Jesús en el desierto (Mc 1,12; Lc 4,1-13)



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JESÚS EN EL DESIERTO

(Mc 1,12; Lc 4,1-13)

"A continuación, el Espíritu le empujó al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían" (Me 1,12, Le 4,1-13). El desierto: símbolo de la soledad. La soledad es uno de los problemas más difíciles de nuestra época. A pesar de Internet, que pretende conectar a todos con todos, nunca antes ha habido tanta soledad en nuestra sociedad. El desierto significa soledad. La soledad, el desierto, nos confronta con nosotros mismos. Allí, el ser humano se enfrenta a sí mismo. Para conocer la verdad de la propia vida, deben callar todas las voces. El desierto no es un paisaje. El desierto es esa zona del vacío donde nada nos distrae de nosotros mismos.

¿Qué ocurre cuando alguien se adentra honestamente en el desierto? Jesús estaba entre los animales, nos dice la Escritura en el relato de los cuarenta días del desierto de Jesús. Quien entra en el desierto no encon-trará ninguna puesta de sol romántica. Se enfrentará a sus propias bes¬tias. Se encontrará consigo mismo, con aquello que preferiría ocultarse a sí mismo. Se encontrará con todos los problemas sin resolver, con su sombra; dicho en la terminología cristiana, con los demonios y el dia¬blo. Y no se trata de rechazarlo todo y resistirse, sino mirarlo cara a cara, tal como nos lo muestra Jesús en su estancia en el desierto, cuando fiie tentado. El desierto, la soledad, nos obliga a mirarnos y a aceptarnos. Ni siquiera debemos echar al demonio; es nuestro hermano y quiere ser tratado como tal. El demonio tampoco es el montón de basura donde echar nuestra porquería. Es la figura simbólica de nuestras tendencias y actos negativos. En nuestros cursillos nos encontraremos infaliblemen¬te con nuestra sombra. La mística lo denomina purificación. El camino místico es primeramente un camino de purificación. La psicología habla del proceso de integración de la sombra

Jesús nos muestra en el desierto cómo tenemos que tratar al mal. Habla con el demonio. También nosotros debemos hablar con el mal que está en nosotros y darnos cuenta de que forma parte de nosotros mismos y quiere ser aceptado. Solamente entonces dejará de importu¬narnos. No hace falta que lo vivamos. Más de uno, en estos días de cur¬sillo, ha soñado con una bestia salvaje y amenazadora, o con una ser¬piente. Una mujer me contó que, en un sueño, ella iba conduciendo un coche. De repente, en el asiento de al lado apareció un perro salvaje enseñándole los dientes, con ojos amenazadores. Ella quiso parar y salir del coche, pero no pudo. Entonces optó por acariciar al perro. Y éste se volvió manso y colocó la cabeza en su regazo.

Tenemos que integrar nuestra sombra y ganar con ello dinamismo vital. Entonces no intentaremos cambiar el mundo desde el lado equi-vocado. En esto consistió la tentación de Jesús: echar mano de las potencias mágicas, obrar milagros por motivos egoístas. Medios erró¬neos para alcanzar una meta santa. El medio de la magia: ¡Convierte estas piedras en pan y todo el mundo te seguirá! ¡Salta desde el muro del Templo, muestra tus poderes milagrosos! ¡Predice el futuro! ¡Ven a la cúpula del Templo: el mundo entero te daré si te sometes a mí!

Preferimos evitar las caras oscuras, preferimos alcanzar la luz ense-guida. Hay una frase apócrifa que dice: "El Cristo que viene triunfante por encima de la oscuridad es el Anticristo. El Jesús que pasa a través de la oscuridad es el Cristo auténtico" El desierto es el lugar del auto-conocimiento y de la purificación. Quien lo soporte, lo verá florecer. El desierto y la soledad obran algo en nosotros. Quien resista ese proce¬so, experimentará la transformación.

El pueblo de Israel fue llevado al desierto antes de poder entrar en la tierra prometida. El desierto se convirtió en un poder transformador. De la misma forma, todo lo que atravesemos será una fuente de ener¬gía para nuestra vida. Con demasiada facilidad creemos haber entrado en una depresión, en una enfermedad psíquica. En realidad, muchas veces se trata de un proceso de cambio y de transformación si estamos dispuestos a resistir sin rendirnos.

LA SOMBRA

Sombra, diablo, bestia salvaje, hay muchos términos para referirse a ese complejo psíquico que se encuentra en todas las personas, incluso en Jesús. Tan sólo tenemos que leer el relato de la tentación. También Jesús tuvo que integrar su sombra.

La sombra no es solamente un problema psicológico sino también un problema religioso. Toda persona que vaya por el camino de la con-templación se verá confrontada con su sombra. Lo vemos claramente en el relato de la vida de san Antonio en el desierto. Si miramos el cuadro de Grünewald La tentación de san Antonio, vemos que detrás de las nume¬rosas caras de demonios y malos espíritus aparece la realidad de la expe¬riencia humana. La gente de todos los tiempos y lugares ha conocido el horror. Y parece que también nosotros, en la hora de nuestra muerte, si durante la vida no nos hemos reconciliado con nuestra sombra, nos veremos enfrentados con ella en forma de imágenes parecidas.

La sombra es la cara oculta de nuestra conciencia. Por ello, cuando surge, nos cuesta tanto mirarla, reconocerla como parte de nosotros y aceptarla. La reconciliación con esa pareja oscura de nuestra identidad consciente sigue siendo una de las tareas más importantes de nuestra vida y, más aún, es el requisito para nuestro proceso de crecimiento e integración. En ello coinciden las enseñanzas de sabiduría de Oriente y de Occidente, así como la psicología actual. Identidad consciente y sombra son los dos polos de nuestra naturaleza. Para Nicolás de Cusa, el requisito para ver a Dios es la coincidencia de los opuestos, la "coin-cidentia oppositorum".

En las imágenes horrorosas que van surgiendo, caras grotescas, ani-males, demonios y monstruos, nos encontramos con nuestras propias pasiones y tendencias. Encontramos todo aquello que no somos capa¬ces de aceptar en nosotros. Pero no basta con que no neguemos nues¬tra sombra, también tenemos que aceptarla. Supone un paso difícil des¬de la negación a la aceptación. Primeramente tendemos a proyectar la sombra sobre entidades externas a nosotros: el sexo opuesto, otra raza, una cultura diferente, los judíos, los paganos, los nazis, los extranjeros. Con ello "endemoniamos" a los demás con lo que deberíamos recono¬cer como pareja de nuestra personalidad consciente.

Desgraciadamente, tal forma de "endemoniar" es posible también en el ámbito religioso. En ese caso, la diferencia entre cuerpo y mente, entre individuo y Dios, se convierte en un abismo infranqueable. El cuerpo, la sexualidad, el disfrute de la naturaleza y de la vida, se consi¬deran de menor valor. Por supuesto, también ocurre lo contrario. Hay quienes "endemonian" lo espiritual, lo mental, lo divino. Ahí está el comienzo del fanatismo religioso. Siempre surge en una religión cuan¬do falta el amor. La fe sin amor lleva al fanatismo. La fe incapaz de ver su propia sombra se convierte en fanatismo. No hace falta irnos muy lejos para darnos cuenta de ello.

Y no me refiero en primer lugar a los grupos íiindamentalistas. Pienso en nuestro trato con los divorciados, con los sacerdotes casa¬dos, con los inmigrantes, pero también me refiero a nuestros modelos erróneos de perfección, que nos fueron inculcados como ideales en nuestra educación religiosa. Muchos cristianos sólo ven el mundo en términos de bien y mal, sin ninguna compasión hacia el mal. Y creo que actualmente hay más personas que nunca con una visión maní quea del mundo, en términos de Bien y Mal, a causa de su ideólogo religiosa. Sin trabar amistad con nuestra sombra no hay crecimiento posible. Pero, al fin y al cabo, tendremos que transcender ambos polos, consciente e inconsciente, en la unidad de la personalidad.

La proyección al exterior

C. G. Jung^1 dice que al proyectar nuestra sombra hacia el exterior convertimos el entorno en nuestra propia cara desconocida. Los malos y los malvados son los demás. La primera tarea consiste, pues, en eli¬minar las proyecciones y reconocer lo malo y malvado en nosotros; si no lo hacemos, no perderá su efecto destructor. Eliminar la proyección no es otra cosa que despertar al conocimiento de que más de uno de nuestros juicios y suposiciones acerca de los demás no les correspon¬den a ellos, sino a nosotros mismos.

De ahí que tengamos que realizar lo que es casi imposible y mirar¬nos, por así decir, de reojo para reconocer en nosotros mismos lo malo que vemos en el exterior y en los demás. Porque si no proyectáramos nuestra sombra al exterior, seríamos inmunes a su efecto destructor. Mientras no nos conocemos a nosotros mismos, nos negamos a ver en nuestra propia psique las formas de comportamiento que criticamos en los demás.

Esto vale también en el ámbito religioso. La supuesta seguridad de la Iglesia de poseer la verdad y de poder juzgar ciertas actividades y opiniones ajenas ha sido siempre, y sigue siendo todavía, fuente de gran sufrimiento para muchos. Aunque ya no se queme a nadie, el sufrimiento psíquico que se infringe a muchas personas a causa de sus convicciones es tan malo como el sufrimiento físico. Por desgracia, no hemos aprendido lo suficiente a negarnos a ser dirigidos y a confiar en nuestra propia conciencia. Las Iglesias tienen aun más dificultad que el individuo para reconocer sus propias sombras.

Lo mejor será examinar bajo qué símbolos aparece la sombra en nuestros sueños. En el Libro Tibetano de ¡os Muertos se nos dan ejemplos de cómo aparece la sombra, tales como caras grotescas, animales asquerosos y demonios. Una característica típica es que esas imágenes nos dan miedo. La sombra tiene algo inquietante, como vemos en las *niágenes del Libro Tibetano de los Muertos. En él, la persona tiene que enfrentarse a cincuenta y dos deidades terroríficas. Sentimos una fuer¬te amenaza. En el sueño echamos a correr. Pero deberíamos hacer jus-to lo contrario, darnos la vuelta, mirar a la figura de la sombra y c°menzar una conversación con ella.

Mirar detrás de la máscara

La sombra contiene también partes que valoramos positivamente en la vida cotidiana. Nadie de nosotros puede vivir todos sus dones y deseos. Muchos de ellos son rechazados al inconsciente. Hay quienes, por ejemplo, tienen dificultades en ver y aceptar sus rasgos positivos. A lo mejor, les resulta imposible mostrar amabilidad y benevolencia, y prefieren rechazar este tipo de emociones. También hay características positivas que consideramos inaceptables, pero tenemos que conocerlas y aceptarlas igualmente.

No es la sombra en sí lo que resulta destructivo en nuestro incons¬ciente, sino el hecho de no reconocerla y, en consecuencia, no acep¬tarla. Por este motivo la sombra vivirá su vida propia en la oscuridad de nuestra psique. En psicología se conoce esto como disociación de determinados elementos. Nos parecerá que se trata de partes que no nos pertenecen, y se nos aparecerán en forma de demonios, caras gro¬tescas, perros negros o, simplemente, como una masa informe que amenaza con cubrirnos. Tenemos que averiguar lo que se esconde detrás de todas esas máscaras. No es tarea fácil, porque desde la infan¬cia hemos negado esos elementos amenazadores de nuestra psique.

Cuánto más nos defendamos de esos "demonios", tanto peor. Rechazamos esas imágenes de sombra una y otra vez y, con ello, les damos más poder sobre nosotros. Sobre todo, quisiéramos esconder esas sombras ante los demás, cosa que se logra pocas veces. Un buen amigo puede ser nuestra mejor ayuda en este aspecto. Nota muy bien lo que rechazamos y podrá dejar al descubierto los mecanismos de ese rechazo.

Nosotros mismos podemos descubrir nuestras sombras más fácil¬mente si nos preguntamos: ¿Qué es lo que quiero esconder ante los demás? Decírnoslo a nosotros mismos requiere una virtud de la que no se habla mucho hoy día: la humildad. Nuestra imagen interna se derre¬tirá como un muñeco de nieve al sol.

El sí a la sombra

En el trabajo con la sombra se trata, en el fondo, de caer en la cuen¬ta de ella y de aceptarla. Es muy importante saber que no tenemos por qué vivirla. Basta con reconocerla y aceptarla. Esto no significa que tengamos que dar rienda suelta a nuestros impulsos negativos. Ante estas tendencias habrá que colocar a menudo un claro no.

Pero, desde luego, no es fácil encontrar el término medio entre, por un lado, permitir que la sombra aflore a la consciencia y vivirla y, por otro lado, limitarla y decirle no. Porque con un no absoluto bloqueamos la corriente de energía vital. Wilhelm Reich hizo hincapié en ello. Con el no construimos una especie de cárcel contra cuyos muros nos rebe¬lamos luego constantemente. Wilhelm Reich habla de la armadura del carácter que nos limita e impide el desarrollo de nuestra personalidad. Aunque no es tarea fácil encontrar el término medio entre el si y el no, resulta absolutamente imprescindible hallarlo para la madurez de nues¬tra personalidad.

Coexistencia

Si recordamos el Libro Tibetano de ¡os Muertos, sabemos lo que supo¬ne la lucha entre las deidades terribles y las amistosas. La tarea del moribundo consiste en llegar a reconciliarse con unas y otras, es decir, pasar de largo a través de ellas porque, según esa concepción, quedarse atrapado por su fuerza de atracción origina la reencarnación. Muchas personas experimentan esta lucha en sus sueños. Algunas viven en ellos un conflicto interminable con otras personas. A menudo tratamos en el sueño a la misma persona con amor y con rechazo. Son fuerzas y potencias contrarias que tienen que llegar a coexistir si queremos que haya paz en nosotros.



Hay psicólogos que opinan que habría que entablar amistad con esas figuras de sombra o, por lo menos, alcanzar una armonía con ellas. Otros se contentan con la coexistencia Según ellos, la sombra es simplemente la otra cara que estabiliza nuestro lado positivo, y tenemos que estar constantemente atentos a un enemigo para luchar con él en igualdad de condiciones. Hay que conocer muy bien a un enemigo de esas caracte¬rísticas si no se quiere perder la lucha contra él. Hay que comprender sus trucos y sutilezas si no se quiere perder continuamente.

  1. C. G. Jung, Gesammelte Werke, tomo 9, pág 18.



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