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misión no ha dejado de luchar con ellas.




  1. La cultura cristiana fue llevada a los paganos de la mano de los
    conquistadores europeos. Con frecuencia el cristianismo les fue impuesto
    por la fuerza. La falta de sinceridad interna de la misión llegó a ser
    insoportable, pues los nativos se tornaban más inaccesibles y las
    deficiencias de su conversión se hacían mayores, en cuanto los conquis­
    tadores «cristianos» se volvían a un tiempo sus explotadores, opresores y
    exterminadores y, además, llevaban una vida inmoral. En su obra
    colonizadora fuera de Europa, la cultura cristiana ha cometido múltiples
    faltas (§ 119).

  2. Para ganarse a los atenienses, san Pablo se había acomodado a su
    mentalidad y lenguaje. De la misma manera, Gregorio I y los misioneros de
    la primera Edad Media también se habían acomodado en lo posible a la
    mentalidad germánica. Pero en la alta y baja Edad Media, en todo el
    Occidente, con harta frecuencia se había confundido la forma histórica de

la predicación con el contenido inmutable de la misma. Durante toda la Edad Media fueron raras las figuras como Raimundo Lulio, resueltamente dispuesto al acercamiento espiritual (§ 72).

Ahora, a principios de la Edad Moderna, el cristianismo tenía tras de sí un largo camino en el que había ido logrando una complicada elaboración de su doctrina y constitución. Su conciencia y su carácter estaban impregnados por completo de la cultura y el espíritu de Occidente. Este cristianismo occidental chocó con los hombres del Lejano Oriente, de muy distinta índole espiritual y religiosa, que por su antiquísima cultura y religión poseían desde tiempos inmemoriales una elevada sabiduría. En el intento de llevar la verdad cristiana a estas culturas tan alejadas, los misioneros, y en primer lugar los jesuitas, puede decirse que ensayaron todas las posibilidades de acercamiento, amoldándose hasta el máximo a su manera de pensar, expresar y vivir.

Pero a pesar de las innumerables vidas humanas dedicadas genero­samente al servicio de la misión, llegando incluso hasta el martirio (todo ello a lo largo de cuatro siglos), y a pesar de algunos éxitos brillantes, aún sigue hoy en pie, pendiente de solución, la gigantesca tarea entonces apuntada: en ella se encierra el problema fundamental del futuro, tanto para la Iglesia como para el mundo (el problema Oriente y Occidente). En el Lejano Oriente el cristianismo consiguió echar algunas raíces. Pero, vistas las cosas en conjunto, la semilla de la palabra divina no llegó a arraigar en la nueva tierra tan profundamente que fuera capaz de desplegar todas sus posibilidades creadoras en el auténtico sentido de la palabra, siguiendo las leyes del desarrollo espiritual (§ 5).

Se trata de un problema fundamental en la historia de la Iglesia: el problema de la moderada acomodación.



c) Los jesuitas intentaron resolver este problema especialmente en la India y la China.

El jesuita Mateo Ricci (1552-1610) fue el gran pionero, el primero que adoptó una actitud abierta y tolerante hacia los chinos conversos. Es importante tener en cuenta que el padre Ricci hizo sus estudios pri­meramente en Goa y desde 1601 permanentemente en Pekín. Con el fin de poder actuar con eficacia, y considerando del mismo rango la ciencia china y la ciencia europea, intentó científicamente conseguir el mayor acercamiento y la mayor acomodación posible en lo humano y en lo religioso al mundo chino. Su horizonte religioso era extraordinariamente amplio. Ricci comprendió que el culto de los chinos a los antepasados, e incluso las ofrendas a Confucio, podían separarse perfectamente de su significación politeísta originaria y orientarse al culto del Dios único y verdadero. E intentó también demostrarlo, adoptando las denominaciones chinas de la divinidad para designar al Dios cristiano.

Tras la muerte de Ricci, su herencia quedó al principio a salvo y aun se mantuvo firme en contra de las directrices de la Compañía. En el año 1606, el general de la Compañía ya había prohibido la ordenación sacerdotal de los chinos. Esta determinación se remitía a informes y experiencias negativas que antes se habían hecho en el Japón. Pero a su vez se oponía diametralmente a las recomendaciones de los primeros misioneros jesuitas, quienes ya en 1580 se habían pronunciado decididamente a favor de la formación de un clero nativo. Es cierto, en efecto, que las experiencias realizadas en el Japón con algunos sacerdotes nativos habían sido negativas, por causa sobre todo de la deficiente selección y formación de los candidatos y también por las dificultades que entrañaba el celibato.



Pero en 1613 el sucesor de Ricci en China intercedió ante la Santa Sede en favor de esta cuestión. En primer lugar, los sacerdotes en China debían mantener cubierta la cabeza durante la santa misa (pues precisamente lo contrario se consideraba en China como falta de respeto). En segundo lugar, debía permitirse la ordenación de sacerdotes chinos, disponiendo que pudieran recitar la misa y el breviario en lengua china («chino literario»). Esta ofensiva tuvo enorme éxito. Por intercesión de Belarmino, sobre todo, y gracias al apoyo del mismo papa Paulo V, fue levantada la prohibición del general de la Compañía sobre la ordenación sacerdotal de los chinos. Al mismo tiempo (1615) se autorizó a los sacerdotes chinos a decir misa y a rezar el breviario en su propia lengua15.

d) Por desgracia, el privilegio concedido no pudo llevarse a la
práctica. Cuando de él se tuvo noticia en China se había levantado ya una
persecución contra los cristianos. Además, hubo que esperar todavía
sesenta años a que concluyera la necesaria traducción de los textos
sagrados al chino.

Entre tanto, la disposición de las fuerzas misioneras se había modi­ficado desfavorablemente por la rivalidad existente entre dominicos, franciscanos, lazaristas y sacerdotes del seminario de misiones de París. En las discusiones siguientes, la acomodación de los jesuitas fue objeto de frecuentes condenas. Hacia finales del siglo, en 1671, los jesuitas de China pretendieron obtener la renovación del privilegio. Pero recibieron una contestación negativa nada menos que cinco veces (la última en 1726). La desautorización definitiva fue obra de Benedicto XIV en 1742.



e) También entonces fueron definitivamente prohibidos los «ritos
malabares». Este intento de acomodación tuvo su centro en la misión de
Madaura (al sudsudoeste de la India). La difusión del cristianismo en la
India sufrió gravemente bajo la acusación de ser una «religión de los

15 En contra de las afirmaciones de numerosos historiadores, parece ser que el Breve en cuestión fue efectivamente redactado y enviado a China (George H. Dunne).

parias». Por eso los brahmanes no quisieron saber nada de ella. El jesuita italiano Roberto de Nobili (1577-1656) se introdujo en el mundo de las castas, adoptando su traje y modo de vida, e intentó suprimir en la predicación cristiana todo lo que en cuanto a culto y terminología pudiera resultar chocante para las clases superiores de los brahmanes.

De Nobili tuvo un talento extraordinario para los idiomas. Aprendió toda una serie de lenguas habladas en la India y en ellas compuso gran cantidad de obras de religión y teología destinadas a la instrucción de los conversos.

Los reparos de otros jesuitas y de los capuchinos contra los métodos de De Nobili, manifestados primero ante el arzobispo de Goa y después en Roma, fueron zanjados en 1623 con una Bula, que daba la razón a De Nobili (cf. también la decisión de Alejandro VII: § 95).

Más tarde intentó De Nobili lograr también el acceso a los parias utilizando métodos parecidos. Incluso hizo la propuesta de instituir misioneros propios para los parias y para los brahmanes.

A comienzos del siglo XVIII la oposición a los «ritos malabares» fue haciéndose cada vez más fuerte en los círculos misioneros y políticos. En 1704 Roma desautorizó dieciséis de aquellos ritos. A pesar de la enérgica defensa literaria de los jesuitas, Benedicto XIV los desautorizó definitivamente en la ya mencionada condena de 1742. Esta decisión fue un paso funesto. Los misioneros cayeron en una situación de confusión interna y, coincidiendo con la decadencia de la soberanía colonial portuguesa (católica), los protestantes holandeses e ingleses penetraron en territorios que habían pertenecido hasta entonces a las misiones católicas. La disolución de la Compañía consumó la liquidación total. Resultado: un catastrófico retroceso de las misiones a lo largo del siglo XVIII.

f) Otro obstáculo de primer orden para el arraigo de la buena nueva —hay que insistir en ello una y otra vez— fue el deficiente comportamiento religioso y moral de los europeos inmigrantes y residentes en ultramar. Los cristianos europeos fueron muchas veces el enemigo más peligroso del mensaje de Cristo. Ya Francisco Javier tuvo que intentar el retorno a la vida cristiana de los europeos residentes en la India antes de pasar a misionar directamente entre los paganos. Sólo después se podía lograr que los indígenas bautizados, pero internamente alejados todavía del cristianismo, llegaran a ser auténticos cristianos.

6. A pesar de todas estas dificultades y retrocesos, nunca cesaron de partir nuevos misioneros, deseosos de profundizar la cristianización y convertir nuevos territorios.



Ya en el siglo XVII se creó un organismo central para las misiones. La fundación de la Congregación pontificia para la Propagación de la Fe, por la obra de Gregorio XV (1622), tuvo gran importancia (competencia de

esta Congregación eran también los territorios europeos que habían caído en el protestantismo)16.

Tal organización nos permite constatar la conciencia que la Iglesia tiene del alcance universal de sus deberes misioneros. Esta conciencia no se nutre de los éxitos, sino del mandato divino; él es el que asegura a la Iglesia el triunfo final, aunque sólo en la parusía. Hasta entonces el mandato misionero debe ser cumplido sencillamente como un servicio. Y hasta entonces la tarea misionera debe someterse, como es lógico, a la ley cristiana fundamental a que tantas veces nos remite la historia de la Iglesia: es necesario que el grano de trigo muera (Jn 12,24). El proceso efectivo y concreto de la historia de las misiones nos demuestra que, en resumidas cuentas, la labor fundamental de la predicación en Ultramar siempre ha estado dirigida por este espíritu de obediencia a la fe. Hemos visto que el movimiento misionero de América, como también poco después el de Extremo Oriente, acusan graves deficiencias. En el Oriente —esto es, entre culturas antiquísimas— la misión produjo pocos frutos duraderos. En América, el cristianismo, impuesto muchas veces por la fuerza, no pasó de ser a veces un fino barniz de cobertura del antiguo paganismo. A pesar de todo ello, el trabajo realizado y las metas conseguidas brindan material suficiente para entonar un himno de alabanza a la fe cristiana y a la fuerza creadora de la Iglesia. En la historia de las misiones puede muy bien estudiarse la plenitud vital del evangelio y su fuerza renovadora. (La muy distinta situación de las misiones en el siglo XIX y XX será objeto de nuestro estudio en el § 119).

16 Con la fundación de un Seminario de Misiones en Roma bajo el pontificado de Urbano VIII en 1627 y la ya mencionada del Seminario de Misiones de París en 1663, debía quedar asegurado el necesario fomento de vocaciones y una cierta unidad metódica en la labor misionera.

Periodo tercero

EL SIGLO DE LA IGLESIA GALICANA. APOGEO Y

DECADENCIA

§ 95. VISION GENERAL I. EL PAPADO

1. Para una historia de la Iglesia atenta a los planteamientos
teológicos es de suma importancia tener presente el marco político y
político-eclesiástico del siglo XVII. Entre las fuerzas efectivas en este
ámbito y el «siglo de los santos» (de Francia) hubo indudablemente
importantes relaciones positivas. Pero aún más importantes fueron los
obstáculos y tensiones. Estos tuvieron su origen, en buena parte, en la
misma Francia; pero también, por otra parte, en el complicado y
contradictorio entramado político creado a propósito de la Guerra de los
Treinta Años y de la Guerra de Sucesión de España (1701-1714). El
conocimiento de este marco y trasfondo político real es absolutamente
necesario para determinar tanto el valor como los límites de ese
renacimiento de santidad.


  1. Muchos de los pontificados que siguieron a la muerte de Sixto V
    (1590) estuvieron condicionados desde el punto de vista político-
    eclesiástico por el antagonismo España-Francia. Este antagonismo
    repercutió especialmente en la influencia ejercida en la provisión del
    colegio cardenalicio y, consiguientemente, en el desarrollo de los
    cónclaves. El problema de las iglesias nacionales de Francia y España se
    convirtió en el más grave dentro de la Iglesia.

  2. Al fin de la enorme y esforzada batalla contrarreformista, es decir,
    aproximadamente a mediados del siglo XVII, se echó de ver un cierto
    relajamiento de las energías de la curia. Cronológicamente, este hecho
    coincidió con el impetuoso florecimiento de la cultura barroca al norte de
    los Alpes, una vez terminada la Guerra de los Treinta Años. A finales del
    siglo XVI (Clemente VIII, 1592-1605) volvió a imponerse el nepotismo
    (aunque las más de las veces no por motivos políticos); y no pudo ser
    eliminado de manera definitiva y expresa hasta finales del siglo XVII
    (Inocencio XII, 1691-1700). En el siglo siguiente, la autoridad y el
    prestigio del papado volvieron a declinar, llegando a alcanzar su punto más
    bajo.

4. Al comienzo de esta época tuvo lugar (en 1590) la famosa
falsificación de las llamadas «profecías de san Malaquías». Se trata de 111

lemas que habrán de caracterizar a los papas desde mediados del siglo XII hasta el fin del mundo1. Las indicaciones son tan generales, que en ellas siempre se puede encontrar algo que guarde relación con la realidad, aunque lógicamente no concuerde plenamente con ella.



  1. La doctrina de los reformadores y la consiguiente polémica en
    torno a ella había dado pie para que los problemas de la relación entre la
    gracia y el libre albedrío calasen en la conciencia de Occidente, pasando a
    ser objeto del interés general, tanto teológico como religioso. Como el
    Concilio de Trento no había llegado a solventar estas cuestiones ni resolver
    siquiera su problemática interna, se originaron después multitud de
    discusiones intraeclesiales, que vinieron a ser la característica esencial de la
    vida de la Iglesia durante el siglo XVII. Los papas tomaron al respecto
    decisiones importantes.

  2. A lo largo de estos decenios podemos advertir una y otra vez cuán
    profundamente había arraigado la disolución en la Iglesia y cuán lento
    debía resultar el proceso de recuperación. Reiteradamente, el espíritu
    fastuoso del Renacimiento, el nepotismo y las implicaciones políticas
    contrarrestaron aquella ruptura, que habría hecho de la curia un ejemplo de
    vida religiosa. Incluso el mismo Clemente VIII (Aldobrandini, 1592-1605)
    fue buena prueba de lo que decimos, dada su deslumbradora actitud
    cortesana y su excesiva condescendencia con los parientes, por más que en
    cuanto papa llevase personalmente una vida piadosa y desde el punto de
    vista político-eclesiástico obtuviese grandes éxitos en pro de la paz de la
    Iglesia. La hegemonía eclesiástica de España llevó al papa Clemente VIII a
    inclinarse a favor de Francia. Con el reconocimiento y la absolución (1595)
    de Enrique IV (§ 83), convertido al catolicismo, asentó las bases de la
    consolidación interna de Francia, lo que supuso, sin duda, una cierta
    independencia de la curia respecto de las dos grandes potencias católicas
    (sobre las cuales influyó después hasta hacerles firmar la paz), pero
    también la reordenación de la vida religiosa y eclesiástica en Francia (§
    96s). Clemente VIII fue, además, el editor de la Vulgata Sixtina corregida
    (1592).

La polémica dentro del catolicismo sobre el papel de los dones de la gracia en relación con la naturaleza humana llegó entonces a ser tan inquietante para la paz de la Iglesia, que se creó una congregación dedicada expresamente a vigilar su evolución.

1 A Pío X le correspondió el lema de «ignis ardens», a Benedicto XV (la Primera Guerra Mundial) el de «religio depopulata», a Pío XI (encíclica contra el nacionalsocialismo) el de «fides intrepida», a Pío XII el de «pastor bonus», a Juan XXIII el de «pastor et nauta», a Pablo VI el de «flos florum», a Juan Pablo I el de «medietate lunae», a Juan Pablo II el de «labore solis». Y ya sólo quedan dos papas.

También bajo el pontificado de Clemente VIII tuvo lugar en Roma, durante siete largos años, el proceso de la Inquisición contra el antiguo dominico Giordano Bruno, que concluyó con su muerte en la hoguera.



Giordano Bruno negaba los dogmas fundamentales de la doctrina cristiana (como la encarnación de Dios) y había propagado sus opiniones por toda Europa. Por ello, de acuerdo con las opiniones por desgracia vigentes entonces, no se puede dudar de la validez jurídico-formal de su condenación y ejecución. La significación histórica de este personaje no estriba en su trágico destino personal. La figura de este importante pensador demuestra más bien el grado de disolución espiritual que ya entonces, a fines del siglo XVI, amenazaba a la concepción aristotélico-medieval del mundo bajo la égida del neoplatonismo. Aquellos elementos ambiguos, que en la filosofía renacentista de Pico della Mirandola o Nicolás de Cusa todavía se integraban correctamente en la doctrina cristiana, manifestaron ahora, al ser desarrollados con autonomía, su enorme fuerza explosiva. Bruno desembocó en una concepción panteísta (no sólo «panteizante») del universo, en la que no quedaba sitio para un Dios personal. Al mismo tiempo, su doctrina sobre las posibilidades del conocimiento humano fue de marcado carácter agnóstico.

  1. Paulo V (Borghese, 1605-1621), canonista como su antecesor,
    rindió tributo de forma un tanto anacrónica a las pretensiones y delirios de
    grandeza de los papas medievales. Especial importancia tuvo su conflicto
    con la Iglesia nacional de Venecia (cuyo consejero era el polifacético
    servita —aunque apenas católico— Paolo Sarpi). A raíz de este conflicto se
    promulgó la última (e ineficaz) declaración de entredicho sobre todo un
    país. Paulo V pecó también de acusado nepotismo. Por su reconocimiento
    de los capuchinos como orden independiente, Paulo V contribuyó
    grandemente al auge de la orden (§ 98).


  2. Bajo el pontificado de Gregorio XV (Ludovisi, 1621-1623), el
    nepotismo mostró sus mejores posibilidades. El papa favoreció excesi­
    vamente a sus sobrinos, incluso en el aspecto material. Pero éstos, como
    representantes del papa en la función de gobierno, dieron buenas muestras
    de capacidad.

Gregorio XV, llevando a buen término los intentos de Gregorio XIII y Clemente VIII, instituyó la influyente e importantísima Congregatio de Propaganda fidei: de hecho, el papa se constituyó el único obispo ordinario de todas las iglesias de misión. La concentración de todas las fuerzas misioneras bajo una sola dirección abrió enormes posibilidades. Pero, naturalmente, aumentó también el peligro de que la organización central tuviera menos en cuenta las peculiaridades de cada uno de los extensos ámbitos culturales y la autonomía eclesiástica de cada uno de los obispos misioneros.

Durante la etapa correspondiente a la Guerra de los Treinta Años, la curia brindó a las potencias católicas (por ejemplo, a Baviera contra el Palatinado) un fuerte apoyo financiero y político. Tras la conquista de Heidelberg, Maximiliano de Baviera envió al Vaticano la Biblioteca Palatina (incluido el manuscrito «Manésico») como señal de recono­cimiento.




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