Jesucristo en la vivencia y el pensamiento de Santa Teresa



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JESUCRISTO EN LA VIVENCIA Y EN EL PENSAMIENTO DE SANTA TERESA

PRESENTACIÓN

Teresa de Jesús (1515-1582), nacida en una familia cristiana de raíces judías, fue educada en la fe de la Iglesia Católica. Muy pronto dio muestras de una exquisita sensibilidad religiosa (Vida 1,5).

Al principio la religión se concentraba para ella en la figura de Dios, sin especificar mucho (Vida 2,7). Después surge la persona de Jesús como expresión de lo divino (Vida 3,1). Más tarde Jesús la introduce en el misterio trinitario (Cuentas de Conciencia 14), y desde allí redescubre a Dios (Cuentas de Conciencia 15), pero con más profundidad; sin que nunca falte en el horizonte de su existencia Jesucristo hombre y Dios (Cuentas de Conciencia 6,3), como centro de comprensión y de vivencia de toda la realidad divina y humana.

El primer encuentro con Jesucristo

El hallazgo de Jesús, como Dios que ha salido a nuestro encuentro, coincide con el despertar de su pubertad (Vida 3,6) y supone para ella el comienzo de una religiosidad adulta. Empieza a entender toda su existencia como relación –oración, lo llama ella- (Vida 4,7).

Teresa ve sus primeros años como si fueran una nueva creación de Dios, donde todo era bueno (Vida 1), pero enseguida también a ella le alcanzó la tentación (Vida 2), y es entonces cuando Jesús la comienza a llamar (Vida 3,6).

Preguntándose por el sentido de su vida, y contemplando la de Jesús, cree que la mejor respuesta a su amor es consagrarse enteramente a Él, aunque para ello tenga que hacerse gran violencia. Sobre esto, escribe: “Acuérdaseme, a todo mi parecer y con verdad, que cuando salí de casa de mi padre (para hacerse religiosa), no creo será más el sentimiento cuando me muera” (Vida 4,1). Y así su primera decisión seria es por Cristo, haciéndose carmelita.

El Carmelo es una Orden contemplativa, y Teresa comienza a vivir su religiosidad como encuentro con Jesús: “Procuraba –dice- lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro Bien y Señor dentro de mi presente, y ésta era mi manera de oración: si pensaba en algún paso (pasaje de los evangelios) lo representaba en lo interior” (Vida 4,7).

Meditar para Teresa es pensar en Jesús, amarle y traerle consigo como si le tuviera dentro de sí o enfrente. Poco a poco se comienza a establecer tal relación entre ambos que Teresa la entiende como una amistad muy profunda (Vida 8,5). La comunicación ya no sólo se da en la oración, se extiende a la vida entera. Orar para ella es algo muy precioso: “Tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas” (Vida 8,5). Allí se da cuenta de que necesita al amigo, y Él también a ella. Desde esta forma tan sencilla los tesoros de la fe se hacen presentes en su alma.



Vicisitudes en el encuentro con Cristo

Y así pasó algún tiempo, hasta que por sentirse imperfecta comenzó a dejar esta particular amistad, creyendo equivocadamente que era más humildad (Vida 7,1). Le parecía que no era digna de ese encuentro tan bello. La relación se enfrió un tanto y Teresa cayó en algunas imperfecciones. Intentó reconstruir la amistad, pero al no lograr despojarse de esos obstáculos, los encuentros con el amigo resultaban un tormento. Se sentía como mujer infiel al esposo, aunque sus “ingratitudes” eran bien pequeñas. Intentaba ser fiel, hacía esfuerzos titánicos, hasta que un día se dio cuenta de que en este proceso de rehabilitación confiaba demasiado en ella misma y no se ponía del todo en las manos de su Señor (Vida 8,11-12).

Y un día, ante una talla de un Cristo, traspasado de llagas por los azotes de la pasión (Vida 9), deposita por entero su confianza en él, y siente que el Señor la rehabilita por dentro. La lectura de las Confesiones de san Agustín la habían ido preparando. Y comienza desde entonces a ser toda suya. Cada vez que se pone a hacer oración, representándose a Cristo, se siente llena de Dios. Esta percepción será el primer efecto de la salida de Jesús hacia ella (Vida 10,1). Al reflexionar sobre esto le parece que hasta este momento era ella la que buscaba a Cristo, ahora es Él quien busca a Teresa (Vida 23,1ss).

Cristo la conduce a la conversión plena

Esta conversión –así la llaman algunos- le abre a un proceso nuevo de fidelidad. Mientras tanto siente la protección del amigo Cristo, y cómo suavemente la va introduciendo en su persona (Vida 24,1ss). Teresa ve que la presencia de Dios la envuelve como una nube de la que no puede salir. Hasta que un día rezando el “Veni, Creador”, percibe que una fuerza interior la arrebata por dentro y remueve los quicios de su yo. Escucha estas palabras: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles” (Vida 24,5). Es el Amado, que la quiere para sí. Entra en las profundidades de la mística (6Moradas). A partir de aquí, ya no se va a reprochar ninguna falta consciente.



Teresa y Cristo Resucitado

Seguidamente comienza a percibir que alguien le habla (Vida 25,1). Son palabras que ella llama interiores, porque no se oyen con los oídos corporales, suenan en el alma. Palabras llenas de fuerza, de claridad, de afecto y de consolación. Al principio no identificaba su origen, pero pronto comprende que quien le habla es Cristo (6Moradas 8,2). Antes era ella quien dirigía a él su palabra de súplica o de afecto, ahora es Él, quien desde lo más íntimo de ella, la llama por su nombre, y sale así a su encuentro. Teresa se va dejando modelar por esta palabra que coincide en todo con las que nos transmiten los evangelios.

Después de estas percepciones, cuando llevaba en ellas como unos dos años, Jesucristo se deja ver (Vida 27-29). Teresa le contempla, pero también como antes, no es una visión ocular, le percibe con más claridad que si fuera así. Se trata de visiones también interiores. Siempre le ve resucitado, aunque se le muestre en algunos de los momentos de la vida terrena (Vida 29,4). Estos fenómenos transfiguran el ser de Teresa. Le hacen percibir el sentido de Cristo. Se da cuenta de que Él es el centro y el origen de la vida humana. Sin Él nada tiene sentido ni belleza, sin Él todo palidece. En estos encuentros entiende el misterio de la fe cristiana y descubre la verdad. Las visiones muchas veces se juntan con las palabras, es que el que le habla es ese Cristo al que ahora también ve. Teresa se siente cambiada, se está transformando en otra. Desde esta vertiente, aquellos encuentros primeros, que llamaba oración, ahora cobraban su verdadero sentido. Pero además las visiones y las locuciones crecen en intensidad. Se siente desbordada (Vida 38,17-18).

Llegará a percibir que Cristo resucitado está como esculpido en su propio ser. La amistad con Él la envuelve de tal manera que no solo lo siente como relación -un Tú que la ama entrañablemente- sino también como quien por dentro la llena de vida, la inhabita, la sustenta, es alguien que invade todo su ser. Es lo que los místicos llaman transformación en Cristo, profundísima amistad de dos que sienten lo mismo y se quieren con tal intensidad que cada uno vive más en el otro que en sí mismo. Pero esta relación no sólo es psicología, invade todo su ser. Escribe sobre ello: “De presto se recogió mi alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas, ni lados, ni alto, ni bajo, que no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo nuestro Señor, como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi alma le veía claro, como en un espejo, y también este espejo, (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el mismo Señor, por una comunicación, que yo no sabré decir, muy amorosa” (Vida 40,5).



Cristo la conduce al misterio trinitario

Jesucristo que es el Hijo de Dios y su Enviado, Palabra del Padre, hecho hombre en María por el Espíritu Santo, el Mediador de nuestro encuentro con el Padre, conduce a Teresa al misterio Trinitario. Con la luz del Resucitado entenderá el misterio y sentirá que las Personas divinas habitan dentro del alma del ser humano que está en gracia (Cuentas de Conciencia 15; 36; 60). La experiencia trinitaria es muy intensa en la vida de Teresa. Tendrá experiencias de cada Persona, y percibirá también su unidad. Su alegría es desbordante porque Jesucristo, el Amado, el amigo del alma, la conduce a lo más profundo de la fe de la Iglesia (Cuentas de Conciencia 55,3).



La nueva vida

Todo esto repercute en la vida moral de Teresa, que se muestra llena de evangelio. Las Bienaventuranzas (Camino de Perfección, autógrafo de Valladolid 2) y el Padrenuestro (Camino de Perfección, autógrafo de Valladolid 27-42) se reflejan con toda claridad en su persona. A ella le gustaba decir que las experiencias religiosas se conocen por sus efectos (7Moradas 3,1). Los de Teresa son las virtudes teologales, la confianza ilimitada en el Padre, la humildad y la fortaleza, entre otras muchas. Siente también cómo lo humano resucita en una personalidad nueva, libre, gozosa, llena de energía y de dulzura, de luz y de paz. En el libro de Moradas, principalmente puede comprobarse cuanto acabamos de decir. Ahora comprende de verdad qué significa ser cristiano.



Siempre Jesucristo

En tiempos de Teresa había cierta polémica acerca del sentido de la Humanidad de Jesús en el proceso de la oración (Vida 22,1; 6Moradas 7,5). Una corriente espiritual pensaba que en la primera parte de este proceso, en el llamado plano ascético, debía meditarse sobre la vida y los misterios del Señor; pero en la segunda, en los comienzos de la mística y en los pasos siguientes, habría que dejar atrás lo humano del Señor y caminar por su Divinidad. Teresa descubre que esto es inaceptable. La realidad entera del Señor debe acompañar al cristiano en todo este proceso de ascenso. En defensa de la Humanidad de Cristo escribe dos capítulos memorables (Vida 22; 6Moradas 7), en los que con argumentos teológicos, bíblicos y desde el humanismo cristiano, demuestra que desviarse de esa consideración del Señor va en detrimento de lo más hondo y bello de la revelación cristiana.



El tiempo posterior ha dado razón a la Santa, que con su vivencia personal y con sus enseñanzas acerca de Cristo ha regalado a la Iglesia una de las espiritualidades más netamente cristianas, donde el Cristo humano-divino lo llena todo. Su mística no es algo añadido al cristianismo, ni un balcón o una puerta que se le brinda; es su esencia, pues ella vincula su vivencia a la realidad de Cristo histórico-resucitado y vivido en la comunidad. Sus experiencias místicas tuvieron lugar en momentos cumbres de la liturgia (Cuentas de Conciencia 25). Ha contribuido de forma singular en la Iglesia a una comprensión plena de Jesús, que termina en mística, pero que se enraíza en los evangelios y en la comunidad que vive y celebra los misterios.



  1. Si de tu vida desapareciera la figura de Jesús de Nazaret, ¿cómo te afectaría?

  2. ¿Has tenido momentos de intimidad, experiencia de Jesucristo en lo hondo de tu ser?. ¿Qué han significado y significan para ti?

  3. Nuestra mirada “amiga” a Jesús, ¿qué imagen de Dios ha ido modelando en tu conciencia?

  4. Más allá de los momentos de oración, ¿vinculas a Jesús los quehaceres de la vida cotidiana?

Bibliografía elemental

  • Las citas de Santa Teresa están tomadas de sus Obras completas de la Editorial de Espiritualidad

  • S. Castro Sánchez. Cristología Teresiana, Madrid, Editorial de Espiritualidad.

  • Idem, Ser cristiano según Santa Teresa, Madrid, Editorial de Espiritualidad.

  • Idem, El Cristo vivo de Santa Teresa:

  • https://www.google.com/#q=cristp+vivo+de+santa+teresa



Secundino Castro Sánchez





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