J o s e p h L o r t z



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De Juan XXIII arranca cuanto se refiere a la renovación interna y externa de la Iglesia, incluida la reforma del Derecho canónico. El 29 de junio de 1959 (enc. Ad Petri cathedram) hablaba ya de esa necesaria revisión. Luego trataría el concilio de que se cumpliese ese deseo. Con Pablo VI adquirió un nuevo trasfondo al ser preciso cumplir el espíritu y los decretos del Vaticano II. Se nombró una comisión, que debía redactar la lex Ecclesiae fundamentalis y preparar la nueva redacción del Código. En 1977 se refirió Pablo VI a esa tarea «que no debe reducirse a mejorar el derecho anterior..., sino que debe reflejar más claramente el carácter espiritual de la labor jurídica que dimana de la naturaleza sacramental de la Iglesia y se realiza en la comunidad eclesial» (alocución a la Rota romana del 4-II-77). En 1982 no se ha promulgado todavía el Código. ¿Por qué? ¿Cuándo se hará? Sobre esta reforma pueden verse dos números de «Concilium», el 28 (septiembre 1967) y el 167 (julio 1981), esperanzado el primero, desilusionado el segundo. El título de este último es revelador: La revisión del Derecho canónico, ¿una oportunidad perdida? (Nota del Editor).

misma de la historia, con las transformaciones de la existencia humana que se suceden en el tiempo con su nexo causal. La rapidez con que se suceden los acontecimientos revolucionarios permite al observador experimentar por sí mismo sus efectos históricos de manera incomparablemente más intensa que antes. A su vez, todo ello acaece —lo hemos subrayado ya suficientemente— de tal manera que los mismos acontecimientos afectan contemporáneamente a la humanidad entera, confiriendo a la experiencia una dimensión global.



Lo que marca decisivamente en este momento nuestra condición o simplemente nos rodea como entorno vital pertenece a las ciencias na­turales, entrando ahí la mecanización total de la vida y luego las nuevas condiciones sociales y económicas de nuestra vida cotidiana, de nuestra vivienda y de nuestro trabajo.

b) El modo y contenido de los descubrimientos científicos y su
transmisión ininterrumpida a los hombres a través de los medios de
comunicación, justa o falseada por el sensacionalismo, van transformando
la conciencia de los hombres. Los modelos y las escalas que heredamos de
nuestros abuelos y aun de nuestros padres ya no nos sirven, incluso nos
estorban. Cambia no sólo nuestra imagen del mundo, sino hasta nuestro
sentido del mundo.

Esta transformación tiene necesariamente que influir en nuestra manera de ser creyentes y en las posibilidades del hombre de interesarse por la Iglesia y su mensaje.

Podemos decir, incluso, que en principio estas posibilidades se ven muy reducidas, lo mismo si tenemos en cuenta la realidad misma como si atendemos al agente de la pastoral o a quienes son interpelados por ella. El desengaño ante numerosos hechos naturales, el hábito de pensar con categorías superficiales y minúsculas es en principio un obstáculo para la actitud global de fe. Hay algo más grave: las grandes obras del espíritu humano, bajo cuya impresión continuamente vivimos, sólo en parte muy reducida han sido realizadas por creyentes, y menos aún por católicos. Esas grandes obras aparecen a los ojos de no pocos realizadas con plena ausencia de Dios.

A pesar de que existe un buen número de investigadores y científicos creyentes, también en este campo se acusa a los cristianos de que no han conseguido participar de modo suficientemente creador en la vida moderna. Si deseamos potenciar la Iglesia con esa vida, será preciso configurar de manera renovada las aportaciones y soluciones cristianas desde su propio centro. La «negación del mundo» cristiana no puede ser más que una superación positiva del mundo. De lo contrario, su incidencia será muy débil y no contribuirá a la edificación del reino de Dios.

c) Las deficiencias del cristianismo, y especialmente del catolicismo,
se han venido manifestando desde hace tiempo en forma especialmente

peligrosa ante el problema de la evolución. En este punto, el mundo cristiano y la Iglesia se han visto colocados en una situación extremadamente crítica. La idea evolucionista, fundándose en enorme cantidad de hallazgos científicos y descubrimientos en el campo de las leyes biológicas, tiende a una explicación del mundo, de la creación, del hombre, de la historia, que ya no coexiste con la ciencia natural, sino que es promovida por ella.

Precisamente en este punto, en el que ya no caben evasiones, es donde los sectores religiosos han fallado por múltiples conceptos: en vez de dirigirse contra el abuso de la idea evolucionista por parte del materialismo, se han emitido declaraciones contrarias a esa idea como tal. Se tomó partido contra Darwin, en vez de limitarse a refutar el darvinismo. La Iglesia no tuvo en cuenta que es perfectamente congruente con la sabiduría omnipotente de Dios conceder al «mundo», creación suya, una aspiración «creadora y perfeccionista» dotada de una fuerza «ascendente» tal que, a través de millones y millones de años de evolución ininterrumpida, la creación llegue a término o a un grado de plenitud desconocido para nosotros y determinado por Dios mismo.

Ahora resulta consolador advertir que el mismo pensamiento creyente se está sirviendo de las aportaciones de este pensamiento moderno científico-natural. Evitando el resonar precipitado de los clarines de la victoria, Pascual Jordan hace esta formulación, que puede servir de ejemplo: «Es cierto que toda la problemática de las relaciones entre el conocimiento científico y la creencia religiosa se plantea de una manera nueva. Hoy ya no se puede utilizar ninguno de los argumentos en los que los antiguos científicos (o beneficiarios durante algún tiempo de la ciencia natural) se basaban para atacar la religión».

Hay un hombre que en esta situación y contexto, y a la vista de esta problemática, constituye un símbolo mucho más válido que cualquier otro: el jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin, gran geólogo y paleontólogo, fallecido en 1955. En este momento no nos interesa determinar si tiene razón en cada una de sus concepciones. Son los especialistas quienes habrán de emitir un juicio al respecto. Su fuerza simbólica radica en su reconocimiento creyente de toda la realidad, introduciéndola en el seno del pensamiento y de la fe cristiana, intentando encontrar una actitud espiritual capaz de reconducir la fe y el pensamiento científico partiendo de un punto central que tiende a salvar la ruptura funesta que atraviesa la historia contemporánea.



d) Al lado de esta transformación de la conciencia que hemos experimentado mediante la revolución de los conocimientos científico-naturales y el cambio de la vida operado por la técnica, nuestras concepciones fundamentales se ven hoy influidas por la transformación efectuada en nuestra vida socioeconómica. Esta transformación la hemos

descrito ya y la hemos compendiado en la gran ciudad y en la masificación (cf. § 116, I, 2). También en este crecimiento socioeconómico, en las nuevas aglomeraciones y nueva forma de trabajo, aparecen fuerzas sumamente poderosas que abarcan todo nuestro ser y a las que nadie puede sustraerse. Estas fuerzas obligan con fuerza inevitable al hombre, incluso al cristiano afincado en la tradición, a salir fuera de los carriles trillados. Por ello hoy son de algún modo casi inevitables las crisis de fe, crisis en las relaciones con la Iglesia y, concretamente, con el clero.

Para darnos una idea suficiente de la peligrosidad de la situación nos preguntaremos cómo el hombre occidental ha ejercido y defendido durante la época más reciente la libertad a que tantas veces se apela y que es de hecho insustituible. El hombre occidental ha ido provocando su propia destrucción espiritual, religiosa, eclesiástica y, sobre todo, humana; este proceso de autodestrucción ha ido desarrollándose con un ritmo cada vez más rápido y desenfrenado desde el siglo XIX. Desde muchos puntos de vista, el proceso ha culminado en una verdadera amenaza de aniquilación nihilista. Contempladas las cosas desde el complejo de la vida pública, los acontecimientos transcurridos desde finales de la Segunda Guerra Mundial hacen que difícilmente podamos contradecir la afirmación de que el mundo libre manifiesta una elemental inseguridad y una terrible falta de instinto.

  1. En el interior de este proceso generalizado de desintegración
    espiritual actúa un foco de infección que nos amenaza de manera aún más
    amplia que la pérdida de la fe cristiana. A diferencia de la escisión de la
    Reforma en el siglo XVI y del vaciamiento producido luego en el XVIII, se
    ha perdido ahora un fundamento aún más profundo: la verdad, la idea de
    verdad. Tropezamos aquí con un punto decisivo. Es preciso que la cuestión
    de la verdad, de la única verdad, vuelva a ser la aspiración central de la
    humanidad si no queremos que nos devore el caos. Tal vez en la inmensa
    discusión de las ideologías, las confesiones y aun de las opiniones no
    podamos mostrar de forma convincente al hermano o al enemigo cuál es la
    verdad. Pero la idea de que sólo puede darse una verdad es una idea que
    debe ser devuelta a la conciencia de los hombres, poniendo en ello nuestros
    más fervorosos esfuerzos.


  2. En todos estos factores negativos se manifiesta no sólo la debi­
    lidad interna del cristiano, sino también fuerzas externas hostiles a la
    Iglesia. Recordemos que la historia de la Iglesia en la Edad Moderna se
    sitúa en buena parte bajo el denominador: «ataque contra la Iglesia».

a) Los signos del tiempo se refieren incluso a una lucha entre dos frentes. Los creyentes verdaderos (a diferencia de los cristianos de nombre) han llegado a ser una minoría. El mundo de la cultura en su conjunto es hoy ante todo incrédulo ante la revelación y aun hostil. A pesar de los importantes cambios religiosos que se han producido en el mundo de la fe en los siglos XIX y XX, cambios que en modo alguno olvidamos ni

minusvaloramos, sigue siendo válida la afirmación de Pío XI en la Quadragesimo anno, de 1931: «Tenemos ante nosotros un mundo que en su mayor parte ha vuelto a caer en el paganismo». Más aún: el verdadero mysterium iniquitatis surge ahora con una demoníaca radicalidad que no tiene parangón en la historia. Tras el odio multiforme hacia el cristianismo que envenenó al nacionalsocialismo, y junto a la culminación de las mil variedades de incredulidad en una verdadera «ausencia de Dios» en el mundo, el bolchevismo ateo tiene sometidos a una secularización radical de pensamiento y vida a un número aproximado de mil millones de contemporáneos nuestros. Este bolchevismo ruso y chino es, en el fondo, la negación de toda religión. Dios es el enemigo mortal de la sociedad comunista. «Toda idea religiosa, toda idea de un Dios y aun todo lo que sea jugar con estos pensamientos es una vulgaridad indecible, es la contaminación más vil» (Lenin).

Con el comunismo ha surgido un grupo social que, despreciando la tradición, no solamente renuncia a la práctica religiosa, sino que propaga el ateísmo de modo diabólicamente apasionado y calculador. El comunismo promete con gran atrevimiento la transformación y nueva «creación» de la tierra, de la vida, del hombre, y pone manos a la obra. Por su fundamento materialista, el bolchevismo no reconoce vinculación alguna con la ley moral o con la verdad objetiva. La única ley es el provecho de la sociedad proletaria, tal como determinan en cada circunstancia cambiante y con total libertad de arbitrio subjetivo el o los detentadores del poder. Sólo hay una condición: que sirva materialmente al resultado económico de la sociedad proletaria. Es ley fundamental el que este objetivo santifica todos los medios. Obviamente es lícito engañar al adversario y cometer cualquier tipo de deslealtad. Así, el bolchevismo no se opone a que subsistan o se creen de nuevo formas que le permitan afirmar —en completa oposición a su declaración oficial, manifestada de mil maneras— que en su seno se reconoce la libertad para el ejercicio de la religión. La palabrería de la coexistencia pacífica no hace más que ocultar el más profundo antagonismo, que se irá haciendo cada vez más activo. Lo real es la aniquilación de todo tipo de pastoral, la destrucción de venerables iglesias, a veces incluso de un valor inestimable para la historia del arte, el escarnio blasfemo de la cruz, la persecución cruel de los sacerdotes, la lucha sistemática contra Dios ya desde la escuela, el envenenamiento de todo el patrimonio religioso.



b) Nunca a lo largo de la historia había adquirido semejantes dimensiones el odio contra la religión. El único propietario de todos los bienes espirituales y materiales de la vida, el único propietario del vestido y la alimentación y al mismo tiempo el dueño único de la educación y aun de la vida es el Estado, conscientemente ateo. La propaganda está perfectamente organizada y dirige tenazmente el combate contra toda

religión en todas las capas de la sociedad. Tras este combate están las bayonetas de los ejércitos rojos y la amenaza de la deportación a Siberia. Aun bajo los actuales dirigentes, que acusan a Stalin, aunque mantienen su herencia, en Rusia el individuo está todavía en manos del Estado, o del dictador, aunque ya no se den detenciones, torturas ni ajusticiamientos sumarísimos e irregulares. «Sus manos están manchadas de sangre». No se han vuelto atrás en lo más mínimo en lo que atañe a sus exigencias fundamentales en contra del orden social de la Europa cristiana ni contra la religión. Nuestro juicio global no puede ser otro sino que nos encontramos aquí ante un misterio fatídico de maldad y de odio y ante un peligro insólito. Y esto tanto más cuanto que el bolchevismo está obligado por su propio programa a extender por la tierra entera su obra destructora. El hecho de que declare en ocasiones que el comunismo no puede ser un artículo de exportación no modifica en nada el objetivo esencial del programa. Ni siquiera en el caso del acercamiento del Estado a la Iglesia ortodoxa a partir de la Segunda Guerra Mundial tenemos pruebas bastante fuertes como para afirmar que se trate de algo más que una simple táctica y que, consiguientemente, exista libertad para un auténtico crecimiento de la vida cristiana en el pueblo ruso, tan profundamente religioso.

c) Es difícil describir con exactitud la situación de la Iglesia en todos los países dominados por el comunismo. De hecho, cada uno de ellos tiene su problema eclesiástico peculiar. La época iniciada con la revolución rusa de 1917 y la que sigue al final de la Segunda Guerra Mundial confirma con una enorme cantidad de datos que en muchos países las informaciones oficiales y aun las leyes fundamentales sobre la igualdad y la libertad de religión y conciencia no corresponde en absoluto a la situación concreta. En multitud de casos, las autoridades eclesiásticas legítimamente establecidas ven impedido por el régimen estatal el ejercicio regular de su ministerio, como ocurre, por ejemplo, en Hungría, donde se retuvo en una pequeña aldea a un obispo legítimamente designado, permitiéndosele a lo más ejercer allí como párroco pero impidiéndole toda posibilidad de regir la diócesis. En todo ello se hace visible la Iglesia de la cruz.

5. Este proceso de transformación de las condiciones de existencia del hombre actual se hace todavía más agudo y amenazador con la irrupción, sorprendentemente rápida y, en parte, inquietantemente avasalladora, de nuevos pueblos, los pueblos primitivos. El despertar de estos pueblos constituye a la vez un rechazo del dominio europeo y de su patrimonio espiritual, económico y material y, a la vez, un resurgimiento parcial de antiguas tradiciones de tipo religioso o menos religioso. Estos pueblos plantean sus exigencias de independencia, aun respecto a misiones y misioneros, en unas circunstancias que apenas les han permitido asimilar sus enseñanzas de tipo espiritual y social.

6. Son evidentes las consecuencias que todo ello tiene para la labor de la Iglesia en esta época y en relación con ella. Si, como ya hemos indicado, se están modificando profundamente todos los estratos de la realidad, si la lucha atea contra la fe y la Iglesia se está organizando como hemos dicho, si de las filas de los pueblos libres pasan a ser aliados de esta lucha atea grandes grupos de hombres sin fe ni principios morales, es claro que la tarea que hoy se abre ante la Iglesia es una tarea nueva, lo mismo en el ámbito europeo y atlántico que en las Iglesias del silencio tras el telón de acero.

  1. Salta a la vista que nada podría haber más irreal ni más infantil
    que un intento cualquiera de vuelta atrás. La Iglesia no puede ni debe
    borrar de su evolución unos cuantos siglos, los de la Edad Moderna, para
    reconstruir una época ya pasada, la Edad Media. La Iglesia sólo podrá
    cumplir su misión si se esfuerza radicalmente por preparar el camino hacia
    la afirmación del Apocalipsis: «Todo lo hago nuevo» (Ap 21,5), aspirando
    a una nueva creación en el sentido genuino que le dio desde su fundación y
    que, a través de su historia visible, la llevó siempre a iniciar nuevas y
    espléndidas épocas.

  2. No nos es dado recorrer en todas sus particularidades el camino
    que nos puede llevar a ellas, pero siguen siendo claros el objetivo y la tarea
    a que tenemos que responder: que los pueblos que en otro tiempo fueron
    conducidos por la Iglesia hacia su madurez encuentren el camino de retorno
    a la Iglesia libre, sometiéndose libremente a ella. Aquí es donde adquiere
    toda su importancia una palabra preñada de energías creadoras, una palabra
    misteriosa que es clave para toda esta problemática que nos apremia:
    libertad cristiana. No basta con sacar brillo a los métodos pastorales. Hay
    que buscar otros nuevos. La historia es muchas veces una cadena de
    oportunidades desperdiciadas. La Iglesia debe aprender justamente de este
    hecho. El pueblo cristiano va cambiando. No es lícito que sus pastores
    sigan tratándole como hace siglos. Ha pasado ya la época patriarcal y rural
    tanto en Europa como en América y en las misiones. Dentro de su
    masificación, y a pesar de ella, el pueblo se va haciendo adulto en su propio
    ámbito. No es legítimo que en el ámbito eclesiástico se vea sometido a
    métodos y formas de dirección superados y que por ello no se sienta
    adecuadamente interpelado, es decir, interpelado en profundidad. La
    realización de la libertad cristiana interior, tanto en la propia Iglesia como
    en las manifestaciones externas de su voluntad, es más que nunca el
    presupuesto indispensable para que su doctrina infalible llegue nuevamente
    al hombre actual.

  3. La situación global de la Iglesia es la de una Iglesia de misión: es
    una situación que clama de manera más apremiante que nunca por la unión
    de todas las fuerzas cristianas.

Y así las cosas, es preciso que la Iglesia asuma internamente la dura parte de responsabilidad que le cabe en la dolorosa ruptura de la humanidad entera. El impulso que de esta actitud ha de surgir puede ser enormemente fructífero para su urgente renovación. El renacimiento eclesial completo producido en las grandes encrucijadas de la historia se ha llevado a cabo también de esta manera. No podía haber fruto antes de que el campo fuera roturado por la reja del arado y antes de que muriera la semilla. El recurso a la fuerza creadora de la Iglesia al comienzo de las cuatro grandes edades de la historia —Antigüedad, Edad Media, Moderna y Contemporánea— se manifestó precisamente en cada una de ellas en momentos en que su vida se encontraba amenazada por el judaísmo, la persecución y la gnosis; por las iglesias territoriales y el predominio del Estado; por el Humanismo y la Reforma; por la Ilustración y la revolución; por el alejamiento de la sociedad y de la cultura por su secularización. También en la historia de la Iglesia existe un riesgo creador. En las épocas constructivas se puede y se debe tener conciencia más viva que nunca de esta verdad dolorosa, a veces dolorosísima.

Nadie como el cristiano puede sentirse más rigurosamente obligado en lo más íntimo de su conciencia a mantener, por su propio ser de cristiano, esa actitud tan positiva y tan valiente de servicio verdadero a los hermanos. No es poco lo que puede fortalecerle en este punto la gran conciencia eclesial a lo largo de casi dos mil años de historia, una Iglesia que más de una vez se sobrepuso a la ruina amenazadora, que tantas veces fue declarada muerta por hombres de corta visión y que, sin embargo, siempre volvió a crear desde sí misma una vida floreciente.



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