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el primitivo Humanismo.

Aquí hemos de citar en primer lugar a Alberto Durero (f 1521), el representante más completo del Renacimiento alemán, y, junto a él, a otros maestros de Nuremberg, como,

  1. Pero el Humanismo no había nacido en suelo alemán. El entu­
    siasmo por la Antigüedad romana, en cualquier caso extranjera y extraña,
    fue al principio muy retraído, como es fácil comprender. Ni la forma ni el
    contenido pagano de esta Antigüedad influyeron en Alemania tan directa y,
    por lo mismo, tan fuertemente como en el sur. En el estudio de la
    Antigüedad pagana los alemanes no olvidaron tanto como los italianos la
    absoluta inviolabilidad de la única verdad cristiana, tanto en su doctrina
    como en sus preceptos morales. La crítica a la Escolástica y a los defectos
    eclesiásticos nunca fue al principio, incluso en sus momentos más agudos,
    un ataque radical a los fundamentos ni cayó en el escepticismo paralizante.
    Tampoco se olvidó la instrucción cristiana. Especialmente en la educación
    se supo sacar fruto de los nuevos estudios, mejorando los métodos y
    depurando el lenguaje. Uno de los aspectos del Humanismo alemán más
    decisivos para la historia de la Iglesia fue que hizo surgir la conciencia
    nacional con sus múltiples divergencias respecto a Roma (en la lengua, el
    derecho y la historia). El desarrollo de la Reforma protestante,
    indudablemente, quedó desde este momento prefijado en buena parte.

  2. Ese estilo «sosegado» de renovación espiritual fue cultivado
    principalmente por el primitivo Humanismo alemán, que floreció a orillas
    del Rin. Algo más libre fue el círculo de humanistas del sur de Alemania.
    El joven Humanismo alemán del círculo de Erfurt se tornó abiertamente
    revolucionario a comienzos del siglo XVI (Mutianus Rufus, f 1526). En él
    encontramos una vida más liviana, mayor incredulidad y retórica más
    ampulosa. La crítica no sólo se dirigió contra las irregularidades (reales o
    arbitrariamente supuestas, o descaradamente exageradas), sino que llegó a
    convertirse en una hostilidad radical hacia la Iglesia y el cristianismo. A
    este círculo perteneció durante algún tiempo Ulrico de Hutten (1488-1523).
    a) Este fue también el terreno abonado del que brotaron las célebres Cartas
    de los hombres oscuros. Tales cartas surgieron en plena discusión en torno
    al famoso helenista y primer hebraísta alemán Johannes Reuchlin (tío de
    Melanchton), que por su decidida intervención en favor de la escritura judía
    había sido difamado en materia de fe por el antipático y fanático
    Pfefferkorn, antiguo seguidor del judaísmo (tomo I, § 72). En esta
    polémica, la hostilidad del sector radical del Humanismo alemán contra la
    Iglesia llegó a su expresión más extrema. Se evidenció un espíritu de burla
    tan disolvente y un gusto por la crítica, especialmente contra el monacato y
    la Escolástica, tan radical y desenfrenado (gusto que adquirió un tono
    fuertemente aeclesiástico e incluso antieclesiástico), que esta disputa llegó
    a constituir el preludio inmediato de la Reforma. A base de la burla y

por ejemplo, Peter Vischer, Veit Stoss, etc. En cambio, la piedad popular se expresó con más fuerza en las obras de Matías Grünewald (f 1525) o Tilman Riemenschneider (f 1531). No obstante, en estos artistas pueden advertirse también influencias de la llamada pre-reforma, por ejemplo, de Wesel Gansfort (§ 67).

tergiversación más descarada, un puñado de espíritus destructivos se erigió ante la opinión pública en portavoz de la modernidad e incluso se granjeó la consideración de los monjes, desfasados y sin esperanza, además de hipócritas e imbéciles. La literatura satírica tuvo profundas repercusiones en la realidad de la vida.

b) Un humanista verdaderamente cristiano fue, en cambio, el erudito abad benedictino Johann Trithemius (f 1516), personalidad religiosa irreprochable. Este abad emprendió con verdadero celo reformador la tarea de elevar el espíritu de su monasterio de Sponheim. Al no poder llevar a cabo sus propósitos en dicho monasterio, vino a Würzburgo, al monasterio de Schotten, llegando a ser después abad del mismo (1506). Fue un erudito de amplios conocimientos, si bien tal vez no muy crítico24. Sus escritos ascéticos tienen un valor permanente. Pero, aparte esto, también se da en él una rara predilección por las ciencias ocultas de todo tipo, e incluso mucho de superstición y brujería.

7. Desiderio Erasmo de Rotterdam (1466-1536) fue el rey en este nuevo imperio espiritual del Humanismo. Erasmo fue un holandés, perteneciente al Imperio alemán, pero ante todo un europeo. Fue el mayor latinista del Occidente y dio al Humanismo una vigencia universal.

No pueden concebirse sin sus obras ni la historia de la filología, ni la historia de la crítica histórica, ni la historia de la teología. En todos estos campos sus logros fueron decisivos. Erasmo fomentó enormemente la teología con la edición de muchos Padres de la Iglesia, pero, sobre todo, la fecundó básicamente con su enérgica vuelta al primitivo texto griego de la Biblia (que también publicó por vez primera en 1516). Combatiendo durante toda su vida el mecanismo rutinario de la religión (exigiendo una justicia mejor, la justicia interior, y la adoración en espíritu y en verdad) y debelando todo tipo de justicia basada en las obras (si bien a veces en esto fue demasiado lejos, como veremos en seguida), contribuyó a la revitalización de la piedad cristiana, y criticando los defectos de la Iglesia, al mejoramiento de la situación. Su celo por la reforma fue las más de las veces plenamente auténtico.

a) Pero tanto la historia de las sanciones de que Erasmo fue objeto desde comienzos del siglo XVI como el inventario de sus escritos testimonian fehacientemente la dificultad que entraña hacer la valoración correcta y la catalogación adecuada de este gran hombre en el aspecto eclesial. Relativamente más fácil es rechazar por injustificado el juicio extremo, según el cual Erasmo había dejado de profesar la fe católica.

Por otro lado, no podemos pasar por alto los daños que causó a la Iglesia. En la vida de Erasmo, lo mismo que en su doctrina, la debilidad

24 De todas formas, a sus contemporáneos les pareció su saber tan gigantesco, que su fama de «luz del mundo» (expresión de Hegius con ocasión de una peregrinación que hizo para verle) superó con mucho a la del Cusano.

fundamental del Humanismo produjo sus más perniciosos efectos: cierto desinterés por el dogma (y clara tendencia al espiritualismo). Erasmo compartió con la crítica del Humanismo a la Escolástica y su certidumbre conceptual su menosprecio por el dogma fijado taxativamente. Es de alabar, sin embargo, su rechazo frente a la enojosa tendencia de muchos escolásticos tardíos de explicarlo todo teológicamente. Pero Erasmo fue mucho más lejos. Tanto en su vida como en su doctrina se mostró muy interesado por la vida moral y religiosa práctica (aunque luego ni en sus palabras ni en sus obras lograse presentar un ejemplo orientador de ascetismo), pero no se interesó tanto por el dogma y por el fervor y la plenitud de la fe. No negó el dogma ni la Iglesia como institución, pero ni el uno ni la otra fueron para él un motivo determinante. En la lucha de la Reforma, Erasmo se confesó partidario de la Iglesia católica y de su doctrina, pero no puede decirse que viviese de ella. En la década de los treinta pensaba todavía que era posible superar la escisión provocada por la Reforma, si tanto los papistas como los luteranos seguían sus orientaciones. Semejante «a-dogmatismo» acarreó especialmente entonces un debilitamiento de la Iglesia, pues en aquella situación lo que se necesitaba era precisamente una nueva reflexión sobre el centro del dogma y una presentación clara del mismo25. Lutero descubrió certeramente la insuficiente vinculación dogmática de Erasmo, aunque al mismo tiempo, en lo relativo al dogma de la gracia, lanzó contra él acusaciones completamente injustificadas. b) Tampoco la piedad de Erasmo fue un modelo de espíritu eclesiástico, pues este gran hombre, con su insólito poder de atraer y repeler distintas fuerzas, estuvo inmerso en la problemática, tan relevante para la historia universal y eclesiástica, de las «causas de la Reforma». A este respecto hemos de afirmar lo siguiente: lo que en el marco de una situación segura y dentro de una evolución tranquila puede resultar tal vez irrelevante, en vísperas de una gran ruptura puede cobrar, en cambio, una importancia decisiva, convirtiéndose incluso en una de sus fuerzas más poderosas.

De hecho, la dificultad de definir exactamente la calidad eclesiástica de Erasmo estriba, en definitiva, en la cuestión del derecho del (punto) medio y, tal vez, hasta mediano o mediocre dentro del mensaje cristiano. Desde el principio de su historia la Iglesia nunca ha tomado partido a favor del rigorismo, sino contra él. Siempre ha mantenido la opinión de que el Señor tiene también preparado el reino para los hombres de categoría espiritual modesta.

Pero la Iglesia tampoco ha renunciado jamás al mandato «¡Ama a Dios sobre todas las cosas!» ni a la salvación que viene de la cruz. Es

25 Cf. anteriormente, pp. 74s y luego p. 78, sobre la falta de claridad en el campo teológico.

importante advertir el tratamiento de que fueron objeto en el círculo del Humanismo piadoso los temas de la perfección, del amor Dei, de los consejos evangélicos y del gozo de la oración (Giustiniani). Y se debe considerar, además, que precisamente esta cuestión del «amor a Dios sobre todas las cosas», como mandamiento fundamental para todos los cristianos, fue central en el planteamiento reformador de Lutero. Es entonces cuando el análisis que hemos hecho de Erasmo cobra todo su significado.



Ya hemos indicado que el juicio de valor sobre la piedad de Erasmo ha oscilado notablemente a lo largo de la historia. Hubo personas devotísimas de la Iglesia que celosamente leyeron, veneraron y recomendaron sus obras. Pero precisamente entonces se ve uno obligado a volver otra vez sobre la «medianía» de Erasmo como su principal defecto. Erasmo fue un hombre del centro, pero del centro débil. Ingredientes de esta «medianía» fueron ante todo su indecisión y su repugnancia a comprometerse. Lo ha destacado justamente su mejor conocedor entre los investigadores modernos, Huizinga. Y esto, teniendo en cuenta la situación de la Iglesia y los formidables recursos de Erasmo, constituyó un agravante. Sólo la santidad podía salvar aquella época, no la simple corrección.

La obra y la personalidad de Erasmo son sumamente complejas. No es difícil emitir un juicio claro sobre el puesto que ocupa en la historia de la cultura. La riqueza de sus múltiples y admirables obras no nos permite sino una alabanza superlativa. Pero su figura, considerada dentro de la evolución eclesiástica del siglo XVI, resulta mucho menos clara.

De él tenemos testimonios de una piedad infantil. No es seguro, en mi opinión, que dentro de ella se deba contar su devoción a santa Ana (comprobable a lo largo de toda su vida), a la cual dedicó un «Rithmus iambicus», puesto que él no tuvo gran estima del catolicismo popular26. En cualquier caso, tal devoción no representa nada decisivo para un entendimiento tan agudo, sobre todo cuando se atribuye tan escaso valor al simple sentido literal de la Escritura y se intenta un insuficiente alegorismo platonizante de san Pablo, tanto en la oración como en la fe.

Erasmo fue y quiso ser un intelectual en su faceta de teólogo (teólogo que no siguió las huellas de la Escolástica). Estaba en su derecho. Pero, como Lutero, no se resignó a ser un puro biblicista. Ahora bien, mientras Lutero se tomaba en serio las palabras del evangelio tal como aparecían y se sentía responsable de cualquier palabra vana, en el caso de Erasmo era la misma palabra (una palabra aún no vinculante, aun tratándose de la confesión de la fe) la que le incitaba a ir más allá. Erasmo no fue un vulgar escéptico, pero su estilo espiritualista y anti-intelectualista tampoco subrayó con el debido respeto el misterio revelado en su indisoluble

26 Sólo a los principiantes concedió Erasmo apoyarse en lo sensible.

racionalidad. Lo que caracteriza toda su persona y su obra es, más que nada, ese estilo ambiguo del Elogio de la locura, esa insuficiencia ingeniosa que, aun dentro de la confesión correcta de la fe, acaba creando la conciencia de que algo no está determinado con exactitud, de que, sencillamente, no es obligatorio.

Erasmo criticó y censuró mucho. Escribió tratados de moral e hizo propuestas para lograr el mejoramiento de la Iglesia. Vivió personalmente con pureza de costumbres. No fue un glotón. Se entregó apasionadamente al trabajo espiritual durante toda su vida. Pero Erasmo no fue propiamente un héroe moral y religioso. No anduvo ramplonamente a la caza de prebendas, pero la fama de su nombre (y anteriormente la conciencia del valor de su saber y de sus puntos de vista), buscada de modo nada ingenuo, sino totalmente consciente, se constituyó en el centro de su pensamiento. En ocasiones mendigó el dinero de los ricos y de los príncipes de manera no muy digna. A menudo se sintió inseguro y jamás se atrevió a poner en juego su fama y su vida por defender un ideal o a sus amigos. No nos da la sensación de una certidumbre decidida y vigorosa, como tampoco de una armonía sistemáticamente estructurada. Le caracteriza la indecisión. Esto constituye una dificultad a la hora de reconocer su justo valor. Para ser objetivos con él, no debemos olvidar que su infancia de hijo ilegítimo fue dura y sin amor, que se le obligó a abrazar la vida conventual y que durante toda su vida fue un hombrecillo tímido y débil, de constitución poco robusta. Pero para un genio como Erasmo, dados los grandes problemas universales en los que se vio implicado y a la vista del papel dirigente que desempeñó en el campo teológico, no era suficiente una vida religiosa, no bastaba con rezar una oración. Esto merece a lo sumo —ya lo hemos dicho— el calificativo de «correcto». Como escala de valores se imponen aquí las categorías de plenitud y de fuego abrasador. Es legítimo y necesario preguntarse por el fervor de su fe. Desgraciadamente, uno no lo encuentra. Erasmo no perteneció al grupo de los grandes hombres de oración o de fe ardiente.



  1. En Oxford, por mediación de John Colet (1467-1519), discípulo
    de Marsiglio Ficino, consejero espiritual de Tomás Moro y crítico de la
    piedad popular, conoció Erasmo el moralismo cristiano y se entusiasmó por
    los dos elementos que caracterizan su teología: el estoicismo de Cicerón
    (que generalmente se califica de platónico) y el Nuevo Testamento. A
    diferencia de la vituperada Escolástica tradicional, se trataba de una
    teología expresada en términos nada abstractos, de gran variedad y
    vitalidad (y pertrechada, además, de un formidable conocimiento de los
    antiguos Padres). Por la conjugación de la Antigüedad y el cristianismo
    debía lograrse un renacimiento del segundo.

  2. El resultado de esta conjunción fue una pluralidad difícil de
    captar. Lo que Erasmo subrayaba un día con fuerza, no lo sostenía al día

siguiente con la misma seguridad. Volvemos a advertir, una vez más, que en su núcleo más íntimo Erasmo fue adogmático. No le iba bien la tajante certidumbre del dogma, la doctrina fijada de una vez para siempre, que alimenta nuestro espíritu.

Su teología no fue tampoco expresión de un pensamiento sacramen­tal. Resulta, de hecho, muy difícil de demostrar que el sacerdocio particular del presbítero Erasmo llegase a adquirir la plena dignidad que le reconoce la fe católica. Tanto es así, que esa acentuación (central en el cristianismo) de una justicia mayor, interior, y de la adoración en espíritu y en verdad, si se toma en sentido exclusivo y se separa del culto sacramental, desemboca fácilmente en una concepción moralista o espiritualista del mensaje cristiano. Y esta concepción fue la que se introdujo e inició en parte con Erasmo. Sus requerimientos a vivir del espíritu y a imitar la vida de Cristo no fueron entendidos en el sentido pleno de Pablo, sino más bien (de manera semejante a los apologistas del siglo II) quedaron debilitados dentro de un contexto moralizante. Su contenido se centró en llevar una vida piadosa y moral, acompañada de una cultura devota adecuada, pero ésta no siempre fue lo bastante profunda como para pronunciar un claro a Cristo y a toda la Iglesia y un claro no a todo lo no cristiano. Se ha dicho, y con razón, que con Erasmo no se llega a la realización de una religiosidad seria en medio del mundo, sino a un ascetismo secularizado, para el cual la independencia del erudito en su mansión está por encima de todo (Iserloh). El tono más edificante del último Erasmo tampoco difiere esencialmente de lo dicho. A pesar de su catolicismo ortodoxo, no dio con la afirmación redentora y liberadora de todo el dogma como confessio, es decir, con la afirmación de la Iglesia, que nos transmite la fe y la redención.



  1. Tal simplificación trajo consigo un tremendo empobrecimiento de
    la predicación cristiana en el sentido indicado. Pero la amenaza mayor, el
    peligro de la disolución interna, consistió en que esta religión fue
    presentada como más o menos idéntica con cualquier otra religión o moral
    sincera que haya existido. La severa antigüedad representada por un
    Cicerón o un Séneca no sólo apareció emparentada pasajeramente con el
    cristianismo, sino que acabó identificándose propiamente con él, al ser
    fuertemente subrayada la idea del logos spermatikós. Llevadas a sus
    últimas consecuencias, estas tendencias desembocaron en concepciones
    que afectaron el corazón del cristianismo. No fue Erasmo quien sacó estas
    consecuencias; más aún, las evitó gracias a su confesión católica ortodoxa.
    Pero llegaron los ilustrados del siglo XVIII y, remitiéndose a él, sacaron las
    conclusiones lógicas de todas sus premisas, premisas que él mismo había
    establecido abundantemente, pero sin indicar las posibles defensas.

  2. Como fruto positivo quedó la seria profundización personal de la
    actividad religiosa exigida por Erasmo. Con frecuencia Erasmo supo
    encontrar palabras conmovedoras para sus argumentos. Por medio de ellas,

una personalidad tajante podía haberse presentado legítimamente como modelo a seguir. Erasmo no. Le faltó la realización de las categorías cristianas: la vida desbordante, la fe de Juan, el saberse edificado en la cruz de Cristo como Pablo, y todo ello en la medida que le hubiera correspondido dado el poderío de su formidable genio, la capacidad de su lenguaje y la tarea propia de la situación histórica. Erasmo fue un genio. Fue teólogo. En orden a la situación espiritual del mundo fue, sin duda, el especialista de la discusión de su tiempo. Debiera haber sido el genial controversista capaz de congeniar con Lutero. Su actitud religiosa ante el evangelio fue correcta. Pero no alcanzó su plenitud religiosa, como tampoco pudo arrogarse la prerrogativa del primitivismo. Por eso Erasmo fue un expositor correcto de la doctrina católica desde fuera, no su proclamador profundo, ardiente y carismático. Su independencia interior frente a las tesis dogmáticas católicas y su visión de las posibilidades de reforma implícitas en ellas le dieron la oportunidad de comprender la postura de Lutero sin tener que sostener sus tesis. Pero no se apresuró a comprender el verdadero núcleo de la Reforma.

También su tipo de crítica a las calamidades de la Iglesia infunde desconfianza. Nunca se expresó en el tono religioso que encontraremos en un Savonarola o en un Adriano VI. Exageró sin medida los defectos existentes, para sacarlos después a la luz en son de burla y sarcasmo (en lugar de condolerse de ellos). Para los valores religiosos que todavía se daban en abundancia, y especialmente para los de la piedad popular, no tuvo comprensión ninguna, a pesar de su devoción a santa Ana, a la que ya nos hemos referido. Se afanó excesivamente por liberarse de la «carne» (por «descorporizarse»; Alfons Auer), mientras que su espiritualización, como ya hemos dicho, no sobrepasó la alegoría ni alcanzó la plenitud exigida por san Pablo. Sólo más tarde, la tempestad reformadora abrió los ojos al gran humanista para ver el peligro que encerraban muchas de sus expresiones. Entonces confesó que, si hubiera previsto los efectos, no habría empleado tales expresiones.




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