J o s e p h L o r t z



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a) El creciente robustecimiento del pontificado constituyó la reacción más adecuada ante el peligro del subjetivismo y del particularismo, que todo lo invadían. Pero este robustecimiento dificultó también la solución del problema de fondo ya mencionado, es decir, la «reconquista de la vida», de la cultura alejada de la Iglesia. Es evidente que, después de Vaticano I, el pensamiento católico goza en un primer momento de una menor libertad de movimientos. Todo dogma estatuye una solución de un problema teológico como única solución verdadera, aun cuando no constituya un acto mecánico, que ponga trabas al espíritu. Toda definición abre también nuevos horizontes y obliga a hacer un esfuerzo por comprenderla y fundamentarla. A pesar de todo, ciertas opciones posibles de sentido opuesto, que podían discutirse antes de la definición, quedan cortadas. Eso pertenece a la propia naturaleza del dogma.

Ahora bien, en el siglo XIX la fijación de los dogmas alcanza una extensión desusada. No puede negarse que en ello yacía una pesada carga para los elementos progresivos del catolicismo en el campo espiritual y científico, es decir, para aquellas fuerzas que más agudamente sentían la necesidad de que la Iglesia reconquistara la vida y más activamente perseguían este objetivo. La situación resultaba tanto más peligrosa cuanto que la revolución había suscitado en los estamentos jerárquicos, y especialmente en la curia romana, un terrible temor al retorno a las circunstancias caóticas del pasado.



b) Y así ocurre que este siglo está surcado por una larga serie de trágicas caídas, en las cuales inteligencias brillantes y con la más firme voluntad de reconquistar el mundo para la Iglesia fracasaron y tuvieron que ser rechazadas por la jerarquía. La serie se inicia ya con Lammenais (§ 112, I, 6), a principios de siglo, y llega hasta bien entrado el siglo XX. Posteriormente se reconoció que bastantes de las censuras carecían de importancia, y buen número de figuras desautorizadas y perseguidas se han visto honradas no mucho después como auténticas glorias del catolicismo.

Por eso es necesario y de enorme importancia a la hora de hacer una interpretación teológica de la historia de la Iglesia tener en cuenta: 1) la verdadera situación en que, caso por caso, se encontraron esos católicos y, sobre todo, 2) comprender la necesidad interna que liga los casos de ese género con el derecho y la verdad en la Iglesia. El cristianismo, que exige lógicamente la aceptación personal de la revelación, significa, por otro lado, el predominio de lo objetivo, del orden y de la comunidad frente a lo subjetivo, la disparidad de tendencias y el individuo. Esto no quiere decir destrucción de estas últimas realidades, sino una llamada a que acepten las obligaciones impuestas. Es cierto que en la teología misma el progreso sólo se consigue, como lo demuestra la historia de la Iglesia, a través de la discusión, pero en ella debe darse el sacrificio si no se quiere desembocar en el caos. La natural tensión entre las opiniones personales y los principios universales indiscutibles, así como sus repercusiones, pertenecen a la esencia misma del catolicismo. Es inútil discutir con quien otorga más valor a la búsqueda subjetiva y personal que a la posesión de la verdad o que en este orden de cosas la juzga inasequible. Su punto de vista representa la negación de una actitud católica. Por nuestra parte pensamos que la elaboración paulatina del contenido de la verdad revelada es algo que pertenece al doloroso alumbramiento de esta creación, que hasta nues­tros días suspira por alcanzar la redención (Rom 8,22). En el momento del sufrimiento no se ve a menudo su sentido, y el dolor y la dureza pueden llegar a parecer absurdos.



Si somos capaces de advertir la extraordinaria complejidad que presenta la evolución de la historia de la Iglesia precisamente en este

momento y la interpretamos con la debida cautela, podremos decir con razón que muchas veces el rigor de la Iglesia tenía un gran sentido.

Por otra parte, ya se comprende que al mostrar este sentido no estamos aprobando una condena simplista e injustificada. Tampoco queremos restar importancia a la obligación de los dirigentes de la Iglesia de cumplir su misión con toda caridad. En su conciencia debió de mantenerse siempre la exigencia evangélica: «Dejad que crezca la cizaña. hasta la siega» (Mt 13,30), magníficamente expresada por la conocida frase de León XIII a monseñor D'Hulst: «Los científicos han de tener tiempo para investigar y hasta para equivocarse...». Si en el seno de la Iglesia se hubiera reconocido valientemente su pleno derecho al elemento carismático, y si dentro de la realidad estática se hubiera reconocido al elemento dinámico y emprendedor el ámbito que el evangelio les reconoce, la tensión habría sido mucho más fecunda y sin asperezas.

7. Durante el siglo XIX la Iglesia tuvo que realizar toda su gigantesca labor valiéndose únicamente de medios religiosos y espirituales. Esto representa una situación completamente nueva frente al pasado y planteó tareas completamente distintas. La necesaria consecuencia del cambio mencionado fue que la Iglesia tuvo que levantar su ámbito visible únicamente sobre la base de la espontánea adhesión interna de los hombres. Esto significa nada menos que el siglo XIX intentó dar solución a aquella tarea propia del destino del Occidente que no se había conseguido en la alta Edad Media: la armonía entre Iglesia y Estado, entre Iglesia y cultura, con el reconocimiento del valor superior de la Iglesia en su propio campo, pero sin que una parte «dominase» sobre la otra, sino a base de un libre acuerdo. La política concordataria de los papas significó un paso importante en esta dirección.

a) Pero mucho más importantes fueron los ataques desarrollados en estos últimos cien años contra la Iglesia. Con su resistencia victoriosa y con la vida católica que tan espléndida e inesperadamente floreció en esta resistencia, el pontificado, cada vez más desamparado por el brazo secular y a veces incluso acosado por él, introdujo de nuevo en la conciencia de todo el mundo la convicción de la superioridad, indestructibilidad e imprescindibilidad de la Iglesia y de los derechos y energías religiosos y morales y con los cuales es necesario y conveniente contar.

Aquí se consuma en gran parte la reacción contra el desplazamiento, a menudo funesto, de la idea religiosa del ministerio de Pedro hacia lo político. Este desplazamiento había sido en realidad la causa de múltiples fenómenos de decadencia en el gobierno de la Iglesia a partir de la alta Edad Media, momento en el que la actitud demasiado terrena y política del pontificado había acostumbrado al mundo a considerar al papa únicamente como un soberano entre otros soberanos y a tratarle como tal. La inestimable aureola religiosa que en otros tiempos había protegido al

pontificado era ya para muchos algo imperceptible. La idea de su inviolabilidad había desaparecido, lo que propició la posibilidad de la Reforma, con su carácter antipontificio. Dos o tres siglos después el equilibrio entre el poder temporal del papa y las grandes potencias, en la evolución espiritual de todos los pueblos, aparecía ese poder más como un obstáculo que como una ayuda. Ahora el pontificado, despojado de todos sus medios políticos, con el prestigio de su heroica fidelidad a los propios principios y purificado por sufrimientos de todo género, despierta de nuevo e introduce otra vez en la conciencia general, al menos en cierta medida, la idea del pontificado como una institución dotada de una sublimidad religiosa única.

b) Problemas parecidos y de análoga envergadura plantea a la Iglesia el desarrollo del Estado democrático y cultural moderno, de la economía moderna, de las comunicaciones y la prensa moderna, de la divulgación científica, de la plena libertad de resistencia y del enorme crecimiento de la población, que se va emancipando política y espiritualmente a partir del siglo XIX. Este desarrollo trae como consecuencia que ahora una herejía o un nuevo género de incredulidad o la teoría de la libertad sexual no sólo llegan a círculos pequeños o limitados. La publicidad del pensamiento se ha extendido tanto y el número de sus destinatarios ha crecido tan considerablemente, que todo movimiento se convierte en un movimiento de masas. Es cierto que, en teoría, esto mismo vale también para la verdad y el bien. Pero la configuración moderna de los medios de propaganda está íntimamente relacionada con la evolución de la cultura secularizada, especialmente vinculada al capitalismo egoísta. Esta cultura domina y posee estos medios en una medida totalmente diversa de los círculos eclesiásticos y puede utilizarlos con menos escrúpulos que la Iglesia en su terreno religioso.

Y, sobre todo, estos medios, dirigidos por el espíritu individualista de la libertad de prensa, de palabra y de asociación, colocan, tanto al individuo como a la comunidad, en un absoluto relativismo práctico. Cualquier opinión, cualquier corriente de carácter político, moral, religioso y cultural, llega a cada hombre a través de la prensa, la radio, la televisión y el cine; le acosa de forma incesante en casa, en la calle y en los viajes. La importante consecuencia que de ello se deriva es que hoy sólo en mínima medida es posible sustraerse de manera puramente negativa al error y al mal.

Por eso el objetivo a conseguir sería el siguiente: educar a los católicos en la autonomía religiosa. Hoy es ya imposible proteger del error y de la tentación del vicio. Lo que hace falta ahora es educar para la defensa. Este objetivo tiende por sí mismo a dejar en libertad las fuerzas más profundas del cristianismo mientras esto se haga mirando a la libertad interna del creyente. Únicamente la fidelidad a la Iglesia que se base en una

íntima convicción personal ha podido y puede contribuir aquí de forma honda y duradera a la reconstrucción.

Debemos hacer algunas advertencias concretas en este breve examen de conciencia retrospectivo. Pensemos, al menos, en un fenómeno cuya importancia se acrecienta de día en día: las fuerzas conservadoras del sistema tuvieron escasa valentía para afrontar la crítica del periodismo y apenas supieron aprovechar las magníficas posibilidades que éste le brindaba. No es ajeno a este hecho la inexistencia casi total de una gran prensa católica y su mínima significación en el terreno cultural.

En el coro pluralista de la opinión pública del siglo XIX faltó, pues, una suficiente representación de los sectores católicos del pueblo. En este proceso interviene también un elemento de suma importancia. Se comienza a caer en la cuenta de que «la Iglesia» no es el clero, sino la totalidad del pueblo cristiano. Un nuevo objetivo del gobierno de la Iglesia será entonces desplegar al máximo las energías eclesiásticas y religiosas autónomas existentes en el pueblo, superando así fuertes desconfianzas (cf. León XIII y Pío XI, § 125, II). Una vez más se pone de manifiesto la posibilidad de que los seglares creyentes lleven al mundo moderno el mensaje, desde dentro del mundo y con sus particulares peculiaridades.



  1. Desde fines del siglo XIX, y a lo largo del XX, al ir aumentando la
    «libertad», se advierte cada vez más claramente una deficiencia general en
    las fuerzas culturales, que intervienen, por ejemplo, cada vez con menor
    energía en la política social y afrontan cada vez con menor éxito los
    cambios producidos en los principios fundamentales de la vida (la
    economía como fin y no como medio; concepción materialista de la vida;
    sometimiento casi servil de los medios de comunicación social a los abusos
    de la «opinión pública» en los reportajes y en la desmesurada atención a los
    deportes y al cine; la tiranía de la máquina). Todo ello reduce
    considerablemente la capacidad de reacción a la labor de la Iglesia y a sus
    exhortaciones.

  2. Debemos hacer una advertencia con el fin de evitar un malen­
    tendido como sería confundir los éxitos exteriores con la vida interior; más
    aún, de creer que el programa constituye ya la solución de los problemas.
    La brillante organización de la Iglesia a partir del siglo XIX ha dado
    excelentes frutos en muchos países. Pero no deben confundirse esos frutos
    con las grandes reuniones católicas y los congresos eucarísticos, ni menos
    pueden considerarse asegurados por ellos. Tales actos son también
    expresión de la vida interior existente, pero deben constituir ante todo un
    estímulo para empresas de mayor envergadura. Si no consiguen esto, su
    brillante fachada puede encerrar grandes peligros. La frecuencia y la
    claridad con que nos han tenido que prevenir el papa y los obispos contra el
    amenazador espíritu del tiempo es signo evidente de que la vida católica no
    ha alcanzado ni mucho menos la altura que correspondería al magnífico

programa expuesto por la jerarquía. Surge entonces con enorme evidencia el gran problema: hasta qué punto la pertenencia exterior a la vida organizada, al vivir político-eclesiástico del catolicismo, se identifica con la convicción interior, con la vida de fe, especialmente entre las clases cultas. La unidad del credo y de la acción trajo en otro tiempo el triunfo del cristianismo. Realizar hoy esa misma unidad vuelve a constituir nuestro destino. El peligro del subjetivismo, que se presenta en forma de conciencia soberana, no vinculada a la fe ni integrada en la Iglesia, es inmensamente grande aun en nuestras propias filas.

8. Paralela a la evolución general y con su creciente aceleración, el cuadro histórico que hemos trazado de la Iglesia no aparece claramente hasta mediado el siglo XIX y luego en el XX, y su diafanidad es mayor o menor según el momento. Como ambos procesos —el de la Iglesia y el del espíritu general de la época— discurren en direcciones expresamente opuestas, la contraposición interna existente entre la Iglesia y el espíritu del tiempo se va haciendo cada vez más honda y más aguda. La antítesis evidente aparece en el Concilio Vaticano I al proclamar la Iglesia como principio fundamental de su doctrina la autoridad infalible del papa. Con ella exterioriza su máximo grado de firmeza.



  1. El escenario de la historia de la Iglesia va ampliándose de manera
    creciente hasta convertirse en un escenario universal. Naturalmente, la
    situación de la Iglesia, así en el aspecto religioso como en las relaciones
    con el Estado y la cultura, es muy diferente en cada una de las partes de
    este escenario. En este sentido, la situación de la Iglesia se resiste a una
    caracterización excesivamente general.

  2. Por otra parte, esa situación ofrece notables semejanzas. Este
    hecho se manifiesta claramente desde el momento en que evitemos el grave
    defecto de pensar que lo esencial en la vida de la Iglesia es la situación
    político-eclesiástica. No puede negarse —y esto es muy significativo—
    que la desvinculación de la Iglesia y de la fe se halla lógicamente más
    avanzada en Francia, país de origen de la moderna disolución. Pero
    también en Italia y en la misma Alemania, a pesar de que aquí la situación
    político-eclesiástica es más favorable, encontramos las mismas tendencias
    hostiles a la Iglesia. La evolución de los católicos alemanes cultos y
    también ya la de las masas se aproxima peligrosamente a la situación
    deprimente de Francia a comienzos de siglo. Durante el siglo XX el
    proceso se detuvo algo con la opresión brutal del nacionalsocialismo
    (1933-1945) y la iniciación de la Segunda Guerra Mundial.

  3. Un hecho de enorme significación es el impulso decisivo dado por
    un partido «cristiano-demócrata» a la reconstrucción de la parte libre de
    Alemania, la República Federal. Es la primera vez que un partido cristiano
    interconfesional logra acreditarse de una manera tan acusada. Ya se

comprende que esto no significa ni mucho menos una victoria de la fe religiosa cristiana.

Alemania, al igual que Holanda, Bélgica y Francia, vuelve a tener algo de lo que carecía desde hace algunos siglos, incluso en el campo político: una élite creyente, aunque no excesivamente numerosa. La teo­logía católica ha alcanzado en estos países un nivel elevado, aunque todavía se mantengan en importantes posiciones los partidarios deses­perados del pasado. Los impulsos más valientes parten de Francia, que ha superado el complejo de inferioridad con respecto a la Alemania anterior a la Primera Guerra Mundial.

d) Una excepción radical a todo lo dicho la constituyen a finales de este período aquellos países en los que la situación general difiere de la de todos los demás: Rusia y sus países satélites, y pasajeramente México, a los que habría que añadir China. En estos países comunistas y bolcheviques ya no nos encontramos ante un desarrollo religioso, sino ante una bárbara antítesis de la religión: ante el intento de aniquilar toda realidad católica, cristiana y religiosa, usando para ello los métodos violentos de la represión cruenta e incruenta, y utilizando también, con una lógica increíblemente férrea (y a la vez con absoluta indiferencia hacia el carácter de los medios), la influencia pseudorreligiosa avasalladora y violenta sobre las masas.

III. CONCLUSIONES

El siglo XIX y lo que llevamos del XX se halla, pues, caracterizado por una doble orientación: son continuación de tendencias anteriores y comienzo de otras nuevas, son a la vez destrucción y construcción.



1. Una primera corriente continúa la labor destructiva iniciada en los siglos anteriores, va sacando las consecuencias últimas del subjetivismo en todos los campos (iglesias estatales, escepticismo, positivismo, moral autónoma, materialismo, ateísmo, socialismo, liberalismo, nacionalismo, comunismo, bolchevismo) y lógicamente desemboca en el caos, el caos ideológico y el de las guerras mundiales. Frente a esta corriente surgen movimientos que se relacionan con impulsos religiosos (el romanticismo, la neo-escolástica, la nueva reflexión teológica, la nueva literatura religiosa; en el campo protestante se registra un movimiento de continuo resurgir; nuevos principios teológicos en defensa de la fe contra el liberalismo disolvente; movimiento ecuménico, cf. § 125, III). Esa múltiple labor de reconstrucción eclesiástica culmina con la victoria definitiva sobre la idea y la realidad de las iglesias nacionales, idea y realidad que desde el comienzo de la gran lucha antipontificia iniciada en tiempos de Federico II y Felipe IV había venido dominando la progresiva desvinculación de los pueblos con Roma. Nos referimos a la victoria sobre el nacionalismo eclesiástico lograda por el Vaticano I. En el campo protestante, las iglesias

nacionales alemanas se reorganizan profundamente a raíz de la caída de las monarquías en 1918.

2. Los momentos ya indicados (unificación jurídica de toda la Iglesia por el Vaticano I, nuevo Código de Derecho Canónico en 1917, Primera Guerra Mundial, 1914-1918; Pactos Lateranenses de 1929) coinciden con cambios muy significativos en la situación espiritual de la época (ideas comunitarias, por ejemplo, en el movimiento juvenil y en la restauración litúrgica; tendencias a lo objetivo y hacia la autoridad en la filosofía —incluso entre los protestantes—, así como hacia el valor de lo colectivo en la vida política y económica) y adquieren así una profunda significación general. A esto hay que añadir, como rasgo significativo, el hecho de que, cada vez más, los antagonismos se van concentrando, por encima de las diferencias confesionales, en dos únicos frentes: la fe y la increencia.

Debido a lo agudo de estas contradicciones, nuestro tiempo, el momento actual, se caracteriza claramente como período de transición. Por otra parte, las recientes teorías revolucionarias de la matemática, de la física y de su aplicación a la técnica parecen preludiar un final, una conclusión. Por ello se habla a veces de «fin de la Edad Moderna». De hecho, hay multitud de indicios importantes y hasta diríamos amenazadores que apuntan a ello. Pero sólo el desarrollo posterior nos permitirá determinar en qué medida podemos aplicar con precisión esos términos.

En todo caso hay un hecho importantísimo que no debemos olvidar: la «burguesía», la antigua clase media, que venía siendo, lo mismo entre los protestantes que entre los católicos, la portadora fundamental de la tradición cristiana, es una clase que hoy ha desaparecido en buena medida, hasta tal punto que incluso podemos hablar de un auténtico cambio de estructuras de la sociedad. La concentración de las diferentes naciones en dos bloques radicalmente enemistados, el del «mundo libre» de Occidente y el del comunismo ruso de tipo bolchevique, es un hecho que no tiene parangón adecuado en la historia. Asimismo, el desplazamiento de Europa en su papel tradicional dirigente en medio de estos dos bloques antagónicos es un fenómeno de decadencia de primer orden.

En la actualidad seguimos en una época de «cambio»; o mejor, el «cambio», como estado permanente, se va convirtiendo en una característica fundamental de la época. Los nuevos descubrimientos y su difusión arraigan profundamente en el ser humano, en su pensar y su obrar. Se inicia con la industrialización una nueva fase revolucionaria: la automación. Puede ocurrir que la amplificación de los acontecimientos dentro de una perspectiva global llegue a afectar profundamente a la conciencia del hombre, modificando su capacidad de reacción. El lanzamiento de satélites artificiales al espacio (que no modifica aspecto de los principios o cuestiones de fe) y los viajes espaciales del nombre




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