Introducción al concepto de salud



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A. Martínez-Donate y V. Rubio ENFOQUE BIO-PSICO-SOCIAL DE LA SALUD

1. EL CONCEPTO DE SALUD EN LA ACTUALIDAD

Durante miles de años, la enfermedad se ha entendido como el resultado de la invasión del organismo humano por parte de agentes externos, bien fueran éstos la acción de los dioses, el resultado de la posesión del organismo por espíritus malignos o, más recientemente, la invasión de microorganismos. Esta visión “ambientalista” de la enfermedad cobró fuerza especialmente gracias a la aparición del microscopio y a los avances en la ciencia médica durante los siglos XVIII y XIX, con el descubrimiento de los microorganismos como causantes de ciertos trastornos, el desarrollo de la cirugía y la construcción y mejora de la reputación de los hospitales.


De este modo, hasta hace pocas décadas se ha mantenido la concepción de que mente y cuerpo constituyen entes separados, bajo el prisma del llamado modelo biomédico de la salud y la enfermedad, según el cual “todas las enfermedades pueden explicarse a partir de problemas en procesos fisiológicos, resultado de heridas, desequilibrios químicos e infecciones bacterianas o víricas” (Engel, 1977), negándose de este modo cualquier influencia sobre la salud de procesos de índole psicológica o social.
Sin embargo, desde mediados de este siglo se comenzaron a plantear alternativas a este modelo, dada la pobreza explicativa del mismo para dar cuenta de los cambios en el panorama epidemiológico de los países industrializados. Así, mientras que hasta la primera mitad del siglo XX, la sociedad norteamericana y europea sufría y moría principalmente a causa de enfermedades infecciosas, producto de la acción de agentes patógenos bacterianos o víricos, y trastornos derivados de la malnutrición, a partir del siglo XIX, por el contrario, y especialmente a lo largo del siglo XX, este tipo de enfermedades comienzan a descender, gracias al desarrollo de tratamientos progresivamente más eficaces, de índole tanto farmacológica como quirúrgica y al avance de medidas preventivas como la promoción de la higiene personal, la mejora de la nutrición, la cloración de las aguas públicas, el tratamiento de las aguas residuales, etc. (Sarafino, 1990).
Como consecuencia de ello, la esperanza de vida ha experimentado un aumento notable, especialmente en las últimas décadas de este siglo. Por ejemplo, en EE.UU., desde 1900 hasta la década de los 80, la esperanza de vida de la población blanca aumentó en un 56% (de 47,6 hasta 74,4 años) y en un 119% para la población perteneciente a distintas razas (de 33 hasta 70 años) (Matarazzo, 1984).
De este modo, la población vive ahora hasta edades muy avanzadas y las causas de su muerte son bien distintas a las que se daban en épocas anteriores. Es decir, mientras los avances en los terrenos de la química, la fisiología, la biología, etc., han producido el descenso de enfermedades infecciosas (tuberculosis, sarampión, poliomelitis, etc.), en la actualidad el aumento del cáncer, las enfermedades coronarias, el abuso de drogas y alcohol, o los accidentes de tráfico, se han convertido en el principal azote de la población (Matarazzo, 1994). Si se analizan desde el punto de vista etiológico y evolutivo, estos factores están en gran medida relacionados con el comportamiento y los estilos de vida de los individuos que conforman las sociedades modernas.
Por otra parte, los avances de la medicina han conllevado una serie de repercusiones en la práctica médica. Con anterioridad al desarrollo de fármacos eficaces, la figura del médico, y anteriormente la del curandero, ejercía en muchos casos atendiendo a la importancia de la psicología como parte integral de sus prácticas con el enfermo. Así, como expresa Matarazzo (1994), en ausencia de fármacos, la empatía, la compasión y la transmisión de sentimientos de esperanza hacia los individuos enfermos constituían, con pocas excepciones, la única terapia que los cuidadores de la salud pudieron ofrecer durante cientos de años a los enfermos. Sin embargo, los avances farmacológicos y quirúrgicos en los siglos XIX y XX permitieron que se olvidaran estos importantes aspectos de la relación médico-paciente, y que ésta, junto con los aspectos psicológicos de la enfermedad, se desatendiera enormemente.
Todavía mayor fue la pérdida de esta perspectiva cuando a principios del siglo XX se inició lo que se denomina “medicina especializada”, que provocó que los estudiantes de medicina fueran instruidos en el tratamiento de enfermedades concernientes a determinados sistemas u órganos corporales, con poca o ninguna integración de dichos conocimientos que facilitase la observación del “paciente completo”.
En otras palabras, esta especialización, junto con la posibilidad de mejores y más completos diagnósticos y tratamientos, fue acompañada de una pérdida en la utilización de aquellos elementos terapéuticos asociados con el conocimiento y la compresión del paciente como ser humano complejo. De este modo, factores familiares, económicos, ocupacionales y de personalidad, fueron completamente ignorados durante la mayor parte de este siglo (Matarazzo, 1994), dominado por una visión unicausalista de la enfermedad, a la que se dio en llamar “teoría del germen infeccioso”, según la cual, la condición necesaria y suficiente para el desarrollo de una enfermedad era la presencia de dicho agente patógeno.
Sin embargo, el nuevo panorama epidemiológico ha traído consigo la reconsideración de esos otros factores implicados en la salud humana, propiciando así la aparición de una nueva concepción de la enfermedad como fenómeno plurideterminado en el que los factores biológicos, conductuales y ambientales (físicos y sociales) cobran una gran importancia (Mechanic, 1982).
Ello no se debe únicamente a la comprensión de los factores asociados al desarrollo de las principales enfermedades del mundo moderno, sino también al cambio en los objetivos que la práctica médica se plantea con respecto al tratamiento de dichos trastornos. El objetivo, en la mayoría de las ocasiones, ya no es la curación, sino que, por el contrario, en gran parte de los trastornos crónicos (asma, hipertensión, diabetes, etc.) lo que se persigue es el aumento en la calidad de vida del paciente, y este nuevo objetivo requiere del aporte de profesionales pertenecientes a diferentes disciplinas, que contemplen al paciente en su totalidad y atiendan las repercusiones que la enfermedad puede suponer para éste en diferentes contextos.
Así, conceptos como calidad de vida, estrategias de afrontamiento de la enfermedad o adhesión terapéutica han ido cobrando cada vez más relevancia.
Este cambio en la concepción de la salud y la enfermedad queda recogido en la definición que la Organización Mundial de la Salud acuñó en el año 1948 para el término “salud”, que se expresó como “el estado de completo bienestar físico, mental y social y no la mera ausencia de enfermedad”, definición que si bien puede ser criticada por su falta de operacionalidad, como señala Rodríguez Marín (1995), pretendía reflejar un cambio importante en la perspectiva que debía adoptarse en las políticas sanitarias futuras.
Los antiguos términos de salud y enfermedad, entendidos como dicotómicos, fueron dejando así de ser satisfactorios, dando paso a la concepción de éstos como polos de un continuo (Antonovsky, 1979, 1987), a lo largo del cual se situarían las personas desde su nacimiento hasta su muerte.
Como consecuencia, se ha ido produciendo un cambio cualitativo en los criterios que se utilizaban para definir la salud y/o la enfermedad, basados hasta no hace mucho en términos biológicos, y se fue desarrollando una propuesta de salud como concepto integral, formado por aspectos tanto biológicos, como psicológicos y sociales, propuesta que progresivamente ha ido dando lugar a la aparición del “modelo bio-psico-social de la salud”. Este modelo insiste en que los factores biológicos son condiciones necesarias pero no suficientes en el inicio de una enfermedad. Cualquier enfermedad, desde este modelo, es el resultado de complejas interacciones entre variables biológicas, psicológicas y sociales, las cuales, conjuntamente explican las variaciones que se producen en el inicio, la severidad y el curso de la misma (Engel, 1977).
De este modo, la mera exposición al agente patógeno, por ejemplo un virus o bacteria, no tiene necesariamente que desembocar en la infección y desarrollo de enfermedad por parte del individuo expuesto, sino que dependerá del grado de vulnerabilidad inmunológica que éste presente, y a su vez, esa mayor o menor vulnerabilidad estará en relación con los hábitos de salud (dieta, tabaco, alcohol, práctica deportiva, horas de sueño, etc.), el ajuste psicológico (por ejemplo, los niveles de estrés) y social (disponibilidad de apoyo social, entre otros) de cada individuo.
Además, la consideración de todos estos factores ha ido ligada al traslado del énfasis desde la rehabilitación y el tratamiento de la enfermedad, a la prevención y la promoción de la salud y la atención a factores que van más allá de lo puramente biológico (Rodríguez-Marín, 1995). En este giro de planteamientos tienen su base la posterior creación de programas dirigidos a promover cambios en los estilos de vida, a fomentar la utilización de recursos sociales, al afrontamiento del estrés, etc., para conseguir la instauración de comportamientos más saludables y disminuir la vulnerabilidad a la enfermedad en la población.
Como complemento de los factores anteriormente mencionados, otros hechos que propiciaron el cambio conceptual de la salud y enfatizaron el papel que la psicología podía jugar en la prevención y el tratamiento de un gran número de problemas de salud, vinieron a sumarse al panorama de las últimas décadas. Entre éstos, Botella (1996) menciona:


  • El incremento en los gastos de salud, sin que se ello llevase asociado un aumento paralelo en los beneficios obtenidos.

  • El creciente reconocimiento, entre los profesionales de la medicina, de la utilidad de las técnicas comportamentales.

  • El apoyo institucional y las consideraciones pragmáticas respecto a más puestos de trabajo y más recursos.

Por último, este enfoque ha puesto el acento en el traslado de una parte importante de la responsabilidad sobre la salud hasta los propios ciudadanos, invitando así a cada individuo a ejercer un rol activo en el mantenimiento de su salud y en la prevención de la enfermedad, enfatizando la importancia de los hábitos de salud o de riesgo llevados a cabo.


En este contexto el comportamiento ha emergido como área de intersección de los aspecto biológicos, psicológicos y sociales que conforman al ser humano, y en consecuencia, ha comenzado a aceptarse que es a través de este comportamiento que tienen reflejo cualquiera de las acciones preventivas o de tratamiento de un trastorno. De hecho, en el comportamiento se expresan el reconocimiento de síntomas, la búsqueda de ayuda, el uso de servicios médicos, el cumplimiento de las prescripciones médicas, las conductas de rehabilitación y de afrontamiento de una enfermedad. Por todo ello, la psicología se erige en una herramienta imprescindible para tratar los problemas relacionados con la salud.


  1. LA PSICOLOGÍA DE LA SALUD

El cambio conceptual sobre la salud y la enfermedad acaecido en la segunda mitad del siglo XX, cuyos principales factores han sido comentados en el anterior apartado, dio paso a un visión más holística del continuo salud-enfermedad y evidenció la importante contribución que la psicología podía suponer respecto del cuidado de la salud. Actualmente, como señala Ribes (1990, pág. 21), se acepta que “el conocimiento del proceso biológico de una enfermedad y las condiciones sociales de su epidemiología no son suficientes. Se requiere de un modelo de cómo aplicar este conocimiento en la forma de medidas efectivas que afecten la práctica cotidiana de individuos reales, dimensión que trasciende a los procesos moleculares del organismo y a las cifras poblacionales de la epidemiología”, y para ello ninguna herramienta mejor que la psicología, ciencia experta en explicar, predecir y modificar el comportamiento humano.


Prueba de la importancia que la psicología ha ido cobrando progresivamente, como ciencia capaz de promover los cambios en el comportamiento individual dirigidos al mantenimiento de la salud y a la prevención de la enfermedad, ha sido la aparición paulatina, a partir de los década de los 70, de diferentes disciplinas como la Medicina Comportamental, la Salud Comportamental y, finalmente, la Psicología de la Salud, centradas en la aplicación de los conocimientos de la psicología sobre el comportamiento humano a los contextos sanitarios, haciendo énfasis en distintos aspectos, pero con un espíritu integrador y con un afán por cooperar en el cuidado de la salud, como elementos comunes.
La Psicología de la Salud, área en la que se inserta el trabajo que aquí se presenta, fue definida originalmente como “el conjunto de contribuciones científicas, educativas y profesionales que las diferentes disciplinas psicológicas hacen a la promoción y mantenimiento de la salud, a la prevención y tratamiento de la enfermedad y las disfunciones relacionadas, a la mejora del sistema sanitario y a la formación de una política sanitaria (Matarazzo, 1980, pág. 815).
Esta área de estudio surge en el marco del modelo bio-psico-social, cuyos supuestos básicos, propuestos por diferentes autores (Engel, 1977; Schwartz, 1982; Santacreu, Márquez y Zaccagnini, 1989), podrían resumirse a partir de la compilación realizada por Santacreu (1991):


  1. La Psicología se plantea como objeto de estudio el comportamiento humano, que incluye las llamadas cogniciones, respuestas fisiológicas o biológicas no observables en sí mismas y las conductas manifiestas u observables.

  2. Las leyes, modelos o teorías que describen, explican o predicen el comportamiento humano son las mismas para el comportamiento normal y anormal, para la salud y la enfermedad.

  3. El comportamiento humano anormal está constituido por formas de adaptación al ecosistema que finalmente resultan inadecuadas a corto o largo plazo.

  4. Los psicólogos clínicos intentan aliviar a los individuos que demandan su ayuda a través de los conocimientos psicológicos. En general, no se plantean el cambio del ecosistema, entre otras cosas porque no está a su alcance, salvo que se trate de niños o de adultos con actividad restringida.

  5. Los ecosistemas en los que el organismo está inmerso, el ambiente físico y social en el que el individuo se mueve determina en gran parte, no sólo los comportamientos adaptativos concretos sino los sistemas generales de adaptación. Además, y ésta es la cuestión importante, determinados ecosistemas producen/inducen sistemas de adaptación específicos, inadecuados en otros ecosistemas o en un sistema más amplio.

  6. La capacidad de adaptación de un individuo a su ecosistema es función de los recursos biológicos y psicológicos que posea y de las exigencias del propio ecosistema. (...). De tal manera que podemos estudiar y comparar los distintos ecosistemas por su capacidad para provocar personas desadaptadas.

  7. Un individuo (organismo) se comporta respondiendo al medio o ecosistema, manipulando o modificando este medio, intentando adaptarse teniendo en cuenta que la máxima prioridad son, para un mismo valor de refuerzo, los efectos a corto plazo. El grado de autocontrol que posea el individuo determinará la posibilidad de que considere los refuerzos a largo plazo. Todo ello significa que el individuo reacciona ante el medio, y por tanto, su conducta es función del ecosistema en el que está inmerso, pero también este ecosistema se modifica en la medida en que los individuos actúan o se comportan en él.

  8. El comportamiento no es más que el conjunto total de actuaciones de un individuo en un medio o ecosistema y, acotado dicho ecosistema en cuanto a sus dimensiones (familia cercana, barrio, ciudad o país) puede ser valorado en cuanto a la dimensión de saludable.

  9. Los comportamientos saludables en un determinado medio a corto plazo no lo son siempre a largo plazo. Por el contrario, los comportamiento no saludables (enfermos) a corto plazo son prácticamente improbables en el repertorio de respuestas del individuo y su probabilidad es función del tiempo entre respuesta y daño.

  10. El comportamiento de un individuo no es uniformemente saludable o enfermo, ni siquiera a corto plazo.

  11. La salud es el resultado del proceso de adaptación general de un individuo. Cuando la evaluamos en un determinado individuo siempre lo hacemos con referencia a un ecosistema con independencia de que lo explicitemos o no. Tomada como variable dependiente del proceso de adaptación de un organismo, la salud oscila a través del tiempo, con valores máximos y mínimos y depende de las variaciones del ecosistema y del grado y rapidez de adaptación del individuo.

El modelo bio-psico-social, por tanto, ensalza la idea de la salud como resultado del grado de adaptación del organismo a su ecosistema, a corto, medio y largo plazo (Santacreu, Márquez y Zaccagnini, 1989).


Y la Psicología de la Salud vendría a explicar las variables del individuo y del ecosistema que inciden en el comportamiento y en la salud. Utilizando las palabras de Rodríguez Marín (1995, pág. 23), la Psicología de la Salud representa, “un área de aplicación de la psicología al marco de la salud, que estudia los factores emocionales, cognitivos y comportamentales asociados a la salud y enfermedad físicas de los individuos, integrando las aportaciones individuales, grupales y comunitarios, para la promoción de la salud, la prevención, tratamiento y rehabilitación de la enfermedad y para conseguir una buena calidad de vida del enfermo”.
El desarrollo de esta disciplina ha ido dando lugar a múltiples trabajos de investigación sobre la influencia de diversas variables psicológicas sobre la salud, al tiempo que ha ido generando multitud de aplicaciones prácticas dirigidas a complementar el tratamiento o la prevención de problemas de salud concretos o a la promoción de la salud en general. Así, factores como el estrés, las habilidades de afrontamiento, la ansiedad rasgo o la percepción de control, así como el apoyo social de que disponen los individuos, han sido objeto de numerosos estudios en relación con su influencia sobre la salud, y programas para la reducción del estrés y la ansiedad, para hacer más efectivo el patrón de afrontamiento o para aumentar el aprovechamiento de los recursos sociales, se han implementado con el objetivo de generar un impacto positivo sobre la salud de los individuos.
Todo ello ha contribuido a aumentar la comprensión del papel jugado por diversas variables comportamentales sobre la etiología y la progresión de la enfermedad, por una lado, de forma directa, a través de la influencia de variables como el estrés sobre el sistema nervioso, inmunitario, endocrino, etc., y del efecto de técnicas como el biofeedback, la relajación, etc., sobre los mismos. Por otro, de forma indirecta, a través de su influencia sobre los hábitos de vida (tabaco, alcohol, dieta, ejercicio, etc.) (Matarazzo, 1991), la percepción de los síntomas o la búsqueda de ayuda médica (Mechanic, 1972; Miller y cols., 1988)o la ejecución de conductas de autocuidado (entre ellas la adhesión terapéutica) (Caldwell y cols., 1983; Hanson y cols., 1989) y el diseño de programas dirigidos a su modificación.
Además, la relación entre factores psicológicos y el estado de salud de los individuos se caracterizaría por su bidireccionalidad, dado que un deterioro en este último puede generar toda una serie de consecuencias emocionales, cognitivas y conductuales que repercutan nuevamente sobre la salud del individuo, a través de las dos anteriores vías, dándonos esto una idea de la continua regulación que ambos tipos de factores ejercen entre sí.
Con respecto al primer punto, esto es, la influencia directa de las variables psicológicas sobre la vulnerabilidad de los individuos a la enfermedad, hay que destacar el desarrollo de una nueva y prometedora área de investigación de carácter eminentemente interdisciplinar denominada Psiconeuroinmunología (Ader, 1981). Ésta se centra específicamente en el estudio de la relación entre eventos psicológicos y alteraciones en parámetros endocrinos e inmunitarios, mediante el descubrimiento de puntos de conexión entre los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario, y del análisis de su influencia sobre la salud, especialmente en trastornos como cáncer, SIDA, artritis reumatoide, alergias, etc., estrechamente relacionados con la eficacia del funcionamiento inmunológico (Ader, Felten y Cohen, 1991).
Por lo que respecta a la aplicación de los resultados epidemiológicos sobre el papel del comportamiento en la salud, la psicología y, en concreto, las técnicas de modificación de conducta se han aplicado al campo de la salud, especialmente en torno a tres grandes áreas (Buceta, 1990):


  1. El control del estrés, como factor de riesgo para el desarrollo o la evolución de un trastorno.

  2. La instauración o eliminación de conductas específicas relacionadas con determinadas enfermedades.

  3. Modificación o alivio de las consecuencias de carácter biopsicosocial de la enfermedad.

Por último, la Psicología de la Salud se ha ocupado de desarrollar modelos explicativos que “consideren al ser humano como el punto de corte entre sistemas sociales y microsistemas orgánicos” (Rodríguez-Marín, 1995, pág. 34) y al comportamiento humano como área de integración entre factores sociales y biológicos. Aunque con importantes divergencias entre sí, en lo que a actualidad, apoyo empírico o utilidad práctica se refiere, los modelos de psicología de la salud han pretendido dar respuesta a cuestiones como qué es lo que hace que una persona ponga o no en marcha distintos comportamientos preventivos, qué factores motivacionales entran en juego, de qué depende la percepción de amenaza respecto de una enfermedad, etc.


Por otra parte, bajo la premisa de que las conductas de salud, como cualquier otro tipo de comportamiento, son susceptibles de ser aprendidas o modificadas, bien por vía directa, bien por la influencia de modelos sociales relevantes, los modelos teóricos ofrecen las claves para establecer dichos cambios conductuales, mostrando los factores determinantes de dichas conductas, incluyendo, no sólo las condiciones individuales, sino también las de carácter social, que son necesarias para ese cambio. Dentro de estos modelos, y sin detenernos en su descripción, cabría destacar el Modelo de Creencias sobre la Salud (Rosenstock, 1974; Maiman y Becker, 1974; Becker y Maiman, 1982), la Teoría de la Acción Razonada (Fishbein y Ajzen, 1975; Ajzen y Fishbein, 1980), la Teoría de la Acción Social (Ewart, 1991; Leventhal, 1970; Leventhal y cols., 1980) y el Modelo Psicológico de la Salud de Ribes (1990).

3. EL PAPEL DEL COMPORTAMIENTO EN LA SALUD
Como se ha venido diciendo, es un hecho aceptado desde hace varias décadas que los hábitos de salud practicados por los individuos van a determinar en gran medida el grado de salud que éstos exhiban, estando dichos comportamientos en la base etiológica de las enfermedades con mayor prevalencia en nuestros días.
Pero estas prácticas de salud han de entenderse en el sentido amplio del término y por tanto teniendo en cuenta que no incluyen únicamente aquellas acciones dirigidas a la prevención primaria, sino también a la prevención secundaria y terciaria. Así, cuando una patología ya ha “debutado”, las pautas de autocuidado que el individuo ponga en marcha van a ser importantes determinantes de la evolución del trastorno. En el caso del asma bronquial, por ejemplo, la adhesión terapéutica que presente el asmático, la desalergenización del hogar o la evitación del contacto con desencadenantes de síntomas, entre otros, constituyen medidas indispensables para asegurar el control del trastorno y la calidad de vida del individuo.
Sin duda, las demandas psicosociales a las que se enfrentan las personas, en interacción con los recursos de que disponen para acometer las mismas, incluyendo dentro de éstos tanto las estrategias de afrontamiento, como factores de personalidad o el apoyo social con que cuentan, pueden asimismo originar una serie de consecuencias fisiológicas, cognitivas y motoras que afecten a su estado de salud.
En cuanto al primer tipo de factores, y a partir de los resultados procedentes del área de la Psiconeuroinmunología, éstos pueden producir alteraciones directas en el equilibrio de los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario, aumentando la vulnerabilidad del individuo a enfermar o exacerbando la intensidad de las patologías ya existentes.
En este sentido, los hallazgos sobre los puntos de conexión entre sistema nervioso e inmunitario quedan lejos de la especulación, constituyendo la comunicación entre ellos un hecho probado, aunque todavía quede por resolver la cuestión de la magnitud de la influencia ejercida por cada uno de ellos sobre el otro (Kemeny y cols., 1992; Maier y cols., 1994). En concreto, las evidencias sobre la existencia de puntos de contacto entre S.N. y S.I. se derivan de tres tipos de observación:


  • la aparición de alteraciones inmunitarias como resultado de lesiones o estimulación de algunas estructuras cerebrales, tales como ciertas áreas del hipotálamo (Macris y cols., 1970; Roszman y cols., 1985) y del hipocampo (Brooks y cols., 1982), o la destrucción química del sistema nervioso autónomo (Livnat y cols., 1985).




  • la inervación autonómica de ciertos órganos y células del sistema inmunitario, hecho demostrado a partir de la observación de fibras nerviosas noradrenérgicas en los órganos linfoides, capaces de sintetizar norepinefrina; la liberación de norepinefrina en estos órganos, la presencia de adrenorreceptores en linfocitos y neutrófilos y el rol desempeñado por la norepinefrina en la regulación de la respuesta inmune (Felten y cols., 1987).




  • el efecto que distintas hormonas y neuropéptidos parecen ejercer en los procesos inmunológicos (Ahlqvist, 1981). Así, in vivo e in vitro, se han estudiado el papel de los corticoesteroides, la hormona del crecimiento, los opioides, la hormona adrenocorticotrópica o el péptido vasoactivo intestinal, sobre la funcionalidad de un gran número de componentes del sistema inmunitario.




  • la influencia de las alteraciones inmunológicas (vacunas, adición de interleuquinas, etc.) en la actividad hipotalámica (Besedovsky y cols., 1977; Korneva y Shkinek, 1988) o en la producción de hormona adrenocorticotrópica o betaendorfinas (Blalock y cols., 1982; Bernton y cols., 1987; Sapolsky y cols., 1987).

En definitiva, estos hallazgos han roto con la vieja visión del sistema inmunitario como órgano cerrado y autorregulado, activado únicamente por agentes externos, y sugiere, en cambio, la existencia de procesos de regulación recíproca entre los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario, abriendo así una vía de influencia directa desde los fenómenos psicológicos y sus correlatos fisiológicos hasta la salud de los individuos.


Por otro lado, las consecuencias cognitivas y motoras derivadas de la interacción antes mencionada entre el individuo y su entorno, podrían conllevar la aparición de sesgos perceptivos, tales como la desatención de los síntomas somáticos o la interpretación errónea de los mismos, transformándose así en factores de riesgo para el adecuado afrontamiento de los problemas de salud u originando quejas somáticas desproporcionadas con respecto al estado de salud objetivo, del mismo modo que podrían revertir en las prácticas de salud o de autocuidado practicadas por éste, repercutiendo finalmente en el bienestar del individuo (Steptoe, 1991).
Por último, los problemas de salud, especialmente los de tipo crónico, pueden constituir estresores en sí mismos que ocasionen, en interacción con los factores antes mencionados, es decir, las demandas percibidas por el individuo, y los recursos de que dispone, consecuencias emocionales, cognitivas y motoras que se sumen a las anteriores y que, a través de las vías comentadas, impacten sobre la evolución de la enfermedad.
Lo expuesto a lo largo de este capítulo resume el marco teórico sobre el que se apoya el trabajo aquí presentado, basado en definitiva en la aceptación de un modelo bio-psico-social de la salud, en los términos antes mencionados, y en un concepto de salud íntimamente relacionado con la adaptación de los individuos a su entorno.


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