J o s e p h L o r t z



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9. Urbano VIII (Barberini, 1623-1644) prosiguió la organización de la misión entre los paganos. Practicando un desmedido nepotismo, Urbano VIII hizo a su familia todopoderosa en los Estados de la Iglesia (en los que introdujo multitud de equipamientos inútiles). En su calidad de antiguo nuncio en París, este papa sostuvo unos puntos de vista de extraña influencia francesa sobre el carácter de la lucha entre los protestantes (Gustavo Adolfo) y los católicos de Alemania, con la intención de asegurar la independencia de los Estados de la Iglesia frente a los Habsburgo. El fue quien inauguró la lucha de la curia contra el jansenismo (§ 68). En 1633 las tesis de Galileo Galilei fueron declaradas temerarias y formalmente heréticas (hasta 1822 no estuvo expresamente permitido defenderlas). Urbano VIII encargó a Bernini la construcción del baldaquino sobre el altar de la Confesión en la Basílica de San Pedro.

10. Inocencio X (Pamfili, 1644-1655) quebrantó, ciertamente, el poder de los Barberini (cf. § 96,I), pero él mismo se vio fuertemente dominado por intereses familiares. Protestó contra las resoluciones de la Paz de Westfalia, que limitaban los derechos de la Iglesia, e intentó mantener una política de equilibrio entre España y Francia. Apoyó a Venecia y Polonia contra los turcos y, en cambio, no apoyó al emperador Fernando III (aunque esta falta de apoyo se explica también por su penuria financiera).

  1. Alejandro VII (Chigi, 1655-1667). Nepotismo discreto. En 1656
    confirmó la condena del jansenismo, declarando que la condena de las
    cinco proposiciones extraídas del «Augustinus» de Jansenio afectaba su
    «verdadero» sentido (§ 98). Este papa fue favorable a la acomodación en
    las misiones (los nativos podían ser ordenados sacerdotes con tal que de
    alguna manera entendiesen las fórmulas de los sacramentos). Bernini
    configuró la Plaza de San Pedro.

  2. Clemente IX (Rospiliosi, 1667-1669). Libre de todo nepotismo.
    Graves desavenencias a raíz de las pretensiones de Luis XIV de heredar los
    territorios limítrofes con España. Nueva inteligencia con Francia. Creciente
    amenaza de los turcos. Intentos de reconciliación en la disputa jansenista.




  1. Clemente X (Altieri, 1670-1676), elegido papa a los ochenta
    años. Nefasto incremento del nepotismo. Uno de los parientes fue quien
    gobernó la Iglesia. Apoyo del rey de Polonia, Sobieski, contra los turcos.

  2. Inocencio XI (Odescalchi, 1676-1689), papa profundamente
    piadoso e intachable. Ninguna concesión al nepotismo. Tuvo que resistir el
    principal embate de la disputa de las regalías (desde 1676) y del

galicanismo en lucha contra Luis XIV (§ 102): por parte francesa se interpretaba incorrectamente la regalía, extendiéndola a todas las diócesis y archidiócesis. En 1682 se celebró la «Asamblée générale du clergé de France», que aprobó los cuatro artículos galicanos de Bossuet.

Lucha del papa por la libertad de la Iglesia frente a las «libertades de la iglesia galicana». El papa logró la alianza entre el emperador Leopoldo y Juan Sobieski, con lo que hizo posible la salvación de Viena en 1683. Reforma fiscal de los Estados de la Iglesia. Condena de las proposiciones excesivamente laxas de los moralistas de la Compañía de Jesús. Condena de Miguel de Molinos en 1685 (§ 99, 2). Fue beatificado en 1956.



  1. Alejandro VIII (Ottoboni, 1689-1691). Retorno del nepotismo.
    Mejora de las relaciones con Francia, pero sin solventar el problema de las
    regalías.

  2. Inocencio XII (Pignatelli, 1691-1700). Prohibición expresa (y
    eficaz) del nepotismo en 1692. Reducción de la venta de cargos en los
    Estados de la Iglesia. Avenencia en la disputa con Francia. Luis XIV
    suprimió la obligación de aceptar los cuatro puntos. En el problema de la
    sucesión de España, el pontífice se decidió finalmente a favor de las
    pretensiones francesas contra los Habsburgo. Condena del quietismo (S
    99).

II. EL IMPERIO Y LAS POTENCIAS POLITICAS

La existencia de un movimiento de Contrarreforma desde mediados del siglo XVI no significó en modo alguno que la Reforma dejara de hacer notables progresos. Aparte del crecimiento de la Reforma en Francia y Polonia, revistió especial importancia el progreso del protestantismo en el sudeste del Imperio (Austria, Bohemia, Silesia). Con esto tuvo relación el desencadenamiento de la Guerra de los Treinta Años, que llegó a convertirse en un gran problema para toda Europa y en una catástrofe para Alemania. En esta conflagración la curia estuvo muy lejos de adoptar una postura inequívocamente favorable a las fuerzas católicas de Alemania.

1. El emperador Matías (1612-1619) se esforzó siempre por adoptar
un papel mediador en la lucha eclesiástica, pero apoyó la Contrareforma.
Su principal consejero fue el cardenal Klesl. En 1618 se sublevaron los
estamentos protestantes de Bohemia por supuesta vulneración de una
cédula de libertad concedida por el hermano y predecesor de Matías,
Rodolfo II, que contenía ventajas para ellos.

2. Fernando II (1619-1637), de Estiria, fue odiado por los
protestantes por la violenta re-catolización de su país. Y no fue reconocido
en Bohemia.

a) Los intentos de reprimir violentamente el protestantismo en Austria y Bohemia condujeron a la Guerra de los Treinta Años. Es verdad

que esta manera de proceder acusó en algunos aspectos una enorme falta de visión y una actitud nada cristiana (egoísta). Pero también hemos de tener en cuenta que, según el derecho vigente en el imperio, estos intentos fueron del todo correctos y estuvieron motivados por una seria intención religiosa. Pero de todos modos padecieron la tragedia general de la Reforma, que por lógica interna había llegado a convertirse en una revolución política y social en la que las cuestiones de conciencia y de patrimonio andaban inseparablemente mezcladas.

b) Desarrollo de los acontecimientos: clausura y posterior demolición de las iglesias protestantes de Bohemia; rebelión de Praga en 1618 y defenestración. Elección del príncipe calvinista del Palatinado, Federico V («Winterkönig»); anexión de los territorios limítrofes de Bohemia. Resultado: la Guerra de los Treinta Años, con sus cuatro períodos.

  1. Primer período: Guerra de Bohemia y el Palatinado. La situación
    del emperador se tornó desesperada. Le salvó la ayuda de España, de la
    Liga católica y de la Sajonia luterana («¡antes papista que calvinista!»).
    Victoria de Monte Blanco en 1620. Represión del protestantismo de
    Bohemia (juicios sangrientos en Praga), en los territorios limítrofes y en el
    Palatinado.

  2. Segundo período: Los daneses tomaron el mando de los ejércitos
    protestantes: victorias de Tilly y Wallenstein. La insensatez del Edicto de
    Restitución (1629)2 trajo consigo un cambio de situación y el triunfo de los
    protestantes; también sembró la desconfianza en Suecia y Francia e
    interrumpió la evolución favorable a los católicos; una de las grandes
    ocasiones perdidas de sacar provecho empleando la moderación.

Por el Edicto de Restitución fueron restituidas por la fuerza, en un año y medio, siete diócesis, dos abadías directamente dependientes del imperio y una gran cantidad de parroquias, iglesias y monasterios.

Por otra parte, la ceguera de la liga católica tuvo consecuencias igualmente funestas. También por presiones de Richelieu, la liga obligó al emperador a despedir a Wallenstein y su ejército, precisamente cuando Gustavo Adolfo llegaba a Usedom (véase tercer período). Wallenstein, llamado nuevamente, no consiguió un triunfo definitivo. Batalla no decisiva en Lützen (1632). Victoria del emperador en 1634. Pero en 1635 se firmó la paz separada de Praga: suspensión del Edicto de Restitución.

3) Tercer período: Comenzó con la intervención de Gustavo Adolfo
en 1630. La guerra se extendió por toda Europa.

El acuerdo alcanzado entre el emperador y los príncipes alemanes tras la muerte de Wallenstein supuso la renuncia práctica a la recatolización

2 Este edicto preveía la recatolización de todos los territorios que desde el Tratado de Passau (1552), y en contra de sus resoluciones, se habían hecho católicos (por ejemplo, la diócesis y ciudad de Magdeburgo).

de Alemania3. La muerte de Gustavo Adolfo y el mencionado acuerdo pusieron término a este período de la guerra y a su carácter originariamente religioso.

  1. Cuarto período: De 1635 a 1648. Este período, el más terrible de
    los cuatro, tuvo un carácter puramente político, si bien su iniciación se
    debió también a la tensa relación de las confesiones en el Imperio. Esta vez
    Francia intervino abiertamente. La guerra acarreó la total devastación del
    territorio alemán y condujo a la ruina moral, eclesiástica, religiosa y
    económica del Imperio.

  2. Por fin, la «Paz de Westfalia», garantizada por Francia y Suecia
    (para la historia de la Iglesia fueron decisivos los acuerdos de Osnabrück),
    determinó la vuelta a la situación eclesiástica de 1618, con la excepción del
    alto Palatinado, que con su dignidad electoral quedó anexionado a Baviera.
    Para el Palatinado renano se creó una octava jurisdicción. Brandenburgo y
    Mecklemburgo fueron indemnizados por sus pérdidas ante Suecia con
    territorios eclesiásticos. Los obispos de Metz, Toul y Verdún quedaron en
    poder de Francia. La Paz de Augsburgo de 1555 se aplicó también a los
    calvinistas.

Siguió vigente (con algunas reservas) el ius reformationis. En las dietas imperiales los asuntos religiosos debían ser tratados por libre negociación (no por votación) entre el corpus catholicum y el corpus evangelicum.

Presupuesto evidente de la Paz de Wesfalia fue la validez exclusiva de la confesión cristiana. En modo alguno se proclamó una tolerancia general, ni eclesiástica ni religiosa.

3. En 1683, gran número de príncipes cristianos acudió a salvar a Viena, sitiada por los turcos. En 1684, con la cooperación del papa Inocencio XI, surgió la «Santa Liga» para luchar contra la Media Luna. En 1697 comenzó la liberación de Hungría y de Transilvania por obra del príncipe Eugenio. El avance hacia el Este continuó y los alemanes se asentaron en estos territorios.

III. LOS RESTANTES ESTADOS EUROPEOS

1. Francia: Luis XIII (1610-1643), sometido primero a la tutela de su madre, María de Médici, y luego a la influencia de su primer ministro, el cardenal Richelieu. Robustecimiento del absolutismo. Guerras victoriosas contra España y contra el Imperio. Fundación de la Academia Francesa. El filósofo católico Descartes (1596-1640), padre de la filosofía «moderna» y precursor de la Ilustración. Luis XIV (1643-1715), primero bajo la tutela de

3 Richelieu había asignado al canciller Oxenstjerna las diócesis de Maguncia y Worms, a favor de Suecia, y además prometido que permitiría, por ejemplo, que territorios de Bohemia, católicos en su totalidad, quedasen bajo dominio protestante.

su madre, Ana de Austria; su primer ministro, el cardenal Mazarino. Fue reprimido el último levantamiento de la nobleza contra el poder del rey (La Fronda) y quebrada la resistencia del parlamento. A raíz del casamiento de Luis XIV con María Teresa de España y de la boda de su hermano con Isabel Carlota del Palatínado, Francia reivindicó derechos hereditarios sobre estos territorios, lo que condujo a las múltiples guerras que llenaron todo el reinado del Rey Sol.



En el ámbito eclesiástico: 1) Punto culminante del galicanismo (1682; § 100). 2) Supresión del Edicto de Nantes de 1685: Quedó prohibido el ejercicio de la religión reformada; se ordenó la destrucción de las iglesias calvinistas, la clausura de sus escuelas y el bautismo católico de todos los niños. Expulsión de todos los predicadores evangelistas. Prohibida la emigración de laicos; sin embargo, grandes masas de réfugiés huyeron a Alemania, Holanda e Inglaterra. 3) El jansenismo. 4) El quietismo. 5) La mística (§ 99).

  1. España: Bajo el reinado de Felipe IV (1621-1665) continuó la
    decadencia política y político-eclesiástica. La falta de sucesión de su hijo,
    Carlos II el Hechizado (1655-1700) dio píe a que el problema sucesorio de
    España se convirtiera en el problema político fundamental del incipiente
    siglo XVIII.

  2. Inglaterra: A la muerte de Isabel subió al trono Jacobo I (1663-
    1725), hijo de María Estuardo. Dificultades con los puritanos. Las luchas
    internas, provocadas por los conflictos religiosos, impidieron a Inglaterra
    su participación en la Guerra de los Treinta Años.

Bajo el remado de Carlos I (1625-1649) se agudizaron las luchas con los puritanos; creciente emigración de éstos hacia las colonias del norte de América. En 1640 tuvo lugar la sublevación de Escocia, donde Carlos pretendía instaurar la alta Iglesia de Inglaterra. Tras una pausa de once años, volvió a convocar el parlamento, con objeto de financiar la guerra contra Escocia. En 1642 comenzó la guerra civil inglesa; el caudillo de los puritanos era Oliverio Cromwell. El rey fue derrotado y huyó a Escocia, donde fue detenido y entregado a Cromwell; acabó decapitado en 1649. Gobierno de Cromwell en calidad de Lord Protector. Ulteriores levantamientos de los católicos irlandeses —Irlanda continuó siendo católica— fueron reprimidos de manera sangrienta. El poderío naval inglés fue consolidándose. Cromwell gobernó con tolerancia creciente respecto a todas las confesiones protestantes. A su muerte, el parlamento determinó la restauración monárquica en la persona de Carlos II (1660-1685). Este monarca, que durante su residencia en Francia se había mostrado favorable a los católicos, intentó al menos reimplantar la validez exclusiva de la alta Iglesia; nueva corriente migratoria hacia las colonias. Su sucesor fue su hermano Jacobo II (1665-1688), católico, que fue reconocido en un primer momento. En 1688 estalló la «revolución gloriosa», gracias a la cual

subieron al trono María, protestante, hija de Jacobo, y su esposo, Guillermo III de Orange (1688-1702). Se concedió libertad religiosa a todas las sectas protestantes, pero quedaron excluidos de todos los cargos públicos quienes no reconociesen al rey como cabeza de la Iglesia (esta exclusión no se suprimió hasta 1829).

  1. Holanda: La Paz de Westfalia reconoció la independencia de los
    Estados Generales. Muy pronto hubo tolerancia para todas las confesiones
    protestantes y, con ciertas limitaciones, también para los católicos y los
    judíos.

  2. Suecia: Desde 1523 se registraron intentos de formar una Iglesia
    nacional protestante. Una vez conseguida la independencia nacional bajo el
    reinado de la casa de Wasa (cf. § 83), llegó a ser gran potencia con Gustavo
    Adolfo (1611-1632). Durante la minoría de edad de Cristina gobernó como
    regente el canciller Oxenstjerna (1632-1654). Cristina abdicó en favor de
    su primo Carlos Gustavo (1654-1660) y se hizo católica. Con Carlos XI
    (1660-1697) se impuso en Suecia el absolutismo. La Iglesia nacional fue
    luterana, pero se conserva la constitución episcopal.

  3. Rusia: En el siglo XVI fueron conquistados los últimos territorios
    tártaros, Kazán y Astracán, y se inició en ellos el trabajo misionero. Giro
    hacia el Occidente. La mediación del papa (intervino como negociador el
    jesuita Antonio Possevino4, f 1611) consiguió que Rusia y Polonia
    firmaran un tratado de paz durante el reinado de Iván el Terrible (1533-
    1584). Durante el reinado del zar Fedor (1584-1588, quien propiamente
    gobernó fue su cuñado y sucesor Boris Godunow) tuvo lugar la erección de
    un patriarcado propio en Moscú. El caos existente en el trono facilitó el
    acceso al poder de la dinastía Romanov. Se robustecieron las relaciones
    con Occidente. El zar Michael (1645-1676) llevó adelante una reforma
    eclesiástica (división de la Iglesia «Raskol»); en 1686 Moscú se sumó a la
    «Santa Liga» en lucha contra los turcos. Pedro el Grande (1689-1725)
    llevó a cabo la unión de Rusia con el Occidente, en parte lesionando
    violentamente los usos eclesiásticos (para la evolución eclesiástica de
    Rusia, véase § 122, II).

§ 96. LAS IGLESIAS NACIONALES I. EN ESPAÑA Y FRANCIA

4 Este jesuita desempeñó un importante papel como diplomático al servicio de la unidad de la cristiandad y como polifacético escritor teológico. En 1577 y 1578 fue enviado a Suecia como legado pontificio (conversión del rey Juan III, aunque el país siguió siendo protestante). También fracasó su mediación con vistas a la unión de los rusos. (Sobre la unión de los rutenos, Sínodo de Brest en 1596, cf. § 123).

1. Las Iglesias nacionales anteriores a la Reforma (§ 78) habían
contribuido a relajar también los vínculos eclesiásticos que unían a la
Europa cristiana, sobre la que los papas podían ejercer un dominio
universal, y con ello favorecido la formación de particularismos. Hemos
visto cómo después estas mismas Iglesias católicas nacionales o territo­
riales intervinieron en toda la lucha de los papas contra la innovación
protestante y en fases importantes de la lucha por la implantación de la
reforma católica. Por una parte, estas Iglesias fueron imprescindibles para
el papado; por otra, coartaron de muchas maneras su libertad de
movimientos. Esto se debió también, es cierto, al pernicioso lastre que
gravitaba sobre los intereses religiosos y eclesiásticos por causa de las
pretensiones e intenciones de los papas, señores de los Estados de la
Iglesia. El robustecimiento general del nacionalismo a lo largo del siglo
XVI agudizó notablemente los viejos problemas. Desde finales del siglo
XVI y durante el siglo XVII, esta confrontación fue creciendo hasta
convertirse en una auténtica prueba de fuerza. Los Estados llegaron a
intervenir gravemente en la esfera eclesiástica.

Al enjuiciar estas intervenciones debemos tener también muy en cuenta el ejemplo tentador de los protestantes con su actitud de negativa a la obediencia. Pero el motivo principal fue aún más profundo. El apetito nacional creció en la misma medida en que la concepción del Estado propendió a la autonomía y sus soberanos aspiraron al absolutismo. Como resultado hubo un incremento importante —enorme en algunas cortes concretas— del poder de decisión de los soberanos sobre todos los ámbitos de la vida y, lógicamente, aumentaron también sus posibilidades (como si fuese la cosa más natural del mundo) de intervenir en la esfera eclesiástica.

  1. Todo esto se hizo realidad por vez primera en el cesaropapismo de
    Felipe II, rey de España (1556-1598), que, por su parte, tuvo una profunda
    fe personal. Pero él fue, por ejemplo, quien añadió una cláusula de
    reserva a los decretos del Concilio de Trento. En los cónclaves que se
    celebraron tras la muerte de Sixto V hizo que sus embajadores
    interpusieran su veto, incluso presentaran unas listas de los únicos cinco o
    siete cardenales que eran para él aceptables. El ejemplo de Felipe II, que de



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