J o s e p h L o r t z



Descargar 6.39 Mb.
Página51/64
Fecha de conversión27.03.2018
Tamaño6.39 Mb.
1   ...   47   48   49   50   51   52   53   54   ...   64

1 Q

1888), el gran educador18 poseído totalmente de celo caritativo, canonizado en 1934.

Esta selección de figuras religiosas no es más que una pobre muestra de la riqueza en santidad concedida a la Iglesia a lo largo de la época moderna. El lector debe considerar estos nombres como representantes de una corona mucho más amplia de amigos de Dios, en los que hay que incluir también los de la ortodoxia y los de las Iglesias de la Reforma. Pero sería tal vez una laguna injustificable dejar de mencionar siquiera brevemente al simplicísimo párroco de Ars, san Juan María Vianney (f 1859). Con una paradoja profundamente cristiana, que suena igual que una frase de san Francisco, decía el cura de Ars a los niños de su parroquia: «Hemos de tener un amor total a todos los hombres, a los buenos y a los malos. Quien ama no puede decir que nadie obra mal, pues el amor pasa por encima de todo».



2. Katharina Emmerich (f 1824), la estigmatizada de Dülmen,
merece mención no por su piedad, especialmente valiosa, que tiene

18 Rechaza la coacción y los castigos corporales; intenta una educación para la corresponsabilidad libre a través de la confianza entre educador y educando. En 1859 fundó la Congregación de los Salesianos, que continúan su obra.

paralelos en todas las épocas, sino más bien porque tuvo en Clemens Brentano el propagador de sus sufrimientos, cuya voz escuchó durante todo un siglo el pueblo católico de lengua alemana (por desgracia, Brentano se dejó llevar de un fuerte subjetivismo al describir las visiones de Katharina, y fue poco fiel en su descripción). Uno de los libros que nunca faltaban en las bibliotecas de las casas católicas de la segunda mitad del siglo XIX era su libro sobre La Pasión y muerte de Nuestro Señor y Redentor y las visiones de Katharina; no faltaban tampoco las obras de Martin Cochem.

  1. Las seis figuras que todavía quedan por mencionar se dividen en
    tres grupos: el de los pastores de almas (Hirscher, Stolz, Pío X, Palotti);
    junto a ellos Newman, que constituye un capítulo aparte, luchador
    espiritual cuya figura gigantesca llena verdaderamente todo el siglo, y, por
    último, Teresa de Lisieux, religiosa del Carmelo, que de manera
    sorprendente, de una piedad moral-burguesa, aunque muy profunda, pasó
    por sí sola al mundo del Nuevo Testamento, y a partir del evangelio hizo de
    la pobreza espiritual el centro de la vida de unión con Dios.


  2. I. B. Hirscher (1788-1865), profesor de varias disciplinas en
    Tubinga y Friburgo, escritor, político y de la misma tendencia que Sailer,
    es una de las figuras católicas alemanas más influyentes durante el siglo
    XIX. Rasgos fundamentales de su religiosidad bíblica y agustiniana son el
    sentido eclesial, la humildad, la fuerza religiosa creadora, la actividad
    pastoral en el amplio sentido de una vida de gran estilo dedicada a esta
    labor. Hirscher se pronunció en favor de importantes reformas eclesiásticas
    para acercar al pueblo la acción de la Iglesia y especialmente la liturgia.
    Tanto su espíritu eclesial como su humildad tuvieron que soportar las más
    duras pruebas, pues fue atacado con una crudeza innecesaria. El hecho de
    ser incluido en el «índice» no le hizo dudar ni por un momento de la
    Iglesia. Lo que él pretendía ante todo era llevar a todas las esferas, sobre
    todo a la de los intelectuales y del clero, una piedad auténtica, llena de vida
    y de energía. También se preocupó Hirscher de servir al pueblo, fundando
    colegios de huérfanos, a los que donó valiosas piezas de sus colecciones
    artísticas. Hirscher es uno de los pioneros que posibilitaron y prepararon la
    construcción de un catolicismo de validez universal.

5. Alban Stolz, el hombre de los calendarios populares y el
restaurador de las leyendas cristianas (1808-1883). Aunque fue profesor y
trabajó con los intelectuales, se dedicó especialmente al pueblo de una
manera sumamente original y llena de sensibilidad. Alban Stolz ejerció una
enorme influencia directa. Es la prueba clásica de la posibilidad de
popularizar las grandes ideas sin caer en la insipidez. Stolz no poseía
grandes ideas nuevas, capaces de pasar a la historia del espíritu, pero en él
las ideas perdían todo lo que sonase a «pensamiento descolorido» y se
convertían en vida.

Después de una conmoción interna en su vida de fe, abandonó el racionalismo y se incorporó a la Iglesia. Pero esta crisis no se desarrolló en una simple lucha crítica interna, como en el caso de Newman, por ejemplo. En él, el «converso» se manifiesta más bien como cierta desconfianza en la tazón. Le bastan la autoridad de la Iglesia frente a la opinión del individuo y la obligación de la obediencia. De esta forma Alban Stolz vino a ser el prototipo de una actitud católica que se propagó mucho, especialmente después del Vaticano I: «Cuando me asaltaban las dudas no reflexionaba mucho sobre la manera de refutarlas, sino que me defendía de ellas simplemente por la buena voluntad: yo quiero tener solamente una fe católica; la Iglesia, iluminada por Dios, es la única que conoce con certeza la verdad». Pero esta actitud no tenía nada de rigidez. En conjunto, este escritor popular era un auténtico poeta, en el que «todas las voces de esta creación visible resonaban como un repique armonioso» (Hettinger). Lo que hace de Alban Stolz un guía religioso es, junto a la fuerza creadora de su palabra y su intuición poética, que hacen que sus mejores obras hayan pasado a formar parte de la historia de la literatura alemana, el hecho de que también en él todas las energías psíquicas y espirituales se concentren en un solo punto: Dios. Como rasgo destacado de la vida de este hombre, a través del cual gran número de conversos encontraron el camino hacia la Iglesia católica, en un siglo que muchas veces era unilateralmente antiprotestante en vez de ser positivamente católico, hagamos mención de su actitud noble y abierta para con los cristianos protestantes. No aparece en Stolz rastro alguno de proselitismo indiscreto y sí un rechazo completo de cualquier clase de fanatismo en los convertidos.

Las creaciones de los grandes teólogos nos revelan las grandes ideas que empujan al mundo hacia delante. Pero en ellas no vemos la forma como esas ideas se van introduciendo en la vida práctica del cristiano. En los escritos de Alban Stolz podemos estudiar estos pequeños mínimos caminos y canales. Sus escritos son un modelo literario de pequeño trabajo pastoral. Todos sus objetivos se reducen a éste: «enseñar el noble y elevado arte de vivir cristianamente y de bien morir».



6. Uno de los objetivos principales de la Reforma era el reconocimiento del sacerdocio universal de todos los fieles. Pero como esta idea iba unida a la negación del sacerdocio sacramental de los presbíteros, es comprensible psicológicamente que sus aspiraciones, a pesar de estar tan justificadas y de tener una importancia central, no consiguieran, al menos en un primer momento, el éxito deseable dentro de la Iglesia católica. De todas formas, la historia de la reforma católica interna o la labor de san Vicente Paúl a lo largo de su vida nos demuestran cómo con diferentes medidas, pero en conjunto con intensidad creciente, fueron avanzando a lo largo de los siglos XVI y XVII los intentos de participación mayor de los seglares en la construcción del reino de Dios. Es cierto que, a pesar de ello,

durante el ancien régime daba la impresión de que la Iglesia se equiparaba al clero, es decir, a la jerarquía, y esto casi sin excepciones. Pero el crecimiento generalizado de la idea democrática desde finales del siglo XVIII intensificó los intentos de dar al pueblo una participación más activa en la Iglesia. En este proceso se enmarcan indirectamente las etapas en que podríamos seguir el crecimiento de la conciencia eclesial del pueblo durante el siglo XIX: los nuevos grupos constructivos de Münster, Munich y Viena; el papel jugado por los seglares católicos en los disturbios de Colonia y en el Kulturkampf, la organización de las obras caritativas por el seglar Federico Ozanam y los diferentes intentos de llevar a la comunidad a la participación en la liturgia utilizando la lengua vulgar son elementos integrantes de este proceso.

La aparición de la gran ciudad y la industrialización provoca el crecimiento de la miseria entre la población. El clero solo no se bastaba para hacerla frente. Resulta consolador ver cómo de entre las filas del clero surgieron hombres que comprendieron la llamada de la situación e intentaron, unidos a seglares de fe profunda, aliviar el problema.

Según su propósito, esto incluía al mismo tiempo profundizar en la santificación de cuantos cooperaban en la obra. El lema central que preside toda esta labor se llama «apostolado». Un lema que ya hemos encontrado, con diferentes aplicaciones, en el transcurso de la historia de la Iglesia. Ahora se nos presenta cargado de una significación más honda, que quiere decir sencillamente una entrega total, con una visión renovada, al cumplimiento del mandato misionero del Señor.

Entre las grandes figuras que podríamos incluir en este apartado mencionaremos al sacerdote secular Vincenzo Palotti (1795-1850), nacido en Roma, y que recuerda notablemente a san Felipe Neri. Palotti es uno de los importantes precursores, cuya labor nos ha permitido encontrarnos a principios del siglo XX en una situación en la que cabe esperar que la historia de la Iglesia del futuro llegue a ser una historia de la acción de los seglares en la Iglesia. El diario espiritual de Palotti nos muestra con toda claridad su genuina experiencia de Dios como el Ser infinito. De esta experiencia se desprende su intención de conseguir que la nada humana se abra a la gracia mediante la misericordia divina. Todo cristiano está llamado a transmitir esa misericordia de Dios.

La vida de Vicente Palotti es toda ella un apostolado realista y sorprendentemente certero, llevado de un ferviente amor a Dios y al prójimo. Palotti ve en torno a sí el sufrimiento: la enfermedad, la pobreza, la incultura, las asperezas sociales de todo tipo y se preocupa de los suyos como buen pastor. Al mismo tiempo, en calidad de confesor, dedica una gran parte de su tiempo en colegios romanos o con los soldados al sufrimiento del alma y a la miseria religiosa de los fieles. En 1837, el año



del cólera, Palotti se dedicó al cuidado de los enfermos en medio de constantes peligros.

Desde el punto de vista histórico es importante señalar que Palotti fue capaz de multiplicar y extender ampliamente su propia labor dándole una organización adecuada, levantando escuelas agrícolas, centros de previsión social, orfanatos, promoviendo la educación de adultos con cursos nocturnos y procurando la difusión de buena prensa. Vicente Palotti hace propaganda del trabajo en las misiones. Organiza la atención pastoral a los emigrantes italianos a los restantes países europeos. Y, sobre todo, funda en 1835 como base de sus trabajos una institución, flexible en su organización, pero por ello de una orientación apostólica muy amplia, la «Sociedad del apostolado católico». El trabajo habrá de ser desempeñado por tres grupos: uno de sacerdotes y hermanos con vida comunitaria, aunque sin votos; otro femenino, también con vida común y sin votos. Estos dos grupos habrán de ser el punto de partida para vincular a sus tareas al mayor número posible de fuerzas seglares de todas las clases sociales, al mayor número posible de creyentes que viven en el mundo y que han de esforzarse por realizar en sí mismos y en los demás este programa «apostólico».

La obra de Palotti, que floreció de manera admirable, hubo de cumplir en su propia carne la ley del Señor: es necesario que primero perezca el grano de semilla. Los disturbios revolucionarios de Roma afectaron seriamente a la obra. Pero tuvo la gracia y energía suficientes para resistir. Su alcance había de ser enorme. Nada menos que Pío XI, el papa de la Acción Católica, elogió a Vicente Palotti llamándole «profeta del apostolado de los seglares». Juan XXIII lo canonizó el 20 de enero de 1963.

Al igual que todos los santos, también Vicente Palotti era un gran hombre de oración. En algunas ocasiones dejó formulado su anhelo de una entrega total a Dios —a Dios sólo— en frases breves de fácil retención memorística, agrupadas en paralelismos alrededor de una misma palabra que se repite constantemente («Dios», «amor infinito»).



7. La piedad de un papa tiene para la vida religiosa de la Iglesia una significación mucho mayor que la que pueda tener la de un profesor, y, sobre todo, cuando este papa, guía de la Iglesia universal, quiere servir primordialmente a la vida religiosa valiéndose de nuevas formas que respondan más adecuadamente a la época. Tal es el caso de Pío X (1903-1914), canonizado por su segundo sucesor, Pío XII.

Pío X no había buscado su elección, sino que se había opuesto a ella. La elección provocó en él una fuerte conmoción interior, pues el peso y la carga que había de llevar sobre sus hombros al tomar posesión de este supremo ministerio, responsable de millones de almas, le aterrorizaba. ¡Qué lejos estábamos ya de los papas del Renacimiento!

Su curriculum vitae como coadjutor, párroco y obispo nos muestra a Pío X como el pastor celoso que entrega su salud y su dinero en favor de la comunidad y que, con un gran sentido social, intenta mejorar la situación económica de sus feligreses. Sus grandes desvelos por el clero siendo patriarca de Venecia y luego papa ponen de relieve de modo especial su preocupación por la realidad puramente religiosa. En su primera encíclica (1903) expuso ya su programa, que consistía en ser simplemente siervo de Dios. Su objetivo era sencillo y ambicioso: «renovar todo en Cristo».

Pío X es el papa de la pastoral. Esto tiene un significado más hondo de lo que a primera vista pudiera parecer. Significa: 1) que el fundamento de la dirección de la Iglesia es la religión, y no la teología ni ninguna otra cosa que pudiera entorpecer la entrega total del hombre a la confesión de su fe. En Pío X sólo hay catolicismo, y éste de un modo íntegro y sin el menor compromiso; 2) de aquí proviene necesariamente el choque entre Pío X y todo lo que favorece ese compromiso o parece favorecerlo. Pío X posee un agudo instinto para todo lo que no es católico, para todo lo que ya no es católico y para todo lo que es peligroso para el dogma; 3) valoración del buen funcionamiento de la administración y organización eclesiástica, sin el cual la idea y la energía religiosa no pueden imponerse con cierta coherencia en el mundo moderno, demasiado inestable y demasiado complicado. Si el evangelio ha de llegar a la humanidad de hoy y de mañana y ésta ha de ser oyente del evangelio, esto sólo puede conseguirse mediante una perfecta organización. Por este motivo Pío X es también el organizador de la administración central (Congregaciones romanas) y el precursor del nuevo código de derecho canónico.

La energía religiosa radical de Pío X hace que la tensión objetivamente existente entre piedad y juridicismo no tenga consecuencias perturbadoras. Lo cual, naturalmente, no quiere decir que con ello quedara eliminado el peligro de cierto legalismo y cierto centralismo desmesurado, debidos ambos al robustecimiento del aparato jurídico.

Una de las medidas más importantes en la historia de la Iglesia desde hacía mucho tiempo son las disposiciones de Pío X sobre la recepción de la sagrada comunión, que ha de ser lo más frecuente posible y desde la edad más temprana. Esta disposición, cuyo alcance es extraordinario, toma completamente en serio la concepción del valor objetivo de los sacramentos, y en especial de la eucaristía como pan de vida. Por primera vez desde los tiempos del cristianismo primitivo se abre para toda la Iglesia católica, y en ella para toda clase de fieles, una era sacramental. Hay que esperar que la llama del amor religioso de este papa produzca también sus efectos en la vida de muchos que han seguido su llamada a comulgar con mayor frecuencia. Pío X vinculó estrechamente la comunión a la misa, que, a su vez, debía volver a ser el sacrificio de la comunidad, en el que el «pueblo de Dios», los laicos, «no sólo rezan en la misa, sino que rezan la

misa», que realmente la misa debe ser una concelebración. Pío X señala el principio de la piedad litúrgica moderna. A él se deben las bases de muchas decisiones enormemente fructíferas de los pontificados siguientes y el marco que las hizo posibles.



Tiene también importancia decisiva la intervención de Pío X en la lucha contra el modernismo, que ya hemos estudiado anteriormente (cf. § 117, II).

8. John Henry Newman (1801-1890), profesor universitario, predicador, escritor, sacerdote y cardenal y también converso (1845)19, al igual que el cardenal Henry Edward Manning (f 1892). Su espíritu, en cambio, era muy distinto, hasta el punto de que durante toda su vida el cardenal Manning estuvo en oposición al cardenal Newman, a quien combatió por juzgarlo excesivamente liberal. Manning era un hombre de temperamento autoritario y de una teología cerrada, pero con una altísima entrega sacerdotal a su vocación y ministerio. Manning constituye una muestra de la labor social de antaño contra la miseria del proletariado y contra el trabajo de los niños en las fábricas. Ambos —que en su tiempo fueron «las dos figuras más grandes del catolicismo inglés»— proceden del gran movimiento de conversiones que se inició en la alta Iglesia de Inglaterra a partir de la abolición de las leyes anticatólicas. En concreto, ambos son los herederos del sabio y ecuménico cardenal Nicholas Wiseman (f 1865), durante cuyo ministerio fue restablecida la jerarquía católica de Inglaterra por Pío IX.

Pero Newman no debe ser colocado al mismo nivel que las demás personalidades religiosas del siglo XIX. Su genio sobrepasa a todos. No existe en esta época (y esto se nota especialmente a su muerte ya en el siglo XX) ninguna figura capaz de desplegar semejantes impulsos religiosos e intelectuales. Es importante tener en cuenta en él, junto a su elevado nivel intelectual, la dimensión religiosa que lo caracteriza.

Este hombre de espíritu elevado, aristocrático en el mejor sentido de la palabra, procede de una familia de campesinos ingleses medios. El distintivo de la auténtica grandeza de Newman consiste en que concentra en sí todas las energías y problemas de la época y los supera y desarrolla en una síntesis creadora. Este conjunto de problemas se llama: naturaleza y sobrenaturaleza, sobrenaturaleza contra naturalismo, fe y ciencia, Iglesia y cultura. Es el gran problema de León XIII, que no en vano, y con la evidencia de una demostración en su primer nombramiento de cardenales, llamó a formar parte del Senado Supremo de la Iglesia a este converso, contra el que durante largo tiempo habían abrigado graves sospechas aun los mismos católicos.

19 Para el protestantismo anglosajón, cf. el § 120, II.

Newman es, en la Edad Moderna, el más conmovedor ejemplo de una heroica lucha espiritual, de una plenísima libertad de conciencia, de una síntesis católica fundamental entre fe y ciencia, personalidad independiente y vida eclesiástica. Esta síntesis es llevada a las más altas cimas mediante el doloroso proceso que este príncipe incorruptible en el reino del espíritu tuvo que pasar para volver a la Iglesia. A pesar de su extrema fidelidad, punto en el que será difícil encontrar parangón plenamente válido, y a pesar de tener una personalidad fortísima, irrepetible, Newman tuvo como principio supremo a lo largo de su vida después de su conversión la obediencia a la Iglesia y la defensa de su ministerio visible.

Filosóficamente, esta síntesis se caracteriza por la superación de la enfermedad fundamental del siglo: el relativismo. Pero se trata de una superación a la que no se llega negando las dificultades, sino afirmándolas y superándolas en la medida en que lo permite un pensamiento correcto. En esta superación, Newman llegó a ser el gran modelo: la filosofía y la historia de la Edad Moderna han puesto en tal forma de relieve las dificultades que pesan sobre el conocimiento científico-religioso de la fe, que ningún pensador (y menos quien desempeña un papel directivo en el campo intelectual, religioso o eclesiástico) puede pasarlas por alto. Por otra parte, la investigación histórica ha descubierto múltiples valores pertenecientes a ámbitos, sistemas y religiones diferentes del cristianismo. Estos conocimientos los tenemos hoy, por decirlo así, desde la cuna. El relativismo es un peligro que nos acecha constantemente. Nadie sintió con más profundidad que Newman ni expresó con más libertad que él las dificultades que gravitan sobre nuestras afirmaciones católicas y cristianas y las razones que hablan en favor de los adversarios. Pero es Newman precisamente el que llega a este resultado: no hay nada más seguro que la existencia de Dios. Sólo hay dos caminos: el que lleva al ateísmo y el que lleva a Roma. La expresión parece dura, pero toda la vida de este gran hombre nos muestra la caridad con que se comportó con los cristianos nocatólicos. Al igual que san Agustín y santo Tomás, tuvo plena conciencia de que toda verdad está envuelta de misterio. De Newman es la famosa frase: «Si en un banquete tuviera que hacer un brindis por el papa y por la verdad, brindaría indudablemente por el papa, pero antes brindaría por la verdad».



Newman es considerado el más insigne apologeta de la Edad Moderna. Su apologética tiene la fuerza invencible de la sinceridad total, que no pretende tener razón en todo momento, pero que arde en amor a la verdad del evangelio. Posee, además, la fuerza de la humildad, es decir, nunca viola el misterio en favor de una prueba puramente intelectualista o armonizante. Con una formulación prudente separa agudamente las diferentes afirmaciones y se mantiene inconmovible sobre la base firme en

una ejemplar serenidad de espíritu. En tercer lugar, la apologética de Newman tiene el vigor que surge de una confianza total —la confianza del genio— en el poder inmanente de la verdad, convincente por sí misma. Por eso se oponía a toda actitud de cerrazón medrosa hacia lo de fuera; no quería la quietud del cementerio, sino la agilidad del espíritu, la vida espiritualmente conquistadora, la superación interna del pensamiento moderno, con cuyas corrientes intelectuales hay que estar en contacto vivo, como lo hacían los teólogos medievales con las corrientes de su tiempo.

Es importante el hecho de que un espíritu tan eclesiástico y de tanto prestigio en la Iglesia formulara expresamente sus puntos de vista críticos sobre ciertas cuestiones delicadas de la historia de los dogmas. Newman declaraba sin ambages que los papas Liberio y Honorio «simplemente no llegaron a realizar acciones del todo justificables... que constituyen una verdadera traición a la verdad».



Al hablar de la infalibilidad de los concilios, dice así: «El IV concilio modificó al III; el V modificó al IV». «La última declaración sobre la infalibilidad (la del Vaticano I) no necesita tanto una anulación como una complementación... No seamos impacientes y tengamos fe. Un nuevo papa y un nuevo concilio pueden traer nuevamente al barco a la situación justa». Newman es un guía religioso, porque en él el hombre que lucha y que triunfa en los terrenos intelectual y del espíritu se encuentra cimentado en la entrega del que cree en Dios. Su divisa era «Dios y el alma». Para Newman, lo mismo que para Agustín, Dios es una realidad tremenda, estremecedora, más próxima que todas las demás realidades. Y esta realidad —no sólo su pensamiento— se encuentra en él de tal manera que no puede pensar nada sin ella. Estar penetrado por la realidad de Dios es lo que hace de Newman —lo mismo que de Agustín— un gran hombre de oración y un predicador extraordinario.

Newman sufrió mucho a causa de las sospechas que se levantaron contra él. La esencia de su pensamiento, como ya hemos dicho, era la sinceridad total, y, precisamente por ella, desconfiaron de él de manera durísima tanto en la Iglesia que había abandonado como en la Iglesia en la que ingresó al convertirse. Newman sacrificó su vida a la verdad. Sobre su vida se cierne la fuerza de atracción de los grandes trágicos, aunque en este caso es un trágico que trae esperanza, pues su tragedia está penetrada por el amor. En él no alienta la tristeza del pesimismo, sino que en sus palabras brilla la fe en el sacrificio, en la Providencia, que sabe que el sufrimiento y las dificultades no resueltas y los obstáculos forman parte, incluso para la mejor voluntad y la fuerza más genial, de la historia en este mundo señalado por el pecado original: «Esto es para mí tan cierto como la existencia del mundo o la existencia de Dios».

Newman nos narró en la apología de su vida (Apologia pro vita sua) las luchas interiores, que le llevaron desde la Iglesia anglicana, a la que se

refiere con cariño y agradecimiento, hasta la Iglesia católica. Es un libro que hay que leer, pues está lleno del mismo espíritu que impregna las soberbias Confesiones de san Agustín. Newman mismo, con una expresión de san Pablo (1 Cor 13: «ahora vemos confusamente en un espejo; ... ahora conozco de modo imperfecto»), formuló el sentido de toda su vida en su epitafio: Ex umbris et imaginibus in veritatem20.

La obra entera de Newman, lo mismo que la de las grandes figuras del siglo XVII francés, posee además una fuerza especial por ser un escritor de primera fila, de serenidad y mesura clásica, pero sacudido interiormente por la movilidad de la vida.

9. En esta selección de figuras hemos de hacer especial hincapié en la «pequeña» Teresa del Niño Jesús (f 1897). Merece esta mención por un doble motivo: por su extraordinaria influencia, universal y misteriosa, y por el carácter peculiar de su santidad, que no es tan sentimental como han pretendido presentar las carmelitas de Lisieux durante largo tiempo, hasta que apareció finalmente el original de su autobiografía, sin los retoques no muy dignos de loa que se le habían hecho. Lo que realmente se nos presenta con toda su vitalidad y atractivo en la santidad de Teresita es más bien la sensación inmediata del estar-en-Dios dentro de la más grande sencillez. El centro de esta piedad es la convicción viva de fe de que el hombre no es nada ante Dios: la doctrina de la pobreza interior es constitutiva para la fe cristiana21 . Base absoluta e indiscutible de todo su ser es que todo ello no es pensable más que dentro y a partir de la Iglesia. Pero la humildad perfecta de esta niña, que procede de un ambiente confortable, burgués, es de una energía heroica y sustentada, al mismo tiempo, por una enorme conciencia de sí misma y de su misión y llena de libertad y suavidad encantadoras. A esta humildad heroica, a esta gran conciencia de sí y a este encanto se une otra cualidad que resulta verdaderamente enigmática a la vista de la evolución seguida por la pequeña santa: una cordialísima comprensión hacia los no cristianos, hacia los no creyentes e incluso hacia los excomulgados. La amplitud de su visión se basa claramente en el mandamiento central del Señor, como corresponde a su lema: «Todo es amor, todo es gracia». Aunque no encontremos en santa Teresita una energía creadora que actúe poderosamente, es legítimo comparar la transparencia cristalina de su infancia espiritual con la que brilló siglos hace en Francisco de Asís. Merece también elogio la formidable firmeza de su piedad, que se niega, por ejemplo, a recargar con alusiones raras, como ella dice, la imagen de María en los evangelios, y piensa así precisamente porque María es su modelo.

20 Luego no fue colocado sobre su tumba.

21 Concepciones similares se encuentran en Lutero; por ejemplo, la última frase salida
de su pluma: «No somos más que mendigos, ésa es la verdad» § 82, II, 8c).

§ 119. MISIONES Y JO VENES IGLESIAS DE ULTRAMAR

1. La historia de la Iglesia es la historia de la misión, el
cumplimiento del mandato de Jesús «id por todo el mundo» (Mt 28,19). La
misión es un intento multiforme que, sin duda, se ha cumplido muchas
veces de manera insuficiente, pero en el cual se manifiesta magníficamente
la fuerza del mandato de Jesús a lo largo de los siglos.

La fe de los primeros cristianos fue penetrando cada vez más, como la levadura, en la mentalidad de los no creyentes. Tras la ruina del pueblo judío como unidad étnica cerrada, la difusión del cristianismo se convirtió en labor de conversión de los paganos, sobre todo en el Imperio romano. Este giro hacia Occidente tuvo, como ya hemos visto, una gran importancia en la historia de la salvación. En Occidente, la influencia cristiana, condicionada por el medio, fue en lo político y en lo espiritual completamente distinta de la que hubiera surgido si el cristianismo hubiera emigrado hacia el Oriente. Uno de los aspectos más importantes es, como ya hemos visto, la acomodación de la Iglesia al Imperio romano, que sentía predilección por las creaciones estables y las instituciones jurídicas. Al quedar más tarde realizada la cristianización de Occidente, se desarrolló la tarea y la problemática de las misiones fuera de Europa. Con las Cruzadas, y a partir de ellas, su cometido se centró ante todo en la conversión de los «infieles», es decir, de los mahometanos, tanto en Oriente como en la Península Ibérica, desde donde se hicieron incursiones en África. Los misioneros eran sobre todo, franciscanos y dominicos.

2. A raíz de los nuevos descubrimientos de fines del XV se fue
desarrollando la misión entre los «paganos»22 , típica de la Edad Moderna,
que se inician con la obra de los canónigos seculares en el Congo-recién
descubierto (en 1491); esta obra constituye un ejemplo instructivo y a la
vez un aviso. Los predicadores misioneros, pertenecientes a la mencionada
congregación, y después a los franciscanos, dominicos y agustinos,
tuvieron un éxito tan grande, que el rey se hizo bautizar, y ya en 1534 fue
erigida una diócesis. Pero al volver el rey a apostatar en el siglo XVII, la
labor de los capuchinos (a partir de 1645) no fue capaz de impedir la
aniquilación de la misión, algo parecido a lo ocurrido siglos antes con los
germanos.

22 La expresión «misión entre los paganos» se viene empleando desde hace muchísimo tiempo y no se ha encontrado ninguna otra capaz de sustituirla plenamente. Sin embargo, dicha expresión ha tenido cierto sabor a compasión, mitad condescendiente, mitad despectiva. Este tipo de autojustificación cristiana ya no se da hoy. Los pueblos no cristianos, aun los subdesarrollados, han llegado a ser conscientes de los valores religiosos peculiares de su tradición. Por parte de la Iglesia católica, sus perspectivas están mucho más abiertas a una auténtica, no sólo teórica, relación fraternal con todos los hombres.

La labor misionera vino a ser durante la Edad Moderna un título de honor de la Iglesia católica, incluso durante el siglo XVI, en el que la Reforma le acarreó tan graves pérdidas en Occidente. Esta labor misionera es también un desbordamiento del renacimiento interno del catolicismo que se había operado en los países europeos fieles al catolicismo. Alimentándose de esta nueva vitalidad, las misiones de ultramar dieron también pruebas de una energía inquebrantable. En conjunto, podemos decir que las misiones entre los paganos, o mejor, sus objetivos, llegaron a constituir una parte esencial de la piedad católica de la Edad Moderna. La participación de las misiones en el ser global de la Iglesia la hemos visto ya parcialmente al referirnos a la labor misionera desarrollada en las Indias Occidentales, en América del Norte y del Sur y también en el norte de África, pero sobre todo en Asia: India y Japón, con el subsiguiente incremento del cristianismo en China a partir de 1572 por obra de Ricci y sus sucesores, en el que participan también los misioneros franciscanos y dominicos.

Las potencias religiosas que van apareciendo en el campo misionero, al igual que en otros campos, son objeto de dirección y promoción central por parte de Roma. Ya vimos cómo en 1622 Gregorio XV funda una congregación para la Propagación de la Fe (De Propaganda Fide).

3. A pesar de ello, las inmensas posibilidades, casi inimaginables en el momento actual, de cristianización del mundo, próximas temporalmente en Asia, no llegaron a realizarse, o mejor, no llegaron a realizarse una vez más, si nos remontamos a las posibilidades que se le ofrecieron en otro tiempo al nestorianismo, incluso en las provincias nórdicas de China (§ 27, II).

Ya la controversia sobre los ritos y la praxis misionera de los jesuitas durante el siglo XVII (§ 94) provocaron serios y funestos obstáculos para el arraigo del cristianismo católico. La competencia entre las diversas confesiones complicó la situación más todavía. El resurgimiento o el robustecimiento de las viejas ideas religiosas heredadas —con mayor frecuencia que la protesta nacional contra la europeización— suscitaron desde muy pronto en la India y en China persecuciones devastadoras. A pesar de la apertura de nuevas misiones en Corea y en las Carolinas, el desarrollo a partir del siglo XVIII se caracteriza generalmente por fenómenos de decadencia. En el caso de Centro y Sudamérica, las causas son manifiestas: el proceso de independización de las colonias españolas y portuguesas de la madre patria destrozó también la base sobre la que se sustentaban preferentemente las misiones, ligadas a la importación y concebidas como importación.

Pero la situación de ruina generalizada, a la que habían sucumbido igualmente las misiones africanas hasta en sus mínimos restos, tenía también causas intraeclesiales muy profundas: el debilitamiento de la vida



eclesiástica durante el siglo XVIII hizo que se agotaran las fuentes de que se había nutrido el trabajo misionero. El número de vocaciones misioneras descendió considerablemente.

Entre las causas concretas ya conocemos la disolución de la Compañía de Jesús en 1775, la represión de las comunidades religiosas durante la Revolución francesa, la hegemonía política de las potencias protestantes (Holanda, Inglaterra) en una época en la que las iglesias evangélicas todavía no se preocupaban —o se preocupaban muy escasamente— de las misiones (siglo XVII), y después por el avance y labor de los pietistas del Imperio británico, que supuso un perjuicio para las misiones católicas.

4. En cambio, durante el siglo XIX el paulatino florecimiento de la vida religiosa y eclesiástica trajo consigo por cierta lógica, aunque también de modo sorprendente, el auge del impulso misionero, lo que vale igualmente en alguna medida para el protestantismo.

Cierto que aquí, como en cualquier acontecimiento de la historia de la Iglesia, tampoco podemos pasar por alto las realidades que, de hecho, favorecieron el auge indicado: la extensión y explotación de las posesiones coloniales por las grandes potencias europeas; el desarrollo del tráfico a escala mundial; los múltiples viajes y el afán de investigación posibilitaron nuevos avances. Todos estos hechos abren nuevas rutas de acceso a los pueblos que hasta ahora no habían oído el mensaje del evangelio o sólo lo habían oído de manera pasajera.

Pero la causa fundamental fue —lo mismo que en el protestantismo, con su movimiento de resurgimiento— el fuego religioso, las nuevas energías misioneras que brotaban del interior de la Iglesia. Una vez más la expresión especial de este fuego religioso son las Ordenes religiosas, que, por su parte, experimentaron un nuevo florecimiento durante el transcurso del siglo. Podemos mencionar las Ordenes antiguas, la Compañía de Jesús ya restablecida, numerosas congregaciones nuevas, de sorprendente fecundidad, que dedicaban a la labor misionera un considerable porcentaje de sus energías, como la fundación francesa del cardenal Lavigerie (f 1892) «Sociedad de los Padres Blancos» (su campo misionero fue África); luego tenemos la «Misión de Lyon para la propaganda de la fe», fundada en 1822; los «Padres del Espíritu Santo», fundados en 1803 por Poullart des Places (África); los «Maristas», fundados en 1824 por J. Cl. Collin (Oceanía, Polinesia, Nueva Zelanda); la «Sociedad de Picpus», llamada así por el lugar de su primera sede, en la rue de Picpus, de París; su nombre propio es el de «Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María», fundada en 1805 (mares del Sur); los «Misioneros de San Francisco de Sales», fundados en 1838 (India, Brasil); la «Sociedad del Verbo Divino», fundada por Arnold Jansen en 1875 (Asia Oriental); los «Padres Blancos», fundados en Tréveris (Sudáfrica) en 1868; la



Congregación Benedictina de «Santa Ottilia», fundada en 1884 por Andreas Amrhein, OSB (Corea). Casi todas estas congregaciones tienen también su rama femenina.

En el transcurso de los siglos, diversas congregaciones masculinas y femeninas han dedicado sus energías a esta obra de dimensión mundial, organizando su trabajo de una manera cada vez más sistemática, fundando escuelas especializadas en la formación de misioneros, asegurando con ello y preparando más adecuadamente los necesarios refuerzos.



Como indica la enumeración que hemos hecho, son los franceses los que han desplegado la fuerza de choque más importante; al final también los alemanes y los norteamericanos hicieron suya la tarea con amplia dedicación. El campo de misiones llegó a ser el mundo entero no cristiano. Desde el sudeste de Europa, el norte de África y Asia Menor hasta el Lejano Oriente, los mares del Sur y el corazón del continente negro, los indios de América del Norte y del Sur hasta el Ártico, la buena nueva fue transmitida a los pueblos en innumerables lenguas. Hubo también ¿retrocesos como el de 1908, que sigue en la actualidad en China, tras la implantación del comunismo. En algunos sitios, la tarea misionera empalmó con lo que quedaba de las misiones antiguas. Tal es el caso del Congo, de Filipinas y aun de Japón, en el cual se descubrió la existencia de núcleos de cristianos viejos que se habían mantenido durante una época tan dilatada sin sacerdotes y sometidos a las opresiones más duras. Estos cristianos habían conservado la fe, si bien con deformaciones de toda clase. Fue muy importante el hecho de que, sobre todo desde finales del siglo XIX, Roma comenzara la instauración de la jerarquía en las iglesias de misiones. Esta instauración constituía una base que habría de coronarse mediante la creación de un clero autóctono.

5. Un elemento nuevo y muy importante es el acercamiento de la idea misionera al pueblo católico mediante sociedades misioneras y propaganda escrita. Esta labor fue un éxito de las numerosas Ordenes y congregaciones antiguas y modernas, bajo la dirección o con la cooperación de la curia pontificia. Con esta incorporación de gran parte del pueblo católico, se amplió considerablemente la base religiosa y material. En el pueblo se robusteció la conciencia de la responsabilidad de la propagación del reino de Dios entre los pueblos más apartados. Este robustecimiento suponía un importante crecimiento de la función del pueblo en la Iglesia, una etapa ulterior en el despertar de la conciencia católica.

Aparecen por entonces —las mencionaremos a título de ejemplo— la «Asociación para la propagación de la fe católica» y el sodalicio de san Pedro Claver, fundado en París en 1894 y actualmente con sede en Roma; editan «El Eco del África» y «El niño negro» y han publicado Biblias y catecismos en más de cien lenguas africanas; el Apostolado de Oración,

fundado en 1844 en la casa de estudios de los jesuitas de Vals-Le Puy, en Francia; actualmente tiene su sede en Roma y publica «El Mensajero del Corazón de Jesús». La conciencia de los católicos se va impregnando cada vez más de la idea misionera por medio de conferencias y asociaciones con diversas peculiaridades, como la «Asociación universitaria misional», la unión de todas las Ordenes misioneras, las semanas misionales y, sobre todo, la «Unión sacerdotal de las misiones» (1916). Se han creado también nuevos semanarios misioneros especializados en Lyon, París y Würzburgo. En Würzburgo se creó también el primer instituto médico misional católico (1922) para médicos, no para sacerdotes.



6. Al surgimiento de este movimiento general misionero contribuyeron, a más del impulso religioso, ciertos intereses político-económicos de países y grupos privados. La idea misional juega un papel importante en el afianzamiento de un Estado de nueva creación, en la configuración de su «grandeza» y de su rostro ante el mundo, en el aseguramiento de su participación en la «esfera de intereses» y aun en la explotación de las colonias23, y hasta no pocas veces una explotación descarada. Esto tenía aspectos positivos en la medida en que el celo de los católicos y su desprendimiento apoyaban más a las misiones «propias» que a las ajenas y, en segundo lugar, porque los poderes del Estado, aunque fuesen hostiles a la Iglesia, favorecieron en gran manera a las misiones. Pero a la larga esta unión con lo nacional trajo consecuencias indeseables, sobre todo en el terreno religioso y eclesiástico. El entusiasmo por las misiones «propias» fácilmente se aparta del celo puramente cristiano y eclesial por el señorío universal de Cristo. Es un entusiasmo que ya de por sí se sitúa en un nivel de calidad inferior y acaba creando un catolicismo de tipo cultural, al igual que hay un protestantismo cultural, que por su fuerte vinculación a la cultura nacional y a los intereses políticos correspondientes encierra el peligro de una disminución del valor religioso y prepara el camino para una reacción de los paganos contra el cristianismo. Esta desventaja se puso de manifiesto de un modo especial entre los países latinos que enviaban misioneros y cuyo nacionalismo era más acusado.

Volvió a aparecer aquí, sólo que desde otro lado, el eterno problema de la «confusión entre religión y política». De hecho, en la penetración de la civilización cristiano-europea en los países paganos existe un profundo pecado de la «cultura», que arrebató a los «paganos» o «salvajes» su tradición cultural, tan estimable como la europea, dejándoles a cambio bienes de consumo de baja calidad, vicios y enfermedades, y enriqueciéndose con ello. Nadie ha asumido de manera tan ejemplar lo que decimos ni ha experimentado con tanta profundidad personal nuestro deber



23 Algunas veces las misiones fueron el primer paso hacia la expansión colonial. Así, por ejemplo, el protectorado alemán del Sudoeste fue originariamente una fundación de la Sociedad Misionera protestante de Renania-Westfalia.

de expiar las culpas de la cultura que el teólogo adogmático protestante, investigador e intérprete de Bach y constructor de órganos Albert Schweitzer (§ 120, I). Schweitzer abandonó una carrera brillantísima para dedicarse a aliviar como médico los sufrimientos de los negros en el Ogove superior (África).



7. Era lógico que, en caso de complicaciones y de guerras, las
misiones nacionales entraran inmediatamente en el conflicto como
avanzadillas de una determinada cultura nacional, saliendo gravemente
perjudicadas. Esto afectó, por ejemplo, a las misiones alemanas durante las
dos guerras mundiales. La protesta de los superiores de las misiones
católicas alemanas contra la extensión de la guerra a África no produjo
resultado de ninguna clase. La obra misionera fue destruida sin
consideración ninguna. El Tratado de Versalles de 1919 lo justificó de un
modo suficientemente claro (arts. 122 y 438). Las colonias inglesas
estuvieron hasta 1926 cerradas a los misioneros «enemigos». Contra esta
estrechez de miras tan anticristiana se alzan las orientaciones de la encíclica
Maximum illud de Benedicto XV, del 30 de noviembre de 1919, que no
tenía más objetivo que predicar a Cristo, sin que importe la nacionalidad
del predicador. Conquistar almas es la única ganancia permitida al
misionero.

Por desgracia, este ideal no fue capaz de eliminar cierta división que se había producido en la misma base. La Segunda Guerra Mundial consumó peligrosísimamente la obra de la primera. Como consecuencia de la participación en ambas de hombres de color, surgió tan impetuosamente el nacionalismo indígena, que ese carácter nacional de la labor misionera e incluso el mero hecho de que estuviera en manos de europeos, llegó a suponer un perjuicio y hasta una amenaza para las misiones.



8. En 1893 se había lamentado León XIII de los escasos progresos en
las misiones de la India. Desde entonces esta misma queja ha tenido que ser
repetida también con respecto a otros territorios. Se ha acentuado
especialmente y de manera constante la dificultad que encuentran los
misioneros entre los hombres cultos seguidores de las antiquísimas
religiones de la India, de China y del Japón y con los mahometanos.
Realmente los resultados obtenidos hasta ahora no guardan proporción con
los sacrificios en vidas, salud y dinero que ha supuesto la cristianización de
estos países.

A este respecto debemos recordar dos cosas:



a) Querer cimentar la idea misionera, que es una idea religiosa, en la consideración de la rentabilidad de las conversiones es tanto como destruirla. El impulso misionero es algo que brota de lo más hondo del mandamiento del amor, y el amor es, por su misma naturaleza, entrega de sí mismo. El amor no es calculador, y tanto menos cuanto que en la comunidad viviente de los santos ningún acto de amor se pierde. Si

tomamos en serio la concepción religiosa de la Iglesia, veremos que el espíritu de penitencia y la sangre de los mártires, derramada constantemente en las misiones, y el servicio sin éxito visible constituyen el sustento esencial de la vida de la Iglesia.

  1. Pero también en esto la esencia de la Iglesia y del evangelio
    consiste en la síntesis. No poner todos los medios para que los sacrificios
    fructifiquen en un número mayor de conversiones sería algo que no estaría
    en correspondencia con el sentido más íntimo de la tarea misional. Este
    impulso choca con las dificultades mencionadas, que se producen con una
    extensión inusitada y peligrosa y que se encuentran profundamente
    enraizadas en la diversidad intelectual y psíquica de los misioneros
    europeos y su forma de predicación, tan impregnada del carácter
    específicamente occidental. El problema del contexto cultural y de las
    condiciones bajo las cuales puede actuar la palabra de Dios aparece aquí
    con toda su importancia, agudizada, tal vez, por otras cuestiones
    relacionadas con la doctrina, la teología y la relación mutua entre ellas. En
    toda esta problemática vuelve a hacerse presente la autonomía de los
    obispos haciendo valer sus derechos dentro de la gran unidad de la Iglesia
    universal.

  2. San Pablo orientó al cristianismo hacia el Occidente. Hasta el día
    de hoy su estructuración esencial y no esencial, y especialmente su doctrina
    y más aún su teología, han estado casi totalmente condicionadas por
    Occidente, es decir, por el espíritu greco-romano, un espíritu radicalmente
    extraño al espíritu indio y chino y a las peculiaridades de mentalidad y
    sensibilidad de los pueblos primitivos. Los grandes misioneros jesuitas se
    dieron ya cuenta de esto, como hemos visto, e intentaron superar las
    dificultades mediante la adaptación. Desde finales del XIX, y más todavía a
    lo largo del siglo XX, el problema de una acomodación moderada pero
    valiente se impone con más urgencia que nunca. «Valentía» quiere decir
    aquí que el objetivo de la obra educativa occidental, de la que todavía no es
    posible prescindir, no ha de ser otro que la plena independencia y la
    peculiar originalidad de los países de misión.

  3. Después de multitud de errores, por los que, en contraste con la
    acomodación prescrita por la historia de la Iglesia (este desprecio aparece a
    partir de mediados del siglo XVII), se había llevado a veces incluso al clero
    indígena a la idea de que únicamente la orientación teológica romana y
    occidental y el modo de vida de los pueblos occidentales eran capaces de
    asegurar en los países de misión la catolicidad plena y perfectamente
    equiparada con la vieja jerarquía europea y la unidad con el papa, ha
    surgido en el siglo XX, incluso en el protestantismo, la idea de que para
    anunciar el evangelio a los pueblos de color de modo más fructífero era
    preciso vincular esa evangelización con un clero autóctono, chino, japonés,
    indio o africano. Se realizaría el proyecto de una manera paulatina y su

objetivo final sería el siguiente: no colocar a los clérigos indígenas como auxiliares o subalternos de los misioneros europeos, sino ir formando todo un clero nativo, educado en sus propios seminarios, bajo la jurisdicción de obispos indígenas, un clero que, basado en la tradición y vinculado al ministerio de Pedro por su unión a la Santa Sede y a los pueblos recién convertidos, sea capaz de ir configurando poco a poco una vida eclesiástica indígena autónoma, teniendo en cuenta las raíces de antiguas tradiciones culturales propias.

e) Las primeras instrucciones en este sentido se remontan a Benedicto XV; Pío XI consagró desde 1926 un gran número de obispos de color. Este hecho, no extraordinario aparentemente, es en realidad algo que inicia una nueva época Se vio completado en 1936 por el mismo Pío XI y en 1942 por Pío XII, quienes en cierto sentido la llevaron a su culminación mediante tres decretos en los que se afirma audazmente y de una manera desacostumbrada la necesidad de la acomodación a las tradiciones locales para la labor misionera en el Japón, en el imperio de Manchuria y en China. Cuando los gobiernos de estos países declararon que ciertos actos de adoración a los antepasados, al emperador, al Estado y a sus poderes, que tenían antes un significado pagano-religioso, no eran hoy más que una expresión civil de las costumbres nacionales, carente de significación religiosa propiamente dicha, a los católicos se les permitió tomar parte libremente en ellos. Tal vez con ello se le ha abierto definitivamente al cristianismo la esperanza lejana de penetrar en el corazón de esos pueblos asiáticos y la posibilidad de que crezca dentro de ese mundo partiendo de las propias raíces. Pío XII, finalmente, al elevar a la dignidad cardenalicia a un obispo chino y al crear en 1946 una jerarquía autóctona en China, donde un tercio de la jerarquía es nativa, ha hecho avanzar de forma importante estos principios...

9. Con todo esto podíamos juzgar con gran optimismo la situación todavía en 1950 y las posibilidades de un avance provechoso. A partir de esa fecha, Pío XII y su sucesor han seguido desarrollando —hay que reconocerlo— la formación de una jerarquía nativa en ultramar y hoy ha aumentado el número de cardenales asiáticos y hay, además, desde el pontificado de Juan XXIII, un cardenal africano. Pero el comunismo, que ha surgido con fuerza insospechada y que domina sobre un pueblo de alrededor de 600 millones de chinos, ha modificado por completo la situación y ha aniquilado brutalmente la perspectiva de una rápida cristianización.

Una transformación de fuerzas y posibilidades se manifiesta también en un hecho que ya está sucediendo: religiosos expulsados de sus propios países de ultramar encuentran un nuevo puesto de trabajo en Europa; los paganos «recién» convertidos retransmiten la buena nueva con su acción y su palabra a los cristianos de Occidente que han caído en la tibieza o se han

apartado de la fe: ejemplo, el monasterio de monjas chinas de Essen o el caso de sacerdotes de ese mismo país que atienden parroquias en Austria.

Independientemente de lo que acabamos de decir, hay que tener en cuenta que el clero nativo de los países de misión y, sobre todo, la jerarquía indígena sólo puede arraigar y crear una tradición propia en el suelo patrio una vez que efectivamente exista. Hasta ahora —aparte de la vinculación esencial al obispo de Roma—, ni el clero ni la jerarquía nativos han podido prescindir del apoyo que les supone la protección de la jerarquía europea occidental.



Por otra parte, es cierto que Europa, junto con el poder y la cultura de América, que de ella procede, sigue siendo todavía en cierto modo la rectora espiritual del mundo. Pero esta hegemonía se ve amenazada no solamente por el comunismo ruso y chino; también la India, Japón, Australia y África se van despertando con diferente intensidad y bajo diversas formas en busca de su independencia. Y raro es el país en el que este despertar no vaya mezclado en un buen tanto por ciento de desconfianza y hostilidad, y hasta con el odio que ha ido creciendo más o menos inconscientemente a lo largo de los siglos hacia la cultura —y la



Compartir con tus amigos:
1   ...   47   48   49   50   51   52   53   54   ...   64


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad