J o s e p h L o r t z



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Pero, sobre todo, se pretendió formar un nuevo clero; el famoso decreto del concilio sobre los seminarios debía proveer de adecuados centros formativos al futuro clero (en su sentido originario estos seminarios tridentinos no fueron concebidos en oposición a las universidades). Este decreto sobre los seminarios se convirtió en uno de los pilares de la reforma. Se logró cubrir la carencia de instituciones formativas para el clero; todos los clérigos contaron con la posibilidad de recibir una formación teológica y ascética suficiente.

En la reforma intraeclesial fue decisivo el reconocimiento de que el obispo, e igualmente el párroco, debía ser esencialmente un pastor.



39 En el campo extraeclesiástico, este intento de oponer el agustinismo a la misma altura del tomismo fue repetido por el jansenismo en el siglo XVII.

Supuesto fundamental para la realización de esta misión era que obispos y párrocos guardasen residencia. Precisamente esta residencia volvió a ser, con el concilio, una obligación estricta. Los obispos, en fin, debían asegurar la realización de las reformas mediante visitas y sínodos.

b) La reformatio in capite (la reforma de la curia), aunque se
limitaron las expectativas y provisiones (§ 64), propiamente no se llevó a
cabo. Tampoco se consiguió confirmar el anterior derecho de los
metropolitanos a la consagración y visita de sus sufragáneos, derecho que
había sido transferido al papa después del destierro y el cisma.

c) En cuanto a las órdenes religiosas, el concilio también promulgó
instrucciones generales. En la sesión de clausura, en uno de los decretos se
les prescribió lo siguiente: nada de propiedad privada; clausura más
rigurosa para las monjas; elevación de la edad mínima para la profesión
religiosa; limitación de las encomiendas.

4. La aceptación y puesta en práctica de los decretos doctrinales y reformadores del Concilio de Trento en los diversos países católicos por parte de los órganos estatales y la jerarquía fue lenta y poco uniforme, excepto en Italia y Polonia: claro indicio de la supervivencia de los distintos grupos de interés político-eclesiástico y jerárquico-teológico, que ya se habían enfrentado drásticamente en el concilio. Los decretos doctrinales fueron aceptados por los soberanos católicos. Únicamente la Iglesia nacional de España (y de los Países Bajos), en la que existía entonces el peligro del cesaropapismo, se reservó el derecho de aceptarlos «sin perjuicio de los derechos reales». También la Francia galicana (Catalina de Médicis) se opuso a la promulgación de los decretos de reforma. Estos fueron promulgados poco a poco en los sínodos diocesanos, terminando su promulgación el año 1615.



En el imperio, la situación era difícil, debido a la íntima tendencia del emperador Maximiliano III al protestantismo40. Los estamentos católicos aceptaron los decretos en la Dieta de Augsburgo de 1566. Venecia opuso algunas reservas por razones de política comercial (su vinculación a la Hansa alemana, que era protestante).

La auténtica puesta en práctica de los decretos tridentinos, si bien sólo en sus aspectos fundamentales, llena muchos capítulos de la historia moderna de la Iglesia. Las dificultades que hubo que afrontar vuelven a poner de relieve lo arraigado del desorden existente y permiten medir el alcance de la obra de renovación de la Iglesia en sí misma. En Alemania, en la realización de los decretos trabajaron Pedro Canisio y toda una serie de obispos (Würzburgo, Maguncia, Ful da) y legados pontificios. También meritoria fue la labor de Juan y Gaspar Gropper, sobre todo en Colonia.

40 Este emperador fue un ejemplo típico (anticipado) de otros intentos, mucho más frecuentes después, que trataron de tender un puente entre los distintos antagonismos dogmáticos acomodándolos lo más posible.

Dentro de toda esta labor se han de contar también los sínodos reformadores diocesanos y provinciales de finales del siglo XVI y del siglo XVII y los ingentes y laboriosos esfuerzos pastorales del nuevo clero, cada vez más numeroso. Todo ello constituye una página gloriosa de la reforma católica.

5. La significación más profunda del Concilio de Trento no estriba en la promulgación de determinadas doctrinas y disposiciones de reforma, como tampoco en los fundamentales e importantísimos decretos dogmáticos sobre las fuentes de la fe y sobre la justificación, sino, más bien, en el hecho de contribuir decisivamente a la clarificación del concepto católico de Iglesia, y esto de una manera históricamente efectiva, pues el mismo concilio fue una manifestación concreta de tal concepto. El Concilio de Trento representó, para la Iglesia y el papado, el final victorioso de la gran lucha antieclesiástica iniciada en el siglo XIII, caracterizada siempre por sus ataques al pontificado. El Concilio de Trento, en efecto, supuso la derrota casi definitiva, al menos en el terreno de los principios, de la idea conciliarista por una parte y, por otra, la derrota de la nueva idea protestante de la Iglesia, que es consecuencia de la anterior. En ambas ideas se contenían explosivas tendencias particularistas (nacionalistas, democráticas, individualistas y subjetivistas). El Concilio de Trento presentó y (en parte) definió la Iglesia como institución de salvación, institución objetiva, anclada en el papado, universal. Contra todos los temores previos de la curia, el Concilio de Trento acabó siendo el concilio más papalista de la historia antes del Concilio Vaticano I.

Obviamente, aún no era llegado el momento para la formulación teórica del primado del papa; las corrientes eclesiástico-nacionalistas (episcopalismo contrapuesto a curialismo) eran todavía muy fuertes y el curialismo no había sido aún depurado. Además hay que tener en cuenta que el «episcopalismo» que apareció en Trento, representado principalmente por los padres españoles, era muy diferente de las tendencias registradas en la baja Edad Media y de las tendencias galicanas contemporáneas a Trento y posteriores; no iba dirigido contra el primado doctrinal del papa. Al contrario, reconocía el primado del papa sobre toda la Iglesia y la independencia papal de cualquier poder terreno, fuese político o conciliar, si bien se pronunciaba a la vez a favor del poder autónomo de los obispos por derecho divino, lo cual es correcto desde el punto de vista dogmático.

Como ya hemos dicho, todas las decisiones fueron sometidas a la aprobación del papa. Los decretos de reforma, además, se redactaron con una cláusula expresa de reserva a la ratificación papal. Esto no significaba otra cosa sino el reconocimiento por parte del concilio de la competencia personal del papa para limitar, ampliar y ratificar las decisiones tomadas y

darles así definitiva fuerza de ley en la Iglesia. Esto es justamente lo que ocurrió en 1564 con Pío IV.

La misma actitud curial del concilio se puso de manifiesto al ser remitidos al papa para su posterior tratamiento todos los asuntos no resueltos. Así, las ediciones del Indice tridentino, del nuevo catecismo romano, del misal y del breviario fueron realmente ediciones papales (todas ellas bajo el pontificado de Pío V). Perfectamente trazada está ya, pues, la línea que conducirá al Concilio Vaticano I y al nuevo Código de derecho canónico, que será puramente vaticano y papal (cf. las principales limitaciones en el § 95).

6. Lutero había apelado una vez a un concilio ecuménico, con el fin de obtener de él la prueba de su ortodoxia. Pero ya sabemos que el Concilio de Trento ejerció un influjo poco menos que nulo en la Reforma. El problema de la unidad eclesial de la cristiandad se había tornado entonces insoluble.

Hay que reconocer, de todas formas: ¡ sin Lutero no hubiera habido Concilio de Trento! Mas también: ¡el Concilio de Trento, con su definición de la infalibilidad pontificia y del episcopado supremo del papa de Roma, llevó de hecho al Vaticano I! También aquí podemos advertir la importancia que dentro del curso general de la historia tuvo el ataque de los reformadores para la Iglesia católica. En el Concilio de Trento hubo mucha confusión por pequeñeces y la concurrencia de participantes —en comparación con las tareas— fue francamente escasa. Pero el resultado sobrepasó con mucho los mezquinos fallos humanos. El concilio llevó, de forma lenta pero progresiva, a una metanoia, a una conversión interior radical, como se exige en el evangelio. El Concilio de Trento, mejor dicho, el Catecismo Romano, redactado según su espíritu (1566), hizo suyo, felizmente, el grito con que Lutero había comenzado la lucha, y que por entonces nadie había defendido públicamente como católico: «Toda la vida del cristiano debe ser penitencia».



CAPITULO TERCERO

LA CONTRARREFORMA

Visión general

1. En el imperio, Fernando I (1556-1564) sucedió a su hermano
Carlos V. La lucha contra los turcos y contra Francia le absorbió todas sus
fuerzas y no le permitió dar un solo paso político en contra de los
protestantes. La Compañía de Jesús se extendió por Alemania.
Maximiliano
II (1564-1576) se opuso en un primer momento a la
promulgación de las decisiones conciliares en el Imperio. En muchos
aspectos este emperador pasó por ser un protestante secreto; de diez partes
del imperio, casi siete eran luteranas. El país bávaro (aunque no
primeramente su Iglesia, es decir, sus obispos) pasó a ser el bastión más
seguro del catolicismo en Alemania; el duque Guillermo V de Baviera,
forzando el nombramiento de su hermano Ernesto como arzobispo de
Colonia, impidió la incursión del protestantismo en el oeste de Alemania,
evitando así que el arzobispo Gebhard II Truchsess de Waldburg (1577-
1583), que se pasó al protestantismo, secularizase aquella región. El
príncipe Ernesto de Colonia fue al mismo tiempo obispo de Münster,
Lüttich, Freising y Hildesheim. Las diócesis del bajo Rin permanecieron
todavía más de ciento veinte años en manos de los hijos menores de los
Wittelsbacher.

Rodolfo II (1576-1612), hijo de Maximiliano II, cumplió las prescripciones del Tridentino y allanó el camino a la Contrarreforma. Al agudizarse la oposición entre católicos y protestantes, hubo entre estos últimos algunos intentos de unificación en el campo religioso (La «fórmula de la concordia» de 1577, cf. § 83, I). En el terreno político se establecieron dos ligas entre los príncipes: en 1608 la Unión protestante (Palatinado, Brandenburgo, Hesse-Kassel y diecisiete ciudades imperiales del norte de Alemania) y en 1609 la Liga católica (Baviera, los obispos del sur de Alemania, los tres príncipes eclesiásticos del Rin y la mayor parte de los estamentos católicos).

2. Francia. Enrique II (1547-1559), merced a la ayuda de los
protestantes alemanes, conquistó las ciudades de Metz, Toul y Verdún (§
83, II), pero dentro de Francia persiguió a los hugonotes. A su muerte fue
su viuda, Catalina de Médicis (sobrina de León X y Clemente VII), quien
desempeñó la regencia en lugar de sus hijos menores de edad (Francisco II
y Carlos IX). De 1562 en adelante hubo duros y continuos combates entre

los católicos y los hugonotes, quienes a la sazón se habían convertido en un partido político y reaccionaban con gran violencia (los católicos acaudillados por el lorenés Guisa, los hugonotes dirigidos por la casa de Condé-Borbón). Catalina intentó afianzarse entre los dos partidos. Cuando la influencia del almirante Coligny (hugonote) sobre su hijo, ya mayor de edad, se hizo demasiado fuerte (Coligny provocó la guerra contra España, aliada de Francia en ese momento; Felipe II estaba casado con Isabel, hija de Catalina), la reina aprovechó la presencia de todos los hugonotes notables en las celebraciones nupciales de Enrique de Borbón-Navarra con su hija Margarita (1572) para hacer asesinar a Coligny y miles de hugonotes con él. La guerra civil en Francia duró hasta 1598, pues después de desaparecer la casa de los Valois en 1589 fue reconocido universalmente como rey Enrique de Borbón-Navarra, que era el pretendiente más próximo de la casa de los Capetos. Fue entronizado con el nombre de Enrique IV (1589-1610). Este monarca publicó en 1598 el Edicto de Nantes, por el que se concedía a los hugonotes la libertad de religión. Consiguió reconstruir el país, duramente asolado. En 1610 fue asesinado por el fanático Ravaillac, que estaba medio loco (la implicación de la Compañía de Jesús en este asesinato es una de tantas «fábulas de jesuitas», § 88).

  1. En Inglaterra, los regentes (durante la minoría de edad de
    Eduardo VI, 1547-1553, hijo de Enrique VIII) introdujeron la doctrina
    protestante, si bien la forma externa de la Iglesia siguió siendo católica (§
    83). En 1549 apareció el Common Prayer Book. Muerto Eduardo a los
    pocos años, le sucedió su hermana mayor, María (1553-1558). Su intento
    de restaurar el catolicismo fracasó. Isabel I (1558-1603) volvió a introducir
    el protestantismo y dio forma definitiva a la alta Iglesia anglicana. Todo el
    poder y el prestigio de Inglaterra en la época moderna quedaron asentados
    durante este reinado; los ingleses comenzaron a ser un pueblo marinero;
    surgen las primeras colonias inglesas. Tras la destrucción de la «Armada
    Invencible» española en 1588, Inglaterra pasó a ocupar el lugar de España
    como primera potencia naval. María Estuardo, reina de Escocia, prima de
    Isabel y legítima heredera del trono de Inglaterra según los católicos, no
    logró afianzarse frente a un pueblo que ya tenía mentalidad calvinista y
    puritana y huyó a Escocia, donde fue ajusticiada en 1587. Su hijo, no
    obstante, fue reconocido por Isabel como heredero de la corona inglesa.

  2. En España, Felipe II (1556-1598) sucedió a su padre, Carlos.
    Católico riguroso, Felipe II intentó en vano, empleando métodos
    inadecuados, reprimir la Reforma en los Países Bajos y en Inglaterra. La
    Inquisición, alentada por él, lo que hizo fue más bien arrastrar a los Países
    Bajos a la apostasía. La formidable «Armada Invencible» fracasó
    estrepitosamente ante Inglaterra. Judíos y moriscos fueron expulsados de
    España. Con el reinado de Felipe III (1598-1621), hijo de Felipe II, el
    poderío mundial de España empezó a declinar.

El jesuita Francisco Suárez (1548-1617) abrió nuevos caminos en el campo de la teología (doctrina de la gracia; esencia del estado religioso) y de la teoría del derecho natural; en su concepción del derecho de gentes se anticipó a Hugo Grocio; también ejerció gran influjo en la ortodoxia protestante.

5. En parte como compensación de los territorios perdidos en
Europa, gracias a los descubrimientos de ultramar se registró un reflo­
recimiento de las
misiones (§ 94). En las colonias españolas, el mismo
Estado promovió la cristianización de los indios; los métodos y efectos
concomitantes no siempre se correspondieron con el espíritu del mensaje
de Jesús. En 1541 los misioneros consiguieron una legislación humana para
la protección de los indios (el padre Las Casas).


6. Desgraciadamente, la expresión «contrarreforma» se emplea
harto frecuentemente de forma imprecisa y con significados diversos. Aquí
lo distinguimos del conjunto de la reforma interna de la Iglesia,
entendiendo por «contrarreforma», literalmente, las tentativas emprendidas
por los católicos contra los movimientos protestantes. Evidentemente, las
manifestaciones que vamos a considerar en este capítulo guardan relación
con aquel concepto de poder que, como hemos visto (§ 48), jugó un papel
central en la conciencia de los papas desde Gregorio VIL Ahora bien,
atribuir tales manifestaciones únicamente a un afán egoísta de dominio
sería juzgar de forma demasiado superficial y simplista. En el conjunto de
la reacción católica, que obedeció tanto al instinto de autoconservación
como al mandato misionero universal, podemos constatar un sinnúmero de
impulsos religiosos.

Por otra parte, también hay que tener en cuenta que esta tarea constituyó una piedra de toque especialmente dura para el amor cristiano. La dureza de la controversia fue grande por ambas partes, en los estamentos rectores seculares como en los eclesiásticos. Atendiendo al conjunto, hay que decir que a menudo tal dureza, aun en los casos de la más sincera entrega personal de cada jerarca a su misión, no marchó acorde con el espíritu del evangelio. Los católicos necesitaban: a) contener el ataque, b) sofocar los gérmenes de protestantismo dentro de la Iglesia y c) recobrar los territorios perdidos. Para solventar estas tres tareas se emplearon todos los medios: religiosos, teórico-teológicos, políticos y materiales (la Inquisición). No cabe afirmar que se hicieran suficientes esfuerzos para tratar de comprender y aceptar las justificadas aspiraciones religiosas de los innovadores.

En la esfera de los intereses políticos, el concepto de Contrarreforma cobró un significado especial, más estricto (§ 91, II). Mas también aquí hay que tener en cuenta que el frente político y político-eclesiástico de los católicos siguió desunido, aun después de la celebración del Concilio de

Trento (sobre todo a causa de la rivalidad entre los Habsburgos y los Borbones).

§ 90. ESCRITORES CONTRARIOS A LA REFORMA

1. Lutero comenzó su actuación pública con una disputa teológica.
Sus noventa y cinco tesis sobre la eficacia de las indulgencias, hechas
públicas en 1517 y que gracias a la imprenta fueron conocidas en brevísimo
tiempo por todos los interesados en Alemania y fuera de ella, constituyeron
una llamada a todo el mundo teológico para pronunciarse sobre las
opiniones vertidas en ellas. La teología era entonces algo que interesaba a
todo el mundo culto. Disputas similares a las provocadas por Lutero se
cultivaban entonces, poco menos que por espíritu deportivo, en
discusiones, cartas y panfletos. Nos hallamos en un ambiente de gusto por
las disputas escolástico-humanistas, las cuales se tomaban muy en serio,
tanto que las discusiones, tanto privadas como públicas, estaban reguladas
por una especie de comment científico. En cuanto a su contenido, las
discusiones eran un reflejo de la altura intelectual del tiempo: la baja
Escolástica y el Humanismo. Muchas palabras, muchas sutiles y
desmedidas distinciones de concepto en problemas secundarios, pero poca
teología verdadera. Las series de tesis de Lutero de 1517 y 1518 superaron
con mucho este tipo de teología: repletas de contenido teológico y
religioso, eran claros testimonios del proceso de transformación que en él
se desarrollaba, en medio de múltiples luchas psicológicas y espirituales. A
pesar de todo, la discusión teológica sobre las opiniones de Lutero se
desarrolló durante mucho tiempo en esa atmósfera velada en que las
palabras suelen tomarse más en serio que el pensamiento, es decir, en que
el pensar se sustituye por el razonar. La disputa de Leipzig de 1519 estuvo
esencialmente impregnada de esta atmósfera. Nada muestra tan claramente
la peligrosa y catastrófica confusión de la teología de entonces como el
hecho de que fuese posible este debate, en el que se discutieron principios
católicos fundamentales, dos años después de la aparición de las famosas
tesis y después de todo lo que desde tales tesis había proclamado Lutero.

Las tesis sobre las indulgencias poseen especial significación en lo concerniente a la profundización que Lutero pretendió y alcanzó (§ 81, III). Comienzan con una afirmación perfectamente católica, que resume lacónicamente la doctrina cristiana fundamental de la metanoia y la mayor justicia interior. De hecho, las tesis en su conjunto constituyeron un fuerte ataque contra la Iglesia, aun cuando en su intención eran un serio intento de reforma en la Iglesia y para la Iglesia.




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