J o s e p h L o r t z



Descargar 6.39 Mb.
Página14/64
Fecha de conversión27.03.2018
Tamaño6.39 Mb.
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   64
concepto católico de sacramento como objetivo opus operatum (§ 17),
precisamente porque veía en él una humanización o, como él mismo
prefería decir: idolatría, judaísmo y herejía; pero en esto tampoco llegó
hasta el final. En efecto, según Lutero la fe del sujeto receptor es la que
confiere su eficacia a los sacramentos; pero también según él, por ejemplo,
en la celebración de la santa cena, la presencia del Señor es tan real que
incluso el pecador en pecado mortal (o sea, según la concepción de Lutero,
el no creyente) come y bebe el cuerpo y la sangre del Señor. En este punto,
pues, Lutero quebró su actitud «subjetivista» y se mostró favorable a una
concepción objetiva, sacramental. Y lo mismo se puede decir de su
insistencia en el aspecto comunitario de la celebración eucarística.

  • Igualmente inconsecuente fue también su concepto de Iglesia. La
    tendencia fundamental (entiéndase la tendencia, no el concepto como tal)
    es espiritualista; pues todo lo que pertenece a la fe respecta a lo invisible
    (Heb 11,3.27). Al fin y al cabo, según la concepción de Lutero, en el
    sacerdocio sacramental, esto es, en la jerarquía católica y en el pontificado,
    el hombre se ha colocado en el lugar de Dios. En este sentido, todo lo
    institucional en la Iglesia es diabólico. Así, Lutero proclamará con odio
    tremendo y tintes injuriosos que el papado es fundación del demonio. Un
    primer paso hacia este concepto de Iglesia se dio en la Disputa de Leipzig

    24 Esto es, sacramentos en un sentido esencialmente diferente de otras expresiones y proclamaciones de la fe.

    de 1519, cuando Lutero se vio obligado por Eck, que veía las cosas con más profundidad, a sacar las últimas consecuencias de sus afirmaciones, a saber: que el pontificado no viene de Dios y que los concilios pueden equivocarse y de hecho se han equivocado.

    De este modo la Disputa de Leipzig constituyó un momento decisivo para la evolución externa de la Reforma. En ella se puso por primera vez de manifiesto con cierta claridad la base no católica sobre la que Lutero se apoyaba. Tras el reformador, tan anhelado como apoteósicamente recibido, se descubrió el predicador de una nueva doctrina. Los católicos vieron las cosas con más claridad. Los dos campos comenzaron a deslindarse.

    c) A pesar de todo, la Iglesia no era para Lutero algo exclusivamente
    interior e invisible. Su concepto de Iglesia no era puramente espiritualista.
    Lutero supo reconocer las notas visibles de la Iglesia, de las que las
    principales son la pureza de la doctrina y la recta administración de los
    sacramentos. Dondequiera que se predique íntegramente la palabra de Dios
    y se administren correctamente los sacramentos está la verdadera Iglesia.
    La Iglesia esencialmente invisible es al mismo tiempo tan esencialmente
    visible, que a la postre no deja de estar amenazada en todo aquello que es y
    hace; incluso en su propio núcleo: la verdad, el ministerio y la santidad de
    la Iglesia no están propiamente aseguradas, pueden caer en el pecado. Si es
    cierto que la palabra de Dios ha de ser predicada de forma visible en todas
    partes y en todos los tiempos, también es cierto que la Iglesia externa puede
    ser corregida en contraste con la misma palabra. La Iglesia, como cada
    cristiano, está sujeta a la justificación. En la Iglesia no se da un derecho
    divino ni una infalibilidad absoluta. Sin embargo, la Iglesia como un todo
    es infalible.

    Este concepto de Iglesia de Lutero fue siempre confuso y oscilante. En todo caso, desde aquella confesión de Leipzig de 1519 el sacerdocio en el sentido tradicional, esto es, como organismo jerárquico y sacramental, quedó puesto en entredicho y con ello, naturalmente, también la tradición. Por otra parte, la Iglesia según Lutero también está firmemente enraizada en el Antiguo Testamento y en su Sinagoga.

    d) Todo esto procede de una concepción que ya hemos encontrado en
    la baja Edad Media y que Lutero, conmovido por el sacrosanto poder de la
    «palabra», desarrolló ampliamente y llenó de contenido positivo. Dicha
    concepción se resume en el «principio de escritura» de Lutero: la única
    fuente de la fe es la Biblia. La interpretación de la Biblia, como la selección
    que de sus libros hizo Lutero (según él los libros deuterocanónicos, la carta
    de Santiago y el Apocalipsis de san Juan no son vinculantes, pero,
    inconsecuentemente, siguen apareciendo en su Biblia), se rige por el
    criterio de «lo que trae a Cristo», con lo cual es la misma unidad interna de
    la Biblia (la Biblia como su propio intérprete) la que garantiza su recta
    interpretación. Es un criterio claramente impreciso, cuya aplicación queda,

    a la postre, en manos del individuo según su visión de la fe. Es una actitud prácticamente individualista, ya que Lutero no reconoce un verdadero magisterio vivo. Sin embargo, Lutero se atiene al texto de la Escritura tal como él lo ve y lo entiende de una forma estrictamente dogmática.

    El verdadero alcance del «principio de Escritura» propuesto por la Reforma se hace patente cuando se pregunta si la Escritura vincula o no al creyente con la Iglesia, a la que la Escritura ha sido confiada. La interpretación autorizada de ésta, transmitida mediante la sucesión apostólica, es lo que propiamente forma el contenido de la «tradición». También en este punto Lutero nos deja en la estacada, si buscamos en él una toma de postura unitaria y consecuente.

    Igualmente variable es también su interpretación de la historia. Una vez predica que pelear contra los turcos significa pelear contra Dios, que quiere castigarnos por nuestros pecados; más tarde se pronuncia en favor de una cruzada contra ellos. Unas veces el éxito de la Reforma es una prueba de la ayuda de Dios; otras veces las persecuciones le parecen signos de la gracia.



    8. La imagen de la personalidad espiritual y humana de Lutero tras su «salida» del convento (en el que conservó su vivienda) no es fácil de describir. La tesitura dominante e impetuosa de los años decisivos de la Reforma no la mantuvo siempre tan alta y plena. En cierto modo, Lutero también tuvo su «arribada». A partir del año 1530 la vida de Lutero, párroco evangélico y padre de familia, se caracterizó por su medianía burguesa. Pero esto no es todo ni lo principal.

    a) A lo largo de toda su vida, Lutero siguió siendo un predicador
    extraordinariamente celoso e incansable. Incluso en el ámbito personal
    intentó continuamente leer de una manera nueva la palabra de Dios (por
    ejemplo, para comprender más profundamente el Padrenuestro).

    Lo que no puede apreciarse en él es la aspiración a la santidad. Esta carencia es paralela a su menosprecio por las buenas obras y por la ascética, menosprecio que él exteriorizó con expresiones groseras e irrespetuosas, aun cuando se tratase de una ascesis esencialmente correcta.



    En sus aspiraciones de vida, Lutero nunca dejó de ser un hombre modesto. Bebía de buena gana un vaso de vino o cerveza, pero nunca fue un bebedor.

    b) Su aversión a los frailes, a la misa y sobre todo al papado adoptó
    unas formas (no siempre, pero sí a menudo) brutales y desenfrenadas, no
    exentas de odio. Este odio, expresado en los cuadros injuriosos de Cranach
    contra el papado, cuadros terriblemente groseros e incluso obscenos, cuyo
    tema y pie proponía Lutero, no tenía nada que ver con la cólera de los
    profetas (que se ha querido encontrar en ellos); más bien, tan enorme
    cantidad de groserías sobrecarga la imagen del reformador de una manera
    que debería hacer sonrojar a cualquier cristiano.

    c) Lutero tuvo una extraordinaria conciencia de sí mismo y una fuerte conciencia de su misión. Seguramente, la gran mayoría de sus expresiones polémicas (como, por ejemplo, las groserías mencionadas) y muchas de sus irrespetuosas decisiones contra la tradición doctrinal y disciplinar, así como, en general, su reiterada referencia a sí mismo, no están exentas de orgullo. Pero el núcleo de la actitud de Lutero no fue el orgullo. La cosa se ve clara en su doctrina: ésta pone un énfasis exagerado y unilateral en aniquilar por completo el valor del hombre ante Dios. El mismo Lutero se reconoció personalmente en esta actitud del publicano. Las últimas palabras que de él poseemos, escritas la víspera de su muerte, lo que podríamos decir la rúbrica de su vida, tan sacudida en este mundo, encierran la frase siguiente: «Es verdad, somos unos pordioseros».

    9. La pluralidad de facetas —y su escasa coherencia—, que aparece en las afirmaciones de Lutero, ha sido la causa de que su doctrina no haya sido juzgada históricamente con el debido equilibrio y, mucho menos, de acuerdo con su verdadera intención. La repercusión histórica suele ir ligada ante todo a las formulaciones más ruidosas, que se escuchan con mayor agrado y que por ello se graban más en la conciencia. Como Lutero realzó, alabó y —a veces furiosamente— condenó tantas cosas, bien exagerándolas, bien confundiéndolas, y todo ello, además, con un lenguaje extraordinariamente incisivo, cobró vida una imagen de Lutero muy determinanda: la del Lutero que hacía de las buenas obras casi un signo de actitud antievangélica, que sacrificaba el carácter óntico de la justificación en aras del mero recubrimiento de los pecados, que injustamente minimizaba el amor dentro de la fe, que hacía desaparecer enteramente la ley en el evangelio de la libertad, que apenas conocía el derecho de resistencia frente a una tiranía enemiga de la fe y que sólo sabía de obediencia sumisa. Todos estos rasgos son, sí, consecuencias que arrancan de Lutero, pero que están muy lejos de reflejar al Lutero total, al Lutero «auténtico». Lutero, purificado de lo inauténtico, está afortunadamente mucho más cerca del catolicismo de lo que le han reconocido los cuatro siglos precedentes.

    Naturalmente, los estudiosos de Lutero se preguntan con razón en qué consiste eso de «inauténtico». Pero, a la inversa, también el problema de determinar en qué consiste lo propiamente «reformador» de Lutero es uno de los resultados más importantes de la investigación sobre él, si es que no queremos reducirlo todo a una drástica negativa contra Roma, que en todo caso sería contra el catolicismo de la baja Edad Media.

    El hecho de que estas preguntas sean posibles y revistan tan nuclear importancia es uno de los aspectos más relevantes que deben tenerse en cuenta al hablar de ese acontecimiento tan crucial para todo el cristianismo que llamamos Reforma.



    Como quiera que uno de los aspectos más esenciales de la Reforma es que aún no ha llegado a su término (simplemente porque no ha conseguido su objetivo: presentar una cristiandad purificada en una sola Iglesia), la misma Reforma puede muy bien remitirnos hoy a la tarea de retomar con sentido cristiano el quehacer de entonces y, dándole una solución limpia, cumplirlo de una vez entera y definitivamente.

    Partiendo de esta disposición, la reflexión debería discurrir por encima del hecho de que la Reforma en general y Lutero en particular no tuvieron la fuerza para dar a sus pretensiones esencialmente religiosas una formulación teológica adecuada y ponderada.

    § 83. DIFUSION Y ESCISION DEL MO VIMIENTO PROTESTANTE I. DENTRO DE ALEMANIA

    1. El movimiento provocado por Lutero tuvo una enorme fuerza de
      irradiación. Es cierto que en Alemania, entre los príncipes electores, la
      Reforma cobró una fuerza considerable por el egoísmo político y por la
      explotación del descontento eclesiástico general (en parte, también social).
      El propio Lutero se lamentó (especialmente desde finales de la segunda
      década), a una con Melanchton, de que una buena parte de sus nuevos
      seguidores se hubieran adherido a la Reforma por motivos bastardos. Es
      difícil precisar en qué medida estos motivos intervinieron también en el
      caso de los dirigentes eclesiásticos. Frente a esto, la fuerza propagandística
      interna de las ideas reformadoras se reveló al ganar para sí un gran número
      de hombres de grandes dotes teológicas y organizadoras, que difundieron la
      nueva doctrina por todo el ámbito del imperio e incluso más allá de sus
      fronteras. Aparte del poderoso y a veces inquietante dinamismo de la
      personalidad de Lutero, de sus ideas y sus discursos, el factor decisivo fue
      la fuerza del mismo mensaje cristiano, de la «palabra», que en apretada
      síntesis, un tanto simplista, pero centrada en lo esencial y procedente
      siempre de una fe profunda (aunque también a veces impregnada de
      tremendo fanatismo), quedaba vivamente grabada en lectores y oyentes. La
      innovación recibió también, como es comprensible, un fuerte impulso de la
      revolucionaria interpretación de la obediencia a la vieja Iglesia y de las
      críticas, justificadas muchas veces, que se le hacían.

    2. Sin embargo, también aquí el principio del individualismo, que
      Lutero había convertido en principio dominante, demostró sus tendencias
      disolventes. Ya hemos dicho que Lutero nunca quiso en absoluto erigir la
      conciencia de cada cristiano en juez del contenido de la revelación. La idea
      de la conciencia autónoma le fue completamente extraña. La mala
      interpretación del reformador en este punto central no surgió hasta el siglo
      XVIII. En todo caso, una vez rotos los vínculos con el magisterio de la

    Iglesia, la innovación religioso-eclesiástica hizo surgir en seguida, lógicamente, diferencias doctrinales notables en su propio seno: la esencia de la herejía, esto es, la selección de la doctrina, produjo también sus efectos dentro de la misma herejía; el gran síntoma característico del error —su autodisolución— se hizo valer.

    1. Muy pronto, la comprobación de este hecho manifiesto constituyó
      a su vez uno de los argumentos más importantes de los escritores opuestos
      a la Reforma y defensores de la antigua doctrina (§ 90). La escisión interna
      dentro del protestantismo fue un hecho. Y en los siglos siguientes esta
      escisión habría de afectar al núcleo de la doctrina. Es preciso reconocer el
      hecho e indagar sus causas; no cabe trivializarlo; de lo contrario no se
      tomaría en serio el propio anuncio reformador en la forma de comprenderse
      a sí mismo y se entraría en contradicción con el mismo Lutero, que
      formalmente era tan intolerante en cuestiones dogmáticas como los
      católicos (cf. Lutero hablando de Zuinglio, apartado II, 2).

    2. Pero tampoco se puede olvidar el elemento permanente común a
      los diversos grupos protestantes. Este elemento rebasó la conciencia de
      querer servir a una concepción común del cristianismo y llegó al campo de
      lo objetivo. Incluso cuando la fuente, la Sagrada Escritura, era interpretada
      de manera distinta y hasta contradictoria, no dejó de haber una fuerte
      vinculación a ella. Si prescindimos de los extremismos embarullados de los
      fanáticos (cf. apdo. 10), sobre los cuales es difícil formular un juicio
      enteramente justo, la innovación protestante, con sus diversos matices,
      nunca dejó de ser un movimiento genuinamente cristiano25.

    3. En vida del propio Lutero las distintas opiniones existentes entre él y Melanchton provocaron ciertas diferencias teológicas dentro del protestantismo. Tras la muerte de Lutero hubo de surgir el problema de la auténtica interpretación de su doctrina. Las polémicas teológicas que se suscitaron constituyen una clara demostración de las tensiones internas y de la plurivalencia de la doctrina del mismo Lutero. Desde entonces estas polémicas han caracterizado fuertemente la historia entera del luteranismo.

    Las primeras discusiones surgieron con ocasión de la controversia osiándrica26 (¿imputación forense o bien —como decía Osiander— inhabitación real de la justicia de Cristo?) y, después, en las disputas de los



    25 Otro problema es hasta qué punto este juicio es aún aplicable a ciertos grupos modernos del llamado protestantismo cultural de principios de siglo o a movimientos que han echado por la borda el contenido sobrenatural del mensaje cristiano y, sin embargo, se siguen incluyendo entre los protestantes. A todo lo largo de la historia podemos comprobar —y es admirable— cómo la figura del Señor —incluso desdivinizada— ha tenido una virtualidad unitiva y renovadora

    Adreas Osiander (1498-1552), sacerdote y profesor de hebreo; desde 1522, jefe de la Reforma en Nuremberg junto con el secretario municipal Lazarus Spengler, y desde 1551, su organizador en Prusia.



    «Gnesio-Luteranos»27. El jefe de éstos fue Flacio Illyrico en Magdeburgo (1520-1575), y sus adversarios los «felipistas» o seguidores de Felipe Melanchton. El punto central de todas las discusiones era si se había de mantener una postura radical o una postura moderada: Flacio Illyrico colocaba el pecado original en la sustancia misma del hombre, con lo que rechazaba el sinergismo de Melanchton y abogaba por la absoluta no-libertad de la voluntad; según Jorge Major, de Wittenberg (1502-1574), las buenas obras eran necesarias para la bienaventuranza; en cambio, Según Nicolás Amsdorf (1483-1565), perjudiciales. Objeto de discusión fue también la doctrina sobre la Cena (que Melanchton había mitigado en línea «cripto-calvinista»), así como la actitud que debía tomarse en el Interim (1548), ordenado por el emperador para regular los territorios de Mauricio de Sajonia: la llamada disputa adiafórica28 .

    Tras una larga serie de negociaciones durante varias décadas, las controversias teológicas dentro del luteranismo llegaron a un final pro­visional con la Formula Concordiae (1577), fórmula confesional de compromiso que fue aceptada como vinculante por la mayoría de los territorios luteranos.



    4. Junto a la formación de diferentes Iglesias protestantes, también tuvo lugar en Alemania la aparición de sectas protestantes, es decir, comunidades nuevas de creyentes de tipo más o menos espiritualista, conocidas habitualmente por la denominación común (empleada sobre todo por Lutero) de «fanáticos». En ellas confluyeron, sobre la base del «principio de Escritura», elementos de la apocalíptica de la baja Edad Media, del socialismo y del espiritualismo (§ 77).

    Pero en todas ellas se abandonó tan drásticamente la tradición eclesiástica, que de la posición fundamental de la Reforma (= la Biblia como única fuente de la fe sin garantía de un magisterio) se llegó a sacar consecuencias radicales en abierta contradicción con los artículos esenciales de la nueva doctrina. El ímpetu incontenible de la consecuencia lógico-formal puso ya aquí de manifiesto su fuerza explosiva. Los representantes principales de esta línea fueron Thomas Müntzer, de gran formación filosófica y exegética (f 1525), que actuó en Zwickau y Mühlhausen, y los anabaptistas de Münster de Westfalia (1534, Johann von Leyden). Con estos fanáticos entraron en juego las corrientes radicales. Sus funestas repercusiones se echaron de ver, por ejemplo, en la sublevación religioso-socialista de los campesinos (fuertemente impulsada por la predicación de Lutero sobre la libertad), que tan cruentamente fue aplastada. Desde el punto de vista histórico es accidental el hecho de que en esta ocasión Thomas Müntzer no estuviera a la altura de su supuesto

    27 Gnesio-Luteranos: denominación que surgió en el siglo XVII y que habría de
    distinguir los «hijos legítimos» de Lutero de los demás seguidores.

    28 Adiaphora (del griego) = que no es decisivo.

    ministerio profético. Como quiera que se enjuicie la violenta represión de aquella religiosidad fanática (que en adelante sólo pudo subsistir en la clandestinidad bajo formas diversas), lo decisivo fue que entonces —y para varios siglos— la idea democrática sucumbió bajo el poder de los príncipes, que rápidamente culminaría en el absolutismo.



    II. FUERA DE ALEMANIA

    1. El individualismo surtió su pleno efecto en el momento en que la
      nueva concepción del mensaje cristiano penetró en una atmósfera política y
      cultural diferente o fue desarrollada y presentada bajo otras circunstancias
      ambientales y por personalidades de muy diverso talante. Entonces
      surgieron no solamente «nuevas direcciones», sino nuevas Iglesias



      Compartir con tus amigos:
  • 1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   64


    La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
    enviar mensaje

        Página principal
    Universidad nacional
    Curriculum vitae
    derechos humanos
    ciencias sociales
    salud mental
    buenos aires
    datos personales
    Datos personales
    psicoan lisis
    distrito federal
    Psicoan lisis
    plata facultad
    Proyecto educativo
    psicol gicos
    Corte interamericana
    violencia familiar
    psicol gicas
    letras departamento
    caracter sticas
    consejo directivo
    vitae datos
    recursos humanos
    general universitario
    Programa nacional
    diagn stico
    educativo institucional
    Datos generales
    Escuela superior
    trabajo social
    Diagn stico
    poblaciones vulnerables
    datos generales
    Pontificia universidad
    nacional contra
    Corte suprema
    Universidad autonoma
    salvador facultad
    culum vitae
    Caracter sticas
    Amparo directo
    Instituto superior
    curriculum vitae
    Reglamento interno
    polit cnica
    ciencias humanas
    guayaquil facultad
    desarrollo humano
    desarrollo integral
    redes sociales
    personales nombre
    aires facultad