J o s e p h L o r t z



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d) Para hacer una valoración adecuada de la época de la Ilustración es necesario, además, tener en cuenta que expresiones y conceptos que hoy nos parecen francamente descristianizados y demasiado vagos religiosamente, como «providencia» o «divinidad», por ejemplo, muy usados entonces, tenían durante el siglo XVIII un auténtico contenido de fe y amor a Dios7.

Los mismos teólogos propiamente dichos de la Ilustración, los de Maguncia, Tréveris, Bonn, Würzburgo y Landshut no limitaban su vida exclusivamente a mantener ruidosas polémicas en contra del celibato, la vida monástica, las fiestas de los santos, el culto a las reliquias y la liturgia en latín, sino que perseguían también objetivos cristianos esenciales. Entre los «ilustrados» del siglo XVIII se produce una importante teología reformadora, con posturas completamente católicas. Los «ilustrados» fomentan el empleo de la Escritura en la teología, en la predicación e incluso en la piedad familiar (mediante traducciones de la Biblia). Su polémica a favor de una reestructuración de la liturgia pretendía acercar al pueblo sus inmensos tesoros (de ahí los esfuerzos por introducir la lengua vernácula). El sentido de la liturgia popular de que da muestra la Ilustración católica tiene una serie de repercusiones con gran sentido de modernidad. Los salmos vespertinos de Wessenberg (adaptaciones literarias de los salmos) se han venido utilizando hasta la actualidad como expresión de una auténtica religiosidad popular y han obtenido un gran éxito espiritual. Los católicos ilustrados querían que la piedad se apartase de la periferia de las múltiples devociones y se volviese enérgicamente hacia el centro, hacia el servicio de Dios (§ 104). Finalmente, este cristianismo, a pesar de su debilidad religiosa y de su unilateralidad, mostró su valor al no quedarse sólo en palabras, sino que se tradujo también en obras de caridad.



6 Justamente esta religiosidad «general» encerraba en sí graves riesgos, sobre todo el ya
recordado relativismo de Lessing, cuya libertad en materia dogmática la consideraba él
mismo como consecuencia directa de los principios luteranos.

7 Cf., por ejemplo, el testamento de Beethoven en Heiligenstadt: «Divinidad, tú ves,
...Providencia, mándame un solo día de pura alegría».

CAPITULO TERCERO



CA TASTROFE Y CRISIS

§ 106. LA REVOLUCION FRANCESA I. DESARROLLO CRONOLÓGICO

1789

17 de junio: durante la celebración de los Estados Generales en Versalles, el Tercer Estado se declara constituido en Asamblea Nacional o, mejor, en Asamblea Constituyente. El bajo clero se une a este Tercer Estado (23 de junio).

14 de julio: asalto a la Bastilla, en París (era la prisión del Estado). Disturbios crecientes por todo el país. Se crea una guardia nacional para restablecer el orden.



4 de agosto: la nobleza y el clero renuncian a sus privilegios. Supresión del sistema feudal. Todos los ciudadanos pagarán los impuestos.

26 de agosto: proclamación de los derechos humanos (el arzobispo Cicé, de Burdeos, es favorable, incluyendo la libertad de culto y de religión. El catolicismo deja de ser oficialmente la religión del Estado).



5-6 de octubre: sublevación de las masas en París. El rey y la Asamblea Nacional se ven obligados a trasladarse a París. Comienza la presión de la calle, acaudillada por el Club de los jacobinos (Robespierre), sobre la Asamblea Nacional.

2 de noviembre: se redacta, a propuesta del obispo Talleyrand, la, ley de nacionalización de todos los bienes de la Iglesia. El Estado se encarga de la sustentación de los sacerdotes («oficiales de la moral»), del culto y de la beneficencia.

1790

13 de febrero: supresión de todos los conventos de Ordenes contemplativas. Los religiosos exclaustrados recibirán una pensión y deberán vivir en casas particulares. Las monjas pueden seguir residiendo en sus conventos. Las propiedades de los conventos son incautadas y vendidas.

12 de julio: ley civil sobre el clero. Nueva división de las diócesis, de acuerdo con los departamentos (83 diócesis, en lugar de las 133 existentes). Los obispos y los párrocos han de ser elegidos, como todos los funcionarios, sin intervención del obispo ni del papa.

27 de noviembre: todo los sacerdotes quedan obligados por ley a prestar juramento de fidelidad a la Constitución Civil (primero quedaron obligados los miembros de la Asamblea Nacional; luego la obligación se extendió a todos los obispos, y, por último, al conjunto del clero). De los 44 obispos diputados, sólo dos prestaron el juramento; de los 133 obispos de todo el país, sólo cuatro juraron; del clero inferior acataron la ley dos tercios (la cifra oscila, en las diferentes regiones, entre el 8 y el 89 %). Los motivos de la negación a prestar el juramento no tienen en todos los casos un carácter puramente religioso. En el alto clero intervienen a veces cuestiones de rango o clase. El clero solicitó del papa la entrada en vigor de la Constitución Civil; el papa titubeaba. Ochenta y tres nuevas diócesis fueron provistas mediante elección: era la iglesia constitucional.

1791

Crece la influencia de los girondinos, moderados, y de los radicales jacobinos (= montagnards): sus jefes son Robespierre, Danton y Marat.



13 de abril: condenación de la Constitución Civil por el papa, tras haber retirado su juramento muchos sacerdotes.

20-25 de junio: intento desafortunado de evasión de Luís XVI.

3 de septiembre: entra en vigor la Constitución. El rey la jura y acepta con ella la «Constitución Civil» del clero, declarando terminada la Revolución.

La ciudad papal de Aviñón queda anexionada a Francia tras la celebración de un plebiscito. Con ello se pierde el interés del papa por conservar dicho territorio, interés que hasta entonces había condicionado notablemente su política respecto a Francia.

1 de octubre: se reúne la nueva Asamblea Legislativa. La vieja Iglesia se va identificando cada vez más con la emigración y la contra revolución. Aumenta la hostilidad entre el nuevo sistema y las potencias europeas.

29 de noviembre: ley contra la oposición eclesiástica. Los sacerdotes que se niegan a prestar el juramento pierden sus pensiones y derechos civiles y pueden ser encarcelados. Queda sin efecto el veto real. Emigran entre 30.000 y 40.000 sacerdotes. También la iglesia constitucional ve limitados sus derechos.

1792

Primera guerra contra Austria y Prusia, que comienzan obteniendo victorias.



25 de mayo: una ley legitima la expulsión de un sacerdote por de­nuncia de veinte ciudadanos.

10 de agosto: asalto a las Tullerías. Suspensión de la monarquía. Es apresada la familia real. Detenciones masivas.



A primeros de septiembre hay nuevas elecciones. Por primera vez por sufragio universal.

2-5 de septiembre: «asesinatos de septiembre». En París se da muerte a más de un millar de presos, entre los que se cuentan trescientos sacerdotes que se negaron al juramento y tres obispos.

20 de septiembre: la guerra toma un nuevo giro (cañoneo de
Valmy).

21 de septiembre: se convoca la Convención Nacional.
Radicalización general. Abolición de la monarquía y del calendario
gregoriano. La «segunda revolución» ha vencido.

1793

21 de enero: es guillotinado Luis XVI.

2 de junio: caída de los girondinos. Como consecuencia de esta caída tiene lugar un levantamiento en Provenza. Anteriormente se había registrado un levantamiento monárquico en la Vandée. Danton se retira, Robespierre es nombrado presidente del Comité de Salud Pública, que recibe de la Convención el poder ejecutivo supremo.

5 de septiembre: el Comité de Salud Pública y la Convención Na­cional se pronuncian por el mantenimiento de la Revolución.

18 de septiembre: se priva a los sacerdotes (constitucionales) de su dignidad de funcionarios públicos, pero todavía se protege legalmente el culto público.



10 de octubre: es guillotinada María Antonieta.

7 de noviembre: la iglesia constitucional de Francia deja de existir. Todos los sacerdotes miembros de la Asamblea Nacional, incluidos los protestantes, con una sola excepción, dejan el distintivo de su cargo. El primero en hacerlo es Gobel, arzobispo de París, que también dimite.



  1. de noviembre: entronización festiva de la «Diosa Razón» en
    Notre Dame. Se extiende por todo el país un movimiento anticristiano.

  2. de diciembre: edicto de tolerancia (ya en noviembre había
    promulgado Danton un decreto en contra de las representaciones teatrales
    antirreligiosas). A pesar de ello, tiene lugar una profunda
    descristianización.

1794

Abril: Danton es detenido y ajusticiado.

8 de mayo: Robespierre proclama en la Convención el culto al «Ser Supremo» (añadiendo: la inmortalidad del alma). Nuevas leyes terroristas. Ajusticiamientos masivos.

Con el fin de evitar la guillotina, alrededor de 1.750 sacerdotes contraen matrimonio, acreditando de esta manera su apostasía. Se sigue celebrando la misa públicamente en unas 150 parroquias de Francia. De entre los 83 obispos constitucionales, 23 apostatan públicamente de la Iglesia, nueve se casan, se retiran 24 y son guillotinados ocho.

27 de julio: es depuesto y ajusticiado Robespierre (por los ateos).



1795

21 de febrero: completa separación de la Iglesia y el Estado. Permanece la hostilidad contra el dogma, pero con una tolerancia provisio­nal con respecto a clero y culto.

II. ACLARACION DE CONCEPTOS

Para la comprensión de las páginas siguientes, en las que trataremos de los conceptos fundamentales y su significación, es importante dejar bien sentado que la Revolución francesa no surgió como un movimiento hostil a la Iglesia. Antes bien, en un principio el clero se unió al «Tiers État» victorioso y ascendente (numerosos clérigos eran precisamente diputados por ese «Tercer Estado»), habían renunciado a muchos de sus privilegios sociales y económicos (agosto de 1789), intentando, en la medida de lo posible, aceptar incluso la «Constitución Civil» del clero. La tradicional unión «Iglesia francesa-Estado» se mantuvo durante los primeros meses de la Revolución.

El avance en la línea del «terror» debe cargarse en la cuenta sobre todo de los grupos radicalizados. Como tantas otras veces en la historia, el elemento radical obtiene al principio el mayor éxito. Los radicales se proponían llevar hasta las últimas consecuencias los planteamientos disolventes de la Ilustración y el librepensamiento, tan poco atentos al curso de la historia.

Como causas externas concomitantes al triunfo de la Revolución francesa podemos mencionar las siguientes: 1) la postura del papa Pío VI, vacilante primero y sumamente torpe después (vacilante frente al ruego del episcopado de «aceptar» la «Constitución Civil»; torpe al enviar un legado a Alemania y firmar un pacto con el enemigo de Francia en 1792); 2) la creciente presión en la política exterior de las fuerzas europeas

conservadoras (influencia de los emigrados franceses)1. El peligro exterior, con todo, quedó conjurado con las victorias de los ejércitos revolucionarios, esencialmente la de Fleurus sobre Austria en julio de 1794. Fue el momento en que se robustecieron las fuerzas interiores opuestas al régimen del «terror», lo que supuso para la Iglesia un no pequeño alivio. Pero el giro definitivo no llegó hasta Napoleón, en 1799 {§ 110).

III. EXPOSICION DE LOS HECHOS

1. La Revolución francesa sacudió y dio un vuelco al mundo, un acontecimiento decisivo, incluso en el ámbito estrecho de la historia de la Iglesia, y en un doble sentido: como conclusión de procesos ya pasados y como base de nuevas posibilidades. La Revolución francesa es ambas cosas —catástrofe y crisis—, y ambas cosas por la simple destrucción de los modos medievales de vida, sintetizados en la estructuración feudal de la sociedad y su división en estamentos dotados de derechos diferentes.



Para la historia de la Iglesia, lo más importante de todo se produjo el año 1789 con la unión entre la Iglesia y el Estado, unión cimentada en los siguientes puntos: 1) existencia y coexistencia de las dos «sociedades perfectas», con sus correspondientes instituciones jurídico-políticas y político-eclesiásticas (por ejemplo, el Concordato de 1516, con el reconocimiento práctico de las libertades galicanas por parte de la Iglesia); 2) la concreción visible de esta unión aparecía en las posesiones territoriales de la Iglesia francesa, en concreto del alto clero, con los cuantiosos ingresos procedentes de las elevadas prebendas (obispados, abadías, canonjías). La evolución en este sentido había comenzado ya en los primeros tiempos de la Edad Media, con la enfeudación de bienes de los reyes o príncipes a las sedes episcopales. Tanto el ascenso de la Iglesia hacia el poder como el retroceso que supuso el nacionalismo eclesiástico, iniciado con Felipe IV (y apoyado por el clero), tuvieron por ambas partes el mismo resultado: una estrecha, más aún, estrechísima unión efectiva entre la Iglesia y el Estado, es decir, una vinculación de la Iglesia al Estado y sumisión a él. La Iglesia poseía tierras y dinero y también poder político. El alto clero del ancien régime era, lo mismo que la nobleza, un estamento privilegiado: gozaba de más libertad y más derechos económicos y políticos y tenía menos cargas. Y, viceversa, el Estado tenía considerables derechos sobre la Iglesia (nombramiento de obispos, impuestos eclesiáticos, colación de beneficios).

1 Especial importancia tuvo la influencia de los emigrantes en la corte eclesiástica de Tréveris, que una vez más agudizó el odio de los radicales contra el clero católico.

2. La Revolución francesa, llevando hasta sus últimas consecuencias las ideas de la Iglesia estatal, del galicanismo y de la Ilustración, acabó con este sistema. La Revolución proclama la igualdad de todos los hombres y, por tanto, también la igualdad fundamental de sus derechos. El Estado vuelve a hacerse, sin excepción, con todas las disposiciones relativas a la estructuración de la vida pública. La Iglesia ya no es una realidad con existencia paralela y menos aún el estrato más elevado de la sociedad, pues la única sociedad perfecta que existe es el Estado. Con ello la Revolución crea una situación totalmente nueva y coloca a la Iglesia en unas condiciones de vida y acción desconocidas hasta entonces.

Las consecuencias fueron de diverso tipo. Por una parte, el espíritu «ilustrado», hostil a la revelación, sigue conservando el predominio y llega paulatinamente a las decisiones revolucionarias más radicales, convirtiendo la Edad Moderna en un período de constantes ataques contra la Iglesia2. Pero surge, por otro lado, una reacción que conduce, por necesidad interna, desde la sobrevaloración de la razón a la actitud religiosa. Y, sobre todo, la separación del poder político y el poder eclesiástico en el ministerio episcopal y la extinción de los viejos y atractivos privilegios hacen desaparecer de un golpe los peligros que, desde principios de la Edad Media, encerraba el entrelazamiento de la Iglesia y el Estado, del ministerio político-eclesiástico y del dominio secular. La Revolución francesa llevó a cabo la única destrucción posible de las iglesias nacionales y, con ello, de las graves amenazas que éstas constituían para la unidad de la Iglesia. Es verdad que en el siglo XIX la omnipotencia del Estado no se redujo, sino que acrecentó sus poderes y, por tanto, los intentos de injerirse dentro de la Iglesia. Pero esto carecía de interés para cualquier obispo, pues sabía bien que lo que le esperaba era pérdida de independencia. La aceptación natural de las ideas democráticas terminó con los «privilegios» de la nobleza para acceder a las sedes episcopales. También en este campo las fuerzas quedaron en mayor libertad de oposición. Al desaparecer el atractivo de los privilegios, se disipó la avaricia de tantas gentes sin vocación, como ocurría antes. Por ambos lados se habían conseguido dos cosas, ambas muy importantes para la buena marcha de la Iglesia: 1) una noción más profunda y una mayor estima de lo religioso, esencialmente diferenciado de lo político y con efectiva separación de ello; 2) la tendencia lógica de los obispos a buscar en la unión con Roma su natural punto de apoyo y su centro. Con su labor destructora, la misma Revolución francesa creó las condiciones que permitieron superar el particularismo eclesiástico y robustecieron la conciencia de la unidad de la Iglesia. Su realización fue la gran tarea histórica reservada al siglo XIX.



2 Por estas razones no puede decirse que con la Revolución francesa comience para la historia de la Iglesia (a diferencia de lo que ocurre en la historia profana) una época nueva. En la historia eclesiástica, los siglos XVIII y XIX forman una unidad.

En otras palabras: con el aniquilamiento total de los últimos restos de la realidad específicamente medieval en la política eclesiástica, la Revolución francesa hizo que el siglo XIX fuese un siglo desligado en gran manera de la tradición (cf. § 112). Esta ruptura con el pasado, aparentemente el más fuerte adversario externo de la Iglesia, resultó la base y presupuesto de su reconstrucción. La Iglesia nada había perdido en su patrimonio más íntimo.

  1. El choque de la Revolución francesa con la Iglesia no fue sólo
    consecuencia de un movimiento social contra el sistema feudal. Lo mismo
    que ocurrió ya con los movimientos sectarios de la baja Edad Media (§ 51),
    se entrecruzaron aquí tendencias político-sociales y religiosas, con
    frecuencia anticlericales. El nombre común a esas dos corrientes se llama
    ahora «Ilustración». La Revolución francesa es el resultado lógico de las
    ideas «ilustradas», tal como se habían desarrollado en Francia desde 1750
    con Voltaire, Diderot y Rousseau (1712-1778). Basados en el derecho
    natural, se aspiraba a la «igualdad» general, pero esto iba unido a un odio
    declarado contra la religión revelada y contra toda Iglesia jerárquica.

  2. De estas ideas surgió poco a poco un movimiento dirigido
    directamente contra la Iglesia, que significó para ésta nada menos que un
    peligro mortal, una metódica persecución contra su propio nervio vital: el
    clero organizado en las diócesis y en la más amplia Iglesia pontificia. La
    persecución de los cristianos fue, sin embargo, la salvación de la Iglesia,
    pues hizo surgir mártires. Una vez más se manifestó el carácter agónico de
    la Iglesia del Crucificado, el sufrimiento que salva. Una fuerza oculta
    estalló en la Iglesia en ese momento en el que, tras un largo período de
    descomposición, se planteó el problema decisivo. El valor de los
    confesores y la sangre de los mártires fueron nuevamente semilla de un
    nuevo cristianismo.

El peligro no estaba en la supresión de los privilegios del clero (1789) ni en la incautación de copiosos bienes eclesiásticos, pues ya hemos dicho que el clero bajo y una parte del alto se inclinó tarde o temprano ante la necesidad. Tampoco radicó en la inaudita opresión de las Ordenes que no se dedicaban al cuidado de enfermos o a la enseñanza. Vino después la Constitución Civil del clero (12 de julio de 1790), que exigía la completa desvinculación de la iglesia francesa del pontífice de Roma y su servicio al Estado (ilustrado). Se trataba realmente de un intento destinado a la total supresión de la Iglesia católica en Francia. La Iglesia instaurada por la Constitución era, en efecto, plenamente cismática. En ella se llevaban hasta sus últimas consecuencias las ideas galicanas, a las que se refería expresamente. En esta forma significaba de destrucción de la jerarquía católica, sucesora de los apóstoles y, en último término, del sacerdocio sacramental.

La idea básica de la «Constitución Civil» es de hecho la misma idea fundamental de la Ilustración —la identidad de todas las religiones—, pero desarrollada desde una perspectiva más radical. Los sacerdotes y obispos, como meros funcionarios del Estado, no sólo habían de ser elegidos, lo mismo que los diputados, sino que todos los ciudadanos, judíos o protestantes, deberán tener derecho a participar en esa elección. Esto era algo que iba completamente contra el cristianismo, pues negaba la verdad única, la autoridad del episcopado, proveniente de la misión apostólica, y, por tanto, la del sacerdocio sacramental.



5. La Edad Media, al crear una tradición cristiana, había creado también una vida cristiana. Con la articulación eclesiástico-religiosa del día (misa, ángelus), de la semana (el domingo) y del año litúrgico (días de fiesta y de ayuno, tiempos festivos), la Iglesia consiguió que la vida girase en torno al campanario y llenó permanentemente esta vida de un espíritu eclesiástico. Esta tradición, ensanchada a través de los siglos en profundidad y extensión, era la más poderosa valla defensiva de la vida religiosa y eclesiástica. Con el seguro instinto de que se trataba de una función vital, la Revolución francesa intentó acabar con ella por la fuerza. También esto constituyó un peligro para la vida de la Iglesia, pues la Revolución había hecho que esta descomposición interna escapase a la conciencia del pueblo cristiano, consiguiendo adormecer su resistencia.

  1. La misma supresión de las antiguas diócesis, que tenían un pasado
    muy importante tanto en lo eclesiástico como en lo nacional, y la
    introducción terriblemente burocrática y esquemática de las nuevas
    diócesis (una diócesis por departamento), fue ya algo demoledor en este
    aspecto.

  2. Pero, a partir de 1792, el radicalismo sobrepasó todos los límites.
    La supresión del calendario gregoriano fue mucho más que un simple
    cambio de nombre en el modo de contar el tiempo civil y que una vanidosa
    manifestación sin importancia. La supresión del calendario gregoriano
    representaba el intento, nacido de un odio auténtico y tenaz, de borrar la
    historia cristiana y, con ella, el cristianismo. Los siglos pasados habían sido
    siglos de cristianismo y de dominio del clero. Por tanto, hay que hacerlos
    desaparecer, y con ellos, su historia. La era que da comienzo es tan
    fundamentalmente nueva, que es necesario iniciar el cómputo de los años a
    partir de ella. La que lleva el nombre de Jesucristo, creada por la Iglesia y
    santificada por ella, no existe ya.

  3. Desaparece la semana, que gira en torno al domingo, día dedicado
    al templo y al culto cristiano, para dejar paso a la década. Con ello
    desaparece igualmente la estructura del año eclesiástico, que se centra en
    torno al domingo de Pascua y a las demás festividades cristianas. En su
    lugar se introducen de modo artificioso festividades de la nueva república.
    En noviembre de 1793 se rinde culto a la Razón en la catedral de Notre

Dame, hecho al que no se llegó por un ridículo capricho, sino como consecuencia lógica de todo un sistema.

d) De todos modos, Notre Dame estaba allí, con todo su gótico esplendor, refutando del modo más imponente las afirmaciones de los «ilustrados» sobre la «sombría Edad Media». Un gran número de iglesias, sin embargo, junto con sus tesoros artísticos, fueron puestas a subasta y destinadas a fines profanos. Fue una manifestación de barbarie y un vandalismo de proporciones gigantescas, sin que se obtuviese con ello el apoyo financiero a las guerras de la República, que era, al parecer, el objetivo perseguido.

¿Hasta qué punto esta hostilidad contra la Iglesia era algo más que el resultado de una coacción externa de los jacobinos radicalizados sobre el pueblo? Nos da la respuesta la reacción suscitada: en 1801, el nuncio Consalvi juzgaba especialmente vergonzoso3 el hecho de que «nadie» hubiera puesto reparos a la adquisición de los bienes de la Iglesia.

6. Era normal que esta gigantesca destrucción del patrimonio de la tradición se convirtiese muy pronto en persecución activa contra los custodios de esta tradición. El «terror» se impuso de tal manera que los catorce meses transcurridos de junio de 1793 a julio de 1794 son conocidos justamente con este nombre. Más de la mitad de los eclesiásticos se habían negado a prestar el juramento a la Constitución Civil o lo habían revocado más tarde al ser condenada por el papa (1791). A muchos de ellos no se les concedió el plazo previsto en la ley de destierro voluntario. Se formaron largas columnas de sacerdotes, escoltadas por soldados y seguidas por el escarnio del populacho, que eran conducidas a los puertos. La mayoría fueron amontonados como el ganado. Varios centenares fueron enviados a Cayenne, cuyo clima era mortal, y otros sencillamente asesinados, como había ocurrido en 1792, siendo Danton ministro de Justicia, con los tristemente célebres «asesinatos de septiembre» (cf. § 106, I). Todo aquel que real o supuestamente estaba en contra de la Revolución era rápidamente asesinado, y a veces con crueldad, bien en las cárceles o en las propias iglesias, como las terribles escenas del Carmelo.



En todo caso, el pueblo opuso al principio en muchos lugares una fuerte resistencia a esta lucha antirreligiosa, sobre todo en el período de las «dos iglesias», durante el cual en muchas localidades coexistían el ministro establecido por la Asamblea Nacional y el párroco clandestino que habíase negado al juramento. Los intentos de los clérigos constitucionales de apoderarse de las iglesias que les habían asignado provocaron luchas sangrientas, la primera de ellas en 1791 por la iglesia de los teatinos de París, que terminó con la profanación y saqueo de la misma. Por razones semejantes surgió en Nîmes una nueva guerra de los hugonotes. Los

3 En el informe que envía a Pío VII al firmar el Concordato con Napoleón.

calvinistas asaltaron las iglesias católicas, tras violentos combates callejeros.

Con todo, dos años más tarde, bajo el imperio del «terror», apenas existía resistencia pública. Con motivo de la «fiesta de la Razón» (10 de noviembre de 1793) fueron cerradas todas las iglesias de París. Los prefectos de cada uno de los distritos llevaron a las cajas del Estado los tesoros de las iglesias (cálices, sagrarios y ornamentos que no habían sido entregados todavía). El 23 del mismo mes y año se promulgó un edicto que ordenaba el cierre y despojo de todas las iglesias de Francia. El propio Robespierre reconoció la inviabilidad de semejante medida, pero en realidad la misa dejó de ser celebrada por sacerdotes fieles a la Iglesia. Sólo en lugares ocultos, y con peligro de la vida, era posible celebrarla. Una parte del clero francés poseía esta valentía y la puso al servicio de la pastoral, dando glorioso testimonio de la formación recibida, bajo la dirección de san Vicente de Paúl en el espíritu de san Carlos Borromeo.



7. No tardó en iniciarse cierta reacción. La abolición del culto a la
Razón, al ser reconocida la existencia de un «Ser Supremo» (deísmo) bajo
el gobierno de Robespierre, el 8 de mayo de 1794, fue un hecho que no
careció de contenido religioso4, pero que tuvo importancia ante todo como
signo de un apartamiento del ateísmo radical del Estado. El paso decisivo
hacia la mejora de relaciones lo constituyó la separación, en 1795, del
Estado de la iglesia constitucional y la libertad de culto. Pero el odio a la
religión se había convertido en tónica de la vida pública y no desapareció.
A partir de 1797, debido a la guerra contra los Estados pontificios5 y el
secuestro de Pío VI en Valence, hubo dos años de persecución violentísima
(1.400 deportados a Cayenne). Pero tanto el clero emigrado como la parte
del clero que había sobrevivido volvieron a sus parroquias a partir de 1801,
y con ello se inició un fatigoso trabajo de reconstrucción de la pastoral.

8. La importancia de la Revolución francesa para el posterior
desarrollo de la Iglesia fue, como ya hemos dicho, mucho más allá de los
hechos aislados. Por ella se había creado un nuevo «ámbito espiritual» y la
Iglesia se vio obligada a trabajar bajo las condiciones que imponía esa
nueva situación. Su característica básica estaba constituida por la idea y la
realidad de una democracia secularizada e individualista. Como núcleo del
derecho natural estoico-ilustrado, se convirtió también en el ideal central de
la Revolución francesa. El principio de la igualdad de todos los hombres

4 Se trata más bien de un intento serio —aunque evidentemente anticristiano y movido
por la incredulidad— de celebrar la humanidad como elemento unitario de la nueva
Francia, sirviéndose de las formas de la liturgia católica (Steinmetz-Mathiez).

5 Los Estados pontificios fueron reducidos en virtud del tratado de Tolentino (1797) y
suprimidos en 1798. Nació entonces la «República romana». El mismo año, el papa Pío
VI, que, a raíz de la pérdida de Aviñón y Venaissin, se había aliado con la primera
coalición antirrevolucionaria, fue llevado cautivo a Valence, donde falleció el año 1799.

había sido ya anunciado a menudo, en una u otra forma, por filósofos, sectarios y reformadores. Pero ahora por vez primera y definitiva salía del ámbito de la teoría y se convertía en el fundamento de la vida moderna. Sus consecuencias han sido inmensas y su valor irrenunciable.

9. La libertad fue proclamada delirantemente en su triple forma de
«libertad, igualdad, fraternidad». Sin embargo, este trinomio se convirtió
en letra muerta: la fraternidad, es decir, el amor como delimitación e
iluminación positiva de los otros dos valores, avanzó escasamente. De esta
manera, y por su lógica interna (basada en el individualismo egoísta), este
hecho, llevado a cabo por la Revolución francesa y tan importante para la
historia universal —a saber: la proclamación de la libertad igualitaria de
todos los hombres y de su igualdad ante la ley—, fue gravísimamente
violado, conduciendo a resultados diametralmente opuestos. Las tendencias
anticristianas, en relación íntima desde el Humanismo con el desarrollo del
individualismo, habían llegado a su última consecuencia: el hombre era la
única medida y el único señor de todas las cosas. Los derechos de Dios
eran despreciados. La Revolución francesa es, de este modo, el fruto
maduro y la última consecuencia del individualismo autónomo que se había
desarrollado en la sociedad del ancien régime. Pero, en realidad, el gran
ejemplo que sirvió de modelo a la Revolución francesa fue sin duda —pues
el Humanismo había permanecido más bien en el terreno de la teoría— el
ataque radical de los Reformadores contra la Iglesia de Roma y su
autoridad. Esto es así, aun cuando la postura de los Reformadores
pretendiera no ser más que una reconstrucción del cristianismo partiendo
de su propia esencia, aun cuando fuera mucho más que una mera
revolución y aunque sea ilegítimo denominar revolución sangrienta e
incrédula a la Reforma, nacida de la fe. Pero fue en el siglo XVI cuando
por vez primera fueron negados, destruidos o transformados los
fundamentos de la tradición occidental en una medida capaz de modificar
la vida misma. La revolución religiosa del XVI y su demoledora negación
de obediencia manifestaba ante la humanidad occidental la posibilidad de
un levantamiento revolucionario, coronado, por otra parte, de éxito. La
Reforma no había sido un suceso reducido sólo al ámbito intra-eclesial o
intrateológico. A la larga se había convertido en un elemento de ruptura de
todo el pensamiento de los pueblos occidentales. A pesar de las hondas
vinculaciones que la Reforma mantiene con lo divino, que considera
intocable, la experiencia revolucionaria que significaba la Reforma no dejó
de tener sus repercusiones. La Revolución francesa no tenía por qué
referirse a las razones religiosas que impulsaron la Reforma, pero lo cierto
es que realizó un nuevo levantamiento contra la Iglesia, y esta vez en forma
secularizada.

10. Las causas materiales e inmediatas de la Revolución francesa hay
que buscarlas en determinados procesos y desarrollos de la historia

francesa que ya nos son conocidos desde la baja Edad Media. De una u otra forma tendríamos que pasar la cuenta a la vinculación, demasiado estrecha, entre la Iglesia y el Estado: al caer el trono, cayó casi automáticamente el altar.

  1. El galicanismo anterior a la Reforma (sintetizado, por ejemplo, en
    la Pragmática de Bourges, § 96) era ya un ataque muy peligroso a la
    autoridad de la Iglesia y a su unidad. Este ataque había tenido su
    culminación lógica en el galicanismo del siglo XVII con sus «cuatro
    artículos».

  2. La enorme falta de credibilidad interna de la política de Richelieu
    y Mazarino, política irreligiosa, anticatólica en muchos aspectos,
    antipontificia en otros, era otro factor que había abierto el camino a una
    revolución general con tendencia anticlerical. La importancia de este factor
    es todavía mayor si tenemos en cuenta que, en los hechos mencionados, la
    estrecha unión de la Iglesia oficial con el Estado feudal y absolutista
    llevaba consigo efectos económicos y fiscales importantes. Al
    debilitamiento de la autoridad habían contribuido también la relajación
    moral de la nobleza, que no solamente había sido tolerada por la corte, sino
    que parecía legitimada por el mal ejemplo de ésta.

  3. En el terreno intelectual, una rama del humanismo francés, que
    aparece en las ideas acristianas de Jean Bodin, fue la iniciadora de un
    proceso que lógicamente había de desembocar en Diderot y otros
    enciclopedistas. El terror de la Revolución nos obliga a reconocer con
    decepción y vergüenza cómo el sentimiento puramente humanitario puede
    degenerar en inhumanidad si pierde la fuerza moral de lo sobrenatural.

Se produjeron actuaciones inhumanas que los filósofos de la Ilus­tración atribuían a la Edad Media, presentando la era de la Razón muy por encima de ellas. Estas actuaciones inhumanas crecerían de modo casi inconcebible en el siglo XX bajo caracteres inequívocamente ateos, después de una serie de episodios preparatorios acaecidos durante el XIX, como la guerra del opio o la persecución de los armenios.

11. Pero la Revolución francesa fue, por otra parte, el escalón del moderno Estado constitucional, y, sin ella, tal como se han ido desarrollando las cosas, no habría surgido éste6. Y en un Estado así, como muestra la experiencia, a pesar de terribles reacciones, como las que ocurrieron en Francia en 1905, los derechos de la Iglesia y la predicación cristiana están protegidos a la larga con más seguridad que bajo un régimen absolutista.



6 Las declaraciones de la Cámara de los Comunes en 1689 contienen —es cierto— elementos fundamentales de una Constitución estatal controlada exclusivamente por el Parlamento popular, y su ejemplo tuvo una importancia histórica notable. Pero no admite seriamente un paralelo con la valentía revolucionaria de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 y sus consecuencias.

Más aún: la labor destructora de la Revolución francesa creó unas condiciones de gran trascendencia para el crecimiento de la realidad eclesial, crecimiento que es característico del siglo XIX, con la unidad sin precedentes de la Iglesia con el pontificado: desaparecía la poderosa autonomía del episcopado francés y alemán, llenos hasta entonces de privilegios o dotados incluso de poderes soberanos, quedando así destruida la organización secular de las iglesias más poderosas del continente, creándose de este modo una situación de vacío en la que podía entrar Roma. Al mismo tiempo era también completamente lógico que decayera el poder eclesiástico de los obispos en beneficio del prestigio y la influencia del pontificado.



§ 107. LA SECULARIZACION EN ALEMANIA (1803)

  1. Mediante la confiscación de los bienes de la Iglesia, la Revolución
    francesa había llevado a cabo una gigantesca secularización. Cuando la
    orilla izquierda del Rin fue sometida a dominio francés, sobrevino aquí el
    mismo aniquilamiento de la organización de la Iglesia, al tiempo que se
    confiscaba su patrimonio.

  2. También en Alemania había preparado el espíritu de la Ilustración
    suficientemente ese terreno. Por eso, siguiendo el ejemplo de Francia, se
    llegó aquí fácilmente a la destrucción del viejo orden eclesiástico, basado
    en la soberanía episcopal. Para esto sólo se necesitaba implantar y ejecutar
    las medidas confiscadoras de los bienes eclesiásticos ya existente en el
    territorio alemán de la margen izquierda del Rin. Esto no ofrecería
    dificultades por favorecer el egoísmo de los soberanos seculares y su miope
    oposición al imperio y al emperador. Es comprensible que Napoleón se
    aprovechase de estas tendencias. Pero lo que no puede comprenderse es
    que los príncipes alemanes adoptasen una actitud lastimosamente
    mercantilista y carente de toda dignidad nacional, que hicieran suyos los
    objetivos antialemanes y, sobornados por París, permitiesen la división de
    su patria. Entonces se puso de manifiesto el efecto pernicioso de aquel
    egoísmo territorial y dinástico, mantenido a lo largo de siglos, que tan
    escasísimo aprecio había mostrado por la unidad de todo el territorio
    nacional. Objetivamente la política de los soberanos alemanes era la
    expresión de la ruptura interna del imperio y de la idea imperial y la
    culminación de un proceso tendente al desarrollo de territorio cerrado, a
    costa de la nobleza y de los bienes eclesiásticos. Es cierto que los buenos
    propósitos del príncipe canciller de Maguncia (1744-1817), Karl Theodor
    von Dalberg, y sus esfuerzos para obtener un concordato imperial
    demuestran que los soberanos eclesiásticos tenían una elevada concepción
    del imperio al estilo antiguo. Pero en sus tratados de paz, firmados por
    separado con Francia, Prusia (1795), Baden y Würtemberg (1796), pidieron

compensaciones por sus pérdidas territoriales en la orilla izquierda del Rin, exigencias que fueron confirmadas por la Paz de Lunéville (1801).

El Acuerdo orgánico de la Diputación del Imperio de 1803, firmado en Ratisbona, sufrió las consecuencias de todo lo anterior: la voluntad de Napoleón se convirtió en ley para Alemania. Las posesiones eclesiásticas deberían pasar al dominio del Estado. Los principados eclesiásticos desaparecieron y las posesiones de los monasterios y cabildos catedralicios pasaron a mano de los llamados regímenes seculares, incluido el de Baviera. Precisamente de la católica Baviera partió el impulso para la secularización de los monasterios. Los principados nacionales y la iglesia nacional terminaron su importante evolución a consecuencia de un latrocinio vulgar y corriente. Lo único no corriente aquí fue la cantidad de bienes robados y la falta de valoración cultural de una parte importante de soberbios edificios barrocos degradados hasta ser convertidos en manicomios, cárceles y correccionales.

3. Consecuencias:


  1. Con la desaparición de los soberanos eclesiásticos los Estados
    católicos del imperio habían quedado reducidos a una minoría sin im­
    portancia y el imperio católico había sido mortalmente debilitado. Con la
    «Confederación del Rin», formada en 1806 bajo el protectorado de
    Napoleón, la ruina del imperio se había consumado. La deposición de la
    corona del Sacro Romano Imperio por el emperador Francisco II en 1806
    no fue más que la manifestación de este estado.

  2. La secularización constituía una profunda debilitación económica
    de la Iglesia y de los católicos. Las grandes creaciones artísticas impulsadas
    por las cortes eclesiásticas, obras que todavía hoy pertenecen a lo más
    valioso del patrimonio artístico alemán, y las magníficas fundaciones de los
    obispos y canónigos (escuelas, colegios para estudiantes y similares)
    dejaron de programarse. Como, además, los bienes confiscados de la
    Iglesia o vendidos a cualquier precio fueron adquiridos sobre todo por no
    católicos, el poderío económico sufrió un desplazamiento desfavorable, una
    vez más, a los católicos. Hasta el siglo XX la actividad constructora de los
    católicos ha venido sufriendo las consecuencias de esta desigualdad creada
    por una injusticia manifiesta. No se debe olvidar tampoco que la
    enajenación global, muchas veces por subastas, del patrimonio eclesiástico
    supuso sencillamente la pérdida de una parte considerable del tesoro
    artístico.

  3. La secularización constituyó un peligro inmediato para la religión
    y la Iglesia, y esto también en el sentido de que hizo casi imposible la
    adecuada formación del clero, pues la mayor parte de los centros de
    formación eclesiástica fueron suprimidos.

d) Y, sobre todo, en el origen del nuevo proceso había una
desmesurada estatalización eclesiástica, la mayoría de las veces de signo

protestante y católico también algunas (Baviera, Baden), al que prestaron ayuda algunos círculos católicos episcopales y teológicos influidos por el espíritu de la Ilustración, como el benedictino Benedicto María Werkmeister, 1745-1823, figura eminente, profesor, párroco y colaborador en la organización eclesiástica y docente de Würtembeg. Ni los Estados protestantes ni Baviera cumplieron en la medida exigida las obligaciones por ellos contraídas de sufragar el culto, la enseñanza religiosa y la dotación de las diócesis. Ni unos ni otros concedieron a la Iglesia la libertad necesaria, sino que prefirieron ejercer una tutela infantil policíaco-estatal. Además, los Estados protestantes no tuvieron la confianza y la comprensión necesaria para con sus nuevos e involuntarios súbditos católicos. Los altos cargos del Estado fueron reservados de un modo especial, incluso en las comarcas católicas, a los protestantes. Era el medio más seguro para tener a raya en todos los frentes a la parte católica de la población. Renania fue hasta la Primera Guerra Mundial el ejemplo típico de esta situación. Todo ello llevaba consigo un notable debilitamiento interno de la conciencia católica, lo que indudablemente redundó en detrimento de sus energías creadoras.



e) Llegado al punto más bajo de este proceso, y una vez que las ideas de la Ilustración pusieron de manifiesto su falta de vigor, apareció también en Alemania, lo mismo que en Francia, la ventaja que suponía la situación, es decir, la posibilidad de levantar sobre ella el nuevo edificio del catolicismo. También por lo que respecta a Alemania la secularización constituyó no sólo la base de ininterrumpidos ataques contra la Iglesia, sino también —y esto es lo más importante, vistas las cosas desde una perspectiva superior— el comienzo de una nueva época en la vida del catolicismo, con una mayor profundidad religiosa y pastoral. El mero hecho de que la Iglesia no fuese ya el «hospicio de la aristocracia», con las incontables pérdidas sufridas, tenía que producir efectos beneficiosos para la religión de la cruz (cf. § 75, II, 1).

Es cierto que las ofensas inferidas a los nuevos súbditos católicos por algunos irresponsables gobiernos protestantes significaron una de las fuentes más hondas de la intranquilidad confesional que tanto perjudicó a Alemania durante el siglo XIX. No fue realmente la secularización el momento más apto para la coexistencia pacífica de las confesiones en Alemania. Y esto no porque faltaran en los antiguos Estados eclesiásticos valiosos intentos de carácter ecuménico (Merkle). Sin embargo, desligado ahora de las preocupaciones políticas y económicas, cobró nueva vida el ideal de la unidad de la Iglesia vinculada estrechamente a Roma7. La pastoral católica en conjunto se vio privada, para su bien, de toda ayuda

7 Para el desarrollo puramente pragmático de la gran influencia de Roma, cf. § 106, III, 11.

externa, a veces forzada. Era el momento de replantearse la gran tarea cristiana de «desplegar las fuerzas internas del catolicismo y hacerlas fructificar».

f) Hoy ya no puede dudarse de que el tiempo estaba maduro para la desaparición de los pequeños Estados y, sobre todo, de los principados eclesiásticos. En su idea y en su realización, el Sacro Romano Imperio había quedado superado. La simplificación del mapa político de Alemania era condición indispensable para una posterior unificación nacional, que tendría, por su parte, enorme trascendencia para la historia de la Iglesia.

Aunque esta unificación cuajó al principio en una fórmula política­mente insuficiente y luego se desarrolló desmesuradamente siendo utilizada para desgracia de la propia nación y de Europa entera, lo cierto es que la unidad alemana en sí misma era entonces una necesidad histórica y, considerada globalmente, facilitaba considerablemente la labor de la Iglesia en el tiempo y en el mundo. Una de las principales tareas del siglo XIX consiste en tomar muy pronto conciencia de esas nuevas posibilidades.



Período segundo

EL SIGLO XIX: LA IGLESIA CENTRALIZADA EN LUCHA CON LA CULTURA MODERNA

§ 108. PANORAMA POLITICO Y ECLESIASTICO I. LOS DIVERSOS PAISES

  1. La Revolución francesa y su heredero, Napoleón, habían
    producido la desintegración definitiva del antiguo Imperio alemán
    (secularización, § 107).

  2. Austria, con el famoso estadista Klemens von Metternich
    (defensor de la restauración), mantiene en el Congreso de Viena de 1815 (§
    111) la posición hegemónica de la Europa central. Durante los reinados de
    Francisco I (1806-1835) y Fernando I (1835-1848) el gobierno está en
    manos de Metternich, haciéndose cada vez más peligrosa la fuerza
    explosiva de las nacionalidades en que se basa la monarquía del Danubio.
    Otros indicios de tormenta como la
    Wartburgfest (1817: tercer centenario
    de la Reforma y conmemoración de la batalla de Leipzig) y la
    Hambacher
    Fest
    (1832: mitin liberal en el que se proclama la República Confederada
    de Europa) son objeto de una rigurosa censura por parte de la autoridad
    (Decretos de Karlsbad de 1819; los seis artículos de la Federación Alemana
    de 1832). Tras la revolución de 1848, que en un principio amenazó la
    existencia del imperio (caída de Metternich; fin de la hegemonía de Austria
    dentro de la Federación Alemana), asciende al trono Francisco José (1848-
    1916), cuya personalidad se convierte en el símbolo de la monarquía.

3. Prusia se consolida bajo el reinado de Guillermo III (1797-1840),
tras las derrotas sufridas en la guerra contra Napoleón, y vuelve a ser una
gran potencia europea. La secularización le supone enormes ganancias
territoriales, como las sedes metropolitanas de Colonia y Tréveris y los
territorios sufragáneos; los problemas confesionales que surgen a raíz de
esta anexión conducen a las «discusiones de Colonia» (§ 115, II). La vida
intelectual alcanza sus logros mayores en la filosofía y teología de
Friedrich Schleiermacher, Georg Friedrich Hegel y Arthur Schopenhauer y
en la ciencia histórica sobre todo de Leopold Ranke y Barthold Niebuhr.
Las relaciones con la Iglesia evangélica se ven dificultadas por la disputa
sobre el santoral y el intento de imponer la unión prusiana (§ 115).
Federico Guillermo IV (1840-1861) mejora las relaciones con la Iglesia

católica. Las tensiones vuelven a crecer nuevamente durante el reinado de su sucesor, Guillermo I (1861-1868), principalmente por la política de Bismarck (el Kulturkampf, § 115, III).

  1. Baviera acrecienta también sus territorios con la secularización
    (las diócesis de Augsburgo, Würzburgo, etc., la ciudad imperial de
    Nuremberg), pero ya no constituye un Estado puramente católico. Las
    relaciones con la curia se ven entorpecidas por el «edicto de religión» de
    1818, que, a pesar de todas las protestas eclesiásticas, se mantiene en vigor.
    La disputa sobre la genuflexión (1838-1845; § 115) disgusta
    profundamente a los protestantes.

  2. El nuevo Imperio alemán (1871) acusa desde el principio los
    rasgos propios del protestantismo prusiano. La desconfianza mutua entre el
    Estado y los católicos perdura incluso después del Kulturkampf. La
    distensión comienza cuando Bismarck otorga al papa el papel de árbitro en
    la disputa hispano-germánica por las islas Carolinas (1885). La situación no
    se modifica esencialmente hasta el comienzo de la Primera Guerra
    Mundial. La exhortación pontificia a la paz es rechazada en 1917. En
    cambio, las potencias aliadas respondieron en varias ocasiones a las
    llamadas del papa en favor de la paz.

  3. Francia: Vuelven los Borbones (Luis XVIII, 1814-1824; Carlos
    X, 1824-1830) y consiguen afianzarse a pesar de —o mejor, a causa de—
    su estrecha unión con la Iglesia, que precisamente por eso va adoptando
    una postura eminentemente restauradora (de ahí se deriva el fomento
    indirecto del liberalismo laicizante). Ni siquiera el «rey burgués» Luis
    Felipe (1830-1848) es capaz de salvar su trono. En febrero de 1848 estalla
    la revolución, impulsada por vez primera por la población obrera. Francia
    se convierte en república, con Luis Napoleón como presidente. En 1851
    Luis Napoleón es nombrado presidente vitalicio y en 1852 emperador. A
    partir de 1871 Francia vuelve a ser república. En un principio dominan las
    fuerzas conservadoras, pero poco a poco ocupan su puesto los liberales y
    anticlericales. En 1880 tiene lugar el debate contra la Compañía de Jesús.
    En 1901 se promulga la Ley de Asociación, de marcada tendencia
    antieclesiástica. La separación de la Iglesia y del Estado se consuma en
    1905.

  4. Bélgica: En conexión con la revolución de julio de 1830, los
    liberales y los clericales se alzan unidos contra Holanda. En 1831, las
    grandes potencias reconocen la independencia y permanente neutralidad de
    la nación y es elegido rey Leopoldo de Sajonia-Coburgo, emparentado con
    la casa real inglesa.

  5. España: Los Borbones vuelven al trono en 1814. El intento de
    Fernando
    VII (1814-1833) de restaurar el régimen absolutista (llegando
    incluso a reimplantar la Inquisición) trae como consecuencia la pérdida de
    las colonias americanas entre 1810 y 1825 y una revolución interna (1820-


1823), cuya represión exige ímprobos esfuerzos. Tras la muerte de Fernando VII (1834), el país asiste a una serie de luchas dinásticas, que se prolongan hasta 1839, y que afectan a la Iglesia (expulsión del nuncio; persecución de las Ordenes religiosas y expropiación de los bienes de la Iglesia con la conocida ley de desamortización). Estas luchas debilitan sobre todo a la institución monárquica. La corriente liberal se va imponiendo con ayuda de Francia e Inglaterra. 1834-1841: regencia de María Cristina, cuyo consejero más insigne es Donoso Cortés. Para este pensador, el racionalismo y el liberalismo constituyen un veneno disolvente. Donoso fue el primero en predecir la gran revolución futura, que vendría precisamente de Rusia. Durante el reinado de Isabel II (1843-1868) se firma un Concordato en 1851, en el que se reconoce la validez exclusiva de la religión católica en el país y se regula la restitución de los bienes eclesiásticos. Pero en 1868 otra revolución conduce a la destitución de la reina y a la libertad religiosa. Tras siete años de luchas entre los republicanos y los pretendientes españoles y extranjeros, es restaurada la monarquía en la persona de Alfonso XII (1875-1885). La Constitución proclama la libertad de cultos, pero prohibe a todos los no católicos la celebración de ceremonias públicas. La monarquía se mantiene hasta 1931.

9. Portugal: Se ve sacudido durante toda la primera mitad del siglo
por continuas guerras civiles y pierde, por ello, la mayor parte de sus
colonias, entre ellas Brasil, en 1822. La monarquía desaparece en 1910. La
nueva república dispone ya en 1911 la separación entre la Iglesia y el
Estado.

10. Italia (cf. § 113): El Congreso de Viena no trae a Italia la unidad
nacional. El país sigue dominado por dinastías extranjeras: en el norte los
Habsburgos y en el sur los Borbones. En 1820 y 1821 se registran
disturbios revolucionarios en Nápoles y en el Piamonte, que son reprimidos
por Austria, encargada para ello por la Santa Alianza. Es también Austria la
que reprime los levantamientos que se suceden a partir de 1830. La
revolución de febrero de 1848 en Francia salpica a Italia. Carlos Alberto de
Cerdeña se coloca a la cabeza de la Italia revolucionaria, pero es reducido
por el mariscal austríaco Radezki en Custozza (1848) y Novara (1849) y
Carlos Alberto abdica en favor de su hijo Víctor Manuel II (1849-1878).
Francia y Austria restablecen el viejo sistema. El papa, huido de Roma en
1848, vuelve a los Estados de la Iglesia con la protección de Francia. En
1859 Piamonte y Cerdeña (bajo el reinado de Víctor Manuel y el gobierno
de su ministro el conde de Cavour, que habían creado un Estado liberal)
vencen a los austríacos, con ayuda de Napoleón III, en las batallas de
Magenta y Solferino. El entusiasmo nacional hace que se unan los
principados italianos y Cerdeña (1860). En 1861 Víctor Manuel recibe el
título de «rey de Italia». En Roma sigue dominando el papa con el apoyo de
Francia, pero tras la retirada de las tropas francesas como consecuencia de

la guerra franco-alemana, los italianos conquistan Roma en 1870, y un plebiscito celebrado en la ciudad eterna decide su anexión al reino de Italia.

11. Rusia: En un principio consigue mantener su puesto hegemónico en Europa, obtenido al término de las guerras napoleónicas. El zar Nicolás (1825-1855), conservador radical, es, a partir del levantamiento de los decabristas, a cuya cabeza estaban básicamente jóvenes intelectuales, un combatiente decidido contra toda clase de fenómenos revolucionarios de Rusia y del resto del mundo, como había ocurrido en Hungría en 1848. El zar Nicolás presta su apoyo únicamente al levantamiento de los griegos, por el que siente simpatía en razón de la fe común (1827-1828). La sucesión en el trono (Alejandro II, 1855-1881) trae nuevas tendencias liberales, como la liberación de los campesinos en 1861 (que sólo llega a realizarse parcialmente a partir de 1880) y algunas otras reformas posteriores. A pesar de ello aumenta la radicalización en estratos de la intelectualidad (nihilismo).

A pesar de las duras medidas tomadas, la situación de los zares se va haciendo cada día más débil en el interior, dada su incapacidad para reducir los problemas sociales. La literatura, de enorme valor, tiende cada vez con mayor fuerza a un pesimismo cristiano, unido a una dura crítica social (Turgeniew, 1813; Dostoiewski, 1821-1881; Tolstoi, 1828-1910). Durante el reinado de Alejandro III (1881-1894) el consejero más importante es el procurador supremo del Santo Sínodo, Pobedonoszow. Los intentos de rusificación promovidos por el gobierno obligan a los súbditos católicos a exiliarse a las fronteras occidentales del país. Nicolás II (1894-1917) es todavía más débil que sus predecesores a la hora de hacerse con la situación.

En 1898 tiene lugar el primer congreso del Partido Obrero Social-demócrata de Rusia. Entre tanto, Lenin (1879-1924), desterrado en Siberia, elabora los fundamentos teóricos del comunismo, basándose en el materialismo histórico y dialéctico y, por tanto, en el ateísmo enseñado por Karl Marx (f 1883) y Friedrich Engels. Continuos atentados ponen en peligro la vida de los más altos funcionarios y de los miembros de la familia imperial. En 1905 y 1906 estalla una revolución, cuya represión resulta muy difícil. Se implantan las libertades civiles: libertad de expresión, de reunión, sufragio universal. El zar sigue siendo jefe supremo de la Iglesia ortodoxa rusa, es decir, supremo protector y defensor del dogma. A pesar de ello aumentan los disturbios en el interior; el influjo incontrolable del enigmático y oscuro «monje» Rasputín repercute peligrosamente sobre la corte. En 1917 tiene lugar la revolución bolchevique. Las condiciones generales de vida de las Iglesias cristianas de Rusia se ven modificadas profundamente —mejor diríamos, se ven sacudidas— a partir de ese acontecimiento (§ 122).



  1. Escandinavia se mantiene durante el siglo XIX al margen de los
    acontecimientos políticos. En Suecia —y también en Noruega a partir de
    1905, tras su separación de Suecia— perdura la Iglesia estatal luterana. Los
    seguidores de otras confesiones (un porcentaje extraordinariamente
    reducido) disfrutaban hasta hace pocos años de escasos derechos políticos.
    La influencia de escritores escandinavos como Ibsen, Strindberg y, más
    tarde, en sentido más positivo, de Selma Lagerlöf es enorme y repercute de
    manera decisiva en la evolución de todo el mundo cultural hacia el
    socialismo (sobre Strindberg y Kierkegaard confróntese § 120).

  2. Suiza: La evolución se ve condicionada, de una parte, por las
    luchas en el seno del protestantismo, y de otra, por la contraposición entre
    cantones católicos y liberales (protestantes). En la Suiza francesa se
    produce un resurgimiento que lleva a la fundación de una «église libre», de
    carácter opuesto a la iglesia estatal y al liberalismo. Las revoluciones
    cantonales de 1830 y 1831 ponen término en la mayoría de los cantones al
    régimen aristocrático y a la iglesia estatal, sin aclarar las relaciones entre el
    poder político y la Iglesia. A partir de entonces surgen en la Suiza alemana
    tres grupos protestantes (la derecha pietista y ortodoxa, el centro y la
    izquierda liberal radical). La influencia de la izquierda crece y pone en
    peligro las relaciones con los católicos. En 1828 se llega a un acuerdo con
    la curia: creación de nuevas diócesis nacionales (con excepción de
    Constanza), directamente sometidas a Roma. A partir de 1830 comienza
    la lucha contra el catolicismo, que se agudiza en Lucerna, donde los
    derechos civiles del cantón estaban unidos a la fe católica. En cambio, en
    Aargau se modifica la constitución en sentido liberal. Los intentos de
    expulsión de los jesuitas llevan a los siete cantones católicos a formar por
    separado una federación que luego resulta derrotada. En 1848 se promulga
    una nueva constitución federal: libertad e igualdad de derechos para todas
    las confesiones, pero expulsión de los jesuitas. En 1874, una revisión
    constitucional separa las escuelas de las Iglesias.

  3. Inglaterra (incluidas Escocia e Irlanda). A raíz de la derrota de
    Francia posee una absoluta hegemonía marítima. En el transcurso del siglo
    XIX se convierte en la primera potencia mundial. El poderío británico
    culmina en la era victoriana (por la reina Victoria, 1837-1901). Desde la
    Primera Guerra Mundial se registra un lento retroceso, adquiriendo los
    Estados Unidos el puesto de Inglaterra. Todavía durante el siglo XIX tiene
    lugar la transformación del Empire en la Commonwealth of Nations. Con
    esta transformación Inglaterra salva su influencia sobre el continente
    europeo durante el siglo XX.

En política interior el liberalismo dominante suscita numerosas reformas, especialmente la del derecho al sufragio en 1832. Aumenta la importancia de la Cámara de los Comunes, a costa de la aristocracia.

La Iglesia católica consigue éxitos importantes. En 1829 se deroga el Acta de 1673, en virtud de la cual quedaban los católicos excluidos del disfrute de los derechos políticos. El Decreto de emancipación, también de 1829, garantiza a los católicos la plena igualdad de derechos civiles. Este hecho es de particular importancia para Irlanda (donde hay mayoría católica), hasta entonces dominada y oprimida por el estamento superior, inglés y anglicano (esto trae consigo el acceso de los católicos irlandeses a los cargos públicos y al parlamento). A pesar de ello, la iglesia nacional de Irlanda sigue siendo la Iglesia anglicana, viéndose los católicos irlandeses obligados sorprendentemente a pagar los diezmos a dicha Iglesia. Esta situación se prolonga hasta 1869, año en el que se concede un estatuto eclesiástico para Irlanda. El movimiento de conversiones a la Iglesia católica, iniciado entre los anglicanos hacia 1840, a consecuencia del movimiento de Oxford, aporta al catolicismo inglés un notable crecimiento de energías (Newman, § 118, III).

La vida de la Iglesia anglicana a lo largo del siglo XIX está caracte­rizada por tres tendencias: 1) El partido evangélico, o de la «iglesia baja» (surgido del despertar religioso del siglo XVIII); 2) El partido de la «iglesia alta» (aristocracia y alto clero, con mentalidad de iglesia nacional), revitalizado religiosamente desde 1833 por el movimiento de Oxford, en las tres formas de tractarianismo, puseyismo y ritualismo; 3) La tendencia eclesial amplia, que intenta liberalizar la teología anglicana y desarrolla una intensa actividad social.



Durante el siglo XX se registran entre los anglicanos intensos esfuerzos ecuménicos; el movimiento de Oxford sigue progresando (movi­miento anglocatólico). En el período 1927-1929 se produce la polémica sobre la revisión del Common-Prayer-Book. Los disidentes avanzan también considerablemente y mantienen una activa vida religiosa. A los metodistas, baptistas y cuáqueros se añaden tres nuevas denominaciones: irvingianos (proféticos y apocalípticos), hermanos de Plymouth (contrarios a toda clase de iglesia) y el Ejército de Salvación (lucha contra el vicio).

En Escocia se registra un resurgimiento dentro de la Church of Scotland (iglesia nacional reformada). En 1843 se produce, tras largas polémicas sobre la constitución de la iglesia, una secesión, la de la iglesia libre de Escocia (que desarrolla una intensa vida de piedad). En 1929 se produce la reunificación de esta iglesia libre con la iglesia nacional. La teología dialéctica es objeto de vivo interés.

15. Los Estados Unidos de la América del Norte,


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