J o s e p h L o r t z



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23 La significación singular alcanzada por la carismática figura de Juan XXIII fue ampliamente reconocida por su sucesor Pablo VI al abrir la segunda sesión del concilio (29 de agosto de 1963) con una conmovedora alocución dirigida al difunto: «O carum et venerandum Johannem Pontificem! Te alabamos y damos gracias por haber convocado, bajo inspiración divina, este concilio para abrir nuevos caminos a la Iglesia. Sin que te moviera ningún interés terreno, sin que nadie te estimulara, sino adivinando los planes divinos y comprendiendo a la vez las oscuras y torturantes necesidades de los tiempos modernos, has vuelto a tomar el hilo roto del Concilio Vaticano I».

IV. PABLO VI

Durante todos estos años, que tan velozmente han pasado, la Iglesia se ha mostrado de modo notable a la altura de su misión. En un mundo caracterizado por la ruptura, la Iglesia, bajo el pontificado del sucesor del difunto Juan XXIII, Pablo VI (Giovanni Battista Montini, antiguo prosecretario de Estado de Pío XII y después arzobispo de Milán), ha venido a ser más todavía la Iglesia de la apertura y del diálogo con las Iglesias cristianas no católicas, y aun con el judaísmo, el Islam y de algún modo con el mundo entero. Para el diálogo con los cristianos protestantes fue sumamente prometedor, y hasta suscitó cálidos entusiasmos, el discurso, plenamente cristocéntrico, pronunciado por el papa en la apertura de la segunda sesión del Vaticano II. Al final de esa sesión, el 4 de diciembre de 1963, fue promulgada la constitución sobre la liturgia, impregnada del espíritu y la letra de la Escritura, que concede extrema importancia a la palabra dentro y junto al sacramento y posibilita en tal grado la realización del sacerdocio universal de todos los creyentes, que todas las comunidades cristianas pueden perfectamente sentirse interpeladas en su propio lenguaje. Precisamente ahora, cuando este libro va a ser entregado a la imprenta, el papa Pablo VI vuelve de un viaje del que quedará recuerdo imperecedero: desde san Pedro es el primer papa que llega hasta los lugares de Tierra Santa, los lugares del nacimiento, de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús. Ha sido una peregrinación de plegaria y confesión de los pecados. Por su parte, ha sido el cumplimiento del anuncio de Juan XXIII: la Iglesia retorna a sus orígenes. Las homilías del papa en Nazaret, y especialmente la del 6 de enero de 1964 (la fiesta de Epifanía es la Navidad en la ortodoxia) en la iglesia del nacimiento, en Belén, han sido de una extraordinaria importancia. Por así decirlo, el mensaje del Señor que aquí ha expresado el papa es una oferta de puro servicio. Habló de la reunificación de la cristiandad como no lo había hecho ningún papa hasta ahora. Y lo hizo en un lenguaje vivo: «Aguardamos con todo el corazón el paso decisivo... Lejos de nos pediros algo que no se haga en libertad y por convencimiento, es decir, algo que no fuera infundido por el Espíritu del Señor, que sopla donde y cuando quiere... Ahora sólo pedimos a los hermanos separados, a los que queremos íntimamente, lo que nos proponemos a nosotros mismos: debe ser el amor a Cristo y a su Iglesia el que inspire todo paso de acercamiento y encuentro». El hecho de que estos días la suprema autoridad espiritual de la Iglesia ortodoxa del patriarca Atenágoras y el papa hayan tenido dos conmovedores encuentros, recitando en ellos por primera vez juntos el padrenuestro y la oración sacerdotal, que hayan aparecido ante todo el mundo a través de las pantallas de televisión unidos como hermanos y que, tras largos siglos de separación y excomunión, sólo piensan en el amor, el

perdón y la comprensión, podría convertir este encuentro (en cuanto incoación de la reunificación entre las Iglesias romano-católica y las ortodoxas) en una hora estelar de la Iglesia. Tal vez hemos asistido al comienzo de una nueva época en la historia, al frente de la cual campea la palabra de Belén, que el papa recogía con toda su riqueza de alusiones en su discurso al pueblo judío en Megiddo: Shalom! Shalom! ¡Paz! ¡Paz!

El interés universal que ha despertado el concilio lo ha convertido, entre tanto, en un hecho de gran importancia para la historia de la Iglesia. Los corresponsales de prensa, en número inesperadamente amplio, han informado en general de modo positivo. Con todo, las declaraciones oficiales de los protestantes alemanes no han ocultado un distanciamiento interno, teñido de rara tristeza. De manera especial, la reacción a la petición de perdón por el papa y a la confesión global de culpa que aparece en el decreto sobre ecumenismo ha sido más bien de desilusión, como si no estuviera en consonancia con la seria transformación que ha caracterizado esencialmente al desarrollo de las tareas conciliares.

Entre tanto ha terminado también el tercer período de sesiones (21 de noviembre de 1964). La clausura de este período estuvo teñida de cierto tinte de amargura. Fuerzas claramente reaccionarias de la curia romana han sabido utilizar la escrupulosa conciencia del papa para introducir angustiosas defensas en los esquemas sobre la Iglesia y sobre el ecumenismo, aprobados ya por votación. Efectivamente, el papa hizo motu proprio en los dos decretos mencionados algunas añadiduras. Lo mismo los obispos y padres conciliares que los observadores no católicos se han sentido lesionados.

Pero los textos admitidos son los únicos que cuentan. Y en ellos, efectivamente, la renovación interna de la Iglesia tal como la iniciara Juan XXIII ha triunfado. Complementando los decretos del Vaticano I sobre la primacía del papa (§ 114, 2), la constitución dogmática sobre la Iglesia proclama la dignidad y el poder colegial de los obispos en su ministerio doctrinal y pastoral en comunión con el papa.

El clima verdadero que se ha respirado en el concilio y su auténtica intención se advierten tal vez de manera más clara en el decreto De oecumenismo, aprobado por aplastante mayoría. Traslada el diálogo ecuménico con las Iglesias cristianas separadas de la esfera privada al ámbito oficial. El decreto no se limita a denominar Iglesias a las comunidades ortodoxas, «que han sabido guardar fielmente la plenitud de la tradición cristiana con sus especiales peculiaridades». Esta denominación había sido siempre legítima. Lo más importante es que también se reconoce el título de «Iglesia» a favor de las comunidades de la Reforma «que el Espíritu de Cristo se ha dignado utilizar como medio de salvación» y en las cuales se dispensa una veneración «casi cultual» a la palabra de Dios.

Todo ello no quiere decir que ya se haya realizado un diálogo oficial entre las Iglesias separadas, en el que tiene que entrar también la respuesta de la otra parte, pero el camino que conduce a dicho diálogo está, por lo que a Roma se refiere, plenamente expedito.

Roma ha cambiado tanto que en el concilio confiesa que el primer paso para la reunificación han de darlo los católicos. «Aun cuando la Iglesia católica posee toda la riqueza de la verdad revelada por Dios y los medios de la gracia, la realidad es que sus miembros no viven de ella con el correspondiente fervor, de modo que el rostro de la Iglesia no resplandece debidamente ante los hermanos separados y ante el mundo entero». La Iglesia santa es también la Iglesia de los pecadores; sólo algún día aparecerá plenamente limpia, sin mancha ni arruga. La Iglesia católica hace suyo el principio fundamental de la Reforma: Ecclesia semper reformanda, una Iglesia en permanente estado de reforma. En este decreto se expresa una honrada apertura a los problemas y también al especial modo de pensar de los separados, que hemos de saber comprender. «El esquema De oecumenismo no es un texto ecuménico, sino un hecho ecuménico» (O. Cullmann).

Tras un examen sensato podemos afirmar: con el decreto sobre ecumenismo se ha alzado ante la cristiandad y ante el mundo un signo extraordinario, superior a lo que hubiéramos podido atrevernos a esperar nosotros o los hermanos separados hace sólo algunos años. Si estos decretos —tan fuertemente impregnados del espíritu de servicio del Nuevo Testamento y tan opuestos a todo triunfalismo— se hacen realidad, si los decretos referentes al ministerio de los obispos, a la libertad religiosa, a la Iglesia y el mundo moderno, incluida la proyectada declaración sobre los judíos, se transforman en espíritu y savia de la Iglesia, estaremos experimentando nada menos que un cambio radical en la historia de la Iglesia.

Por encima de los decepcionantes acontecimientos ocurridos al final del tercer período de sesiones, ya insinuados, Pablo VI ha continuado el proceso lógico de su alocución cristocéntrica de apertura de la segunda sesión del concilio y del poderoso mensaje de sus plegarias en Palestina, por medio de su viaje a la India en diciembre de 1964 y de la interpretación que le dio.

Del contacto «con todo un pueblo» de vieja cultura y de profunda piedad peculiar (en el que vive un exiguo porcentaje de cristianos), el papa ha sacado mayores alientos para el diálogo fraternal con el mundo. «La Iglesia católica, ha dicho Pablo VI, ha de comprender la idea de la colegialidad de manera más amplia que hasta ahora. Cualquier cultura puede ofrendar a Jesucristo sus propios dones. Y por ello la buena nueva de Jesús ha de crecer según las peculiaridades de cada pueblo».

Sobre todos estos hechos edificamos nuestra esperanza. Para la interpretación del futuro, la historia entera de la Iglesia no nos ofrece más que un indicio seguro: los caminos de Dios están siempre llenos de sentido, pero también, y sobre todo, están llenos de misterio y oscuridad. El Dios que se revela es, a pesar de todo, el Dios incognoscible, el deus ignotus, lo mismo en santo Tomás de Aquino que en Lutero. La Iglesia sigue siendo también constantemente «el signo de la contradicción» (Lc 2,34).



Por eso mismo la historia de la Iglesia es una exposición de nuestros fallos. En ellos se reafirma la fuerza de Dios, que, a pesar de ellos, conseguirá renovarlo todo.

Sólo hay una actitud que nos permite, a través del misterio de la historia, vislumbrar al menos su sentido, que con frecuencia nos parece una agonía, al unísono de la agonía del Señor. Dicha actitud no es otra que la plegaria pronunciada por Jesús ante los apóstoles, plegaria que hemos de repetir constantemente en espera de su retorno:

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