Iv. Postcrisis financiera mundial



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Estancamiento secular

La droga por ahora parece que ha funcionado. La política expansiva norteamericana ha generado unas tasas de crecimiento mucho mayores que en Europa. Sin embargo, si se analizan todas las recesiones desde la Segunda Guerra Mundial, ésta ha sido de las recuperaciones más débiles. En los últimos cinco años Estados Unidos de Norteamérica ha crecido de media algo más de un 2%, una cifra muy por debajo de las expectativas. El desempleo ha bajado de un 10 a un 5%, pero la tasa de participación en el mercado laboral está en un 63%, un nivel no visto desde los años 70. Esto ha llevado al que fuera secretario del Tesoro con Clinton y asesor del actual presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, a desarrollar la tesis del “estancamiento secular”16. Pese a estar los tipos nominales (y reales) por los suelos y aplicar múltiples dosis de QE, la economía no acaba de arrancar. ¿Por qué? Desde el punto de vista teórico lo que habría ocurrido es que el tipo de interés de equilibrio en la economía habría bajado tanto que las políticas monetarias ultraexpansivas no serían suficientes para estimular la demanda. La implicación a largo plazo sería que se habría entrado en una dinámica en la que el crecimiento sólo se puede conseguir generando burbujas que, como posteriormente estallan, dejan a la economía maltrecha.

El ex secretario del Tesoro aporta cuatro razones para explicar el estancamiento actual. La primera es la creciente desigualdad (exacerbada con QE), que hace que el porcentaje de ahorro de la economía sea mayor, ya que las clases altas gastan proporcionalmente mucho menos que las bajas. La segunda es la percepción de que el crecimiento va a ser menor por el envejecimiento de la población, la reducción del mercado laboral y la baja productividad, y todo esto desincentiva la inversión. La tercera es un marco regulatorio financiero más restrictivo, lo que lleva a una mayor incertidumbre, y por lo tanto a menos riesgos en la inversión. Finalmente, la cuarta tiene que ver con la aparición de nuevas tecnologías, la robotización y la consecuente menor demanda de bienes de capital. Facebook simplemente necesita menos maquinaria y menos trabajadores que General Motors.

Si este es el cuadro médico, ¿cómo sacamos a la economía mundial de la UVI? Siempre se dice que si se les hace una pregunta a tres economistas, se obtendrán cinco respuestas. Algo parecido está pasando entre los grandes especialistas de la macroeconomía, sobre todo porque la hipótesis del ex secretario del Tesoro no es falsable (en términos Popperianos), y por lo tanto el debate no se puede cerrar mirando a los datos. Para el ex secretario del Tesoro, y sus defensores como Paul Krugman, la respuesta es clara. Los mercados están pidiendo a gritos que los gobiernos gasten. Los tipos de interés de los bonos del tesoro están en mínimos históricos (muchos de ellos en negativo) y, por lo tanto, lo que se necesita ahora mismo es inversión pública que estimule a corto plazo la actividad económica y que mejore a largo plazo los niveles de productividad. Mariana Mazzucato comparte esta misma línea de pensamiento. En su libro “El Estado emprendedor”17 demuestra que históricamente ha sido siempre el Estado el que ha tomado el riesgo de invertir en los sectores que han producido alta innovación y productividad. Sillicon Valley no sería nada sin Internet y GPS, invenciones que salieron del sector público.

Para que este estímulo fiscal no aumente el endeudamiento del Estado, que ya está cerca del 100% del PIB tanto en Estados Unidos de Norteamérica como en muchos países europeos, la solución sería financiar este gasto a través del banco central. Este tipo de expansión cuantitativa para el pueblo (People’s QE) está teniendo cada vez más partidarios. El nuevo líder laborista británico Jeremy Corbyn la ha incluido en su programa. A Yannis Varoufakis le parece una gran idea. Incluso Olivier Blanchard, el que fuera hasta hace poco economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), la ve con buenos ojos18. Este tipo de QE del pueblo no sería muy diferente al QE centrado en la compra de bonos del tesoro aplicado por la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra. Pero sí que habría dos diferencias importantes. El gobierno y no el banco central decidiría cuánto financiamiento monetario se realiza y a qué se dedica, anulando así la independencia del banco central. Y los bonos del tesoro en el balance del banco central se eliminarían. O sea, esa deuda se esfumaría.

Los límites de la política monetaria

Lógicamente, este tipo de propuestas asustan a los liberales y conservadores. Hay dos temores concretos. Uno, que la expansión cuantitativa para el pueblo difumine la separación entre política monetaria y fiscal, es decir, que el banco central se convierta en un títere del tesoro, y, dos, que eso al final lleve a una inflación incontrolable. Economistas respetados como George Magnus, asesor de Unión de Bancos Suizos (UBS), y Claudio Borio, del Banco de Pagos Internacionales (BIS), avisan que si al final es el gobierno quien imprime dinero para comprar infraestructura y estimular la economía entraríamos en una dinámica peligrosa. Si el gobierno invirtiese en un proyecto de infraestructura que no fuese rentable, no lo abandonaría, simplemente seguiría imprimiendo dinero para seguir financiándolo y mantener esos empleos que al final valen votos. La historia de la economía mundial está repleta de gobiernos que usaron la maquinilla del dinero para mantener a la población activa y contenta por un tiempo para después ver como a largo plazo la inflación destrozaba su país. Para estos autores, si el gobierno quiere estimular que lo haga, pero que deje que el banco central se ocupe de lo suyo: la estabilidad de precios y los mercados.

El ex presidente de la agencia para la regulación financiera del Reino Unido (FSA, por sus siglas en inglés), comparte la preocupación de los economistas mencionados, pero indica que la situación es tan grave y excepcional que en esta ocasión hay que romper los tabúes de la profesión y tomar el riesgo de financiar monetariamente la deuda pública. ¿Qué quiere decir esto? Que el banco central le daría crédito o le compraría bonos al gobierno, y éste nunca le tendría que devolver esa deuda. Eso sí, en la propuesta del funcionario, el banco central mantendría su independencia. Le indicaría al gobierno cuánto hay que estimular para generar la demanda apropiada, y éste gastaría ese dinero en estímulos varios (bien en gasto o reduciendo impuestos). Para él, el financiamiento monetario del déficit no es un problema técnico. Se puede hacer sin problemas, y no tiene por qué acabar en hiperinflación. Al final es una cuestión política y de manejo de las expectativas. En sí, la inflación siempre es un fenómeno que depende de las percepciones. Si se convence a los agentes económicos que este mecanismo especial es transitorio y cuenta con el marco regulatorio necesario para evitar que los políticos lo manipulen, entonces no habrá problema19.

Sin embargo, hay que recordar que la idea original del QE del pueblo viene de Mark Blyth, Erik Lonergan y Simon Wren-Lewis20, y ellos también abogan por mantener la independencia del banco central. Institucionalmente su propuesta es más conservadora que la de Corbyn, pero mucho más radical en su contenido. La única solución para reavivar la economía y luchar contra el espectro de la deflación es que el banco central transfiera dinero a todas las cuentas bancarias para que la gente pueda gastar ese dinero. Esta operación no sería muy distinta al QE usado hasta ahora. Solo que en vez de darle el dinero a los bancos, iría directamente a sus clientes. El banco central decidiría en todo momento de forma independiente cuánta cantidad ofrece. Según ellos, una transferencia del 3% del PIB supondría un crecimiento de la economía del 1%, ya que se estima que los hogares gastan un tercio de lo que ganan. Estas transferencias serían más efectivas y menos costosas que el QE original, que asciende hasta el 20% del PIB.

Que el banco central regale dinero suena a fantasía, pero la situación de la economía mundial es tan frágil que, como en la serie House, los doctores están dispuestos a probar cualquier remedio, con el consecuente riesgo de matar al paciente. Durante mucho tiempo en Fránkfurt se decía que la expansión cuantitativa anglo-norteamericana era una temeridad, y al final el BCE ha tenido que copiar la receta. Su presidente está aplicando “pastillas” mensuales de 60 mil millones de euros para que la zona euro no caiga en deflación. Pero la cosa no acaba aquí. Mientras en Europa seguimos a regañadientes los pasos de los especialistas anglosajones, éstos están ingeniando nuevos experimentos. El economista jefe del Banco de Inglaterra es más atrevido incluso que Blyth. El banco central podría transferir dinero a los ciudadanos, pero ¿qué pasa si estos se asustan por estas medidas tan drásticas y en vez de gastar el dinero lo ahorran? Hipotéticamente, la solución, según él, sería eliminar el dinero metálico y aplicar tipos de interés negativos sobre las cuentas de ahorro. Solo así se conseguiría que la gente gaste el dinero21.

Ésta sería una medida extrema. La historia dice que el uso del dinero metálico (aunque sólo represente un 3% de la masa monetaria) es un vínculo importante entre los ciudadanos y el Estado. Si alguien realmente quiere infundir pánico entre la población, ésta sería la manera de hacerlo. Por eso mismo es improbable que se aplique, aunque en países con poblaciones pequeñas y muy cohesionadas como Suecia y Dinamarca la posibilidad de eliminar el dinero metálico está cogiendo cada vez más fuerza. Sobre todo con el objetivo de eliminar la economía informal. Sea como fuere, que el economista jefe del Banco de Inglaterra lo proponga demuestra que estamos llegando a los límites de lo que puede hacer la política monetaria y ante un período de desconcierto generalizado que puede propiciar la introducción de políticas que antaño se consideraban indefendibles. Tal es el caso que el editor económico del Financial Times, y uno de los economistas más influyentes del mundo, cree que para evitar futuras crisis crediticias devastadoras lo mejor es eliminar el sistema de reserva fraccionaria, es decir, prohibir que los bancos comerciales emitan dinero para que sólo lo pueda hacer el banco central22. Una propuesta ciertamente radical, que curiosamente Suiza, el país del dinero, va a someter a referéndum.



Shock tecnológico positivo

Contrarrestando las tesis y soluciones de Summers y Turner, hay muchos economistas que piensan que las autoridades deberían admitir públicamente que no tienen una receta mágica para salvar a la economía. Además, acto seguido, deberían dejar de intervenir, desregular y permitir que los precios se ajusten por sí solos. Si eso significa otro período de recesión, deflación y desempleo, que así sea. A veces la única manera de superar una adicción es a través de un doloroso período de abstinencia. Éste es el tratamiento preferido por la escuela austriaca y por los economistas preocupados más por la oferta que la demanda como Martin Feldstein y John Taylor23. Para ellos, los tipos de interés tan bajos y el sobreendeudamiento del Estado están desincentivando la inversión por la incertidumbre que esto genera a corto plazo (no es normal tener tipos tan bajos durante casi una década) y la muy posible alza de impuestos para reducir la deuda pública que conlleva a largo plazo. Desde este punto de vista, lo mejor sería volver a tener unos tipos de interés normales. En parte, la Reserva Federal está de acuerdo con esta interpretación. Es por eso que ha subido los tipos, señalando así que Estados Unidos de Norteamérica ha salido por fin de la UVI.

Economistas mucho menos conocidos, como Diane Coyle24, apoyan en parte esta hipótesis, pero desde una perspectiva muy diferente. Ella declara que con la llegada de Internet y las nuevas tecnologías es mucho más difícil medir el PIB de los países y, por lo tanto, quizá, estemos creciendo mucho más de lo que pensamos. La realidad es que nuestros estadísticos siguen midiendo el PIB como a finales de la Segunda Guerra Mundial cuando la nueva economía tiene una fisionomía muy diferente. Tal es así que en muchos casos la recogida de información se hace muy complicada. Hay muchos trabajos nuevos como programador de videojuegos o community manager, por ejemplo, que todavía no tienen una casilla propia en el listado oficial de profesiones. La cosa se complica todavía más a la hora de calcular el output (la producción) y productividad de estas profesiones. En el sector industrial es más fácil medir lo que se puede producir en una hora. El resultado suele ser tangible. Desde una tuerca hasta un coche. En el sector de los servicios, y sobre todo en las profesiones de la economía nueva ligadas a Internet y las nuevas tecnologías, calcular la unidad de producción es más complejo. Un abogado puede cobrar 100 euros la hora y una diseñadora de páginas web 20 euros, pero todos sabemos que el resultado de esa hora de trabajo puede variar mucho según el profesional que contratemos.

Lo cierto es que si sometemos la economía mundial a una resonancia magnética del siglo XXI y no solo a una radiografía, propia del siglo XX, empezamos a descubrir que quizá estemos ante un cuerpo mutante: la cuarta revolución industrial. Las nuevas tecnologías están transformando la actividad económica. Pensemos en todos los productos, materiales y documentos que antes se transportaban físicamente y ahora se envían de manera digital. Estadísticamente, el comercio mundial está decreciendo (y eso preocupa a muchos), pero es muy probable que el intercambio de servicios intangibles esté aumentando y que en la mayoría de los casos no se esté midiendo bien. Toda la información digital e inteligencia artificial que se intercambia, por ejemplo, en una transnacional no pasa por aduanas y nadie la registra, pero eso no quiere decir que no se esté produciendo. La reducción del transporte físico, fenómeno que en parte podría explicar la caída en el precio del petróleo, es una tendencia global que sólo va ir en aumento con la comercialización masiva de las impresoras 3D25. Hoy muchos consumidores ya no realizan las compras físicamente. Desde comprar un billete de avión, a unos zapatos a una batidora. Todo se hace vía Internet. ¿Alguien ha calculado los beneficios en productividad y bienestar que esto trae consigo? Por ahora no. Los precios pueden estar muy bajos porque falta demanda, pero también puede ser que, en parte, hayan bajado porque la competencia impulsada por Amazon y Alibaba produce una sobreoferta mayúscula.



LA IMPRESIÓN EN 3D EN LOS PRÓXIMOS 10 AÑOS



FUENTE: Siemens, http://www.siemens.com/innovation/en/home/pictures-of-the-future/industry-and-automation/Additive-manufacturing-facts-and-forecasts.html.




EVOLUCIÓN DEL COMERCIO ONLINE

-Cifras en miles de millones-



FUENTE: eMarketer, http://dazeinfo.com/2013/07/01/global-ecommerce-sales-2013-india-us-uk/.



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