J o s e p h L o r t z



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En lo que atañe a la Edad Moderna, hemos de añadir que tal cultura fue una cultura apóstata. En su animosidad contra la Iglesia hay una buena dosis de odio, el odio propio del renegado, que ha impreso hasta el fondo sus peculiares huellas en toda la historia de la Edad Moderna, hasta la España de la Guerra Civil, el México moderno y la Rusia actual. En México (y de manera significativa también en Francia) la situación ha mejorado recientemente. Pero en conjunto sigue vigente la característica indicada: en la Edad Moderna, el cristianismo y la Iglesia abarcan solamente un sector de la vida humana que se hace cada día más pequeño.

El ámbito eclesiástico se ha reducido terriblemente ante la cultura (o, mejor dicho, civilización) autónoma, que se yergue como un nuevo Prometeo. La Iglesia hoy no solamente ha llegado a sentirse en buena parte como un forastero sobre la tierra (lo cual sería legítimo), sino que también es tratada por la mayor parte de la humanidad moderna como un forastero molesto. (Sobre el indudable giro de los últimos cincuenta años y su contraste en Rusia con el avance del materialismo ateo, véase § 126). De

este modo, el ataque directo pierde ciertamente dureza, pero a menudo la causa estriba en que los hombres se han vuelto apáticos ante lo religioso. Con el avance de la Edad Moderna, la «incapacidad para creer» ha ido convirtiéndose progresivamente en uno de sus rasgos más acusados.



6. Tanto desde el ángulo de la historia del espíritu como de la Iglesia, el resultado más importante de esta evolución se cifra en la destrucción de la unidad, que hasta ahora había sostenido la totalidad de la vida. En efecto: 1) se ha quebrantado la validez universal y la intangibilidad, obvias para la Edad Media, de los órdenes vigentes en el campo de la fe, la moralidad y el pensamiento, y para ello 2) se ha proclamado de hecho y de derecho la mutabilidad de lo existente en sus fundamentos más importantes, y las revoluciones espirituales y religiosas de la Edad Moderna se han encargado de llevarla a cabo. En la vida real coexisten ahora diversos tipos de fe, de cristianismo, de Iglesia, sin que ninguno tenga menos justificación que los otros desde la perspectiva del derecho público1.

a) Para nosotros esto es hoy una cosa evidente. Pero en los siglos XV y XVI supuso una transformación radical que, lenta pero irresistiblemente, fue penetrando en la conciencia. Y desembocó en una variopinta y desconcertante relativización práctica de la verdad, la cual fue socavada y minada progresivamente por un relativismo teórico. Esta transformación y reorientación se completó en el siglo XIX. Todo ello, no obstante, también condujo entre otras cosas al conocimiento de una verdad realmente decisiva, por la cual la cristiandad había luchado desde la guerra de las investiduras (§ 48): se aprendió a distinguir correctamente entre lo religioso y lo profano, entre lo eclesiástico y lo estatal.

Vista la mayoría de edad alcanzada por los pueblos en el ámbito político y cultural, la valoración positiva del orden de la creación y de la actividad política que ahí se manifiesta fue tan ineludible como valiosa en sí misma. Es lamentable que frecuentemente, incluso preferentemente, tuviera que llevarse a cabo contra la Iglesia, pero no resultó fácil evitarlo. El revestimiento histórico de la vida y la fe cristianas, sujeto siempre a los condicionamientos de la época, había estado, sin embargo, para muchos, y durante demasiado tiempo, prácticamente identificado con la esencia de la fe. Partiendo de esa confusión, bastantes cristianos no ilustrados intentaron (¡y con harta frecuencia!) una defensa indiferenciada de lo tradicional, incluso en aspectos accidentales. Por eso no es legítimo recusar simplemente la acusación de que con los católicos, en la práctica, se tuvo que porfiar en algunos puntos para obtener de ellos el pago, ya vencido, de la nueva mentalidad. (La supresión de la Inquisición y las torturas llegó con

1 Muy distinta fue todavía en el siglo XV la situación de los husitas, separados de la unidad. Su vinculación interna a la común tradición dogmática y eclesiástica estuvo en clara oposición con su ruptura revolucionaria, lo cual no deja de ser bastante sorprendente.

la Ilustración; en el campo de la ciencia bíblica y de la historia eclesiástica, los documentos se amontonan hasta la época más reciente).



  1. Todo esto ha cobrado mayor importancia gracias a la progresiva y
    recíproca mezcolanza de confesiones y cosmovisiones en todos los países a
    lo largo de la Edad Moderna (libertad de residencia, transportes, prensa,
    publicidad, radio; tras la Segunda Guerra Mundial, violenta expulsión de la
    población evangélica y católica del este de Alemania al reducido espacio de
    la República Federal; algo similar: el problema de los refugiados en Asia y
    África). El continuado e íntimo contacto diario entre católicos y no
    católicos, entre creyentes y no creyentes, la experiencia elemental de un
    mismo resultado global «hombre» en las distintas creencias no ha sido una
    cuestión accesoria para la vida cristiana y, en especial, para la vida católica
    de la Edad Moderna, sino precisamente una de sus realidades
    fundamentales. La importancia de esta realidad se hace mayor por el hecho
    de que el factor propiamente dominante de la vida en los últimos estadios
    de la Edad Moderna no ha sido ni lo católico ni lo cristiano, sino una
    cultura a veces puramente centrada en el más acá.

  2. En concreto, esto significa que la Iglesia se ha visto desplazada de
    la situación de privilegio que ocupaba en la vida y que teóricamente
    cualquier visión del mundo, incluso cualquier error, tiene tantas
    posibilidades de existir como ella. Hasta entonces, la Iglesia había
    dominado tanto por su prestigio religioso-moral como por el apoyo del
    brazo secular. De ahí que, hasta que se impuso la Reforma y, en los países
    que siguieron siendo católicos, hasta la Revolución francesa y las grandes
    secularizaciones de comienzos del siglo XIX, la Iglesia se hallase en
    situación no sólo de declarar falsas, mediante su magisterio, las
    concepciones que se opusieron a su doctrina, sino también de reprimirlas
    por la fuerza mediante sus propios tribunales (espirituales) y mediante el
    poder del Estado. En el transcurso de la Edad Moderna esta posibilidad
    llegó a desaparecer por completo.

Como hemos podido descubrir sobradamente en la historia de la Iglesia medieval, este hecho no debía suponer una desventaja, sino todo lo contrario. Pero la transformación fue muy profunda. Como supuesto para sobreponerse a ella por entero y en el momento oportuno se necesitaba una revolución extraordinariamente audaz de valores y de métodos, cosa que no cabe esperar de ninguna estructura sociológica. Cierto que las especiales fuerzas y promesas de que dispone la Iglesia habrían podido muy bien proporcionarle la capacidad de decisión necesaria para emprender esta revolución positiva en germen a que nos referimos. La Iglesia histórica ha sido fundada por el Señor para transmitir la redención; por eso forma parte de su cometido, viviendo dentro de la historia, el estar por encima de ella.

B. Peculiaridades de la cultura moderna



¿Cuáles son los rasgos peculiares de la cultura autónoma que surge a raíz de esa desvinculación y repercute en la vida eclesiástica?

  1. La característica más general puede muy bien cifrarse en el
    aprecio y cultivo unilateral del intelecto, que dio como resultado el típico
    realismo positivista, esto es, la reducción del concepto de «ciencia» a los
    datos exactos de las ciencias naturales2. Esto vale también para la ciencia
    histórica y para la crítica histórico-filológica en el campo de la teología
    (especialmente la no católica): lo que debe conducirnos a la comprensión
    de lo real es la observación y la investigación exacta, no la especulación del
    espíritu. La aceptación creyente de la revelación divina experimentó un
    fortísimo retroceso. Este realismo se ha visto fomentado por los grandes
    descubrimientos geográficos, científico-naturales, históricos y psicológicos
    característicos de la Edad Moderna, que se han ido acumulando cada vez en
    mayor número y con mayor celeridad en el transcurso de los siglos.

  2. La consecuencia inmediata de este realismo, o sea, de los
    descubrimientos indicados, fue, en primer lugar, un aumento asombroso del
    saber, y después, el tránsito de la orientación lógica a la orientación
    psicológica. Ambas cosas llevaron a su vez a) a una filosofía crítica y
    escéptica y b) al relativismo, que propende a tomarlo todo por verdadero en
    algún sentido o, al menos, por justificado. Su expresión más frecuente es el
    escepticismo, que a menudo desemboca en el agnosticismo. En el siglo
    XIX, el siglo de la ciencia histórica, adoptó tanto la forma del historicismo
    como la del relativismo teórico. En la esfera de la vida práctica, el
    relativismo dio como resultado el liberalismo, con sus muchas formas y
    significados.

  3. Dentro de estas actitudes espirituales básicas, el individualismo y
    el subjetivismo se introdujeron poco a poco en la totalidad de la vida de la
    Edad Moderna, dominando no sólo la filosofía, sino también la vida social,
    política y económica. Lo más importante desde la perspectiva de la historia
    de la Iglesia es que también impregnaron bajo diversas formas la vida
    religiosa. Todos los siglos de la Edad Moderna (cada uno en distinta
    medida) están marcados por ellos (apartado 4).

Precisamente por la trascendencia de esta tesis es necesario también indicar sus límites: la línea aquí señalada marca la orientación última y más profunda de los giros y tendencias decisivos, pero no desconoce que también existieron otras corrientes que, junto a ella, por debajo de ella o en contra de ella, impulsaron el flujo de la vida. El gran complemento del subjetivismo es la permanente reacción del elemento sano del hombre, que muy difícilmente se deja remover de las costumbres objetivas y normales de la vida. La vida corriente suele permanecer, y permaneció a menudo,

2 Cf. el uso de la palabra science en francés e inglés para las ciencias naturales

aunque no siempre, a la zaga de la teoría disolvente. Los totalitarismos del siglo XX, sin embargo, han destruido esa saludable inhibición, y bien radicalmente por cierto.



4. La penetración del subjetivismo en el terreno religioso se realizó a
lo largo de cuatro etapas importantes, a saber: a) la distensión dentro de la
Iglesia (humanismo y diversos movimientos de la baja Edad Media, § 66-
69); b) la lucha contra la Iglesia católica (protestantismo); c) la lucha contra
la religión revelada (la Ilustración del siglo XVIII); d) la lucha contra la
religión como tal (materialismo y socialismo en el siglo XIX y comunismo
en el siglo XX). Los dos últimos siglos han impreso a la vida espiritual de
la Edad Moderna una nueva y doble peculiaridad, muy distinta de la del
tiempo de la Ilustración: el pensamiento y gran parte de la vida moderna
son desde entonces acusadamente a-eclesiales y antisobrenaturalistas.

  1. Al nacimiento de esta cultura autónoma también contribuyó
    decisivamente la fuerza más poderosa del movimiento antipontificio de la
    baja Edad Media: el particularismo nacional. El nacionalismo se convirtió
    en el siglo XIX en la herejía moderna por antonomasia. Los estados se
    alejaron cada vez más de los vínculos eclesiásticos, confesionales y,
    finalmente, religiosos. Se convirtieron en estructuras más o menos
    profanas, de este mundo, atentas exclusivamente a servir al «ego»
    nacional y su poder. El resultado fue una especie de divinización del
    Estado. Las etapas están marcadas por: a) la formación de estados
    protestantes anticatólicos (en parte junto con el episcopado de los
    príncipes) y las Iglesias nacionales católicas; b) la secularización
    (Revolución francesa y secularización alemana); c) separación hostil del
    Estado y la Iglesia, de manera parcial en Italia (1780-1929) y España
    (1837-1851), y extrema en Francia (desde 1905). Nótese que esta
    separación es radicalmente distinta de la separación puramente objetiva (y
    enormemente importante) de la Iglesia y el Estado en los Estados Unidos
    de Norteamérica (§ 125).

  2. Como resultado de los descubrimientos en el campo de las
    ciencias de la naturaleza y de su aplicación en la técnica moderna por
    medio de la general industrialización, durante el siglo XIX hubo nuevas
    situaciones críticas que revolucionaron profundamente la vida, y así, una
    vez más, modificaron sustancialmente las condiciones en que debía
    desarrollarse la actividad religioso-eclesiástica. La tendencia fundamental
    repercutió en el ámbito religioso-moral, y ello como mera consecuencia
    última del desarrollo de anteriores procesos de disolución en especial
    interdependencia con el moderno desarrollo económico.

a) Gracias a los nuevos medios de comunicación espiritual y material, el mundo se hizo escenario de la historia; la gran masa fue participando cada vez más en las discusiones, hasta alcanzar en algunos aspectos, al menos indirectamente, una influencia decisiva; el proceso de

desarrollo se trasladó de los anteriores centros de la actividad espiritual a los sindicatos, al parlamento democrático y al periódico, incluso a la vida cotidiana de la calle, la fábrica y la vivienda, y la influencia secularizante no cesó ni de día ni de noche. Las masas humanas y la cantidad en cuanto tal pasaron a ser factores determinantes. b) En el cambio social y político fue característico el triunfo definitivo del pensamiento democrático. De todas las actitudes espirituales básicas a que aspiraba la baja Edad Media, tan sólo la idea socialista-democrática fue reprimida durante siglos (represión de los levantamientos de los campesinos). La Edad Moderna fue, hasta fines del siglo XVIII, la época del absolutismo de los príncipes. El surgimiento victorioso de la idea democrática, dentro del tercer estado con la Revolución francesa y, luego, dentro del cuarto estado (el proletariado), con el socialismo y últimamente con el comunismo, ha provocado una acumulación de fuerzas completamente nuevas, que, al ser acentuada, ha supuesto una carga para la vida pública de los siglos XIX y XX: en vez de igualdad liberadora, igualitarismo destructor. (Para una descripción más detallada de las fuerzas impulsoras de los siglos XIX y XX, cf. infra, § 108).

7. Ciertamente, en todo esto el hombre ha logrado conquistar algo a cambio de lo cual ningún precio puede ser excesivo: la libertad. Lástima que en los últimos tiempos, tanto en el liberalismo como en las creaciones totalitarias, se haya abusado vergonzosamente de ella o se la haya falseado en su fuerza creadora. Desde el ángulo de la actividad general del espíritu, el resultado es, en más de un aspecto, el siguiente: los hombres han conquistado múltiples libertades, pero han perdido (nuevamente) la libertad.



C. Unidad formal del clima espiritual en la Edad Moderna

1. Las líneas fundamentales apuntadas valen (como anticipación en el tiempo) para el escenario global de la historia de la Edad Moderna. Es cierto que aún hemos de destacar algunas diferencias en casos particulares y es cierto que la destrucción de la unidad eclesiástica, religiosa y espiritual antes mencionada (pp. 21s) fue muy profunda; no obstante, también es cierto que el ámbito espiritual dentro del cual transcurrió la historia de la Edad Moderna, visto en su conjunto, constituyó una unidad. No, desde luego, una unidad de contenidos, pero sí una unidad de tendencias formales, de estilo espiritual, una tonalidad unitaria en la situación espiritual, esto es, en la actitud autónomo-subjetivista ya indicada (que en su contenido tiende al secularismo). Las profundas transformaciones experimentadas en la vida espiritual, características de la Edad Moderna frente a la Edad Media, fueron o se hicieron sin excepción movimientos paneuropeos, aunque en diferente proporción. En cada país, es cierto,

presentaron diferencias importantes, y aun importantísimas (cf., por ejemplo, el Humanismo en Italia, en Alemania y en España). Pero sus elementos efectivos, los que influyeron en la historia universal y, con ello, en la historia de la Iglesia, los que crearon la nueva realidad, fueron fundamentalmente los mismos en toda Europa. Así ocurrió con el Humanismo, con la Reforma, con el Absolutismo (Iglesias nacionales), con la Ilustración, con el materialismo, el historicismo y el liberalismo: la disolución eclesiástica, luego la religiosa, después la ideológica y nuevamente la política dominaron la totalidad de la época.

  1. Pero no se trata de una unidad rígida y estable. Al contrario, una
    de sus características fundamentales es que ella misma cambia, y lo hace de
    un modo mucho más profundo que en la Antigüedad o en el Medievo
    eclesiástico. La evolución real y la idea o la teoría de la evolución en el
    sentido de un evolucionismo no sujeto a normas objetivas (o sea, de nuevo,
    una forma de relativismo) dominaron la Edad Moderna: el clima espiritual
    del Occidente cambió con los siglos, así como, en consecuencia, los
    problemas planteados dentro de él. Tal cambio estructural interno del
    Occidente durante la Edad Moderna fue uno de los fundamentos de la vida
    en esa misma época. Y para las condiciones en que se desarrolló la
    actividad de la Iglesia, adquirió una importancia vital. La susodicha
    celeridad de la evolución hizo más hondo el problema y dificultó su
    solución. Las condiciones de vida de los hombres y la superestructura
    religioso-espiritual cambiaron profundamente, y ello a empellones
    (empellones espirituales revolucionarios casi incesantes). Esto creó sin
    duda una situación extraordinariamente difícil para la Iglesia conservadora,
    mas también fue un reto que la historia dirigió a esa misma Iglesia, para
    que demostrase que la tradición es la mejor forma de renovación
    continuada. Por desgracia, en la reacción faltó muchas veces la valentía y la
    creatividad para dar el improrrogable «salto adelante»3.

  2. La emancipación de la Edad Moderna respecto de la Iglesia, como
    se refleja en estos procesos, se realizó paulatinamente. Para comprenderla
    bien hay que tener en cuenta que tanto las grandes como las pequeñas
    formas de vida sobreviven a la idea que las creó. Solamente cuando se da
    una ruptura violenta que barre todas esas formas (como ocurrió con la
    invasión de los bárbaros), vemos aparecer a un tiempo nuevas actitudes
    espirituales básicas y nuevas formas de vida, que naturalmente aún son
    inmaduras y andan buscando a tientas la forma correcta4. En cambio, las

3 Juan XXIII empleó esta expresión para designar el cometido del Concilio Vaticano II.

4 Algo semejante es lo que están llevando a cabo en época muy reciente el bolchevismo
y el comunismo en Rusia, en China, en una parte de los países árabes y en África. En
estos casos (en principio) se trata, no obstante, de una asunción de los resultados ya
conseguidos en Europa tanto en el orden de la ideología como en el de la
industrialización y la tecnificación.

transformaciones de índole preferentemente interna, como las que caracterizan el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna, necesitan largo tiempo para cambiar la totalidad de la vida y crear un nuevo orden externo de la existencia. En la Edad Moderna esto sólo lo alcanzó propiamente la Ilustración o, mejor dicho, su fruto más maduro: la Revolución francesa. Hasta entonces, lo mismo en las actitudes espirituales básicas que en el orden externo de la vida persistieron muchos elementos «medievales». En el ámbito de la vida interior, el más importante de ellos hasta el siglo XVIII fue (para la generalidad) el reconocimiento oficial de una religión revelada. En el ámbito de la vida exterior lo fue la unión de la Iglesia y el Estado, y hasta bien entrada la Revolución francesa, la situación social privilegiada del alto clero.



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