John baines



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5. El principio del ritmo
Todo fluye y refluye, todo asciende y desciende; la oscilación pendular se manifiesta en todas las cosas; la medida del movimiento hacia la derecha es la misma que la de la oscilación a la izquierda; el ritmo es la compensación.”
Este principio enseña que todo está sometido a una oscilación rítmica, la cual se manifiesta entre dos polos. Existe una acción y reacción, un flujo y reflujo, un avance y retroceso, una elevación y una caída, y esto se aplica absolutamente a todo. El Universo, los planetas, la naturaleza, el hombre, las naciones, las civilizaciones, todo nace para alcanzar una cumbre y comenzar después su decadencia y destrucción cumpliéndose así el ciclo de la vida. Este flujo y reflujo se manifiesta en nuestro cuerpo físico, en nuestras emociones, sentimientos, instintos, inteligencia, y aún, en las diferentes situaciones vitales que vivimos, y que se refieren a nuestros proyectos personales, a nuestra relación con otras personas, a nuestro contacto con la naturaleza, y en general, en todo aquello que forma parte de nuestras vidas.

El símbolo del principio del ritmo es el péndulo, ya que en su oscilar explica la acción del ritmo, cuya medida de oscilación hacia la izquierda es la misma que su movimiento hacia la derecha. En el terreno práctico, puede hablarse perfectamente de la “ley del péndulo”. La creación ocurre de acuerdo al péndulo; existe una emanación del Todo, a la cual sigue una absorción. La emanación es el tiempo de la creación, y la absorción la etapa en la que el Todo reintegra su energía a sí mismo. Podemos comparar esto al ciclo humano de la respiración.

El ser supremo irradia su energía hasta que ésta se materializa en una creación física y cuando ella llega a la cumbre, es decir, a su grado máximo de materialización, comienza la oscilación inversa del péndulo hasta que se llega nuevamente a la desmaterialización o muerte, y la energía creadora divina se reintegra a su fuente original. Es así como las naciones llegan a la cumbre de su poderío y comienza después un lento declinar. No existe nada que se escape a esta ley, es un proceso absolutamente inevitable. No es fácil, sin embargo, determinar cuándo un ser humano, una cultura o una fuerza, han llegado al cenit; lo que sí sabemos con certeza es que irremisiblemente se producirá la decadencia.

El principio del ritmo junto con el de la polaridad, que hemos tratado anteriormente, son las fuerzas que mantienen el proceso de la vida, ya que la vida es siempre una fuerza que se mueve alternativa y rítmicamente entre dos polos. Si tuviéramos que definir fa vida y la muerte, diríamos que la vida es la oscilación entre dos polos, y la muerte, la polarización de la fuerza en un solo extremo, por un tiempo que sobrepasa el equilibrio de la naturaleza. Esta polarización puede ser negativa o positiva; es negativa cuando ambos polos se, unen demasiado, perdiendo cada uno de ellos, en gran parte, sus cualidades intrínsecas. Es positiva cuando se procura conscientemente destruir una vibración no deseable y se procede a cambiar la polaridad, polarizándose en el extremo opuesto. En el caso de la polarización negativa, a causa del debilitamiento de los polos opuestos se produce una decadencia de la fuerza vital, que puede terminar en una fusión de los polos, lo cual equivale a la muerte. He aquí desvelado de manera sencilla el secreto de la. vida; la mantención constante de la tensión entre dos polos. Podríamos decir, en rigor de la verdad, que al nacer un niño, los polos opuestos de su vida están muy separados, y por lo tanto la tensión entre ellos es grande, pero que al ir envejeciendo, los opuestos se van juntando, con lo cual, la vida decae. Los dos polos, en este caso, son el consciente y el subconsciente, o también podemos hablar del sujeto mismo y del medio ambiente. El choque constante entre el hombre y el medio ambiente (estímulo), va despolarizándolo lentamente, apagando su fuerza vital.

Al examinar las funciones vitales del hombre, podemos comprobar que la polaridad y el ritmo comandan el organismo en sus más delicados procesos, y que siempre la enfermedad es un quebrantamiento del ritmo o una perturbación de la polaridad. El cuerpo necesita mantenerse en constante estado de equilibrio, y su pérdida, implica un estado anormal. La ciencia llama homeostasis a este fenómeno, el cual ha sido insuficientemente estudiado, y seguramente, si los científicos utilizaran el principio de ritmo y polaridad, descubrirían muchas cosas nuevas.

El funcionamiento del corazón, la respiración, el sueño, la vigilia, están regidas por la ley del péndulo. El sueño, por ejemplo, nos proporciona la necesaria alternancia para mantener nuestro equilibrio. Sabemos que la falta de sueño provoca graves perturbaciones, ya que se rompe el equilibrio orgánico.

Durante mucho tiempo permaneció en el seno de las escuelas esotéricas el conocimiento del “Biorritmo”, que son los ciclos vitales que afectan al ser humano con una alternancia positiva y negativa. Hoy día se ha popularizado tanto este saber, que hasta existen calculadoras de bolsillo para determinar su acción. Sin embargo, solamente se han divulgado tres ritmos:

1. El ritmo de 24 días o masculino, que tiene 12 días positivos y 12 negativos.

2. El de 28 días o femenino, con 14 días positivos y 14 negativos.

3. El de 33 días o intelectual, con 16½ días positivos y 16½ negativos.

No se han vulgarizado los ritmos de 40, de 56, de 92 y de 276 días.

El objeto de esta obra no es el de proporcionar instrucciones sobre Biorritmo, lo cual requeriría un volumen aparte, por lo cual nos limitaremos a dar una indicación de extrema importancia para quienes siguen las indicaciones del Biorritmo en su vida cotidiana. Estas personas debieran llevar un diario de vida en el cual consignen los acontecimientos fastos o nefastos, a fin de determinar cual de los ritmos tiene una mayor influencia en sus vidas, ya que esto es algo personal.

Algunos sujetos serán muy afectados por lo negativo del ritmo de 24 días; otros, en cambio, sentirán más fuertemente el ciclo negativo del ritmo de 33 días.

Una de las cosas más importantes relacionadas con el principio del ritmo, es el hecho de que cada persona crea además, sus propios estados rítmicos, de acuerdo a la naturaleza de sus acciones, las cuales al repetirse en varias oportunidades, terminan por tomar un ritmo en virtud del cual se repetirán periódicamente en la vida del sujeto (acciones y acontecimientos), sin que su voluntad intervenga para nada, es decir, no se realizarán porque el sujeto lo desee, sino que a la inversa, éste será incapaz de neutralizar los acontecimientos negativos.

Vamos a ilustrar brevemente cómo nace un ritmo negativo: una persona es víctima de un robo, por ejemplo, y por no ser de gran cuantía, no se toma la molestia de hacer la denuncia correspondiente. Como consecuencia de este hecho, se forma un ritmo negativo, y este individuo experimentará en forma periódica, pérdidas de carácter económico, las cuales seguramente, se producirán en posiciones planetarias similares a las que existían el día del primer hurto. Otro ejemplo fácil de comprobar, lo constituyen las riñas matrimoniales, las que terminan por crear un ritmo desarmónico que fomentará la aparición de nuevos y más graves problemas. Es así como se crean ritmos de riqueza o escasez, de felicidad o desgracia; armonía o desarmonía, y una vez en movimiento, resultan muy difíciles de neutralizar. Es muy sabido el hecho de que las calamidades ocurren a veces en “oleadas”, tal como el flujo de la marea, es decir, se suceden rápidamente sin que el sujeto alcance a reaccionar. A la inversa, también sobrevienen rachas de “buena suerte”, en que a una persona le ocurre una serie de acontecimientos positivos. De esto se deduce que el sujeto toma un ritmo en un momento dado, por motivos no siempre fáciles de establecer, y que mientras dicho compás no cambie, se mantendrá la tónica positiva o negativa. Por desgracia, hay individuos que a temprana edad en la vida toman un ritmo de calamidades diversas, las cuales se les repiten en cada oscilación del péndulo, y esto resulta generalmente muy difícil de neutralizar, ya que mientras más tiempo dure, se fortalece el poder de la fluctuación. Aquellos matrimonios que viven los resultados de ritmos negativos, harían muy bien en abstenerse de procrear hijos hasta que el péndulo no se mueva al otro extremo, ya que la criatura nacería con una vibración rítmica nefasta, cumpliéndose el aforismo bíblico de que los hijos pagan los pecados de los padres.

Los hábitos se forman por un ritmo, y solamente pueden destruirse, cuando son perniciosos, por la creación de un nuevo estado rítmico de naturaleza opuesta.

El principio del péndulo completa el conocimiento sobre transmutación mental, ya que nos enseña que es posible elevarse por sobre la oscilación rítmica, polarizándose en el polo que uno desea permanecer, y evitando de esta manera dejarse llevar por el flujo y reflujo. El sapiens es un esclavo del movimiento oscilatorio del péndulo, y si tiene éxito en algo, se debe a que por casualidad (si lo podemos llamar así), su acción coincide con el movimiento del péndulo. En lo económico, en la salud, en el trabajo, en la vitalidad, en el amor, la gente está absolutamente a merced de la ley del péndulo, y son meras hojas arrastradas por la tormenta, sin que puedan nunca saber adónde las lleva la marea de la vida. El hermetista, por el contrario, puede sobreponerse al principio del ritmo, aún cuando no puede anularlo. Con el poder de su voluntad puede elevarse al plano superior de las causas, y dejar que la oscilación rítmica transcurra por debajo de él.

Lo que se llama “ley de compensación” tiene mucho que ver con el principio del ritmo, ya que compensar significa equilibrar o balancear, que es lo que ocurre cuando “la medida de la oscilación hacia la izquierda determina la medida de la oscilación hacia la derecha”. Esto determina la cantidad de cosas que una persona puede poseer, ya que siempre el sujeto tiene, en cantidad, la exacta proporción de aquello que le falta. Es así como un hombre rico carecerá de otras ventajas que tiene el pobre. Ya conocemos el dicho “afortunado en el juego; desgraciado en amores”, o viceversa, aforismo que pretende transmitir algo de la idea que estamos tratando. Ya que hemos tocado este punto, resulta interesante señalar que absolutamente todos los seres humanos nacen con la misma cantidad o margen de cosas que pueden tener; lo que varía es solamente su distribución.

Así, diremos, que todos traemos cien unidades vitales (lo que podemos llegar a poseer), y cien unidades negativas (lo que nos faltará). Un hombre rico es aquél que ha anulado la mayor parte de sus posibilidades, a fin de concentrar sus cien unidades vitales solamente en ganar dinero. Lo que se refiere al amor, la sensibilidad espiritual, la dicha familiar u otras cosas, estará seguramente entre los faltantes o unidades negativas. Expresándolo de diferente manera, nunca un hombre podrá tener más del simbólico número cien, pero esta cantidad puede estar distribuida en muchas cosas o concentradas en dos o tres. La dispersión da por resultado una vida más equilibrada, pero probablemente no se destaque ningún aspecto especial. La concentración implica el sacrificio de muchas cosas. Ilustraremos esto con un ejemplo:
A) Concentración unidades vitales

Riqueza: 45 unidades

Poder: 20 unidades

Nobleza moral: 5 unidades

Amor: 5 unidades

Inteligencia: 10 unidades

Salud: 10 unidades

Felicidad: 5 unidades


Resultado: sujeto rico y poderoso, pero muy desgraciado.
B) Dispersión unidades vitales:

Riqueza: 10 unidades

Poder: 10 unidades

Amor: 15 unidades

Amistad: 10 unidades

Nobleza moral: 15 unidades

Inteligencia: 15 unidades

Salud: 10 unidades

Felicidad: 15 unidades
Resultado: Sujeto más equilibrado, con una vida más rica y plena de elementos diferentes.
Estos ejemplos son absolutamente arbitrarios y sólo tienen como objetivo ilustrar lo que ocurre con la dispersión o concentración de las unidades vitales. Cada, lector, conociendo la teoría de esto, puede establecer símiles para diferentes casos.

Podemos efectuar una comparación con nuestra capacidad muscular, por ejemplo, la cual podríamos utilizar íntegramente en caminar solamente. O bien, podríamos caminar, cortar leña, nadar, trepar y boxear, distribuyendo nuestra energía vital en varios asuntos. Igualmente, un potencial eléctrico determinado, podríamos emplearlo en abastecer una fuente de consumo de gran poder o dividirla con el fin de encender cientos de ampolletas comunes.

De acuerdo con esta ley de las unidades vitales resulta de gran interés el analizar lo que ocurre cuando dos personas contraen matrimonio, compartiendo así sus unidades vitales. O bien, cuando por el hecho de nacer un hijo, éste trae sus correspondientes cien unidades vitales las cuales, mientras los padres deban alimentarlo, pasan a engrosar el “patrimonio familiar de unidades vitales”.

Para finalizar, diremos que sólo quienes logran hacerse superiores al principio de ritmo pueden estimarse verdaderamente libres.


6. El principio de causa y efecto
Toda causa tiene un efecto; todo efecto tiene su causa; todo ocurre de acuerdo con la ley. Azar no es más que el nombre que se le da a una ley desconocida; hay muchos planos de causación, pero ninguno escapa a la ley.”
Esta ley nos enseña que nada en el Universo ocurre casualmente; todo tiene una causa específica. Lo que llamamos casualidad es solamente aquello cuyas causas permanecen desconocidas, pero no es posible que exista algo aparte y fuera de las leyes, ya que esta fuerza sería independiente y superior al Universo. Aplicando a la ley de causación el principio del ritmo, podemos decir que la magnitud de un efecto es siempre equivalente a la importancia de la causa que lo generó. Tal como lo expusiéramos al tratar el principio de polaridad, existen dos planos básicos: el de las causas (superior) y el de los efectos (inferior), y en su vida cotidiana el hombre sólo conoce este último. Vivimos en el mundo de los efectos, y sólo el hermetista puede conocer las causas ocultas de los hechos.

La manifestación más conocida de la causalidad es lo que el hinduismo divulgó con el nombre de Karma, palabra que conservaremos, por ser muy adecuada. El Karma pretende explicar la relación que existe entre los sucesos que le ocurren a un individuo y sus acciones del pasado, ya sean de esta vida o de una anterior, y contrariamente a lo que se cree, no siempre es negativo, sino que también existe un Karma positivo, el cual equivale al resultado de nuestras buenas acciones del pasado. La ley del Karma está íntimamente ligada al fenómeno de la reencarnación, proceso cuya veracidad no pretendemos ni deseamos demostrar. Ya hemos dicho que en el hermetismo no se debe creer o dejar de hacerlo; simplemente se entiende o no se entiende.

La reencarnación es un asunto de criterio muy personal, en que el individuo “siente” en lo más íntimo que esto es así efectivamente, y si no lo siente de este modo, ningún argumento lo convencerá. Además, si es que fuera posible dar pruebas, esto desvirtuaría la libertad de elección, ya que significaría presionar al sujeto, para que éste, persuadido de la veracidad de algunos fenómenos ocultos, ingresara a una escuela esotérica sin una genuina inquietud espiritual. No obstante, en páginas anteriores hemos sugerido la manera de concebir intelectualmente lo que es la reencarnación; “una fuerza que toma posesión de la materia”. Con la experiencia de las plantitas de interior podemos darnos cuenta que lo que hicimos en realidad fue hacer “encarnar” una fuerza en la materia vegetal, la cual sobrevive a la vida de la planta y continúa en evolución indefinidamente. Este es un símil de lo que sucede cuando la energía “espíritu” encarna en un cuerpo animal ya que al morir éste el espíritu sigue encarnando en nuevos cuerpos hasta completar un ciclo evolutivo en la materia.

La ley de causa y efecto nos brinda una explicación racional de las aparentes injusticias del mundo; podemos entender por qué un niño nace lisiado o fallece a temprana edad; es posible darse cuenta por qué algunas personas de exquisita sensibilidad espiritual viven en la inopia y otros, verdaderos animales, nadan en la riqueza. Se nos aclara el fenómeno de los niños genios, que manifiestan extraordinarias potencialidades musicales desde muy pequeños, o el hecho extraordinario de enriquecimientos repentinos por un “golpe de suerte”. Obtenemos más luz de por qué un sujeto que trabaja hasta casi matarse no alcanza jamás éxito económico, y en cambio, a otro que es un flojo consuetudinario, le sonríe la fortuna. Los acontecimientos históricos nos entregan una nueva luz; podemos comprender cómo se origina el fenómeno de personajes de relevancia histórica que llegaron a tener un gran poder, habiendo salido de la nada, como podría ser el caso de Hitler, por ejemplo. Desconocemos ciertamente qué causa lo colocó en el puesto directivo que ocupó, ya que la vida es como un enorme tejido en el cual se va formando la historia, puntada a puntada, y en el que todos los acontecimientos están eslabonados. Éste es el velo del Maya, imposible de penetrar por el común de los mortales.

La acción del Karma es uno de los motivos que nos llevan a sostener que “todo está escrito”, ya que el presente siempre es determinado por nuestras acciones pasadas. Cada persona tiene una cantidad determinada de causas que se mantienen en suspenso en sus vidas, las cuales van forjando el destino del individuo a medida que se materializan como efectos. Sólo el hombre verdaderamente sabio puede neutralizar en parte los efectos de causas indeseables.

Ya hemos hablado de los Señores del destino, o Arcontes, quienes dirigen el destino del sapiens. En realidad, ellos trabajan con el Karma de las personas, pero desde un punto de vista colectivo. Es el Karma de la humanidad el que ellos controlan y manejan, y dentro de este contexto general, ellos actúan como jueces ocultos los cuales premian o castigan las acciones del ser humano.

El principio de causa y efecto actúa paralelamente a esto, es decir, el ser humano se “castiga a sí mismo” con su propio Karma; los Arcontes planifican y “escenifican” la acción para que el sujeto reciba lecciones provechosas, y pueda, a la vez, tener experiencias significativas.

Hay personas que en su vida anterior fueron muy ricas, y que abusaron del poder que otorga el dinero, y que en su vida actual son verdaderos pordioseros, con el objeto de sufrir en carne propia la experiencia de la extrema necesidad. El que asesinó a alguien, morirá a su vez por la acción directa o indirecta de su pasada víctima. El que se valió del amor o la pasión para esclavizar a una mujer, estará en esta existencia, sometido a la tiranía femenina. Hay ocasiones en que al observar atentamente a un mendigo, nos damos cuenta de que hace gala de una temible soberbia, y que desprecia a todo el mundo, y esto no es debido a una simple compensación psicológica, sino que tiene raíces más profundas. Seguramente en su vida pasada, este individuo ocupaba una alta posición, y a causa de esto, su orgullo desmedido sobrevivió a la muerte del cuerpo físico.

Se argumenta que si hubiéramos vivido antes en otros cuerpos, seguramente nos acordaríamos de esto, pero este razonamiento es infantil, ya que al destruirse el cerebro, se borra la memoria. Sin embargo, subsisten los impulsos instintivos que se derivaron de las experiencias pasadas. Por ejemplo si un sujeto en su encarnación anterior fue ajusticiado por ladrón tendrá actualmente una honradez extremada pero de carácter compulsivo.

En el caso de los juegos de azar podemos ver una acción directa de los Arcontes del destino, quienes eligen al sujeto que ha de ganar el premio más importante, ya que esto involucra un cambio absoluto en su vida.

En el caso de los ya millonarios que resultan premiados, este resultado no hace sino acrecentar o reforzar los acontecimientos anteriormente decretados por los Señores del destino. El azar es solamente el efecto visible de una causa que desconocemos. Por lo general, no resulta posible establecer todas las causas que han provocado un efecto determinado, ya que éstas se enlazan unas a otras, y sólo podemos observar las más recientes, ya que el presente se basa en el pasado, pero meditando un poco, podremos, a manera de ejercicio filosófico, contemplar una cadena de causas que se pierde en el pasado. Es por esto que el hermetista concede gran importancia a los pequeños detalles, ya que pueden convertirse en factores decisivos en la vida de una persona. Una pequeña causa puede desencadenar grandes efectos.

Una de las características más peligrosas del principio de causa y efecto, es el hecho de que el Karma puede proyectarse y afectar a otras personas que no tienen culpa alguna de las causas puestas en movimiento por el “emisor”. Es así como existe una ley ineludible en el sentido de que si ayudamos a una persona que está afectada por un karma negativo, cargaremos con esa fuerza destructiva, la cual nos provocará grandes problemas. Es por este motivo que el hermetista no puede ayudar indiscriminadamente a la gente, ya que gastaría su fuerza sin gran provecho, llenándose en cambio de vibraciones negativas que terminarían por destruirlo. Aquellos individuos que buscan constantemente un auditorio a quien relatar las calamidades que les han sucedido persiguen, inconscientemente, deshacerse del veneno que los aqueja, para inyectárselo a quien escucha la confidencia, quien termina en muy malas condiciones por haber cargado, con la desdicha ajena.

La imagen del buen samaritano es conmovedora en su bondad, pero este sujeto siempre estará sacrificando su existencia para que otros saquen algún provecho, mientras él absorbe las lacras de aquéllos a quienes auxilia. Esto, no sería tan pernicioso si quienes profitaran de esto llegaran a constituirse en el día de mañana en personajes valiosos para la humanidad, pero es de vana majestad si utilizan de manera absolutamente egoísta lo obtenido. Esto podría dar lugar, eventualmente, a la destrucción de un hombre espiritualmente muy elevado y valioso, para elevar a patanes o rufianes encubiertos.

Existe otro aspecto de gran interés en lo que estamos tratando, y es lo que se refiere al individuo que comete un robo oculto, al usufructuar con malas artes de bienes o valores que no amerita. Este hombre contrae una deuda con la naturalezas es decir, algún día debe devolver o pagar aquello que hurtó, por lo cual, si cometemos la imprudencia de ayudar a esta persona, nos hacemos responsables, en gran medida, por la dirección de su vida, y la naturaleza, por lo tanto, nos exigirá a nosotros el pago de la deuda insoluta.

Todo aquello que necesitamos o deseamos, pertenece al depósito común de la naturaleza, quien no regala nada, sino que nos vende lo que queremos, y siempre hay que pagar por esto. Nada es gratis: hay que pagar hasta por nuestra vida, por los momentos de placer, por el amor, por la tranquilidad, el conocimiento, el poder, y hasta por el aire que respiramos. Esto permanece inadvertido porque estamos acostumbrados a considerar el dinero como el único instrumento de pago. Ignoramos que en el mercantilismo cósmico el dinero no tiene valor, y se precisan otras cosas, tales como el “caldo áureo” del que hemos hablado en capítulos anteriores. Para el “diablo”, por ejemplo, una sola alma tiene más valor que todo el oro del mundo.

Lo más importante relacionado con la ley de causa y efecto, es el hecho de que el hermetista avanzado puede elevarse, mediante un prodigioso esfuerzo volitivo, al mundo superior de las causas, y polarizarse en este plano, convirtiéndose él mismo en causa, y dejando así de vivir los efectos emanados del plano superior. Desde el mundo causal, el hermetista puede encauzar su vida de acuerdo a lo que planifique, ya que tiene la certeza de que las causas puestas en movimiento por su poder espiritual, se materializarán tarde o temprano en efectos materiales concretos.




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