John baines


LA ILUSIÓN DE LA LIBERTAD



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LA ILUSIÓN DE LA LIBERTAD
Una de las más poderosas ilusiones del sapiens es aquélla que tiene relación con el libre albedrío.

Como una manera de rebelarse contra lo que hemos expresado en páginas anteriores, alguien podría argumentar que “pese a quien pese”, él hace lo que “se le da la gana”, y que esa libertad prueba realmente que no está sujeto a control de ninguna especie por fuerzas ajenas a su persona. Precisamente, una de las cosas que le da al sapiens una sensación de poder, es la ilusión de la libertad. Para demostrar esta libertad el adolescente se rebela contra las normas de conducta de la sociedad, creyendo que así prueba su autonomía, cuando en realidad lo único que consigue es someterse a sus propios impulsos inconscientes.

Muchos enfoques se le ha dado a la libertad, y es así como se habla de: libertad privada o personal, libertad pública, social, de acción, de palabra, de ideas, libertad moral, y libertad económica. En la realidad vital cotidiana se habla de una “esclavitud económica”, de la liberación femenina, de la opresión de clases inferiores por otras superiores, de la sujeción con respecto al miedo y la angustia, la dependencia de autoridades superiores, la subordinación de la juventud al mundo creado por sus mayores, y así muchos otros conceptos que sería largo enumerar.

No nos interesa realizar un análisis filosófico ortodoxo, exponiendo lo que ya han dicho tantos pensadores en el pasado, sino una reflexión sobre la realidad vital del sapiens, y eso es lo que haremos.

El sujeto cree en su autonomía personal por el hecho de que en cualquier momento puede, si así lo desea, romper violentamente con alguno de los lazos que lo aprisionan, sin que nadie pueda impedírselo. Le es posible, si lo quiere de esa manera, abandonar su trabajo que lo aprisiona y vivir, como un vagabundo, de la caridad ajena. O bien, abandonar esos estudios que son tan penosos y resignarse a buscar un empleo o vivir como sea posible. Si el individuo realiza alguno de estos hechos “liberadores”, sabe que tiene que pagar un precio por ello, pero considera que es barato en relación a lo que significa salirse con la suya. La mejor prueba de esta aparente autonomía puede discurrirla el lector, imaginando que en cualquier momento puede, por un acto volitivo, abandonar la lectura de este libro en forma definitiva. Todas estas reflexiones sugieren la posesión de una fuerza que podríamos llamar “poder para hacer cosas”, algo de lo cual se siente muy orgulloso el sapiens. La conciencia, la inteligencia, la voluntad y la libertad, constituyen el cuaternario mitológico de la raza humana, la cual considera estos dones como “la enseña santa” que marca su condición de seres humanos, y ni por un momento se les ocurre dudar de que efectivamente son los poseedores de estos atributos.

Con el fin de ilustrar debidamente este capítulo sobre la libertad, formaremos un ternario junto con las palabras voluntad y deseo, ya que se encuentran íntimamente relacionadas con el tema que nos interesa.

Antes de proseguir quiero advertir algo que resulta de interés extremo para aclarar el desarrollo de esta obra, y es el hecho de que este libro pretende alumbrar de manera clara y abierta, podríamos decir, de un modo casi antihermético, a todos los que aspiran a realizar algo de manera real y efectiva en el camino de su propia superación espiritual, y para esto es de vital importancia que el sujeto conozca a fondo su verdadera naturaleza interna y su real posición en la escala vital de valores. En la medida en que el sujeto esté lleno de ilusiones sobre sí mismo y con respecto a la vida, su realización espiritual se vuelve imposible, constituyéndose solamente en un hermoso sueño de una persona bien intencionada. El mundo está lleno de espejismos de esta clase, que al final resultan ser nada más que artificios que usa la gente para evadirse de una realidad que le molesta. Ningún campo más propicio que el del esoterismo para abonar toda clase de fantasías de intelectos ansiosos de eludir la cruda realidad, ya que al enfrentarla, ésta tiene la gran desventaja que exige al individuo todo tipo de sacrificios y esfuerzos para que él pueda lograr lo que se propone, y esto resulta ciertamente penoso y difícil.

Es más simple para el haragán limitarse a soñar, sin esfuerzo ni riesgo de ninguna especie, ya que en los sueños todo es posible y no se corre el peligro de enfrentarse a situaciones arduas, conflictivas o traumáticas. Para estas personas, el ocultismo es el verdadero “ábrete sésamo” que les permite drogarse con la ilusión de una perfección y avance espiritual que sólo existe en su imaginación estimulada por deseos y temores inconscientes.

El buscador de doctrinas esotéricas sólo desea, por lo general, encontrar un sistema ideológico que justifique sus propios defectos y estimule sus sueños ocultos, aún cuando dicho esquema sea absurdo y evidentemente subjetivo o infantil.

Podemos afirmar que el sapiens entiende sólo lo que quiere entender, o mejor dicho, aquello que le conviene, descalificando en cambio, de manera absoluta, todo aquello que atenta contra sus pautas cerebrales o sus hábitos de vida o conducta. Éste es tal vez uno de los obstáculos más grandes a los que se enfrenta el estudiante de hermetismo o el neófito que aspira al discipulado. Analizar objetivamente, sin prejuicios, requiere una disposición flexible y abierta, para no limitarse a sí mismo y descalificar sin un proceso de reflexión vigílica y profunda, aquello que se está estudiando.

Sin embargo, por mucho que un sujeto se esfuerce en esto, no tendrá éxito si tiene una opinión demasiado elevada de si mismo, en relación a su propia inteligencia y saber. Basta que alguien se crea muy inteligente, culto, o sabio, para que deje de pensar imparcialmente, limitándose a un examen superficial de los conceptos, tomando con frecuencia, solamente su contenido, emocional o simbólico. La vanidad y el orgullo son dos vendas que ciegan al sapiens, impidiéndole ver lo que sería evidente para el observador despierto, imparcial, e impersonal.

Simbólicamente podríamos representar al sapiens como un personaje que se ha inflado a sí mismo, y que dicha condición lo impulsa, flotando por los aires, hacia regiones superiores, pero sólo en lo que a distancia del suelo se refiere. Desde les nubes contempla el mundo y se siente el ser más sabio y perfecto de la creación. Por desgracia, mientras permanezca en ese limbo se mantendrá también completamente alejado de la realidad vital y cotidiana. El primer paso que debe dar el estudiante de hermetismo, o de lo esotérico en general, consiste en poner efectivamente los pies en la tierra, y proceder aunque le duela, a su propio “desinflamiento”, hasta alcanzar el nivele real que le corresponde, ojalá en el punto más bajo posible, ya que no existe otra manera de partir que no sea desde cero. Si no se ha partido de cero, es una partida falsa, y por lo tanto, viciada. El estudiante debe llegar a vivir la experiencia de comprender en forma integral su propia insignificancia e increíble pequeñez ante la inmensidad del Universo.


Como ya lo hemos expresado en páginas anteriores, el sujeto debe “apreciar la magnitud de su ignorancia”, ya que solamente la inmensa humildad que se produce a causa de esta experiencia, puede conducir al individuo, junto con una poderosa motivación y adecuada vigilia, a las condiciones psicológicas necesarias para que pueda entender qué es hermetismo, y las trascendentales verdades que encierra. Si no se ha logrado esta condición de humildad y persiste el orgullo y una fuerte autoestima, junto a una disposición interna destructiva, resulta improbable que un individuo pueda jamás sacar algún provecho espiritual de la ciencia hermética. Es por eso que estamos tratando en esta obra de que el sujeto se vea a sí mismo como realmente es, y no como cree ser. Por ningún motivo debe el estudiante aceptar estos conceptos con la fe ciega de un creyente o un converso, por el contrario, debe cernirlos innumerables veces en el cedazo de una meditación serena y desprejuiciada, y en un estado de vigilia intensificada. Después no debe tampoco conformarse con esto; es preciso que compruebe estas enseñanzas en la práctica de la vida diaria, observando la experiencia propia y la ajena.

En la práctica y estudio del hermetismo existe un orden necesario que debe cumplirse para que el estudiante pueda llegar a la meta que se ha propuesto, y es respetando este ordenamiento que instamos al lector a que realice el mayor esfuerzo para comprender este trabajo. Hay tres etapas básicas que deben cumplirse para tener éxito, y éstas, son las siguientes:







1. Motivación







A)

2. Comprensión

Resultado:

Evolución




3. Práctica






Éstos son los pasos indispensables para que el estudiante pueda lograr su propósito. Su motivación debe ser poderosa; su comprensión, profunda y su práctica, intensa. El resultado de todo esto es la evolución del estudiante. No obstante, esto que a primera vista se ve tan simple, resulta de realización ardua y compleja, ya que generalmente falla alguna de las etapas y la evolución no se lleva a cabo.

Muchas veces el estudiante llega al siguiente resultado:





1. Motivación







B)

2. ---------------

Resultado:

estimulación de la energía masa (no hay evolución).




3. Práctica






En el caso B, el sujeto llevado por su entusiasmo se salta el punto segundo, llegando directamente a la práctica. También es posible, y esto es lo más común, que su propia incapacidad de entender lo lleve a soslayar este tramo, con lo cual el resultado será de una “estimulación de la energía masa”, es decir, una euforia corporal, pero sin el resultado que se pretende, esto es, evolucionar.

Debemos darnos cuenta de la importancia fundamental que tiene la comprensión profunda en el camino hermético, ya que ésta no es una senda de fe y autoconvencimiento, y sin una auténtica comprensión, nada real puede lograrse; sólo ilusiones subjetivas.
También es frecuente que se produzca el siguiente caso:





1. Motivación.

pobre







C)

2. Comprensión:

insuficiente

Resultado:

evolución insignificante.




3. Práctica:

escasa






Puede suceder también que la comprensión y la práctica sean aceptables, pero con una motivación muy deficiente. En ese caso, faltará el combustible necesario para que el sujeto pueda llevar a buen término su propósito espiritual.


Una vez hecha esta disquisición, analizaremos el triángulo compuesto por las palabras Libertad, Voluntad y Deseo.

En primer lugar debemos manifestar que el sapiens tiene una ambivalencia en relación a la libertad; la desea y la teme simultáneamente. Por lo general, la desea físicamente y la teme psicológicamente. El sapiens quiere su libertad física, política y económica; desea una total libertad de acción para cumplir con sus propósitos personales. Este anhelo representa, en el fondo, un ansia inconmensurable de poder, es decir, que el individuo quiere ser tan libre como para poder ejercer su poder en las personas y el medio ambiente. Siguiendo su deseo de libertad, procura por todos los medios a su alcance lograr su autonomía física, ideológica y económica. Opuestamente, obedeciendo su temor ancestral a la responsabilidad individual, se funde en sistemas religiosos, culturales y políticos, en los cuales “disuelve” su propio yo, liberándose así de la responsabilidad de sus propias decisiones y acciones.

Desde otro punto de vista, se entiende también la libertad como la falta de oposición a la acción o tendencia individual, haciendo de este modo posible que el sujeto pueda culminar sus propósitos, cualesquiera que éstos sean. Es por eso que muchos individuos buscan su liberación a través de una exitosa gestión económica, aduciendo que el dinero hace al sujeto libre y poderoso.

Sin, embargo, el sapiens deja de lado lo único verdaderamente importante en este aspecto, factor que en la práctica actúa como un verdadero carcelero (y a veces verdugo del sujeto). Nos referimos a la naturaleza interna del hombre; a sus sentimientos, instintos, y pasiones, que son sus verdaderos amos. La única libertad posible en esta vida es la liberación de las propias pasiones, ya que mientras éstas nos dominen, seremos meros títeres que obedecen al flujo y reflujo de los estados pasionales de las muchedumbres.

Toda autonomía se hace imposible al obrar, pensar, y sentir, en virtud de la influencia del medio ambiente sobre nuestra naturaleza interna. Cualquier dosis de libertad que hayamos tenido, desaparece ante la fuerza primitiva con que somos dominados por nuestra alma animal.

La libertad no depende de las condiciones físicas de un individuo; el recluso, en un establecimiento carcelario, puede ser más autónomo que un hombre que posee muchas riquezas y la libertad plena de movimiento. La única verdadera libertad es la libertad de sí mismo y la liberación del computador central de la especie. Mientras no se haya llevado a cabo esta obra, podremos ser grandes políticos, multimillonarios famosos, tener, gloria, honores, y poder, pero seremos tan esclavos, o tal vez más, que el más desposeído de los hombres.

Invitamos al lector sagaz a analizarse a sí mismo para establecer qué decisiones propias ha tomado en su vida de manera absolutamente libre, sin la compulsión de presiones externas o internas que obligan al sujeto a actuar de un modo determinado, simplemente porque no le queda otra alternativa, o bien, siguiendo la ley del menor esfuerzo. Debe considerar que esto no es decidir libremente, de modo autónomo y voluntario, sino que equivale a que las cosas le sucedan al individuo independientemente de su deseo. Partiendo desde la edad aproximada en la cual se pueden tomar decisiones, podremos apreciar que decidimos seguir una carrera determinada, por imitación, condicionamiento, o ambición. Que contrajimos matrimonio, por soledad, deseo sexual, falta de cariño, o conveniencia personal, pero no por libre elección. Elegir libremente implica decidir independientemente de las presiones internas y externas, de manera imparcial y objetiva, pesando cuidadosamente el pro y el contra, y determinando qué es lo que verdaderamente queremos, y en qué medida eso puede perjudicarnos o favorecernos, y qué grado de compatibilidad existe entre nuestro proyecto y los intereses familiares y sociales.

Hemos llegado, de este modo, a la segunda palabra de nuestro triángulo: Voluntad, que al final, es el elemento clave que puede arrojar más luz sobre el problema que nos ocupa. En efecto, ser capaz de elegir o decidir implica la posesión de un criterio maduro que se manifiesta a través de la, voluntad, la cual es el timón de nuestras vidas. Para ser libre tenemos que estar capacitados para decidir nuestra existencia voluntariamente. Sin embargo, aquí es donde Voluntad se confunde con Deseo, tercera palabra del triángulo. Efectivamente, es preciso reconocer que el ser humano no se mueve por el impulso de su voluntad sino por la fuerza de su deseo, el cual es motivado y concebido por los instintos o emociones preponderantes. Tener voluntad implica la posesión de un Yo Superior poderoso, estable, y maduro, ya que lo volitivo permite mantener la constancia de una línea de acción, lo cual no ocurre en la práctica, ya que el sujeto cambia constantemente su centro de gravedad o “yo directivo”. Tal como lo expresara tan acertadamente Gurdjief, el hombre no tiene un yo, sino que posee muchos yoes, los cuales, en realidad, lo poseen a él mismo, en forma instintiva y anárquica, a la manera pasional. Por eso es que el sapiens está cambiando tan rápidamente de propósito y de manera de pensar y sentir. De aquí nacen las enormes contradicciones internas, la desorientación, la duda, y la inestabilidad (¿qué estabilidad puede haber si cambiamos a cada instante?). Como el sapiens se da cuenta en forma inconsciente de este fenómeno, crea esquemas intelectuales lo más rígidos posibles, a fin de aferrarse a ellos y obtener así una improvisada firmeza. No importa que “yo directivo” esté actuando como amo de nuestra “casa biológica” (el cuerpo físico); el sólido esquema nos dirá qué es lo que tenemos que hacer. Éste es uno de los motivos por los cuales el sapiens “petrifica” su inteligencia, limitándose a un conjunto de circuitos fijos, estables y permanentes. Esto tiene algunas ventajas, pero son insignificantes al lado de los factores negativos que esto implica. Si bien es cierto que la “petrificación” sirve al sujeto para alcanzar una mayor estabilidad emocional o intelectual, y una adaptación al grupo en el cual se desenvuelve, por otra parte, convierte el individuo, conceptualmente hablando, en un “árbol de piedra”, rígido, inflexible, y estático, privándolo de la dinámica de las transformaciones.

Mientras el mundo cambia, este sujeto se aferrará a sus gastados esquemas, negándose a considerar la importancia y el contenido trascendental de aquellas transformaciones.

Sin un Yo Superior crecido y maduro, el hombre no tiene una verdadera voluntad, solamente la fuerza de lo desconocido y lo imprevisto lo empuja hacia una meta que por no haber elegido, la desconoce absolutamente. El sapiens es un eterno caminante hacia lo desconocido, e ignora completamente lo fasto o nefasto de su futuro. El presentimiento de este hecho lo empuja a "gozar de la vida" en forma compulsiva, con una búsqueda sistemática del placer del hoy, ya que carece de la certidumbre de un mañana; es un ente sin futuro, por lo menos, en lo que a propia elección se refiere. En estas condiciones, se comprende y disculpa, en cierta medida, la actitud materialista y netamente egoísta del sapiens, quien procura por todos los medios a su alcance, hacer vibrar su vacío e inerte mundo interno. Persiguiendo esto, prefiere muchas veces, el sufrimiento vano a la paz interna.

Careciendo de un Yo Superior, el sapiens se refugia tenazmente en un Yo Colectivo, el cual se proyecta dentro del individuo dirigiendo su vida. De este Yo, hemos hablado ya en capítulos anteriores, denominándolo Alma Colectiva o Computador central de la especie. Es así como la costumbre, la moda, la aprobación o rechazo colectivo de determinadas pautas de conducta, va dominando al sujeto, y termina por alienarlo de manera irresistible. Todos los hombres que parecen tener una actitud original y exitosa ante la vida, son imitados rápidamente por la masa, la cual adopta sin mayor análisis, su manera de proceder, pero sólo en lo aparente, sin pretender mirar bajo la superficie. Los astros de cine o las estrellas de la canción desatan una manía imitativa, ya que proyectan una gran imagen, y los “hombres grises” tratan de apropiarse de ella para destacarse de la gente.

Son escasas las personas que actúan auténticamente, siguiendo sus impulsos internos, manifestándose tal como son; la mayoría busca constantemente la aprobación ajena para justificar y reforzar su manera de proceder. Una costumbre característica de casi todas las personas, es la de atisbar frecuentemente la expresión facial de la gente con la cual alterna, a fin de establecer si esos rostros manifiestan aprobación o rechazo, modificando su actitud en consecuencia.

La masa, por su parte, busca continuamente líderes a los cuales someterse. Éste es el verdadero reconocimiento de su nulidad volitiva; necesita quien la dirija porque carece de voluntad para hacerlo por sí misma. Siempre el líder es el símbolo del hombre que tiene la fuerza, la audacia, la libertad, y la determinación de la cual carece el hombre común.

Negamos de manera terminante el libre albedrío del sapiens, y sostenemos que en verdad, de acuerdo al concepto oriental “todo está escrito”. El sapiens ocupa un nivel específico dentro del orden cósmico, y para él, todo está predeterminado y previsto. No obstante, no debemos entender este concepto de una manera absoluta, ciega y terminante, sino que es preciso interpretarlo en el sentido de que la persona está limitada a las posibilidades que le brindan los Señores del destino o Dioses zodiacales, pero que éstos no empujan al sujeto en una senda de una sola vía, sino que en su camino hay bifurcaciones que le presentan el dilema de una elección, pero siempre dentro del camino que le fue impuesto.

Si bien es cierto que para el sapiens, “todo está escrito”, no ocurre lo mismo con el hombre sabio que se liberó del alma colectiva animal y se convirtió en un hombre estelar. Para éste, nada está escrito, y él tiene en sus manos el libro de su destino y la pluma con la cual puede escribir lo que le plazca siempre dentro de las leyes que rigen el Universo; jamás en su contra).

El sapiens no puede dirigir su vida hacia donde, realmente lo desea; debe limitarse a dejarse llevar por la marea del “progreso” colectivo, cuyo flujo y reflujo está determinado por los Señores del destino.

Es así como se construyen las más grandes civilizaciones, obra en la cual se invierte mucha sangre, sudor, y lágrimas, sólo para que un día cualquiera el péndulo oscile hacia el otro extremo y se destruya todo rápidamente, quedando solamente ruinas, vestigios, y recuerdos. El péndulo de la vida arrolla y sobrepasa la creación humana, la cual, por muy importante y poderosa que sea, es aventada con el paso del tiempo, perdiendo de ese modo, cualquiera trascendencia que haya tenido. Sólo los dioses inmortales sobreviven el terrible Cronos.


EL HERMETISMO
El hermetismo es la Ciencia magistral del Universo, y llegó al planeta tierra en los tiempos de Lemuria, según lo afirma la tradición, traída por maestros extraterrestres, quienes pretendieron con ese acto trascendental, conceder al sapiens la posibilidad de una evolución superior, la cual, hasta ese momento, le estaba negada.

Desconocemos los motivos profundos de estos visitantes; solo sabemos que vinieron a este lugar y se quedaron mucho tiempo. Lo menos interesante es el hecho físico mismo de su llegada, y determinar en qué clase de naves pudieron arribar. Sin embargo, comentaremos el hecho de que un “artefacto espacial” no es el único medio de viajar en el Universo, y que es posible que seres humanos, o “humanoides”, como se les quiera llamar, pueden, bajo ciertas condiciones, y aún careciendo de un cuerpo material, desplazarse por el Universo a velocidades superiores a la de la luz. No es la luz lo que se desplaza más rápido en el Cosmos; es el pensamiento y creemos fehacientemente que es posible viajar en alas del pensamiento, lo cual está simbolizado por el dios Mercurio.

Desde nuestro punto de vista hermético no nos interesa tampoco el avance científico y técnico de los visitantes espaciales; nos ocupa solamente la ciencia de la naturaleza interna del ser humano, clave maestra absoluta de todas las ciencias. Es por esto, que con justicia podemos llamar al hermetismo La ciencia de todas las ciencias.

Desde los antiguos tiempos basta ahora, la ciencia hermética no se ha perdido ni desvirtuado, sino que se conserva en toda su pureza, aún cuando se han dado a conocer numerosas mistificaciones seudofilosóficas que se han transformado en sistemas que tienen un fondo hermético, pero que carecen del verdadero conocimiento.

En nuestra época el hermetismo está plenamente activo, y sigue dando al sapiens la oportunidad de escaparse de su clasificación u ordenación cósmicas, para ascender a un nivel infinitamente superior: el nivel del hombre, es decir, de la criatura en la cual se manifiestan plenamente las más altas cualidades hominales, de las que por cierto, carece el sapiens. Este prodigioso tránsito requiere de una auténtica mutación del sapiens, el cual, si tiene éxito en el proceso, abandona para siempre su condición de terrestre, para convertirse en hombre estelar.

Esto, no es ni una abstracción ni un símbolo, es una posibilidad absolutamente real, verídica, concreta y tangible. Por mucho que estudiemos las maravillas de la naturaleza, los prodigios de la ciencia y la técnica, no existe ni existirá maravilla igual a la que señalamos: la metamorfosis de la larva humana en hombre estelar.

Esto sucede en este momento, en nuestra época, en este mundo, y no es algo que la gente ignore, ya que se ha hablado mucho de una “tradición iniciática esotérica”. Sin embargo, el sapiens prefiere involucrarse en estudios absolutamente improductivos, intrascendentes, y temporales, que no le aportarán ningún beneficio que resista el paso del tiempo. En Santiago de Chile, en Buenos Aires, en París, en Pekín, Nueva York, Moscú o El Cairo, se están formando mutantes, hombres estelares que dejarán para siempre de ser terráqueos, aún cuando físicamente vivan en este planeta y colaboren más que nadie a un verdadero progreso. Es posible ser extranjero en su propio planeta, pero a la manera de los seres superiores, llevar una existencia sencilla, simple, y anónima. Los hombres insignificantes luchan continuamente para llamar la atención; los realmente importantes tratan de pasar desapercibidos.

Los “invasores” o “alienígenos”, como se ha denominado a supuestos visitantes de las estrellas, no están por llegar; están aquí desde la remota época de Lemuria, anónimos, y enteramente confundidos con la muchedumbre. Estos hombres han sido siempre “la luz de la humanidad”, los que llevan, a la manera de Prometeo, el fuego divino en sus manos, alumbrando, inspirando, y ayudando a los hombres terrestres, quienes se encuentran en un mero estado larvario en su evolución.

¿Qué hacen estos hombres estelares? ¿A qué se dedican? A las mismas labores de los hombres comunes, ya que deben ganarse el pan de cada día, pues su condición superior no los libera de la responsabilidad del trabajo. Por el contrario, mientras más consciente es un hombre, mayores responsabilidades contrae, y esto es fácilmente comprensible. Sin embargo, además de la lucha por la vida, realizan una intensa actividad hermética, es decir, que su existencia, sus acciones sus pensamientos, y sus ideas, tienen un propósito trascendentalmente superior. No se piense que estos seres viven procurando enseñar hermetismo a los terrestres; por el contrario, la ciencia hermética es un conocimiento estelar, prohibido a los terrestres, a quienes sólo se les puede transmitir esta enseñanza cuando cumplen exitosamente las formalidades de un proceso que llamamos Iniciación. Los que no llenan estos requisitos, no tienen derecho por mera curiosidad, a conocer lo que está vedado por las leyes del Supremo Creador o Gran Ordenador del Universo. No se crea tampoco que todos estos hombres estelares viven impartiendo el proceso de la Iniciación; solamente unos pocos de ellos, muy pocos, han tomado esta grave responsabilidad. El resto trabaja en otras labores que no viene al caso divulgar.

Siguiendo con nuestra explicación, existen dos clases de hombres estelares: los que originariamente llegaron del espacio extraterrestre y prosiguieron su evolución en este planeta, y los que por el proceso de la Iniciación se transformaron en Mutantes, los cuales alcanzaron por la elevación de su conciencia, la calificación de hombres estelares.

La manifestación más reciente del hermetismo (hablando del pasado), se dio en Egipto, en una época no precisada históricamente, con el “maestro de maestros” Hermes Trismegisto (el tres veces grande). La tradición asegura que este maestro llegó a nuestro planeta Tierra hace treinta mil años atrás. De aquí derivó su nombre la filosofía hermética, es decir, la enseñanza de Hermes, el que se constituyó en un perfecto heredero y continuador de los primitivos maestros.

Debemos entender que antes de Hermes, la ciencia hermética debe haber sido designada con otro nombre, pero esto no tiene ninguna importancia, ya que las palabras son solamente símbolos que pueden cambiar muchas veces, pero el objeto designado permanece idéntico en su propia naturaleza. Es así como en el curso de la historia la ciencia hermética adoptó muchos nombres, pero permaneció constante en su naturaleza interna. Los hermetistas más conocidos fueron los primitivos Rosacruces (no los que hoy día llevan este nombre), quienes adoptaron una serie de símbolos explicatorios para hacer más fácil la transmisión de la enseñanza a los estudiantes.

Debemos aclarar, que si bien es cierto existen hoy día algunos verdaderos Rosacruces, son desconocidos.

Los hermetistas, llámense rosacruces, magos, iniciados, maestros, brujos, etc., no están agrupados en una sola “Orden hermética” u “Orden Rosacruz”, sino que están diseminados por el mundo, siendo cada uno de ellos, autónomo, a pesar de laborar dentro de un plan común. Un hombre estelar puede ser un político eminente, un sacerdote, un maestro de escuela, un escritor, un cineasta, un militar, un artesano o un pensador cualquiera. Cada uno sabe qué es lo que está haciendo exactamente en esa posición. Estos hombres no actúan como maestros instructores; los maestros de sabiduría están generalmente a cargo de una escuela en la cual se imparte instrucción hermética; sin embargo, lo repetimos, son poquísimos.

Desde el momento en que hablamos de “filosofía hermética”. Mucha gente puede pensar que ésta es una disciplina abstracta y teórica, un mero ejercicio del pensamiento que no aporta nada práctico al individuo.
Además, ocurre que la filosofía tradicional brinda una inmensa gama de reflexiones sobre innumerables problemas que preocupan al sapiens. Los grandes filósofos que han existido en la historia de la humanidad, constituyen hoy día los pilares del pensamiento civilizado. Aparentemente, no habría mucho que agregar sobre lo que ya se ha dicho al respecto. Es por eso que hablar de filosofía hermética no altera ni conmueve a nadie. Debemos decir, por lo demás, que no pretendemos de ninguna manera llamar la atención, hacer sensacionalismo o proselitismo; solamente queremos comunicar algo al mundo, para que éste, en la medida de su capacidad conceptual, pueda entender los rudimentos del Arte hermético, o bien, negarlo, burlarse, o simplemente encogerse de hombros. A los grandes sabios herméticos no les interesa convencer a nadie; se limitan a cumplir su labor de iluminación espiritual de la Humanidad. Si su mensaje es escuchado, se regocijarán con la promesa de una nueva aurora del sapiens; si no son comprendidos ni apreciados, lo sentirán, pero no por ellos, sino por la gente que se privará de tan hermosa y fantástica oportunidad.

A los hombres estelares no les preocupa mayormente el paso del tiempo, ya que son inmortales en su naturaleza intrínseca. Pueden transformarse muchas veces, sufriendo el proceso que llamamos muerte, pero más allá de ésta conservan su identidad consciente y la memoria de sus conocimientos, volviendo cada vez a la existencia física como quien despierta de un sueño reparador. Es el sapiens, en cambio, quien debe preocuparse por el tiempo, ya que la brevedad de su existencia como identidad pensante lo obliga a trabajar aceleradamente si es que quiere transformarse en hombre estelar y obtener la inmortalidad.

Muchos se preguntarán cómo es posible que el hermetismo permanezca tan desconocido, si es que verdaderamente es algo tan importante. Otros, identificarán la filosofía hermética con el Yoga, mentalismo, ocultismo, parasicología, espiritismo, demonología, magia negra, etc., pensando que no existe tal secreto hermético, en vista de la abundante literatura que existe al respecto. Debemos advertir que el hermetismo no ha trascendido fuera de las verdaderas escuelas, porque es un arte para cuyo conocimiento hay que alcanzar un estado especial de conciencia, que si no se logra, todo lo que se estudie al respecto será charla hueca y vacía. La sabiduría de los hombres despiertos no puede ser comprendida por seres dormidos, por muy inteligentes que sean.

Podría creerse que la filosofía hermética es algo que debe estudiarse asiduamente en un retiro espiritual, aguzando el intelecto al máximo para cumplir lo antes posible con el “plan de instrucción”. Inversamente, y a diferencia de la filosofía tradicional, el hermetismo es algo profundamente vital, y el individuo debe enfrentarse a los diferentes avatares por los que pasa el hombre en su existencia terrena, con el fin de realizar la enseñanza de una manera práctica, ya que la filosofía hermética es el arte de vivir, el cual no se enseña en ninguna universidad ni colegio. El estudiante tiene que apoderarse de la sabiduría hermética con el sudor de su frente, conociendo la vida a fondo, atravesando por la mayor cantidad posible de experiencias, que le permitan, alumbrado con lo que va conociendo en teoría, realizarse a si mismo como un verdadero sabio hermético y hombre estelar.

El hermetismo es la única filosofía “viviente”; el único conocimiento que es idea, concepto, carne, sangre, y espíritu. Como es carne y sangre (recordemos a Jesús en la última cena) se renueva constantemente a sí mismo; es dinámico, flexible, y eternamente joven.

El hermetismo es la realización de la sabiduría como una filosofía viviente; es el espíritu universal y divino, transubstanciado en un cuerpo de materia viviente.

Por lo ya expuesto, no existe un “Molde hermético”, plantilla, o matriz que pudiera servir de modelo para producir hombres estelares según un patrón establecido; todo lo contrario, cada uno de ellos es verdaderamente único. Es por esto que la filosofía hermética no se enseña al modo tradicional en que el sapiens está acostumbrado a estudiar; en que el éxito está garantizado para el más inteligente o estudioso.

Si así fuera, si el hermetismo se impartiera según un programa de materias que el estudiante debe dominar, estaríamos creando hombres con su cerebro lavado, es decir, programados de acuerdo a un esquema, y por lo tanto, sería la violación de la esencia misma de esta ciencia, la cual busca la libertad, autonomía, y libre albedrío del hombre, por citar lo más simple y fácil de entender.

Es difícil que alguien comprenda cómo es posible “enseñar sin enseñar”, cómo se puede transmitir conocimiento sin una instrucción programada y metódica. La respuesta es simple: en el proceso iniciático se coloca al estudiante en condiciones vitales muy peculiares a fin de que él pueda, con criterio autodidacta, “crear su propio conocimiento”, cuya base se le entrega en instrucciones orales de carácter muy especial, y por un proceso místico que podríamos denominar “ósmosis mental”.

A decir verdad, el hermetismo no reconoce otra posibilidad de verdadero aprendizaje que no sea el aprendizaje autodidacta en el cual, es el propio sujeto quien se enseña a sí mismo, tomando la información básica de un instructor, o simplemente, de la palabra escrita. Consideramos que el sistema educacional que se utiliza en colegios y universidades adolece de un grave defecto: programa al estudiante en base a esquemas rígidos que se graban en su cerebro con la fuerza del prestigio y la autoridad de estos planteles, dañando seriamente la inteligencia del alumno, la cual se convierte en una capacidad estática, enfocada solamente en lo que el sujeto aprendió, casi imposibilitada de enfrentar el análisis profundo de cosas verdaderamente nuevas y diferentes. A nivel profesional, resulta sensible observar a los especialistas, que han sido modelados de acuerdo a un estereotipo básico, tal como quien fabricara elementos en serie.

La ciencia hermética es la única que no programa cerebralmente al individuo, manteniendo su inteligencia libre de circuitos mecánicamente establecidos. La inteligencia del hombre estelar es libre y desprogramada. La explicación de la manera como se puede hacer esto, está fuera del alcance de un intelecto programado, y por lo tanto no es materia para exponer en esta obra. Solamente, a manera de orientación general, podemos sugerir al lector que reflexione en la relación que existe entre lo particular y lo general, y en el dicho popular que expresa que nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. En efecto, sólo al elevarse por encima de las múltiples caras de la verdad, puede conocerse la verdad absoluta, que sintetiza en sí misma lo que es y lo que no es, la verdad y la mentira, el bien y el mal, la ignorancias y la sabiduría, la vida y la muerte.

Llamaremos también la atención sobre los koanes que se emplean en el budismo Zen, como un ejemplo de lo que estamos diciendo. El koan, es una especie de diálogo simbólico entre un maestro y sus discípulos, el cual plantea un interrogante que no puede resolverse intelectualmente, por estar más allá de la razón. Se tratar con esto de destruir el pensamiento conceptual y trascenderlo, para llegar a la naturaleza esencial y única de todas las cosas.

El hermetismo, por ejemplo, dice que “todo es mente” (la palabra mente, ha sido elegida para designar la energía única del Universo, pero igualmente podría usarse otra, tal como espíritu) y que la naturaleza del Universo es mental. De esta manera, la naturaleza profunda de todo lo que existe estaría compuesta por energía mente. El átomo es mente; el hombre es mente; Dios es mente.

Aquí reside el interés máximo del filósofo hermético: en apoderarse del conocimiento de la esencia única de todas las cosas, la cual, como está en todas partes, es la clave maestra de la sabiduría.

La vida misma es contradictoria y paradojal; nadie se explica, por ejemplo, que si existe un ser supremo haya tanta injusticia en este mundo. A la luz de la sabiduría hermética se disipan todas las contradicciones y se reconcilian las paradojas, llegándose además a comprender la causa oculta de todas las cosas.

La verdad es la exageración de lo simple, y para llegar a lo simple no se requiere de una gran sapiencia o instrucción en las materias tradicionales. Eso sí, resulta indispensable tener un grado mínimo de cultura, ya que de otro modo nuestra inteligencia carecería de datos con los cuales trabajar para llegar finalmente a la síntesis, estado en el cual el sujeto no necesita de una cultura, por lo menos en el sentido acostumbrado.




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