J o s e p h L o r t z



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protestantes. Nos referimos a la de Zuinglio en Zurich y a la de Calvino en
Ginebra. Para la historia general de la Iglesia católica, Zuinglio y su obra
tienen una importancia secundaria, aun cuando la escisión confesional de
Suiza, que él acarreó, sigue siendo hasta hoy una dolorosa muestra de lo
funesto de toda ruptura de la fe y de la Iglesia.

  • En Ulrico Zuinglio (1484-1531; muerto en la batalla de Kappel)
    confluyeron elementos de luteranismo y humanismo. Pero él siguió su
    propio camino de reforma. El elemento racionalista o, más bien,
    espiritualista, implícito en el humanismo, dio a su doctrina y a su Iglesia un
    sello característico: pura liturgia de la palabra; rechazo y destrucción de las
    imágenes de los santos; volatilización del «Esto es mi cuerpo» en «Esto
    significa mi cuerpo».

    Con todo, frente a la devaluación sacramental que acabamos de mencionar, encontramos también en él un notable aspecto positivo. La baja Edad Media, con su raquítica concepción moralista de los sacramentos, los había considerado preferentemente como dones de Dios al individuo o como frutos que se le aplicaban. Zuinglio, lo mismo que Calvino (y, aunque menos, también Lutero), fue uno de los que redescubrieron el carácter esencialmente comunitario de los sacramentos, sobre todo de la eucaristía. Los sacramentos están ahí para el pueblo de Dios en cuanto comunidad.

    El movimiento de Zuinglio acusó una fuerte tendencia nacionalista suiza, en la que desde un principio se mezclaron estrechamente los in­tereses políticos. Por ello la innovación eclesiástica en Suiza estuvo desde un principio marcada por el juego general de fuerzas entre los diversos cantones.



    A Lutero no le agradaba Zuinglio: «Usted tiene otro espíritu» (Diálogo de Marburgo, § 81, IV). «Confieso que... tengo a Zuinglio por no cristiano, y con toda su doctrina». Lutero condenó a Zuinglio, como hijo

    del diablo, a los infiernos, igual que al papa, sólo que no con la misma argumentación.

    3. Juan Calvino (1509-1564), nacido en el norte de Francia, cursó primero estudios filosóficos y humanísticos (con éxito notable) y luego pasó al estudio del derecho. Posiblemente entró en contacto con la doctrina de Lutero ya en la universidad, pero «por respeto a la Iglesia», como él mismo dice, adoptó una postura de resistencia interior frente a ella. El propio Calvino refiere una «conversión repentina», que muy bien pudo haber acontecido entre los años 1529 y 1531. El la describe como el desenlace de la lucha de una conciencia angustiada, incapaz de recobrar la tranquilidad.

    En 1535 escribió su principal obra, la Institutio religionis christianae.

    La Institutio apareció en 1536. Pero en los diez años siguientes fue reelaborada y ampliada, llegando hasta la cuarta edición y alcanzando una amplitud cinco veces mayor. Ha sido una de las obras más influyentes de la literatura mundial. En su estructura acusa en primer lugar la influencia del Pequeño Catecismo de Lutero, y fue durante mucho tiempo la obra más leída de los reformadores. El mismo año de 1536, Calvino vino casualmente a Ginebra (donde trabajó en compañía de Guillermo Farel, 1489-1565, en la reforma de la ciudad). Desterrado de ella en 1558, desplegó su actividad en Estrasburgo (en compañía de Bucero). En 1541 fue llamado nuevamente a Ginebra. Allí residió desde entonces permanentemente y allí organizó su Iglesia.



    Calvino fue una personalidad polifacética y genial. La doctrina por él enseñada, aunque acuse las influencias de Lutero, es un producto original.

    Calvino —completamente al revés que Lutero— vivió casi del todo replegado detrás de su obra. Durante toda su vida se mantuvo en la disciplina más rigurosa. A pesar de su persistente enfermedad, cumplió siempre con heroica abnegación sus deberes de predicador y cura de almas. El mismo día de su muerte reunió a sus amigos junto al lecho para dirigirles un sermón. Su tarea estuvo enteramente presidida por un interés pastoral y práctico (incluso en su doctrina sobre la predestinación, apdo. d).



    a) La disposición anímica de Calvino fue muy distinta de la de Lutero. Calvino poseyó una cabeza sistemática. De laico fue educado por la jurisprudencia, no por el convento, como Lutero. Su predicación reformadora, con los años, fue conjugándose más y más con una teología clara y racionalmente formulada, en la que, no obstante, también se advierten algunas oscilaciones de importancia.

    La aspereza de su predicación sólo excepcionalmente se vio iluminada por conceptos como «gozo espiritual» y «agradecimiento». Su predicación del amor también careció, al parecer, del sentimiento cálido que se advierte en la de Lutero. En cambio, Calvino puso especial empeño

    en valorar como bendiciones divinas los bienes y las fuerzas naturales creados por Dios. De todas formas, Calvino no fue tan «insensible calculador y frío intelectual» como muchas veces se le ha presentado. Le unió una profunda amistad con su colaborador Farel y, sobre todo, con su discípulo y sucesor Teodoro Beza (f 1605). Incluso llegó a escribir a otro colaborador suyo, Pierre Viret, las siguientes palabras: «Tú conoces muy bien la ternura y delicadeza de mi alma». No obstante, su actitud fundamental fue siempre la del heroísmo en el cumplimiento del deber, la de la perseverancia callada y obediente en el puesto que Dios nos asigna. La base de esta actitud fue, como en todos los reformadores, la nueva comprensión de la Biblia (con el triple «sola»). En ella se expresa la voluntad misteriosa de Dios y su ley. Pero la Biblia no solamente conforma la actitud creyente del individuo sino que, sobre todo, crea una Iglesia. Calvino la llama «Iglesia reformada según la palabra de Dios».

    Calvino fue teólogo, educador, organizador, censor, propagandista, diplomático y político a la vez y, además, de gran categoría (Zeeden).



    b) Las diferencias entre las doctrinas de Calvino y de Lutero estriban
    —en cuanto al contenido— en la diferente matización de la idea de Dios:
    Calvino buscó, ante todo y sobre todo, el honor de Dios y nada más ; su
    predicación insistió mucho más en el Dios exigente que en el padre
    amoroso. El «deber» fue para él un concepto central (aquí se manifiesta el
    influjo típico de las ideas veterotestamentarias).

    También en su cristología, otro tema central para Calvino (todos son elegidos en Cristo: Ef 1,4), advertimos un rasgo fundamental diferente de Lutero. Mientras Lutero confesó correctamente que Jesús es Dios y hombre en una sola persona, en el caso de Calvino se puede hablar de una cierta tendencia nestoriana.

    Desde el punto de vista formal, Calvino se diferenció de Lutero por su mayor consecuencia y más clara unidad en las ideas fundamentales.

    c) Pero esto no quiere decir que Calvino haya construido un sistema
    cerrado que tenga por centro una idea de la cual se deriven todas las demás.
    Nuestro pensamiento, el pensamiento de los cristianos, consiste en acoger
    la Escritura, la palabra de Dios; en ella se encierra todo lo que sirve para la
    salvación.

    El contenido de la Escritura no es otro que el Dios todopoderoso y eterno, él solo. Ser piadoso quiere decir reconocer en todo la voluntad de Dios. Todo lo que acontece es obra de Dios. En la Biblia se nos anuncia el designio misterioso y eterno de Dios de elegirnos por pura gracia. En él está decretada también la encarnación y la redención por Jesucristo: el que cree en Jesucristo está seguro de su elección.



    29 Obsérvese el parentesco formal con las palabras de san Ignacio sobre la elección (§ 88).

    d) El mismo texto sagrado nos enseña con la palabra y el ejemplo
    que Dios ha asignado a unos hombres la vida eterna y a otros la con­
    denación eterna por su simple voluntad eterna y misteriosa. La predes­
    tinación al infierno se nos enseña como un anuncio al mismo tiempo
    temible y adorable (en ella se revela la gloria del Dios condenador); por eso
    debe ser enseñada ateniéndose estrictamente a lo que dice la Biblia,
    quedando prohibida toda especulación (cosa que Calvino no siempre
    cumplió).

    Con el paso de los años, Calvino insistió cada vez más en la idea de la reprobación predeterminada30. Pero tal idea no llegó a ser en absoluto un elemento capital de su doctrina (en cambio, su discípulo Beza creyó poder resumir toda la doctrina cristiana en una sola página con el título «Predestinación»).

    Calvino fue plenamente consciente de las dificultades implícitas en su doctrina de la reprobación positiva. Y las afrontó ya desde el año 1539. Naturalmente, no consiguió superar la paradójica contradicción que en ella se encierra. Así, por ejemplo, la distinción entre voluntad de Dios y mandato de Dios no aclara nada. En su pensamiento, no obstante, hay un elemento valioso: el misterio, el eterno e inescrutable designio de Dios, su eterno y absoluto poder y libertad, la completa independencia en sus decisiones de todo lo que el hombre pueda hacer: «¿Quién eres tú, hombre, para discutir con el eterno?» (Rom 9,20).

    Es muy importante señalar que Calvino integró la doctrina de la reprobación dentro de su gran preocupación pastoral, la doctrina de la elección. Su gran objetivo es hablar de la elección. Los hombres deben ser conducidos a Cristo para ser contados entre los elegidos. La «comunión con Cristo», la fe, destruye toda duda sobre la salvación eterna de cualquier individuo. «Conocemos nuestra elección por la promesa de salvación que nos hace el evangelio», acogida sin reservas (Wendel).



    e) Tampoco Calvino sacó todas las consecuencias implícitas en sus
    premisas (la sola Escritura). A diferencia de la predicación soteriológico-
    individualista de Lutero, Calvino, latino en cierta medida, partió claramente
    de la Iglesia entendida como la comunidad de Dios, la cual no sólo regula
    la fe mediante un régimen riguroso, sino que también somete a disciplina
    toda la vida y costumbres mediante una ordenación eclesiástica completa31.
    Calvino tuvo una especial sensibilidad para captar cuán fundamentales y
    necesarias son las formas políticas para todo tipo de vida que quiera

    30 Sin embargo, hay que tener muy en cuenta (junto con lo ya dicho en cada uno de los
    apartados) que la Institutio sólo trata de la predestinación en una parte de su tercer libro.

    31 Etapas de esta evolución en Ginebra: las bases se sentaron en sus Ordonnances
    ecclésiastiques (1541), que tras la derrota del grupo de la oposición fueron aceptadas
    por el consejo en 1555 con una nueva redacción. El mismo consejo ya había aprobado
    oficialmente la doctrina de la predestinación en 1552.

    perdurar en una comunidad. Un comportamiento verdaderamente moral en una comunidad no puede estar garantizado por la pura interioridad de la libertad del hombre cristiano. Así, pues, es la comunidad organizada con el máximo rigor la que se constituye en agente de la ley, y así la ley impera absolutamente y su total cumplimiento queda asegurado y controlado en todos los ámbitos de la vida. El principio monárquico de la Iglesia luterana pasa a ser, pues, la ley oligárquico-democrática. En Francia, donde día a día fue creciendo en la ilegalidad una Iglesia martirial, Calvino intentó una y otra vez organizar férreamente a los «convertidos a la Palabra».



    La autoridad rectora se establece en cuatro ministerios: predicadores, ancianos, doctores y diáconos, si bien sólo es ministerio en sentido estricto el de «servidor de la Palabra», que para Calvino es el «tercer sacramento» (apdo. h). Sólo la Iglesia puede conferir ministerios, sobre todo el de la predicación. Sin embargo, el propio reformador ginebrino no recibió ninguna «ordenación»; a su especial vocación llegó únicamente por la fe, y estuvo sinceramente convencido de seguir en esto el camino de la antigua Iglesia.

    La seriedad cristiana, pues, se realiza plenamente. Como el hombre está corrompido hasta la médula debe ser sometido a disciplina. Calvino, con una seriedad digna de admiración, trató de cubrir la laguna más peligrosa para la vida cristiana en el sistema de Lutero, esto es, la escasa — y metódicamente débil— conjunción de la moral con la fe32. Calvino propugnó y organizó una vida de estrechísima moralidad, sobriedad y economía, y en gran parte lo consiguió (apartado 5 b). En efecto, en su Iglesia llegó a implantar una recia y temeraria conciencia de responsabilidad por la pureza y el crecimiento del reino de Dios sobre la tierra. Mediante tan rígida constitución, que disponía a su vez de órganos de estricto control, se creó una vida eclesiástica intensa.



    Pero con ello, y aunque se siguió predicando insistentemente la libertad cristiana de los elegidos por Dios (unida a la doctrina de la fuerza irresistible de la gracia), la libertad de conciencia no quedó mejor protegida. A quienes pensaban de distinta manera se les castigó, a veces con la pena de muerte. Entre los años 1541 y 1546 fueron impuestas 58 penas de muerte. En 1553 fue ajusticiado el antitrinitario Miguel Servet. Calvino participó muy activamente en las medidas de represión.

    Por otra parte, el propio Calvino reconoció al cristiano el derecho de resistencia a la autoridad injusta (en Lutero esta concepción está muy ensombrecida por la exigencia de la obediencia tolerante), pues también la autoridad política está sometida a las exigencias del evangelio. Si no responde a tales exigencias, debe ser en todo caso eliminada. Desde esta

    32 Martín Bucero, que influyó mucho sobre Calvino en sus comienzos, define, por ejemplo, la sacra doctrina precisamente comoproprie moralis y como arte de la vida recta.

    perspectiva se comprende que el calvinismo tuviera mucha mayor pujanza que el luteranismo.

    1. También a diferencia de Lutero, que lo vio todo centrado en la
      salvación personal, Cal vino dio a su comunidad un quehacer universal:
      inculcó en ella el impulso misionero de extenderse por todas partes. Llegó
      incluso a exigirle expresamente, caso de ser necesario, la represión por la
      violencia de toda doctrina no calvinista y, especialmente, de la doctrina
      católica. Calvino no negó que también en la Iglesia católica haya elementos
      que respondan a lo que Jesús fundó. Pero en ella Cristo y su evangelio se
      hallan tan sofocados y soterrados por la «tiranía del papa», que más bien
      parece verse en ella una imagen de Babel que de la Jerusalén celestial.
      Todo esto, además, se complementa con la exigencia de paciente
      sufrimiento en caso de persecución de la «Iglesia de la Palabra». Calvino
      mismo, y más aún su principal colaborador y sucesor, Teodoro Beza, lo
      exigió expresamente en sus mensajes a las comunidades de la «pobre y
      pequeña Iglesia» de los hugonotes franceses, que fue duramente perseguida
      y en su mayor parte mantuvo Victoriosamente su confesión.

    2. La construcción de la Iglesia calvinista se vio acompañada de una
      bárbara y anticultural destrucción de imágenes, a la que sucumbieron
      incontables «ídolos» de arte gótico (sobre todo en Francia y, más tarde,
      también en Holanda). Sin embargo, no fue Calvino el culpable de estos
      excesos; él siempre se opuso a todos los desafueros fanáticos de los
      iconoclastas. Incluso los excesos cometidos en Lyon en 1562, que de
      alguna manera fueron comprensibles como desquite, Calvino los recibió
      «como una afrenta, con amargura de corazón», y como una contradicción al
      evangelio: «Nuestra idea nunca ha sido afrontar la violencia con la
      violencia».

    h) Cuando se habla de la liturgia o celebración pura de la Palabra, es evidente que en ella también se incluye la celebración de la Cena. Calvino la prescribió para todos los domingos e insistió en que los fieles acudiesen a la Cena en el mayor número y con la mayor frecuencia posible. Es un hecho digno de consideración, si lo comparamos con la poca frecuencia de la comunión durante la baja Edad Media. Calvino, sin duda, acrecentó esta estima de la comunión con su doctrina de la «presencia pneumatológica» (F. Jacobs) del Señor en el sacramento. En su obra son fundamentales las afirmaciones que confiesan la presencia sustancial de Cristo en la consagración del pan y del vino. Quien recibe el sacramento con fe queda, mediante la celebración, elevado espiritualmente junto a Cristo, que se le entrega realmente de una forma celestial.

    El medio decisivo de la predicación y, por lo mismo, de la santificación es la palabra, que está provista de mayor dignidad y fuerza aún que en el caso de Lutero. El sacramento es verbum visibile. Toda «palabra» de Dios es más que simples «palabras», más que una instrucción;

    es una acción en nosotros. Esta acción se acrecienta en los sacramentos. Es fácil advertir cuán necesaria y fundamental es para la Iglesia calvinista la autodenominación «Iglesia de la palabra reformada» y cuánta realidad encierra ese título.

    i) Ya quedó dicho que el espíritu de esta religión es sobrio, como sus iglesias, sin altar ni velas. Por otra parte, el calvinismo presentó el mundo a sus seguidores como un campo de trabajo, y ello en el sentido de un acrisolamiento (véase apdo. 4), que en sus éxitos podía ver la bendición de Dios.

    La radical concentración de energías en la realización de obras me­ritorias, unida a un espíritu de economía exigido rigurosamente por la religión, hizo surgir ese espíritu puritano que, animado por el celo tenaz de Calvino, preparó y difundió por el mundo el talante del empresariado moderno y del moderno capitalismo. Es preciso subrayar, no obstante, que el propio Calvino estuvo, como es lógico, muy lejos del espíritu del capitalismo. Intentó inculcar a su Iglesia un espíritu de moderación y nunca aprobó ganar dinero en beneficio propio.



    j) A diferencia del zuinglianismo, el calvinismo tuvo una gran importancia para la historia universal en el sentido propio de la palabra (mucho más incluso que el luteranismo). El calvinismo llevó el protestantismo (convertido ya en una tropa de combate) a Francia, Hungría, Holanda, Escocia e Inglaterra. Estos tres últimos países acababan de convertirse en países marineros: por medio de ellos la doctrina reformadora pasó a ultramar, sobre todo a América, y precisamente bajo la forma del calvinismo puritano.

    k) Calvino trabajó personalmente con toda minuciosidad en la difusión de su doctrina y su Iglesia por toda Europa. Así lo atestigua su correspondencia con Bohemia, Moravia, Austria, Lituania, Polonia, Transilvania y Hungría. En este aspecto se parece mucho a Ignacio de Loyola. En todas partes consiguió establecer relaciones con los príncipes y con otras personas influyentes. Y, también como Ignacio, logró que un enorme número de personas del más distinto carácter sirviera a los propósitos de su ardorosa voluntad.

    En Calvino se manifestó con especial intensidad una fuerza que es difícil de explicar desde el punto de vista puramente racional, pero que podemos considerar como central en el seno de la Reforma, y es que, a la vista de los abusos que se daban en la Iglesia y de la necesidad general de reforma in capite et in membris, que se sentía y expresaba aun dentro de la misma Iglesia, tanto los reformadores como algunos de sus colaboradores principales fueron el medio de expresión de una conciencia profética, que anunciaba en nombre de Dios la transformación inminente. En el caso de Calvino, esta conciencia estuvo aún más clara que en el de Lutero. Como juez profético, Calvino no facilitó la empresa del ser cristiano, sino



    precisamente la dificultó y endureció; pero, al cargarla con la responsabilidad de la construcción del reino de Dios, consiguió inculcarle el deber de la entrega total a la obra de Dios y, con ello, desplegar la poderosa dinámica misionera ya mencionada.

    Cal vino murió en Ginebra en 1564. En su lecho de muerte afirmó que nunca había obrado por odio, sino que todo lo había hecho para honra de Dios.



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