Issn 0718-1779 Cuadernos De Estudios Árabes


La maquinaria de guerra mameluca



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La maquinaria de guerra mameluca

Los mamelucos constituyeron una milicia (unos doce mil) que fue organizada por el sultán ayyubí as-Salih Ayyub (g. 1240-1249). Hacia el siglo XIV, los mamelucos formaban un ejército de 24.000 soldados agrupados en batallones según su nación de procedencia.

La institución mameluca gobernante se basaba en el predominio de la caballería, es decir, de los jinetes o faris, con su soberbio dominio del caballo y su excelente pericia en el uso de las armas y de la táctica de la guerra en campo abierto.

«La mayoría de los mamelucos que combatieron en Ain Jalut eran turcos kipchak de la ribera del mar Negro (el más famoso de ellos, Baybars, era un kipchak) que habían sido vendidos como esclavos en la niñez o en edad adolescente y llevados a El Cairo para ser formados. Encerrados como novicios en cuarteles casi monásticos, allí les enseñaban en primer lugar el Corán, código de la ley islámica, y la escritura árabe, y al hacerse adultos se iniciaban en el aprendizaje de la furusiya, o arte marcial de la equitación, dominio de la montura y habilidad para manejar armas a caballo, todo lo cual era la clave del arrojo de los mamelucos en combate. La furusiya, en su énfasis sobre la integración entre caballo y jinete, les confería, ensillados, gran rapidez y precisión en el manejo de las armas, fomentaba la cohesión táctica de los compañeros a caballo y se asemejaba mucho a la instrucción militar de la Europa cristiana. Y es, en efecto, un dato fascinante de la historia militar medieval hasta qué extremo la caballería como código bélico y de honor era tan común a los caballeros de la cruz y a los faris de la media luna» (John Keegan: 1995, p. 59).
El rechazo a la innovación conlleva la desaparición
El uso de la artillería de campaña conlleva líneas de defensa estáticas, y el uso de armas de fuego manuales presuponía la importancia cada vez mayor del soldado de infantería armado de arcabuz. Los mamelucos se dieron cuenta muy pronto de que, excepto para su uso en sitios de fortalezas y ciudades, la adopción del arma de fuego conllevaría el desmantelamiento de todo su sistema militar. «Y había razones comprensibles para su resistencia, pues su hegemonía derivaba del monopolio que ejercían al ser excelentes jinetes y arqueros, y abandonarlo para adoptar las prácticas más generalizadas de combatir con mosquetes o a pie habría significado para ellos perder su posición privilegiada. Fue la estrechez de su cultura militar... lo que los abocó a la desaparición; aunque su poder militar era consecuencia de su militarismo de elite, se empecinaron en conservar su modelo bélico anticuado en vez de adaptarse a los nuevos métodos de guerra» (John Keegan: 1995, p. 55).

Qansuh al-Gurí (g. 1501-1516), disponía en sus fuerzas armadas de gran cantidad de cañones, tanto para la defensa de El Cairo y de su costa mediterránea como para emplazar en sus flotas del mar Rojo y el océano Indico contra los portugueses y en ayuda de los sultanatos del sur de Arabia, el Zanÿ y la India. Qansuh fue uno de los primeros sultanes que trató de crear un cuerpo de arcabuceros y hubo de resistir presiones de la jerarquía mamlukí para que lo disolviera. Las versiones esgrimidas era que el arcabuz era un arma de cobardes...



A pesar de todo, teniendo que hacer frente a la amenaza portuguesa en el sureste, y con la actitud cada vez más peligrosa de los otomanos en la fronteras sirias, las nuevas armas eran realmente indispensables para los mamelucos, que se enfrentaron con los otomanos en las batallas decisivas de Marÿ Dabiq, en Siria, y Raydaniyya, en las afueras de El Cairo, con una capacidad de fuego palpablemente inferior a las de las tropas del sultán Selim; fue algo así como cuando los mahdistas sudaneses atacaron a los británicos de Kitchener en Omdurmán (2 de septiembre, 1898), o cuando la heroica caballería polaca hizo frente a las divisiones panzer alemanas en septiembre de 1939, pues en esos encuentros que resultaron fatales, los mamelucos vieron de forma palpable que el valor personal no era suficiente.

Paradójicamente, dos siglos después, los jenízaros —que tuvieron un origen similar a los mamelucos—, rechazaron los nuevos ingenios militares, como las formaciones en cuadros de fusileros y la bayoneta, y consecuentemente experimentaron derrotas que condujeron al desmembramiento del Imperio otomano. «Después, a principios del siglo XVI, tuvieron que enfrentarse a la vez a la revolución tecnológica de la pólvora en dos frentes distintos: su control del mar Rojo se vio amenazado por los portugueses que circunnavegaban África en barcos con cañones pesados, y la seguridad de las fronteras de Egipto fue amenazada por los ataques de los turcos otomanos, cuyos ejércitos de caballería estaban muy reforzados con mosqueteros bien entrenados. Los sultanes mamelucos se apresuraron a subsanar un siglo de dejadez militar, haciendo fundir gran número de cañones y formando unidades de artilleros y mosqueteros. Se reactivaron los ejercicios de la furusiya y los mamelucos volvieron a aprender intensamente las artes de la lanza, el sable y el arco. Pero, fatalmente, la remilitarización de los mamelucos y la adopción de la pólvora fueron dos procesos aislados, ya que no se enseñaba a los mamelucos el uso de las armas de fuego y los artilleros y mosqueteros se reclutaban fuera de la casta mameluca entre los negros africanos y pueblos del Magreb, situados al oeste de Arabia. El resultado era previsible: los artilleros y mosqueteros que acudieron al mar Rojo lograron triunfos contra los portugueses, que luchaban en aguas cerradas en las que sus buques oceánicos se encontraban en desventaja y con gran limitación de sus líneas de comunicación ; mientras que los mamelucos que marcharon al encuentro de los ejércitos otomanos provistos de armas de fuego sufrieron una clamorosa derrota en las batallas de Marj Dabiq en agosto de 1516 y Raydaniya en enero de 1517. La “institución” fue derrocada y Egipto se convirtió en una provincia del imperio otomano. La génesis de ambas derrotas es semejante. En la primera de ellas, los otomanos, al mando del sultán Selim I, situaron la artillería en los flancos, los mosqueteros en el centro y aguardaron el ataque de los mamelucos, que lo llevaron a cabo según el despliegue tradicional en media luna, para ser rechazados por el fuego otomano. En la segunda, los mamelucos, que habían reunido alguna artillería, aguardaron el ataque de los otomanos, pero se vieron desbordados por los flancos, y cayeron de nuevo en la tentación de efectuar una carga de caballería, de modo que llegaron a romper con su ímpetu uno de los flancos enemigos, pero las armas de fuego fueron decisivas. Perecieron siete mil mamelucos y los supervivientes fueron a El Cairo, que poco después hubo de rendirse. La táctica de esas dos batallas presenta menos interés que las ulteriores lamentaciones de los mamelucos a propósito de los medios que decidieron su derrota. Ibn Zabul, el historiador mameluco que compuso la elegía de la caída de su casta, habla por boca de generaciones de preux chevaliers en el discurso del jefe mameluco Kurtbay que él mismo inventa: “Escuchad bien mis palabras para que otros sepan que entre nosotros se hallan los jinetes del destino y la muerte roja. Uno solo de los nuestros puede derrotar a todo un ejército. Si no lo creéis podéis comprobarlo; aunque sí os rogamos que ordenéis a vuestro ejército que deje de disparar armas de fuego... Habéis juntado un ejército de todos los rincones del mundo: cristianos, griegos y otros, y habéis traído con vosotros esos aparatos ingeniados por los cristianos de Europa al verse incapaces de enfrentarse a los ejércitos musulmanes en el campo de batalla. Los aparatos son esos mosquetes que, aunque los empuñe una mujer, resisten a gran número de hombres... ¡Ay de vosotros que osáis disparar armas de fuego contra los musulmanes!”. El lamento de Kurtbay recuerda el desdén por las armas mecánicas del caballero boyardo francés, chevalier san peur et san reproche, que solía matar a los ballesteros que caían prisioneros, y anticipa el espíritu de la “carga de la muerte” de la caballería contra la boca de los fusiles franceses en Mars-la-Tour en 1870. Es el grito desafiante universal del guerrero a caballo en el ocaso de la caballería. Pero en el lamento de Kurtbay hay algo más que orgullo de casta, resistencia al cambio, ortodoxia religiosa o desprecio por los inferiores; acusa una clara y reciente experiencia de que las armas blancas podían vencer a las de fuego en virtud a las cualidades marciales que los mamelucos creían que les confería superioridad respecto al resto de los mortales... Pero como comprobarían los mamelucos, cuando hombres de igual temple luchaban en condiciones desiguales, vencía el bando con mejores armas. Ésa fue la lección en Marj Dabiq y Raydaniya, y sería la lección, cuatrocientos años más tarde, en la guerra en el Pacífico de los japoneses contra los norteamericanos, cuando, en un último intento contra el poder de la industria americana los pilotos suicidas llevaban su espada samurai en la carlinga de los aparatos kamikaze cuando se lanzaban contra los portaaviones enemigos» (John Keegan: 1995, pp. 60-62).

Qansuh al-Gurí murió en la batalla de Marÿ Dabik, el 24 de agosto de 1516, al norte de Alepo, que fue una resonante victoria para los otomanos. Fue sucedido por el último sultán mameluco fue Al-Ashraf Tuman Bey II que gobernó menos de un año (1516-1517). El 28 de septiembre de 1516, Selim I (1467-1520) entró en Damasco.

El 2 de enero de 1517, en Raydaniyya, en las afueras de El Cairo los mamelucos perdieron su última batalla contra los otomanos que entraron en la capital el 22 del mismo mes.

Selim llegaría a esta ciudad a orillas del Nilo el 7 de febrero y asumió el control de los Santos Lugares del Islam en la península arábiga luego que el alguacil de La Meca se rindió voluntariamente. Aunque Tuman Bey fue ejecutado, Egipto permaneció bajo el poder de los beyes mamelucos a las órdenes de un gobernador general turco hasta fines del siglo XVIII.






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