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9 Un cierto paralelismo presentan las expulsiones efectuadas por Calvino en Ginebra (§ 83).

valdenses de los valles del Piamonte, el número de los emigrados protestantes bien pudo alcanzar la cifra de quinientos a seiscientos mil. La emigración de los protestantes de Francia no cesó hasta mediados del siglo XVIII.

b) El segundo caso fue la expulsión de los protestantes de Salzburgo por el arzobispo residente Firmiano en el invierno de 1731-1732, es decir, en una época en que la incipiente «Ilustración» debería haber hecho inconcebible semejante procedimiento. Se trató de un número aproximado de 22.000 súbditos, en su mayoría campesinos, que rehusaron (de ahí el nombre de «recusantes») a reconocer los artículos de la fe católica. Como la católica Baviera les prohibió el paso por el camino más corto, los emigrados salzburgueses hubieron de recorrer toda Alemania. Parte de ellos llegó hasta América, parte se asentó en Holanda; aproximadamente la mitad encontró acogida en Federico Guillermo I, quien los estableció en la Prusia Oriental, principalmente en la región de Gumbinnen.

  1. En Alemania, la Contrarreforma se impuso por completo en el año
    1558, incluso en Baviera. A finales del siglo se introdujo en la Alta y Baja
    Austria; en 1583, en Colonia10, Würzburgo, Tréveris, Paderborn, Münster,
    Salzburgo y Bamberg. En el año 1609 se formó la Liga católica entre
    Maximiliano de Baviera y varios príncipes eclesiásticos (que jugó un papel
    importante durante la Guerra de los Treinta Años). Para comprender la
    labor pastoral y religiosa realizada y la transformación, más aún, la
    regeneración conseguida, debe uno fijarse en detalles particulares, como,
    por ejemplo, en los informes de los jesuitas, o en los destinos de los
    sacerdotes formados en el Germánico de Roma, o en los incansables
    trabajos de los grandes y pequeños sínodos. El cambio de rumbo se
    consiguió salvando graves dificultades.

  2. Resulta sumamente ingenuo afirmar que la calamitosa Guerra de
    los Treinta Años se desencadenó en Alemania por causa de la
    Contrarreforma. Esta guerra fue el fruto de la división de la fe, escisión que
    aniquiló de raíz el equilibrio de las fuerzas. Pero si se buscan las causas
    más inmediatas de esta guerra, entonces no hay que olvidar la campaña
    difamatoria de que fueron objeto los católicos a finales del siglo XVI por
    parte de los protestantes, incluso desde los púlpitos. Tampoco hay que
    olvidar la agudización de la polémica entre los católicos, sus puntos de
    vista sobre la licitud de la muerte del tirano; la atmósfera de Francia,
    envenenada por las discusiones político-confesionales; la complicada y
    amenazadora situación existente entre las mismas potencias católicas, y
    también —una vez más— las tensiones entre territorios católicos y
    protestantes. Para emitir un juicio objetivo hay que sopesar conjuntamente
    todos estos factores. Uno de ellos —y, desde luego, no el último en

10 En 1547 había apostatado el arzobispo y príncipe Hermann von Wied.

importancia— es la insensatez cometida por Wallenstein con el Edicto de Restitución de 1629, que echó por tierra la victoria ya probable del emperador y con ella la pacífica liquidación de las hostilidades confesionales.



CAPITULO CUARTO LA CORONACION DE LA OBRA

§ 92. EL SIGLO DE LOS SANTOS

La gloria mayor del siglo XVI dentro de la historia de la Iglesia católica, lo que dio lugar y consistencia a la transformación intra-eclesial más profunda, lo que constituyó la fuerza y el valor religioso del movimiento contrarreformista fue el simultáneo florecimiento de la santidad por todas partes. La importante función de esta santidad la hemos encontrado ya por doquier en diferentes contextos. Simplemente, su crecido número es ya impresionante. Pero si nuestra consideración pretende investigar la incidencia histórica de tales fuerzas y sus repercusiones, lo decisivo no es sólo el número, sino también su gran diversidad. Asistimos al triunfo de uno de los grandes ideales del Renacimiento (la dignitas del hombre encarnada en una personalidad vigorosa y original), pero ennoblecido por el cristianismo: san Ignacio, san Francisco Javier, san Francisco de Borja, san Pedro Canisio, san Luis Gonzaga, san Estanislao de Kostka, san Pío V, san Felipe Neri, san Carlos Borromeo, Giberti, el obispo Fisher, santo Tomás Moro, santa Teresa de Avila, san Juan de la Cruz, san Pedro de Alcántara, los mártires jesuitas en Inglaterra y en otras partes y así otros muchos: ¡todos ellos formando una magnífica cadena, y ninguno igual, a veces casi ni semejante, al otro! Y todos caracterizados por una soberana libertad, por una sorprendente, a veces hasta chocante originalidad: vida auténtica, sin patrones. ¡Y, sin embargo, todos en radical unión con el único Cristo y la única Iglesia!

Buen número de estas importantes figuras ya nos es conocido (§ 88; § 91). De Francisco Javier nos ocuparemos al tratar de las misiones del Extremo Oriente (§ 94). Aquí vamos a ocuparnos algo más detenidamente de santa Teresa de Jesús y de san Felipe Neri. Sin conocer la obra de estos dos grandes santos no se puede comprender en toda su extensión ni la historia de la Iglesia del siglo XVI ni la moderna piedad católica en general. La actividad de ambos influyó menos en el mundo de la alta política que en el ámbito espiritual y cultural. Ambos nos demuestran fehacientemente1 que hay fuerzas impulsoras de la historia radicadas preferentemente en el estrato de lo religioso, de lo santo. El genio y la personalidad de estos santos nos revela cuán honda fue su influencia indirecta, pero nada despreciable, en otros ámbitos de la actividad humana.

1 Como en otro tiempo y de otra manera san Bernardo de Claraval, § 50, IV.

I. SANTA TERESA DE JESUS



1. Nació en 1515 en Avila, ciudad fuertemente amurallada, en el
seno de una familia de rancio y noble abolengo castellano. Desde los
diecisiete años hasta su muerte sufrió una grave dolencia corporal. A los
dieciocho años ingresó en el convento de carmelitas de Avila, que no era
muy riguroso. Veintidós años después (1557) experimentó una
transformación radical en su aspiración a la perfección: pronunció el
sorprendente voto de hacer siempre lo más perfecto.

La obra de Teresa de Jesús consistió en: a) la devolución de la Orden carmelitana a su rigor primitivo2 de perfecta pobreza, pese a las fuertes resistencias del clero secular y regular y de algunos círculos laicos (en 1562 se abrió en Avila el primer convento reformado); b) en sus escritos místicos (todos ellos redactados por mandato de su padre espiritual). Teresa de Jesús murió el 4 de octubre de 15823.

2. También en los conventos españoles se experimentaba una visible
decadencia (cf. § 78). La historia de Teresa demuestra hasta qué punto de
arrebato había llegado la lucha entre conventuales y observantes. El
abandono de la ascética en los conventos, a consecuencia de las dispensas
pontificias (de Eugenio
IV y Pío II; ya no existía clausura o, en todo caso,
las excepciones eran frecuentísimas), era ya una actitud formalmente
justificada. El empuje del espíritu reformador cristiano (primero en los
conventos de mujeres y después en los de hombres) no encontró ninguna
acogida, como tampoco una oposición tranquila y razonada, sino una
salvaje resistencia, en la que se emplearon todos los medios de la intriga y
la calumnia, e incluso los malos tratos (por ejemplo, contra Juan de la Cruz,
congenial colaborador de Teresa [f 1591], proclamado doctor de la Iglesia
en 1926). Considerando las fechas en que nos encontramos (a mediados del
siglo
XVI), fácil es advertir nuevamente la radical e imperiosa necesidad de
llevar a cabo la reforma de la Iglesia. En esta lucha, santa Teresa demostró
poseer no sólo una extraordinaria energía creadora, sino también una
humildad heroica. A lo largo de cinco años soportó una tempestad desatada
con integridad extraordinaria, similar a la melancolía del sabio y que no se
puede separar de la única realidad importante:
Dios. En Teresa de Jesús se
puso de manifiesto la fuerza paradójica de la obediencia, pero una
obediencia que supo armonizar la humildad con la conciencia de sí misma
y de su misión: «Lo propio de los soldados corrientes es pedir cada día su
soldada (= la consolación); en cambio, nosotros queremos servir a Dios
libremente, por puro amor, lo mismo que sirven los grandes señores a su

2 La regla más antigua (1156), de carácter muy riguroso, había estado vigente en una
comunidad de ermitaños varones del Monte Carmelo (cf. § 57, II).

3 El día siguiente, con la introducción del calendario gregoriano, se computo como 15
de octubre. Por eso su fiesta se celebra ese día.

rey». Cuando en 1571 el Capítulo General (como resultado de una larga cadena de rebeldías de todo tipo) decidió suspender la reforma, Teresa de Jesús se sometió inmediatamente4. Pero esta dura prueba desató en ella nuevas y más poderosas fuerzas, que acabaron favoreciendo a la obra reformadora, cuando ésta obtuvo vía libre por intervención del rey (inspirada por la princesa de Eboli, por cierto nada ejemplar desde el punto de vista moral) y con ayuda del obispo de Avila.

Mas el éxito apostólico de Teresa no fue sino irradiación de una tarea previa de santificación propia, llevada a cabo en una vida de continua oración y penitencia5. Muchos de los conocimientos y reformas de esta monja, tan alejada del mundo, no se explican desde un punto de vista puramente racional. Simplemente, en el caso de Teresa también se cumplió eso de que la huida del mundo de una gran personalidad en busca de la santidad no es algo ajeno a la realidad, y mucho menos antisocial, sino decisivo para la configuración del mundo. En el programa de Teresa de Jesús figuró expresamente la oración de suplencia (especialmente por los defensores de la Iglesia contra la innovación).

3. Lo más característico de esta carmelita y lo más importante para la historia de la Iglesia fue su mística, la mística que ella logró inculcar a su orden. Teresa alcanzó la cumbre más alta de la oración contemplativa y llegó a ser maestra insuperable de este tipo de oración. «Puedo decir que la vida que ahora (1557) se inició para mí en la oración es la vida de Dios en mí».

  1. En esta vida no fueron las visiones (ni los hechos extraordinarios
    en general) lo más importante. Teresa misma consideró siempre las
    visiones como cosas secundarias; incluso sentía miedo de las experiencias
    extraordinarias y se resistía a ellas. Lo principal es el enérgico esfuerzo por
    cumplir la voluntad de Dios. La idea que retorna constantemente es la idea
    de la eternidad. La oración es el trato amoroso con Dios; pero también aquí
    tuvo ella que pasar catorce años de sequedad interior, que le impidió
    experimentar una verdadera contemplación. Con extraordinaria capacidad
    de autoobservación, fue registrando todos los estados y procesos por los
    que pasó («pues yo sé algo de esto por propia experiencia»).

  2. La mística es siempre, esencialmente, piedad personal. Pero en el
    caso de Teresa de Jesús no se da ningún tipo de individualismo unilateral.
    Es una mística primaria e incondicionalmente eclesial y, por eso mismo,
    alejada de todo espiritualismo. Incluso en su elevado teocentrismo («Su
    Majestad») está fuertemente ligada a la persona del mediador Jesucristo, el
    que nos introduce en el ser increado, de tal modo que no existe peligro

4 En claro contraste con esta actitud estuvo la reacción de Savonarola (§ 77), pero sólo
con reservas puede considerarse como antagónica de la de la Santa de Avila.

5 Pero la mortificación, en el sentido de dureza con el cuerpo, nunca fue el motivo
principal.

ninguno de panteísmo. Además, como en toda mística auténtica (§ 69), el arrobamiento en la divinidad se conjuga esencialmente con una intensa vida apostólica y caritativa.



La mejor prueba de todo esto la tenemos en la renovación de la Orden. La famosa estatua de Bernini en Santa Maria della Vittoria de Roma (1645-1652), que con harta frecuencia condiciona nuestra manera de imaginarnos a la Santa, reproduce tan sólo uno de sus aspectos, y esto de una forma en exceso artificiosa, un tanto dulzona y casi histérica, aunque artísticamente insuperable. En esta imagen se acentúan excesivamente la debilidad corporal y los rasgos tal vez neuróticos. En cambio, en la escultura no se echa de ver la grandiosa síntesis que es esencial en santa Teresa: no aparece ni su agudeza de entendimiento, ni su energía indomable, ni su conciencia de sí; todas estas cosas son un complemento esencial de su sentimiento y humildad. Aunque posteriormente la mística quietista se apoyó en la herencia de santa Teresa, esto fue mera consecuencia de una reducción unilateral. No sólo desarrolló Teresa una intensa actividad al servicio del prójimo, sino que practicó también, como cualquier simple cristiano, las formas más usuales de la oración vocal. Teresa no pensó jamás en prescindir de este tipo de oración como de algo imperfecto, como hizo el quietismo. No se limitó a esperar, como éste, la inspiración interna y la locución divina, sino que, para su oración contemplativa, utilizó la vida del Jesús histórico, el Jesús que predicó y padeció. Teresa poseyó, además, una exquisita naturalidad: con ella supo en ocasiones no sólo utilizar un sillón cómodo, si ello iba en provecho de su oración, sino también degustar con placer sabrosas frutas en acción de gracias a Dios.

4. Para conocer el influjo ejercido por santa Teresa en la historia de la Iglesia, es de gran interés subrayar la gran impresión que produjo en ella el avance de la innovación religiosa en Francia. No sólo de hecho, sino con plena conciencia de su papel, santa Teresa se convirtió en promotora de la reforma católica interna, con el fin de combatir de esa manera la reforma anticatólica. Al ser más tarde trasladada a Francia la reforma del Carmelo (Seminario de la Misión en París, en 1642), las ideas de la Santa se convirtieron en el más firme fundamento de la mística francesa del siglo XVII. Esta mística constituyó, por otra parte, la base de las grandes creaciones religiosas de esta época (§ 96).

5. Teresa fue fruto maduro de la más rancia aristocracia de la sangre y del espíritu, ahora otra vez lozana y floreciente. Su santidad no surgió de ningún tipo de choque con el patrimonio cultural de su país, sino que fue su expresión madura. La mejor prueba se encuentra en sus escritos,



considerados como una joya clásica de la literatura española6. La santidad a menudo sobrehumana de esta «exaltada» mística fue a su vez expresión de una gran humanidad. Teresa poseyó también una irresistible amabilidad. Su piedad no fue en absoluto sombría. Por otra parte, en este conjunto armonioso y orgánico no faltó —además de lo ya apuntado anteriormente— esa amenaza interior que, como signo de autenticidad cristiana, suele acompañar a toda teología de la cruz o piedad de la cruz: nos referimos a esa dura tribulación interior que llega hasta la grave tentación de la duda. Pero el estilo caballeresco de Teresa, estilo desconocedor de mediocridades, fue capaz de resistir todo esto y salir victorioso.

II. SAN FELIPE NERI

1. Hemos visto ya que uno de los puntos de partida de la reforma católica interna en Italia fue el Oratorio del Amor Divino y la Orden que de él surgió, la Orden de los teatinos (§ 86). Afín al espíritu del Oratorio fue Felipe Neri, quien precisamente ganó sus primeros seguidores de los participantes en las prácticas piadosas de dicho Oratorio. Felipe Neri no sólo asistió a los comienzos de la innovación protestante. Su vida transcurrió de 1515 a 1595; conoció a 15 papas y bajo sus pontificados pudo experimentar la profunda transformación religiosa y eclesiástica de Europa y los dramáticos cambios efectuados muy cerca de él, en la curia. Felipe Neri tuvo una participación destacada en ese giro de la Iglesia, sobre todo la de Roma.

Su carácter y su obra fueron en parte el contrapunto de la Compañía de Jesús, cuyo fundador, san Ignacio, fue, sin embargo, gran amigo suyo. San Felipe Neri reveló una nueva faceta de la síntesis de este casi inagotable siglo XVI eclesiástico. Si bien es cierto que casi todos los esfuerzos del catolicismo de la Edad Moderna fueron realizados por la Compañía de Jesús o en colaboración con ella, hubo, sin embargo, un campo espiritual importante que constituyó la excepción: el gran campo de toda aquellas fuerzas que actuaban más por libre y personal iniciativa que en función de una organización establecida y por estricta obediencia a la misma. De este último tipo fue el estilo y el programa del papado y de la Compañía. El papel de estas dos instituciones fue, sin duda, el más importante. En medio de las caóticas tempestades de este siglo y de los siguientes (a raíz de las Iglesias nacionales y el separatismo espiritualista y subjetivista), la vida sólo podía ser salvada por medio de una forma rígida y



6 Obras: el libro de la Misericordia del Señor (su Vida); el libro de las Fundaciones, el Camino de perfección, el Castillo interior, canciones espirituales (por ejemplo, la famosa poesía, influida por Gál 2,20: «Vivo sin vivir en mí, / Y tan alta vida espero, / que muero porque no muero»), cartas, etc.

de una concentración enérgica. Pero para que esta vida no quedase paralizada siguió subsistiendo dentro de la Iglesia, y como expresión igualmente fiel de su esencia, un tipo de vida más libre y, para muchos, más atrayente. Su representante más destacado durante el siglo XVI fue san Felipe Neri. Se puede decir que este santo representó un magnífico exponente católico de la libertad del cristiano. Felipe Neri hizo ostensible la fuerza de atracción de la santidad, demostrando con especial claridad cómo ésta no destruye lo natural y humano, sino que lo ennoblece. Su herencia fue también recogida por el siglo XVII francés, que sin su obra y su figura sería tan impensable como ininteligible. Su espíritu, que en general no siempre llegó a expresarse suficientemente en la moderna historia de la Iglesia, tuvo un reflorecimiento en la figura del cardenal Newman (§ 118).

2. El ascenso de Felipe Neri a la santidad es aleccionador. Felipe
comenzó a volverse a Dios siendo todavía laico, sin tener aún idea clara de
su camino. Descubrió su verdadera vocación en contacto con los enfermos:
practicar las obras de misericordia, esto es el cristianismo. Por ello fundó
en 1548 una hermandad para los peregrinos, la de la «Santísima Trinidad».
No se ordenó sacerdote hasta los treinta y seis años (en 1551); ingresó en
una «hermandad» de sacerdotes seculares que, sin tener una regla, rezaban
en común y se animaban mutuamente a hacer el bien. Felipe introdujo una
interrelación más estricta, pero dejando conscientemente cierta holgura.

Finalmente (en 1564) realizó su obra capital: la fundación de la Congregación del «Oratorio del Amor Divino». La formación de sus miembros se caracterizó por una forma más libre y estimulante: la del cambio de impresiones en pequeños círculos, que ya conocemos por la devotio moderna del humanismo (§ 86). La Congregación, que desde 1574 comenzó a practicar la vida común y fue aprobada por Gregorio XIII en 1575, no tenía todavía votos. Cada casa funcionaba autónomamente (después de Felipe Neri los oratorianos no han vuelto a tener un superior común). Todo su compromiso moral se reducía a esto: «Si quieres docilidad y obediencia, no mandes en demasía». «Nuestra única regla es el amor».



3. Esta holgada organización del general estilo de vida no desembocó
en una piedad más superficial. También para Felipe Neri, lo mismo que
para Ignacio y todos los grandes santos, el ideal no era otra cosa que «tener
sujeta la propia voluntad»7. Para alcanzarlo, se exigía a sí mismo y a los



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