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El Poder, elemento presente en toda relación interpersonal

José Miguel Sunyer Martín






El Poder, elemento presente en toda relación interpersonal

Power, the element that is present in all interpersonal relationships




José Miguel Sunyer Martín

Dr. en Psicologia. Facultade de Psicologia da Universidade Ramon Llull. Presidente do Instituto de Grupanalise da Fundaçao OMIE.

Direçao de contato: josemiguelsunyer@gmail.com

Resumen:

En este trabajo se aborda el concepto de poder desde la perspectiva psicológica, sociológica y psicoanalítica, los tres puntos de vista claves en el desarrollo del grupoanálisis. En este recorrido, incorpora a las primeras propuestas de Lewin, las que provienen de la neurología de la mano de Damasio y de la sociología recogiendo las aportaciones de Elias y Castells. Finalmente y a partir de la conceptualización de Kernberg sobre la teoría de las relaciones objetales, el autor agrupa todas las aportaciones convergiendo en el concepto de poder.



Palabras clave: Poder, Lewin, Castells, Elias, Kernberg, interdependencias vinculantes

Summary:

In this paper the concept of power is approached from the psychological, sociological and psychoanalytic perspectives, which are the three key perspectives in the development of group analysis. On this tour, Lewin’s first proposals are incorporated together with Damasio’s contributions to neurology and Elias’ and Castells’ contributions to sociology. Finally and from Kernberg's conceptualization of the theory of object relations, the author brings together all the contributions that converge on the concept of power.



Keywords: Power, Lewin, Castells, Elias, Kernberg, binding interdependences

Introducción

El inicio de toda relación interpersonal tiene dos compontes, una amable, generosa y honrosa de reconocimiento y aprecio hacia el otro, y una no tan agradable. Esta segunda cara guarda relación con ansiedades importantes cuyas características suelen ser más duras que las que acompañan a la primera: son ansiedades vinculadas a temores o miedos muy primitivos y muy de supervivencia: ¿me dañará o no ese otro, me aceptará o me verá como enemigo, me aportará y extraeré experiencias agradables o desagradables? En realidad es un amplio abanico de elementos que provienen, seguramente, de un punto biológico elemental: los temores de todo organismo frente a otro que puede dañarle (por lo que el temor a la supervivencia se torna claro). Ese temor posiblemente sea el responsable de una reacción que denominamos superyoica (pero que tiene un marcado aire de mecanismo de supervivencia) que conlleva la exigencia por mostrarse lo suficientemente bueno como para paliar ese posible y temido ataque.

Si nos ponemos a pensar desde una perspectiva individual, un profesional de la psi diría, por ejemplo, que existen unos elementos superyoicos posiblemente articulados con los temores que se sienten y que conducen al sujeto a una demostración más o menos desmedida de sus propias bondades para paliar el ataque del otro. O para ocultarle al otro sus propios deseos de aniquilación al verle como enemigo. En este sentido la visión individualizada del sujeto nos lleva a considerar el conjunto de elementos que constituirían su aparato mental y que le llevan a conductas e ideaciones que, en algunos casos, pueden ser desmedidas y conducir a cuadros psicopatológicos. Desde esta perspectiva, pues, los componentes de lo que denominamos súper yo guardan mucho que ver con las experiencias habidas y que le han ido inculcando una serie de pautas de comportamiento tendentes a controlar sus propios impulsos y, a temer el de los demás, desarrollar pautas que paralicen o inhiban la agresión del otro. Ahora bien, ¿lo leeríamos igual desde una perspectiva grupal? Estas son las dos caras de la psicología, la individuocéntrica y la sociocéntrica o grupocéntrica. Y esas dos facetas aparecen también en nuestra vida profesional con los pacientes, con las estructuras en las que estamos y con la sociedad a la que pertenecemos. Y muy posiblemente sea una ecuación que desde el grupoanálisis no hemos acabado de resolver.

Creo que la visión grupal de la situación nos obliga a desarrollar algo que tengo muy presente en los últimos tiempos (Sunyer, 2008): el poder. Este aspecto lo encontramos a diario en nuestras consultas, en nuestros grupos y en la vida cotidiana. De hecho, hablamos del poder de la prensa, del de los medios de comunicación, del poder del ejecutivo o del de los sindicatos. Pero también del poder de la seducción, del de la convicción, del de las imágenes, la música…; sin embargo no se habla del poder que se establece en la relación o, incluso más, cómo interviene en ella. Ahora bien, ¿qué quiero decir con todo eso? En un principio parece que ubicamos el poder en las instituciones, en hechos o situaciones, olvidándonos de que también nosotros lo ejercemos, con mejor o peor habilidad. Es decir, desplazamos la idea de poder y la colocamos fuera, en otras personas, en otros grupos o en las instituciones. Pero creo que con ello nos hacemos un flaco favor: al desplazarlo y ubicarlo fuera de nosotros, fuera del sujeto, lo que hacemos es olvidarnos de algo que, para mí, es básico: el poder es uno de los elementos constitutivos, quizás intrínseco, de las relaciones interpersonales y, en definitiva, de eso a lo que llamamos sociedad, que a su vez proviene de esas relaciones. Pensar que todos tenemos y ejercemos un determinado monto de poder sobre los demás y que los otros lo tienen también sobre uno, es acercarnos a algo posiblemente mucho más fundamental y básico en el ser humano en tanto que miembro de un grupo grande llamado grupo social.

Hablar o pensar sobre el poder conlleva superar una serie de cuestiones. La primera es desterrar de su concepto aquellas ideas que tratan de definirlo como bueno o malo: el poder en sí no es ni bueno ni malo. Es en su uso donde se encuentra el peligro. Es decir, si el poder que tenemos todos los humanos, individual y colectivamente, lo utilizamos en beneficio del desarrollo de la humanidad, podremos pensar que el uso de ese poder es normogénico. Si su uso va en beneficio de una sola persona o de un solo grupo de personas en contra de la totalidad, quizás deberemos pensar que ese uso es patogénico.

Junto a este aspecto hay otro que conviene superar: Su componente sociopolítico e incluso económico es inevitable; pero si nos quedamos en él, quizá no podremos avanzar en el proceso de pensar sobre él, siendo esta nuestra obligación. El poder se percibe en nuestras consultas, en las relaciones interpersonales en las profesionales, en las educativas y académicas. Pero paradójicamente lo solemos reconocer cuando la actividad o la actitud del otro tiene connotaciones autoritarias, de sometimiento y no lo vemos cuando justifica nuestras actuaciones. Todo ello supone un cambio en la perspectiva de su significado. Para ello vamos a abordarlo desde las tres perspectivas que en su momento determinaron el inicio de la posición grupoanalítica: la psicología, la sociología y el psicoanálisis.


El significante y el significado


Tres son los elementos que constituyen el símbolo: significante, significado y referente. Los dos primeros se refieren a la palabra que utilizamos y su procedencia. El tercero indica el ángulo desde el que hablamos y que nos informa de las coordenadas desde las que estudiamos el objeto.

En español (y creo que también en Portugués), el término aparece sobre el 1140 y proviene del latín potēre, que vulgarmente acaba formando el vocablo putere (Corominas, J., 1996) y de ahí se transforma en «poder». Según la Real Academia Española significa: tener expedita la facultad o potencia de hacer algo; tener facilidad, tiempo o lugar de hacer algo; tener más fuerza que alguien, vencerle luchando cuerpo a cuerpo; ser contingente o posible que suceda algo. Significados similares aparecen en Portugués.

Es un término que se usa fundamentalmente en el terreno de lo social y no en el de la psicología, y menos en psiquiatría y en el ámbito clínico. Es como si el poder, y todo lo que de él se deriva, no tuviera connotaciones psicológicas o psíquicas suficientemente importantes como para justificar su comprensión desde estas disciplinas. Estudiar sus componentes psicológicos queda justificado si lo consideramos como algo inherente a toda relación interpersonal. Y, consecuentemente, deberíamos plantearnos también hasta dónde la psicopatología no es sino una manifestación del poder, aspecto este del que cada día estoy más convencido.

En el terreno sociológico se entiende la capacidad que tiene uno de influir en la conducta del otro de forma deliberada y en la dirección prevista. En los diversos portales de internet se habla de muchos tipos de poder, pero curiosamente nunca se habla del poder desde la psicología o la psicopatología. Es decir, se habla del poder económico, del poder social, del poder fáctico, del poder duro o blando, de las relaciones sociales del poder…, y si queremos centrarnos un poco más, se nos remite a las nociones más sociológicas que lo definen como «en política y en sociología, el poder es la habilidad de influir en el comportamiento de otras personas de forma deliberada y en la dirección prevista», apoyándose en una cita de Max Weber: «Por poder se entiende cada oportunidad o posibilidad existente en una relación social que permite a un individuo cumplir con sus propia voluntad» (Wikipendia, 2013). Ciertamente algo de esto me interesa, pero no se habla del poder psicológico o del componente psicológico de las relaciones interpersonales. Y menos de las relaciones entre psicopatología y poder.



El significado en nuestro ámbito grupoanalítico

Si nos ceñimos concretamente a los artículos publicados en Group Analysis a lo largo de toda su historia, solo hemos sido capaces de localizar nueve referencias. La primera es un trabajo de Yannis Tsegos (1993). En su trabajo habla del poder «que proviene de nuestro conocimiento y experiencia» (:132) y lo vincula con la formación, con el sistema jerárquico que se introduce en toda experiencia formativa y con el rol profesional. Diferencia poder de esfuerzo, y en la descripción del modelo formativo de su instituto define poder como «un sentimiento que dura mientras mantenemos un rol poderoso, en tanto que esfuerzo es el sentimiento que adquirimos tras perder el poder en algún sentido, pero que, sin embargo, sobrevive emocionalmente» (:135).

Hay un segundo trabajo de Campbell (1994) que se centra en el poder de los elementos transferidos sobre los miembros del equipo. Por su parte Marten (1999) aborda los componentes del poder en los procesos formativos en grupoanálisis vinculándolo con las dificultades que presenta toda institución en mostrarse abierta a nuevas aportaciones conceptuales y a evitar la institucionalización de los propios Institutos.

Desde otra perspectiva Alfred Garwood (2001) se centra en los primeros momentos del desarrollo del bebé, articula el poder con los aspectos biológicos y psicológicos. En un momento dado, señala: «Parece que el poder sobre quien observa el llanto de un recién nacido yace en su capacidad para evocar los recuerdos inconscientes de nuestra propia experiencia de impotencia y agonía primitivas» (:159). Esta idea creo que nos será muy útil más adelante.

Hay también otros trabajos publicados en esta revista (Elliott, B., 1986; Rose, C 2002; Burman, E., 2002; Morris Nitsun, 2009; Sylvia Hutchinson, 2009; Mohamed Tata, 2010) en los que se alude al poder, bien asociado a la identidad de género o más asociado a la idea de autoridad que a la del poder como fuerza coercitiva o posibilitadora. Pero como se puede apreciar no son trabajos en los que específicamente se estudie la idea de poder, el poder como concepto.

Por otro lado, si ampliamos la búsqueda a textos en los que se haga referencia a este concepto, vemos que aparece, por ejemplo, en el de Whitaker (1985), quien dedica un capítulo a hablar del poder del conductor del grupo que proviene de «su poder real sobre los miembros a partir de su responsabilidad en el control, de sus capacidades para influir sobre situaciones en el contexto del grupo, y de que los miembros asumen su posición de poder y de las formas cómo o emplea» (:372). O en el de Nitsun (1996), que incluye la idea de poder dentro de las dificultades que aparecen en los grupos. Por ejemplo, menciona el poder como uno de los elementos centrales en la segunda fase del desarrollo de un grupo (:86), o como uno de los componentes que distorsionan las relaciones entre los miembros de un equipo (:93), o, sosteniéndose en las aportaciones de Kernberg relacionadas con el odio, aborda las tensiones que se crean para obtener un mayor poder sobre el conductor del grupo (:145), o incluso como parte del normal desarrollo de un grupo en sus inicios, cuando los miembros deben renegociar los diversos esfuerzos por disponer de un determinado poder sobre los demás (:186), o los esfuerzos por modificar las condiciones del liderazgo de un grupo (:215). Igualmente, el mismo autor aborda el tema del poder en su texto de 2006, vinculándolo a la sexualidad. En todos estos casos, el concepto de poder aparece como la fuerza que se opone o impone a algo o la que lucha por y para algo, si bien no lo conceptualiza en sí mismo.

Por su parte, Rutan y Stone (2001) le dedican unas líneas cuando hablan de la «fase reactiva» que es la que aparece una vez se ha podido organizar el grupo y los miembros trabajan para hacerse un lugar en él, y recuerdan que Schutz (1958) llamaba a esa fase como la del poder (2001:44) y lo vinculaba con aspectos de la identidad.

Desde el ángulo de las instituciones y el poder, encontramos trabajos como los de Enriquez, E. (1989), Skynner, R., (1989) en los que señalan que tanto la rivalidad como las luchas de poder juegan un papel importante. El mismo Skynner (1990) lo aborda someramente en un trabajo sobre el sistema familiar señalando que las familias más sanas eran las que los padres ejercían una función de guía. También O. Kernberg (1998, 1999) le dedica varias páginas articulándolo con la vida de los grupos, las instituciones y la autoridad. Aborda el liderazgo político como una de las manifestaciones del poder. En este caso Kernberg ahonda en los aspectos del liderazgo, de la autoridad y de la organización descarnando muchos de los elementos implícitos en el poder, como por ejemplo los de la agresividad.

Es decir, aparecen numerosas menciones a la idea de poder, unas vinculadas a la dinámica de los grupos, otras articuladas con la autoridad o la propia sexualidad; pero no una definición del mismo ni una profundización en cómo ese poder interviene en el individuo y, consecuentemente, en el grupo y en la sociedad. Quizá lo que más se acerca a lo que para mí sería una explicación de los mecanismos mentales que se activan en forma de poder es el trabajo de Garwood. En él se dibuja un pensamiento por el que una persona se siente presionada a actuar por la acción de otra. Sería una metáfora de cómo el poder aparece en lo social y se cuela en los elementos más íntimos de la psique del individuo. Creo que ahí tenemos mucho qué estudiar.

Buscando los referentes


Definiré poder como la fuerza mediante la que un sujeto trata de conseguir, consciente o inconscientemente, que el otro u otros hagan algo que él quiere que hagan o que se le permita hacer lo que quiere hacer. Como veis es una definición abierta. Podríamos matizarla más, pensar en las capacidades de llegar a acuerdos…, pero me parece que, dejándola así, ya podemos pensar en las diversas posibilidades que tiene el poder. Ese poder, esa capacidad universal de tratar de hacer lo que uno quiere o de conseguir que los demás hagan algo que a uno le interesa es lo que nos interesa estudiar.

Curiosamente, en mi formación grupal, así como en la de todos los que han realizado una formación en psicoterapia de grupo de orientación grupoanalítica que conozco, nunca se habló de poder. Es cierto que en los textos de Foulkes (1957, 1981) aparecen Lewin y Elias como referentes, pero no la idea de poder que subyace en ellos. Podríamos pensar que el interés se centraba más en los componentes psicoanalíticos de la psicoterapia grupoanalítica que en los más sociológicos. Es como si salir de la doctrina psicoanalítica fuese un ir a menos, un ir a una teoría de segundo rango. Esa valoración un tanto despreciativa o que no deja de ser un mecanismo de defensa) quedó durante muchos años fluctuando en el entorno en el que iniciaba mi formación, hace ya unos treinta y ocho años. Y creo que tuvo un efecto: conseguir que la formación (y la práctica subsiguiente) quedase ceñida al enfoque más psicoanalítico con alguna concesión a lo grupal. Creo que ese efecto proviene también de formas de poder. Al hilo de este hecho, me acuerdo de la anécdota sobre un tapiz que adquirió Foulkes, y que cuenta Morris Nitsun (1996). La interpretación que daba Nitsun hablaba de las dificultades de Foulkes para abordar los elementos agresivos en lo grupal. En mi caso, parece que ha habido serias dificultades para asumir los elementos sociales como parte integrante de una teoría grupal que nace también en el marco psicoanalítico.


1.- Referentes psicológicos


El referente psicológico más claro y evidente es Kurt Lewin, ya que fue él quien inició el estudio de lo grupal creando el Centro de Investigación para la dinámica de grupos en 1944, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (Sunyer, 2011:353). Foulkes nos habló poco, pero nos habló, de K. Lewin, situándolo en su texto de 1957 como a uno de sus referentes. Cuando Lewin comienza a desarrollar su propuesta (1936), lo hace bajo el deseo de describir los fenómenos psíquicos a partir del desarrollo de una teoría de la conducta humana basada en la topología; es decir, basada en la idea de las relaciones y las fuerzas relacionales que condicionan la conducta de un sujeto en relación a todo lo que le rodea y constituye su entorno. Es más, Foulkes, en ese texto del 1957, aporta diversos diagramas grupales (que se utilizan hoy en día en el mundo empresarial u organizativo) para definir o visualizar las relaciones que se dan entre varios puntos de un sistema grupal. También podríamos considerar que Freud planteó, en cierto sentido, una psicología topológica en la descripción de las dos primeras tópicas.

Lewin consideró que la conducta debe derivarse de la totalidad de hechos coexistentes, y que estos hechos coexistentes «tienen un carácter de un campo dinámico en tanto que el estado de cualquier parte del campo depende de todas sus otras partes» (1988:37). De todo ello, acaba diseñando la fórmula, que todos conocéis, por la que «la conducta C es una función de la persona P y del ambiente A, siendo A y P variables interdependientes»1 , o lo que es lo mismo: C=f(P, A). Eso significa que no se puede entender a una persona de forma aislada sino que en relación a lo que le rodea, en especial las personas entre las que se encuentra. Pero Lewin no introduce la palabra poder, sí la de fuerza. Las fuerzas de las que habla tienen un componente vectorial, no dejando la posibilidad de considerarlas como fluctuantes; como tampoco las considera estructurales sino la expresión de una motivación. Así, ante una determinada necesidad aparece una motivación para satisfacerla. La presión que ejerce el individuo para satisfacer esa necesidad, es decir, la motivación que tiene para ello, presiona al entorno para conseguirla. El entorno, formado por personas y situaciones ambientales, ofrece una resistencia a que ese sujeto alcance la necesidad tal como la plantea: la resultante es una fuerza que es la que determina su comportamiento.

Esto significa que un sujeto expresa o manifiesta su deseo de alcanzar un determinado objetivo mediante actos, manifestaciones conductuales, verbales, físicas, comportamentales que generan en el entorno una determinada reacción. Estas formas de expresión o de manifestación de su deseo no dejan de ser formas de comunicación a los demás, al entorno de sus intenciones, deseos o decisiones. La comunicación se encuentra en la base de nuestro ser. Toda la comunicación, es decir, todo proceso de manifestación de sentimientos, opiniones, afectos, decisiones, actitudes y cualquier otro tipo de mensaje personal se transmite mediante señales adquiridas a través de nuestra interrelación con los demás y en el seno del grupo al que pertenecemos. Eso ya lo señaló Paul Watzlawick (1985), quien subrayó, por ejemplo, que la teoría de Freud «siguió siendo una teoría de los procesos intrapsíquicos de modo que, incluso cuando la interacción con las fuerzas externas era evidente, se la considera como secundaria como sucede con el concepto de beneficio secundario» (1986:30). Y sigue: «En general la interdependencia entre un individuo y su medio siguió siendo objeto de muy poca atención dentro del campo psicoanalítico, y es precisamente aquí en donde el concepto de intercambio de información, esto es, comunicación, se hace indispensable» (:30).

Ahora bien, la comunicación no es solo lo que decimos a través del lenguaje verbal ni tampoco, como diría Watzlawick, todo comportamiento, sino que cualquier manifestación humana lo es. Eso supone la adquisición de significados asociados a las señales que emitimos y que acaban constituyendo el lenguaje social a través del que nos hacemos. Es decir, desde el momento de nacer recibimos información de los significados que tienen todas nuestras manifestaciones lo que posibilita la articulación del pensamiento. Éste, su articulación significado/significante (Saussure) da lugar a una particular estructuración de la forma de ver e interactuar con el entorno, con los demás. Evidentemente en este proceso hay algo de personalización a partir de la actividad social articulada mediante el lenguaje Vigotsky, proceso mediante el que el individuo hace suyo los resultados del moldeamiento que el entorno social genera. En este orden de cosas los individuos aprenden el lenguaje social preexistente (Elias) y del mismo; pero a su vez, «el lenguaje social requiere de los individuos que lo hablen» (Dalal, 2002:127), por lo que individuo y sociedad, lo individual y lo grupal queda íntima e intrínsecamente vinculados. Si nuestra psique, nuestra mente, se moldea a través del lenguaje social preexistente (y no puede ser de otra forma) en este moldear hay una presión (poder) del grupo social (la familia) sobre sus retoños y, al mismo tiempo, estos retoños también constituyen la familia en la que viven. Es decir, cuando hablamos con los demás, cuando nos expresamos mediante nuestras conductas y manifestaciones no solo estamos transmitiendo sonidos y significados, sino que expresamos la forma cómo nos colocamos o queremos colocarnos en el mundo. En el caso de los campos formativos, esas comunicaciones moldean la mente a partir de lo que van señalando las figuras de autoridad o de referencia.



Pero no solo de lenguaje está hecho el hombre. El ser humano nace en un contexto de relaciones que establecen interdependencias, es decir, conexiones que establecen dependencias mutuas. Es a través de estas relaciones, que contienen estructuralmente poder, como acaba configurándose tal cual es. Dicho de otra forma, el cachorro humano desde el mismo momento de ser concebido comienza a experimentar fuerzas, presiones provenientes del propio organismo en el que está arraigado y a partir del parto experimenta estas fuerzas a través de las formas de relación que el entorno establece con él. Pero este entorno también reacciona y se va moldeando a partir de las exigencias naturales de ese cachorro. Las dinámicas de poder, parte estructural de toda relación, ya están instaladas y actúan sobre todos. De lo que podemos fácilmente deducir que a través de las relaciones humanas no solo se constituye la psique y lo social como elementos abstractos, sino que se moldean las formas mediante las que internalizamos el mundo exterior, organizando así nuestra mente; y, al mismo tiempo, conformamos el mundo exterior a partir de la externalización de ese mundo internalizado, organizando así lo social.

Referente neuropsicológico


Gallese y cols. (1996, 1998, 2011), Rizzolatti (2004) nos informan de las bases neurofisiológicas de la empatía. En concreto, la existencia de unas neuronas espejo localizadas en la zona temporal y perietal del cerebro que tienen la capacidad de captar el movimiento y la intencionalidad que hay tras el mismo posibilitan entender la forma cómo el ser humano es capaz de captar desde poco después de nacer las intenciones implícitas de las acciones de los demás. Estos trabajos van más allá de los descubrimientos anteriores de Decety y Jackson que hablaron de la «imitación motora elemental de la conducta expresiva» (2006:55), o los de (Adolphs, R., y cols. 2000) respecto a la reproducción del estado somático del otro (que incluye ritmo cardíaco, tono muscular) y de que esa reproducción facilita el desarrollo de las capacidades empáticas. Este tipo de descubrimientos nos llevan a considerar que el ser humano, desde los primeros momentos de su relación con el entorno (en especial, la madre o sus cuidadores más significativos), comienza a atribuir significados a sus sensaciones a partir de las percepciones que tiene de las intencionalidades del entorno y que son captadas a través de todos sus sentidos. Es decir, no solo a través del contacto de la piel, sino a partir de todos sus sistemas perceptivos, que registran estas percepciones y las ponen al servicio del desarrollo del Yo. Y esto ya indica la gran importancia de la comunicación entre el bebé y su madre y confirma lo que Winnicott ya señaló en la mayoría de sus escritos. El genial pediatra nos decía que «la salud mental es el producto de un cuidado continuo que permite la continuidad del crecimiento emocional personal […]. La salud de un individuo en términos de socialización y de ausencia de neurosis la fundan los padres cuando el pequeño se halla en la edad de los primeros pasos» (1981:303). Ello nos lleva a considerar que si bien son difícilente constatables, existen líneas de comunicación que van bastante más allá de la comunicación consciente, y que estas líneas establecen el campo de fuerzas (en el sentido lewiniano) que van condicionando nuestro actuar. Esos condicionamientos tienen un carácter coercitivo; pero la coerción está al servicio, paradójicamente, de favorecer el crecimiento.

2.- Referentes sociológicos


Dos son las figuras que pueden ayudarnos a entender algo más acerca del concepto de poder desde la sociología. Una de ellas es Norbert Elias, figura clásica y fundamental en el desarrollo del grupoanálisis.

Elias


Elias rompe totalmente la dualidad individuo y sociedad, mediante los conceptos de homo clausus y homines aperti. Pero estas dos visiones, más allá de ser opuestas la una de la otra, determinan una visión totalmente diferente del ser humano. Homines aperti supone que los individuos estamos permanentemente interconectados. Pero no solo a través de lo que nos decimos o hacemos, sino que en realidad formamos una unidad mayor de lo que nos podemos imaginar realmente. Tal unidad conlleva que no haya diferencia entre psique y sociedad. Es decir, la conceptualización abierta del ser humano diluye la membrana que nos individualiza hasta el extremo de poder decir que la estructura de la psique es la estructura personalizada de lo social y, al mismo tiempo, lo social no es más que la externalización de la psique. Esta radicalidad supone unas interrelaciones entre la psique y lo social en la que cada una de las partes está profundamente comprometida en la construcción simultánea y mutua de la otra (Dalal, 2002) y, en consecuencia, Elias rechaza la dualidad que aparece en otros autores.

En este contexto Elias aborda el tema del poder señalando que «El poder no es un amuleto poseído por una persona y no por otra; es una característica estructural de las relaciones humanas, de todas las relaciones humanas» (Elias, 2008:87). Eso significa que no es algo que se posea o no o que pueda intercambiarse, sino que es algo estructural a la propia naturaleza humana. Ser algo estructural no significa que no sea elástico, fluctuante (García, 2006). Eso significa que toda relación, toda interdependencia (que es el tipo de relación que se establece siempre), presenta esta característica estructural en la que el poder está de forma inevitable. Individuo y sociedad, individuo y grupo son siempre la misma cosa, dos expresiones distintas de la esencia humana. No podemos entender la sociedad o cualquiera de sus grupos más que como individuos en relación. O mejor, individuos en interrelación. Y como la relación conlleva poder, este se actualizará y se expresará en las relaciones entre los individuos y las diversas configuraciones que se organicen. Es decir, una familia, una sociedad, un grupo de psicoterapia, una empresa no son otra cosa que configuraciones de elementos.

Elias pone el acento en otra característica de las relaciones humanas: su interdependencia. No cabe la posibilidad de concebir al hombre fuera del contexto de las interdependencias, la dependencia mutua. De lo contrario ni existiría el ser humano ni existiría la sociedad. Por esto, un grupo es un espacio para vivir y pensar sobre nuestras interdependencias. Estas dependencias mutuas se expresan mediante formas variadas de poder, maneras diferentes por las que pedimos, damos, cedemos o presionamos al otro con el fin de mantener nuestro lugar en las relaciones con los demás. Y como el ser humano establece por necesidad relaciones e interdependencias con los demás y estas interdependencias vienen caracterizadas por las relaciones de poder, las diversas formas de relacionarnos desarrollan y configuran «entramados de interdependencias o figuraciones con equilibrios de poder más o menos inestables del tipo más variado como, por ejemplo, familias, escuelas, ciudades, capas sociales o estados» (2008:16) o la misma sociedad.

Ahora bien, tenemos un problema: el lenguaje. Elias (2008) era muy consciente de ello, ya que el lenguaje acaba configurando el mundo (y, por lo tanto, el mundo psíquico) formando entidades compactas, cosificando los conceptos y las ideas de forma que la representación de las cosas impide una comprensión mayor de la propia experiencia humana. Es como si a través de esta solidificación de los conceptos e ideas quisiéramos mantener una idea estática y paralizada de identidad. Por esta razón, si somos conscientes de esta limitación, podremos ampliar nuestra forma de comprender los fenómenos humanos, trascendiendo los límites impuestos por el propio lenguaje. La elasticidad y hasta relatividad de muchas de las ideas con las que nos manejamos es lo que nos permite adaptarnos al otro y a los otros, y crear espacios en los que el pensamiento pueda ser articulado con las emociones.


Castells


Abandonemos a Elias y actualicemos nuestras influencias sociológicas con este otro autor de gran relevancia en estos momentos: Manuel Castells (2009). Nacido en Hellín (Albacete), residente en Barcelona y de amplísimo reconocimiento internacional, centra su atención en las redes de comunicación social y en cómo a través de ellas se ejercita el poder. En su pensamiento aparece una idea clara: «El poder está en el centro de la estructura y dinámica de la sociedad» (2009: 23). Esta idea le lleva a otra no menos radical: «La forma esencial de poder está en la capacidad para modelar la mente [...], si la batalla primordial para la definición de las normas de la sociedad y la aplicación de dichas normas a la vida diaria gira en torno al modelado de la mente, la comunicación es fundamental en esta lucha, ya que es mediante la comunicación como la mente humana interactúa con su entorno social y natural» (:24).

En este sentido, Castells define «poder» como la «capacidad relacional que permite a un actor social influir de forma asimétrica en las decisiones de otros actores sociales de modo que se favorezcan la voluntad, los intereses y los valores del actor que tiene el poder. El poder se ejerce mediante la coacción (o la posibilidad de ejercerla) y/o mediante la construcción de significado partiendo de los discursos a través de los cuales los actores sociales guían sus acciones» (ibídem:33). Ahora bien, esa capacidad relacional llamada poder «significa que el poder no es un atributo sino una relación. No puede abstraerse de la relación específica entre los sujetos del poder, los apoderados y los que están sometidos a dicho apoderamiento en un contexto dado»(:34).

Junto al concepto de poder, Castells, basándose en el desarrollo espectacular de nuestras redes de comunicación social, aporta el de red. Una red es «un conjunto de nodos interconectados. Los nodos pueden tener mayor o menor relevancia para el conjunto de la red, de forma que los especialmente importantes se denominan “centros” en algunas versiones de la teoría de redes» (:45). Las redes constituyen para este autor «la estructura fundamental de la vida, de toda clase de vida» (:46), convergiendo, de esta manera y posiblemente sin saberlo, con las ideas que provienen de Foulkes. Ahora bien, Castells no se detiene en el estudio de las redes sociales, sino que ahonda en cómo éstas moldean la mente individual. Así indica que «la comunicación se produce activando las mentes para compartir significados. La mente es un proceso de creación y manipulación de imágenes mentales (visuales o no) en el cerebro» (:191). Para este sociólogo «la mente es un proceso, no un órgano. Es un proceso material que se produce en el cerebro al interactuar con el cuerpo propiamente dicho» (:192). En ella, «las redes de asociaciones de imágenes, ideas y sentimientos que se conectan con el tiempo constituyen patrones neuronales que estructuran las emociones, los sentimientos y la conciencia. Así pues, la mente funciona conectando en red modelos cerebrales con modelos de percepción sensorial que derivan del contacto con las redes de materia, energía y actividad que constituyen nuestra experiencia, pasada, presente y futura (anticipando las consecuencias de ciertas señales de acuerdo con las imágenes almacenadas en el cerebro). Somos redes conectadas a un mundo de redes» (:193)

En su incursión en el campo psicológico Castells, sosteniéndose en las aportaciones de Damasio, afirma que «la mayoría del procesamiento es inconsciente. Así pues, para nosotros la realidad no es objetiva ni subjetiva, sino una construcción material de imágenes que mezclan lo que sucede en el mundo físico (fuera y dentro de nosotros) con la inscripción material de la experiencia en la circuitería de nuestro cerebro (…) estas correspondencias no son fijas. Pueden manipularse en la mente. La conexión neuronal crea nuevas experiencias» (:193). Como bien podemos ver, su lectura está más próxima a las cognitivas, pero ello no le quita un gramo de valor, ya que estas mismas cosas vienen siendo dichas desde el psicoanálisis y el grupoanálisis de forma muy concreta.


3.- Referente psicoanalítico


Ya desde los inicios hubo escisiones entre las que debemos mencionar la de Jung y Adler, aunque los motivos de uno y otro fueran diferentes si bien pueden ser leídas como la consecuencia de las tensiones de poder. En lo que aquí nos atañe, la de Adler tiene importancia por ser el Alfred Adler quien a partir de 1911 se separa del grupo liderado por Freud al mostrarse crítico con la importancia que se le daba a la pulsión sexual. En su lugar Adler afirmaba que el hombre basa su funcionamiento en dos principios, el del sentimiento de inferioridad y en el esfuerzo por superarlo mediante el afán de poder (Wyss, 1975:229). En concreto Wyss señala que “el afán de poder es para Adler –emparentando en esto con Nietzche –una motivación impulsiva del obrar humano (…) el poder es en la mayoría de los casos, según Adler, un fenómeno neurótico, es decir, que sirve exclusivamente para compensar de una forma anormal los sentimientos de inferioridad (:231). Si bien no coincido plenamente con esta visión, habrá que reconocer sus aportaciones en relación a la visión unitaria del sujeto. Para él, la conducta “es el resultado de la interrelación de una serie de procesos dinámicos, somáticos, psicológicos y sociales” (Papanek, H, 1982:649). Y en cierta forma sus aportaciones no se alejan ni de las de Goldstein (Pintos, L. 2011: 9-30), o Lewin, y tampoco de las de Sullivan –que subrayó la importancia del entorno social (1974), Horney, Winnicott, Fairnbairn y otros autores que se engloban en la denominada Psicoanálisis Relacional. Ahora bien, conociendo la importancia de esta visión y desarrollo de psicoanálisis, creo que sigue manteniendo el acento en el individuo aunque reconociendo la importancia de la relación que se establece con los demás. Incluso las brillantes aportaciones de Pichon-Rivière que pone el acento en el vínculo entendido como Gestalt, como estructura (1985) y que luego han seguido siendo profundizadas por, por ejemplo, Caparrós (2010), creo que no acaban de considerar la importancia que tiene la conceptualización del homines aperti.

O. Kernberg (1979) propone una interesante conceptualización de la teoría de las relaciones objetales. Para él dicha teoría «representa el estudio psicoanalítico de la naturaleza y el origen de las estructuras intrapsíquicas que derivan de las relaciones internalizadas del pasado, fijándolas, modificándolas y reactivándolas con otras en el contexto de las relaciones interpersonales presentes» (1979:47). Es decir, entiendo que Kernberg alude a la formación de las estructuras internas dinámicas que provienen de las experiencias relacionales, y que entre estas y las estructuras externas que derivan de ellas, hay una ligazón, un vínculo. Ese vínculo, en realidad, no es más que el reflejo en el interior o en el exterior de lo que sucede en el exterior o en el interior. Es decir, si consideramos que no hay una separación entre el mundo interno y el externo el mundo externo queda reflejado en el interno y viceversa. Aquí aludo a la idea de Elias y también tengo presente el cuarto supuesto básico que propuso E. Hopper en relación a las angustias que emergen cuando esa separación deja de imaginarse (fantasía de disolución) o se establece rígidamente (fantasía de aislamiento).

Kernberg (1998) describe de forma clara y pedagógica cómo se va construyendo el mundo interno del sujeto. La introyección es, para Kernberg, «el primer paso de un complejo proceso [en el que] las introyecciones, las identificaciones y la identidad del yo son tres niveles del proceso de internalización de las relaciones objetales que están abarcados por la denominación global de sistemas de identificación» (1998:22). Es decir, el Yo de cualquier ser humano se va constituyendo a través de los procesos o sistemas de identificación, y en esta tarea incorpora no solo los aspectos parciales que va descubriendo de los padres (por acotar el trabajo), sino también —y esto lo creo irremediablemente— los derivados de las relaciones que se perfilan entre ellos y entre sus aspectos parciales. Ahora bien, como estamos en una conceptualización de homines aperti, también esos padres van reintroyectando aspectos parciales de sus hijos, y de las relaciones que tiene con cada uno de sus progenitores y sus aspectos parciales: así un hijo hace a sus padres en tanto que ellos le hacen a él. Es decir, unos y otros nos estamos constituyendo mediante, por ejemplo, los procesos o sistemas de identificación. «Los otros en mí», que diría García Badaracco. O la propia idea de matriz con su doble vertiente, la contenedora y la conformadora (Sunyer 2012).

Estos procesos de los que estamos hablando (y otros muchos más) reciben el nombre de mecanismos de defensa. Estos mecanismos, que ya comenzaron a ser mencionados por Freud en 1897, y que fueron más desglosados por su hija (A. Freud, 1982), no dejan de ser complejas operaciones mentales mediante las que el yo trata de protegerse de la percepción de amenazas reales o ficticias. Pero al mismo tiempo que me protegen, con mayor o menor éxito, también comunico a quien esté ahí que hay algo que me asusta o angustia. Si así los considerásemos, significaría que, a través de los procesos de identificación (y extensivamente mediante otros procesos como los de negación, disociación, proyección, racionalización, etc.), las personas informan al entorno, a los demás de la forma cómo cada uno incorpora los aspectos parciales y totales de los demás. Y cómo reaccionan o se comportan ante determinadas circunstancias; e incluso la manera en la que utilizan estos comportamientos para coaccionar o presionar a los demás en algún sentido beneficioso para ellas.

Según Kernberg, en los procesos de identificación (y, creo yo, en muchos otros procesos de interrelación), entran en juego tres componentes básicos: a) las imágenes objetales o representaciones objetales, b) imágenes o representaciones del sí mismo, c) derivados o disposiciones instintivas a determinados estados afectivos (Kernberg, 1998:22). Es decir, ya a partir de las primeras introyecciones, el sujeto va construyendo su, llamémosle así, propia base de datos (gracias a la percepción y la memoria). Pero una introyección no solo es la recogida de información sino «la reproducción y fijación de una interacción con el medio2, a través de una conjunción organizada de huellas mnémicas en las que participan por lo menos los tres componentes: la imagen del objeto, la imagen de sí mismo en interacción con ese objeto y el matiz afectivo de la imagen objetal y de la imagen de sí mismo bajo la influencia del representante instintivo actuante en el momento de la interacción» (1998:25). Es decir, Kernberg describe cómo en este mundo interno queda grabada la vivencia de relación con el mundo externo. La internalización de las imágenes de los objetos junto a los afectos asociados a ellos y el de las imágenes de nuestras relaciones con estos objetos son los que van a ir organizándose, formando diversas configuraciones de elementos (buenos, malos, afectivamente cálidos o fríos, tranquilizadores o angustiantes). Esto, en ocasiones, se visualiza a través de las cadenas de significantes o de la asociación libre (en el psicoanálisis) o en la libre discusión flotante (en grupoanálisis). En estos procesos interviene constantemente la relación real o fantaseada del individuo con el exterior de forma que las estructuras internas son la consecuencia de estas relaciones.

Ahora bien, dado que ese mundo externo también queda conformado (desde la percepción del sujeto) como una externalización del mundo interno (proyecciones, transferencias, etc.), la forma en la que cada individuo elabora y procesa internamente las vivencias procedentes de sus percepciones del exterior, condiciona sus relaciones con los demás en tanto que sucede tal conformación de ese mundo. Y al mismo tiempo, los cambios que se dan en el exterior a consecuencia de los propios procesos de negociación asociados a las relaciones interpersonales hacen referencia a la recomposición interna de los objetos en la medida que ese espacio interno, mental, queda constituido por la internalización del mundo exterior.

Hemos dicho que la percepción conlleva la impresión de huellas mnémicas que organizan estructuras, configuraciones que disponen de los tres componentes señalados por Kernberg. Éstas en realidad son imágenes mentales entendiéndolas como el resultado de impresiones que provienen del abanico perceptivo total de cada individuo. Eso supone que estas configuraciones son el resultado final (pero no necesariamente definitivo) de la experiencia relacional, de las consecuencias del estar en el mundo y relacionarme con él. Pero como las consecuencias pueden ser muy variadas, en razón a cómo y qué hace el individuo con esas percepciones, habrá aspectos desplazados, negados, o proyectados, o disociados, o racionalizados… Es decir, los procesos de elaboración representan complejas operaciones mentales en las que los mecanismos de defensa (y comunicación) están presentes.

Dada la simultánea construcción interna y externa podremos pensar que todos nos estamos construyendo constantemente a partir de esas experiencias relacionales con el mundo externo y, particularmente, a través de las relaciones con los demás. Ahora bien, dado que estas experiencias de relación también son comunicativas (no podemos dejar de comunicar), informamos a nuestro alrededor de los resultados de esta construcción. En los procesos normales, el grupo familiar tiene la capacidad de constituirse en el espacio mental de elaboración de relaciones y de replanteamiento de las diversas configuraciones internas. Cuando ese grupo no puede desarrollar esa función, las elaboraciones individuales correspondientes quedan también afectadas.

Por pensar en un ejemplo. Idealmente, un buen proceso de elaboración de una situación de duelo concluiría con la incorporación de todas las vivencias en el Yo de forma que las dos polaridades, la agradable y la desagradable de todos sus componentes, pudieran estar unidas. Por ejemplo, imaginemos el proceso de duelo por la muerte de un ser querido. Lo ideal es que en este proceso la persona pueda acabar integrando los aspectos positivos y negativos de su experiencia relacional con el finado de forma que eso no imposibilite la vida posterior. Esa elaboración conlleva que tanto el conjunto de las imágenes de objeto (ser querido muerto), como de las imágenes del self en relación con ese objeto (mi relación con ese ser querido) y los diversos afectos que impregnan una y otra imágenes, constituyan una unidad. Pero ese ideal no siempre se puede cumplir. En el supuesto de que las imágenes del objeto no pueden ser integradas, dado su potencial emocional, y, en consecuencia, se niegue parcial o totalmente tal suceso, en la relación con el mundo real esa no integración, esa negación parcial o total es detectada por los demás. Dado que en la relación interna existe una poderosa fuerza que aparta ese objeto de la conciencia, negándolo, esa misma fuerza es la que se percibe en el exterior. En este caso, las personas vinculadas con el ser que murió detectan que hay alguien que, frente a cualquier alusión, acto o circunstancia que lo coloca ante la evidencia, reacciona con la misma fuerza que la que internamente aplica al objeto para negarlo total o parcialmente. Este sería el caso de un hijo que pretendiera mantener los objetos personales del finado en el mismo lugar en el que éste los dejó negando su muerte.

Esas luchas internas que conllevan la elaboración de todas nuestras vivencias relacionales se traducen en muchos casos en un cansancio mental y hasta en un cierto abatimiento. Ello alude a que entre los diversos componentes ideacionales, comportamentales, afectivos, simbólicos de nuestras relaciones con los objetos y de las imágenes de nuestra relación con ellos, hay una serie de tensiones que son estructurales y expresan las negociaciones de poder interno en las que unas de estas representaciones tomarán primacía sobre las demás (lo acepto, pero no lo entiendo; y que podría llegar a ser lo acepto y lo entiendo). Estas luchas internas son las que se reproducen cuando participamos en un espacio de psicoterapia: las luchas por encontrar formas de aceptación y de comprensión de todas las tensiones que aparecen en un grupo y en torno a cualquier circunstancia. Pero en otras situaciones más graves, las expresiones de la dificultad de elaboración e integración del yo aparecen bajo las formas de psicopatología que todos conocemos bien. Y es en estas situaciones en las que los profesionales diseñamos diversos sistemas de intervención con el deseo de que, a través del poder que se deriva de estos mismos diseños y, fundamentalmente, de las relaciones que se establecen entre los profesionales y los pacientes a través de estos diseños, los pacientes puedan recomponer los equilibrios que no pudieron alcanzarse mediante el refuerzo de aquellos otros componentes que sucumbieron a las fuerzas patogénicas: esta sería, a la postre, uno de los ingredientes básicos de toda intervención psicoterapéutica y que supone el refuerzo yoico mediante la elaboración afectiva, ideacional, cognitiva y comportamental.

Ahora bien, dado que de forma involuntaria e inconsciente informamos de nuestros procesos internos, y las personas que nos rodean captan, de forma inconsciente muchas veces, esos procesos internos, todos tenemos información de todos. En función de la importancia de lo comunicado y de las respuestas que obtenemos de eso, las personas vamos constituyendo vínculos que atan, condicionan y presionan en determinadas direcciones los comportamientos, las formas de ver y concebir las cosas de unos y otros. Aquellos vínculos cuyas características sean básicas constituyen lo que denomino interdependencias vinculantes (Sunyer, 2010, 2011). Cuando estas dependencias facilitan y acompañan el desarrollo las podemos calificar de normogénicas, en tanto que las que van en la dirección opuesta son patogénicas.

Las configuraciones de interdependencias vinculantes


Elias habla de figuraciones3. O configuraciones, mejor. Una figuración o configuración es para Elias una estructura, un entramado relacional dinámico y cambiante. Concretamente indica: «En lugar de esta visión tradicional aparece, como se ve, la imagen de muchas personas individuales que por su alineamiento elemental, sus vinculaciones y su dependencia recíproca están ligadas unas a otras de modo más diverso y, en consecuencia, constituyen entre sí entramados de interdependencia o figuraciones con equilibrios de poder más o menos inestables del tipo más variado como por ejemplo, familia, escuelas, ciudades, capas sociales o estados» (2008:16). Eso supone, creo, un cambio bastante revolucionario porque nos obliga a replantearnos muchas cosas.

Creo que para Elías la sociedad y cualquier conjunto de personas se concibe como un caleidoscopio, como un tejido dinámico, de múltiples relaciones interdependientes que vinculan recíprocamente a los individuos. Estas interdependencias se articulan en función de equilibrios de poder. Muchos de estos equilibrios adquieren una configuración particular a la que desde fuera denominamos familia, clase social, colegio, partido político, etc. Ahora bien, para mí (Sunyer, 2011) todo tejido grupal y, por lo tanto, social está atravesado por numerosas formas de interrelación que se entrecruzan, formando una serie de configuraciones cambiantes y dinámicas que constituyen lo que Foulkes denominará matriz. La matriz grupal sería, por lo tanto, una configuración de interdependencias que, en el caso de ser un grupo de psicoterapia, por ejemplo, podrían ser vinculantes. Esta matriz, como configuración de interdependencias entre los miembros de un grupo o de una sociedad, contiene los significados afectivos, simbólicos, cognitivos, comportamentales de las diversas interrelaciones e interdependencias que los miembros que las han constituido han ido aportando a lo largo de la historia. Estos significados guardan y representan los diversos equilibrios de poder inherentes a las configuraciones que se van reproduciendo transgeneracionalmente.

Si bien el concepto de configuración de Elías describe estas formas específicas de interdependencia que ligan a unos individuos con otros y que describen las formas sociales visibles (una familia, por ejemplo), para mí las configuraciones describen también las interdependencias que se dan entre las imágenes (representaciones) de objetos y del self y los afectos asociados. De esta forma una configuración sería, por ejemplo, la de madre o la de padre, la de hermano, hijo, trabajador, psicólogo, cariño, enfado, belleza…, es decir, todas las percepciones que vamos disponiendo a lo largo de nuestra existencia. Estas configuraciones con las que el Yo se constituye son dinámicas y establecen entre sí, de la misma forma que sucede con cada uno de sus componentes, determinadas tensiones (aceptación o rechazo, por ejemplo) que son la expresión interna de las tensiones o presiones que percibimos en el mundo real. Estas tensiones son fuerzas de poder.

Dado que estas tensiones internas también lo son externas (y viceversa), y en todas ellas el poder está presente, en la medida en que el Yo no puede tolerar determinada configuración interna, tampoco podrá con la equivalente en el mundo real. De la misma forma que en la medida en que en el mundo real no puede con una determinada configuración, esta tampoco es asumida en el mundo interno.

De esta forma el Yo está siempre sometido a las presiones que provienen de sus relaciones con los demás y consigo mismo, presiones con las que tiene que lidiar a fin de poder hacer lo que realmente quiere y colocar a los demás en una posición que le permita hacer lo que quiere hacer. Y esto es a lo que llamamos poder.

Muchas gracias.



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1 Subrayado del autor del texto

2 Negritas mías

3 Creo que la idea de figuración en mi idioma se acerca más a la de “hacer ver”, “dar la apariencia de algo”, en tanto que configurar es la de “dar una forma”, “moldear”, “formar”

Revistaonline - Nova Série - Ano 2014




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