John baines



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VIVISECCIÓN DEL SAPIENS
El homo sapiens es una paradoja viviente. No sabríamos decir si es la más grande o la más insignificante de las criaturas, que habitan la tierra. En él se aúnan las cualidades más excelsas con las pasiones más ruines, viles y perversas. Hay mucha gente buena, pero los malos son más numerosos. Llamamos bueno al que cumple con las leyes, respeta a su prójimo, y hace el bien en general, es decir, trata de ayudar a los demás en la medida de sus fuerzas. Denominamos malo al sujeto destructivo, amoral, que goza perjudicando a la gente de alguna manera.

Por desgracia, tanto el bueno como el malo son de esa manera sin que intervenga para nada en ellos mismos su propia volición. El bueno es bondadoso a pesar de sí mismo. El malo no puede evitar ser como es. Aún más, lo justifica y acepta. La situación se complica al observar que hay hombres buenos pero “tontos”, y muchos malos inteligentes.

¿Cómo hacer para seleccionar nuestras amistades? ¿Cómo medir a quién haremos depositario de nuestro afecto? ¿De qué manera podemos autocalificarnos para valorar nuestra ubicación como personas vivientes?

No podemos dividir el mundo en buenos y malos, ricos y pobres, inteligentes y tontos, o personas importantes o insignificantes. Generalmente el sapiens se agrupa por simpatías instintivas que escapan a todo análisis. Esta alineación se establece comúnmente por las cualidades o defectos. Lo similar busca lo similar, salvo en la relación amorosa, donde lo contrario es más frecuente.

Los hombres de ciencia estudian constantemente la psicología del sapiens, procurando justificar, de algún modo, sus infinitas contradicciones. Se han escrito incontables tratados y ensayos sobre la moral, el amor, la ética, la vida, la muerte, lo finito, y lo infinito. No obstante, muy poca luz ha surgido sobre la verdadera naturaleza del sapiens. No se debe esto a que la ciencia ignore demasiadas cosas, sino al hecho sorprendente de la inutilidad que reviste el saber, al comprobar la incapacidad de la persona humana, de “aquilatar” o “tomar el peso” a los alcances o proyecciones de conceptos determinados. Diciéndolo de otra manera, si afirmamos que el ser humano vive permanentemente en un estado sonambúlico, el estudiante puede entender perfectamente la idea, especialmente si está bien documentada, pero será absolutamente incapaz de proyectarla al contexto general de la vida humana y natural. Es decir, no captará ni remotamente, todo el horror que encierra la afirmación que nos sirve de ejemplo.

Es así como las más impactantes realidades permanecen “ignoradas”, a pesar de que son de público dominio. Uno de los hechos más impresionantes es precisamente nuestra condición biológica de animales. No lo pensemos abstractamente, sino que repitámoslo varias veces: “soy un animal, soy un animal, soy un animal”. Pensemos en lo que esto verdaderamente significa y en todo aquello que involucra. Sabemos que la mayoría de las personas dirán que entienden perfectamente que son animales, pero también estoy seguro que les resultará absolutamente imposible visualizar las asombrosas proyecciones que esto tiene. Debido a lo cual, podemos decir que “la ciencia sabe mucho pero lo ignora casi todo”. Al respecto, podemos recordar con agrado el libro de Desmond Morris, “El mono desnudo”, un estudio sobre el animal humano. Este libro dirigido al gran público, produjo un gran impacto, por el crudo examen de las características animales del sapiens, haciendo de él un acertado retrato zoológico. ¿Y qué ocurría antes de esto? ¿Acaso la gente no sabía que el sapiens era un mono? Por supuesto que sí, pero nadie “pesaba” el significado que esto tenía.

Y sin embargo, el sapiens se siente profundamente orgulloso de su talento, de su genio creador, de su capacidad de raciocinio, de su capacidad de afecto y de su poder creador, autodenominándose “la más alta manifestación viviente de la inteligencia”, o “la criatura viviente más perfecta”.

Particularmente satisfecho se muestra el sapiens con su cultura, aduciendo que la capacidad de transmitirla a generaciones venideras lo diferencia enormemente de las demás especies animales, las cuales, en apariencia, carecen de esta facultad.

De igual modo, sapiens afirma poseer altísimos privilegios inherentes al grado de “civilización” obtenido por su especie. También hemos oído frases tales como: “todo ser humano tiene derecho a ser feliz”, o bien “todo ser humano es libre por naturaleza”. Diciéndolo de otro modo, esto equivale a sostener que por el solo hecho de haber nacido, una criatura sapiens tiene derecho a libertad, felicidad, amor y bienestar.

Pretendemos mostrar (no demostrar ya que escribimos sólo para las personas inteligentes, que no necesitan ser convencidas, sino que se convencen a sí mismas con argumentos inteligentes y razonables) que el homo sapiens no solamente no tiene derecho ni a libertad, ni a felicidad, ni a bienestar alguno que no se lo gane a sí mismo, sino que además, no es ni remotamente tan inteligente, racional, y superior como él mismo lo cree.

Por el contrario, queremos establecer la escasa importancia del homo sapiens ante la naturaleza, y su absoluta mediocridad intelectual, como asimismo, su condición eminentemente sonambúlica y su existencia absolutamente fantasiosa, mentirosa e irreal. En otras palabras, el sapiens es sólo una criatura funcionalmente deficiente y antropológicamente infantil, que por motivos psicológicamente comprensibles (autoestima), prefiere sepultar esta convicción en lo más profundo del subconsciente, y soñar, en cambio, en su propio e ilusorio poderío, importancia, voluntad e inteligencia.

Sería absurdo pensar que en un mundo habitado por seres racionales, conscientes, e inteligentes, exista el peligro latente de una destrucción total por una guerra nuclear. El solo hecho que existan leyes punitivas demuestra que la gente no se conduce teniendo como guía a la razón, la justicia, la tolerancia, el deber, y la corrección.

La locura, los complejos, el suicidio, los crímenes pasionales, los trastornos psicológicos, la angustia, la ambición descontrolada, el asesinato, nos prueban, justamente, el irracional comportamiento de las personas.

Es así como el sapiens pretende poseer una serie de cualidades, poderes y privilegios, que existen sólo en su imaginación. Cuando Calderón de la Barca dijo que “la vida es sueño”, tenía muchísima más razón de la que jamás nadie podría pensar.

La especie sapiens es la cantidad, el número, el material provisto por la naturaleza para que según sus propias leyes, se produzca la selección de unos pocos seres que son los que finalmente llegan a una meta evolutiva. Estos pocos pueden alcanzar verdaderamente una condición humana, y gozar de todos los privilegios que esto involucra, tales como libertad, felicidad, bienestar, amor, etc. La masa proporciona simplemente la materia prima para el experimento social de la naturaleza y de la historia. La naturaleza es fría y no tiene preferencias ni simpatías por nadie en especial.

Esto no debe ser motivo para que la gente se desprecie a sí misma, creyendo injustificadamente ser criaturas inferiores; lo que ocurre, sencillamente, es que el homo sapiens, según su edad evolutiva es apenas un niño, que en su condición de tal no puede avergonzarse de no ser como los adultos. En efecto, sabemos que el comportamiento relativamente consciente del ser humano alcanza apenas a unos miles de años, y que si tuviéramos que comparar su edad con la de un ejemplar sapiens (edad cronológica de una persona), diríamos, que como especie tiene apenas 8 ó 10 años de edad.

Cabe esperarse que cuando llegue a su mayoría de edad, la cual tiene que medirse por tiempo cósmico y no terrestre, logre una mayor madurez.

Hoy en día la humanidad acepta como “normal” a todo individuo cuyo comportamiento biológico y psicológico se ajuste a la “norma” general, es decir, a las pautas colectivas. “Anormal” es todo aquél que se aparta de estos esquemas. No obstante, jamas pensamos cuán lejos o cuán cerca estará lo “normal” de lo óptimo. Podría ocurrir que lo “normal” esté mucho más cerca de lo deficiente, imperfecto, o pésimo, que de lo óptimo.

¿No sería posible, por ejemplo, que los genios no sean los extraordinariamente inteligentes, sino que al revés, el resto de la humanidad extraordinariamente tonta? Debernos aceptar que esto es perfectamente posible, ya que carecemos de hitos o puntos de referencia para comparar a la raza humana con otra. Suponiendo que realmente todos los habitantes del planeta fuéramos dementes, ¿que posibilidades tendríamos de darnos cuenta de esto?

Un individuo solamente puede hacerse consciente de estos fenómenos si en virtud de una experiencia mística, trasciende su condición de sapiens, y se eleva a un estado de profunda conciencia y absoluta vigilia, en el cual su tremenda claridad mental lo hace comprender “verdades absolutas o eternas”, en contraposición a las “pequeñas” verdades, temporales y relativas, que maneja en su vida habitual.

Durante esta elevación de la conciencia, el individuo puede ver que el ser humano “normal”, es verdaderamente anormal, en el sentido de un ser viviente deficientemente realizado. Observará al sapiens como un retrasado mental (no intelectual), como un irresponsable, como un sujeto hipnotizado.

Este proceso de conocimiento, el cual ha sido llamado “revelación o iluminación” en algunos hombres “santos”, se ve confirmado posteriormente, al salir el individuo de su estado superior y bajar a la condición común, por su ulterior observación del comportamiento de las personas, las cuales actúan probando y demostrando en la vida cotidiana, la veracidad del saber que el iniciado adquirió.

Contra lo ya expuesto se objetará que el avance extraordinario de la ciencia, prueba la inteligencia y capacidad del ser humano, y que la civilización la demuestra. Sin embargo, esta impugnación se justifica solamente por el hecho de que el sapiens tiene en alta estima la inteligencia, considerándola como la más alta manifestación humana. Se comprende entonces, que se venere la acción y memoria de los grandes intelectuales, superados en poder y prestigio solamente por los grandes millonarios. Un genio será, de este modo, recordado vigorosamente por la historia, aun cuando fuere el inventor de un arma letal que destruyera a media humanidad.

El hermetismo refuta el hecho de que la inteligencia sea el elemento más valioso del individuo humano, y sostiene, en cambio, que su fundamento más precioso e inapreciable es la conciencia (en el sentido de ser más consciente, más despierto, más alerta, más juicioso, más sabio).

Esta facultad, la conciencia, de la cual carecen la mayoría de las personas, solamente puede nacer en sujetos que por variados factores han alcanzado en la vida un nivel de vigilia más alto que el normal, es decir, que en cierta manera han despertado, liberándose del sueño sonambúlico que aqueja a la masa.

Aseguramos que el sapiens es un ser integralmente programado, a nivel cerebral, emocional, instintivo, y físico, en general. Aquello que la psicología llama “personalidad”, podemos también definirlo como “programa individual”. Un sujeto cualquiera tiene una compleja y extensa programación cerebral, por efecto de la herencia, la educación, la cultura, la imitación, el aprendizaje, los reflejos condicionados, etc. De esta manera, cuando un individuo piensa, puede hacerlo solamente dentro del texto básico de su programa cerebral, del cual no puede apartarse por motivo alguno, aun cuando se esforzara en lograrlo.

Cada sujeto debe atenerse forzosamente a su guión cerebral, y no puede hacer otra cosa que manifestarse en él y por su intermedio.

A fin de comprender lo que tratamos de explicar, pensemos en programación y conciencia como en elementos absolutamente opuestos, ya que conciencia implica capacidad de cambio, elección, y autogobierno, lo cual, obviamente, no es posible en un ente que es la manifestación visible de un programa. El Gran Programador puede ser denominado Dios, Padre Universal, Inteligencia Cósmica, o como se le quiera nombrar, pero siempre sabremos a que nos referimos.

Debido a su programación cerebral y a otros fenómenos poco conocidos, el ser humano vive, como ya lo hemos dicho con anterioridad, en un permanente estado sonambúlico. ¿Qué es un sonámbulo? El diccionario define el sonambulismo como “sueño anormal durante el cual el paciente se levanta, anda, y a veces habla”. Genial definición para nuestro propósito, solamente que la expresaríamos de la siguiente manera: “sueño que afecta a toda la humanidad, durante el cual, se levanta, anda, lucha, ama, odia, goza, sufre, piensa, procrea, vive, envejece, y muere, sin darse cuenta jamás de su condición hipnótica”. Recordemos que el conocimiento de la hipnosis se originó en las escuelas esotéricas, y que la ciencia, aún habiéndole adoptado, está muy lejos de conocer.

Sin embargo, el individuo duerme en la noche, pero está despierto en el día. Lo que no se considera es que sueño y vigilia representan puntos extremos de la conciencia psicológica, pero que entre estos polos hay muchos grados. Así, una persona puede estar, durante la noche, ligeramente dormida, muy dormida, profundamente dormida, o “profundísimamente” dormida. Lo mismo ocurre con la vigilia, en la cual, un hombre puede estar apenas despierto o extremadamente alerta. Pues bien, el sapiens se acostumbró insensiblemente a creer que su estado habitual de conciencia durante el día es el de “estar despierto”, cuando en realidad es un estado de sueño hipnótico o sonambúlico, en el cual, sin embargo, el sujeto puede desenvolverse con apariencias de vigilia, ya que la inteligencia programática no se ve, en apariencia, afectada por la hipnosis, especialmente cuando no hay nadie lo suficientemente despierto como para hacerlo notar. La historia nos relata, empero, los episodios de la vida de algunos filósofos que por haber devenido “hombres despiertos”, comprendieron la verdad, tuvieron acceso a una realidad profunda y substancial, y trataron de comunicar su conocimiento a los demás hombres para ayudarlos a despertar. Algunos así lo hicieron, pero la inmensa mayoría permaneció sorda, ciega, y muda.

No obstante, la gran mayoría de los filósofos han sido solamente grandes pensadores, pero no hombres despiertos; gigantes del intelecto, pero no de la conciencia. Es por eso que la filosofía tradicional ha sido siempre tan árida, tan fría, tan abstracta, y tan poco práctica. Estos filósofos fueron solamente “enamorados de la verdad”, pero en forma de una imagen o símbolo, y no como una realidad viviente.

De este modo, la inteligencia que posee el sapiens, aun cuando sea genial, es una inteligencia mecánica, muerta y programada.

¿Y qué hay de la capacidad creadora?, se nos objetará, cuando el hombre prueba su genio creador a cada instante. Replicamos a esto diciendo que el programa cerebral y cultural del hombre docto o sabio, crece constantemente, pero siempre siguiendo los patrones ya establecidos en el texto. El sujeto puede estudiar o investigar constantemente, pero siempre dentro de los límites del contenido básico de su intelecto. Así, acumula miles de elementos heterogéneos y homogéneos, los cuales, en su diario quehacer intelectual pueden dar lugar a infinitas combinaciones, que se han dado por la mecánica del pensamiento en el trabajo cerebral, pero no por un auténtico proceso de creación. En este mundo regido por la inteligencia mecánica, será tanto más inteligente aquél que más información posee en su programa, y que sea capaz de manejarla en la forma más ágil posible.

El filósofo hermético, que se ha convertido realmente en un hombre despierto, tiene una inteligencia viva, despierta, creadora y desprogramada, al revés del común de los mortales. Esta inteligencia se manifiesta más allá de lo puramente intelectual, llegando a la cima de una concepción integral en la cual la inteligencia debe rebasar el ámbito intelectual para llegar a la dimensión de lo mental. En efecto, hemos dado a la palabra mente un significado que no tiene habitualmente, definiéndola del siguiente modo: “inteligencia y conciencia nacida de un aprendizaje en estado de vigilia intensificada”.

El hombre común carece de mente, y debe conformarse con manejar su limitada inteligencia y conocimiento, desarrollados en base a un aprendizaje sonambúlico, o sea, en estado de sueño o hipnosis.

El hermetista, con su mente, puede llegar al conocimiento de las verdades absolutas y eternas, en oposición a las verdades relativas y temporales del sapiens. Las metas del hermetista son eternas; las del profano, temporales y finitas.

Privado de las posibilidades superiores de la mente, el sapiens presiente en forma oscura su propia debilidad e indefensión ante el destino y la muerte, la enfermedad, la guerra, la pobreza, y los cambios peligrosos. Es por eso que siempre ha buscado líderes o jefes cuya fortaleza supla su propia debilidad. Guiado por el mismo afán ha inventado dioses, a los cuales pide el poder y la fortaleza de la cual él mismo carece. Toda la estructura de nuestro mundo civilizado se basa en la absoluta debilidad, cobardía, impotencia, ignorancia, e indefensión del individuo humano, el cual fabrica sistemas colectivos de protección, apoyo y control, para así suplir externamente su endeblez interna.

Prefabrica una cultura, una moral, credos religiosos, leyes y sistemas policiales para reprimir a quienes vayan contra los comunes intereses del momento histórico. Planifica y programa la vida comunitaria y el futuro de sus hijos. Internamente, en cambio, la chispa espiritual desfallece cada vez más ante la deshumanización progresiva de un mundo que en verdad nunca fue humano, sino, “animal-inteligente”. El mundo ha glorificado la ciencia, olvidándose en cambio de la naturaleza humana.

El centro de gravedad de la conciencia psicológica del sujeto se proyecta cada vez más hacia el mundo externo, efectuando un progresivo abandono de sí mismo para encarnarse en los hijos monstruosos de la civilización: los bienes de consumo, las máquinas, el cine, y la televisión. La a publicidad y la prensa son los dos super monstruos de la época, herramientas con las cuales se manipula hábilmente al hombre para convertirlo en un perfecto autómata, obediente consumidor de tales o cuales productos, y respetuoso servidor de ideologías y sistemas, que a la vez sirven a pequeños grupos de poder. Si bien es cierto que vivimos en la era de las multitudes, y que su voz ha reemplazado a la autoridad de reyes y príncipes del pasado, no es menos cierto que la historia es el conflicto de las minorías, es decir, de los líderes que dirigen la masa.

Por ser de interés extremo, transcribo las palabras del profesor Ludwig Von Bertalanffy, de la Universidad de Alberta, USA:

“El comportamiento es una reacción provocada por estímulos externos”... “en la medida en que el comportamiento no es connatural o instintivo, obedece a influjos externos a los que el organismo ha estado sometido anteriormente: el condicionamiento clásico según Pavlov, el condicionamiento instrumental según Skiner, los sucesos vívidos en la temprana infancia según Freud, los refuerzos secundarios según teorías más recientes. Se deduce de esto que el aprendizaje elemental, la enseñanza y la vida humana en general, son esencialmente reacciones a condiciones externas: comienzan en la temprana niñez con la imposición de normas elementales de limpieza y otras interferencias que conducen a un comportamiento socialmente aceptable y frenan la conducta que no lo es; siguen con la enseñanza, que se da mejor según los principios de Skinner de refuerzo de las reacciones correctas y utilizando máquinas de enseñar; y acaban en un hombre adulto incorporado a una sociedad opulenta que a todos hace venturosos, un hombre al cual se condiciona en forma rigurosamente científica con los medios de información pública de las masas para hacer de él un consumidor perfecto, o sea, un autómata que responde adecuadamente reaccionando de acuerdo con lo preceptuado por el predominante conjunto político”... “El hombre como máquina que puede ser programada; todas esas maquinas idénticas como automóviles salidos de la cadena de montaje; el equilibrio o la comodidad como desiderátum; el comportamiento como una operación comercial de gasto mínimo y beneficio máximo; tal es la expresión perfecta de la filosofía de la sociedad comercial. Estímulo-reacción, ingresos-salida, productor-consumidor, todo ello corresponde al mismo concepto expresado en términos distintos”.

Sigue el profesor Bertalanffy: “Se me da un ardite en qué medida los profesores A, B o C hayan modificado a Watson, Hull y Freud o reemplazado sus tajantes asertos por circunloquios más restringidos y alambicados. Pero sí me importa, y mucho, que su espíritu siga dominándolo todo en nuestra sociedad y, lo que es más, que se juzgue necesario para la supervivencia de. la misma; es reducir al hombre al nivel inferior de su naturaleza animal y manipularlo con miras a degradarlo a consumidor autómata y estúpido, a un fantoche manejado por los hilillos de la fuerza política entonteciéndole sistemáticamente con un perverso sistema de enseñanza; en resumen, deshumanizándolo más y más por medio de una complicada tecnología psicológica. Los efectos de tales manejos los vemos en todas partes: “en la indecible vulgaridad de la cultura popular; en los insufribles niños y mozalbetes que no saben hablar su propia lengua cuando ingresan a la Universidad, pero permanecen embobados ante el televisor cinco horas diarias”... “sociedad en la que la insensata y despiadada competencia llena millares de manicomios; en la política que ha transmutado la democracia de Jefferson en un rebaño fácil de manejar”... “la persuasión de la multitud es una de las artes más antiguas”... “el arte de persuadir a la multitud pasó a ser una ciencia que utiliza mecanismos y técnicas psicológicas”... “Éste, además de las armas nucleares es el gran descubrimiento de nuestra época: la facultad de modelar a los hombres y trocarlos en autómatas “compradores” de todo, desde pasta dentífrica y Beatles hasta presidentes, la guerra atómica y el propio aniquilamiento”.


El sapiens, alienado por estas poderosas fuerzas, es un simple títere al cual no le queda otro recurso que vivir su vida y cumplir con el papel que le ha sido asignado en el drama de la creación.

¿No será ésta una gigantesca y horrenda conspiración planificada por anónimas potencias, o será sólo un pasatiempo de los dioses?

El bombardeo constante de los medios audiovisuales que impactan poderosamente a la psiquis del sujeto, los múltiples requerimientos de la sociedad, y la complejidad creciente de la vida civilizada mantienen a la persona fascinada y en suspenso, como en un verdadero trance sonambúlico, del cual difícilmente despertará, ya que la relación entre el sujeto y el medio es un constante proceso de retroalimentación, el cual actúa como elemento de mantención y refuerzo de la hipnosis.

El hermetista puede aislarse psicológicamente de esta influencia negativa y permanecer despierto, pero debe obligadamente compartir con la gente las circunstancias materiales que ese derivan de esta situación de sugestión colectiva.

Por cierto que la sociedad no es la causante del sueño sonambúlico del sapiens, sino que solamente actúa manteniéndolo y reforzándolo. El sueño es una fuerza universal que está presente en todo el Cosmos, y que se manifiesta de diversas maneras.

Según la tradición hermética, cuando el Supremo Creador expulsó al hombre del paraíso, lo castigó injertándole en el cerebro un mecanismo de sueño hipnótico, a fin de que fuera un obediente siervo de las viñas del Señor.

Los maestros herméticos, deseando compartir la dicha de un estado vigilia superior con quienes estén preparados para ello, mantienen escuelas herméticas donde se concede al sujeto “una oportunidad” de liberarse de la esclavitud del sueño que, convierte a los hombre en “instrumentos animados manuables”, definición del esclavo dada por Aristóteles.

La Cofradía de los Brujos invita a todo aquél que esté lo suficientemente capacitado, a la realización de esta magna obra para que se una a su movimiento espiritual. Afirmamos que el hombre puede recuperar el paraíso perdido y aún ganar ventaja, ya que puede volver a habitarlo “después de haber comido el fruto prohibido”, que según lo expresa la Biblia, haría al hombre similar a Dios.

Sin embargo, esta invitación es solamente para los que tengan “ojos para ver y oídos para escuchar, ya que los labios de la sabiduría permanecen cerrados para el que no sabe escuchar”.

No se piense, no obstante, que cualquiera puede cruzar la puerta que conduce a la dicha suprema y a la inmortalidad. Al revés, “muchos serán los llamados y pocos los elegidos”.

Cada persona tiene su “nivel personal”, y si ese nivel es demasiado bajo, cultural y conceptualmente hablando, es insalvable el espacio que tendría que salvar para ponerse a la altura de una escuela iniciática verdadera. Puede, en cambio, prepararse para la iniciación llevando una vida virtuosa y disciplinada, procurando llegar a una autosuperación moral y espiritual. Muchas veces la vida misma ha preparado lo suficiente a un individuo. No hay normas rígidas en esto; en determinados casos se exigirá a un individuo una educación superior como requisito básico para ingresar a una escuela, ya que sin una base cultural le sería imposible comprender la enseñanza, y su camino sería un “acto de fe”, lo cual es insuficiente.

Debemos considerar que a pesar de que el sapiens está íntegramente programado, y esto lo perjudica de la manera que hemos analizado, posee la chispa divina, y que este sólo hecho le brinda de inmediato todas las más grandes posibilidades de redención y ascenso.

Esto lo podemos observar en aquellas personas que por alguna causa tienen una chispa divina más poderosa que lo común, y que demuestran este hecho realizando toda clase de buenas obras y enfrentando la vida con un criterio superior. Si vivisectamos al hombre es sólo para mostrarle sus posibilidades de evolución, y no con el ánimo de una crítica destructiva o cruel.
EL ALMA COLECTIVA DE LA ESPECIE
Aristóteles definió un esclavo como un “instrumento animado manuable”. Esta pavorosa descripción no ha sido jamás tan acertada como hoy día si la aplicamos al ser humano en general, ya que el individuo es un mero apéndice y caja de resonancia de la especie. El “homo sapiens” al igual que las otras especies animales, posee un alma colectiva que regula y dirige la evolución de la raza. Esta alma colectiva produce las migraciones de las aves, regula la reproducción, dirige los diferentes cambios y adaptaciones, provoca los períodos de celo, y en general, dirige el comportamiento instintivo de las bestias. El sapiens por el hecho de pertenecer al reino animal no puede estar libre de esta fuerza directora, la cual, en efecto, lo controla, dirige, supervigila, y regula, actuando como una mente común que sofoca el pensamiento propio.

Esta alma común ha sido llamada por Jung, “el inconsciente colectivo”, sin llegar a hablar de un “alma animal”, no obstante haber poseído, con seguridad, este conocimiento. Este inconsciente colectivo es en realidad el alma animal del sapiens. El sólo hecho de comprender, aceptar, y “tomar el peso” a este asunto, significa visualizar el fundamento más importante de la vida del sapiens, ya que el impulso bestial actúa como el motivo básico de todas sus acciones.

La personalidad es sólo un reflejo del alma común, la cual moldea con un poder insospechado la psiquis del sujeto. Es nada más que una emanación del depósito común, la cual se incorpora y personaliza en un individuo, quien llega así a tener, si es que se puede usar esta expresión, “un alma animal de su propio peculio”, miniaturización y singularización de la gran alma colectiva.

De este modo, el sujeto recibe de sus padres una herencia corporal y genética, y de la humanidad, el legado del poder y de la inteligencia animal. En estas condiciones, ya es muy difícil que el sujeto llegue a sobreponerse a esta compulsión arrolladora y pueda llegar a formar su propia personalidad individual. Debe conformarse con compartir el destino común de sus congéneres, a no ser que tenga la “suerte” de llegar a una escuela hermética.

Sostenemos que no puede haber un verdadero progreso espiritual y moral si el hombre no corta el cordón umbilical que lo une al computador central de la especie, el cual sustenta las características “bestiales”.

Este acontecimiento memorable, único, trascendental e irreversible, es el que se lleva a cabo en el seno de las verdaderas escuelas herméticas. Las otras, en cambio, no tocan para nada el alma animal del estudiante, limitándose a impartirle determinada enseñanza, la cual, con seguridad, será utilizada para bestializar aún más la inteligencia.

He aquí un fenómeno común de nuestro tiempo: la bestialización de la inteligencia. Mientras más inteligente se vuelve un individuo, más grande será el poder de su bestia, quien utilizará ese intelecto para satisfacer sus propios instintos, sin preocuparle nada más.

El programa colectivo (del alma colectiva) basado en una feroz e inhumana competencia, obliga al individuo a matar para comer. La muerte tiene muchos grados, y la destrucción física es el último. Antes viene el lento declinar proveniente de la destrucción de los anhelos interiores. Podemos matar anulando las voluntades ajenas o explotando sin misericordia a otros; devolviendo mal por mal, destruyendo el amor, la cordura, la felicidad, y la paz de las personas; calumniando, injuriando, o manifestando una fría insensibilidad ante los problemas ajenos.

El futuro de la raza humana no parece muy promisorio: el acelerado desarrollo de una inteligencia fría y deshumanizada, sin amor ni contenido espiritual.

El “progreso” está concibiendo titanes de la inteligencia, pero pigmeos del espíritu, con la conciencia y la sensibilidad humana atrofiadas por un vasto programa cerebral y cultural al servicio ulterior del computador central de la especie.

La única posibilidad de salvación la tiene el individuo aislado, es decir, aquél que por medio de la cultura hermética logra su autonomía vital, desligándose del cerebro central.

Por desgracia no pueden salvarse todos, ya que junto con la extinción de la especie sapiens se producirían graves desequilibrios cósmicos al dejar de operar el computador central, el cual cumple funciones necesarias para la armonía planetaria de nuestro sistema.

¿Qué porvenir espera a quienes no pueden salvarse?

Nada dramático ni espectacular, unos podrán reencarnar y seguir una lentísima evolución a través de muchas vidas, y otros se desintegrarán, es decir, tendrán el tipo de muerte que espera la mayor parte de la gente materialista, que cree que todo se acaba en la tumba.

La telaraña onírica que apresa al hombre es tremendamente sutil y compleja, pero al mismo tiempo brutalmente evidente cuando se aprende a observar determinados fenómenos de la psicología social. Las personas, aún cuando busquen algo superior, se dan vuelta en el círculo vicioso de los modelos de comportamiento dictados por la cultura. Mientras más estudian menos saben, y menos comprenden. Todos sus esfuerzos son capitalizados por el computador central, quien los capitaliza para el acervo cultural comunitario.

¿Cómo tuvo su origen este computador central?

Se formó gradualmente desde que el hombre existe sobre la tierra por la acción del medio ambiente sobre su psiquis. Es hijo de las emanaciones de Dios y de las emanaciones del hombre. Seguirá creciendo y perfeccionándose en virtud de la vida misma del ser humano, pero lo sobrevivirá a éste, ya que esta fuerza, llamémosla “inconsciente colectivo”, o “computador central”, no necesita, una vez creada, de un soporte material o biológico para seguir existiendo.

El individuo no existe mental o ideológicamente hablando, ya que es inseparable de la cultura. Ésta se rige por los modelos de comportamiento aceptados por la sociedad, la cual en última instancia es gobernada por el computador central. De este modo, la cultura que tanto bien hace al hombre en algunos aspectos, en otros, podemos considerarla la verdadera homicida de la chispa divina, de la libertad y de la conciencia, ya que encasilla, limita, obliga, presiona, hipnotiza y posee al individuo con una potencia irresistible, modelándolo de acuerdo a una plantilla única que se establece como prototipo de producción de hombres-robot, esclavos que el computador central necesita para mantener en movimiento el espectáculo de la vida.

En una sociedad enferma, como la nuestra, tendremos indefectiblemente una cultura enferma y alienada por los estereotipos colectivos. Nuestra sociedad está realmente enferma, y vivimos en ella verdaderos sueños infernales, dignos de la “Divina Comedia”. Cada ser encierra un mundo de problemas y conflictos de toda índole. Por suerte, o por desgracia, el hombre embota sus facultades superiores y no advierte todo el horror de su existencia en un mundo trastornado. Un aforismo popular dice que “en el mundo de los ciegos, el tuerto es rey”. Algo así ocurre en nuestra civilización, en la cual, las formas superiores de gobierno y dirección comunitaria no están sometidas a ningún tipo de control de sanidad mental. Somos dirigidos en mayor o menor medida por individuos de los cuales ignoramos total y absolutamente su grado de trastorno o enfermedad mental. Basta que alguien aparente ser normal para que sea aceptado como tal.

Sabemos que la perturbación mental es uno de los fenómenos más difíciles de advertir y evaluar, aún por los profesionales especializados. El sujeto común está imposibilitado de percibir este trastorno.

Parece increíble que en una civilización que se dice avanzada, se haya descuidado tan importante tema, ya que sabemos que es un pequeño grupo de hombres el que dirige a la gran masa. ¿Cuántos de los que forman parte de ese grupo de dirigentes son perturbados con problemas graves? ¿Un 30%, o acaso no 50%, o tal vez su gran mayoría? ¿Ha evaluado alguien el daño que esto significaría para la humanidad? No importaría gran cosa que sufrieran perturbaciones mentales aquellos sujetos que no ocupan cargos públicos o directivos de importancia, pero tratándose en cambio de personas cuyo radio de acción social es muy amplio, resulta absurdo, inconveniente e irracional que no sean sometidas obligatoriamente a controles periódicos, destinados a evaluar su salud mental y psicológica.

En este momento, es perfectamente posible que el magistrado que administra justicia en el sector donde usted vive, sea un perturbado mental. Esta contingencia no puede ser refutada por ningún psiquiatra, ya que la enfermedad mental jamás ha sido espectacular y aparente, sino más bien, solapada, oculta e insidiosa. De hecho, se sabe que no existe la persona que no presente elementos patológicos en su función mental. La gravedad de estos factores es la ignorada.

En el caso del magistrado a que hacíamos referencia, si efectivamente éste tuviera una mentalidad patológica de cierta gravedad, se daría el horrible caso de un perturbado mental autorizado por la sociedad para manipular a las personas, administrando la justicia de acuerdo a sus complejos, frustraciones, manías y traumas. A esto puede objetarse que un juez no hace sino atenerse al texto de la ley, pero si analizamos en conciencia, comprenderemos que el código es sensible a muchas interpretaciones personales.

Cabe preguntarse cuántos jueces paranoicos existirán en el mundo, desvirtuando totalmente la sagrada imparcialidad de la ley; cuántos personajes públicos importantes que son víctimas de la histeria, la megalomanía, el egocentrismo, el ansia desenfrenada de poder, el sadismo, o la pérdida absoluta del sentido de la autocrítica.

No existe ningún tipo de control de salud mental sobre aquellas personas que en virtud de su cargo están afectas al fenómeno de la “inflación” psicológica por el prestigio que su cargo les confiere. Esta palabra, acuñada por Jung, designa la desorientación que experimenta una persona al identificarse con el cargo que desempeña y extraviarse en su autoevaluación. De este modo, un médico, por ejemplo, podría “inflar” o elevar su propia persona a la altura de la importancia y dignidad que la sociedad ha conferido al médico por medio de un título profesional. Pero el sujeto no es lo que su cargo o puesto representa, sino meramente una persona, por lo cual no puede él mismo ostentar toda la importancia y grandeza otorgada a la profesión médica en general, colegio al cual pertenecen miles de personas. Sin darse cuenta, el sujeto sometido a la “inflación”, pretende usurpar o atribuirse él solo, la fuerza, el poder y la importancia que no pertenece a él mismo, sino que es otorgado por la sociedad.

Sabemos que no hay control psicológico, que fatalmente, miles de víctimas inocentes pagan de diversos modos la insania de quienes están encargados de administrar nuestra civilización. Errores judiciales, abusos de poder, equivocaciones políticas fatales que degeneran en conflictos armados, usurpación del poder por mafias financieras, sistemas educacionales obsoletos o erróneos; todo esto provocado de alguna manera por perturbados mentales. Incluyo entre estos enfermos a quienes venden su honor, su dignidad, su decencia, y su persona, por una recompensa económica.

También es cierto que hay grandes éxitos, descubrimientos muy beneficiosos y obras muy positivas, pero desgraciadamente, por un motivo u otro, rara vez producen una acción mundial decisivamente positiva. Es como curar las ramas de un árbol mientras se pudre su tronco o sus raíces. En efecto, ningún acontecimiento o descubrimiento científico será trascendentalmente importante mientras no pueda cambiar la naturaleza humana, elevándola a un nivel superior.

De otro modo, serán sólo piedrecitas que llegarán a formar un monte, sólo en eternidades de tiempo. Sin embargo, para comprender esto, hay que darse cuenta que no existe real progreso y evolución si no cambia la naturaleza humana.

Es precisamente en esa magna obra que los Grandes Iniciados herméticos están empeñados, y es por eso, como ya lo hemos dicho, que existen algunas verdaderas escuelas herméticas donde se concede una oportunidad a la gente.

A fin de llegar a una comprensión más amplia de la mecánica de actuación del alma colectiva o computador central, es preciso analizar la actuación psicológica de las multitudes, lo que permite comprobar la acción encubierta de cierto tipo de fuerzas que se posesionan de las personas bajo determinadas circunstancias.

Transcribimos algunos párrafos de la obra de Gustavo Le Bon, “Psicología de las Multitudes”.

Dice Le Bon “En el sentido ordinario, la palabra muchedumbre representa una reunión de individuos, cualesquiera que sean los accidentes que los reúnan.

“Desde el punto de vista psicológico, la expresión “muchedumbre” toma otra significación muy distinta. En ciertas circunstancias dadas, y solamente en estas circunstancias, una aglomeración de hombres posee caracteres nuevos muy diferentes de los individuos que componen esta aglomeración. La personalidad consciente se desvanece, los sentimientos y las ideas de todas las unidades, son orientados en una misma dirección. Se forma un alma colectiva transitoria, sin duda, pero que presenta caracteres muy puros. La colectividad entonces se convierte en lo que a falta de una expresión mejor, pudiéramos llamar una muchedumbre organizada, o, si se prefiere así, una muchedumbre psicológica. Entonces forma un solo ser y se encuentra sometida a la ley de unidad mental de las muchedumbres.”

En esta descripción de Le Bon podemos ver como el computador central actúa con fuerza al agruparse las personas en muchedumbres psicológicas. No obstante, muchedumbre pueden ser 2, 3, 5 ó 40 personas, ya que su significado psicológico (“muchedumbre”) es diferente del común. Cuando un sujeto ha desarrollado una fuerte individualidad es menos sensible en el momento a la coerción de la masa.

Continúa Le Bon “En todo lo que es materia de sentimiento, religión, política, moral, afectos, antipatías, etc., los hombres más eminentes no pasan sino muy raramente el nivel de los individuos más comunes. Entre, un gran matemático y su zapatero puede existir un abismo desde el punto de vista intelectual; pero, desde el punto de vista del carácter, la diferencia es muy frecuentemente nula o muy débil”... “Las aptitudes intelectuales de los individuos... y, por consecuencia su individualidad, se borran en el alma colectiva. Lo heterogéneo se anega en lo homogéneo y dominan las cualidades inconscientes. Precisamente esta comunidad de cualidades ordinarias es la que nos explica por qué las multitudes no sabrán nunca realizar actos que exigen una inteligencia elevada. Las decisiones de interés general tomadas por una asamblea de hombres distinguidos, pero dedicados a especialidades diferentes, no son sensiblemente distintas de las decisiones que tomaría una reunión de imbéciles. En las muchedumbres lo que se acumula no es el talento sino la estupidez”

“Desvanecimiento de la personalidad consciente, predominio de la personalidad inconsciente, orientación por vía de sugestión y contagio de los sentimientos y de las ideas en un mismo sentido, tendencia a transformar inmediatamente en actos las ideas sugeridas; tales son, pues, los principales caracteres del individuo en la muchedumbre. No es el individuo mismo, es un autómata, en quien no rige la voluntad. Así, por el sólo hecho de formar parte de una muchedumbre, el hombre desciende muchos grados en la escala de la civilización.”

Más adelante expresa: “Las muchedumbres respetan dócilmente la fuerza y son mediocremente impresionadas por la bondad, que para ellas, es una forma de debilidad”.

“Sus simpatías no han sido concedidas nunca a los dueños benignos, sino a los tiranos que los han aplastado vigorosamente. Siempre elevan estatuas para estos últimos. Si alguna vez pisotean con gran satisfacción al déspota caído, es porque habiendo perdido su fuerza, entra en la categoría de los débiles, a quienes se desprecia porque no se les teme”... “Siempre prontas a sublevarse contra una autoridad débil, la muchedumbre se inclina servilmente ante la fuerte. Sí la fuerza de la autoridad es intermitente, esa misma muchedumbre, obedeciendo siempre a sentimientos extremados, pasa alternativamente de la anarquía a la servidumbre y de la servidumbre a la anarquía. Por otra parte, creer en el predominio de sus instintos revolucionarios sería desconocer bastante la psicología de las muchedumbres. En este punto, nos ilusionan solamente sus violencias. Sus explosiones de rebeldía y de destrucción son siempre muy efímeras. Las muchedumbres están demasiado regidas por lo inconsciente y bastante sometidas, por consecuencia, a la influencia de herencias seculares para no ser extremadamente conservadoras; abandonadas a sí mismas, abandonan bien pronto sus desórdenes y se dirigen, por instinto, hacia la servidumbre.”

Podemos ver a través de esta acertadísima descripción, de Gustavo Le Bon, como el computador central manipula a las personas convirtiéndolas en marionetas al servicio de un plan establecido.

¿Qué plan? El plan evolutivo del sapiens, el cual debe ajustarse a ciertas reglas del juego, las cuales, a grosso modo, son las siguientes:

1. El sapiens no es ni puede ser libre, considerándolo colectivamente, como especie.

2. El sapiens debe nacer, sufrir, amar, gozar, reproducirse, construir civilizaciones, destruirlas, enfermar, y morir, sólo para beneficio de potencias superiores invisibles, quienes capitalizan el “producto vital”. (¿Acaso, a su vez, el sapiens no profita de otras especies animales?) (¿Acaso no hay algunos animales que sólo existen para alimentar al sapiens?) (El mineral se alimenta de rayos cósmicos; la planta del mineral; el animal de la planta; el hombre, de todos ellos; y los dioses, se alimentan del hombre.)

3. El sapiens es, por lo tanto, un esclavo a perpetuidad. No obstante, ejemplares individuales o aislados (separados del grupo), pueden llegar a ser libres.

4. La única libertad posible es la liberación del computador central, y el único modo de lograrlo consiste en vencerse y trascenderse a sí mismo.

5. El sapiens está obligado a cumplir con las reglas del juego del plan que se le ha asignado.

6. La evolución del sapiens se realizará inevitablemente con el tiempo, pero con la medida del tiempo cósmico y no terrestre. Tal vez sean millones de años terrestres los que tenga que aguardar para llegar a la perfección.

7. No existe la evolución del individuo sapiens; sólo la de la especie, a la que se refiere el punto anterior. Si un individuo sapiens quiere evolucionar, debe transformarse en mutante humano, para el cual sí existe la evolución.

8. Existen otras reglas de juego, pero solamente pueden ser reveladas las que ya hemos señalado.

A fin de explicar el modo de operar de este plan sapiens, estableceremos la jerarquización de las fuerzas operantes.

Este diagrama pretende describir someramente las fuerzas básicas que actúan en el Universo: Dios, el creador, en su doble manifestación de vida y muerte, luz y sombra, sueño y vigilia, degrada su poder hasta llegar a actuar en lo concreto por medio de ciertos “ángeles”, a los cuales la tradición hermética denomina Arcontes o señores del destino, quienes dirigen el plan evolutivo.

Este plan, en lo que al sapiens se refiere, se mantiene en virtud de la energía sueño, tal corno puede apreciarse en el grabado. Sin embargo, puede verse allí que la irradiación divina de la energía luminosa, que llamamos vigilia, llega hasta el planeta tierra, pero no se manifiesta en el sapiens. La energía sueño, dirigida o manipulada por los Arcontes, mantiene la programación del sistema hasta en la unidad más pequeña de grupo: la familia.

Quien tenga “ojos para ver y oídos para escuchar”, sacará incalculable provecho de la comprensión de este sistema.

Solamente con el fin de señalar un ejemplo práctico, aplicaremos esta clave maestra para explicar extraños hechos en la vida de Jesús, pero que a la luz de esta llave se aparecen de una racionalidad y claridad meridiana.

¿Por qué Jesús aparece tan tremendamente antagónico a la familia?

Recordemos sus palabras: “Pues he venido a poner a un hombre contra su padre, y a la hija contra su madre, y la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre deben ser sus propios familiares. Aquél que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y aquél que ama a su hijo o a su hija mas que a mí, no es digno de mí”. Cuando se le dijo a Jesús que su madre, y sus hermanos estaban fuera y deseaban hablarle, dijo: “¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos? Y alargó su mano hacia sus discípulos diciendo: “He aquí a mi madre y a mis hermanos”. Cuando uno de los discípulos le pidió que le dejara ir a enterrar a su padre, Jesús le dijo: “Sígueme; y deja que los muertos entierren a sus muertos”.

¡Curiosas palabras para quien predicaba el amor!


Sin embargo, la explicación es simple; observando nuestro diagrama veremos que la familia es el núcleo último de mantención de la energía sueño o hipnótica, instrumento de esclavitud del sapiens a la inconsciencia animal. De este modo, si Jesús pretendía que sus discípulos vieran la luz, despertaran, y evolucionaran, tenía necesariamente que romper las cadenas del sueño.

Se comprende que este ejemplo puede aplicarse solamente a quienes desean abrazar para siempre un camino de superación espiritual apartado del mundo y de los humanos afectos, como debe haber sido el caso de los doce apóstoles. También es preciso comprender que pueden existir dos familias: la familia animal (del sapiens) y la familia divina (humana). Huelga decir que toda familia que en virtud de la superación espiritual de sus componentes se libera de la acción del sueño, se convierte, en verdad, en “la divina familia”. Se trata de que el núcleo familiar se mantenga sólidamente unido, pero no por la fuerza onírica o los simples lazos de sangre, sino por una auténtica “comunión” espiritual.

En lo que se refiere a su libertad material, el sapiens tendrá un gran progreso y seguramente se liberará algún día del dicho bíblico “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. El avance de la ciencia y de la técnica permite suponer o prever que la jornada de trabajo se irá acortando en la misma proporción en que la automatización de máquinas especializadas (robots) se encargue del trabajo pesado, que el hombre debe realizar. Son previsibles también extraordinarios avances médicos y la aparición de nuevas invenciones que hagan la vida terrestre cada vez más placentera y agradable, todo lo cual, al no ir aparejado a un aumento en el nivel de conciencia de la gente, conducirá a un estado de “barbarie civilizada”. Nuestros descendientes serán bárbaros extraordinariamente inteligentes, poseedores de una avanzadísima técnica, pero con atrofia progresiva de sus músculos y de su conciencia espiritual.

El fenómeno de la “inflación psicológica”, divulgado por Jung, al cual nos hemos ya referido, afecta fuertemente al hombre común, el cual, al identificarse con la ciencia, las artes, la cultura, el progreso tecnológico, y la civilización, los absorbe en su propio ser, confundiéndolos consigo mismo. De esta manera pierde de vista a su propia persona, y vive en un nivel de importancia y calificación que le es absolutamente ajeno, y que corresponde en realidad a la suma total de los esfuerzos del hombre desde que éste existe sobre la tierra. Mediante un truco psicológico multiplica su propio valor por millones, y el resultado es una profunda satisfacción de la autoestima.

Siempre, para analizar a una persona y juzgar su valía individual, debemos despojarla de todos los honores, dignidades herencias, autoridad, y privilegios que la sociedad le confiere. Por desgracia, nuestro análisis será muy desalentador, ya que en la mayoría de los casos no encontraremos, en el interior de este ente “inflado” al ser humano que bajo esta cobertura pretendemos hallar; ha fallecido devorado por la vida misma, o tal vez nunca ha existido.

Es por eso que el sujeto siempre se esconde bajo numerosas máscaras y disfraces, ya que así pasa desapercibida su absoluta insignificancia. “Mientras más pequeño es un individuo, más trata de “inflarse” a si mismo para darse importancia ante los demás y elevar así su autoestima.

La psicología afirma que el más profundo principio de la naturaleza humana es el deseo de ser apreciado, y que existe por lo tanto, una exigencia de autoexaltación. Se dice que la experiencia más ambicionada por el hombre es el aumento de su autoestima, y que el rasgo más imposible de desarraigar es la vanidad.

El doctor Gordon Allport expresa lo siguiente: “Cualquiera que sea el carácter de la autoestima, sus formas más puras de expresión traen consigo extraordinarias estrategias de la conducta, tendientes a mantener el prestigio personal, a no perder la estimación en sí mismo. El individuo puede ocultar sus verdaderas emociones y adoptar un aspecto falso, recubrirse con una máscara. La persona que resulta de esta actitud protege al sujeto de heridas narcisistas” ... “Lo más espectacular es la capacidad que tienen los hombres de engañarse a sí mismos en interés de la autoestima” ... “Las técnicas de autoengaño son muchas y se agrupan bajo la denominación general de “racionalizaciones” ... “El razonamiento descubre las causas reales de nuestros actos, la racionalización, encuentra buenas razones para justificarlos.”

Podemos advertir como el individuo mismo, en lo que a su propio Yo se refiere, trata por todos los medios posibles de poner la mayor distancia posible entre ese Yo y la realidad qué lo circunda. Mientras más “amortiguadores” existan entre el sujeto y el mundo, más apaciblemente dormirá éste, ya que se alejará substancialmente de la realidad, percibiéndola a lo lejos, como una vaga sospecha a través del tejido de sus mecanismos protectores, como es la personalidad y su función. La personalidad está al servicio del programa del sujeto, aún más, forma parte de este programa, y es el artilugio psicológico destinado a mantenerlo y reforzarlo. El estudio de los mecanismos de la personalidad resulta de una utilidad invaluable para comprender el sistema operativo del computador central.



Alma colectiva o computador central, personalidad, cultura, sociedad, movimientos de masas, educación, publicidad, televisión y prensa, son poderosas herramientas al servicio de Hipnos.

Existen minorías selectas de sujetos que por su esfuerzo personal llegan a destacarse de la masa y a sobresalir por diversos motivos. Pueden pertenecer a una aristocracia intelectual, de sangre, o financiera, pero en lo profundo, sirven al computador central con la misma docilidad de la masa, con la única diferencia que éste los recompensa mejor.

Las grandes diferencias humanas son bastante superficiales, ya que interiormente las personas reaccionan en forma más o menos parecida.

Por supuesto que existen algunos “elegidos”, hombres privilegiados cuya penetración intelectual logra, en cierta medida, atravesar las barreras de lo superficial y aparente, individuos que por algún motivo resisten mejor la influencia hipnótica de la energía sueño. Sin embargo, sus escritos, sus palabras, o su prédica, se pierden en el vacío de la multitud alucinada.

La dificultad para profundizar y comprender conceptos que no son de uso habitual hará casi imposible que una persona evalúe la tremenda importancia que reviste el alma colectiva en la vida del ser humano. Basta pensar, para aquilatar esta valía, que solamente somos una “emanación vital” del alma colectiva, una estructura sin autonomía ni vida propia. A la luz de esta verdad podemos comprender muchos fenómenos psicológicos poco claros, pero que tienen una importancia decisiva en la vida humana. Hablemos por ejemplo de la angustia, motivo oculto de muchas acciones del hombre. Erich Fromm sostiene que: “la vivencia de la separatidad provoca angustia: es por cierto, la fuente de toda angustia. Estar separado significa estar aislado, sin posibilidad alguna de utilizar mis poderes humanos” “la conciencia de la separación humana sin la reunión por el amor, es la fuente de vergüenza. Es al mismo tiempo, la fuente de la culpa y de la angustia. La necesidad más profunda del hombre es, entonces, la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad”.

Debemos preguntarnos ¿por qué tanto miedo de separarse? ¿Y separarse de qué? Obviamente, esa necesidad de unión corresponde a la ligazón con el alma colectiva o computador central. Todo intento o posibilidad de separación, en virtud de una influencia externa o interna, produce pánico, y este pánico lo experimenta “el animal humano” ante la amenaza de separarlo del rebaño.

Reflexionando en esto podemos comprender la magnitud del mal que aqueja al sapiens: no solamente no quiere ser humano, sino que siente una profunda angustia ante la sola posibilidad de abandonar su condición animal. Es por eso que el angustiado Sapiens ha inventado algunos trucos o soluciones fallidas o artificiales que, le permiten amortiguar transitoriamente su profundo temor. Fromm habla de las siguientes tentativas para escapar del estado de separación:




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