Jerzy topolski



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Iv Reflexion pragmática


No es correcto unir, como se suele hacer, el origen del pragmatismo, o sea, del propósito de atribuir tareas prácticas a la literatura histórica, con los nombres de Polibio y Tucídides, porque, como ha mostrado J. Dobias, la literatura histórica dirigida a proporcionar recomendaciones y valoraciones para las actividades públicas y privadas, puede remontarse, en su forma original, a la historiografía hitita (siglo xiv a. C.) y hebrea (esta última relacionada con la edición del Antiguo Testamento) i, El término pragmátikos se debe en realidad a Polibio (siglo II a. C.), pero todos los escritos de Tucídides (siglo y a. C.), el fundador de la historiografía política, que eran escritos destinados a instruir a hombres de estado, tenían ya la marca de un pragmatismo avanzado 2 El hecho de que la musa de la historia se llamara Clío testifica la temprana influencia del pragmatismo en la historiografía griega, que ha sido subrayada en varias ocasiones . El nombre Clío viene seguramente de kleio,. «glorificar, venerar». Esta opinión sobre los objetivos de la literatura histórica impregnó la historiografía durante largo tiempo, determinando así las tareas de cualquier historiador consciente de su papel, incluso aunque dicho historiador creyera, cómo Polibio, que la historia podía escribirse de otra manera para los «sabios», es decir, sin fe ni temor de los dioses (deisdaii-nonia).
Aunque los historiadores de orientación pragmática se atribuían la tarea de buscar las causas de los sucesos, y en la práctica, de las acciones humanas (lo cual se considera a menudo como el rasgo característico de la listoflografía pragmática), sin embargo sus ]ogros reales en ese aspecto fueron bastante pequeños. La búsqueda de causas; sin embargo, se ha convertido desde entonces en un elemento de la narración histórica. La intervención divina y la providencia fueron destacadas en la Antigüedad (cfr. Herodoto), el conflicto lo fue más tarde en la Edad Media, pero el papel del hombre (individuo) como factor histórico, un individuo cuyas acciones estaban siendo valoradas todo el tiempo (cfr. Tucídides), era acentuado con más fuerza que en la Edad Media; en la Antigüedad esto significaba abandonar los Tlitos para pensar en términos históricos. Po]ibio, uno de los mayores his J Doblas, op. cit., págs. 36, 49-50. Los comentarios más incisivos sobre la narractán ci-, los histuiiadorcs antiguos so cncuentrao n L. Canfui a, ToLaiiid « selezio7 unja storioeraf ¡a classica. Bari, 1972.

toriadores antiguos, superior a muchos otros por su sentido metodológico, aunque muy controvertido en otros aspectos, eliminó los factores sobrenaturales de su análisis, pues pensaba que, al referirnos a tales factores, sólo tratamos de disimular nuestra ignorancia. En línea con su acercamiento humanístico, la historiografía griega y romana daban prioridad, entre los factores naturales, a las acciones individuales, pero anotaban también, hasta cierto grado, el efecto del contorno sobre el hombre, fundamentalmente el clima .


En última instancia, por lo que se refiere al problema de la explicación, la Antigüedad adelantó varios factores que harían entender los hechos pasados. El primer lugar se daba a las actividades de un individuo influido por su contorno natural, es decir los motivos psicológicos de tales actividades (interpretados estáticamente); el factor divino también era tenido en cuenta en diversos grados. Por otra parte, en la historiografía antigua no se encuentran reflexiones sobre el concepto de causa. Puesto que el concepto de desarrollo histórico aún no se comprendía, no se hacían explicaciones de ese mecanismo. Sólo el concepto de cambio llegó a ser incluido en el repertorio básico de las categorías de las construcciones históricas. Aunque la narración incluye una descripción, una explicación y una valoración, el marco estructural de tal narración, en concreto la referencia al tiempo y el espacio, estaba sólo naciendo.
- Lós historiadores antiguos griegos y romanos no eran tan buenos al enfrentarte con el tiempo como lo fueron más tarde sus colegas medievales. Incluso se puede decir que retrocedieron, porque los egipcios y los babilonios, conocidos por sus logros en astronomía, sabían medir el tiempo meor que los griegos y romanos, cuyos problemas cronológicos no terminaron hasta la introducción del calendario juliano, en el 4 a. C. . Los egipcios tenían también un mejor sentido de la duración del tiempo.
En Herodoto, el Jiempo y el espacio, como elementos que ordenan las descripciones y ayudan a hacer afirmaciones históricas completas, no jugaron ningún papel importante. Intentó introducir la secuencia temporal de hechos y la datación, pero esta última se basaba en diferentes sistemas (tales como los reinados de los reyes persas, etc.) y por tanto resultaba un acercamiento desigual en cuanto al tiempo.
Helliánicos de Mitilene (c. 479-e. 395 a. C.), que es el fundador de la cronografía griega, trató de unificar las bases de la datación histórica tomando como referencia la lista de las sacerdotisas de 1-Jera en Argos. Otros intentos (tomando como referencia la cronología de los Juegos Olímpicos) se deben a Timeo de Taorrnina (255-340? - 245-200? a. C.), y especialmente a Aratóste nes de Cirene (275?-195? a. C.). Pero, globalmente, no hubo un acercamiento claro a la cronología hasta el final del período antiguo.
Sr subraya que los romanos tuvieron, en general, un sentido más des arrollado del paso del tiempo que 105 griegos; estos últimos estuvieron marcados por una reflexión anterior y más comprensiva sobre el espacio L Pero, como ocurría también en el caso del tiempo, esa reflexión fio era de naturaleza filosófica: era más bien técnica, con el propósito de ordenar la narración y hacerla más precisa. En relación con esto, mencionemos sobre todo a Hecateo de Mileto (siglo vi a. C.), el autor del Mapa del mundo (Ges periodes) y de descripciones geográficas, que en su Periégesis pintó por primera vez una línea de demarcación entre Europa y Asia, e inició así esta tendencia en la literatura histórica. Desde aquel momento vemos que el sentido espacial arraigó en la historiografía griega y romana. Las obras de Eratóstenes, que ayudaron a delimitar y comprender el espacio, fueron un logro importante. En última instancia, la debilidad de la reflexión cronológica, perpetuada por la idea de los «retornos eternos», que estaba fuertemente desarrollada en la filosofía griega, se encontraba unida a un débil sentido del cambio en la historia y, por otra parte, a su continuidad. Esta opinión no debe exagerarse, porque incluso en Homero podemos notar un sentido de unidad entre el pasado y el presente.
En la filosofía antigua, el concepto preciso de cambjQ y movimiento se manifiesta visiblemente, por ejemplo, en Aristóteles, pero apenas se introduce en la historiografía. Merece la pena añadir tanabién que, pese a todo el avance hecho por los historiógrafos medievales en la sensación del paso del tiempo, los antiguos indicaban los cambios pasados con más fuerza que los medievales, puesto que estos últimos se ocupaban sobre todo de los modelos, y, por tanto, de elenaentos invariables. En la historiografía antigua dichos n-iodelos eran más flexibles y estaban más estrechamente conectados con las acciones humanas, a pesar de que los seres humanos tenían sus destinos determinados por el Hado, que estaba en manos de los dioses.
Las opiniones precedentes concernían a la reflexión de los antiguos sobre el método de describir el pasado. Como hemos visto, reflejaban, sobre los valores estéticos deseables de tal descripción, su papel social, la necesidad de interpretaciones causales lo más comprensivas posible, y la ordenación de las descripciones desde el punto de vista del tiempo y del espacio. También se ocupaban de la necesidad de ser objetivos y de buscar la verdad (Pohbio).
A pesar de la enorme fuerza del individualismo metodológico que dominaba la historiografía antigua, encontramos también trazas de acercaOStento sintético que, sin embargo, prestaba poca atención a las causas de las diferencias entre las situaciones de diversas gentes, aunque se dieron los primeros pasos en ese sentido. Esto vale sobre todo para la historiografía romana, desarrollada en el ambiente de la expansión política de Roma, que tenía en cuenta la historia universal, sin la cual no podía ser entendida la historia de Roma. En la historiografía griega, el primer lugar desde este Punto de vista corresponde a Helliánicos de Mitilene, el autor de una historia universal y varias monografías, menospreciado como historiador según
H. 1. Marrou . En un período posterior, la tendencia hacia acercamientos más amplios puede verse en muchos historiadores, entre ellos, sobre todo, Poseidonio (135-50 a. C.).
Había, sin embargo, mucha menos reflexión sobre el conocimiento histórico mismo, o sea, sobre los fundamentos de la narración basados en fuentes, aunque los antiguos (por ejemplo, Tucídides) en la práctica habían dominado casi por completo la heurística y muchos métodos de reconstrucción del pasado. Necesariamente, esto dio lugar —a pesar de la carencia de estudios teóricos— al desarrollo de la heurística práctica. El progreso cci ese campo puede ohscrvarse a partir del hecho de que Herodoto, en contraste con los logógrafos, revelaba sus fuentes, hasta cierto punto. Sin embargo, ésta no era la regla; con lo preciso que era, ni siquiera Tacito anotó sus fuentes . En general, no había un clima que impuisara a agrupar e investigar las fuentes. Los historiadores no se preocupaban de reunir fuentes y conservarlas; usaban los testimonios que encontraban, e incluso esto lo hacían de un modo más literario que estudioso. Esta valoración general no se ve refutada por ciertas excepciones, en particular la aproximación inductiva de Aristóteles y su recomendación de reunir datos sobre los hechos. Todo esto se debía a la circunstancia de que el acercamiento estudioso a los sucesos pasados apenas se podía encontrar aún, y lo mismo vale para la Edad Media. El sentido crítico hacia las fuentes puede verse ya en los elementos de una interpretación racional de los viejos mitos cuando se les considera fuentes, elementos que encontramos en la Genealogía de Recateo de Mileto (vid. supra). Pero más tarde, a pesar de que aumentó la conciencia hacia el estudio de las fuentes, los historiadores no consiguieron realizar la crítica interna y externa de las mismas.

2. La Edad Media


En último término, la Edad Media heredó de la Antigüedad, por lo que se refiere al método histórico, ciertos elementos de la teoría de la descripción histórica, y sobre todo una inmensa experiencia práctica en la literatura histórica, marcada por altos valores estéticos. Pero esa experiencia práctica no se usó debidamente, y sólo en el último período medieval, bajo el impacto del humanismo, la historiografía europea alcanzó el viejo nivel de narración, cuidadosa en su forma, pero más precisa en cuanto a la situación de la materia en el tiempo y en el espacio. La reflexión sobre el tiempo representaba también la principal fuerza del pensamiento medieval, tanto sobre la filosofía de la historia como sobre las técnicas de literatura histórica. Para los cristianos, el tiempo está claramente delimitado: desde la creación del mundo hasta el Juicio Final. En la Antigüedad, especialmente para los griegos, ci tiempo no tenía direccion y coma ciclicamente. El cambio de opinión sobre el tiempo en la Edad Media tenía que reflejarse en las maneras de interpretar los sucesos pasados. La más importante para, la literatura histórica fue la introducción, por Aurelio Augustino (San Agustín, 354-430 d. C.), de la interpretación dci pagado corno una secuencia de épocas determinadas, cada una de las cuales era la realizacion de un objetivo divino específico. La interpretación lineal de sucesos fue reforzada por las concepciones cristológicas (las épocas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo), y más tarde, por la división, introducida por Joaquín de Fiore (siglo xH), en épocas (status) y períodos (aetates), marcados por generaciones sucesivas y también, a xeces, por las actividades de personas prominentes, como Juan el Bautista, Constantino el Grande, etcétera. Después hará esto Bossuct (1627-1704), y aún más tarde lo harán los filósofos de la Era de la Ilustración, quienes combinaron estas concepciones con elementos seculares.

En la práctica histórica medieval fueron mucho más importantes, dada la época, los avances en la medida del tiempo. Además de anteriores logros de los cronógrafos Sexto Julio Africano (siglo iii) y Eusebio de Cesarea (siglo Iv) 10, los fundamentos generales fueron puestos por el eminente historiador eclesiástico Beda el Venerable (673?-735), autor de De Temporuin Ratione, en su obra sobre las tablas pascuales que sirvieron para computar las fechas de la Pascua. Beda notó la diferencia creciente entre el año astronómico y el año del Calendario Juliano e inició el estudio de una reforma del calendario, que no tuvo lugar hasta el siglo xvi, con la introducción del Calendario Gregoriano, y que, de cualquier manera, la Iglesia vetó en un principio. Sin embargo, fue de enorme importancia práctica su tabla pascual en la que el tiempo se contaba a partir del nacimiento de Cristo. Este método de computar fue creado por un monje romano llamado Dionisio el Corto (siglo vi), pero Beda fue el primero en introducir el método de Dionisio en la historiografía. La obra de Beda y la de los tabuladores cristianos tardíos contribuyeron a la unificación del sistema cronológico usado en la literatura histórica medieval europea. Sin embargo, esto sirve sólo para los anales y las crónicas (en el estricto sentido de estos términos), puesto que los autores de las obras que eran mucho más narrativas o épicas (hablamos del período anterior al siglo XIII), como las gesto, no atribuían tanta importancia a la precisión cronológica, ya que centraban su atención en la descripción de sucesos, de la forma más colorida e instructiva posible. Puede decirse en general, no demasiado concisamente, que la primera tendencia estaba más unida a los centros eclesiásticos (monasterios y cabildos), mientras que la última representaba más bien la literatura hiatórica de tipo cortesano.


La reflexión sobre el elemento espacial, que dirigió la atención de los historiadores hacia las diferencias entre territorios y pueblos, y por tanto exigió explicaciones de tales diferencias, se hizo más pronunciada en la Edad Media. Por otra parte, los árabes consiguieron grandes logros en el Campo de la geografía, en especial Al Mussudi (siglo x) e Ibn Khaldun (siglo xlv), probablemente los más importantes viajeros medievales, ayudados por la relativa unidad del mundo musulmán 11 Sus obras no influyeron, sin embargo, sobre los autores cristianos.
Así pues, no hay que pensar que, a pesar del avance en la precisión de las descripciones, la historiografía cristiana no hizo ningún progreso en las reflexiones sobre las causas de las diferencias y los cambios. La antigua Y fuerte teosdencia hunaníatjca en la presentación de los sucesos pasado provocó una combinación de las fuentes de los cambios con las accione humanas.
En la Edad Media cristiana, esta tendencia se había debilitado much El individualismo dejó paso al universalismo; el hombre se convirtió e un instrumento en manos de Dios, que asigna a la historia su objetiv y asegura al mundo su protección divina, mientras que el hombre, por mismo, no está en posición de hacer ningún cambio esencial en el mundo Esta interpretación de los hechos debe de haber dado lugar a una actitu metodológica definida hacia la descripción de esos hechos. La observació en las descripciones de la secuencia temporal de los hechos hizo que lo historiadores buscaran un nexo causal, pero el omnipresente pragmatism por otro lado, les hizo buscar en los hechos pasados modelos que en últirn instancia venían de Dios, y así bloqueaban el camino a los procedimiento de explicación, respecto a los factores determinantes de los cambios y las reflexiones sobre el auténtico concepto de causalidad en lo historico Algún progreso en las explicaciones históricas se debía a los historicoógrafo árabes, pero ellos también carecían de la categoría de desarrollo histórico
La historicoografía medieval era pragmática, tanto en su versión eclesiá tica (ejecución de ideas cristianas) como en su versión laica (servicio a lo monarcas y estados), pero, siguiendo una hegemonía más fuerte de los el mentos religiosos en la vida intelectual, tenía efectos de más largo alcanc que en ]a Antigüedad en lo referente a la selección de los hechos, y p01 tanto una pluralidad y objetividad relativas. Por otro lado el universalism cristiano contribuyó al desarrollo de las tendencias universalistas en
historicoografía, que intentaban abarcar todo el pasado en el contexto geo oráfico más amplio posible, incluso aunque la adopción del factor divin que explicaba todo no dirigía la atención hacia otros factores que podía ser la base de cambios y diferencias. Se pueden encontrar ejemplos en las obras de Orosio (mencionado previamente), Otto de Friesingen (siglo xii) y Martin de Opava (Troppau), llamado Martín el Polaco, autor de la Crónica de los Papas y Emperadores (siglo xiii). Por tanto, para todas las tenden cias hacia aproximaciones integrales, la falta de reflexiones sobre los con ceptos de diferencia, cambio, y desarrollo, impidió una transformación de la literatura de crónicas medieval, básicamente compiladora. Es obvio que ni la utilización más precisa del tiempo y el espacio, como elementoS de descripción basta para que esa descripción seó un cuadro coherente, Esto requiere una reflexión avanzada sobre la explicación de las diferencias de situaciones, cambios en el tiempo y desarrollo; tales explicaciones sólo pueden surgir de una aproximación exploratoria a los hechos pasados, y esi aproximación era inexistente en la Edad Media, como también lo había sido en la Antigüedad.
Pero las descripciones podían mejorarse basándose ero fundamentos lo más fiables posible. La Edad Media, especialmente en la historicoografía bt zantina y árabe, sí marcó algún progreso en el análisis de fuentes. Pero,
nos concentramos en la literatura cristiana, esa crítica era extremada’ mente tímida. Se debía a ciertos avances en la heurístic:s, la atención pees’ tada a la recogida de fuentes, y una documentación mós cuicIdosa

Crecía la demanda de obras que fueran de naturaleza laica y políticamente comprometidas en la misma medida en la que fueran religiosas. La cuestión era tener obras que correspondieran a la creciente manifestación de los sentimientos nacionalistas; los anales tradicionales y la hagiografía, basados en débiles fundamentos heurísticos y ya en decadencia por aquel tiempo, no podían estar al nivel que la ocasión exigía. La tendencia comenzó en los siglos xi y xii, tanto en Europa occidental como en Rusia (en este ‘ltimo caso, bajo la influencia de la historiografía bizantina), pero alcanzó su auge después, en el siglo xv.


En Polonia el intento de escribir una gran crónica nacional se manifestó en el siglo xiv en la forma de la Crónica Magna seu Longa Polonorum, que parece haber sido el resultado de una obra preparatoria (heurística) escrita probablemente por Junko de Czarnków 12, que tenía en mente el escribir una historicoa nacional 13• La idea fue puesta en práctica por Jan Dlugosz. Sus Annales atestiguan un considerable progreso en las técnicas heurísticas, incluso teniendo .en cuenta que Dlugosz fue uno de los historicoadores más eminentes de su época. J. Dabrowski asegura que en la época de actividad de Dlugosz «ningún historicoador en Europa podía igualarle, ni por supuesto, superarle» 14 También asegura que ni siquiera los primeros escritores y humanistas, incluido el famoso Enneas Silvio Piccolomini, produjeron una obra que puediera competir con la de Dlugosz, a pesar de que éste escribía todavía con el espíritu pragmático de la Iglesia. Utilizando las fuentes, Dlugosz mostraba su tendencia a basar sus conclusiones en los Fundamentos más variados posibles y a obtener fuentes primarias, cosa que has’ que subrayar, es decir, no sólo compilaciones posteriores, sino también aquellos documentos «que están desperdigados en las Iglesias, los archivos y otros lugares». Escribió que no quería «quedar satisfecho con la repetición de lo que habían escrito antes historicoadores extranjeros, sino que intentaba dar un paso adelante» 15 Hay que advertir, puesto que el hecho suele pasar desapercibido, que por medio de la yuxtaposición de varias fuentes (crónicas polacas, y datos bohemios, rusos, húngaros y de los caballeo’05 teutónicos, cartas, tradición oral, sus propias observaciones e informaciones de sus contemporáneos), Dlugosz mostró elementos de su crítica externa e interna. Según la costumbre de su época, Dlugosz no citaba sus fuentes, pero un análisis crítico de su trabajo muestra que cuando describía un hecho concreto prefería basarse en aquellos testimonios que hieran lo más originales posible, y lo más cercanos al hecho en cuestión. La fiabi]idad del trabajo de Dlugosz, debido al avance que representó en la heurística, ha sido demostrada recientemente, a pesar de que en sus narraciones confundía las informaciones sobre los hechos con invenciones de su propia imaginación, con las que quería llenar las lagunas de las Fuentes y ofrecer explicaciones causales. Su crítica de fuentes no podía ser todavía moderna porque aún no existían unas ciencias auxiliares bien desarrolladas: no aparecieron hasta más tarde, a partir de la reflexión sobre OS fundamentos del conocimiento histórico.
Pero el nacimiento de las ciencias históricas auxiliares podría situarss en la época de la actividad de Dlugosz. Corno era de esperar, estas disci plinas surgieron junto a la crítica de documentos, tan importantes en O Edad Media y que a menudo eran falsos. L. Valla (1407-1457), secretarh papal de mente excepcionalmente interesante, fue uno de los primeros estu diosos que mostró sospechas de este tipo. Cuando analizó la llamada dona ción de Constantino, que consideraba como mito, intentó usar la críticr externa e interna. Un historicoador, pensaba, debe ser objetivo y tener clan que su imagen del pasado no debe distorsionarse por el studium, odium vanitas
En la baja Edad Media, uno de los que aportó valores excepcionales a la interpretación de la literatura histórica fue Ibn Khaldun (Abd ar-Rahrnan Ibn Khaldun, 1332-1406), el historicoador más eminente del mundo rnusu1mán autor de un trabajo sobre la historicoa de los árabes, los persas y los bere beres, y de sus Prolegómenos a la historicoa, que hicieron época. En sus obras anticipó claramente los avances de la reflexión sociológica posterior sobre lo histórico a, señalando la necesidad de tener en cuenta los cambios de la estructura social en el proceso histórico. Analizando, sobre todo, lar diferencias entre los pueblos nómadas y los sedentarios, subrayó factores que provocan los cambios sociales (en especial el factor geográfico). Inter pretó la materia de la historicoa de una forma muy amplia, como un estudio de «la cultura del mundo», anticipándose así a la época de la Ilustración. En sus obras podemos encontrar destellos de una distinción entre historicos científica e historicoa descriptiva (la primera consiste en el estudio de los cambios de la estructura social). También combinó un conocimiento amplio y comprensivo de las fuentes con una gran cantidad de crítica17.

1. El desarrollo del modelo crítico de investigación y el erudicionismo temprano


Era destacable en la baja Edad Media y claramente marcado en los tiempos modernos que el centro del interés de un historicoador era rnoverse de la narración misma a los fundamentos de esa narración. El resultado fue un enorme desarrollo de las técnicas críticas del historicoador. La preciSión cada vez mayor de esas técnicas es el signusn specificuen del buen trabajo de un historicoador, y las mismas son consideradas por algunos historicoadores interesados en la metodología (por ejemplo. L. E. Halkin) como el criterio de la naturaleza científica de la investigación histórica, incluso hoy, que los modelos de investigación histórica están en un nivel más alto y la calidad de las técnicas de investigación está garantizada. Este criterio, que minimizaba la cuestión de los hechos pasados, fue enriquecido —a la luz del modelo crítico de investigación— por la exigencia de que las narraciones históricas fueran no sólo ciertas, sino también acomodadas a la teoría (filosofía). Esta exigencia fue mantenida principalmente por filósofos y teóricos de la ciencia, aunque los historicoadores destacados coipcidían en las consideraciones generales de la misma.
El modelo crítico de investigación estaba dominado por la reflexión
—inspirada por varios motivos— sobre los métodos de establecer las fuentes ero las que se basa la investigación, y por la crítica hacia tales fuentes. Esa crítica también cubría, por descontado, varias obras previamente escritas por historicoadores. Tal fue el espíritu que inspiró la primera historicoa moderna y general de la historicoografía, escrita por La Popeliniére . Las muchas e interesantes propuestas que se encuentran en esa obra —que proponía la idea de «historicoa acabada» (histoire accomplie)— incluyen la condena de las narraciones que atribuyen a sus héroes monólogos y diálogos inventados por los historicoadores. La Popeliniére se opone a la excesiva emisión de veredictos sobre el pasado, y compara a los historicoadores que lo hacen con los estudiantes que nada más dejar la sala de lectura tratan de «cambiar» las leyes de Licurgo o Solón. Subraya que la historicoa no debe escribsrse para beneficio de nadie. La narración debe ser verdadera y tener la intención de derrumbar las leyendas y los mitos. Su naturaleza científica debe ser establecida por el esfuerzo en descubrir las «causas naturales»

invetigación histórica. Cabría la posibilidad de apuntar muchas más obras que propagaron ese modelo de investigación.


Su equivalente filosófico se encontraba en las obras de Francis Bacon (1561-1626), que llamaba la atención hacia el cuidado en la formulación de opiniones y quería reformar la ciencia señalando el papel dominante de la iñducción. En el caso de la historicoa, esto significaba la recomendación de seguir estrictamente las fuentes. Pero no postulaba una renuncia total a las hipótesis que no estuvieran basadas en fuentes. Su intento de sistematizar aquellas ideas que acechan a las mentes humanas y estorban, por tanto, al historicoador en su reconstrucción crítica del pasado, se hizo célebre. Esas ideas son las que llama idola theatri (aceptación ciega de la doctrina), idola fon (tomar las palabras como cosas), idola specus (creencias individuales) e idola tribus (mitos de un grupo). Pero el induccionismo de Bacon no iba a encontrar plena confirmación hasta el positivismo del siglo xix.
Es evidente que, en comparación con la crítica moderna de las fuentes, ese tipo de crítica promovida y practicada con referencia a los testimonios del pasado tenía todavía un alcance limitado y. más aún, tenía sus orígenes, especialmente durante el Renacimiento, no en los esfuerzos independientes para lograr la verdad del historicoador, sino en fines prácticos. La referencia a los éjemplos históricos como argumentos para dirimir conflictos se hizo cada vez más popular. Y esto fue estimulado por la escalada sin precedentes de conflictos religiosos en el período de la Reforma. Los promotores de la Reforma buscaban apoyos en el pasado e intentaban demostrar (en un terreno determinado) la falsedad del cuadro del pasado dibujado por la vieja historiografía de la Iglesia y por su literatura histórica papal contemporánea. Estos intentos comenzaron en el siglo xv y se intensificaron en el xvi. En conexión con esto, el análisis de fuentes iría muchas veces más allá de la crítica externa, formando así el núcleo de la hermenéutica. Pero los resultados del interés analítico en las fuentes se iban a manifestar de forma más amplia sólo en el siglo XVII. El Renacimiento exigió un examen crítico de las fuentes, pero —si consideramos la cuestión desde el punto de vista del desarrollo de la reflexión sobre la historicoa— dio lugar a la extensión de la filosofía social y política (la primera podría Ilamarse también sociología histórica), de enorme importancia para la evolución, entonces en sus principios, de las opiniones sobre la materia de la investigación histórica. En N. Maquiavelo (1469-1527), F. Guicciardini (1483-1540), J. Bodin (1530-1596) y otros, esa filosofía, que hasta el momento había sido deductiva y teológica, entró en contacto con la historicoa. Sin embargo, el punto de partida no era una búsqueda estudiosa de la verdad que fuera de naturaleza pura. mente cognoscitiva, sino más bien las necesidades de conocimiento social y político, para lo cual se buscaba apoyo en el pasado, incluso aunque los autores en cuestión estuvieran apartados de una intención moralizadora.
La importancia excepcional de las obras de Maquiavelo para el des arrollo de la reflexión sobre la historicoa no puede menos que ser subrayada. Maquiavelo, a quien, por cierto, sus contemporáneos consideraban sobre tocin un hisioriarlor aporcó a la política —--despuós de un intervalo que duraba desde Aristóteles— un acercamiento laico y científico. En sus obras liis tóricas, Maquias rIo, sieuicndo un sendero parcialmente recorrido, si cofl s dínamos a los Vi llanis y sus Crdiiicas 6loreíi (0/35 OOruo sus prcdeCeS(rCS directas, accntuó las cuest0/fleS sociales y los confiicto/ en la sociedad, lo trrrró r ci origen del retado ( jo) nacimico to de) concepto de coriirai social!), por el papel social de la religión y la ley y por la vida económica. La ampliación de la materia de investigación histórica se relacionaba con las ideas filosóficas (teóricas) no teológicas, que ayudaron a organizar la descripción histórica de los sucesos, y que eran inexistentes en la historicoografía pragmática y en la del tipo de las crónicas. Esta ampliación de materia incluía también una selección apropiada de datos sobre los hechos. No es casualidad, entonces, que la reflexión sobre este asunto se remonte al Renacimiento. A pesar de las diferencias entre los dos historicoadores,
F. Guicciardini representó tendencias metodológicas en la literatura histórica similares a las de su gran predecesor 2
En el desarrollo de la metodología de la literatura histórica el punto crucial debe verse en el Methodus ad facilem Izistoniaruin cognitionem de
J. Bodin (1566), nacido de las controversias mencionadas más arriba sobre la Reforma y dedicada exclusivamente a las reflexiones sobre la historicoa, aunque se refería más a los hechos pasados que a los métodos para reconstruirlos . J. Bodin subrayó que el desarrollo de la literatura histórica requería un mejor análisis y una crítica más exhaustiva de las fuentes. En su reflexión sobre la historicoa fue el primero en subrayar con tanta firmeza la necesidad de los historicoadores de tener un conocimiento no basado en fuentes, sobre todo en cuanto a las cuestiones geográficas y cronológicas. En su análisis de la «historicoa humana», que caracterizaba como el origen de la sociedad y el estado, y por tanto como aquellos factores que explican las diferencias en las situaciones de los distintos pueblos, Bodin prestó atención a los rasgos geográficos y climáticos del entorno y a los rasgos antropológicos de los seres humanos (factores estáticos), pero también advirtió el papel de los factores sociales, principalmente los conflictos que surgen en las sociedades, y por tanto, los hechos relacionados con las acciones humanas (factores dinámicos). Muchas de sus conclusiones recuerdan las obtenidas previamente por su brillante predecesor Ibn Khaldun, cuyos escritos podría haber leído Bodin. Bodin mostró también un sentido más preciso del tiempo histórico y del proceso de la historicoa que el que habían tenido los historicoadores anteriores.
La aparición del concepto de «progreso» 4, no muy claramente comprendido aún en aquel tiempo, atestigua también una evolución general de las Opiniones del Renacimiento. El progreso se ha convertido desde entonces en una categoría permanente del pensamiento histórico, y puede considerarse como el principal logro de los escritores renacentistas en este terreo El estadio inicial de esa evolución lo marcaron las obras de F. Bacon
1. Bodin, el último de los cuales trató además de tener en cuenta ha cierto punto la historicoografía anterior. Aquel intento tuvo un continuad destacado en la persona de La Popeliniére.
El intenso sentido crítico manifestado en la literatura histórica del 1 nacimiento dio lugar a las ciencias históricas auxiliares, en primer lug la diplomática, en el sentido amplio de este término. Esto fue acompaña por grandes avances en la cronología, a partir de las controversias mc vadas por la reforma del Papa Gregorio XIII (J. Scalinger, 1540-161 Thesauius Tenoporuno; D. Petavius, 1583-1652, De doctrina Temporum, 162 Scalinger propuso la división del tiempo, en relación con la literatura Ii tórica, según principios matemáticos y astronómicos, mientras que Petavi fue el primero que consiguió fechar sucesos dividiéndolos entre los q tuvieron lugar antes o después del nacimiento de Cristo. Este sistema datación se hizo común durante el siglo xvii. Igual que el estudio de cronología, también la diplomática se desarrolló en el ambiente monásti de las abadías de St. Germain-des-Prás y St. Denis, pero no nació hasta 16 con la aparición del libro 1 de De re diplomdtica libri VI, de J. Mabillc El mismo período vio también la publicación del diccionario de latín n dieval de Du Cange, que ha conservado su valor hasta hoy.
El siglo XVII, que se caracterizó sobre todo por el progreso en técnica de establecer los hechos, vio la publicación de las primeras cols ciones de fuentes, a veces muy amplias, en las que los principios crític iban siendo gradualmente aplicados. En 1623, G. J. Voss publicó en Leyd su .4rs histórica, que fue el núcleo de los tratados futuros sobre la literatu histórica. i’o encontrarnos en él ningún análisis metodológico riguroso, su simplemente una lista de reglas de la técnica de la literatura histórica, relación con lo que Voss llamaba la capacidad de distinguir la falsed de la verdad. La capacidad de escribir historicoa es llamada aquí «arte hists rica», un arte crítico . La opinión, subrayada por F. Bacin, de que es neo sacio liburarse del pragmatismo y escribir narraciones objetivas sobre it hechos pasados, iba ganando terreno entre los estudiosos. Las discusion sobre el tema se intensificaron, lo que dio ímpetu a las tendencias crítica de una parte de los estudiosos que disponían de técnicas cada vez rnejore Los sucesos que tuvieron lugar en el siglo xvii, y en parte tambié en el siglo xvi, en la esfera de la literatura histórica, merecen atenciÓ especial 6 Fue en aquel tiempo cuando se formó por primera vez, sobo todo en Francia, un círculo de historicoadores y estudiosos en general co’S cientes de su identidad y concentrados en una reconstrucción objetiva d los hechos pasados. Querían considerar la historicoa como una ciencia, y oponían por tanto a las tendencias pragmáticas, especialmente las inSP radas por la Iglesia y los grupos dirigentes. En este sentido, rechazaba’ totalmente las especulaciones, comunes anteriormente, sobre los hecho pasados, y centraban la atención en una mejora de los métodos de investigación, principalmente la crítica de fuentes. En las discusiones se empezó a prestar atención a la necesidad de ipoyar las afirmaciones. Una muestra interesante la ofrece sobre todo el t4cta Sarsctorum, obra del grupo de estudiosos llamados Bollandistas, seguidores de Jean Bolland, el iniciador de la publicación. En su obra se aplica un pensamiento científico riguroso a un terreno tan poco cultivado por la crítica corno la hagiografía. La manifestación más clara de las nuevas tenadencias de la literatura histórica podía verse en las obras de Mabillon ly Du Cange, antes mencionadas. Fue Mabillon quien estableció las reglas ifundamentales para investigar la autenticidad y fiabilidad de las fuentes, :iiorrnas que iban a conservar su valor durante largo tiempo .
En resumen, podemos hablar dci nacimiento de la primera fase del .erudicionismo en la historicoografía. Su primera función consistió en intentar ‘convertir la investigación histórica en algo científico. Los defensores del erudicionismo se enfrentaron a la historicoografía dirigida por la Iglesia o por la nobleza. Por supuesto, la historicoografía erudita no desapareció en el siglo xvii> sino que continuó existiendo y enriqueciéndose regularmente con valores nuevos que después se convirtieron en los rasgos característicos de las obras históricas.
A pesar de estos intentos críticos, la literatura histórica continuó siendo un arte que no profundizaba en la crítica, sino que intentaba jugar, junto con la filosofía, y a veces incluso por sí sola, el papel de magistra vitae. Así puede entenderse que no lograra ganar la aprobación del riguroso y escéptico Descartes (1596-1650), como antes no había logrado la aprobación de Aristóteles. Descartes, que postulaba un modelo deductivo de conocimiento, reprochaba a la historicoa su escasa crítica, demasiada imaginación, e incapacidad de seleccionar los hechos. Al hacerlo tenía bastante razón, y esta situación de la historicoa, junto con el hecho de que la ciencia natural, anteriormente rechazada, se iba haciendo cada vez más científica, podía agrandar la distancia entre los estudios sobre la naturaleza, amplios y rigurosos, y los estudios sobre la sociedad.
La influencia de Descartes en la metodología de la investigación histórica fue doble. En primer lugar, promovió una atmósfera filosófica que favoreció la lucha en favor del rigor, la claridad y el espíritu crítico. En segundo lugar, al proponer la idea del progreso constante, fijado de una vez por todas hasta que el conocimiento humano, basado en el axioma del orden natural del universo, llegue al estado de perfección, Descartes fue el vercladero autor de la idea, desarrollada en la época de la Ilustración, de las leyes de la naturaleza consideradas corno axiomas de los que se puede deducir todo el conocimiento humano (por un proceso de deducción análogo al de la geometría). Esto implicaba una idea definida de progreso: a partir de Descartes el progreso se convirtió en algo ahistórico, como un «proceso natural», que es la realizacion de las leyes inmutables de la naturaleza que hacen felices a los seres humanos y pueden ser abarcadas por la razón. l carác inmutable de estas leves iba unido, obviamente, a la afirma‘O1l de que la naturaleza humana es también inmutable. En esta interPletaciónel progreso suponía la posibilidad de aveliguar las leyes que lo
. Jean Mabjilon ç1639-l7O7) fue UI] muflie de la abadia benedictina de St. Ger5am des-Prés en Paris. Estableció las sectas para examinas la autenticidad de
roS .funt es (diplomas medie\ ales) cuando estudiaba docuismejitos del período cnn ngmo. Jean Dotland, 1596-1665, un lesuil a bel9a, lleno al mnisi 15) 1 esultacio ml
‘sar documeimt os pertinentes a la biopraíma cte santos (Las dr tn Snsmctormmni ‘melonadas más as m iba) y al preparar cmi ..

riren, como principios a priori que son independientes del curso real d los aconteirnientos. Hasta la época de la Ilustración no llegaron a bu carse dichas leyes en serio


2. La variante filosófica del modelo crítico de investigación histórico Desarrollo posterior de los instrumentos de crítica histórica en
siglo XVIII
El peligro de una desproporción entre el desarrollo de la investigació. histórica y el de la ciencia natural fue evitado por el desarrollo posterio de las ideas políticas y sociales antifeudales, nacidas durante el Renaé miento y unidas a la decadencia del feudalismo y al crecimiento de 1 ideología correspondiente a las necesidades de la burguesía, que iba gananci fuerza. Esto ocurría porque estos hechos daban a la historicoa la oportunida de convertirse, a su debido tiempo, en la ciencia que investiga el origei y desarrollo de la sociedad humana, y explica la formación de las institu nones sociales, sobre todo la institución del estado. Esto fue demostraá primero por las reflexiones de Grocio, Harrington, Hobbes, Locke (entr otras cosas, en relación con el problema del contrato social), y más taroi por el vasto panorama del pensamiento filosófico, social y político de siglo xsiii. Esto, sin embargo, requería un inmenso trabajo paralelo sobr la metodología de la investigación histórica. Pero esta última no logn ir a la velocidad de los logros en la explicación del proceso histórico logros relacionados con el progreso en la conversión de la investigación histórica en «filosófica>, es decir, con la gran irrupción de las ideas sociale>
El interés por la explicación causal, o sea, por explicar sobre todas las diferencias entre las situaciones reales de los diversos pueblos, induj a los estudiosos a desarrollar el método comparativo las aproximaciones genéticas. Mientras que la heurística y la crítica de fuentes, y por tant el establecimiento de los hechos pasados, se desarrollaban cada vez más la epoca de la Ilustración ejerció una mayor influencia sobre la definiciór de la materia de la investigación histórica, sobre el análisis de los factore que ayudaban a explicar los hechos pasados, y sobre las leyes del progresO en la historicoa. En la reflexión sobre la naturaleza de la narración histórica la historicoa comenzó a aparecer, de forma incierta al principio, como Ufl disciplina científica que describe los sucesos pasados (interpretados a parto del Renacimiento de forma cada vez más amplia) con cierta actitud crítica explica los hechos, e intenta predecir —por medio de generalizacioneSlas posibles conexiones mutuas de los sucesos. Como resultado de todo esto las importantes lagunas de los tiempos antiguos en la reflexión metodológiti sobre la historicoa iban cubriéndose, a veces de forma superficial, pero est’ no significaba que hubieran desaparecido las desproporciones en la reflexi°0 metodológica.
La enorme tarea de hacer de la historicoa una disciplina totalmente fl dura contó con la colaboración de los filósofos (en el sentido que entonelO se daba a este término) y de los escritores de historicoa. FI rasgo caraCt° ‘dstico ruc el vivo intorés mostrado en la invcstigacidn histórica práctl°’ gor o’ lilusofos, incluidas las go asiolos socoles de aquella época (como lIso0
Voltaire y otros), un hecho cuya importancia para el desarrollo de la ciencia histórica y de la reflexión sobre ella merece ser destacada.
En cuanto a la heurística y la crítica de fuentes, es digno de subrayarse can cierto escepticismo cognoscitivo. En 1722, Lavesque de Pouily escribió Sur l’iucertitude de l’histoire des quatres prerniers siécles de Rome; un estudio parecido fue publicado en 1738 por Louis de Beaufort9. Más confianza en la posibilidad de encontrar la verdad con el apoyo de las fuentes mostraba Nicolás Lenglet de Fresnoy, autor de La Máthode pour étudier l’lzistoire (1713, versión aumentada en 1740), que fue el libro de texto sobre la técnica de investigación histórica que siguió al Ars histórica de Voss. Una comparación de los libros de texto de Voss y Fresnoy muestra que la crítica progresaba 10 Fresnoy intentó ordenar los criterios de fiabilidad de las fuentes (observaciones hechas por el propio autor de una fuente, imparciatidad, claridad y precisión de las afirmaciones) y las causas de los defectos en las fuentes procedentes de diversos períodos. Señaló, de acuerdo ron la opinión que entonces nacía; las diferencias entre los originales, más valiosos para los investigadores, y las copias de las fuentes. Subrayó la importancia del conocimiento no basado en fuentes para establecer los hechos (conocimiento de varias religiones y costumbres). Numerosas y ambiciosas ediciones de fuentes proporcionaron práctica y al mismo tiempo un estímulo para desarrollar la heurística y la crítica de fuentes, y por tanto, las ciencias históricas auxiliares. Los siguientes títulos pueden servir d6 ejemplo. Franreses: Palaeograpl7ia graeca, de Bernard de Montfaucon (1708); Rerum Gallicarum et Franciscarum scriptores, de M. Bouquet (a partir de 1738, en 31 volúmenes); Sacrorusn Corscillorun-a nova et amplissisna collectio, de
En vista de este vivo interés por la heurística y la crítica de fuentes, la exigencia de una nueva publicación como la de Mabillon parecía natural; fue satisfecha por Toustain y Tassin, que publicaron Le nou-o’eau traité de deplomatique (6 volúmenes, 1750-1765). El desarrollo de la diplomática fue acompañado por el de la paleografía, que se convirtió gradualmente en una disciplina histórica auxiliar aparte. Lo mismo ocurrió con la cronología; SU origela como disciplina histórica auxiliar se remonta a los estudios hechos Por los benedictinos franceses, quienes en 1750 comenzaron a publicar L’art
de i.’érifier les dates et les ¡anis historicoques.
Las décadas siguientes vieron la publicación de gran número de libros de texto sobre las distintas disci. punas históricas auxiliares. El desarrollo gradual de la lingüística aportá también instrumentos cada vez más precisos para la comprensión y la crí tica de las fuentes.
Las primeras reflexiones teóricas sobre el establecimiento de los hechos no lograron tampoco ponerse a la altura de los avances en la práctica de investigación. El progreso en ese campo, en comparación con la obra de Fresnov, fue mostrado sobre todo por los estudios de J. l\4. Chladenius (Allgenzeine Geschichtsniissensc/10/t, 1752) y G. B. de Mably (De la maniérc d’écrire l’histoire, 1782), y después por los numerosos libros de 1. C. Gatterer y A. L. Schlózer. La obra de Ch]adenius estaba dominada por la cuestión de la fiabilidad de las fuentes. El grado de fiabilidad de una unidad de información basada en fuentes, o sea, su concordancia con los hechos, lo indica la «calidad» del informador, el grado de universalidad del suceso en cuestión, la confirmación por otras fuentes, las conclusiones que deben sacarse del análisis del estado real de las cosas. Las otras obras, junto a los problemas de la crítica de fuentes, prestaban más atención a las nuevas aproximaciones a los hechos sociales y políticos, tan características de la época de la Ilustración; la tendencia a escribir historicoa universal; las refle xiones sobre la clasificación, el esfuerzo para conseguir una interpretación integral de los sucesos pasados y de los lazos entre la historicoa y las demás disciplinas. En Polonia, estas ideas fueron brevemente expuestas en Memorial wzgledem pisania iris toriL narodorr’ej (Memorandurn sobre cómo es cribir historicoa nacional) (1775), de A. Naruszewjcz (1733-1796). Este eminente historicoador subrayó la importancia de una técnica correcta para alcanzar fa verdad. Escribió: <‘La crítica nos dice cómo discernir lo bueno de fc malo, las apariencias de la verdad, cómo pesar los asuntos humanos en la escala de Ja razón, cómo descubrir sus causas, analizar los métodos y s’alorar los efectos» , aunque, preocupado por las ideas de la época de la Ilustración, representó más el erudicionismo naciente que la historicoa «filosofizante,> En su esfuerzo por «filosofar» la historicoa, ese erudicionisnio, marcado por el acento puesto en una exposición sistemática y académica de la materia, fue propuesto por representantes de la escuela de Góttingen. [undada por 1. C. Gatterer (1727-1799) y A. L. Schlüzer (17351809), célebres autores de algunos esbozos de historicoa general 12, Esta escuela se convirtió en el precedente o precursor directo del modelo erudito de investigación histórica, que se desarrolló en el siglo xix, pero no debe confundirse con esta última corriente, La lucha en favor del erudicionjsrno y de la crítica fue al principio muy limitada (por ejemplo, Gatterer y Schlózer no sabían aún cómo separar la historicoa bíblica de la laica), x’, por otro lado, las relaciones con el giro volteriano eran demasiado estrechas.
Los cambios en las visiones sobre la materia de la investigación histórica estaban muy relacionados con el progreso en la explicación causal ] A. Naruszcwicz, «Memorial wzgledem pisania liistorii narodowcj» (Mene i-ánduni sobre cómo esci ibir una historicoa nacional),

Junto al desarrollo de la aproximación crítica a las fuentes históricas, éste fue el mayor logro de la reflexión metodológica moderna sobre la historicoa. La influencia de los problemas sociales en el estudio de la historicoa, y por tanto, la extensión esencial de la materia de la investigación histórica —o el nacimiento de la ciencia social dentro del estudio de la historicoa— data sólo, como hemos dicho, del Renacimiento. Es significativo que son los historicoadores —Ibn Khaldun y Ferguson, el autor de Essay on the History of Civil Society (1767) a quienes se suele mencionar corno padres de la sociología. En sus obras históricas analizaban dinámicamente las diversas categorías sociológicas relacionadas con la vida de los grupos sociales y con los cambios sociales. Junto a las obras pioneras de estos dos estudiosos y los estudios anteriormente mencionados del Renacimiento, la evolución de las opiniones sobre la materia de la historicoa fue estimulada por las obras de la época de la Ilustración: sobre todo las de Voltaire y además las de Montesquieu , A. FI. L. Heeren ‘, J. Müller E Gibbon y otros muchos. Voltaire afirmaba que el hacer una historicoa’ científica dependía del desarrollo de las técnicas de crítica y de la amplitud de los puntos de vista del historicoador sobre el pasado. El conocimiento creciente del pasado como un todo, en todas sus manifestaciones, apoyado por la filosofía, iba a ayudar a conseguir un cuadro verdadero del pasado —cosa que los historicoadores de la época de la Ilustración vieron claramente, La obra de E. Gibbon sobre la caída del Imperio Romano sirve como un ejefnplo excelente de este tipo de literatura histórica. En general, en las obras de este tipo, unidas a la expansión intelectual del pensamiento laico moderno, social, político, legal y económico, obras que además surgían a partir del conocimiento geográfico cada vez mayor (por ejemplo, los descubrimientos de nuevas tierras), la materia de la narración histórica aparece claramente como el estudio de toda la cultura humana en sus formas más variadas y evolucionadas; la historicoa abarcaba áreas cada vez mayores de las actividades humanas, que aparecían en las formulaciones más dispares. Por otro lado, sin embargo, sabemos


13 Esto se refiere, sobre todo, a la obra Le Siócle de Lotds XIV, Berlín, 1751, rn la que Voltaire trataba muchos problemas económicos. Estos intereses nos los muestran también otras obras suyas, especialmente Essai sur les Moeurs eS Esprit des Natioris (1753-1758). Los autores posteriores difieren ampliamente en SUs opiniones sobre el papel de Voltaire en la historicoa de la investigación histórica. Es alabado por Fuoro Diaz (Voltaire storico, Turba, 1958), mientras que 1 FI. Brunfjtt (Voltaire Historicoan, Londres, 1958) es mucho más crítico, y señala que en algunas cuestiones las interpretaciones de Montesquieu son mejores, Y que Voltaire daba todavía demasiada importancia a los individuos sobresal1entes Para la edición modelo de las obras históricas de Voltaire, ver Voltaire, Oeuvres hrstorzques, Bibliothéque de la Pléiade, París, con una introducción de Rene Pomeau Ver también Ideas jo Histor-3’. Essays presented to Louis Gottschalk, Durham N. C.. 1965 (con documentos sobre Voltaire y Condorcet de K. Weintraub

que incluso las más consistentes formulaciones de un problema iban


seguir siendo meras exigencias durante unos cincuenta años; era demasiad fuerte la inercia de las viejas tradiciones en la literatura histórica. De cualquier modo, iba ganando terreno una aproximación cada vez más integral a las tareas de la historicoografía, lo cual dio lugar a un interés por la historicoa universal, siempre en aumento. Este tipo de integracionismo se basaba en fundamentos bastante diferentes de los de la Iglesia Cristiana, cuyo universalismo se integraba por la idea de Dios.
Hoy es difícil decir si esa introducción de factores cada vez más diversos en la busca de las causas de las diferencias entre las situaciones de distintos países y pueblos dio lugar a una ampliación de la materia de la investigación histórica, o si la relación fue la contraria. Pero no hay duda de que estas dos tendencias fueron concomitantes, aunque ambas se veían obstaculizadas por la idea de la naturaleza humana iaqsutable, una idea que tenía bastante fuerza en la época de la Ilustración.( Entre los factores apuntados para explicar las diferencias y los cambios, el mundo sobrenatural iba perdiendo su papel (obviamente, sólo en las mentes de los que seguían el espíritu de su tiempo, e incluso no sin excepciones),7rnientras que factores tales como el entorno geográfico y el clima, el nivel intelectual de los diversos pueblos y las características culturales de los grupos sociales, e incluso los factores económicos (principalmente comerciales) iban siendo analizados con mayor precisión, lo cual puede considerarse como el nacimiento de muchas disciplinas especializadas, como la antropogeografía, etnología, historicoa económica, e incluso la sociología. Esto dio mayor importancia a los factores dinámicos, relacionados con las actividades humanas, pero las dife rencias y los cambios en los factores estáticos, independientes de las acciones humanas, como el clima, el entorno geográfico, y las diferencias raciales, siguieron dominando por un tiempo la reflexión histórica.
Sería difícil enumerar todos los historicoadores importantes que tu. vieron en cuenta los factores mencionados. Se pueden ver en general en todas aquellas obras que intentaban considerar la materia de la descripción histórica de un modo más amplio, y que rompieron con la interpretación ljteológica de la historicoa, que todavía tenía fuerza y cuyo modelo fue dado en el siglo xvii por Bossuet. Pero algunas de las obras fueron de especial importancia para el desarrollo de las reflexiones sobre la naturaleza y las relaciones internas en la historicoa. Pertenecían a dos tendencias: una que prestaba más atención a los factores físicos y biológicos, y la otra que buscaba la explicación del carácter nacional y de las situaciones de los grupos sociales en los factores socio-psicológicos. En este sentido, Montesquieu analizaba sobre todo los factores climáticos, que según él tenían la máxima importancia, y a continuación el comercio y los contactos entre los pueblos, la densidad de población el nivel intelectual 8 Gibbon veía las causas de la caída del Imperio Romano en el desarrollo del Cristianismo. D. Hume, filósofo, pero también el autor de Historv of Great Britain, en 19 volúmenes (a partir de 1754), llamado determinista cultural por FI. Backer y 1-1. E. Barnes, fue más allá en su análisis de las diferencias y los cambios. Pensaba que antes de tener en cuenta los posibles efectos de los factores climáticos y biológicos, debemos investigar ante todo los efectos de los factores culturales. Entre éstos se pueden incluir los diversos procesos de congregación, imitación y educación, contactos entre diversos grupos e intercambio de ideas, y una ruptura revolucionaria de las relaciones estables en el área de las ideas, poder político y sociedad 19 Turgot siguió la misma dirección 20, Pero, como en el caso de Montesquieu y Hume, la afirmación de que la naturaleza humana no cambia (considerando al hombre ahistóricamente) privaba de profundidad histórica a sus intentos de explicación de las situaciones en las diversas comunidades, convirtiéndolos en esquemas anónimos aplicables a cualquier período de la historicoa. Creía que el hombre es siempre el mismo, en todas las épocas y en todos los lugares 2i En su opinión, el cambio social nace sobre todo como resultado de las migraciones y de los contactos culturales, especialmente por medio del comercio 22
Los factores sociales, y en grau medida también los factores económicos, fueron tenidos en cuenta por J. G. Herder, quien, aunque prestaba atención al papel del entorno geográfico, y al clima sobre todo, como un factor permanente, no sucumbió al determinismo geográfico, evitando así los errores cometidos por Montesquieu. Si considerarnos toda la historicoografía de la época de la Ilustración, Herder mostró probablemente la mejor comprensión de la interacción de los diversos factores en la historicoa, pero la significación excepcional de esa mente consistió en romper con la idea de una naturaleza humana inmutable, a pesar de la actitud diferente adoptada por Kant. Si consideramos la actitud similar de Ferguson, y la de Condorcet, que al hablar del progreso constante en la historicoa de la humanidad, pensaba que se debía a los progresos de la mente humana y de la educación 23, podemos decir que los pensadores de la época de la Ilustración desarrollaron una Enarcada corriente que consideraba la literatura histórica como un reflejo del efecto dialéctico (esto, especialmente, en el caso de Herder) de factores constantemente cambiantes del progreso del hombre, es decir, una corriente en la investigación histórica que intentaba enlazar el estudio del progreso con el estudio del proceso real de los sucesos históricos. En esta corriente Se incluye también A. L. Heeren, que ponía el acento en fenómenos como el comercio, el transporte, las migraciones y los conflictos 24 Todos estos autores, como no comprendían el concepto de progreso, pero querían averiguar los elementos de las diferencias entre las situaciones humanas, tenían que referirse a datos de otros campos, lo cual dio lugar al método compa rativo en la investigción histórica.
Un interés creciente por el pasado y unos análisis históricos cada vez más profundos contribuyeron a la reflexión sobre la naturaleza metodológíca de la ciencia histórica. Esto no se refería a la literatura histórica tal como estaba en un período concreto, sino más bien al lugar que la historicoa debería ocupar en el terreno de las ciencias. Hasta cierto punto esta reflexión era una variedad concreta de la reacción anti-cartesiana. R. G. Collingwood escribió que Hume, en su Treatise co Human Nature (1734-40), «puso a la historicoa en su lugar» En realidad, las contribuciones de Hume (como las de Locke y parcialmente las de Berkeley) a las reflexiones sobre la historicoa como ciencia son grandes, pero el <(poner a la historicoa en su lugar», es decir, el considerarla no sólo como una narración, sino como una ciencia de un tipo concreto, fue la obra colectiva de una galaxia de mentes brillantes, La primera de ellas fue la de G. B. Vico (1668-1744), el autor de la precursora Scienza Nueva, publicada por primera vez en 1725, y exhaustivamente revisada y publicada en una versión nueva en 1738. Reprochaba a Descartes su errónea tendencia a seguir el modelo geométrico para toda investigación, cuando las distintas ciencias requieren diferente tratamiento, según su mate ria. La historicoa, que se ocupa del estudio de lo que ha hecho el hombre, tiene un método distinto de la ciencia natural. Como el hombre tiene una mayor oportunidad de abarcar las acciones humanas que la naturaleza, el carácter de la historicoa, según su contenido humanístico, se define con bastante claridad 2S La historicoa era concebida por Vico como el estudio del pasado de la sociedad. Respecto al alcance del proceso cognoscitivo, la opinión de Kant era parecida, ya que aseguraba que el conocimiento del hombre alcanza los límites de sus propias acciones, pero Kant estaba preocupado por la ciencia natural, en la que estaba introduciendo la idea de cambio y variabilidad (que no iba a afectar al pensamiento histórico hasta una fecha más tardía), y por tanto no se interesaba demasiado por la historicoa. Mientras que las ideas de Vico formularon el punto de partida en el análisis metodológico de la investigación histórica en la época de la Ilustración, las ideas de A. N. Condorcet (1743-94) marcaron su culminación. Pero las obras de estos dos autores, que aún pertenecían a una misma tendencia de renacimiento, característica de la época de la Ilustración, iban acoifl pañadas de la diversidad naciente de puntos de vista sobre la posibilida& de aplicar patrones usados en la ciencia natural a la investigación histórica, y a la investigación en las ciencias sociales en general. Vico, obviamente, no veía el problema como una opción entre dos modelos metodológicos:
ólo buscaba un lugar para la historicoa en el mapa de la ciencia, del que había sido apartado por Descartes. Por el contrario, Condorcet, que seguía las ideas cartesianas, tenía su propia visión del problema: quería formular una ciencia universal del hombre, siguiendo el modelo de las matemáticas, que a su vez determinaban su opinión sobre los problemas metodológicos de la historicoa. Como en el caso de la naturaleza, la historicoa de la humanidad se rige por leyes que pueden ser descubiertas en el proceso de la investigación. Una vez que conocemos estas leyes, la corriente del desarrollo se puede predecir de manera científica 27 Pero éstas son aún leyes deductivas basadas en la aceptación del orden predeterminado por la naturaleza. Una vez descubiertas estas leyes, la actividad práctica debe crear las condiciones adecuadas —por medio de una apropiada conformación de las mentes— para asegurar un curso «natural» de los sucesos y para apartar todos los obstáculos que puedan impedirlo.
En resumen, el período que hemos denominado de la reflexión crítica sobre la historicoa, y que —por lo que respecta al siglo xviii— podría llamarse igualmente el período de la reflexión filosófica o de la deducción, estuvo marcado por importantes cambios en la historicoografía. Junto al gran progreso hecho en la heurística y en la crítica —en el campo del pensamiento metodológico—, que dieron lugar a aproximaciones teóricas a estas ramas del procedimiento del historicoador, la narración histórica se vio imbuida de elementos de la teoría social, lo cual se debió a una creciente demanda social para la literatura histórica. La estructura de las aproximaciones históricas empezó a sur.gir de estos elementos. Nuevas partes de esa estructura, en forma de categorías sociológicas, antropo-geográficas, e incluso, hasta cierto punto, económicas, fueron añadidas a las partes antiguas, mientras tanto reforzadas por los intentos de periodización de los elementos temporal y espacial que contribuyeron a organizar las descripciones históricas. Esto hizo surgir la convicción de que era neceario un conocimiento teórico definido que guiara la investigación histórica. Estos cambios en las Opiniones sobre la investigación histórica se combinaron con una evolución en las miradas hacia el pasado. La gente empezó a ver en el proceso histórico la labor de ciertas leyes universales, y no sólo «la mano de Dios», aunque esas leyes se interpretaran de modo cartesiano. Esto permitió indicar, en relación con las leyes de la naturaleza, la posibilidad de que la historicoa fuera un instrumento de predicción (sobre todo Condorcet). Todo esto, por Supuesto, se refiere a los logros más importantes, que estaban cuantitativamente perdidos en un mar de literatura histórica tradicional, no crítica Y regida por las anécdotas, que era una continuación de la historicoografía pragmática tradicional.




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