J o s e p h L o r t z



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Su vida mostró, finalmente, hasta qué punto el dogma y el sacra­mento fueron extraños a su más honda intimidad. Erasmo fue sacerdote, pero así como los sacramentos rara vez aparecieron en sus exposiciones y raramente celebró la misa, también se despidió de esta vida sin sacramentos.

g) Especial crítica merece lo que podríamos llamar el principio bíblico de Erasmo. Este principio encierra un auténtico peligro para la unidad de la doctrina cristiana. Como tantas veces al interpretar a Erasmo, también aquí lo decisivo es distinguir, de una parte, la corrección de su confesión católica, y de otra, lo que supone vivir y pensar desde la plenitud del catolicismo. No cabe duda de que Erasmo reconoció la Iglesia y su magisterio como instancia suprema en la interpretación de la Escritura y se

mostró dispuesto a someterse a sus decisiones. Pero de la praxis de su método exegético-filológico se deduce que quien decide como experto es, en definitiva, el docto lingüista. El católico Erasmo desconoció el principio bíblico de los reformadores. Pero a su vez lo preparó. Sus mismos contemporáneos advirtieron la relación entre la exégesis erasmiana y el principio bíblico de la Reforma.

h) El influjo de Erasmo fue universal. Sin él es inconcebible la vida espiritual de los siglos XVI, XVII y XVIII. Por el rasgo individualista de su actitud espiritual y de su religiosidad, por la edición del Nuevo Testamento griego, por su crítica textual de la Biblia y por su crítica muchas veces destructiva contra la Iglesia, Erasmo constituyó, además, una de las causas más inmediatas de la Reforma.

Naturalmente, dada su actitud teológica fundamental, tuvo por fuerza que chocar con ella en puntos decisivos. Erasmo subrayó la fuerza propia del hombre, su voluntad, su inteligencia. De acuerdo con la tradición católica, sostuvo la cooperación de la gracia divina y la voluntad humana en el proceso salvífico. Por desgracia, tampoco en esta cuestión particular fueron uniformes sus expresiones. Por una parte dijo que la «Filosofía de Cristo», a la que denominó renacimiento (Jn 3,3), «no es otra cosa que una renovación de la disposición natural, de suyo ya bien dotada». Pero en su escrito «Sobre el libre albedrío» se separó claramente de Pelagio e incluso de Duns Escoto, atribuyó la mayor parte (incluso de los méritos) a la gracia de Dios y exigió que el hombre no se gloríe del bien que hay en él. Por supuesto que con buen sentido católico se opuso a no ver en el hombre más que pecado. En su famosa réplica De servo arbitrio, Lutero caricaturizó injustamente las tesis de Erasmo.

8. Frente al peligro que para el dogma y para la Iglesia suponía la actitud de espíritus como Erasmo, la misma Iglesia no tomó ninguna medida27. Hecho profundamente significativo para aquella época, en la que muchos jerarcas eclesiásticos estaban en la práctica tan enredados en la confusión teológica que no tomaban a mal a los cultos, los eruditos, los sabios y los poetas el que en sus obras pusieran en peligro los fundamentos mismos del ser de la Iglesia, o también ni siquiera atisbaban el peligro que les amenazaba. El relativismo debilitador («la tibieza» de que habla el evangelio) había penetrado profundamente en la misma Iglesia. Se echaba encima el peligro de una descomposición general desde dentro. El influjo efectivo de Erasmo fue también por esta dirección.

Visto desde esta perspectiva, el tremendo golpe de la Reforma, que escindió el Humanismo en dos y obligó a muchos hombres de Iglesia a despertar de su despreocupación humanista, de su indiferencia relativista y



27 Únicamente la Facultad Teológica de París condenó en 1527 treinta y dos proposiciones concernientes al castigo de los herejes, que Erasmo rechazó justamente como anticristianas.

de su sobrevaloración de la cultura frente a la fe, forzándoles a ponerse en actitud de vigilia, cobra una significación estremecedora y positiva en la redención obrada por Cristo y dentro del plan salvífico de Dios.



IV. EL HUMANISMO EN ESPAÑA

En toda Europa, pero sobre todo en Francia, hallamos, alrededor del 1500 y, luego, durante todo el siglo XVI, el importante movimiento del «evangelismo», que, mezclado por varios conceptos con las corrientes humanistas, surtió efectos edificantes desde el punto de vista religioso a la par que disolvente desde el jerárquico y eclesiástico. Junto a este movimiento se dio también en Francia, y con diferente intensidad en Italia y Alemania, aquel Humanismo ilustrado que para la Iglesia fue más perjudicial que beneficioso. Pero hubo un país en el que el Humanismo demostró ser capaz ya entonces de servir plena y directamente a la religión católica. Este país fue España. El Humanismo, sobre todo en la obra del franciscano Francisco Ximénez de Cisneros (1436-1517), arzobispo de Toledo, primado de las Españas, cardenal y luego gran inquisidor28, encontró en España una situación espiritual esencialmente libre de todo tipo de descomposición interna religiosa o eclesiástica; y encontró también una conciencia eclesial y una piedad inquebrantables, como en la Edad Media. La lucha secular contra los moros, que había llegado a su final victorioso bajo el reinado de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, con la toma de Granada en 1492, había hecho posible esa situación. El alejamiento de la Iglesia provocado en otras partes por el Humanismo no se produjo en España, y así España pudo convertirse en el país del catolicismo del futuro, el país de la reforma católica y de la contrarreforma. Su ardor místico habría de tener su máximo exponente en Teresa de Avila. Y su valor y su audacia caballeresca contra los enemigos de la Iglesia tuvo en san Ignacio y en su Compañía de Jesús una manifestación decisiva para la



historia29.

§ 77. ESCISIONES RELIGIOSAS - REACCIONES

28 La obra de Cisneros estuvo vinculada (aparte de la reforma de conventos) a la
Universidad de Alcalá, por él fundada, por medio de la cual consiguió poner las bases
para una teología purificada, como la que luego representarían los Padres más notables
del Concilio de Trento. La base material fue la Biblia Políglota, promovida por Cisneros
y elaborada sobre un amplio material de manuscritos. El nombre le vino de Alcalá (=
Complutum): Políglota Complutense.

29 En todo el ámbito español se echó de ver una plenitud de fuerza formidable. Una
muestra indicativa de su peculiaridad por muchos conceptos nos la ofrece la singular
arquitectura del período siguiente y también algunas importantes obras pictóricas, como
la del Greco (1541-1614): incluso en ese sobrecargamiento abigarrado se revela la
victoria de una fuerza luminosa, una llama ardiente.

  1. Una demostración palpable de la confusión reinante en la vida
    religiosa de aquella época fueron las tendencias heréticas y sectarias que se
    desencadenaron. Estos movimientos constituyeron el núcleo de una
    religiosidad auténtica, latente bajo el «exteriorismo» a que nos hemos
    referido, pero también fueron preanuncios y síntomas de la violenta
    revolución inminente, indispensables, por tanto, para comprender ade­
    cuadamente la Reforma. Sin tal pureza religiosa, la llamada de Lutero al
    rigorismo religioso no hubiera podido hallar el eco que efectivamente
    encontró; y sin tal rigorismo tampoco habría tenido éxito su llamada a la
    ruptura.

  2. Las manifestaciones de que ahora nos vamos a ocupar30 no
    llegaron a constituir agrupaciones propiamente dichas, sino fueron más
    bien corrientes de espiritualidad. El núcleo de todas ellas fue en todas
    partes el descontento ante la situación y los defectos existentes en la
    Iglesia, el Estado y la sociedad. Tal descontento confluyó con la vieja
    exigencia que pedía el retorno a la Iglesia sencilla y pobre de los tiempos
    apostólicos. Ya hemos visto que desde mucho tiempo atrás se venía
    formulando esta exigencia a los prelados y a la curia romana. En no pocas
    ocasiones se llegó a afirmar que la pobreza de la vida apostólica era
    condición previa para ejercer la autoridad en la Iglesia. Tal fue el
    pensamiento de algunas fuertes tendencias surgidas de un concepto harto
    espiritualista de la Iglesia (se ve claro, por ejemplo, en Wiclef, como
    también en los relatos sobre los «flagelantes voluntarios»). Este
    descontento se tornó más explosivo a raíz de las extraordinarias y fuertes
    tensiones sociales, hasta el punto de provocar una revolución religiosa
    contra las riquezas de la Iglesia. (En Alemania, la Iglesia poseía casi un
    tercio de la propiedad territorial). Fue precisamente esta conjunción del
    descontento religioso-eclesiástico con el descontento político-social lo que
    agudizó la crisis en este período, haciéndolo extremadamente peligroso
    (muchas veces incluso en lugares en que propiamente no hubo adherencias
    heréticas).

  3. Estos movimientos sacaron su fuerza religiosa de la Biblia.
    Contrariamente a lo ocurrido hasta entonces, la lectura de la Biblia se
    difundió enormemente (a consecuencia de la aparición de la imprenta:
    primera impresión de la Biblia en 1452), Pero también se puso de
    manifiesto la peligrosidad que paradójicamente encierra tal lectura en
    determinadas circunstancias. La Biblia, en el Nuevo Testamento, predica y
    alaba la pobreza. Pero la Iglesia medieval, al comenzar a dedicarse a la
    cultura, como se echó de ver claramente a principios de la Edad Moderna,

30 Los husitas constituyen una excepción (§ 67). Muy pronto declararon sus simpatías por Lutero.

había ido alejándose de la pobreza e inclinándose a la riqueza. La estructura de la jerarquía y de la sociedad regida por ella había dado origen a una escala social en la que llegaron a darse diferencias antagónicas. Los desheredados de la fortuna opusieron a esta situación las palabras bíblicas sobre la pobreza, a las que se unió la idea del Estado natural (Hans Böhm, el gaitero de Niklashaus, en 1476). Se exigió pobreza e igualdad, punto de arranque de un verdadero socialismo (que bien podría calificarse de cristiano).

Tendencias de este tipo tuvieron su expresión revolucionaria en los diversos levantamientos de los campesinos, que comenzaron en 1491 y fueron siempre aplastados cruentamente (Bundschuh —«La sandalia»—, el «Pobre Conrado», la Guerra de los campesinos). Desde el punto de vista histórico-eclesiástico, la significación más honda de estos movimientos radica en el hecho de que predispusieron la psicología popular a aceptar las críticas de Lutero tanto contra la jerarquía eclesiástica como contra las diversas manifestaciones de «mammonismo» eclesiástico (indulgencias, provisión de cargos). También, más tarde, favorecieron la aceptación de la doctrina de Lutero sobre la libertad del cristiano, en el marco de la cual habrían de cobrar una peligrosa significación incluso ideas cristianas conservadoras, como lo demostró el posterior desarrollo de los acontecimientos.



  1. Este descontento radical, tan ampliamente extendido, se alió con
    una visión terrorífica y a la par esperanzada del futuro. Ideas apocalípticas
    tales como la expectativa del castigo merecido o del fin del mundo, la
    vuelta de Cristo para el juicio final e incluso la idea del milenio fueron por
    esta época extraordinariamente frecuentes y predilectas, no sin apoyo en
    algunos pasajes de la Biblia (evangelios y Apocalipsis). En la baja Edad
    Media
    31 la apocalíptica llegó a convertirse en una verdadera «epidemia
    espiritual». Se centró, al menos en parte, en la idea del anticristo, una idea
    ya muchas veces utilizada como arma de ataque en la lucha entre el Papado
    y el Imperio. Esta idea penetró en la conciencia popular gracias a la
    imprenta, con la reedición de las viejas profecías y la publicación de las
    comedias del anticristo (el campesino bohemio Johannes Saaz, f 1414).

  2. En el desarrollo de la vida religiosa a partir del 1300 aparecieron
    reiterados movimientos que pretendían minimizar la significación de la
    Iglesia visible, considerándola no decisiva para la predicación cristiana.
    Fueron concepciones
    espiritualistas, de una piedad interior y unilateral.
    Encontramos sus huellas por doquier. El descontento frente a la Iglesia
    visible y efectiva, con su prepotencia, con sus riquezas, su mundanización

31 Como precedentes en la alta Edad Media pueden señalarse algunos elementos de los cátaros, albigenses, valdenses y, sobre todo, de Joaquín de Fiore (§§ 56 y 62) y los fraticelli (§ 58). A éstos se han de añadir en la baja Edad Media los taboritas y los hermanos de Bohemia (§ 67)

y su actividad política, impulsó también ahora en la misma dirección. Es a todas luces evidente que en todo esto se trataba de exigencias legítimas y ortodoxas de una religiosidad insatisfecha. Estos mismos movimientos se vieron apoyados por las tendencias del desarrollo cultural general de la época: los afanes individualistas del Humanismo, los elementos tanto auténticos como inauténticos de la mística moderna, el aprovechamiento de las obras de los antiguos místicos, ahora accesibles a todos gracias a la imprenta, y, naturalmente, la crítica justificada, pero también desbordada, contra el clero.



  1. Todos estos fenómenos, como ya hemos indicado anteriormente,
    no se dieron clara y distintamente al margen de la vida eclesiástica
    ortodoxa. La multiplicación desmedida (en sentido también cuantitativo) de
    las devociones de todo tipo en la oración, el canto, la construcción de
    iglesias, las peregrinaciones, las indulgencias, las fundaciones y otras cosas
    semejantes (§ 70) a lo largo del siglo XV constituyó, precisamente por su
    enardecimiento, un claro peligro. Tal incremento favoreció directamente
    las posibilidades de asentamiento de las tendencias insanas y heréticas. En
    una palabra: la disposición de las fuerzas cristianas puede decirse que
    guardaba un equilibrio sumamente precario. Había muchos elementos
    desgarrados; la herencia aparecía insegura y amenazada.

  2. Un clima semejante estaba pidiendo a gritos la aparición de
    profetas que anunciaran la cólera de Dios, predicaran una penitencia capaz
    de contrarrestar la ruina y reclamaran la conversión. Y tales profetas
    tomaron la palabra, se hicieron oír en los sermones penitenciales del siglo
    XV (§ 68, 2).

La lucha contra la descomposición dominante se expresó, como encarnada en un símbolo y resumida en una predicación apocalíptica de castigo, en la persona del fraile dominico Jerónimo Savonarola (nacido en 1452 y muerto en la hoguera en 1499), prior del convento de San Marcos de Florencia. Su figura, aureolada por el trágico final de un gran hombre, ha quedado impresa de forma imborrable en el recuerdo de la humanidad.

Savonarola tuvo, bajo muchos aspectos, una importancia fundamental para la historia de la Iglesia y, en especial, para su Edad Moderna.

a) El escenario fue la Florencia del tiempo de máximo delirio renacentista (1490-1499), la Florencia que antes y durante la victoriosa expedición de Carlos VIII de Francia por Italia luchó por liberarse de la tiranía de los Médici. En este medio (Ferrara, Florencia) vivía la familia de los Savonarola desde generaciones, constituyendo un modelo de auténtica vida moral y religiosa. La formación de Jerónimo no pudo por menos de ser humanista, pero lo que en él echó raíces procedió de Tomás de Aquino, el «gigante», a quien él leyó asiduamente y ante quien siempre se consideró

una nada. A esto hay que añadir su extraordinario conocimiento de la Sagrada Escritura.

b) Lo más importante fue su fe enérgica, incluso heroica; su
religiosidad pura, intachable; su elevadísima seriedad penitencial, y su
severa ascética. Su fuente principal: los profetas del Antiguo Testamento.
El germen de su labor: su conciencia religiosa de haber sido enviado por
Dios como profeta. Esta conciencia de profeta lo convirtió en un arrollador
y apocalíptico predicador penitencial a favor de la necesaria reforma
eclesiástica según el modelo de la Iglesia apostólica, de la cual añoraba su
plena fe y perfecto amor, y en contra del espíritu pagano renacentista y de
la entrega de la curia romana en particular a ese mismo espíritu.

Su predicación se dirigió contra una época desquiciada en el aspecto moral, en la que la venganza se consideraba como un derecho, el bandolerismo como una costumbre y la violencia y el envenenamiento como un medio normal de hacerse con el poder ansiado. Tan desolado pareció este mundo al joven estudiante, que casi llegó a constituir para él una tentación de fe. Pero él contestó con la invocación al Señor: «¡Hiere mi corazón con tu amor para que te encuentre!».

c) Su tremenda predicación como prior de San Marcos estuvo
fuertemente condicionada por el acontecer nacional. Italia, Roma y
Florencia fueron apostrofadas insistentemente. Cuando hablaba de Roma,
la «Babilonia», se refería precisamente a la Iglesia y, más concretamente, al
clero, como también a la multiplicación de sus misas («¡Ojalá hubiera
escasez de ellas!»). En sus muchas y acerbas críticas hizo responsables de
«esta borrasca», de «esta calamidad», a los monjes y prelados.
Textualmente: «La cabeza está enferma. ¡Pobre de este cuerpo!».

El contenido general de su predicación se resumió en estos tres puntos: 1) la Iglesia tiene que ser necesariamente castigada; 2) y renovada por este medio; 3) y esto sucederá pronto. Se advierten en seguida las resonancias de temas antiguos (Joaquín de Fiore) y modernos. Ellas son las que explican, dada la fuerza de irradiación de personalidad tan descollante, sus poderosos efectos.

d) Savonarola fue un gran hombre de oración y un místico, un
escritor ascético extraordinariamente valioso, un temperamento heroico en
su lucha por la Iglesia y por la libertad de la conciencia cristiana. Tal vez
en la virtud de la humildad no llegó a ese grado de heroísmo que hace
renunciar por entero a los propios deseos. Pero sí se dio en él esa humildad
del profeta que se indica en Jn 3,30 («Conviene que él crezca y yo
disminuya»). El mismo dijo claramente que no le justificaban ni su misión
ni los conocimientos que le habían sido concedidos. Y, en fin, tampoco su
insistencia en las exigencias proféticas degeneró nunca en instintos de
protesta.

e) La tarea inmediata que se le encomendó a Savonarola fue la
dirección de su convento. Pero dicha tarea estuvo estrechamente rela­
cionada con su obra de reforma general de la Iglesia y, especialmente, del
clero, al que censuró duramente. En su convento pretendió Savonarola
restaurar la antigua disciplina. De ahí que promoviese la creación de una
congregación de observancia. Aquí, en este punto decisivo, es donde la
oposición de la curia concentró sus fuerzas, no para fomentar la reforma,
sino precisamente para impedirla y contrarrestar así la influencia del fraile.
Savonarola había atacado sin miramientos al papa Alejandro VI, elegido
simoníacamente. Esta crítica chocó con la resistencia del pontífice, que
prohibió al fraile la predicación. Se trató de que su convento reformado
retornase a la regla menos estricta. La obra entera de la vida del profeta se
vio amenazada. Savonarola se negó, remitiéndose al mandato superior de
Dios. Sus enemigos políticos se unieron a sus enemigos eclesiásticos. El
partido de sus rivales promovió un precipitado juicio de Dios para
soliviantar al populacho (no al «pueblo»). El profeta fue encarcelado y por
medio de horribles torturas le arrancaron confesiones ambiguas, que fueron
luego todavía falsificadas, y le condenaron a muerte por hereje, cismático y
defensor de novedades corruptoras. Sin embargo, el fraile se mantuvo firme
en su palabra: «He hablado así porque así lo ha querido Dios».




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