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abril), por obra de Angelo Masarelli34 .



Aparte de los «padres» conciliares con derecho a voto, colaboraron también: 1) Los «oratores» políticos o portavoces de los príncipes y los Estados. (Hubo una minuciosa y regulada distribución de los escaños, para fijar los cuales no faltaron en el tercer período importantes discusiones sobre precedencias). 2) Junto a los legados, oradores y demás padres conciliares se sentaron expertos teólogos en calidad de consejeros y asesores; los legados pontificios tuvieron a su disposición a los jesuitas Lainez, Salmerón, Canisio y al dominico Ambrosio Catarino Polito; por la parte del emperador destacaron los dominicos españoles Melchor Cano y Domingo de Soto. Hubo representantes de las escuelas tomista, escotista y agustiniana (Seripando, sobre todo). Naturalmente, estos teólogos fueron los que realizaron el trabajo principal.

  1. La profunda repercusión de la política en el concilio y sus per­
    judiciales efectos para la causa católica, es decir, para su representación
    unitaria, se puso claramente de manifiesto (aparte su deprimente pre­
    historia) cuando en 1547 el concilio fue trasladado de la ciudad imperial
    alemana de Trento a la ciudad de Bolonia, perteneciente a los Estados de la
    Iglesia. En aquel momento el emperador, en la cima de su poder, podía por
    fin tener plena representación en el concilio mediante sus representantes
    innovadores. Fue una acción que reveló una sorprendente falta de visión
    eclesiástica y político-eclesiástica. «Sin el traslado del concilio a Bolonia,
    la Reforma podría haber tomado otro rumbo» (Jedin). Este traslado («¡Dios
    sabe por qué razones!») irritó sobremanera al emperador. Su acción
    mediadora, destinada a tender un puente entre los antagonismos
    eclesiásticos y teológicos (conversaciones religiosas; intentos de llevar a
    los protestantes al concilio) sufrió serios descalabros o quedó herida de
    muerte. Catorce padres «imperiales» se quedaron en Trento. El emperador
    promulgó el «ínterin de Augsburgo»35, que a su vez acrecentó la
    desconfianza del papa y provocó la alianza de la católica Baviera con los
    estamentos protestantes. La situación se complicó más todavía en 1549 a
    causa del ínterin de Leipzig (protestante), representado por Mauricio de
    Sajonia.

  2. El período de Bolonia, en sus tres sesiones públicas, no llegó a
    elaborar decretos aptos para su promulgación. Pero las deliberaciones de

34 De los concilios anteriores tampoco poseemos más que los cánones o la
descripción de alguna solemnidad o algún sermón en su versión auténtica.

35 En el Interin imperial de 1548 intervino finalmente Melanchton. El papa concedió
permiso para el matrimonio de los sacerdotes y para la comunión de los laicos bajo las
dos especies.

cada una de las congregaciones de teólogos sobre la doctrina de los sacramentos fueron de enorme importancia. Los resultados de las discusiones sobre el sacrificio de la misa y las indulgencias sirvieron de base para decretos posteriores. Importancia general tuvieron las decisiones sobre la invalidez de los llamados matrimonios clandestinos (que se celebraban mediante simple promesa recíproca de los cónyuges, sin testigos). Estas decisiones no se promulgaron hasta el tercer período del concilio, pero luego vinieron a ser la base del derecho matrimonial canónico.

10. A instancias del emperador, Julio III volvió a convocar el
concilio en 1551, pero de nuevo en Trento. Este papa, antes cardenal Del
Monte, había sido legado pontificio en el primer período. Esta vez
acudieron representantes de los protestantes alemanes, además de los tres
príncipes de Renania (entre sus teólogos hubo una figura tan relevante
como Kaspar Gropper). La esperanza de que las negociaciones directas con
los seguidores de la Reforma podría facilitar la reunificación fracasó
debido a las exigencias de los protestantes. El comienzo de la conjuración
de los príncipes contra Carlos V obligó a la repentina ruptura de las
deliberaciones (28 de abril de 1552).

El resultado de este período del concilio fue un decreto sobre la eucaristía (presencia real y transustanciación, contra las doctrinas luteranas de la consustanciación y la ubicuidad), los cánones sobre la confesión auricular (carácter judicial y no sólo intercesor de la absolución) y sobre la extremaunción, así como un decreto de reforma sobre los derechos y deberes de los obispos.

En la discusión de este último decreto los padres españoles pretendían que se estableciera el deber de residencia de los obispos como de derecho divino, para impedir así el cumulus, la acumulación de varios obispados en una sola mano, y garantizar una buena administración pastoral. Por otra parte, también propugnaban que se definiese que el poder de jurisdicción de los obispos procede directamente de Dios (el origen divino del poder de consagrar nunca fue discutido). Pero contra este impulso descentralizador se alzó la más enconada oposición de los curialistas.

La solución (que no habría de obtenerse hasta el período siguiente) fue, al fin, más «política»: de acuerdo con los gobiernos, la oposición pudo ser silenciada y, por su parte, la redacción definitiva del decreto eludió la cuestión, pero también admitió la interpretación española.

Para la Iglesia, hasta hoy como para el futuro, fue de gran importancia que fracasase el proyecto contrario, el de la curia, que intentaba asentar dogmáticamente el sistema papal estricto.

11. En el tercer período (bajo el pontificado de Pío IV, de 1562 a
1563, es decir, mucho después de la Paz de Aubsburgo y de la abdicación

de Carlos V) apenas hubo representantes alemanes. En esta ocasión los príncipes alemanes rechazaron de plano el concilio. Las negociaciones conciliares se vieron aún más obstaculizadas a causa de las irreductibles posturas de los católicos en su controversia sobre el mencionado problema de la jurisdicción y residencia de los obispos. También fueron un obstáculo las presiones políticas, unas veces por parte de Francia (el cardenal Guisa) y otras por parte de la corona de España («la más peligrosa de todas las intervenciones de fuera», dice Jedin). El concilio entró en una crisis de vida o muerte, pero la extraordinaria habilidad diplomática de Morone y el prudente tratamiento del cardenal Guisa por el papa Pío IV en Roma impidieron la disolución del concilio y consiguieron llevarlo a un final feliz.



En 1562, el libelo de reforma del emperador Fernando había concedido la comunión de los laicos con el cáliz, el matrimonio de los sacerdotes, el empleo de la lengua alemana en el culto y la reforma de los conventos. Las negociaciones sobre estos temas en el concilio fueron improductivas; pero hubo conversaciones directas entre el cardenal legado Morone (junto con Canisio) y el emperador Fernando.

Completa la rica cosecha de este período una serie de prescripciones reformadoras sobre el matrimonio, nombramiento y deberes de los obispos, nombramiento y deberes de los párrocos, reformas en las órdenes religiosas, como también algunos decretos sobre el purgatorio, las indulgencias, la veneración de santos, reliquias e imágenes.

Las últimas prescripciones del concilio fueron firmadas por 232 padres con derecho a voto (199 obispos, 7 abades, 7 generales de órdenes religiosas, 19 procuradores) en su sesión de clausura (la vigésimo quinta), celebrada durante los días 3 y 4 de diciembre de 1563. No obstante la resistencia de la curia, Pío IV otorgó la confirmación de todos los decretos, unánimemente aprobados por el concilio, e instituyó una congregación especial, encargada de interpretar auténticamente los decretos conciliares y de velar por su puesta en práctica. Cuando el mismo papa autorizó a un grupo de diócesis alemanas la comunión bajo las dos especies, se comprobó que este uso no constituía una verdadera diferencia. El uso se fue suprimiendo poco a poco a partir del año 1571.

II. RESULTADOS

1. El objetivo principal de los esfuerzos (no sólo de las deliberaciones) del Concilio de Trento estaba trazado de antemano por la situación de la Iglesia: por sus graves problemas internos y por la innovación protestante, que según el sentir de los padres conciliares constituía una verdadera revolución. Estaba en juego la reforma y estaba en juego la doctrina. La intención del emperador era aplazar la fijación de la

doctrina, con el fin de no imposibilitar desde el principio el retorno de los protestantes. El papa, por el contrario, exigía que se diera preferencia a las cuestiones de la fe. En la quinta sesión se llegó al acuerdo de seguir tratando ambos aspectos simultáneamente. La idea del emperador no dejaba de ser correcta, pero de suyo lo más importante era aclarar las cuestiones de la fe, ya que en ellas estaba la raíz de la discusión. De hecho, en la historia de la Iglesia han tenido una significación mucho mayor las decisiones que afectan a este sector, es decir, las definiciones dogmáticas.



a) Por lo que a la doctrina se refiere, el Concilio de Trento se
mantuvo enteramente dentro de la antigua tradición cristiana. Según ella, la
misión de la Iglesia y del concilio en cuestiones doctrinales consiste en
salvaguardar la doctrina católica de falsas interpretaciones, explicitando su
sentido con nuevas formulaciones más claras e inequívocas.

La discusión de todos los problemas referentes a la formulación de la doctrina de la fe durante el período escolástico —una discusión larga y enormemente variada— había familiarizado a los teólogos con esta tarea. Incluso se estaba muy lejos de la actitud religiosa y humilde de un san Hilario, que se mostraba extraordinariamente temeroso de semejantes clarificaciones conceptuales (no digamos nada de san Epifanio, que veía la raíz de todas las herejías en la filosofía). En todo caso, Seripando y otros padres de Trento sintieron tan gran veneración por el texto de la Escritura como la única instancia determinante, que la peligrosa manía escolástica de querer explicarlo todo no llegó a romper los límites establecidos.

b) Pero un concilio no debe confundirse con un seminario de
investigación científica. Evidentemente es lamentable, y supone una
deficiencia objetiva en las discusiones, el hecho de que muchos padres
conciliares tuvieran harto escaso conocimiento de las doctrinas luteranas y,
luego, calvinistas. Pero, como es lógico, la intención de los padres
conciliares no podía ser la de elaborar un cuadro exhaustivo de las
doctrinas de Lutero y de los demás reformadores, en sí tan desiguales y
hasta contradictorias. Su tarea era la de discernir la verdad católica de la
doctrina no católica. A raíz precisamente de este objetivo, los padres de
Trento debían haber conocido las verdades cristianas que se encontraban en
los escritos de los reformadores. No era estrictamente necesario tratarlas
exhaustivamente en las sesiones, pero no cabe duda que haberles prestado
suficiente atención habría redundado en provecho de los decretos
conciliares.

A propósito de esto hemos de subrayar otro aspecto de enorme im­portancia para la historia de la Iglesia. Es cierto que el concilio emitió decisiones doctrinales y condenas tajante contra Lutero y contra Cal-vino, pero tanto el papa como los padres conciliares se negaron expresamente a pronunciar una condena nominal de los reformadores. Este gesto tiene un enorme alcance. En efecto, da cabida a una importante laguna en las



determinaciones del concilio. A saber: los padres conciliares no pretendieron dar una interpretación auténtica de Lutero o de Cal vino; por tanto, es perfectamente posible que los anatemas conciliares no alcancen siempre la doctrina de los reformadores; queda más bien abierta la posibilidad de que dicha doctrina tal vez sea en puntos determinados más católica que la doctrina expresamente rechazada por el concilio.

c) Hemos visto que la diferencia existente entre la doctrina católica y
la doctrina reformadora se caracteriza formalmente por la marcada
tendencia de ésta a minusvalorar el aspecto óntico y estático y a destacar,
en cambio, el aspecto personal y dinámico. El contenido de la doctrina
reformadora puede resumirse en los siguientes puntos: 1) unilateralidad en
las fuentes de la fe (sólo la Escritura); 2) unilateralidad en la determinación
del proceso salvífico: sólo Dios (sola fide), el hombre no es más que un
pecador, y, en consecuencia, 3) un falso concepto espiritualista y
subjetivista de Iglesia, en el sentido antes indicado.

d) Las definiciones y condenas conciliares (decretos y cánones)
intentaron atajar estos rasgos unilaterales: también la tradición dogmática
(no la simplemente natural y humana) es fuente de fe; de ella, por tanto, se
pueden extraer contenidos de revelación. Resueltamente se hizo hincapié
en que la Escritura requería una explicación, que, en último término, no
podía venir más que de la Iglesia. También era la Iglesia la que
determinaba lo que es Sagrada Escritura. Por ello quedó confirmado el
canon de los libros inspirados. La Vulgata latina fue declarada versión
auténtica (es decir, dogmáticamente correcta) de la doctrina de la Iglesia. A
este respecto es sumamente importante advertir cómo el concilio subrayó,
de manera positiva y expresa, el valor y la necesidad de la Sagrada
Escritura, tanto que «con ello hasta el mismo Lutero hubiera podido darse
por satisfecho» (Merkle)36.

La Iglesia posee un sacerdocio sacramental y siete sacramentos, que son verdaderos medios de la gracia. El centro de todos ellos es la misa, que expresamente se define como sacrificio y, más propiamente, como sacrificio expiatorio (no sólo sacrificio de alabanza y de acción de gracias, como decía Lutero). Por eso, cuando los que la celebran se dirigen a Dios con confianza, fe, respeto, arrepentimiento y penitencia, la misa los lleva a la remisión de los pecados. El único sacrificio salvífico es el sacrificio de Cristo en la cruz, una vez por todas. La misa en su reactualización y su memorial; en ella, como en la cruz, Cristo es al mismo tiempo sacerdote y víctima y se sirve del sacerdote como instrumento. Después del Concilio de Trento, por desgracia, «la misa siguió siendo lo que había sido durante la



36 Consecuencia de todo esto fue un florecimiento de la exégesis eclesiástica en la segunda mitad del siglo XVI y en el siglo XVII. La fijación de la Vulgata latina como único texto auténtico de la Iglesia no significaba una toma de postura en contra de las lenguas originales. El concilio estuvo más bien a favor de su estudio.

Edad Media: una liturgia clerical, realizada por el clero sin tener muy en cuenta al pueblo y entendida por el pueblo sólo en cierta medida» (Jungmann).



2. Especial importancia tuvo el famoso decreto sobre la justificación, principal resultado del primer período del concilio37. La justificación es una transformación interior operada por la comunicación de la gracia santificante, no un simple encubrimiento o una mera no imputación de los pecados. Toda la fuerza salvífica reside en la gracia de Dios; no obstante, el hombre también colabora con su libre voluntad, lesionada, sí, pero no destruida por el pecado original; esta voluntad, a pesar de todo, sólo tiene utilidad salvífica en la medida en que está santificada y movida por la gracia. Hasta los méritos del hombre son dones de Dios38 . En la evolución del dogma, la Iglesia siguió una vez más su camino de siempre. Los decretos doctrinales del Tridentino son una charta magna del sistema del «medio entre los extremos». Frente al «sólo» herético está el «y» católico, en el sentido ya determinado anteriormente. Sólo Dios y su gracia deciden. Pero en la justificación acontece el milagro de que Dios misteriosamente eleva al hombre pecador a cooperar en la obra sobrenatural.

  1. En la elaboración de la doctrina sobre la justificación hubo fuertes
    polémicas, pues el «partido de la expectación» (§ 90), especialmente
    representado por el doctísimo general de los agustinos, Seripando (1492-
    1563), hombre «de gran santidad y amabilidad» (Merkle), intentó imponer
    su doctrina. Las formulaciones de Seripando no fueron aceptadas. Pero
    como Seripando, a instancias del legado pontificio para las cuestiones
    dogmáticas Cervini (después Marcelo II), tomó parte decisiva en las
    sucesivas formulaciones del decreto de la justificación (nada menos que
    cuatro redacciones), lo más importante de la concepción bíblico-
    agustiniana acabó reflejándose en la exposición conciliar.

  2. Sin que llegasen a ser definidas formalmente, un grupo de padres
    conciliares y teólogos presentaron un conjunto de opiniones sobre la fe, el
    pecado y la justificación, basadas en san Pablo (sobre todo en la carta a los

37 De él ha dicho Adolfo Harnack que, si hubiese aparecido cincuenta años antes y se
hubiese convertido en carne y sangre de la Iglesia, no habría tenido que venir la
Reforma.

38 La idea de que sin la gracia de Dios nada sirve para la salvación es incuestionable en
los decretos y cánones. Pero en las discusiones preparatorias, por tanto no vinculantes,
fueron también expuestas (aunque no aceptadas) concepciones muy objetivistas. No
hubo más remedio que defender la fe de tales formulaciones excesivamente filosóficas.
Así que los debates son un importante documento de la confusión teológica reinante,
confusión que volvería a resurgir más tarde en la historia de la Iglesia. Durante el
pontificado de Pío IX, el general de los dominicos, Gaude, manifestó que en los
protocolos y actas del Concilio de Trento aparecían cosas dogmáticamente dudosas o
chocantes, puntos de vista tendentes al protestantismo, que en algunos casos llegaban
hasta sola fide...

Romanos, 7) y en el evangelio y la primera carta de Juan, que contenían una verdadera theologia crucis católica, una concepción católica del simul iustus peccator. Tal vez lo más significativo a este respecto sea la carta dirigida por el cardenal inglés Pole al primer presidente, Del Monte, al comunicarle su retirada del colegio de los legados y del concilio39.

c) El concilio, para rechazar la certeza de la salvación, observó más o menos el mismo proceder que para determinar el proceso de la justificación: la seguridad de la revelación es, como tal, absoluta (cui falsum subesse non potest); pero de tal infalibilidad absoluta no goza la certeza personal de salvación. El concilio, no obstante, tampoco reprueba la confianza absoluta del cristiano en su salvación.

3. En los dictámenes oficiales de las comisiones de reforma de Paulo III no faltaban ni materiales ni programas para la ejecución de la reforma. La principal labor en este campo, tras algunos intentos fallidos en el primer período del concilio, no llegó a realizarse hasta su tercer período (1562-1563). Cuando menos se establecieron los principios básicos de una depuración general.

a) El sistema de beneficios había echado por tierra la religiosidad del clero. Pues bien, ahora se prohibió la acumulación de más de una prebenda en manos de un solo beneficiario (norma también válida para los cardenales); el oficio de recaudador de limosnas (relacionado con la predicación de indulgencias) fue suprimido; se previnieron los abusos del matrimonio mediante la prescripción de que debía celebrarse ante el párroco. Para la santificación del pueblo se debía procurar una predicación regular y más depurada de la doctrina en los domingos y días festivos. Se preceptuó también que el evangelio del domingo fuese leído en todas las misas parroquiales en lengua vernácula. En los sermones se debía prescindir de toda polémica; con lo cual también se corría el riesgo de hacer una predicación moralizante (la belleza de la virtud, la corrupción del vicio).



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