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Con todo, también es cierto que fueron erigidas al mismo tiempo centenares de nuevas parroquias y cargos pastorales. Es preciso afirmar igualmente que, desde el punto de vista metodológico y didáctico, los seminarios generales supusieron un considerable progreso sobre los seminarios diocesanos, a veces muy reducidos, y sobre las instituciones docentes de las Ordenes y congregaciones religiosas. Esto último explica también el que un sector importante del episcopado apoyara positivamente estas reformas y que fueran muy pocos los obispos que se defendieran contra la intromisión abusiva del Estado policial en la esfera eclesiástica.

2. Ni el extraordinario esfuerzo que supuso para el papa Pío VI su
visita a Viena en 1782, ni la devolución de la visita por el emperador al año
siguiente en Roma modificaron en lo esencial las disposiciones tomadas, ni
mucho menos el espíritu «ilustrado» y febroniano que se mantuvo en
Austria hasta mediados del siglo XIX (más tiempo, por tanto, que en otros
países católicos).

El «sacristán mayor del Sacro Romano Imperio», como llamaba al emperador en son de burla Federico II, recortó con sus reformas la vida de la Iglesia. Su modo de realizarlas era bienintencionado, pero desacertado. Por eso sólo cosechó desengaños. Sus desavenencias con el episcopado de Bélgica, fiel a la Iglesia, a raíz de la revolución belga (1776) le ocasionaron la pérdida de esta nación, hereditariamente católica. Cuando el propio José II intentó eliminar los excesos en Hungría, y luego su hermano y sucesor Leopoldo II (1790-1792) en todo el Imperio, era ya demasiado tarde. Las consecuencias de la Revolución francesa situaron la vida de la Iglesia bajo nuevos condicionamientos.



3. La concordia entre el episcopado y el pueblo católico no era
entonces un hecho normal. En Alemania se había abierto una sima entre el
episcopado reformista e «ilustrado» de los Hontheim, Dalberg, Wessenberg

y otros más por una parte y el clero inferior, con la mayoría de los católicos, por otra. Estos sectores tomaron como un gesto de tendencia protestante la poda a que se sometieron las ganancias obtenidas en el culto de las reliquias y de los santos y en las peregrinaciones. Los nuncios, no excesivamente inteligentes como para captar el fenómeno, sobre todo Bartolomeo Pacca (f 1844) y Annibale della Genga (f 1829), informaron a Roma en este sentido, por lo que se explica la reacción, completamente falta de comprensión, del papa Pío VI en 1775 contra los proyectos de reforma, sin exceptuar los del abad Gerbert de St. Blasien, tan fiel a Roma3.

§ 105. PENETRACION DE LAS IDEAS IL USTRADAS EN LA IGLESIA

CATOLICA

1. Las ideas de la Ilustración no fueron introducidas en la Iglesia únicamente desde fuera, sino que se desarrollaron también en su interior, como ya hemos visto en multitud de ocasiones. No podía ser de otra manera; de lo contrario, casi todas las cabezas rectoras de la Iglesia habrían vivido al margen de su tiempo. En efecto, había nacido una ideología nueva, que impregnaba la época. Un nuevo tipo de pensamiento, el pensamiento «ilustrado», llenaba el siglo con su atmósfera. Recordémoslo una vez más: la ideología que denominamos Ilustración tiene indudablemente una serie de rasgos unitarios, que permiten el reconocerla por doquier. A pesar de lo cual, hay distintas formas de «Ilustración». Ya hemos afirmado, y seguimos afirmando, que el antisupranaturalismo no es el rasgo fundamental de la Ilustración, que no comprende su esencia en todas sus formas. Prueba de ello es que se da también una Ilustración que sigue fiel al catolicismo.

No obstante, demostraríamos una visión poco amplia del problema si no advirtiéramos que, en parte, las tendencias que incluimos en ese antisupranaturalismo penetraron también en la Iglesia. Muy pronto el espíritu ilustrado, con este tinte eclesiástico, penetró, con el poder de una seducción que ciega y deslumhra, en determinados sectores de obispos, teólogos, formadores de sacerdotes y, por tanto, en los ejercicios de piedad. Se fue imponiendo un espíritu particularista y antipontificio, el espíritu de las iglesias nacionales; un episcopalismo falso (por egoísta) y concepciones nacionalistas en la liturgia y en la eclesiología debilitaron la conciencia de la unidad de la Iglesia. Una predicación y catequesis impregnadas de sofismas y de consideraciones triviales restaron impulso a la vida de piedad. Una idea del sacerdocio, demasiado natural y política (los sacerdotes eran los educadores religiosos al servicio del Estado), carecía de

3 Al mismo tiempo se advierte en esta actitud una de las raíces del nuevo centralismo pontificio del siglo XIX, centralismo basado, en buena parte, en la relación papado-pueblo cristiano católico.

verdadero entusiasmo por los sacramentos y por el ideal de los votos (el celibato), que, por otra parte, apenas conocía suficientemente.

En el alto clero y en los príncipes-obispos influyeron de manera especial la cultura y las costumbres francesas de la Ilustración, que eran las que daban el tono. No se difundió mucho, pero consiguió importantes filtraciones, la idea de un «cristianismo universal», muy aguado en materia dogmática, no solamente entre las diversas denominaciones de la Reforma (luterana, melanchtoniana, calvinista), sino que brotó también en católicos, cuya conciencia creyente se va haciendo cada vez más confusa. Siguiendo esta concepción, los párrocos católicos y los pastores evangélicos se sustituían recíprocamente en sus ministerios alrededor de 1800; el arzobispo de Würzburgo llamaba en 1803 al protestante racionalista H. E. Gottlob Paulus como profesor de exégesis; el príncipe de Maguncia, Emmerich Joseph von Bürresheim (1763-1784) reformaba los planes de estudios y formación con el espíritu «ilustrado» protestante4. Determinados intentos teológicos de reducir el valor de los dogmas tradicionales, abriendo las puertas inorgánicamente a la crítica histórica, resultaron demoledores para la doctrina católica: Franz Anton Blau (1754-1798), vicerrector y profesor en el seminario arzobispal de Maguncia, en su obra Historia crítica de la infalibilidad eclesiástica para promover un libre examen del catolicismo (1791), discute la infalibilidad de la Iglesia, el dogma cristo-lógico y la presencia sustancial de Cristo en la eucaristía.

  1. Dentro de la pastoral y de la teología ya hemos visto (§ 102) que
    las tendencias de la Ilustración constituyen con frecuencia una reacción:
    por una parte, contra el exceso de devociones, hermandades y
    peregrinaciones, llenas de plegarias a base de superlativos pseudo-místicos,
    ampulosos e inaguantables; por otra, contra la insuficiencia religiosa y
    espiritual de la teología, muy alejada del pensamiento bíblico y de la
    palabra de la Escritura y alejada también de las grandes ideas de la
    tradición. Esta teología había perdido el contacto tanto con la teología viva
    de los Padres y de la alta Edad Media como con la poderosa vida nacional y
    sus aspectos culturales (literatura o filosofía). Era comprensible que
    precisamente los espíritus más perspicaces no encontraron satisfacción
    alguna en este desierto.

  2. Estas concepciones espirituales, religiosas, políticas y político-
    eclesiásticas tuvieron su expresión en múltiples medidas adoptadas por los
    Estados católicos de entonces, sobre todo —como ya hemos visto— en la
    Austria del emperador José II (§ 104), quien, como correspondía a su
    peculiar idea de la Iglesia, apoyaba a los príncipes eclesiásticos en su lucha
    por la independencia.

4 El príncipe elector de Colonia, Maximiliano Friedrich von Königsfeld-Rothenfels (1761-1784) fundó en 1777 la Universidad de Bonn, a la que invito también a los «ilustrados».

Por todo ello es difícil precisar con detalle hasta qué punto esas tendencias fueron admitidas por la praxis católica y, sobre todo, en qué grado de radicalidad (o, al revés, de ortodoxia) fueron defendidas por los teólogos católicos.

4. Lo dicho nos ha preparado para hacer una valoración correcta de la figura más significativa de cuantas hemos mencionado, el obispo Nikolaus Hontheim, antiguo profesor de derecho canónico y luego obispo auxiliar de Tréveris (f 1790). Con el pseudónimo de Justinus Febronius, del que procede la denominación de febronianismo al sistema, publicó el libro Sobre la Iglesia y legítima potestad del papa (1763).

a) N. Hontheim había sido discípulo del jansenista Van Espen (f
1728), historiador de la Iglesia, quien, por residir en Tréveris, tenía
relaciones con Francia, patria del galicanismo y del jansenismo. Su libro
desarrolla ideas particularistas de la Iglesia, muy cercanas a las del
galicanismo. Este parentesco del libro con el galicanismo ha llevado con
frecuencia a mencionar injustamente a Hontheim y a su obra junto a las
posturas radicales y en cierto modo separatistas del congreso de Ems y del
Sínodo de Pistoia de 1786. De hecho, la concepción de Hontheim era
mucho más favorable a la Iglesia que la del galicanismo y tenía, por lo
mismo, un mayor valor religioso.

Hontheim trataba de conseguir una renovación de la Iglesia, acomodándola a los tiempos. Rastreó intensamente el poderoso movimiento espiritual que latía en el tiempo, lamentando la oposición de la curia a un verdadero entendimiento con la nueva ciencia. Para conseguir la renovación de la Iglesia creía necesaria Hontheim su descentralización, la cual implicaba un fortalecimiento de cada una de las Iglesias y de su episcopado. Además, la insistencia en subrayar los derechos del Estado respecto de la Iglesia debería hacer posible el empleo de los recursos del Estado con vistas al resurgimiento de la Iglesia. El particularismo eclesiástico de Hontheim en modo alguno preconizaba una separación de Roma.

b) El aspecto más importante a la hora de enjuiciar teológicamente
las intenciones de Febronio es su punto de arranque, dogmáticamente
inatacable y religiosa y pastoralmente fecundo: la revitalización del
ministerio episcopal y de su valor, teniendo en cuenta su origen apostólico.
Es cierto que la curia subrayaba con la máxima insistencia el carácter
simplemente delegado de la potestad eclesiástica. Pero en aquella época el
episcopalismo no se juzgaba herejía, sino que empezó a serlo con la
definición de la primacía episcopal del papa por el Concilio Vaticano I.
Pero lo que Febronio defendía no constituye en modo alguno una negación
del primado. Durante la Edad Media, la reivindicación de los grandes
metropolitanos de Oriente y Occidente (Constan-tinopla, Reims, Milán,
Hamburgo-Bremen, cf. §§ 41 y 48), es decir, su «episcopalismo», fue la

contrapartida del papado, en continuo ascenso. A fines de la Edad Media el episcopalismo desempeñó un papel importante en las diversas formas de conciliarismo. En Trento existió un episcopalismo fiel a la Iglesia, el episcopalismo de los obispos españoles, que al propio tiempo reconocía la dirección suprema de la Iglesia por el papa. Sólo con el galicanismo adquirió un carácter acusadamente antirromano, por un lado agudo y por otro oscilante y difícil de definir, surgiendo la tendencia a reducir el primado del papa en aras del conciliarismo. Esta tendencia es la que dio pie para la condenación (no pública) por Alejandro VIII en 1690, y durante el pontificado de su sucesor, Inocencio XII, en 1693, los artículos galicanos de 1682 fueron objeto de una retractación formal por parte del Estado, apoyada por Luis XIV.

Durante el siglo XVIII siguió avanzando la tensión episcopalista, más que nada por las tendencias de los príncipes electores, como luego veremos. Este episcopalismo conectaba con el absolutismo estatal, que seguía en vigor y hasta se iba endureciendo. Por otra parte, el episcopalismo se unía a los intentos de las iglesias nacionales y estatales. En todo eso puede decirse que no existe vinculación alguna con la herejía, y, por lo que toca a Febronio, puede afirmarse eso con mayor rotundidad todavía.

5. A pesar de lo dicho, es fácil advertir lo que hubiera sucedido si las fuerzas latentes en la obra de Hontheim, ligadas todavía a la Iglesia, hubieran podido actuar con independencia. En aquella época de absolutismo estatal, la realización de esos puntos de vista hubiera dinamitado la unidad de la Iglesia. Cada obispo, desvinculado del centro de la Iglesia, hubiera tenido que entregarse inerme al soberano.

El libro de Hontheim fue objeto de la censura pontificia en 1764. Se retractó, pero sin modificar propiamente sus ideas, que produjeron su efecto, no obstante, aunque en un sentido que no correspondía a las intenciones del autor. Fueron sobre todo calurosamente acogidas por los príncipes eclesiásticos (de Maguncia, Tréveris y Colonia), deseosos de independizarse de la Iglesia. Reformaron las escuelas y universidades de sus propios territorios en un sentido ilustrado, como ya vimos, y, reunidos (junto con el arzobispo de Salzburgo) en la Punktation de Ems de 1786, presentaron elevadas exigencias a la curia, cuyo prestigio y autoridad tanto habían decaído. La situación era trágica: la actitud particularista de estos príncipes electores se producía en vísperas del ocaso definitivo de su poder, que había durado siglos. Era trágica también en otro sentido: en 1785, la curia, con enorme falta de visión, había atendido los ruegos del gobierno de Baviera, estableciendo en Munich una nueva nunciatura. Esto hizo que los príncipes electores y el arzobispo de Salzburgo se sintieran amenazados en sus derechos e intentaran hacer valer las exigencias de la Puntuación de Ems. Realmente ninguno de los cuatro obispos alemanes asistentes al



congreso de Ems se pronunció contra el primado de Roma, pero sus intenciones tenían una orientación antipontificia. Las conclusiones del Sínodo de Pistoia de 1786, similares a las del congreso de Ems, fueron enérgicamente desautorizadas por Roma, ya que el acuerdo de los obispos con el Estado (con el gran duque Leopoldo de Toscana, más tarde emperador Leopoldo II) parecía una amenaza contra la curia. De hecho, en los intentos «febronianos» se había tenido poco en cuenta la importancia de la comunión eclesiástica universal. La forma de autonomía episcopal que se intentaba respondía demasiado a planteamientos seculares y políticos, además de verse desvirtuada por las ideas «ilustradas». Pero también es verdad que, desgraciadamente, Roma se negó rotunda y constantemente a estudiar las posibilidades positivas de los diferentes intentos, como ya hemos visto.

  1. La destrucción del poder económico y político externo de los
    obispos en Francia y Alemania a raíz de la secularización fue el hecho que
    movió a grandes grupos a profundizar en su concepto de Iglesia. Poco a
    poco se la fue reconociendo como una magnitud puramente espiritual
    (aunque visible) y se aceptó el misterio de la autonomía del colegio
    episcopal bajo el primado del papa. Esta autonomía, ya duramente atacada
    por la Ilustración, se vio reducida más y más por los concordatos y luego
    por el Concilio Vaticano I. Pero, tras un período sumamente centralizador,
    que llega hasta Pío XII (f 1958), el propio pontificado, en la persona de
    Juan XXIII (f 1963), ha favorecido un nuevo robustecimiento de la
    periferia eclesial, es decir, de los obispos y sus iglesias. El vínculo de
    unidad es tan fuerte que los miembros de la comunidad pueden disfrutar de
    una gran autonomía en el ejercicio de sus actividades en plena comunión
    con el centro, de lo cual redundan grandes ventajas para todo el conjunto de
    la Iglesia.

  2. Punto central de los propósitos de Hontheim era el objetivo
    ecuménico, como lo anuncia expresamente el título de su libro, «redactado
    con vistas a la reunificación de los cristianos separados por cuestiones
    religiosas». Es verdad que Hontheim conocía escasamente, como
    recientemente se ha afirmado (Von Aretin), a Lutero y al protestantismo, y
    que, además, no sentía gran predilección por ellos. Pero sabía que la
    separación era un grave daño para la Iglesia, al igual que para las naciones,
    y buscaba, con ideas en parte correctas, los caminos que podían conducir a
    eliminar esa separación. Era, por ejemplo, favorable a la legitimidad de una
    protesta contra los abusos de la Iglesia en la baja Edad Media. Según él,
    existían en su propio tiempo en la Iglesia manifestaciones externas que,
    unidas a los métodos casi puramente negativos y cerrados de la curia,
    hacían imposible un entendimiento con los protestantes. Para mejorar esta
    situación y restituir a la Iglesia su puesto central en el Estado, Hontheim
    consideraba imprescindible el acercamiento de los católicos a la nueva

ciencia. De esta manera deseaba contrarrestar la influencia del curialismo y, al mismo tiempo, reactivar las Iglesias en los diversos territorios y Estados.

8. Existen épocas religiosamente pobres, pero no existen épocas sin religión alguna. En especial, en la Iglesia católica no pueden existir períodos de ese género ni han existido de hecho. La verdad y santidad esenciales otorgadas por su fundador como indefectibles son capaces de despertar en los creyentes la vida religiosa, aun en las más desfavorables circunstancias y en contra del espíritu religiosamente estéril de una época. El período de la Ilustración es una prueba de esto que decimos.



  1. Es evidente que el siglo XVIII estuvo muy lejos de ser una época
    de florecimiento eclesiástico y religioso. Aparte de las deficiencias directas
    de que ya hemos hablado, hay en él algunos elementos positivos, pero
    siempre de valor modesto. Ya hemos visto que las Ordenes y
    congregaciones religiosas, incluida la Compañía de Jesús, con toda su
    importancia, habían decaído mucho en su nivel creativo. En el campo de la
    teología propiamente dicha faltan las obras de envergadura que abren
    nuevos caminos. Pero, con todo, no debe olvidarse que precisamente en
    esta época surgió una serie de obras científicas en el terreno de la historia
    eclesiástica, a las que ya hemos tributado un alto elogio (cf. § 97, V, 2).

  2. Apuntemos otro aspecto digno de tenerse en cuenta: uno de los
    valores más importantes de la Iglesia es la pastoral regular que se desarrolla
    día tras día, o al menos todos los domingos, a lo largo del año eclesiástico.
    Es difícil determinar su valor exacto en cada época. Pero, al igual que en
    cualquier análisis histórico, tenemos que caer en la cuenta, al referirnos al
    siglo XVIII, de que esta pastoral siguió realizándose y funcionando
    constantemente.

  3. En este siglo se registra también una gran obra, la de san Alfonso
    María de Ligorio (1696-1787), tan despreciado y vituperado por los
    liberales decimonónicos del Kulturkampf. Pertenecía a la «Congregación
    del Santísimo Redentor» (redentoristas)
    5. Su obra fue para el pueblo una
    incalculable fuente de gracias. La congregación se extendió desde la Italia
    meridional y los Estados de la Iglesia a toda Europa, a ultramar y a los
    países de misión. La extraordinaria aportación pastoral de los redentoristas
    es tanto más importante para la historia de la Iglesia cuanto que respondía
    con gran sentido del momento a las necesidades religiosas del contorno:
    vencer la sequedad y dureza del jansenismo mediante la predicación de la
    misericordia divina. Mediante la formación de confesores bien preparados
    para esta tarea, Alfonso de Ligorio consiguió que muchas personas
    recuperaran el amor de Dios. La crítica a su moral casuística no debe

5 En 1731 fundó la Orden contemplativa femenina de las redentoristas.

hacernos olvidar su gran obra de escritor (ciento once escritos en miles de ediciones y traducciones a los más diversos idiomas).



Durante el siglo XVIII, la cultura y la filosofía alemana (el clasicismo, el idealismo) señalan en parte el camino, muy peligroso, hacia una transformación religiosa general6, aunque pueden juzgarse raíces igualmente de una amplia restauración católica, que tendrá lugar a fines de este siglo (cf. § 112), restauración en la que, por otra parte, tendrán una participación decisiva los redentoristas mediante la labor desplegada por uno de sus dos primeros miembros no italianos, Clemente María Hofbauer.



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