J o s e p h L o r t z



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numerosos sermones (muchos de ellos sermones de controversia) fueron
totalmente ajenos a la retórica renacentista; en ellos, con un estilo

1 «Si no puedo amar a Dios por toda la eternidad, quiero al menos amarle con todas mis fuerzas en la tierra».

típicamente jesuítico, todo estaba subordinado al fin religioso. En 1599 hizo un viaje pastoral a París, que le permitió trabar conocimiento con madame Acarie y el cardenal De Bérulle2.

  1. El gran cambio en la vida de Francisco de Sales lo marcó su
    ofrecimiento voluntario (en 1594, un año después de su ordenación
    sacerdotal) para misionar la región savoyana de Chablais, totalmente
    calvinista-zuingliana, donde imperaba un terrible clima invernal. Francisco
    de Sales trabajó allí sin éxito alguno durante varios años, en medio de una
    durísima resistencia, que llegó a traducirse en un atentado contra su vida.
    Entonces se echó de ver con toda claridad la síntesis que dominó
    básicamente su vida y que, sin embargo, se mantuvo por lo general
    discretamente velada: la suavidad y la tolerancia, unidas a un espíritu
    heroicamente consecuente y a una abnegación sencillamente invencible. La
    suavidad, la tolerancia sólo estaban en el modo; mas en cuanto al
    contenido, Francisco de Sales tuvo un programa clarísimo, del que jamás se
    apartó; antes bien, lo llevó hasta el final. Cuando sus padres se echaron a
    temblar ante tamaña tarea, san Francisco no dejó de dar el gran paso
    último, que en aras de un amor superior implica una cierta dureza para con
    los seres más queridos: en esto recordó al Poverello, que también se
    apartó de su padre carnal.

  2. En 1602 fue nombrado obispo de la gran diócesis de Ginebra (con
    residencia en Annecy). Su programa fue sencillo, pero exhaustivo:
    catecismo, predicación, teología de controversia, cuidado de las vocaciones
    sacerdotales (cumplimiento de los decretos al respecto del Concilio de
    Trento, realizando incluso viajes anuales con esta finalidad).

4. Respecto a lo segundo: Principalmente en la dirección de la señora de Chantal, luego en su clásica obra Introducción a la vida devota (Filotea) y en la dedicada a la señora de Chantal, Tratado del amor divino (Teótimo) y, por último, en sus numerosas cartas (más de dos mil), Francisco de Sales dio muestras de ser un maestro del conocimiento y la dirección de las almas. La piedad propagada por él inflamaba intencionadamente los «santos afectos». El Corazón de Jesús desempeñó en todo ello un papel importante. Sobre este sustrato pudo florecer más tarde en Francia, a fines del siglo XVII, la devoción al Corazón de Jesús (san Juan Eudes, f 1680; santa Margarita Alacoque, f 1690, canonizada en 1920). También es digno de mención que Francisco de Sales recomendó a todos los fieles una recepción más frecuente de la sagrada comunión. Sus orientaciones en la obra Filotea, destinadas incluso a los casados, muestran una gran libertad interior y un mesurado equilibrio.

En 1604, san Francisco de Sales conoció a la ilustre dama Juana Francisca de Chantal (1572-1641), a la que, con exiguos medios y con

2 Su preocupación cristiana por A. Arnauld (§ 98) le llevó otra vez a París en 1618.

seguridad y libertad impresionantes, condujo hasta el ideal ascético de la perfección. Juntamente con ella fundó la Orden de la Visitación (Salesianas). El plan originario de esta Orden era de una sorprendente modernidad, claro signo de su propia síntesis, que conjugaba la vida mística con la vida activa: la Orden de la Visitación debía ser una orden activa, ¡y sin clausura! Esto, entonces tan insólito, fue recibido con recelo por los obispos franceses y por Roma. Francisco de Sales no consiguió su propósito y la Orden hubo de ser destinada a la contemplación.



5. Respecto a lo tercero: Con el tiempo se fue haciendo cada vez más imperiosa la necesidad de reanudar el contacto creador entre la cultura y la Iglesia y de asignar a los laicos en el mundo secular la función que les correspondía en la vida eclesiástica. También en esto las naciones latinas, esencialmente católicas, desempeñaron un papel importante. Y a Francisco de Sales, junto a otras muchas figuras, le corresponde un mérito especial. Su personalidad, sus métodos de misión y de cura de almas, sus cartas y, sobre todo, su Filotea rebosaron cultura por todas partes (humanismo cristiano = humanisme dévot) y a la vez hicieron atrayente la piedad. Y atrayente no sólo para los monjes, sino sobre todo para las gentes de mundo, para las personas cultas y ricas3. Nadie antes ni después de él ha proclamado con tanto énfasis esta consigna: ¡más alegría! Nadie tan brillantemente como él ha asignado a la religión de la cruz el papel de enriquecer al hombre. Su secreto residió en el arte, apenas superado por nadie, de poner de manifiesto la riqueza de la religión y aprovechar su suave a la vez que letificante fuerza de conquista.

Se ha dicho —no sin razón— que este método entraña una «secularización» de la ascética. Su importancia aún no ha sido reconocida lo bastante, pero su intención fundamental está constituyéndose cada vez más en estos últimos tiempos en objetivo principal de la pastoral del medio social. Una cultura apartada de la Iglesia, del cristianismo dogmático e incluso de la religión iba dominando progresivamente la vida y obligaba (obliga) a los hombres a vivir dentro de ella, sometidos a sus exigencias. Francisco de Sales y las personas dirigidas por él, aparte de otras muchas personas santas, demostraron que es posible llevar una vida religiosa en el mundo, y no solamente sin sufrir daño alguno en ella, sino incluso llevándola hasta las cumbres de la santidad4. Este «salir al encuentro del

3 «Las anteriores exposiciones sobre la piedad se han dirigido casi siempre
exclusivamente a gentes que se habían retirado del ajetreo del mundo o al menos han
enseñado una piedad conducente a este total apartamiento del mundo. Mas mi intención
es instruir a aquellos que viven en la ciudad, en la casa, en la corte» (Filotea,
introducción).

4 En el pietismo se dieron estímulos semejantes; F. C. von Moser escribió en 1751 sobre
el
Carácter de un cristiano en la corte.

mundo» no supuso en absoluto un debilitamiento del mensaje de la cruz, sino su incremento.

  1. El carácter lo imprimieron los medios ascéticos empleados, los
    pequeños ejercicios diarios (entre ellos, por ejemplo, su alta estima del
    santo rosario) y, en suma, un régimen de vida metódico y ordenado dentro
    de un programa fijo. Francisco tuvo una visión clara de las debilidades
    humanas, pero ello no le llevó a sobrellevarlas con meros reproches
    superficiales, como muchos de sus contemporáneos, y tampoco a
    rechazarlas inútilmente, como los jansenistas. Francisco de Sales hizo más
    fácil el camino, pero apuntando a lo alto.

  2. Y, sobre todo, en Francisco de Sales siguió vivo el elemento
    religioso fundamental, el pensamiento de «Dios, sólo Dios y siempre
    Dios», es decir, un ferviente amor de Dios. Francisco de Sales encarnó una
    actitud de fe puramente religiosa y cristiana, con una plenitud para nosotros
    casi inconcebible y siempre con un sano talante espiritual5. «Para mi alma,
    totalmente entregada a Dios, es una verdadera alegría caminar con los ojos
    cerrados hacia donde me lleve su providencia». El santo apreció sobre
    todas las cosas «la tranquilidad del alma», la «serenidad del espíritu», «la
    dulce paz y suave tranquilidad del espíritu». En él encontramos una
    deliciosa y eficacísima expresión de libertad cristiana interior.

6. Desde el ángulo de la historia del espíritu, su actitud fue la de un humanista. El hecho de este humanismo de Francisco de Sales se demuestra tanto por su educación como por sus libros y por la fundación de la «Academia Florimontana» en Annecy. Pero desde el ángulo de la historia de la Iglesia es más importante la significación de su humanismo.

a) En el terreno teológico-religioso uno de los elementos decisivos de su humanismo fue su moralismo, es decir, su gran estima de lo «humano», de la dignitas hominis, que a veces, sin rechazar la gracia, se aproximó a la idea de que las fuerzas naturales del conocimiento y de la voluntad del hombre tienen hasta cierto punto capacidad suficiente, si se hace un esfuerzo serio, para recorrer el camino de la salvación. Fue ésta una postura exageradamente optimista. Al hablar del humanismo del siglo XV vimos cómo esta postura recortaba el carácter y la fuerza de la religión revelada y redentora y, con ello, la peculiaridad y la energía de la Iglesia, que también necesita de dotes y sacramentos (§ 76). Francisco de Sales superó esta visión unilateral como todo «humanismo devoto». Dejó intactos el optimismo humanista y la profundización humanístico-personal de la piedad, pero los ennobleció cristianizándolos en el pleno sentido de la

5 Este juicio precisa, tal vez, de una pequeña salvedad a causa de ciertas orientaciones sobre las relaciones matrimoniales (Filotea, parte III, cap. 39, en su último apartado). Se ha intentado, no sin dificultad, reducir a un común denominador estas frases con otras expresiones del santo sobre el tema, que resultan mucho más ponderadas (parte II, cap. 20, y parte III, cap. 38 y, del 39, la parte que antecede a la conclusión).

palabra: la revelación, la muerte redentora de Cristo y, por tanto, la gracia y su transmisión por los sacramentos constituyen la base incuestionable. Francisco de Sales ahondó, pues, el moralismo humanista hasta hacer de él un humanismo cristiano, lo cual supuso el retorno del humanismo a la Iglesia o, más aún, la culminación del humanismo por la Iglesia. Con esto, Francisco de Sales encarnó nada menos que la síntesis, tan efectiva como revolucionaria, de las dos concepciones fundamentales vigentes, una ajena y otra opuesta a la Iglesia que, como dos extremos contrapuestos y hostiles, se polarizaron en el humanismo radical y espiritualista y en la Reforma: sólo la fuerza del hombre, sólo la fuerza de Dios. La significación histórica de esta actitud se aprecia en todo su valor cuando se la contrapone no sólo al calvinismo sino también al pesimismo y rigorismo existentes en la Iglesia de entonces, tal como lo enseñaba y vivía el jansenismo e incluso la heroica (y del todo ortodoxa) «fe doliente» de Pascal.

b) En el Humanismo latía igualmente lo que de ordinario se llama estoicismo, la «placidez estoica». También esto, que enraíza plenamente en el evangelio de la paternidad de Dios, fue fundamental para Francisco de Sales: «no rechazar nada y no exigir nada», simplemente «ser llevado en brazos de Dios». «Nuestro Dios me trata como a un niño muy delicado, y no me expone a ningún choque grave. Conoce mi debilidad y sabe que no puedo soportar los golpes rudos...». Andamos aquí rozando ciertos elementos quietistas de la mística de Francisco de Sales, elementos que, tomados más tarde de forma unilateral por otros (Miguel de Molinos, 1628-1696; § 99), condujeron al error, pero que en él, en la teoría como en la práctica, permanecieron unidos en fecunda síntesis.

III. VICENTE DE PAUL

1. Vicente de Paúl (1581-1660), contemporáneo de Francisco de Sales, aunque más joven que él, perteneció también a la generación de los grandes pastores de esta época. Procedía de una familia numerosa de aldeanos del sudoeste de Francia. Se hizo clérigo para obtener una prebenda. En 1606-1607 sufrió esclavitud como cautivo en Túnez y huyó a Aviñón. Su transformación interna tuvo lugar en París en 1609: tras varios años de tremenda angustia espiritual, motivada por dudas de fe, le salvó una decisión: hacerse santo. En 1612 fue nombrado párroco rural. Después pasó doce años, divididos en dos etapas, como capellán familiar del duque de Gondhi, general de las galeras reales, hasta cumplir sus cuarenta y cuatro años. Por mediación del duque fue nombrado en 1619 capellán mayor de las galeras, organizó una pastoral para los galeotes y consiguió para ellos ciertas medidas que aliviaron su situación (el tratamiento en hospitales). Tras la muerte de Luis XIII, a quien asistió en su agonía, formó parte del Consejo de Regencia («Conseil de Conscience»). Realizó obras de

caridad de gran envergadura, remedió el hambre, organizó la asistencia a los afectados por la guerra, montó comedores para los refugiados y para el pueblo.

2. La espiritualidad de Vicente de Paúl fue mucho más modesta que
la de su amigo Francisco de Sales. Su teología fue simplicísima; su piedad,
sencilla y escueta. No hacen falta muchas palabras. Lo que hace falta es
sudar, cargar con el saco del mendigo y recoger a los niños expósitos.

Vicente de Paúl fue un genio del sentido práctico y de la organización. Respondió a las necesidades de su tiempo de un modo totalmente diferente, pero no menos importante, que san Francisco de Sales. La diferencia entre ambos radicó sobre todo en la forma externa de obrar: el alfa y la omega de Vicente de Paúl fue el amor operativo al pueblo pobre. Todo lo demás, aunque necesario, es sólo acumulación de fuerzas para esta tarea. La acumulación de fuerzas se consigue en la oración, en la propia mortificación. Por otro lado, su más hondo anhelo lo constituyó la realización casi perfecta de la idea de la providencia: no hay que dirigir ni elegir nada según el propio deseo, ni la acción, ni la hora, ni el modo, ni el lugar en el que se actúa. La disposición de todo esto corresponde a Dios. Con esta actitud estuvo Vicente de Paúl muy cerca de la piedad mística (§ 99).

La síntesis de este hombre fue, pues, la siguiente: rebosando un celo (apostólico) incansable y trabajando sin descanso en favor de los pobres, aguardar siempre la señal de Dios. «Las obras de Dios tienen su momento. La providencia las realiza en ese preciso momento, ni antes ni después». «Esperar la voluntad de Dios, y cuando se manifiesta, hacerla». He aquí una visión cristiana central y profunda, de gran relevancia histórica y filosófica, con la que por desgracia raras veces podemos encontrarnos a lo largo de la historia de la Iglesia.



3. Consideró Vicente como tarea que Dios le encomendaba toda una
serie de grandes obras. Y cuanto menos buscó estas obras, tanto más
directamente su impulso poderoso consiguió éxito en todas ellas. Y todo
ello no por otra cosa sino porque estuvo penetrado de un gran celo
apostólico porque, como en el caso del Poverello de Asís, no tuvo ningún
rastro de egoísmo; es decir, que a pesar de sus muchos planes no ejerció
ninguna presión sobre los hombres. Por ello tampoco los hombres le
opusieron resistencia. Este fue el secreto de sus éxitos6.

6 Esta fue también su regla de oro para tratar a los innovadores religiosos: «Cuando se discute con alguien, éste advierte en seguida, en el tono general de la argumentación, que lo que uno pretende es dominar la situación. Por eso él se predispone más a la resistencia que al reconocimiento de la verdad». Contra los jansenistas, sin embargo, Vicente de Paúl se comportó con cierta dureza, a pesar de ser amigo de Duvergier (§ 98).

4. Por esta razón no se puede decir que Vicente de Paúl tuviese
propiamente un programa. De hecho, su labor de reforma coincidió en gran
parte con la de Francisco de Sales: 1) catecismo, 2) predicación, de un
carácter lo más sencillo posible, 3) fomento de las vocaciones sacerdotales.
A esto se añade, como su obra más importante desde el punto de vista
histórico-eclesiástico, su amplísima, plural y modélica organización de la
caridad activa.

Sus fundaciones principales fueron la de los sacerdotes misioneros (lazaristas, en 1624) y las hermanas de la caridad (Dames de la Charité, en 1633), a las que habría que añadir la de los «Serviteurs des Pauvres».



  1. Los lazaristas debían obligarse a no aceptar prebenda alguna y a
    trabajar sin cobrar absolutamente nada. Debían también organizar misiones
    populares y promover la pastoral entre los presos. Su casa llegó a ser el
    primer seminario francés (St. Lazare). Allí se impartieron tandas de
    ejercicios para ordenandos y sacerdotes y también para miembros de otros
    estamentos. Hay que resaltar especialmente su fomento de las vocaciones
    sacerdotales, pues a Vicente de Paúl le correspondió el mérito de una
    notable renovación del clero francés. San Lázaro fue el modelo de otros
    seminarios. Entre los medios empleados figuró uno, que luego se difundió
    en muy diversas formas y ha seguido vigente hasta hoy: las conferencias de
    los martes para sacerdotes. De entre sus participantes, más de veinte
    candidatos propuestos por Vicente de Paúl fueron nombrados obispos.

  2. Las Hijas de la Caridad fueron fundadas por san Vicente de Paúl
    en unión con Louise Le Gras de Marillac (f 1660; canonizada en 1934).
    Eran asistentes modernas, sin clausura y dispuestas a prestar todo tipo de
    ayuda. Estas «hermanas de la misericordia» estaban destinadas sobre todo
    al servicio de los enfermos y huérfanos, pero luego desempeñaron otras
    tareas caritativas.

  3. De la múltiple actividad de Vicente de Paúl nacieron diversas
    asociaciones caritativas seculares. Con la colaboración de Louise Le Gras,
    Vicente de Paúl unificó a sus miembros. Todos ellos estaban dispuestos a
    prestar cualquier servicio en casas de familia, en hospitales, en la
    enseñanza, en las inclusas. De estas asociaciones surgió luego una
    congregación. La casa en que vivían sus miembros no debía ser el lugar de
    trabajo. Su organización tenía que mantenerse muy flexible, para poder —
    con la máxima movilidad— intervenir y ayudar dondequiera que hiciese
    falta. ¡El estilo decididamente moderno de las actuales enfermeras!

5. Además de todo esto, Vicente fue uno de los grandes conductores
de almas (señora de Gondhi, durante treinta años superiora general de las
salesas). También en esto su modo de actuar fue muy diferente del de
Francisco de Sales, de acuerdo con la sencillez de su teología y
espiritualidad. Su trabajo en este campo se ordenó en buena parte a
combatir el quietismo, que con su cultivo unilateral de la contemplación

amenazaba gravemente la vida de la Iglesia de Francia. El mismo san Vicente y las personas por él dirigidas representaron una magnífica reacción, nada unilateral, contra el peligro subyacente en el quietismo. El peligro era tanto mayor por cuanto la mística quietista florecía en los círculos de la nobleza media y alta, es decir, se aparejaba en estos círculos con una cultura en el fondo amoral (§ 99). Fácilmente podía ocurrir que, como en aquella cultura, también en la mística se separasen el conocimiento y la vida, esto es, que la mística se redujera a mero conocimiento y se convirtiera en misticismo, como fue el caso del padre del quietismo, Miguel de Molinos, corroborándose la teoría de que el alma completamente pasiva, al no poder pecar, tampoco necesita resistir las tentaciones.

6. También otros grupos intentaron, precisamente en los sectores más sencillos y oprimidos de la población, una revitalización del espíritu cristiano y una reactivación religioso-eclesiástica de los laicos. Pero las dificultades que obstaculizaban la realización de estos objetivos eran enormes. Bien lo experimentó, por ejemplo, la «Compagnie du Saint Sacrement», fundada en París en 1630. Sus fines eran la ayuda material a los obreros manuales, su instrucción y el apostolado de los laicos; pero la congregación fue disuelta en 1665.

IV. EL CLASICISMO FRANCES. NUEVAS CONGREGACIONES

1. Las dos grandes figuras que acabamos de tratar —Francisco de Sales y Vicente de Paúl— aparecen ante nosotros como representantes de un mundo de santidad. Aquí casi no podemos más que aludir a la multitud de movimientos, órdenes y personajes eclesiásticamente valiosos de este gran siglo francés. ¡Cuántos no tendríamos aún que citar y contemplar!: Fénelon, Bourdaloue, Massillon, Corneille, Racine7 y una serie de místicos y místicas, una verdadera «constelación de santos» (Brémond), así como una multitud de obras sobresalientes en el campo de la pastoral organizada, de la cura de almas individual, de la mística, de la elocuencia sagrada, de la defensa científica de la fe, del apostolado de los laicos, de la vida de oración. Y lo más importante desde el punto de vista histórico-eclesiástico: todos estos nombres son a la vez los mejores representantes de la cultura y literatura francesas.

Naturalmente, esto no quiere decir que todo el clasicismo literario francés del siglo XVII fuera una colección de santos. Boileau, Lafontaine y el gran Molière fueron también clásicos y en su obra hubo muchos elementos no bautizados. A pesar de todo, el inventario que acabamos de




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