Introducción la psicología del niño



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parte, H. Gruber ha realizado una investigación sobre los mismos problemas con gatos pequeños; éstos pasan, en ge­neral, por los mismos estadios; pero llegan a un inicio de permanencia desde los tres meses. El niño, en este punto como en otros muchos, se halla retrasado con respecto al animal; pero ese retraso atestigua asimilaciones más acentuadas, ya que, seguidamente, el primero consigue sobrepasar ampliamente al segundo.

1 Poincaré tuvo el gran mérito de prever que la organización del espado iba ligada a la construcción del "grupo de los des­plazamientos"; pero, como no elaboraba psicología, consideró eso a priori, en lugar de como el producto de una construc­ción progresiva.

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estructura fundamental, que constituye la armazón del espacio práctico, en espera de servir de base, una vez interiorizada, a las operaciones de la métrica euclidiana: es lo que los geómetras llaman "grupo de desplazamien­tos", y cuya significación psicológica es la siguiente: a) Un desplazamiento AB y un desplazamiento BC pueden coordinarse en un solo desplazamiento AC, que forma aún parte del sistema •; Ü) Todo desplazamiento AB puede ser invertido BA, de donde resulta la con­ducta de "retorno" al punto de partida; c) La compo­sición del desplazamiento AB y de su inverso BA da el desplazamiento nulo AA; d) Los desplazamientos son asociativos, es decir, que en la serie ABCD se tiene AB+BD=AC+CD; esto significa que un mismo pun­to D puede ser alcanzado a partir de A por caminos diferentes (si los segmentos AB, BC, etc., no están en línea recta), lo que constituye la conducta del "radio", cuyo carácter tardío se conoce (estadios V y VI en el niño, conducta comprendida por los chimpancés, pero ignorada de las gallinas, etc.).

En correlación con esa organización de las posiciones y de los desplazamientos en el espacio, se constituyen, naturalmente, series temporales objetivas, ya que en el caso del grupo práctico de los desplazamientos, éstos se efectúan materialmente de modo progresivo y uno tras otro, por oposición a las nociones abstractas que construirá más tarde el pensamiento y que permitirán una representación de conjunto simultánea y cada vez más extratemporal.

3. La causalidad.—El sistema de los objetos perma­nentes y de sus desplazamientos es, por otra parte, in-disociable de una estructuración causal, porque lo pro-'o de un objeto es ser la fuente, el lugar o el resultado

trayecto AC puede no pasar por B si AB y BC no están ■» recta.

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de acciones diversas cuyas relaciones constituyen la ca­tegoría de la causalidad.

Mas, en paralelo completo con el desarrollo de los esquemas precedentes, la causalidad sólo se hace obje­tiva y adecuada al término de una larga evolución, cuyas frases iniciales se centran en la acción propia e ignoran aún las relaciones espaciales y físicas inherentes a los esquemas causales materiales. En el estadio III, todavía (cfr. § I), cuando la criatura llega ya a sonreír a lo que ve y a manipular los objetos según diversos esquemas (cambiar de sitio, balancear, golpear, frotar, etc.), sólo conoce como causa única su acción propia, indepen­dientemente, inclusive, de los contactos espaciales,

En la observación del cordoncillo que cuelga del techo de la cuna (§ 1-4), el niño no sitúa en el cordón la causa del movimiento de los sonajeros suspendidos, sino en la acción global de "tirar del cordón", lo cual es muy distinto: la prueba de ello es que continúa tirando del cordón para actuar sobre objetos situados a dos metros de distancia o sobre sonidos, etc. De igual modo, otros sujetos de ese nivel III se encorvan y se dejan caer para mover su cuna, y también para actuar sobre ob­jetos distantes, o, más tarde, guiñan los ojos ante un conmutador para encender una lámpara eléctrica, etc.



Esa causalidad inicial puede denominarse mágico-fe-nomenista; fenomenista, porque cualquier cosa puede producir cualquiera otra según las reacciones anteriores observadas; y "mágica", porque se centra en la acción del sujeto, sin consideración de los contactos espacia­les. El primero de esos dos aspectos recuerda la inter­pretación de la causalidad por Hume, pero con centra-tion, puesta en el centro, exclusiva en la acción propia. El segundo aspecto recuerda las concepciones de Maine de Biran; pero no hay aquí conciencia del yo ni deli­mitación entre éste y el mundo exterior.

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A medida, por el contrario, que el universo es estruc­turado por la inteligencia senso-motora según una or­ganización espacio-temporal y por la constitución de objetos permanentes, la causalidad se objetiva y se es-pacializa; es decir, que las causas reconocidas por el sujeto no están ya situadas en la sola acción propja, sino en objetos cualesquiera, y que las relaciones de causa a efecto entre dos objetos o sus acciones suponen un contacto físico y espacial. En las conductas del so­porte, de la cinta y del bastón (§ I, estadios V y VI) está claro, p. ej., que los movimientos de la alfombra, de la cinta o del bastón tienen que actuar sobre los del objeto (independientemente del autor del desplaza­miento), ello a condición de que haya contacto: si el objeto está colocado junto a la alfombra, pero no encima de ella, el niño del estadio V no tirará del soporte, mientras que el del estadio III, e incluso el del IV, al que se le haya enseñado a servirse del soporte (o que haya descubierto casualmente su papel), tirará todavía de la alfombra, si el objeto deseado no sostiene con él la relación espacial "situado encima".



III.—EL ASPECTO COGNOSCITIVO DE LAS REACCIONES SENSO-MOTORAS

Si se comparan las fases de esta construcción de lo real con la que corresponde a los esquemas senso-motores que intervienen en el funcionamiento de los reflejos, de los hábitos o de la inteligencia, se com­prueba la existencia de una ley de desarrollo, que ofrece alguna importancia porque regirá igualmente toda la evo­lución intelectual posterior del niño.

El esquematismo senso-motor se manifiesta, en efec­to, bajo tres grandes formas sucesivas (las precedentes no se pierden, por lo demás, hasta que aparecen las siguientes):

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  1. Las formas iniciales están constituidas por estruc­
    turas de ritmos, como las que se observan en los mo­
    vimientos espontáneos y globales del organismo, cuyos
    reflejos no son, sin duda, sino diferenciaciones progre­
    sivas. Los mismos reflejos particulares dependen tam­
    bién de la estructura de ritmo, no sólo en sus acomo­
    damientos complejos (succión, locomoción), sino porque
    su desarrollo conduce de un estado inicial X a un esta­
    do final
    Z, para recomenzar seguidamente en el mismo
    orden (de inmediato o de manera diferente).

  2. Vienen en seguida regulaciones diversas que di­
    ferencian los ritmos iniciales siguiendo múltiples es­
    quemas. La forma más corriente de esas regulaciones
    es el control por tanteos que intervienen en la forma­
    ción de los primeros hábitos Gas "reacciones circulares"
    aseguran a tal respecto la transición entre el ritmo y
    las regulaciones) y en los primeros actos de inteligencia.
    Esas regulaciones, cuyos modelos cibernéticos entrañan
    sistemas de boucles o feedbaks, alcanzan así una semi-
    reversibilidad aproximada, por el efecto retroactivo de
    las correcciones progresivas.

  3. Aparece por fin un comienzo de reversibilidad^
    fuente de futuras "operaciones" del pensamiento, pero
    ya actuando al nivel senso-motor desde la constitución
    del grupo práctico de los desplazamientos (cada despla­
    zamiento AB lleva consigo entonces un desplazamiento
    inverso BA). El producto más inmediato de las estruc­
    turas reversibles es la constitución de nociones de
    conservación o de invariantes de "grupos". Al nivel
    senso-motor ya, la organización reversible de los des­
    plazamientos entraña la elaboración de tal invariante,
    bajo la especie de un esquema del objeto permanente.
    Pero es obvio que, a ese nivel, ni esa reversibilidad en
    acción ni esa conservación son completas, por falta de
    representación.

Si las estructuras de ritmo no aparecen ya en los

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niveles representativos posteriores (de 2 a 15 años), toda la evolución del pensamiento estará dominada —como se verá después— por un paso general de las regulaciones a la reversibilidad interiorizada u opera­toria, es decir, a la reversibilidad propiamente dicha.

IV.—EL ASPECTO AFECTIVO DE LAS REACCIONES SENSO-MOTORAS

El aspecto cognoscitivo de las conductas consiste en su estructuración, y el aspecto afectivo, en su energéz tica (o, como decía P. Janet, en su "economía"). Esos dos aspectos son, a la vez, irreducibles y complementa­rios: no hay que extrañarse, pues, de hallar un para­lelismo notable entre sus respectivas evoluciones. De un modo general, en efecto, mientras el esquematismo cognoscitivo pasa de un estado inicial centrado sobre la acción propia a la construcción de un universo obje­tivo y descentrado, la afectividad de los mismos niveles senso-motores procede de un estado de indiferenciación entre el yo y el "entorno" físico y humano para cons­truir a continuación un conjunto de cambios entre el yo diferenciado y las personas (sentimientos interindi­viduales) o las cosas (intereses variados, según los ni­veles).

Pero el estudio de la afectividad del lactante es mucho más difícil que el de sus funciones cognosciti­vas, porque en él es mayor el riesgo del adultomorfis-mo. La mayoría de los trabajos conocidos son de na­turaleza psicoanalítica y se han contentado, durante mucho tiempo, con una reconstitución de los estudios elementales, a partir de la psicopatología adulta. Con R. Spitz, K. Wolf y Th. Gouin-Décarie, el psicoaná­lisis del bebé se ha hecho, por el contrario, experimen­tal; y con las actuales investigaciones de S. Escalona.

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de inspiración psicoanalista y lewiniana, a la vez, se libera del detalle de los cuadros freudianos para al­canzar el nivel del análisis y del control objetivos.

1. El adualismo inicial.—Los afectos propios de los dos primeros estadios (I-II del § I) se inscriben en un con­texto ya descrito por J. M. Baldwin con el nombre de "adualismo", en el que no existe aún, sin duda, nin­guna conciencia del yo, es decir, ninguna frontera entre el mundo interior o vivido y el conjunto de las reali­dades exteriores. Freud habló de narcisismo, a tal res­pecto, sin percibir suficientemente que se trataba de un narcisismo sin Narciso. Anna Freud precisó después ese concepto de "narcisismo primario", en el sentido de una indiferenciación inicial entre el yo y los otros. Wal-lon describe esa misma indiferenciación en términos de simbiosis; pero sigue siendo importante especificar que, en la propia medida en que el yo continúa incons­ciente de sí mismo, es decir, indiferenciado, toda la afectividad queda centrada sobre el cuerpo y la acción propios, ya que sólo una disociación del yo y de los otros o del no-yo permite la décentration tanto afectiva como cognoscitiva. Por eso, la intención contenida en la noción de narcisismo sigue siendo válida, a condición de precisar que no se trata de una centration consciente sobre un yo, por lo demás idéntico al que se constituirá una vez elaborado, sino de una centration inconsciente por indiferenciación.

Establecido esto, los afectos observables en ese con­texto adualista dependen ante todo de ritmos generales que corresponden a los de las actividades espontáneas y globales del organismo (§ I): alternancias entre los estados de tensión y de laxitud, etc. Esos ritmos se diferencian en búsquedas de los estímulos agradables y en tendencias a evitar los desagradables.

Uno de los síntomas más estudiados de la satisfac-

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ción es la sonrisa, que ha dado lugar a múltiples inter­pretaciones. Ch. Bühler y Kaila ven en ella una reacción específica a la persona humana. Pero, de una parte, se observa al principio una especie de sonrisa fisiológica, inmediatamente después de mamar, sin ningún estímulo visual. De otra, uno de nosotros ha notado sonrisas muy precoces en presencia de objetos en movimiento. La reacción al rostro humano ha sido estudiada por medio de máscaras más o menos completas (ojos y frente sin la boca, etc.) análogas a los "engaños" de que se sirven los etólogos de la escuela de Tinbergen y Lorenz para analizar los desencadenantes perceptivos de los mecanismos innatos *. Se ha observado, a tal res­pecto, que los ojos y la parte superior del rostro des­empeñan un papel preponderante; y ciertos autores (Bowlby) consideran esos estímulos como análogos a los desencadenantes hereditarios (IRM)10. Pero, de acuer­do con Spitz11 y Wolf, es más prudente ver sólo en la sonrisa un signo de reconocimiento de un complejo de estímulos en un contexto de satisfacción de las ne­cesidades. No supondría, pues, desde el principio, reco­nocer la persona de otro, sino que, como la sonrisa del niño es muy frecuentemente provocada, sostenida y re­forzada o "gratificada" por la sonrisa del compañero humano, se convierte, con más o menos rapidez, en un instrumento de intercambio o de contagio y, en conse­cuencia, poco a poco, en un medio de diferenciación de personas y de cosas (las primeras sólo son, durante largo tiempo, centros particularmente activos e impre­vistos, asimilados en función de las reacciones propias sin diferenciación neta de las cosas).

* Ver Sandstróm, C. L: Psicología del niño y del adoles­cente. Madrid, Morata, 1968. (N. del T.)

10 WM: innate releasing mechanisms.

11 Spitz, R.: La premiére année de la vie de Venfant: Cé­
nese des premieres relations objectales. París, 1958.

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2. Reacciones intermedias.—Durante los estadios III y IV, de manera general, se asiste, en función de la cre­ciente complejidad de conductas, a una multiplicación de las satisfacciones psicológicas, que vienen a añadirse a las satisfacciones orgánicas. Pero si las fuentes de interés se diversifican así, se observan, igualmente, nue­vos estados en presencia de lo desconocido, cada vez más diferenciados de lo conocido: inquietudes en pre­sencia de personas extrañas al medio ambiente (Spitz), reacciones ante situaciones insólitas (Meili), etc.; y mayor o menor tolerancia al stress *, la cual aumenta en un contexto de contactos agradables.



El contacto con las personas se hace más importante cada vez, anunciando el paso del contagio a la comu­nicación (Escalona). En efecto: antes que se constru­yan de manera complementaria el yo y los otros, así como sus interacciones, se asiste a la elaboración de todo un sistema de intercambios, gracias a la imitación, a la lectura de los indicios gesticulares y de los mími­cos. El niño comienza entonces a reaccionar ante las personas, de modo cada vez más específico, porque és­tas actúan de otra manera que las cosas, y lo hacen según esquemas que pueden relacionarse con los de la acción propia. Se establece, incluso, antes o después, una especie de causalidad relativa a las personas, en tanto que éstas proporcionan placer, confortación, tran­quilidad, seguridad, etc.

Pero es esencial comprender que el conjunto de esos progresos afectivos es solidario de la estructuración ge­neral de las conductas. "Mis datos —concluye Escalo­na— sugieren la posibilidad de extender a todos los aspectos adaptativos del funcionamiento mental lo que Piaget propone para la cognition: la emergencia de fun­ciones tales como la comunicación, la modulación de los

* Palabra inglesa, de diversos significados, pero que, en este caso, equivale, fundamentalmente, a "tensión". (N. del T.)

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efectos, el control de las excitaciones, la posibilidad de diferir las reacciones (delay), ciertos aspectos de las relaciones entre objetos como identificación, son, en to­dos esos casos, el resultado de las secuencias del des­arrollo senso-motor, antes que las funciones se liguen a un ego en un sentido más restringido" '*.

3. Las relaciones "objétales" *.—Durante los estadios V y VI (con preparación desde el estadio IV) se asiste a lo que Freud llamaba una "elección del objeto" afec­tivo, y que consideraba como una transferencia de la libido, a partir del yo narcisista, sobre la persona de los padres. Los psicoanalistas hablan ahora de "relaciones objétales"; y desde que Hartmann y Rapaport insistie­ron sobre la autonomía del yo con respecto a la libido, conciben la aparición de esas relaciones "objétales" como señal de la doble constitución de un yo diferenciado de otro, y de otro que se convierte en objeto de afec­tividad. J. M. Baldwin había insistido ya, hace tiempo, en el papel de la imitación en la elaboración del yo, lo que atestigua la solidaridad y la complementariedad de las formaciones del ego y del alter.

Los problemas consisten, entonces, en comprender las razones por las que esa décentration de la afectividad sobre la persona de otro, en tanto que es a la vez dis­tinta y análoga al yo que se descubre en referencia con ella, se produce a ese nivel del desarrollo; y, sobre todo, en comprender de qué manera se efectúa esa dé­centration. Nosotros hemos supuesto que la afectiva era correlativa de la cognoscitiva, no que una domine a la otra, sino que ambas se producen en función de un mismo proceso de conjunto. En efecto, en la medida




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