J o s e p h L o r t z



Descargar 6.39 Mb.
Página18/64
Fecha de conversión27.03.2018
Tamaño6.39 Mb.
1   ...   14   15   16   17   18   19   20   21   ...   64
santidad, puede impedir que esa poderosa actividad se vaya contaminando
de egoísmo. Pero Lutero no tuvo tal humildad. No fue un santo.

  • Ese sutil egoísmo —que continuamente se vio contrarrestado no
    sólo por su doctrina teológica del hombre pecador y sin fuerzas, sino
    también por la confesión expresa de su propia culpa— no le vino a Lutero
    de fuera ni fue algo secundario en la constitución global de su actitud
    anímica. Más bien ese egoísmo se encontraba, fatalmente, en la raíz misma
    de su esencia. Sus escrúpulos de juventud (cuando luchaba heroicamente
    por conseguir la misericordia de Dios y el recto camino hacia él y a la vez,

    44 Sobre todo en los años decisivos de su evolución. Luego, sin embargo, fue decayendo progresivamente; el embriagador éxito externo, así como el desarrollo de los acontecimientos, no dejaron de hacer mella en su persona.

    con tenacidad poco menos que enfermiza, sólo daba valor a su propia opinión), así como su forma de sentir y conocer, prueban suficientemente lo que decimos. Lutero fue un hombre radicalmente subjetivista: sólo veía, sólo reconocía aquello ante lo que reaccionaba su constitución y situación personal. A eso se debe que solamente asimilase una parte del material de la Biblia, a pesar de que la dominaba totalmente. Pero este material fragmentario penetró en él de tal modo, que pasó a ser lo fundamental; mientras tanto, el contenido total de la Biblia, que tan ostensiblemente complementa las parcialidades de la doctrina reformadora, el absolutizado sola fide, no llegó a cobrar vigencia suficiente. Por esto también se explica su ceguera, muchas veces total, respecto al propio pasado, cuando éste ya no cuadraba con su nueva imagen interior. Lutero quiso seguir únicamente a Dios. Pero este su querer fue muy complejo y todo él estuvo presidido por una actividad humano-espiritual tan enorme, y la solución —sentida como solución de Dios— fue reclamada, conquistada o al menos «arrebatada» (en el sentido propio de la palabra) por el mismo

    Lutero con tanta fuerza, que lo que en ella triunfó fue principalmente el deseo, la voluntad y la necesidad del propio Lutero. Este mismo querer, empecinado en su propia razón, se manifestó también en la predicación de la solución (de palabra y por escrito). Lutero nunca fue por entero un «oyente» de la Palabra, por mucho que conscientemente quisiera serlo.

    La distinción que aquí ante todo interesa no es fácil de ver, pero es decisiva. San Francisco de Asís nos puede ayudar a verla: no ser adoctrinado por nadie más que por Dios, vivir por entero de esa fuerza única que Dios concede, hacer la voluntad de Dios «revelada» por él mismo con una emoción interior capaz de poner en movimiento siglos enteros; pero, con toda esta espontaneidad, ser mero instrumento y mera donación, simple servidor, dispuesto en todo momento no sólo a retroceder, sino —por así decir— incluso a desaparecer, aun en medio de la máxima actividad... San Francisco realizó esta síntesis heroica; Lutero, no.

    c) El subjetivismo de Lutero en la selección de la doctrina no consistió en que en sus sermones y libros no predicase equilibradamente todo el contenido de la Escritura, todo lo que ésta encierra. No es eso lo que se requiere; lo que se requiere es que cualquier declaración sobre la esencia de la revelación cristiana debe ser tal que en ella pueda encontrar lugar toda afirmación importante que en esa revelación otorgada por Dios se encuentre. Lo que Lutero dice sobre la esencia de la revelación cristiana es fruto de una selección de tipo subjetivo, porque no dice lo suficiente, porque en definitiva no hace valer importantes elementos de la revelación cristiana. Esta nada tiene que ver —digámoslo una vez más— con una intención egoísta o una mala voluntad. El subjetivismo de Lutero, visto desde su conciencia, no es más que obediencia a la verdad conocida. También es legítimo recordar aquí la radicalidad de los profetas, reacios a

    todo tipo de compromiso. Incluso el reproche de «carácter porfiado», que cree siempre tener razón —si lo entendemos como en el lenguaje corriente y como característica general—, es una acusación que se puede ignorar como algo de poca monta dentro de este contexto y en comparación con su seriedad religiosa. Lo que no quiere decir que retiremos lo dicho sobre la auto-conciencia de Lutero ni que minimicemos el grave cargo de su teme­ridad irresponsable.

    El hecho es que Lutero entendió todo el Nuevo Testamento desde la Justificación, más aún (con algunas limitaciones), desde la justificación del individuo. La «justificación» es, sin duda alguna, una realidad central de la revelación cristiana. Incluso podemos decir que en cierto sentido toda la revelación gira en torno a la justificación. Sin embargo, este concepto no agota la totalidad de la revelación. Junto a ella hay toda una larga serie de valores objetivos. No es casual que en las obras de Lutero la adoración no ocupe un puesto central y que el concepto de la realeza de Jesús no tenga mucha relevancia en el protestantismo.



    La crítica que aquí exponemos no queda refutada por el hecho de que Lutero conociese prácticamente todos los textos bíblicos y los utilizase, incluidos los sinópticos; este hecho ya lo hemos tenido en cuenta en el análisis. Lo importante es determinar la función (subrayada precisamente por la investigación protestante) de cada uno de los materiales dentro de todo el conjunto. Esta función, como hemos indicado, es del todo insuficiente por lo que respecta a algunos elementos importantes, especialmente las cartas a los Efesios y a los Colosenses, el Apocalipsis y, bajo otro aspecto, la carta de Santiago y, en general, el concepto de pecado de los sinópticos y la capacidad del hombre para dar respuesta a Dios con las fuerzas propias, aunque regaladas totalmente por Dios.

    1. Por lo que concierne a la mencionada conciencia profética, es
      importantísimo advertir que Lutero no quería expresamente otra cosa que
      anunciar la voluntad de Dios, comunicada definitivamente en el evangelio.
      Jamás reivindicó para sí el cometido y la autoridad de un profeta del
      Antiguo Testamento (que no era solamente intérprete de una revelación ya
      comunicada, sino instrumento de su primera comunicación). Por desgracia,
      tampoco en este aspecto fue Lutero un oyente perfecto de la Palabra. Es
      cierto que reiteradamente, y con toda sinceridad, se declaró dispuesto a ser
      corregido desde la Escritura. Pero él interpretó más bien esta Escritura en el
      sentido mencionado.

    2. El motivo más profundo que dio pie a esta postura fue, otra vez,
      una visión parcial. Como quedó dicho, el punto de partida fue la
      exageración de la causalidad universal de Dios hasta convertirla en
      causalidad única. Por eso quedó sumamente reducida la cooperación del
      hombre por gracia de Dios en la justificación, como también el
      reconocimiento de la figura histórica de la Iglesia.

    II. RESULTADOS

    1. Lutero, estudiando el evangelio, descubrió que lo importante en él
    son unas pocas cosas. E intentó ser consecuente haciendo la «selección» de
    que hemos hablado. De esta manera su doctrina resultó de una simplicidad
    seductora. Esto, junto con la intransigencia con que en general Lutero
    sostuvo sus puntos de vista, dio a su predicación la fuerza típica del
    radicalismo, tendiendo a utilizar términos de extraordinaria eficacia:
    «Palabra», «doctrina pura», «obligado en conciencia», «libertad del
    cristiano», «el evangelio» contra la «ley» y los «hipócritas» y la «justicia
    de las obras». Lutero tomó un punto central —la confianza religiosa en el
    Padre por medio del Crucificado (teológicamente: la justificación)— y lo
    consideró como el todo. Una «simplificación liberadora», pero también una
    tremenda amputación, un drástico empobrecimiento.


    No obstante, no se puede decir que esta «simplificación» fuera mantenida siempre de forma consecuente. La misma investigación protestante sobre Lutero, especialmente la del siglo XIX, habla frecuentemente de falta de unidad en la doctrina del reformador.

    2. La relación entre la doctrina católica y la de los reformadores se
    puede expresar correctamente mediante esta fórmula: frente al «y» católico
    está el «sólo» protestante. Pero es preciso salvaguardar esta fórmula de la
    mala interpretación de que es objeto desde hace tiempo. Esta formulación
    católica es más «evangélica» de lo que podría suponerse. Las fórmulas
    protestantes exclusivas («sólo» y «únicamente») no pueden entenderse en
    sentido absoluto, como se prueba en la escritura. Tienen, no cabe duda, un
    gran valor en cuanto que destacan con especial fuerza algo central. La «sola
    escritura» señala un hecho decisivo: que toda verdad cristiana se asienta en
    ella. Pero esto, bien entendido, también es doctrina católica. Por eso santo
    Tomás de Aquino, por ejemplo, no tiene ningún reparo en emplear la
    expresión sola scriptura.

    En cambio, el «y» católico no indica sólo una diferencia cuantitativa, un más o un menos en las doctrinas de fe; no debe entenderse aditivamente en el sentido propio de la palabra, como si según la doctrina católica hubiera dos magnitudes en la revelación, distintas en sí mismas y que, unidas, darían como resultado la totalidad de la revelación.. Escritura y tradición, por ejemplo, no son realidades extrañas o completamente distintas la una de la otra. La tradición no es una fuente de fe independiente de la escritura. La tradición en la Iglesia es la «transmisión total y viva de la verdad en la Iglesia jerárquica, cuyo órgano central es la escritura inspirada». La escritura necesita ser explicada. Sólo guarda su sentido pleno y auténtico cuando permanece «inmersa en esta tradición viva de la

    Iglesia» (Bouyer). El «y» católico ha de entenderse como el desarrollo dinámico de muchos elementos que arrancan de una raíz.

    3. La interpretación funcional del «y» católico lleva a afirmar el sacerdocio sacramental especial católico con el magisterio eclesiástico, además del sacerdocio general de todos los creyentes, y, con ello, a establecer la diferencia decisiva entre lo «reformador» y lo «católico»; se trata de un concepto diferente de Iglesia. En efecto, el catolicismo realiza plenamente la exigencia bíblica de escuchar la palabra predicada por los apóstoles y por sus sucesores los obispos, mientras que las Iglesias de la Reforma reivindicaron (y reivindican) para sí el determinar de nuevo, partiendo de la Escritura como norma, cuál sea el contenido y el alcance de lo que se ha de escuchar. Al mismo tiempo se manifiesta una insuficiente comprensión de la Iglesia como realidad sacramental (y que da testimonio sacramentalmente) y del pensamiento sacramental.

    El rechazo del magisterio vivo (que no es una realidad intelectualista y juridicista, sino profética y sacramental) hubo de conducir necesariamente a una progresiva inseguridad y a la escisión dentro del protestantismo. Se puso de manifiesto la peligrosa fuerza explosiva de la unilateralidad de lo personal e interior. Lo subjetivo no sólo tiene valores; sin una suficiente conexión con lo objetivo, cae fácilmente en el caos de la exaltación desmedida de lo espiritual e interior (racionalismo, esplritualismo). Así, la unilateralidad de Lutero sucumbió al peligro de la contradicción interna, que con el correr de los siglos resultó a veces una recaída en la posición contraria.



    Contradicciones:

    1. La primera fue la siguiente: partiendo de una experiencia única y
      personalísima de determinadas dificultades teológicas y religiosas,
      partiendo también de la certeza de salvación obtenida de tal experiencia,
      Lutero hizo una presentación objetiva de algo vinculante para toda la
      Iglesia en general. Un hecho único, históricamente casual y subjetivo, fue
      elevado a la categoría de universalmente válido.

    2. Aquí es donde radica el más grave error filosófico e histórico de la
      doctrina de Lutero. Con su ejemplo y con su doctrina negó el magisterio
      establecido y su tradición y erigió la conciencia del individuo en juez del
      contenido de la Biblia y de la predicación de la fe cristiana. Pero según la
      intención de Lutero, como ya hemos dicho, esto no puede interpretarse en
      el sentido de los siglos XVIII al XX, es decir, como proclamación de la
      conciencia autónoma. Lutero, en efecto, no sólo se vio personalmente
      prisionero de la Palabra objetiva de Dios, sino que a su vez obligó también
      a sus seguidores a aceptar eso mismo mediante una profesión de fe
      obligatoria. Lutero negó radicalmente a todos los demás (no sólo a los

    católicos, sino también a las otras confesiones protestantes, a Zuinglio, a los «sacramentarios», a los anabaptistas, etc.) la libertad de interpretar la Escritura que él mismo practicó. Quiere esto decir que la base del luteranismo es un dogmatismo subjetivista o un subjetivismo dogmático. Por una feliz inconsecuencia, y sobre todo por la fuerza irresistible que emana de la persona del Señor, pudo este absurdo lógico convertirse en una unidad viva, como ha ocurrido desde los tiempos de Lutero durante siglos, aunque no por ello haya desaparecido la contradicción interna. Aquí radica el motivo de la constante fragmentación del protestantismo en múltiples movimientos. Contra su voluntad, pero siguiendo una evolución lógica, Lu­tero llegó a ser el padre de la conciencia autónoma y, por lo mismo, del protestantismo liberal (Von Loewenich).

    c) Prescindiendo ahora de su contenido, en la doctrina luterana hay una laguna importante: la falta de unión entre la fe y la moralidad. La frase «peca decididamente, pero cree más decididamente» (pecca fortiter, sed crede fortius) procede del propio Lutero. Pero quien de aquí deduzca que Lutero no concedía valor ninguno a la vida práctica religiosa y moral y a las buenas obras comete una profunda injusticia, tanto contra Lutero como contra el protestantismo. La frase de Lutero resume, ciertamente de manera exagerada y peligrosa, el convencimiento de que la fe es lo único que sirve para la salvación y vence también al pecado (de modo similar a la frase de Agustín: «ama y haz lo que quieras» [ama et fac quod vis]). La recta fe debe conducir y conducirá por sí misma a una vida cristiana.

    Pero aquí también radica la dificultad fundamental. Es un hecho que el solo principio de la justificación por la fe ha motivado que lo moral en el negocio de la salvación haya quedado, cuando menos, desatendido y, en la práctica, incluso reducido a algo secundario. Este hecho, unido a la lucha sin cuartel contra las «obras», ha permitido muy a menudo que lo instintivo en el hombre saliese a la luz. Las quejas de Lutero de que su doctrina muchas veces era interpretada «carnalmente», como si fuera una liberación de los vínculos morales, y sus conocidos lamentos de que ahora, bajo el evangelio, la moralidad marchaba aún peor que bajo el papado, nos eximen de aducir más pruebas. La convicción de que «mi voluntad no es libre y no puede hacer en absoluto nada provechoso para la salvación, y la concupiscencia es invencible», ha hecho surgir con harta frecuencia, y con toda consecuencia lógica, la pregunta siguiente: ¿Para qué, pues, esforzarse; por qué no dejarse llevar? Quiérase o no, esta doctrina encierra en sí misma el peligro objetivo del quietismo y del libertinaje. Hay que añadir que el luteranismo, allí donde ha permanecido fiel a su seriedad religiosa (por ejemplo, en la casa parroquial de Lutero y en su contorno), siempre ha sabido muy bien conjurar positivamente esa peligrosa conse­cuencia llevando una vida cristiana verdaderamente ejemplar.

    Recaídas en la posición contraria: El protestantismo fue casi puramente fideísta y, sin embargo, desembocó en el racionalismo; quiso conceder valor tan sólo a lo sobrenatural y, sin embargo, debilitó y aun destruyó el concepto de revelación; quiso santificar la vida civil y natural y, sin embargo, provocó la secularización de la cultura.

    a) Los reformadores no fueron los primeros en sacar la Biblia a la luz
    del sol, como afirmaron Lutero y, tras él, miles de seguidores. Pero no
    puede negarse que todos ellos aprovecharon el poderoso impulso y el gran
    ejemplo dado por Lutero: leyeron la Biblia con todo entusiasmo,
    entendieron la Palabra como fuerza de Dios que obra en nosotros y
    predicaron sus textos infatigablemente.

    Hasta nuestros días, el protestantismo ha conseguido que aun entre los más liberales de sus seguidores el libro sagrado recibiese en la práctica (al menos personalmente) la máxima veneración. También es verdad que su ejemplo (y la necesidad de defenderse en la polémica) ha llevado a los católicos a un estudio y a una lectura más profunda de la Biblia, si bien no en satisfactoria medida hasta época reciente. Pero también aquí se ha puesto de manifiesto el peligro mortal del parcialismo herético. El protestantismo quiso expulsar radicalmente la filosofía (la «ramera razón») de la religión (fideísmo); quiso ser tan sólo religioso, en contacto inmediato con la Biblia. Es enormemente meritorio todo lo que el protestantismo ha aportado en este aspecto, descubriendo un sinnúmero de categorías bíblicas. Pero también es un hecho, realzado una y otra vez como título de honor por los estudiosos protestantes, que el protestantismo, sus Iglesias y especialmente su teología han estado desde el siglo XVI no sólo en estrecho contacto, sino también en posición de dependencia respecto de la filosofía moderna.

    El protestantismo entendió, además, la realidad religiosa proclamada en la Biblia de una manera peligrosamente unilateral: a Lutero (y al protestantismo en general) le faltó comprender la central significación de lo sacramental en el evangelio y en la Iglesia, como ya hemos observado. Lutero reconoció e insistió en el bautismo y en la eucaristía, pero en realidad sólo concedió valor a la «Palabra» de la Escritura.



    Por lo demás, la veneración unilateral de la Biblia como única autoridad religiosa llevó a algunos fatales retrocesos: desde la concreta valoración religiosa (no científica) que hizo Lutero de las partes del canon bíblico, hasta la inabarcable complejidad de la actual crítica protestante de la Biblia, el protestantismo ha sucumbido, de modo paradójico pero consecuente, al peligro racionalista, llegando a tergiversar radicalmente tanto la figura del Señor como su doctrina y como el bautismo, acabando por destruir científicamente el valor histórico y la unidad de la Biblia.

    b) La razón de esta recaída estriba en que contradice al concepto
    mismo de revelación el rebelarse contra ella. En el reino de lo natural, el

    rechazo de lo existente es a veces la justificación de la protesta misma. Pero en el ámbito de la revelación, que es radicalmente independiente del hombre —¡cuántas veces lo han subrayado los innovadores religiosos!—, no puede darse jamás el derecho de un rechazo semejante. En el ámbito natural, los fenómenos patológicos pueden descomponer el organismo. Pero esto no puede ocurrir en el ámbito de la revelación cristiana, que es sobrenatural. Pues a ella se le promete que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, y ella es, en la figura de la Iglesia, el Cristo que sigue viviendo. Por eso la Iglesia en su esencia nunca se apartará de su verdad y su santidad. La Iglesia santa es también la Iglesia de los pecadores. Muchos de sus elementos, muchos de sus ministros están expuestos al pecado; pero en su núcleo íntimo, protegido por el Espíritu Santo, la Iglesia no puede pecar ni apostatar de la verdad.

    Las anomalías dentro de la Iglesia y el mismo oscurecimiento de su doctrina imponen el deber de la crítica y la exigencia de la reforma, pero siempre dentro de la unidad; mas las anomalías no pueden justificar jamás un rechazo de la Iglesia misma, aunque sean tantas y tan graves como al final de la Edad Media. Paradójicamente, y a pesar de perseguir expresamente el objetivo contrario, ningún fenómeno en la historia de la Iglesia ha contribuido tanto a oscurecer el concepto y el orden de la revelación como el protestantismo, que precisamente se alzó contra la Iglesia en nombre de esa revelación45.



    c) Secularización de la cultura. El protestantismo subrayó fuerte­mente la dignidad de la profesión civil como servicio prestado a Dios. Frente a las afirmaciones protestantes hemos de afirmar que esta posición se identifica con la concepción católica. Puede decirse, ciertamente, que en la baja Edad Media esta concepción estuvo muy oscurecida. Puede decirse también que el protestantismo se esforzó por conseguir, y en su campo consiguió, lo que la Edad Media descuidó tantas veces: desclericalizar la piedad cristiana. Formar un laicado cristiano adulto según el evangelio constituyó un mérito inestimable. Pero también aquí la actitud unilateral del protestantismo provocó a menudo la reconversión en lo contrario. Se suscitaron, es cierto, grandes movimientos: el calvinismo, el metodismo y el pietismo, los cuales consiguieron en sus seguidores una profunda cristianización de toda la vida pública y privada. Pero esto no fue la regla general. Al contrario: en lugar de la integración de lo secular y lo laico en la piedad, el resultado ha sido, siglos después, la mundanización de la



    Compartir con tus amigos:
  • 1   ...   14   15   16   17   18   19   20   21   ...   64


    La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
    enviar mensaje

        Página principal
    Universidad nacional
    Curriculum vitae
    derechos humanos
    ciencias sociales
    salud mental
    buenos aires
    datos personales
    Datos personales
    psicoan lisis
    distrito federal
    Psicoan lisis
    plata facultad
    Proyecto educativo
    psicol gicos
    Corte interamericana
    violencia familiar
    psicol gicas
    letras departamento
    caracter sticas
    consejo directivo
    vitae datos
    recursos humanos
    general universitario
    Programa nacional
    diagn stico
    educativo institucional
    Datos generales
    Escuela superior
    trabajo social
    Diagn stico
    poblaciones vulnerables
    datos generales
    Pontificia universidad
    nacional contra
    Corte suprema
    Universidad autonoma
    salvador facultad
    culum vitae
    Caracter sticas
    Amparo directo
    Instituto superior
    curriculum vitae
    Reglamento interno
    polit cnica
    ciencias humanas
    guayaquil facultad
    desarrollo humano
    desarrollo integral
    redes sociales
    personales nombre
    aires facultad