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J O S E P H L O R T Z

HISTORIA DE LA IGLESIA

EN LA PERSPECTIVA DE LA HISTORIA DEL PENSAMIENTO

II

EDAD MODERNA

Y CONTEMPORANEA



EDICIONES CRISTIANDAD Huesca, 30-32 M A D R I D

Traducción de la edición 23, publicada por Aschendorff Verlag, Münster 1965

con el título

GESCHICHTE DER KIRCHE IN IDEENGESCHICHTLICHER BETRACHTUNG

*

Tradujo al castellano este tomo II J. REY MARCOS

Revisó y unificó toda la obra JOSE M.a BRAVO NAVALPOTRO



Derechos para todos los países de lengua española EDICIONES CRISTIANDAD, S. L.

Madrid 1982 ISBN: 84-7057-308-X (Obra completa)

ISBN: 84-7057-310-1 (Tomo II) Depósito legal: M. 13.189.—1982 (Tomo II)



Printed in Spain Artes Gráficas Benzal, S. A. - Virtudes, 7 - Madrid-3

Fue encuadernado por Encuadernación Larmor - Móstoles (Madrid)

EDAD MODERNA LA IGLESIA FRENTE A LA CULTURA A UTONOMA

§ 73. CARACTERES GENERALES DE LA EDAD MODERNA

I. EL ESCENARIO

  1. Los grandes descubrimientos geográficos de finales del siglo XV
    (América, circunvalación del mundo) marcan un firme punto de partida
    para el comienzo de la Edad Moderna. Gracias a ellos se amplió
    esencialmente el campo de visión y, con ello, la conciencia del hombre
    occidental. Surgió una nueva imagen de la tierra. En el transcurso de los
    siglos siguientes, África y Asia se hicieron mucho más accesibles a los
    europeos; más tarde, también Australia penetró en su perspectiva (1770,
    James Cook). El cristianismo siguió a estos descubrimientos. Incluso
    contribuyó en gran medida al establecimiento de relaciones con los
    distintos pueblos de esos continentes gracias a sus misioneros. Las
    misiones de ultramar, con la vida eclesial católica organizada en sus
    respectivos lugares, constituyeron, a partir del segundo siglo de la Edad
    Moderna, parte esencial de la vida de la Iglesia.

  2. A pesar de esto, el escenario propio de la historia de la Iglesia
    durante la Edad Moderna siguió siendo el mismo que durante la baja Edad
    Media: el Occidente. En efecto, desde el punto de vista de la historia de la
    Iglesia, los territorios recién descubiertos en América del Norte, en
    Centroamérica y en Sudamérica pertenecieron en un primer momento a
    Europa. La razón de ello estriba en que, hasta bien entrado el siglo XIX, la
    vida cristiana en las misiones fue, con escasas excepciones, una mera
    irradiación de Occidente. Durante la Edad Moderna, los pueblos de las
    misiones fueron, casi sin excepción, simples destinatarios de una
    educación impartida por la Iglesia occidental. Hasta la época más
    reciente, los elementos característicos de la vida católica han tenido en el
    mundo entero un claro signo occidental. No ha habido una verdadera
    teología católica india, china, japonesa o africana, ni órdenes religiosas
    indígenas, ni una jerarquía nativa influyente, como tampoco una
    religiosidad popular católica propia de esas regiones.

3. Ha sido en nuestros mismos días cuando ha comenzado a
registrarse un cambio notable gracias a la creación de un clero nativo, a la
consagración de obispos de color y al nombramiento de cardenales
indígenas (en China en 1946, en la India en 1952, en África en 1959). En la
Antigüedad, las tres grandes culturas (el judaísmo, el helenismo y Roma; §
5) imprimieron su sello al cristianismo y al pensamiento cristiano; es

posible que, de manera semejante, el Lejano Oriente o alguna de las restantes culturas de los pueblos no europeos aporten algún día algo nuevo al cristianismo católico, que a pesar de su continuo crecimiento no ha sufrido modificación. Pues la Iglesia, ciertamente, está vinculada al pontificado, pero no a la vida espiritual de Occidente, y mucho menos a ideas específicamente italianas o romanas. La época marcadamente europea de la historia de la Iglesia —vigente como quien dice hasta «ayer»— está llegando a su fin, cosa que sucede también en la historia general de la humanidad. Por el momento, la Iglesia sigue, y con toda razón, el único camino histórico y orgánicamente posible: defender el regazo cultural de su vida regalado por la providencia, el Occidente, pero permitiendo al mismo tiempo que las otras culturas vayan ejerciendo, según su grado de madurez, una influencia en el modo de predicar el mensaje de la fe y en la forma de configurar la vida cristiana. No obstante, hoy parece menos probable que nunca que, en ese ulterior desarrollo, el Lejano Oriente y las primitivas culturas africanas lleguen a ejercer un papel influyente en plazo previsible: el comunismo de China, la conciencia nacional de la India y la fuerte oleada del Islam y, en parte, del comunismo en África han quebrantado gravemente al cristianismo y a la jerarquía eclesiástica o han creado una situación en la que al cristianismo, poniendo en juego todos los recursos — los recursos de una Europa tan vergonzosamente debilitada desde el punto de vista cristiano—, sólo le queda la posibilidad de mantener sus posiciones y consolidarlas (hablando en general) dentro de unos modestos límites.

Por otra parte, tan estrechas posiciones podrán ser reformadas con tanto mayor sentido y seguridad de futuro cuanto más respondan a las ideas heredadas de los propios nativos. La incipiente «federalización» de la Iglesia, en firme comunión con el pontificado, podría brindar aquí posibilidades insospechadas si tanto en la creación como en el desarrollo de esas Iglesias se pusiera valientemente en práctica la idea de que es la totalidad de los creyentes en unión con los obispos y los presbíteros la que forma la Iglesia; no sólo el clero.

  1. Dentro de Europa, el escenario de la historia de la Iglesia católica
    se redujo considerablemente a consecuencia de la Reforma protestante.
    Con la Contrarreforma, la Iglesia reconquistó una parte del terreno perdido;
    gracias al progreso de sus misiones internas, también fueron objeto de su
    actividad los territorios recién convertidos a la fe, a los que ya nunca ha
    dejado de prestar atención y cuidado. Y, viceversa, también en seguida se
    manifestó con diversa intensidad el ímpetu misionero de las nuevas Iglesias
    protestantes, tanto en Europa como en Norteamérica (aquí con notable
    fuerza) y en los clásicos países de misión.

  2. Pero, de otro lado, este escenario tan reducido tuvo en la Edad
    Moderna mayor significación que en la Edad Media: el número y la

intensidad de los acontecimientos fue incomparablemente mayor. Uno de los hechos fundamentales de la Edad Moderna fue la multiplicación —sin parangón hasta entonces— de las personas o elementos influyentes en la vida de la Iglesia, bien como agentes, participantes, receptores o enemigos. Ello no fue más que el resultado: a) de un insólito crecimiento de la población occidental; b) de una difusión sin precedentes de la cultura (por desgracia, sólo intelectual); y c) de la técnica moderna, que multiplicó de tal forma los medios de transmitir todos los resultados, conocimientos o simples comunicaciones, que en los últimos tiempos ha llegado a sobrecargar la capacidad psíquica y espiritual del hombre y, con ello, a poner en peligro su salud mental.

  1. Los principales agentes de la evolución fueron los mismos países
    que en la Edad Media, sólo que, ya desde la baja Edad Media, junto al
    papel de Italia, Francia, Inglaterra y Alemania, también fue codeterminante
    el papel de España. El predominio de cada uno de estos países sufrió
    grandes cambios a lo largo de la Edad Moderna. Durante la baja Edad
    Media, Alemania perdió su posición predominante dentro de la Iglesia,
    adelantándose Francia a ocupar el primer plano. Al comienzo de la Edad
    Moderna pasó a primera línea Italia, en cuanto país de origen del
    Humanismo y del Renacimiento. Pero, con el humanismo de Erasmo y
    luego aún más con la Reforma, fue otra vez Alemania la que desempeñó un
    papel decisivo en la historia de la Iglesia. Y al mismo tiempo España, cuna
    de la reforma católica interna y de la Contrarreforma, se situó en el punto
    central del acontecer histórico-eclesiástico. Luego volvió al primer plano
    Francia, siendo la potencia rectora de la historia de la Iglesia durante el
    siglo XVII. Con el barroco, las fuerzas cristianas crearon una nueva cultura
    pan-europea: si exceptuamos el campo de la música (donde destacaron
    poderosas figuras en los círculos luteranos) y la personalidad sobresaliente
    de Shakespeare, fueron casi exclusivamente las fuerzas de la Iglesia
    católica las que dominaron el cuadro. En el siglo XVIII se impuso
    nuevamente una actitud espiritual que volvió a dar una impronta unitaria a
    toda Europa, pero en ella la revelación cristiana se vio claramente
    desplazada de su anterior posición de primacía: se trata de la Ilustración.
    Partiendo de Inglaterra, la Ilustración tuvo sus repercusiones más radicales
    en Francia, pero abarcó casi en la misma medida a todos los países. A lo
    largo del siglo XIX, la evolución fue adquiriendo dimensiones más y más
    universales; y proporcionalmente, en el acontecer global de la humanidad,
    la vida de la Iglesia fue perdiendo importancia. En el ámbito de la historia
    de la Iglesia no hubo ya ningún país destacado sobre los demás, pues se
    hizo indiscutible la hegemonía absoluta del punto central: Roma.

  2. En paralelo con estas oscilaciones que tuvieron lugar en Europa se
    desarrolló, con gran lentitud durante los dos primeros siglos, la influencia
    de las respectivas potencias rectoras en los países recién descubiertos y,

aún con mayor lentitud, una cierta reacción de las culturas de esos países, así como de las Iglesias establecidas en ellos, contra Occidente. Ambos fenómenos, como en general toda la historia de la Iglesia desde el siglo XVI, no se sustrajeron al influjo de la Reforma y sus consecuencias.

II. FUNDAMENTOS ESPIRITUALES

A. La Edad Moderna como desintegración de la unidad anterior



1. Como toda la historia en general, también la Edad Media fue el resultado de un cúmulo de vivas e imprevisibles peculiaridades. No obstante, desde sus orígenes estuvo dominada por la Iglesia (cf. la síntesis en el § 5) mediante sus grandes instituciones legales y legítimos poderes (universalismo en sus diversas manifestaciones en la Iglesia, el «Imperio» y las ciencias, § 34, IV); gracias a ello, la Edad Media gozó de una gran continuidad interna, que se mantuvo de forma asombrosa aun en los momentos de cambio de la situación. Las características fundamentales y las grandes líneas del desarrollo resaltan claramente sobre el cúmulo de datos o detalles particulares.

En la Edad Moderna, por el contrario, no existieron, fuera de la Iglesia, tales fuerzas universales; más bien, como hemos de ver, la época estuvo esencialmente dominada por la particularización, por el individualismo y el subjetivismo. Ambas cosas fueron expresión no solamente de pluralidad y cambio, sino también de falta de regularidad general en el sentido de legalidad o normalidad constructiva. Como primera consecuencia de esta situación básica, el curso de los acontecimientos también se caracterizó por una mayor anormalidad. Por ello (y por el cúmulo incomparablemente mayor de acontecimientos, que ya hemos mencionado antes), la caracterización general de la Edad Moderna es más difícil y complicada (y, por tanto, también más amplia) que la del Medievo. De ahí que en ella debamos reducirnos, aún más que en la caracterización general de la Antigüedad y del Medievo, a poner de relieve lo más esencial. De antemano hay que tener en cuenta que los puntos que en seguida vamos a indicar solamente comprenden una parte de la totalidad de los acontecimientos de la Edad Moderna. La realidad completa fue mucho más rica; tanto que, en ocasiones, incluso se desvió por derroteros opuestos a las líneas indicadas. Al mismo tiempo, el llegar a obtener un conocimiento exacto de tal realidad depende, en mayor medida que para épocas anteriores, de que se tenga plenamente en cuenta el país al cual se ha de aplicar la caracterización propuesta. En efecto, cada uno de los distintos escenarios en que se desarrolló la vida de la Iglesia tuvo una especificidad y, con ello, una capacidad de reacción más marcada que antes.

En la evolución hubo, además, otro elemento determinante, completamente nuevo: la creciente aceleración del ritmo de vida, que trajo como consecuencia rápidos cambios en la disposición de las fuerzas. Y esto es aplicable no sólo al siglo XIX, sino a los siglos anteriores, esto es, a los «siglos del coche de posta», pues gracias a la imprenta las relaciones espirituales entre los hombres, incluso los muy alejados entre sí, se multiplicaron de una forma extraordinaria. Posteriormente, la máquina de vapor y el telégrafo aceleraron todavía más el ritmo de la evolución. En época más reciente, el «tempo» de las transformaciones (inorgánicas muchas veces, por haber sido introducidas de fuera) y de sus efectos, que afectan simultáneamente a todos los hombres del globo, han alcanzado grados alarmantes, hasta el punto de constituir una seria amenaza para el espíritu. Sí; en la actualidad hemos de decir que la existencia espiritual está absolutamente amenazada por esta evolución. Cuando hagamos la caracterización de la época más reciente, volveremos sobre las posibilidades positivas que contrarrestan esa amenaza.

2. Si prescindimos de los grandes descubrimientos geográficos, la Edad Moderna no se destacó del Medievo por ningún otro acontecimiento externo espectacular. Su diferencia con el Medievo estribó más bien en la profunda transformación de la vida cultural de Occidente. Esta transformación se realizó en un lento proceso de crecimiento.

a) Comenzó, como ya hemos visto, en la alta Edad Media. La época
de su preparación inmediata fue la baja Edad Media. De ella nació la Edad
Moderna. La Edad Moderna empezó a existir en el momento en que las
tendencias disgregadoras de la baja Edad Media, es decir, los conatos de las
nuevas actitudes, prosperaron hasta el punto de constituirse en los
fundamentos universales de la vida occidental (§ 61, 3).

b) Así, pues, lo peculiar de la Edad Moderna se echa de ver
primeramente en su diferenciación con respecto a la época anterior, la Edad
Media, y esto se concreta en las tendencias disgregadoras: subjetivismo e
individualismo, nacionalismo, laicismo y secularización. Su curso está
caracterizado por el desarrollo de las posibilidades encerradas en estos
factores.

Ahora bien, la expresión «tendencias disgregadoras» no debe entenderse exclusivamente en relación con lo específicamente medieval; tiene la validez de una determinación esencial, en cuanto que la Edad Moderna, tomada en su conjunto, ya no tuvo un centro católico, ni cristiano, ni siquiera religioso. Naturalmente, la Edad Moderna también mostró una serie de nuevos movimientos positivos y produjo una asombrosa cantidad de elementos valiosos, por ejemplo, en el campo de la reflexión filosófica y espiritual y, sobre todo, en el de las ciencias exactas y sus aplicaciones. Pero respecto a ese valor, pata recobrar el cual el hombre nada puede dar (Mt 16,26), la Edad Moderna, a pesar de los valores

religiosos, cristianos, eclesiales y humano-culturales que hallamos en sus cuatro o cinco siglos, supuso esencialmente una pérdida del centro.

3. En el ámbito propio de la historia de la Iglesia, esas actitudes
fundamentales disgregadoras no fueron más que la continuación de
aquellas peligrosas fisuras que desde el siglo XII se abrieron en el
organismo unitario medieval, como ya hemos constatado, y que más tarde
desembocaron en el gran movimiento antipontificio de la baja Edad Media.
Nota característica fue también su crítica a la Iglesia medieval y su
reacción contra ella. Con otras palabras: la Edad Moderna, en lo que atañe
fundamentalmente a la historia de la Iglesia, constituyó un movimiento de
apartamiento de la Iglesia; fue un ataque contra la Iglesia, resultando así
una época de vida espiritual autónoma.

  1. La misión del Medievo eclesiástico consistió en cristianizar a los
    pueblos de Occidente, para formar con ellos un organismo cristiano. A un
    mismo tiempo, la Iglesia condujo a tales pueblos y ellos fueron
    desarrollándose hasta alcanzar su autonomía espiritual. Pero en el ámbito
    de la Iglesia, esta autonomía sólo cabe dentro de una sumisión esencial a la
    autoridad establecida por Dios. Esto quiere decir que mientras los pueblos
    iban haciéndose libres e independientes interiormente, debían a la vez
    permanecer dentro de la Iglesia en un estado de «sumisión» religiosa,
    estado que habían aceptado cuando carecían de autonomía espiritual. El
    peligro de conflicto era evidente. Para salvarlo no había más que un
    camino: intentar con audacia, y partiendo de la libertad interior de la fe,
    transformar la relación de los pueblos con la Iglesia, haciéndolos pasar del
    sometimiento de hecho a una «sumisión» voluntaria y consciente,
    espiritualmente adulta, y a una fiel colaboración, como lo entraña y exige
    la esencia del mensaje del Redentor.

  2. Pero esto ni se intentó en la medida suficiente ni se consiguió en la
    amplitud deseada. Ante los movimientos antieclesiásticos, las
    autoridades de la Iglesia, en vez de poner el acento en la sumisión
    independiente y en la colaboración responsable, insistieron en el
    conservadurismo y en la obediencia pasiva. De hecho, se llegó a que
    amplios sectores de la humanidad occidental se separasen, y en actitud
    hostil, de la Iglesia. Quienes habían sido educados por la Iglesia y en la
    cultura por ella misma creada se convirtieron en gran parte en sus
    enemigos. En el seno de la propia Iglesia, a lo largo de todo el ancien
    régime, la superación del clericalismo medieval fue a todas luces
    insuficiente. En la práctica, con harta frecuencia acababa imponiéndose la
    idea de que la Iglesia es el clero, es decir, la jerarquía. El pueblo eclesial
    nunca dejó de ser, a la hora de la verdad, simple objeto de la pastoral, en
    vez de convertirse en sujeto de la Iglesia como tal.

4. Esta caracterización de la Edad Moderna podría parecer
exagerada. Sin embargo, corresponde a los hechos. Naturalmente, damos

por supuesto que la reflexión sobre la historia de la Iglesia no debe elevarse a un plano teológico espiritualista, como si la vida de la Iglesia discurriera en el espacio vacío. Ciertamente veremos (por aducir aquí un ejemplo) que la reforma católica del siglo XVI brotó mucho más de sus propias raíces y fue motivada mucho menos por el ataque protestante de lo que frecuentemente se dice. De todas formas, lo que caracteriza a la época en su conjunto (no a la vida de la Iglesia en particular) sigue siendo la Reforma, no el Concilio de Trento. Y aun cuando la Reforma, en sus valores religiosos nucleares, constituyó al comienzo un proceso de crecimiento enteramente positivo, no cabe duda de que luego se convirtió en un ataque realmente amenazador, e incluso en muchos aspectos consciente, contra la Iglesia. O dicho de otra manera: esencial para determinar lo característico de la historia de la Iglesia del siglo XVII no es el cúmulo de los grandes santos de este siglo, sino la Iglesia estatal (en sí misma menos valiosa); y en el siglo XVIII no lo es el contenido católico de la vida, contenido que aún subsiste y es muchas veces consoladoramente intenso, sino el racio­nalismo de la Ilustración. Y en el ámbito de la historia de la Iglesia protestante, los elementos secularizados cobran una significación todavía mayor.



5. Con este ataque se correspondió el nacimiento de una cultura autónoma, independiente de la Iglesia. Para la Iglesia, esto significó en cierto modo la repetición de la situación que tiempo atrás había encontrado al penetrar en el mundo romano-pagano. También entonces la Iglesia había tenido frente a sí una cultura hostil. Y, como entonces, también en la Edad Moderna esta cultura hostil ocupó (y en medida creciente) gran parte de la vida, mientras el acontecer eclesial y cristiano (completamente al revés que en la Edad Media) sólo abarcó y conformó un pequeño sector.



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