Isaac Asimov / La Edad de Oro I -1



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ISAAC ASIMOV

LA EDAD DE ORO I


Este volumen —compuesto de ocho relatos— es el primero de una antología en tres tomos que presenta, de forma cronológica, lo más destacado de las narraciones cortas de ciencia-ficción escritas por Isaac Asimov. El autor incluye en cada relato unos interesantes comentarios acerca de los detalles de su génesis y circunstancias de su publicación.

A través de esta antología, pues, vamos siguiendo no sólo la vida de Asimov, sino también la evolución de la ciencia-ficción estadounidense.

Aunque he escrito más de ciento veinte libros, sobre casi todos los temas, desde astronomía a Shakespeare y desde matemáticas a sátira, se me conoce sobre todo como autor de ciencia-ficción. Comencé escribiendo relatos de ciencia ficción, y durante los primeros once años de mi carrera literaria y sólo para publicaciones periódicas y por una retribución insignificante. En realidad, la idea de publicar libros completos nunca pasó por mi mente esencialmente modesta. Pero llegó el tiempo en que empecé a escribir libros, y entonces me dispuse a reunir todo el material que antes había publicado en revistas. Entre 1950 y 1969 aparecieron diez colecciones (todas fueron publicadas por Doubleday). Contenían ochenta y cinco relatos (más cuatro obras cómicas en verso) originalmente destinados a revistas de ciencia ficción y ya publicados. Casi una cuarta parte de ellos provenía de esos primeros once años.

Estos libros son:

Yo, robot (1950).

Fundación (1951).

Fundación e imperio (1952).

Isaac Asimov / La Edad de Oro I -3-

Segunda fundación (1953).

La senda marciana y otros relatos (1955).

Con la Tierra nos basta (1957).

Nueve futuros (1959).

El resto de los robots (1964).

Misterios de Asimov (1968).

Cae la noche y otros relatos (1969). Puede afirmarse que eso era suficiente, pero al hacerlo, uno omite el voraz apetito de mis lectores (¡benditos sean!). Constantemente recibo cartas pidiendo listas de mis antiguos relatos para que los solicitantes puedan acudir a las librerías de segunda mano en busca de revistas. Hay gente que prepara bibliografías de mi obra (no me pregunten por qué) y quiere conocer toda clase de detalles medio olvidados sobre ella. Incluso se enfadan cuando descubren que algunos de los primeros relatos no se vendieron y ya no existen. Al parecer, también los quieren, y posiblemente crean que he destruido con gran negligencia un recurso natural.

Así que cuando Panther Books, en Inglaterra, y Doubleday me sugirieron que formara una compilación con aquellos de mis primeros relatos que no constaban en los diez libros detallados arriba, con la historia literaria de cada uno, no pude resistir más. Cualquiera qué me conozca sabe lo sensible que soy a los halagos, y si ustedes creen que soy capaz de resistir esta clase de lisonjas más de medio segundo (como un cálculo aproximado), están completamente equivocados. Por fortuna tengo un diario, que he llevado desde el día 1 de enero de 1938 (el día antes de mi decimoctavo cumpleaños); él me proporcionará fechas y detalles1. Empecé a escribir cuando era muy joven... a los once años, me parece. Las razones son oscuras. Podría decir que fue el resultado de un impulso irracional, pero eso no haría más que indicar que no se me ocurría ninguna razón.

Quizá se debió a que era un lector ávido en una familia demasiado pobre para comprar libros, incluso los más baratos,.

1 El diario empezaba tal como podría esperarse de un adolescente, pero degeneraba rápidamente en un simple registro literario.

Es, para cualquiera menos para mí, mortalmente aburrido..., tan aburrido que lo dejo a todo el que desee leerlo. Nadie pasa nunca de la segunda página. Ocasionalmente, alguien me preguntaba si nunca he pensado que mi diario debería contener mis sentimientos y emociones más íntimos, y mi respuesta es siempre: «No. ¡Nunca!». Al fin y al cabo, ¿para qué soy escritor si tengo que malgastar mis sentimientos y emociones más íntimos en un simple diario? además, una familia que consideraba estos libros como lectura inconveniente. Tuve que acudir a la biblioteca (mi primera tarjeta de lector la obtuvo mi padre cuando yo tenía seis años) y contentarme con dos libros por semana.

Pero eso no era suficiente, y mí ansia me condujo a los extremos. Al principio de cada período escolar, leía impacientemente todos los libros de texto que me daban, yendo de cubierta a cubierta como una conflagración personificada. Como estaba dotado de una prodigiosa memoria y una instantánea recordación, ése era todo el estudio que hacía durante aquel curso, pero lo terminaba antes de que finalizara la semana, y entonces ¿que?

Así que; cuando cumplí once años, se me ocurrió que si escribía mis propios libros, podría releerlos cuando quisiera. Naturalmente, no llegué a escribir un libro completo. Empezaba uno y lo llenaba de divagaciones hasta que me cansaba y empezaba otro. Todos estos primeros escritos se han perdido, aunque recuerdo algunos detalles con toda claridad.

En la primavera de 1934 me matriculé en un curso especial de inglés que tenía lugar en mi escuela superior (escuela superior de muchachos de Brooklyn) y daba especial importancia a la composición. El profesor también era asesor de ha revista literaria semestral realizada por los estudiantes, y tenía la intención de reunir material. Seguí el curso.

Fue una experiencia humillante. En aquel tiempo tenía catorce años, y bastante verdes e inocentes. Escribí insignificancias, mientras que el resto de la clase (que debía tener dieciséis años) escribió complicadas obras trágicas. Ninguno de ellos mantuvo en secreto su desprecio hacia mí, y aunque yo lo sentí mucho, no pude hacer nada.

Hubo un momento en que creí haberlos vencido, cuando uno de mis productos fue aceptado para la revista literaria semestral mientras que muchos de los suyos fueron rechazados. Por desgracia, el profesor me

dijo, con despiadada insensibilidad, que el mío era el único tema humorístico de todos los presentados y que, como necesitaba una obra que no fuera trágica, se veía obligado a tomarla

Se llamaba Hermanitos, trataba de la llegada al mundo de mi propio hermano pequeño cinco años antes, y fue mi primera obra publicada. Supongo que puede encontrarse en los registros de la escuela superior de muchachos, pero yo no la tengo. A veces me pregunto qué debe haberles ocurrido todos esos grandes trágicos de la clase. No recuerdo ni un solo nombre y no tengo la intención de averiguarlo... pero a veces me lo pregunto.

Hasta el 29 de mayo de 1937 (según una fecha que apunté... aunque fue antes de que empezara mi diario, así que no lo afirmaría bajo juramento), no se me ocurrió la vaga idea de escribir algo para una publicación profesional; ¡algo por lo que me pagaran! Naturalmente tenía que ser un relato de ciencia-ficción, pues yo había sido un ávido aficionado a este género desde 1929 y no reconocía que ninguna otra forma de literatura fuera digna de mis esfuerzos. El relato que empecé a componer para tal propósito, el primero que escribí con vistas a convertirme en “escritor”, se titulaba Tirabuzón cósmico.

En él presentaba el tiempo como una hélice (es decir, algo parecido a un bastidor de muelles). Uno podía ir directamente de una vuelta a la siguiente, o sea, introducirse en el futuro por un intervalo de tiempo determinado, pero sin poder acortar la estancia ni un solo día. Mi protagonista hizo el viaje a través del tiempo y encontró la Tierra desierta. Toda vida animal había desaparecido; sin embargo, todo indicaba que ésta había existido hasta hacía poco... y ninguna indicación sobre lo que había producido la desaparición. Estaba escrito en primera persona desde un asilo de lunáticos, porque el narrador, naturalmente, había sido internado en un manicomio cuando regresó e intentó contar su historia.

Sólo escribí unas cuantas páginas en 1937, y después dejó de interesarme. El mero hecho de pensar en publicarlo debió paralizarme. Mientras mis escritos estuvieron destinados sólo para mí, pude

ser lo bastante despreocupado. La idea de otros posibles lectores caía pesadamente sobre cada palabra que escribía.

Así que lo abandoné

Después, en mayo de 1938, la revista más importante en la especialidad, Astounding Science Fiction, cambió su fecha de publicación del tercer miércoles del mes al cuarto viernes. Cuando el ejemplar de junio no llegó él día que acostumbraba, me sumí en un gran decaimiento.

El 17 de mayo no pude aguantar más y tomé el Metro hasta el 79 de la Séptima Avenida, donde se encontraba la editorial Street & Smith Publications, Inc2.

Allí, un funcionario de la firma me informó sobre el cambio de fechas, y el 19 de mayo llegó el ejemplar de junio.

El inminente golpe del destino, y el estático alivio que siguió, reactivaron mi deseo de escribir y publicar. Volví a Tirabuzón cósmico y el 19 de junio estaba acabado.

La siguiente cuestión era qué hacer con él. Yo no tenía ni la más mínima idea de lo que debía hacerse con un manuscrito destinado a ser publicado, y las personas que yo conocía, tampoco. Lo comenté con mi padre, cuyo conocimiento del mundo

2 Relaté esta historia con toda clase de detalles en un artículo lo titulado “Retrato del escritor joven”, que fue incluido como capítulo 17 en mi libro de ensayos Ciencia, números y yo (Doubleday, 1968).

En él, basándome sólo en la memoria, dije que había telefoneado a Street & Smith. Cuando recurrí a mi diario para comprobar fechas exactas para este libro, me sorprendió descubrir que en realidad había hecho el viaje en Metro... una empresa tremendamente osada para mí en aquellos días, y una medida de mi desesperación.

real no era mucho mayor que el mío, y él tampoco tenía ni idea.

Pero entonces recordé que, el mes anterior, había ido al 79 de la Séptima Avenida únicamente para informarme sobre la no aparición de Astounding. No me había fulminado ningún rayo por hacerlo. ¿Por qué no repetir el viaje y entregar el manuscrito en persona?

La idea me aterraba. Y más aún cuando mi padre sugirió que eran necesarios ciertos preliminares como un afeitado y mi mejor traje.

Eso significaba que tendría que tomar un tiempo adicional, y el día ya estaba muy

avanzado y yo debía estar de vuelta a tiempo para el reparto del periódico vespertino. (Mi padre tenía una pastelería y un puesto de periódicos, y en aquellos días la vida era muy complicada para un escritor

creativo de inclinaciones artísticas y sensible como yo.

Por ejemplo, vivíamos en un apartamento que tenía todas las habitaciones en línea y la única forma de ir del salón al dormitorio de mis padres, o de mi hermana, o de mi hermano, era a través de mi dormitorio. Así pues, mi dormitorio era muy frecuentado, y el hecho de que yo pudiera hallarme en pleno esfuerzo creativo no significaba nada para nadie.) Me avine a ello. Me afeité, pero no me molesté en cambiarme de traje, y salí.

Era el 21 de junio de 1938.

Estaba convencido de que, por osar pedir una entrevista con el director de Astounding Science Fiction, me echarían del edificio, y que mi manuscrito sería roto en pedazos y lanzado tras de mí en una lluvia de confeti. Sin embargo, mi padre (que poseía elevadas teorías) estaba convencido de que un escritor —término en el que incluía a cualquiera con un manuscrito—sería tratado con el respeto debido a un intelectual. Él no abrigaba ningún temor…, pero el que tenía que entrar en el edificio era yo.

Tratando de ocultar el pánico, pedí ver al director. La muchacha que había detrás del mostrador (ahora puedo ver la escena con los ojos de la mente tal como pasó) habló brevemente por teléfono y dijo: “El señor Campbell le recibirá.”

Me guió a través de una gran estancia parecida a un desván, llena de inmensos rollos de papel y enormes pilas de revistas impregnadas del celestial olor a imprenta

(un olor que siempre me recordará mi juventud con doliente detalle y me reducirá a lágrimas de nostalgia). Y allí, en una pequeña habitación que había al otro lado, estaba el señor Campbell.

John Wood Campbell, Jr., hacía un año que trabajaba en Street & Smith y sólo un par de meses que había asumido la total dirección de Astounding Stories (que rápidamente volvió a bautizar como Astounding Science Fiction).

Entonces sólo contaba veintiocho años de edad. Bajo su propio nombre y bajo su seudónimo, Don A. Stuart, era uno de los autores de ciencia ficción más famosos y altamente considerados, pero se hallaba a punto de enterrar su fama de escritor para siempre bajo el renombre mucho mayor que alcanzaría como editor.

Continuaría como editor de Astounding Science Fiction y su sucesora, Analog Science Fact-Science Fiction, durante un tercio de siglo.

A lo largo de todo ese tiempo, él y yo íbamos a convertirnos en amigos, pero a pesar de ir creciendo hasta llegar a ser una estrella venerada y famosa de nuestra mutua especialidad, nunca me

acerqué a él mas que con el temor reverente que me inspiró en nuestro primer encuentro.

Era un hombre grande, obstinado, que fumaba y hablaba sin cesar, y al que gustaba, por encima de todo, inventar ideas extravagantes, que lanzaba a la cara de su interlocutor y te impedía refutarlas.

Era difícil contradecir a Campbell incluso cuando sus ideas resultaban completa y locamente ilógicas.

En aquel primer encuentro hablamos durante más de una hora. Me enseñó próximos números de la revista (verdaderos ejemplares futuros con carne de celulosa).

Descubrí que había incluido una entusiasta carta mía en la edición próxima a publicarse, y otra en la siguiente... así que conocía la autenticidad de mi interés.

Me habló de sí mismo, de su seudónimo y de sus opiniones. Me dijo que su padre había enviado uno de sus manuscritos a Amazing Stories cuando él tenía diecisiete años y que hubiera sido publicado, pero la

revista lo extravió y él no tenía ninguna copia. (En esto yo le llevaba ventaja. Había llevado el relato yo mismo y tenía una copia.)

Me prometió leer mi historia aquella noche y enviarme una carta, fuera de aceptación o rechazo, al día siguiente.

También me prometió que, en caso de rechazo, me diría lo que estaba mal y así podría mejorar.

Cumplió todas sus promesas.

Dos días más tarde, el 23 de junio, recibí noticias suyas. Era un rechazo. (Ya que este libro

trata de hechos reales y no es una fantasía…, no pueden ustedes sorprenderse

de que mi primer relato fuera instantáneamente rechazado.)

Esto es lo que escribí en mi diario sobre el rechazo:

“A las 9,30 me han remitido Tirabuzón cósmico con una amable carta de rechazo. No le gustó el principio lento, el suicidio al final.”

A Campbell tampoco le gustó la narración en primera persona ni el rígido diálogo, y después señalaba que la longitud (nueve mil palabras) era inconveniente… demasiado largo para una historia corta, demasiado corto para una novela. Las revistas tenían que ordenarse como rompecabezas y algunas longitudes para relatos eran más convenientes que otras.

Sin embargo, para entonces yo había salido y corría. La alegría de haber pasado más de una hora con John Campbell, la emoción de hablar cara a cara y en términos iguales con un ídolo, ya me había llenado con la ambición de escribir otro relato de ciencia-ficción, mejor que el primero, para presentárselo de nuevo. La agradable carta de rechazo, dos páginas enteras, en la que discutía mi relato seriamente, sin trazas de paternalismo o desdén, reforzó mi alegría Antes de que el 23 de junio tocara a su fin, ya había escrito la mitad del primer borrador de otro relato.

Muchos años después pregunté a Campbell (con el cual, por entonces, sostenía las más estrechas relaciones) por qué se había molestado por mí, puesto que seguramente aquel relato era por completo impublicable.

“Lo era —dijo con franqueza, ya que nunca adulaba—. Por otra parte, vi algo en ti. Eras impaciente y escuchabas y yo sabía que no renunciarías a pesar de cuantos rechazos te impusiera. Mientras tú quisieras trabajar de firme para mejorar, yo deseaba trabajar contigo.”

Ese era John. Yo no era el único escritor, fuera novel o consagrado, con el que trabajaría de esta forma. Pacientemente, y a costa de su enorme vitalidad y talento, construyó un grupo que incluía a los mejores escritores de ciencia ficción que el mundo nunca había visto.

Lo que ocurrió con Tirabuzón cósmico después de esto, no lo sé. Lo abandoné y no volví a ofrecerlo en ningún otro sitio.

Ni siquiera lo rompí y tiré; simplemente languideció en el cajón de algún escritorio hasta que un día perdí su pista. En cualquier caso, ya no existe.

Esta parece ser una de las principales causas de aflicción entre los archivistas —creen que el primer relato que escribí para publicar, por malo que pudiera ser, era un documento importante—. Todo lo que puedo decir, muchachos, es que lo siento, pero en 1938 yo no podía imaginarme que mi primera tentativa tendría algún día interés histórico. Es posible que sea un monstruo de vanidad y arrogancia, pero no hasta tal extremo.

Además, antes de que finalizara el mes yo había terminado mi segundo relato, Polizón, y estaba concentrado en él.

El 18 de julio de 1938 lo llevé a la oficina de Campbell, que tardó poco en devolvérmelo, pues el rechazo llegó el 22 de julio. Sobre la carta que lo acompañaba escribí en mi diario:

“...Era el rechazo más amable que se pueda imaginar. En efecto, algo casi tan bueno como una aceptación. Me decía que la idea era buena y la trama pasable. El diálogo y el desarrollo, continuaba, no eran ni rígidos ni afectados (esto constituyó una deliciosa sorpresa para mí) y no había ninguna falta particular a excepción de un aire general de amateurismo, forzamiento y compulsión. El relato no transcurría suavemente. Esto, decía, lo eliminaría en cuanto tuviera experiencia suficiente. Me aseguraba que probablemente llegaría a vender mis historias, pero que eso quizá requeriría un año de trabajo y una docena de relatos antes de tener éxito...” No es de extrañar que tal “carta de rechazo” me produjera un enorme entusiasmo por escribir, y me puse rápidamente a trabajar en un tercer relato. Lo que es más, me sentí lo bastante animado como para presentar Polizón en otro lugar. En aquellos días había tres revistas de ciencia-ficción en los quioscos.

Astounding era la aristócrata del grupo, una publicación mensual de cantos suaves y cierta apariencia de clase.

Las otras dos, Amazing Stories y Thrilling Wonder Stories, tenían un aspecto algo más primitivo y editaban relatos con más acción y tramas menos complicadas.

Envié Polizón a Thrilling Wonder Stories, que, sin embargo, también lo rechazó rápidamente el 9 de agosto de 1938 (con una carta convencional).

Sin embargo, para entonces yo ya estaba muy ocupado con mi tercer relato, el cual, tal como ocurrió, debía ser mejor... No obstante, en este libro incluyo mis relatos no en orden de publicación sino en el orden que fueron escritos —lo que considero más significativo desde el punto de vista del desarrollo literario—. Así pues continuemos con Polizón.

En el verano de 1939, época en que ya había obtenido mis primeros éxitos, volví a dedicarme a Polizón, lo retoqué un poco, y lo envié de nuevo a Thrilling Wonder Stories. Indudablemente yo sospechaba que el nuevo lustre de mi nombre les impulsaría a leer con una actitud diferente a cuando yo era un desconocido. Estaba completamente equivocado. Volvieron a rechazarlo.

Entonces lo envié a Amazing, y fue rechazado de nuevo.

Eso significaba que el relato no servía, o lo hubiera significado a no ser por el hecho de que la ciencia ficción entró en una época de auge al finalizar los años 30. Se fundaron nuevas revistas, y a el término de 1939 se preparó la publicación de una que se llamaría Astonishing Stories, y cuyo precio de venta sería de diez centavos. (Astounding costaba veinte centavos el ejemplar.) La nueva revista, junto con una gemela, Super Science Stories, sería editada con escasos recursos por un joven aficionado a la ciencia ficción, Frederik Pohl, que entonces aún no había cumplido los treinta años (era aproximadamente un mes mayor que yo), y que, de esta forma, hizo su entrada en lo que iba a ser una notable carrera profesional en el campo de la ciencia ficción.

Pohl era un joven delgado, de voz suave, cabello que ya empezaba a escasear, rostro solemne, y unos grandes dientes superiores que le daban cierto aspecto de conejo al sonreír. Los factores económicos de su vida no le permitieron asistir a la Universidad, pero era mucho más inteligente (y sabía más) que la mayoría de graduados universitarios que he conocido. Pohl era amigo mío (y todavía lo es), y quizá fue el que hizo más para a darme a iniciar mi carrera literaria excepto, naturalmente, el mismo Campbell. Habíamos asistido juntos a reuniones de un club de aficionados. Había leído mis manuscritos y los había alabado… y ahora necesitaba relatos con urgencia, y a bajo precio, para sus nuevas revistas. Solicitó volver a leer mis manuscritos. Empezó escogiendo uno de mis relatos para su primer ejemplar. El 17 de noviembre de 1939, casi un año y medio después de que Polizón fuera escrito por primera vez, Pohl seleccionó para incluirlo en el segundo ejemplar de Astonishing. Sin embargo, solía variar los títulos y mi relato se llamó La amenaza de Calixto, y como tal fue publicado.

Así que éste es el segundo relato que he escrito en mi vida y el primero que se publicó en una revista profesional. El lector puede juzgar por si mismo si la critica de Campbell, facilitada antes, era excesivamente benévola o si estuvo acertado al predecirme una carrera de escritor profesional sobre la base de esta historia La amenaza de Calixto aparece aquí (como todos los relatos de este volumen) tal como apareció en la revista, sólo con la revisión y arreglo requeridos para corregir errores tipográficos.


1

LA AMENAZA DE CALIXTO


  • ¡Maldito Júpiter! —gruñó Ambrose Whitefield malhumoradamente, y yo me mostré conforme con él.

  • He estado en la órbita del satélite joviano —dije— quince años y he oído pronunciar estas dos palabras más de un millón de veces. Probablemente es la maldición más sincera de todo el sistema solar.

Acabábamos de ser relevados de nuestro turno en los mandos de la nave de exploración Ceres y bajamos los dos niveles hasta nuestra habitación con pasos lentos.

  • Maldito Júpiter... y mil veces maldito insistió Whitefield de mal talante—. Es

demasiado grande para el sistema. ¡Sigue ahí detrás de nosotros y tira, tira y tira! Hemos de tener los átomos disparando todo el camino. Debemos comprobar nuestra trayectoria completamente todas las horas. ¡Sin descansar, sin parar el motor, sin tranquilidad! Sólo un trabajo de lo más horrible.

Tenía la frente perlada de gotas de sudor y se las limpió con el dorso de la mano. Era un hombre joven, de apenas treinta años, y en sus ojos podía verse que estaba nervioso, e incluso un poco asustado.

Y no era Júpiter lo que le preocupaba, a pesar de su imprecación. Júpiter era la menor de nuestras preocupaciones. ¡Era Calixto! Era aquella pequeña luna que despedía un fulgor azul pálido sobre nuestras visiplacas, lo que hacia sudar a Whitefield y lo que ya me había quitado el sueño durante cuatro noches. ¡Calixto! ¡Nuestro punto de destino!

Incluso el viejo Mac Steeden, veterano

de bigote gris que, en su juventud, había

navegado con el gran Peewee Wilson en

persona, realizaba sus obligaciones con

mirada ausente. Cuatro días de viaje —y

diez días más frente a nosotros— y el pánico había hecho su aparición. Todos éramos bastante valientes en el curso normal de los acontecimientos. Los ocho del Ceres nos habíamos enfrentado con las purpúreas Lectrónicas y los peligrosos Distintos de piratas y rebeldes y con los ambientes hostiles de media docena de mundos. Pero se necesitaba más que un valor corriente para enfrentarse con lo desconocido; para enfrentarse con Calixto, «el mundo misterioso» del sistema solar. Se sabía una cosa acerca de Calixto... un siniestro y único hecho. Durante un periodo de veinticinco años, habían aterrizado siete naves, progresivamente mejor equipadas... y nunca se había sabido nada más de ellas. Los suplementos dominicales atribuían al satélite cualquier especie de habitantes, desde súper dinosaurios hasta fantasmas invisibles de la cuarta dimensión, pero esto no resolvió el misterio.

Nuestra nave era la octava y, sin duda, mucho mejor que cualquiera de las que nos precedieron.

Éramos los primeros en llevar el recién descubierto casco de berilotungsteno, el doble de resistente que

-el viejo recubrimiento de acero.

Poseíamos un armamento súper pesado y los últimos motores de propulsión atómica. Aun así, nuestra nave no era más que la octava, y todos sin excepción lo sabíamos. Whitefield entró silenciosamente en nuestra habitación y se desplomó en su litera. Tenía los puños cerrados debajo de la barbilla y sus nudillos estaban blancos. Me pareció que se hallaba próximo al límite de sus fuerzas. Era un caso que requería una gran diplomacia.


  • Lo que necesitamos —dije— es una buena bebida muy cargada.

  • Lo que necesitamos —contestó ásperamente—, es una gran cantidad de bebida buena y cargada.

  • Bien, ¿qué nos lo impide?

Me miró con recelo.

  • Sabes que no hay ni una gota de licor a bordo de esta nave. ¡Va contra las reglas!

  • Espumosa agua verde de Jabra —dije lentamente, dejando que las palabras salieran despacio de mi boca—. Envejecida bajo los desiertos de Marte. Espeso jugo esmeralda. ¡Botellas llenas! ¡Cajas llenas!

  • ¿Dónde?

  • Yo sé dónde. ¿Qué te parece? Unas cuantas copas, sólo unas cuantas, nos animarán.

Sus ojos centellearon un momento, y luego volvieron a apagarse.

  • ¿Y si el capitán nos descubre? Es muy rígido en cuestión de disciplina, y en un viaje como éste podría costarnos el puesto. Yo parpadeé y sonreí.

  • Es la reserva del propio capitán. No puede castigarnos sin destruirse él mismo... el viejo hipócrita. Es el capitán mejor que ha existido, pero le encanta el agua esmeralda. Whitefield me miró larga y fijamente.

  • De acuerdo. Muéstrame el camino.

Nos descolgamos hasta el cuarto de provisiones que, naturalmente, estaba desierto. El capitán y Steeden se encontraban en los controles; Brock y Charney se hallaban en los motores; y Harrigan y Tuley roncaban en su habitación.

Moviéndome lo más silenciosamente posible, gracias a una adquirida costumbre, separé varias cajas de comida y abrí un panel oculto cerca del suelo. Metí la mano y saqué una polvorienta botella, que, en la

escasa claridad, despidió un centelleo verde mar.


  • Siéntate —dije— y ponte cómodo. —

Cogí dos copas pequeñas y las llené. Whitefield bebió lentamente y con grandes muestras de satisfacción. Vació la segunda copa de un sólo trago.

  • ¿Por qué te presentaste voluntario para este viaje, Whitey? —pregunté—. Eres un poco joven para una cosa así. Agitó la mano.

  • Ya sabes lo que ocurre. Las cosas se vuelven monótonas después de un tiempo. Me dediqué a la zoología al salir de la Universidad —un gran campo desde los viajes interplanetarios— y tuve un cómodo cargo en Ganímedes. Sin embargo, era monótono; me moría de aburrimiento. Así que me enrolé siguiendo un impulso, y después me presenté voluntario para este viaje. —Suspiró tristemente—. Estoy un poco arrepentido de haberlo hecho.

  • No hay que tomarlo así muchacho. Yo tengo experiencia y lo sé. Cuando te domina el pánico, estás acabado. Al fin y al cabo, dentro de dos meses estaremos de vuelta en Ganímedes.

  • No estoy asustado, si eso es lo que crees —exclamó airadamente—. Es que..., es que... —Hubo una larga pausa en la que con el ceño fruncido miró su tercera copa llena—. Bueno, es sólo que estoy cansado de intentar imaginarme lo que nos espera. Mi mente trabaja excesivamente y tengo los nervios destrozados.

  • Claro, claro —le consolé—. No te culpo. Supongo que a todos nos ocurre lo mismo. Pero has de tener cuidado. Recuerdo que en un viaje Marte—Titán tuvimos...

Whitefield interrumpió una de mis historias favoritas —y yo las contaba mejor que cualquiera de las fuerzas armadas—con un golpe en las costillas que me cortó la respiración.

Dejó cuidadosamente su Jabra.



  • Dime, Jenkins —tartamudeó—, ¿acaso he tragado bastante licor como para imaginarme cosas?

  • Eso depende de lo que te imagines.

  • Juraría que he visto algo que se movía entre la pila de cajas vacías de aquel rincón.

  • Es una mala señal —dije mientras bebía otro trago—. Los nervios te afectan la vista y ahora vuelven a dominarte. Deben

ser fantasmas, o la amenaza de Calixto que nos vigila con anticipación.

  • Te digo que lo he visto. Allí hay algo vivo.

Se inclinó hacia mí —tenía los nervios desatados— y durante un momento, en aquella luz escasa y llena de sombras, incluso yo me estremecí.

  • Estás loco —dije en voz alta, y el eco me tranquilizó un poco. Dejé mi copa vacía y me puse en pie con algo de inseguridad—. Acerquémonos y echemos una ojeada. Whitefield me imitó y juntos empezamos a mover los ligeros cubículos de aluminio hacia uno y otro lado. No estábamos completamente sobrios e hicimos mucho ruido. Por el rabillo del ojo, vi a Whitefield tratando de mover la caja que había junto a la pared.

  • Esta no está vacía —gruñó, mientras la alzaba ligeramente del suelo. Murmurando algo entre dientes, hizo saltar la tapa y miró al interior. Durante medio segundo permaneció inmóvil y después se alejó, retrocediendo lentamente. Tropezó con algo y cayó sentado, mientras seguía mirando fijamente la caja.

Contemplé sus acciones con asombro, y luego di un rápido vistazo a la caja en cuestión. El vistazo se convirtió en una larga mirada, y emití un ronco alarido que resonó en cada una de las cuatro paredes. Un muchacho asomaba la cabeza fuera de la caja; un joven pelirrojo de cara sucia que no tendría más de trece años.

  • Hola —dijo el muchacho mientras saltaba por la abertura. Ninguno de nosotros dos encontró fuerza suficiente para contestarle, así que prosiguió—: Me alegro de que me hayan encontrado. Me ha dado un calambre en un hombro al tratar de acurrucarme ahí dentro.

Whitefield tragó saliva.

  • ¡Buen Dios! ¡Un muchacho de polizón!

¡Y en un viaje a Calixto!

  • Y no podemos regresar —recordé con voz quebrada— sin destrozarnos nosotros mismos. La órbita del satélite es veneno.

  • Mira —Whitefield se volvió hacia el muchacho con súbita beligerancia—. ¿Quién eres, jovenzuelo, y qué estás haciendo aquí? El muchacho titubeó.

  • Me llamo Stanley Fields —contestó, un poco atemorizado—. Soy de Nuevo Chicago, de Ganímedes. Me he escapado al espacio,

como hacen en los libros. —Hizo una pausa y después preguntó animadamente—: ¿Cree que lucharemos con piratas en este viaje, señor?

No había duda de que el muchacho estaba lleno a rebosar de Astronautas a diez centavos. Yo solía leerlos cuando era jovencito.



  • ¿Qué hay de tus padres? —preguntó Whitefield, severamente.

  • Oh, sólo tengo un tío. Supongo que no le importará mucho —había superado su primitiva inquietud y seguía sonriéndonos.

  • Bueno, ¿qué vamos a hacer? —dijo Whitefield, mirándome con completa impotencia.

Yo me encogí de hombros.

  • Llevarlo al capitán. Dejar que él se preocupe.

  • ¿Y cómo lo tomará?

  • Del modo que prefiera. No es culpa nuestra. Además, no se puede hacer absolutamente nada.

Y agarrando un brazo cada uno, nos alejamos, llevando al muchacho entre nosotros.

El capitán Bartlett es un competente oficial y pertenece al tipo impasible que sólo muy raramente muestra alguna emoción. Pero en esas pocas ocasiones en que lo hace, es como un volcán de Mercurio en plena erupción... y no has vivido hasta ver uno de ellos.

Era un caso comprometido. El viaje a un satélite siempre es agotador. La imagen de Calixto frente a nosotros era más intensa para él que para cualquier miembro de la tripulación. Y ahora había aquel polizón. ¡Era intolerable! Durante media hora, el capitán descargó salva tras salva de las peores maldiciones. Empezó con el Sol y agotó la lista de planetas, satélites, asteroides, cometas, y de los mismísimos meteoros. Estaba empezando con las estrellas fijas más cercanas; cuando se desplomó a causa de un completo agotamiento nervioso. Estaba tan excitado que no se le ocurrió preguntarnos lo que hacíamos en el almacén, y Whitefield y yo estuvimos debidamente agradecidos. Pero el capitán Bartlett no es tonto. Una vez hubo eliminado de su sistema la tensión nerviosa, vio claramente que lo que no puede curarse ha de soportarse.


  • Que alguien se lo lleve y lo lave —gruñó con agotamiento— y que no se ponga ante mi vista por ahora. —Entonces, dulcificándose un poco, me atrajo hacia él—

. No le asusten diciéndole adónde vamos. Se ha metido en un mal sitio, el pobre muchacho.

Cuando salimos, el viejo tramposo de corazón blando se disponía a enviar un mensaje urgente a Ganímedes para tratar de ponerse en comunicación con el tío del muchacho.

Naturalmente, entonces no lo sabíamos, pero aquel muchacho fue un enviado de Dios... un verdadero regalo de la diosa Fortuna. Desvió nuestros pensamientos de Calixto. Nos proporcionó algo más en qué pensar. La tensión, que al término de cuatro días casi había alcanzado su punto límite, cesó por completo.

Había algo refrescante en la natural alegría del chico, en su radiante ingenuidad

Paseaba por la nave preguntando las cosas más absurdas. Insistía en esperar piratas en cualquier momento. Y, sobre todo, seguía mirándonos a todos y cada uno de nosotros como héroes de Astronautas a diez centavos. Como es natural, esto último halagaba nuestro ego y nos daba nuevos bríos Competíamos entre nosotros en jactancia y en narrar aventuras imaginarias, y el viejo Mac Steeden, que a los ojos de Stanley era un semidiós, batió todos los récords de caprichosas y fantásticas mentiras. Recuerdo, particularmente, la conversación que tuvimos el séptimo día de viaje. Ya habíamos llegado a mitad de camino y debíamos iniciar una cautelosa reducción de la velocidad. Todos nosotros (excepto Harrigan y Tuley, que se hallaban en los motores) estábamos sentados en la cabina de mando. Whitefield, sin perder de vista el computador, iniciaba la maniobra, y, como de costumbre, hablaba de zoología.


  • Es una cosa parecida a una babosa pequeña —decía—, que no se ha encontrado más que en Europa3. Se llama el Carolus Europis, pero siempre nos referimos a él como el Gusano Magnético. Tiene unos quince centímetros de longitud y es de un color gris pizarra... lo más desagradable que os podáis imaginar.

3 Se refiere al segundo planeta de Júpiter, que se llama Europa (N. del A.)

»Pasamos seis meses estudiando ese gusano y nunca había visto al viejo Mornikoff tan excitado como entonces. Veréis, mata por medio de cierta clase de campo magnético. Pones el Gusano Magnético en un extremo de la habitación y una oruga, por ejemplo, en el otro. Esperas unos cinco minutos y la oruga se enrosca y muere.

»Y lo más curioso es esto. No matará a una rana... demasiado grande; pero si coges a esa rana y la rodeas de una banda de hierro, ese Gusano Magnético la mata con toda facilidad. Por eso sabemos que es con una especie de campo magnético como lo hace... la presencia de hierro cuadruplica su fuerza.

Esta historia nos impresionó a todos. Se oyó la profunda voz de bajo de Joe Brock:



  • Me alegro de que esos bichos no tengan más que diez centímetros de longitud, si lo que dices es verdad. Mac Steeden se desperezó y después se atusó el bigote gris con exagerada indiferencia.

  • Dices que ese gusano es extraño. No es nada comparado con las dos cosas que yo he visto en mis épocas...

Movió la cabeza con lentitud y remembranza, y comprendimos que estaba a punto de contar un cuento largo y horrible. Alguien lanzó un gemido sordo, pero Stanley se entusiasmó al ver que el viejo veterano estaba en vena de contar historias.

Steeden se fijó en los centelleantes ojos del muchacho, y se dirigió al él.



  • Me encontraba con Peewee Wilson cuando ocurrió... Has oído hablar de Peewee Wilson, ¿verdad?

  • OH, sí —los ojos de Stanley revelaban claramente su adoración por el héroe—. He leído libros acerca de él. Fue el mejor astronauta que ha habido jamás.

  • Puedes apostar todo el radio de Titán a que lo era, muchacho. No era más alto que tú, y no pesaba mucho más de cincuenta kilos, pero valía cinco veces su pesó en diablos de Venus en cualquier lucha. Y él y yo éramos inseparables. Nunca iba a ningún sitio si yo no estaba con él. Cuando las cosas se ponían difíciles siempre recurría a mí.

Suspiró lúgubremente.

  • Estuve con él hasta el final. No fue más que una pierna rota lo que me impidió acompañarle en su último viaje... Se interrumpió súbitamente y nos invadió un silencio tenso. El rostro de Whitefield se volvió blanco, la boca del capitán se torció en una extraña mueca, y yo sentí que el corazón me descendía, hasta las plantas de los pies.

Nadie habló, pero los seis pensamos lo mismo. El último viaje de Peewee Wilson había sido a Calixto. Fue el segundo... y no regresó. La nuestra era la octava expedición.

Stanley nos contempló uno a uno con asombro, pero todos evitamos su mirada. El capitán Bartlett fue el que se recobró primero.



  • Dígame, Steeden, usted tiene un viejo traje espacial de Peewee Wilson, ¿verdad? —su voz era tranquila y reposada, pero vi que le costaba un gran esfuerzo mantenerla así.

Steeden levantó la vista con los ojos

brillantes. Había estado mascando las

puntas de su bigote (siempre lo hacía- cuando estaba nervioso) y ahora le colgaban de forma descuidada.


  • Desde luego, capitán. Me lo dio él mismo, vaya si lo hizo. Fue antes del ‘23 cuando los nuevos trajes de acero acababan de salir. Peewee ya no necesitaba su viejo artefacto de vitri-caucho, así que me lo dio... y lo conservo desde entonces. Me da buena suerte.

  • Bueno, estaba pensando que podríamos arreglar ese viejo traje para el muchacho. No le irá bien ningún otro y necesita uno.

Los apagados ojos del veterano se endurecieron y sacudió vigorosamente la cabeza.

  • No señor, capitán. Nadie toca ese viejo traje. El mismo Peewee me lo dio. ¡Con sus propias manos! Es..., es sagrado, eso es lo que es.

Los demás nos pusimos inmediatamente de parte del capitán, pero la obstinación de Steeden persistió y aumentó. Repetía inexpresivamente una y otra vez: «Ese traje se quedará donde está.» Y recalcaba la afirmación con un golpe de su nudoso puño.

Estábamos a punto de darnos por vencidos, cuando Stanley, que hasta entonces había guardado discretamente silencio, intervino en la discusión.



  • Por favor, señor Steeden —la voz le temblaba ligeramente. Por favor, déjemelo. Tendré mucho cuidado con él. Apuesto a que si Peewee Wilson viviera accedería a prestármelo —sus ojos azules se empañaron y el labio inferior le tembló un poco. El muchacho era un actor perfecto. Steeden parecía irresoluto y empezó a masticar su bigote de nuevo.

  • Bueno... OH, diablos, todos os habéis confabulado contra mí. Que el muchacho lo use, pero ¡no esperéis que yo lo arregle! Vosotros podéis perder horas de sueño... Yo me lavo las manos.

Y así el capitán Bartlett mató dos pájaros de un tiro. Desvió nuestros pensamientos de Calixto en un momento en que la moral de la tripulación era muy baja y nos proporcionó algo en que pensar durante el resto del viaje... pues renovar aquella vieja reliquia suponía casi una semana de trabajo.

Trabajamos en aquella antigualla con una concentración totalmente desproporcionada respecto a la importancia de la tarea.

Con esta insignificancia, nos olvidamos del orbe creciente de Calixto. Soldamos hasta la última grieta y cámara de aire de aquel venerable traje. Arreglamos el interior con una tupida red de alambre de aluminio.

Restauramos la pequeña unidad calorífica e instalamos nuevos depósitos de oxígeno y tungsteno. Incluso el capitán nos ayudaba de vez en cuando, y Steeden, después del primer día, a pesar de su diatriba del principio, se dedicó a la tarea con todo su empeño.

Lo acabamos el día antes del previsto para el aterrizaje, y Stanley, cuando se lo probó, resplandecía de orgullo, mientras Steeden le contemplaba, sonriendo y retorciéndose el bigote Y a medida que los días pasaban, el círculo azul pálido que era Calixto aumentaba de tamaño sobre la visiplaca hasta ocupar la mayor parte del cielo. El último día fue inquietante. Realizamos abstraídamente nuestras tareas, y de un modo deliberado evitamos mirar el cruel e inclemente satélite que teníamos delante.

Nos lanzamos... en una espiral larga y gradualmente contráctil. Por medio de esta maniobra, el capitán había esperado lograr algún conocimiento preliminar de la naturaleza del satélite y sus eventuales habitantes, pero la información que conseguimos fue casi totalmente negativa. El gran porcentaje de dióxido de carbono, presente en la delgada y fría atmósfera era compatible con la vida de las plantas, así que la vegetación era abundante y diversa. Sin embargo, el índice del tres por ciento de oxígeno parecía excluir la posibilidad de cualquier clase de vida animal, excepto las especies más simples, y primitivas. Tampoco había ninguna evidencia de ciudades o estructuras artificiales de cualquier clase.

Dimos cinco vueltas alrededor de Calixto antes de divisar un gran lago, cuya forma recordaba la cabeza de un caballo. Descendimos suavemente en dirección hacia él, pues el último mensaje de la segunda expedición —la de Peewee Wilson— habló de aterrizar cerca de dicho lago.

Todavía nos hallábamos a unos ochocientos metros del suelo, cuando localizamos el brillante ovoide de metal que era el Fobos, y cuando al fin nos posamos suavemente sobre el verde rastrojo de vegetación, no nos separaban más de quinientos metros de la desafortunada embarcación.



  • Es extraño —murmuró el capitán, cuando todos nos hubimos congregado en la cabina de mandos, en espera de nuevas órdenes—, parece que no hay ninguna señal de violencia.

¡Era cierto! El Fobos estaba allí, al parecer intacto. Su anticuado casco de acero brillaba bajo la luz amarillenta de un convexo Júpiter, pues el escaso oxígeno de la atmósfera no podía llegar a oxidar su resistente exterior.

El capitán salió de su ensimismamiento y se volvió hacia Charney, que estaba en la radio.



  • ¿Ganímedes ha contestado?

  • Sí, señor. Nos desean buena suerte. —

Lo dijo con sencillez, pero un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

No se movió ni un solo músculo del rostro del capitán.

¿Ha intentado establecer comunicación con el Fobos?


  • No contestan, señor.

  • Tres de nosotros investigarán el Fobos.

Algunas respuestas, por lo menos, deben estar allí.

  • ¡Palillos de cerillas! —gruñó Brock, con impasibilidad.

El capitán asintió gravemente. Puso ocho cerillas en la palma de su mano, rompió tres por la mitad, y extendió el brazo hacia nosotros, sin decir ni una palabra.

Charney dio un paso adelante y cogió el primero. Estaba rota y se dirigió lentamente hacia el perchero del traje espacial. Tuley le siguió y tras él Harrigan y Whitefield. Después yo, y saqué la segunda cerilla rota. Sonreí y seguí a Charney, y al cabo de treinta segundos, el viejo Steeden en persona se reunió con nosotros.



  • La nave les respaldará, muchachos —dijo el capitán tranquilamente, mientras nos estrechaba la mano—. Si ocurre algo peligroso, echen a correr. Nada de heroísmos ahora, no podemos permitirnos el lujo de perder hombres.

Inspeccionamos nuestras Lectrónicas de bolsillo y salimos. No sabíamos con exactitud lo que debíamos esperar y no estábamos seguros de que nuestros primeros pasos sobre suelo de Calixto no pudieran ser los últimos, pero ninguno de nosotros vaciló un sólo instante. En los Astronautas a diez centavos, el valor es una mercancía muy barata, pero es mucho más cara en la vida real. Recuerdo con considerable orgullo los firmes pasos con los que los tres abandonamos la protección del Cenes.

Miré hacia atrás una sola vez y distinguí el rostro de Stanley pegado al grueso vidrio de la portilla. Incluso a distancia, su nerviosismo era evidente. ¡Pobre chico! Durante los últimos dos días había estado convencido de que nos hallábamos en camino hacia una ciudadela de piratas y casi se moría de impaciencia porque la lucha empezara. Naturalmente, ninguno de nosotros se cuidó de desilusionarle.

El casco exterior del Fobos se levantaba

ante nosotros y nos dominaba con su

presencia. La gigantesca embarcación

reposaba sobre la hierba verde oscura,

silenciosa como la muerte. Una de las siete

que lo habían intentado y habían fracasado.

Y la nuestra era la octava.

Charney rompió el inquieto silencio.



  • ¿Qué son esas manchas blancas del casco?

Levantó un dedo forrado de metal y lo paseó por la plancha de acero. Lo retiró y contempló la blanda pulpa de color blanco que lo cubría. Con un involuntario estremecimiento de repugnancia, se lo limpió restregándolo en la gruesa hierba del suelo.

  • ¿Qué creéis que es?

Toda la nave, excepto la parte cercana al suelo estaba recubierta de una fina capa de la pulposa sustancia. Parecía espuma seca... parecía...

Dije:


  • Es como fango que una babosa gigante hubiera dejado tras salir del lago y deslizarse sobre la nave.

Naturalmente, no hice tal afirmación en serio, pero los otros dos lanzaron una apresurada mirada a la superficie lisa como un espejo del lago en la que se reflejaba con claridad la imagen de Júpiter. Charney sacó su Lectrónica de mano.

  • ¡Aquí! —gritó repentinamente Steeden, cuya voz sonaba ronca y metálica a través de la radio—. Es inútil seguir hablando. Hemos de encontrar algún medio de entrar en la nave; debe haber una grieta en alguna parte del casco. Tú irás hacia la derecha, Charney, y tú, Jenkins, hacia la izquierda. Yo intentaré llegar arriba de alguna forma.

Mirando cuidadosamente el casco redondeado, retrocedió y dio un salto. En Calixto, desde luego, sólo pesaba diez kilos o menos, con traje y todo, así que se elevó unos diez o doce metros. Golpeó ligeramente el casco, y cuando empezaba a deslizarse hacia abajo, se agarró a la cabeza de un remache y gateó hasta la parte superior En ese momento yo hice un gesto de despedida a Charney, y me alejé.

  • ¿Todo va bien? —la voz del capitán sonó tenuemente junto a mi oído.

  • Todo bien —repuse con aspereza—hasta ahora. —Y mientras lo decía, el Ceres desapareció detrás del saliente convexo del fallecido Fobos y me encontré completamente solo en la misteriosa luna.

A partir de entonces proseguí mi ronda en silencio. La «piel» de la nave espacial no estaba rota, a excepción de las oscuras portillas, las más bajas de las cuales se hallaban muy por encima de mi cabeza. Una o dos veces me pareció ver a Steeden gateando como un mono sobre la superficie del casco, pero quizá no fue más que una ilusión.

Al final llegué a la proa, que aparecía bañada por la clara luz de Júpiter. Allí, la hilera inferior de portillas estaba lo bastante baja como para ver el interior, y mientras pasaba de una a otra, me dio la impresión de que estaba contemplando una nave llena de espectros, pues en aquella luz fantasmal todos los objetos parecían sombras oscilantes.

La última ventana de la línea resultó ser de un interés irresistible.

En el rectángulo amarillo de la luz de Júpiter estampada en el suelo, yacía lo que quedaba de un hombre.

Su ropa le cubría con holgura y la camisa estaba levantada, como si las costillas le hubieran hecho adoptar esta posición.

En el espacio entre el cuello abierto de la camisa y el casco de ingeniero, Elcasco, reposando oblicuamente sobre la calavera, parecía añadir el último refinamiento de horror a la escena. Un grito penetrante hizo que mi corazón latiera con fuerza. Era Steeden, que lanzaba exclamaciones irreverentes desde algún lugar de la parte superior de la nave. Casi en seguida, vi su torpe cuerpo recubierto de acero que resbalaba y se deslizaba por el costado de la nave Corrimos hacia él con largos y flotantes saltos y nos hizo señales de que le siguiéramos, mientras avanzaba delante nuestro, hacia el lago. En la misma orilla, se detuvo y se inclinó sobre un objeto medio enterrado. En dos saltos estuvimos junto a él, y vimos que el objeto era un hombre vestido con un traje espacial, tendido boca abajo. Estaba recubierto por una gruesa capa de la misma sustancia viscosa que había en el Fobos.



  • Lo he visto desde encima de la nave—dijo Steeden, sin aliento, mientras daba la vuelta a la figura.

Lo que vimos nos hizo lanzar a los tres un grito simultáneo. A través de la visera de vidrio, se distinguía un semblante de leproso.

Las facciones estaban putrefactas, caídas a pedazos, como si la descomposición hubiera empezado y cesado a causa de la limitada provisión de aire. Aquí y allí aparecían pedazos de hueso gris. Era la escena más repulsiva que he presenciado en mi vida, a pesar de que he visto muchas similares.



  • ¡Dios mío! —la voz de Charney era casi un sollozo—. Sólo se murieron y descompusieron.

Expliqué a Steeden que había visto un esqueleto vestido a través de la portilla.

  • Maldita sea, esto es un rompecabezas

  • gruñó Steeden—, y la solución ha de estar dentro del Fobos. —Hubo un silencio momentáneo—. Os diré lo que haremos. Uno de nosotros puede regresar y pedir al capitán que desmonte el Desintegrador. Debe ser lo bastante ligero como para manejarlo en Calixto y, a baja intensidad, podemos conseguir la precisión suficiente para practicar un agujero sin hacer que explote toda la nave. Ve tú, Jenkins. Charney y yo intentaremos encontrar otros pobres diablos.

Me dirigí hacia el Ceres sin necesidad de que me lo repitieran, cubriendo la distancia con enormes saltos.

Ya había recorrido tres cuartas partes del camino cuando un fuerte grito, que sonó metálicamente junto a mi oído, me hizo parar en seco. Di media vuelta con desaliento y quedé petrificado ante la escena que se desarrollaba frente a mis ojos.

La superficie del lago se había convertido en espuma hirviente, y de ella salían las partes delanteras de lo que parecían ser orugas gigantes. Llegaron serpenteando a la orilla, con sus cuerpos de un color gris oscuro chorreando fango y agua. Tenían un metro de longitud, unos treinta centímetros de ancho, y su método de locomoción era lento y reptante. A excepción de una protuberancia alargada en su extremo anterior, cuya punta era de un tenue color rojo, carecían de rasgos característicos.

Mientras yo las miraba, su número aumentaba, hasta que la orilla se convirtió en una compacta masa de nauseabunda carne gris.

Charney y Steeden corrían hacia el

Ceres, pero no habían cubierto la mitad de

la distancia cuando dieron un traspié, y su

carrera se convirtió en un tambaleo a ciegas. Incluso eso cesó, y casi al mismo tiempo cayeron de rodillas.

La voz de Charney sonó débilmente junto a mi oído:



  • ¡Ve a buscar ayuda! Me duele muchísimo la cabeza. ¡No puedo moverme! Me... —ahora los dos estaban inmóviles en el suelo.

Mi primer impulso fue dirigirme hacia ellos, pero una súbita y aguda punzada justo encima de las sienes me hizo tambalear, y por un momento me sentí desconcertado.

Entonces oí un repentino grito sobrenatural de Whitefield.



  • ¡Vuelve a la nave, Jenkins! ¡Vuelve!

¡Vuelve!

Me volví para obedecer, pues el dolor se había trocado en continuo e irresistible sufrimiento. Avancé zigzagueando y haciendo eses hacia la esclusa abierta, y creo que estaba a punto de desmayarme cuando me caí en ella. Después de eso, lo único que puedo recordar es una gran confusión.

Mi siguiente impresión clara fue de la

cabina de mandos del Ceres. Alguien me embotado y vi doble la imagen del capitán Bartlett cuando éste se inclinó sobre mí.



  • ¿Sabe lo que eran esas malditas criaturas? —señaló hacia las orugas gigantes del exterior.

Moví la cabeza mudamente.

  • Son los bisabuelos del Gusano Magnético del que nos habló Whitefield en una ocasión. ¿Se acuerda del Gusano Magnético?

Yo asentí.

  • El que mata por medio de un campo magnético reforzado por hierro a su alrededor.

  • Maldita sea, sí —gritó Whitefield, interrumpiéndonos repentinamente—. Podría jurarlo. Si no fuera por la afortunada casualidad de que nuestro casco es de berilo tungsteno y no de acero —como el Fobos y el resto—, a estas alturas todos estaríamos inconscientes y muertos dentro de poco.

Así que ésa es la amenaza de Calixto —mi voz se alzó con súbita consternación—. Pero ¿qué hay de Charney y Steeden?

  • Están perdidos —murmuró el capitán sombríamente—. Inconscientes... quizá muertos. Esos inmundos gusanos se dirigen hacia ellos y no podemos hacer nada para evitarlo —fue contando los obstáculos con los dedos—. No podemos ir a rescatarlos con el traje espacial sin firmar nuestra propia muerte... Los trajes espaciales son de acero, y nadie puede sobrevivir ahí fuera sin uno. No tenemos armas con un rayo lo bastante fino como para destruir a los gusanos sin abrasar también a Charney y Steeden. Había pensado en acercar el Ceres y recogerlos rápidamente, pero no se puede manejar una astronave en superficies planetarias como ésta... No, sin hacerse pedazos. Nosotros...

  • Abreviando—interrumpí sordamente—

, tenemos que permanecer aquí y ver cómo se mueren.

Él asintió y yo me alejé con amargura.

Sentí un ligero estirón de mi manga, y

cuando me volví, encontré los dilatados ojos

azules de Stanley mirándome fijamente. Con

la excitación, me había olvidado de él, y ahora le contemplé con mal humor.



  • ¿Qué hay? —pregunté con brusquedad.

  • Señor Jenkins —sus ojos estaban enrojecidos, y creo que hubiera preferido piratas que Gusanos Magnéticos—. Señor Jenkins, quizá pudiera ir yo a rescatar al señor Charney y al señor Steeden. Suspiré, y di media vuelta para alejarme.

  • Pero, señor Jenkins, yo podría. Oí lo que decía el señor Whitefield, y mi traje espacial no es de acero. Es de vitri-caucho.

  • El muchacho tiene razón —susurró Whitefield con lentitud, cuando Stanley repitió su oferta a los hombres congregados—. El campo sin reforzar no nos afecta, eso es evidente. No correrá ningún peligro con un traje de vitri-caucho.

  • ¡Pero ese traje está destrozado! —objetó el capitán—. En realidad nunca tuve la intención de que el muchacho lo utilizara.

  • Se le veía vacilar y su comportamiento era evidentemente irresoluto.

  • No podemos abandonar a Neal y Mac ahí fuera sin intentarlo, capitán —dijo Brock impasiblemente.

El capitán se decidió de pronto y se convirtió en un torbellino de actividad. El mismo entró en el perchero de los trajes espaciales, en busca de la deteriorada reliquia, y ayudó a Stanley a ponérsela.

  • Primero trae a Steeden —dijo el capitán, mientras aseguraba el último cierre—. Es más viejo y tiene menos resistencia al campo. Que tengas buena suerte, muchacho, y si lo consigues, regresa inmediatamente. Inmediatamente, ¿me oyes?

Stanley se tambaleó al dar el primer paso, pero la vida en Ganímedes le había acostumbrado a las gravedades por debajo de lo normal y se recuperó con rapidez. No dio muestras de vacilación mientras saltaba hacia las dos figuras tendidas, lo cual nos animó. Evidentemente, el campo magnético aún no le afectaba.

Ahora tenia uno de los cuerpos sobre los

hombros y se disponía a regresar a la nave

a un paso ligeramente más lento. Al

desembarazarse de su carga en la esclusa,

agitó el brazo frente a la ventana donde

estábamos y nosotros le respondimos del mismo modo.

Apenas se había alejado, cuando tuvimos a Steeden dentro. Le quitamos el traje y lo estiramos, macilento y pálido como estaba, sobre el diván. El capitán acercó un oído a su pecho y de repente se echó a reír con súbito alivio.



  • El viejo excéntrico sigue en plena forma.

Al oír aquello nos arremolinamos a su alrededor con alegría, impacientes por colocar un dedo sobre su muñeca y asegurarnos de que seguía con vida. Su cara se crispó, y cuando una voz baja y confusa murmuró súbitamente: «Así se lo dije a Peewee, se lo dije...», nuestras últimas dudas se desvanecieron.

Fue un repentino y agudo grito de Whitefield lo que nos atrajo de nuevo a la ventana.



  • Algo malo le ocurre al muchacho.

Stanley se encontraba a medio camino de regreso hacia la nave con su segunda carga, pero ahora se tambaleaba... avanzando irregularmente.

  • No puede ser —susurró Whitefield, con voz ronca—. No puede ser. ¡El campo no puede haberle afectado!

  • ¡Dios mío! —el capitán se mesaba el cabello con violencia—, esa maldita antigualla no tiene radio. No puede decirnos qué ocurre. —De repente hizo ademán de alejarse—. Me voy a buscarle. Con campo o sin campo, me voy a buscarle.

  • Espere, capitán —dijo Tuley, agarrándole por el brazo—, aún puede lograrlo.

Stanley corría de nuevo, pero de forma curiosa, en zigzag, revelando claramente que no sabía adónde iba. Resbaló dos o tres veces y se cayó, pero cada vez logró ponerse en pie de nuevo. Por último, tropezó contra el casco de la nave, y buscó frenéticamente a tientas la esclusa abierta. Nosotros gritamos y rezamos y sudamos, pero no podíamos ayudar en nada. Y entonces desapareció. Había tropezado con la esclusa y se había caído dentro.

Los tuvimos dentro en un tiempo récord,

y los despojamos de sus trajes. Charney

estaba vivo, lo supimos a la primera mirada,

y, enseguida le abandonamos muy poco

ceremoniosamente por Stanley. El color azul de su rostro, la lengua hinchada, el reguero de sangre fresca que corría de la nariz a la barbilla nos contaron su propia historia.



  • El traje se ha agrietado —dijo Harrigan.

  • Apártense de él —ordenó el capitán—, denle aire.

Aguardamos. Finalmente, un débil gemido del muchacho nos indicó que recuperaba el conocimiento y todos sonreímos a la vez.

  • Un muchachito valiente —dijo el capitán—. Ha recorrido los últimos cien metros gracias a su temple y nada más —y repitió—: Un muchachito valiente. Conseguirá una medalla por esto, aunque tenga que darle la mía.

Calixto no era más que una pequeña bola azul en el televisor —un mundo cualquiera desprovisto de todo misterio—.

Stanley Fields, capitán honorario de la gran

nave Ceres, le hizo gestos de burla, sacando

la lengua al mismo tiempo. Un gesto muy

poco elegante, pero que simbolizaba el

triunfo del Hombre sobre el hostil sistema solar.



Ahora que releo la historia (es la primera vez que lo hago desde que fue publicada) me divierte ver que el nombre de mi joven polizón es Stanley. Es el nombre de mi hermano pequeño, que sólo contaba nueve años cuando escribí el relato (el mismo hermano pequeño que protagonizó mi ensayo de la escuela superior de muchachos, y que ahora es subdirector del Newsday de Long Island). No sé por qué es necesario emplear «nombres reales», pero me parece que casi todos los escritores noveles lo hacen.

Observarán que no hay chicas en el relato. En realidad no es nada extraño. A los dieciocho años yo estaba muy ocupado con mis estudios de la Universidad, trabajando en la pastelería de mi padre y ocupándome de repartir periódicos a domicilio mañana y tarde, así que nunca había tenido tiempo de salir con una chica. No sabía absolutamente nada sobre chicas (excepto la biología que aprendí en libros y de otra fuente, mejor informada que son los muchachos).

Eventualmente tuve compromisos y eventualmente introduje chicas en mis relatos; pero la primera impresión tuvo su efecto. Hasta el momento actual, el elemento romántico de mis relatos es mínimo y el elemento sexual, casi nulo.

Por otro lado, me pregunto si la explicación anterior sobre la carencia de sexo en mis relatos no está demasiado simplificada. Al fin y al cabo, yo también soy abstemio y sin embargo, observo que mis personajes beben agua de Jabra marciana (sea lo que eso fuere). Mis conocimientos sobre astrología eran bastante respetables, pero me dejé influir demasiado por las convenciones comunes de la ciencia ficción de aquella época. Entonces, todos los mundos eran similares a la Tierra y estaban deshabitados, así que doté a Calixto de una atmósfera que sólo contenía una pequeña cantidad de oxígeno libre. También lo doté de agua corriente, y vida animal y vegetal. Todo esto es, naturalmente, por completo inverosímil, y las pruebas que tenemos nos inducen a creer que Calixto es un mundo sin aire y sin agua, igual que nuestra Luna (y, desde luego, yo lo sabía ya entonces).

Retrocedamos a mi tercera historia, ahora...

El 30 de julio de 1938, después de sólo ocho días del segundo rechazo de Campbell, había finalizado mi tercer relato, Abandonados cerca de Vesta. Sin embargo, pensé que no era conveniente ver a Campbell más de una vez al mes, pues consideré que, de lo contrario, abusaría de su hospitalidad. Por lo tanto, guardé el manuscrito y me puse a escribir otros relatos. A final de mes tenía dos más: Este planeta irracional y Un anillo alrededor del sol. Mis primeros tres relatos, incluido Abandonados cerca de Vesta, fueron mecanografiados con una máquina de escribir Underwood n.º 5, vieja, pero perfectamente utilizable, que mi padre me había conseguido en 1936 por diez dólares. Sin embargo, cuando hube presentado mi segundo relato a Campbell, mi padre juzgó que mi deseo de ser escritor iba en serio, y considerando que mi fracaso para vender era improcedente y, en cualquier caso, temporal, se dispuso a comprarme una máquina de escribir completamente nueva.

El 10 de agosto de 1938, entró en casa

una Smith-Corona portátil, y fue con esta nueva

máquina de escribir con la que mecanografié mi cuarto y quinto relatos.

De los tres, el que me pareció más flojo fue Este planeta irracional, así que no lo ofrecí a Campbell. Lo envié directamente a Thrilling Wonder Stories el 26 de agosto, y no fue rechazado hasta el 24 de setiembre. Campbell me había malacostumbrado, y las cuatro semanas que mediaron entre el envío y el rechazo me consternaron. Incluso acudí, durante el intervalo, a pedir una explicación... sin saber que una simple demora de cuatro semanas era realmente breve para cualquiera, excepto Campbell.

Pero, por lo menos, el rechazo, cuando llegó, estaba mecanografiado y no era una forma impresa. Lo que es más, incluía la frase:

«Lo intentará de nuevo, ¿verdad?» Eso me

animó. Quizá había sobrestimado el relato. Lo

sometí a Campbell, y lo rechazó al cabo de seis

días. A continuación lo rechazaron otras cinco

revistas. No logré venderlo, y Este planeta

irracional tampoco existe en la actualidad. Ni

siquiera recuerdo el tema, aunque estoy

totalmente seguro de que el planeta del título

era la misma Tierra. (El único otro dato que

tengo sobre él es que era muy corto, sólo

contenía tres mil palabras. De hecho, la

mayoría de relatos de esos primeros eran cortos. El más largo fue el primero, Tirabuzón cósmico.)

A los otros dos relatos escritos el mismo mes les aguardaba un destino mejor, aunque al principio no lo pareció. El 30 de agosto de 1938 visité a Campbell por tercera vez y le entregué Abandonados cerca de Vesta y Un anillo alrededor del sol... y ambos me fueron devueltos el 8 de septiembre. Al día siguiente envié Abandonados cerca de Vesta, que consideré el mejor de los dos, a Amazing Stories. No supe nada de él hasta al cabo de un mes y medio, pero esta vez la espera valió la pena El 21 de octubre de 1938 llegó una carta de aceptación de Raymond A. Palmer, que entonces era director de Amazing, y que desde aquella época ha alcanzado un gran renombre como la figura principal en cuestión de Platillos volantes y otras formas de ocultismo. Hasta ahora no he conocido Personalmente al señor Palmer.

Era mi primera aceptación, cuatro meses

justos después de mi primera visita a John

Campbell. Para entonces ya había escrito seis

relatos y recibido nueve rechazos de diversas

revistas. El cheque, de 64 dólares (un centavo

por palabra), llegó el 31 de octubre, y éste fue

el primer dinero que gané en mi vida como escritor profesional4.

He guardado esta primera carta de aceptación, de Palmer, durante muchos años, enmarcada y colgada en la pared de mi habitación. Pero con las vicisitudes de la vida también ha desaparecido y confieso que lo lamento.

El relato apareció en el ejemplar de

Amazing Stories de marzo de 1939, que llegó a los quioscos el 10 de enero de 1939, justo ocho días después de mi decimonoveno cumpleaños. Era la primera ocasión en que yo publicaba profesionalmente; y todavía conservo un ejemplar intacto de aquel número de la revista. No guardé ninguno en aquel tiempo (mi sentido de la importancia histórica, como ya he explicado, es deficiente), sino que extraje mi relato para encuadernar y descarté el resto.

Normalmente, no me importa hacerlo y

siempre lo he hecho así (el espacio es limitado,

incluso en el mejor de los apartamentos,

cuando se es tan prolífico como yo), pero un día

4 En este libro prestaré una atención considerable al dinero que recibí por

mis relatos. No porque escriba primordialmente por dinero, ni porque lo considere demasiado importante ni entonces ni ahora (mis editores lo confirmarán con mucho gusto). Sin embargo el dinero que recibí fue crucial para determinar mi carreta Fue suficiente para costearme la escuela y no tanto como para tentarme a abandonarla. Lo verán más adelante.

me arrepentí de no haber conservado aquel ejemplar intacto. El conocido aficionado a la ciencia ficción Forrest J. Ackerman oyó que lo lamentaba y me envió amablemente un ejemplar en excelente estado. Este ejemplar, por cierto, contiene un pequeño pasquín autobiográfico escrito por mí antes de los veinte años. Al volver a leerlo, años más tarde, se reveló como algo exquisitamente desconcertante.

Abandonados cerca de Vesta no está incluido aquí, puesto que apareció en Misterios de Asimov. (Esto no significa que fuera un misterio. La razón de su inclusión en aquella serie particular está explicada allí. Bien, adelante, compren el libro y satisfagan su curiosidad.)

En cuanto a Un anillo alrededor del sol, fue rechazado por Thrilling Wonder Stories, pero luego, el 5 de febrero de 1939, fue aceptado por Future Fiction, una de las nuevas revistas de ciencia ficción que estaban surgiendo.

Apareció en el segundo número de la

revista que, sin embargo, no llegó a los

quioscos hasta casi un año después de la

venta. El pago (teóricamente por su

publicación, y no por su aceptación tal como era el procedimiento más civilizado de Campbell) se retrasó más todavía y además, era por la cantidad de sólo medio centavo por palabra, así que el cheque se elevó únicamente a veinticinco dólares. Astonishing Stories tampoco pagaba más de medio centavo por palabra en aquel tiempo, pero La amenaza de Calixto fue el relato más largo —6.500 palabras— así que me produjo una ganancia de 32.50 dólares.

Sin embargo, me consideré bien pagado. Sabía muy bien que en la todavía temprana historia de las revistas de ciencia ficción, el pago de un cuarto de centavo por palabra era lo usual, y no por publicación sino (como se murmuraba) tras entablar un pleito. Además, aquéllos eran tiempos de escasez, y para mí veinticinco dólares significaban algo así como cinco meses de dinero de bolsillo (sin bromear).

En aquella época, el director de Future Fiction era Charles D. Hornig. Ocasionalmente acudí a su oficina para preguntar cuándo aparecería un relato, o cuándo me enviarían el cheque, pero no recuerdo haberlo encontrado nunca en ella. De hecho, que yo sepa, todavía no le conozco.




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