qué “lugar” concreto, que tiene además un “ritmo” particular, se ejerce esa profesión. No se puede actuar local, aunque sí pensar en local. Por ello “modificaría la frase tópica del pensar global para actuar local, con la frase pensar global y local, para actuar local y modificar lo global”, termina Llop. Así, en ese lugar concreto y con un ritmo particular, el urbanista puede ofrecer ideas y acciones que modifiquen el mundo.

Mi recorrido por Cuenca no aspira a tanto, obviamente. No obstante, me deja amplias dosis de insatisfacción, cuando no de inquietud. Son recelos y vacilaciones que abruman a todo el ciudadano normal que ha visto abrir en Cuenca grandes centros comerciales (Champion, etc.) y con la misma prontitud ver como cierran.

Aportaciones de las ciudades intermedias a la urbanización mundial
Esto sitúa la importancia del urbanista en el tiempo presente, pues los nuevos retos evidenciados en los procesos de urbanización, desarrollo y transformación de las ciudades y el territorio han tomado dimensiones más amplias y abiertas. Unos tamaños y formatos que no pueden dejar a un lado “la creciente distancia entre la situación de hecho en el territorio urbano europeo y la ciudad dibujada, o si se prefiere, entre el urbanismo real y la urbanística formal”, que, como manifiesta Antonio Font28, “está poniendo en tela de juicio la utilidad de la planificación urbanística como instrumento principal para la previsión y el control de las transformaciones territoriales en curso”.

El urbanista actual, en el siglo XXI, debe superar la trivialidad y uniformidad de la cultura de la ciudad y del territorio, para aportar en los diversos campos de su reflexión y acción, propuesta y/o proyecto concreto. Tiene que ser, por tanto, un profesional local con visión global, jugándose su futuro en el campo del urbanismo local y sostenible. Lo cual nos encamina, de la mano de Llop, a la problemática de las aportaciones de las ciudades intermedias a la urbanización mundial.

Este último programa, auspiciado por la UNESCO y patrocinado por el Ayuntamiento de Lleida29, empuja a retomar las 10 preguntas que formuló Germán Solinis, arquitecto - sociólogo del Programa MOST de UNESCO, con motivo de uno de los seminarios de trabajo de las CIMES. Interrogantes y respuestas que el propio Josep Maria Llop contesta del modo siguiente:
“1.     ¿Qué papel pueden jugar las CIMES en el proceso de mundialización?

Considero que se trata de tomar conciencia de la importancia cualitativa y cuantitativa de les mismas, su extensión, universalidad, peso demográfico y capacidad de propuesta, y en esa línea van parte de las conclusiones de la red citada.

 

2. ¿Cómo se puede relacionar este tipo de ciudad frente a las grandes? Los procesos de metropolinización y de concentración de poder, recursos económicos y de gestión de las ciudades más grandes. Sin duda con la potenciación en el urbanismo local de sus condiciones propias de urbanidad y con su relación entre ellas en red (Cooperación).



 

3. ¿Cómo pueden responder a los procesos de dispersión de la población urbana? Seguramente con su funcionalidad de centro territorial, que hay que desarrollar con un mayor interés por los proyectos de conexión y de servicios centrales, que sin embargo las ciudades están ejecutando y/o proyectando.

 

4. ¿Tienen posibilidades de constituirse en factores de desarrollo local? O esto queda en manos de su conciencia. Sin duda si esas ciudades se transforman en “ciudades conscientes” en función de la política local con una dimensión mayor.



 

5. El significado del papel de intermediación, frente a las grandes ciudades o las ciudades globales. Su respuesta se puede articular sobre les potencialidades de los productos locales (slow food) o de las mejores condiciones de adaptación de las diversas formas de vida, urbana i territorial, a los espacios y ritmos ambientales.

 

6. ¿Su menor tamaño y compacidad les da ventajas cualitativas?, respecto de las ciudades más grandes. Efectivamente, si, en función de la escala general urbana y específicamente de la relación entre la casa i los espacios comunes y/o comunitarios.



 

7. ¿Qué condiciones de calidad de vida pueden ofrecer a sus pobladores?, precisamente en función de las condiciones de proximidad y de escala y/o tamaño antes citadas. Tema ligado a esa necesaria conciencia de cada ciudad.

 

8. ¿Son un terreno favorable para la democracia local, y para las nuevas formas de ciudadanía o dominan en ellas las condiciones de caciquismo? Cada ciudad es un mundo en este tema. Binomio : Gobierno local / Poder local.



 

9. ¿Qué pueden aportar a la noción de espacio público? Es claro que dependen del papel de los urbanistas y sus aportaciones. A través de los planes y de los proyectos, y de las formulas de gestión de los mismos, del nivel local de gobierno y administración de este tipo de ciudad, y también de los profesionales implicados.

 

10. ¿Cómo las nuevas tecnologías (TIC) o los nuevos espacios virtuales pueden influir en ellas? Como último tema a reflexionar. En el proceso de dispersión de los valores locales dentro de la globalización del modelo urbano, pero más concretamente del modelo consumista y simplificador de los valores locales ligados a los lugares locales.


Frente a este decálogo hay que citar el otro de conclusiones, aportado en la segunda fase de trabajo del Programa CIMES. Abarca el mismo a los corresponsales de 96 ciudades medias o intermedias de todo el mundo. Esas respuestas globales son las siguientes :

 

1. La dimensión global casi universal de las Ciudades intermedias.



2. La universalidad de las CIMES se basa en los roles de intermediación.

3. El peso poblacional de las ciudades intermedias es muy notable y mayoritario.

4. La diversidad formal y funcional de las CIMES es una gran riqueza patrimonial.

5. La coherencia geográfica de los tipos de ciudades es evidente y descriptiva.

6. Las ciudades intermedias son compactas y con una escala más humana.

7. Los símbolos y proyectos clave se convierten fácilmente en hitos urbanos.

8. Las ciudades intermedias y su(s) hábitat(s): un lugar para vivir.

9. Las planes y los proyectos como instrumentos de desarrollo.

10. El reto de las CIMES y el futuro del programa: propuestas.

 

Y aquí podemos situar el papel específico de Cuenca, considerando que hay líneas de trabajo profesional básicas para que esta Ciudad se haga consciente de su función de intermediación. En definitiva, para que su rol en el proceso de urbanización sea clave, entrando a figurar de la manera expuesta entre las poblaciones urbanas del mundo aptas para tener más oportunidades de un desarrollo sostenible, y con él asimismo más igualitario.



El marco de reflexión del Programa CIMES deja entender la prioridad de los problemas de hábitat:
a) En base a la Declaración de Hábitat II deben de ser considerados como principios básicos: el derecho a una vivienda digna o adecuada para todos y el desarrollo de un proceso de urbanización más sostenible. El interés social de la arquitectura y del urbanismo, en el siglo XXI, exige de las autoridades y de los profesionales que actúan en el campo de la ciudad de una mayor sensibilidad hacia estos dos temas.

b) Una “vivienda digna” debe ser higiénica, segura, humana e íntima y, desarrollarse en base a políticas de planificación y gestión globales. Para ello los criterios proyectantes arquitectónicos no se deben acomodar a la simple utilización de formas o tecnologías de tipo “internacional”, si no que han de incorporar los materiales, las formas y estructuras de vivienda propias de cada contexto y ciudad. Ello exige un mayor conocimiento y estudio de las condiciones “locales” y “territoriales” de asentamiento y alojamiento para que se puedan aportar proyectos más adecuados y más sostenibles al hábitat humano.


c) Pero el problema básico del hábitat debe entrar no solo en la dimensión proyectiva o individual (la casa), sino también en la dimensión urbana o general (el espacio, la ciudad, el territorio). La ciudad debe ser un lugar para vivir y convivir. El diseño del espacio libre común, del espacio público pero también del conjunto del espacio no destinado a la edificación o a la actividad son dos de las cuestiones estratégicas del diseño urbano. De hecho éstos espacios son los escenarios de la convivencia y del civismo ciudadano.
Todo ello significa que Cuenca ha de ser vista como un todo, que, como recoge el Documento inicial del cuadro deliberativo de las “Ciudades intermedias y proceso de urbanización”, no puede olvidar por un instante que los monumentos son un patrimonio que hoy se prolonga en los nuevos edificios de carácter comunitario (símbolos). Por tanto, no solo los elementos de la arquitectura histórica, que constituyen el patrimonio cultural, histórico-arquitectónico de la ciudad, deben protegerse, rehabilitarse y destinarse a nuevas funciones. También los nuevos edificios de servicios públicos (las escuelas o centros culturales, por ejemplo) o de usos comunitarios (los centros deportivos o comerciales, por ejemplo) tienen un rol patrimonial y/o una función simbólica en la ciudad.


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