Inseguridad y malestar social en la democracia peruana Universidad Ricardo Palma Ticona Fernández Dávila, Rubén Carrillo Piraquive, Carlos Enrique Reseña



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Inseguridad y malestar social en la democracia peruana
Universidad Ricardo Palma

Ticona Fernández Dávila, Rubén

Carrillo Piraquive, Carlos Enrique

Reseña: El presente artículo, explora el malestar social a partir del fenómeno de la violencia, generado por una democracia limitada e insuficiente, para proveer seguridad a la sociedad, creando un tipo de individuo que se mueve en un marco cultural, signado por el consumismo y la transgresión como forma de vida, el cual termina por erosionar las bases mismas de la institucionalidad democrática.

Palabras claves:   Inseguridad ciudadana, cultura transgresora, democracia,

institucionalidad. 



Descriptores:   Modernidad. Malestar social. Violencia. Medios de comunicación. Sociedad de  consumo. 

Insecurity and social unrest in the peruvian democracy

Abstract: This article explores the social unrest from the phenomenon of violence generated by a limited and insufficient democracy, to provide security for the society, creating a type of individual who moves in a cultural context, marked by consumerism and transgression as a way of life, which ends up eroding the very foundations of democratic institutions.

Key words: Insecurity, transgressive culture, institutions, democracy.

Descriptors : Modernity. Social unrest. Violence. Media. Consumer society

Medios de comunicación y violencia

Una revisión de los titulares en la prensa, de cualquier día nos sumerge en la violencia que atraviesa nuestra sociedad, la cual se produce en los diferentes espacios sociales, ya sea en la esfera, pública y/o privada. Al final, todos los actos de violencia propagados influyen en la subjetividad de los individuos concretos que experimentan una inseguridad permanente en la ciudad. Hay una suerte, de implantación del miedo, consistente e interminable, que se ha convertido en una condición compartida, es el nuevo trauma colectivo mediáticamente desplegado, hay miedo fabricado, que está en consonancia con las tecnologías de la información.

La actual sociedad, expresa en sus ciudades presenta profundas desigualdades económicas, sociales y espaciales, que ha creado entre otros: enorme pobreza, exclusión, violencia, asimismo ha generado una segregación social y urbana, fragmentación, privatización y utilización irracional de los bienes comunes, de los servicios y los espacios públicos. En otros tiempos las ciudades fueron consideradas la expresión “más perfecta” de los beneficios del desarrollo económico capitalista y del proyecto de la modernidad y de su promesa de progreso individual y social, hoy se ha puesto en duda este supuesto, la ciudad presenta una crisis y su síntoma más evidente sería la violencia y la inseguridad ciudadana, expresión de una ruptura profunda del sistema.

Sin embargo, hay quienes afirman que hoy no existe más violencia que en el pasado y otros, por el contrario, creen que estos son tiempos mucho más pacíficos. Lo cierto es que el tema de la violencia está adquiriendo una presencia mayor y, como apunta Rotker (2000), provoca una crisis en el discurso social.

Durante esta última década, los niveles de violencia son cada vez más complejos e intensos, el cual combinado a una cultura transgresora, se termina por naturalizar en las prácticas y relaciones sociales e interpersonales, los cuales son ampliamente reproducidos por la prensa indiscriminada y acríticamente, haciendo aún más frágil la institucionalidad democrática.

Sin mayor responsabilidad, que transmitir la noticia, en éstas se pone énfasis al hecho concreto de la actividad violenta en sí, más no a su esencia y menos a sus causas. Esta postura de los medios de comunicación ha generado una suerte de pánico colectivo o de temor exacerbado hacia el otro “desconocido” o “distinto”.

Partiendo de la propuesta por Castells (2008)en la sociedad comunicacional, el poder está centrado en la capacidad de moldear la mente y éste poder depende de los medios de comunicación. En consecuencia, el poder de la comunicación está en el centro de la estructura y dinámica de la sociedad. En este sentido, los medios de comunicación tienen una responsabilidad social, ya que actúan como constructores de la realidad, sin embargo, influyen en la percepción de su público receptor, distorsionando la realidad.

Claro está, que la violencia como fenómeno, afecta a toda la sociedad, con diversos grados de intensidad, pero se expresa con mayor incidencia en los sectores populares, como propone Briceño-León, Camardiel y Ávila, (1998) p.3

Un rasgo muy significativo de la nueva violencia urbana es que ella ocurre primordialmente entre los pobres de las grandes ciudades. La clase media y los sectores adinerados ven los pobres como una amenaza, y se sienten a sí mismos como las víctimas de las agresiones y delitos. Pero esto es sólo parcialmente cierto. Es la clase media, por supuesto, que sufre la delincuencia, pero, quienes verdaderamente padecen la violencia y, en particular, la violencia más intensa o letal, son los pobres mismos quienes son víctimas y victimarios en este proceso. Es una violencia de pobres contra pobres”

No obstante la sensación de inseguridad, se percibe bajo la forma de un fuerte malestar individual y colectivo, el cual, se manifiesta a través de miedos. En las sociedades actuales, este malestar subjetivo se expresa en lo cultural en la sensación de inseguridad existencial y de futuro, en el malestar con la democracia: que se traduce más, en la falta de credibilidad hacia las instituciones y en lo ético porque se cuestionan las normas vigentes, los valores pierden fuerza y la transgresión y violencia emergen como conducta de vida, se convierte en el síntoma inequívoco de la cultura de nuestro tiempo.



Individuo, consumo y malestar social

Una de las ambivalencias más visibles de la crisis de la modernidad, consiste en la persistencia de la violencia en las sociedades modernas y su constante presencia a lo largo de todo el proceso de modernización. La crisis de la modernidad consiste en repensar el proyecto moderno desde sus propias aporías y promesas incumplidas. En este sentido, una de las paradojas es la persistencia de la violencia en las sociedades supuestamente modernizadas. Sn embargo, se nos pretende persuadir desde los discursos oficiales, de que la violencia ya no es propia de las democracias modernas, que es algo del pasado, propio de seres irracionales, se sumerge a esta sociedad en una esquizofrenia, producida por la dicotomía con la que se presenta el problema de la violencia, se nos presentan dos mundos: el del bien y el del mal; el de la gente integrada y el de los excluidos que moran en lo delictivo o la marginación. Éstos son pues, los mitos sobre los que se construye nuestra sociedad en relación a la violencia.

La promesa del proyecto moderno de una sociedad, en donde la violencia sería superflua, ha quedado incumplida y el orden social parece continuamente puesto en entredicho por las prácticas violentas. Resulta imperativo, sacar a la luz esa “cara oculta” de la modernidad.

La modernización neoliberal habría impulsado a los individuos a una sociedad “aspiracional”. La fricción entre modernización y cultura habría tenido como efecto una serie de rupturas en distintos planos de la sociedad, manifestando contradicciones, entre las aspiraciones de este nuevo individuo, construido desde el discurso neoliberal y la posibilidad real de que esas aspiraciones se vuelvan reales, generando de este modo, un fuerte malestar individual y social que contradice, subjetivamente, el entusiasmo y la fascinación que genera esta sociedad que es llevada al paroxismo por los medios de comunicación, lo anterior genera una tensión entre la evaluación optimista que hace el individuo de tener al alcance aparentemente todos los beneficios que propone el mercado, sumado a la exaltación del logro individual como vehículos para acceder a ellos, pero tiene como contraparte, en el terreno micro-social, determinadas barreras económicas reales, que decretan la imposibilidad de acceder a los “encantos” de este mundo. Surge, de este modo, la desilusión como sentimiento permanente o recurrente del individuo. Lipovetsky (2006) prevé el aumento del malestar, por el desnivel que existe entre lo esperado, los ideales: libertad, igualdad y felicidad para todos, con lo real, que nutre la decepción,

En relación al Perú, si bien se ha logrado un mayor avance en la democracia, en términos de aspectos normativos y procedimentales, cabe señalar que aún persisten fuertes desigualdades sociales, alta informalidad, economía delictiva que comienza a expandirse y una baja institucionalidad, que no respeta normas de convivencia social, que quebranta el orden legal, formándose de este modo, una cultura transgresora que es generada y productora de violencia en todo los niveles y espacios sociales, como conducta y pauta de comportamiento hacia el “otro”, el cual es reducido a su mínima expresión,

En este escenario comienzan a emerger nuevas modalidades de violencia, que crean y configuran una inseguridad ciudadana, donde la característica central, es el miedo que debilita la confianza, la solidaridad y termina por fisurar la cohesión social, fundamento de las relaciones interpersonales en una sociedad. Para el caso peruano, en una encuesta realizada por Latinbarometro (2012) dio como resultado que solo había un 18 % de confianza interpersonal.

Parafraseando a Luhman (1996) el problema es que la confianza es una necesidad clave para que la sociedad no se vea abocada al caos o al miedo, ya que toda comunicación social está tejida de una carga muy fuerte de confianza, independientemente de los humores particulares de los individuos. “La confianza es un hecho social básico de la vida social…es un rasgo natural del mundo parte integral de los límites de la convivencia de nuestra vidas cotidianas” p.5, de forma que esta es imprescindible para el desarrollo de la vida en sociedad.1

No obstante, en el país se ha abierto un espacio para el surgimiento de un nuevo sujeto, construido alrededor de una nueva identidad “ciudadano consumidor”, que participa de una cultura del consumo, donde emerge de forma acelerada y se propaga una “lógica del consumo” con diferentes matices e intensidades en la casi totalidad del sistema social, que está en función de la heterogeneidad social y cultural existente en el país. Bajo esta dinámica, la década de los noventa vio crecer un nuevo patrón de comportamiento, en que, el individuo fue ampliado y lo político reducido, a partir de los 2000, hacia adelante, Mejía (2014) sostiene que se viene consolidado como patrón de comportamiento de los individuos en las distintas ciudades del país.

Este nuevo individuo que es forjado en este capitalismo tardío, que tiene su lógica cultura en el posmodernismo, como dominante cultural y que asegura la supervivencia del actual momento de la sociedad capitalista. Este sería el nuevo individuo que emerge, que viene gestando un nuevo estadío del individualismo, que estaría dada por el narcisismo, que designa el surgimiento de un perfil inédito del individuo en sus relaciones con él mismo y su cuerpo, con los demás, el mundo y el tiempo, en el momento en que el “capitalismo” autoritario cede el paso a un capitalismo permisivo y hedonista, acaba la edad de oro del individualismo, competitivo a nivel económico, sentimental a nivel doméstico, revolucionario a nivel político y artístico, y se extiende un individualismo puro, desprovisto de los últimos valores sociales y morales (Lipovetsky, 2003, p. 50)

Fenómeno que es referenciado, como la expansión de la sociedad de consumo, caracterizado por un hiperindividualismo como base de las relaciones sociales, el consumismo, el mercantilismo y el control subjetivo de la vida social, que emergen como ejes estructurantes de la sociedad peruana “Un proceso social, expresado en toda su magnitud en la vida de consumo que viene desarrollándose en los últimos años y anuncia el tipo de sociedad del siglo XXI” p 251, Mejía (2014)

En este nuevo contexto, se asume que el propio esfuerzo es el que impulsa el progreso, pensamiento recurrente en todos los grupos sociales, desde la nueva identidad del “emprendedor”, con una alta autopercepción triunfalista, hasta las identidades populares emergentes, se busca la diferenciación en los estilos de vida y la afirmación de su identidad a partir del acceso al mercado como consumidores.

El problema está en la contradicción de la actual situación, entre la población que tiene por un lado un nivel de expectativas cada vez mayor y de otro lado tiene escazas posibilidades de concretarlas, lo que implica una gran cantidad de sujetos en cuyos procesos psicológicos internos se desarrollan sentimientos de frustración y desilusión aprendidos, que justifican acciones violentas en su relación con el resto de los sujetos, es decir generan sistemas violentos que aún no han sido dimensionados ni estudiados en su real magnitud.

En este proceso, se encuentra inmerso el dinero, el cual ha sido convertido, por diferentes discursos sociales (publicidad y la caracterización del éxito), en el objeto símbolo-fetiche, ya que es la mediación de todos los deseos, su condición esencial de realización. Surge así un tipo de delincuencia, movido por una conducta instrumentalizadora, como resultado, de una forma de adaptación ‘como sea’ a la lógica mercantil, destinada a lograr las cosas, a cualquier precio. Tal vez, lo ven como su único camino en una sociedad cuyos canales de realización y movilidad están bloqueados, es la búsqueda del éxito fácil y más rápido para conseguir los objetos y el reconocimiento asociados a ellos.
Hay muchos motivos para pensar que estos actos tienen algo que ver con la incapacidad de transformar sus esperanzas y expectativas en acción. Cuando usted no puede transformar su subjetividad en acción concreta, usted se volverá violento Wieviorka (2011). En ese sentido se comienza a instalar una cultura de la transgresión, del cinismo de la perversión, en el tejido social, se configura un individuo que esta desarraigado de los grandes proyectos, es un individuo narcisista, que se rige bajo los valores del mercado, compite con los demás, exclusivamente, por el éxito. Ubilluz (2010)

En la misma dirección, sostiene Portocarrero (2013) “La tolerancia a la transgresión implica un debilitamiento general de la autoridad y de la credibilidad de los valores en los que se fundamenta el orden social. Para muchos se abre, entonces, la perspectiva de radicalizar la transgresión; es decir el “achoramiento”… en grupos que perciben en la transgresión la única manera de salir adelante y que no se detienen ante la posibilidad de dañar al otro” p.211

De forma similar, Salazar y Heinrich (2014) sostienen que hay un dolor social al interior de la sociedad contemporánea, el cual queda expresado a través del odio como idea básica para destruir, opacar o disminuir al otro, odio que no es reconocido por el sujeto omnipotente, quien lo re-elabora como desprecio, tedio o agresión, este odio transita licuificado en la cultura contemporánea

Es en todo este contexto social y cultural, que se delinea el perfil de la violencia actual en diversas ciudades del Perú, cada una con su propia particularidades, pero que en el conjunto de ellas, se observa que, los procesos sociales que se vienen operando, presentan una problemática aun mayor, porque se van dando escenarios de mayor profundización de los problemas de inseguridad ciudadana, los resultados de diversas encuestadoras, coinciden en que el principal problema del país es la delincuencia y la inseguridad, El Instituto de Opinión Pública de la PUCP en su encuesta nacional advirtió que en el mes de agosto de 2013, el 47% de la población señaló a la delincuencia como el principal problema del país, el cual termina por debilitar el tejido social y la institucionalidad, si damos una revisión breve a los resultados de la confianza hacia las instituciones.2Estos bajos niveles exhibidos por el conjunto de instituciones impiden y dificulta la ampliación y profundización de la democracia en el país.



Como argumenta, Wieviorka, (2011). Si los procesos de desarticulación social siguen produciéndose, se creará un permanente escenario de conflictos sociales. De forma, que podríamos inferir que la violencia parece ser inevitable en la sociedad contemporánea,

Coincidimos con la tesis de Martuccelli, (2001) “Porque la violencia es siempre el residuo estructural constante no institucionalmente tratado, porque no es institucionalmente tratable, de un estado histórico de relaciones sociales de dominación. Su existencia revela en cierta medida los límites del proceso democrático” p. 242. De este modo, la crisis del proyecto modernidad, está relacionado con la violencia, la cual sería la otra cara de la modernidad, de allí, la promesa incumplida, la de fundar una sociedad donde el conflicto quedaría excluido para siempre, similarmente, Bobbio (1984) indica que las paradojas de las democracias contemporáneas son las tensiones o contradicciones internas de la propia democracia y sus “promesas incumplidas”. De allí que se comienza a instalar el malestar social como signo distintivo de nuestra contemporaneidad.



Violencia e inseguridad en el Perú.

La evolución de la problemática de la violencia en el Perú, ha transformado la cultura política, fracturando el ejercicio propio de los derechos civiles. En este sentido, la globalización o la llamada “era de la información” ha interconectado prácticas que han transgredido los espacios sociales, configurando un nuevo sujeto hiperindividualista que se guía por la ganancia y el éxito inmediato. Reflejo de esta situación, son los sicarios jóvenes que entran al negocio del aniquilamiento, recibiendo un pago representativo, muchas veces simbólico o bastante generoso para arremeter contra la vida de algún individuo. Casos de este tipo, en particular cometidos por jóvenes o menores de edad es una alarma para reflexionar sobre esta “cultura trasgresora” que va dejando en jaque al Estado peruano y que no permite resocializar a seres humanos que son considerados como vidas desperdiciadas, como indica, Bauman, (2014), un conjunto masivo de números que el sistema no asimila al igual que los pobres y marginados.

En el caso peruano las relaciones entre la democracia y el mercado son desproporcionadas, debido a que éste último viene imponiéndose sobre los principios de la democracia. No podemos dejar de pensar que esta campaña es dirigida y prefabricada, pues perpetúa una forma de violencia que “… vuelve al público ansioso y desconfiado, lo hace exagerar los riesgos de agresión en su medio. Cuantas más emisiones violentas de agresión vean los niños, más  aceptable parece la violencia y más les produce placer. Les cuesta discernir lo verdadero de lo falso (Ramonet y Chomsky, 2005: 67).  

De lo anterior deducimos que en primer término, la violencia socava y finalmente destruye, la institucionalidad, en consecuencia la cohesión social, perdiéndose las posibilidades de reconocimiento en los vínculos interpersonales y “duraderos”. En segundo término, los anti- valores que produce el capitalismo, con su lógica de consumo, a través de la violencia con el único objetivo de mercantilizar al sujeto, no facilitan la convivencia ni tampoco fomentan el diálogo como una vía para resolver los conflictos en democracia. En tercer término, la impotencia que ha evidenciado el Estado para dar una solución a la violencia, confirman que a la hora de legitimar sus acciones, debe confrontar un “…ciudadano consumidor” de bienes y servicios públicos que no duda en abandonar después al Estado si el mercado puede ofrecerle mejores condiciones.



Reflexiones finales.

Las ciudades, empiezan a emerger como espacios de anonimato, donde se da una ruptura de sus dinámicas colectivas solidarias, comunitarias; y en ellas ahora impera la fragmentación, el aislamiento, la desconfianza, la inseguridad, la violencia, la criminalidad cotidianamente; en el marco de una sociedad informacional, donde los medios de comunicación se erige como la configuradora de un individuo inédito, un hiperindividualista, marcado por el hedonismo, egoísmo y el consumismo, sin compromiso social, que se desenvuelve dentro de una lógica de transgresión de las normas y valores, en busca del éxito económico individual. Hay un fuerte malestar social que se expresa a través de miedos, inseguridades, pérdida de referentes, apatía, racionalidades cortoplacistas, y otra serie de síntomas que dan cuenta de la necesidad de proyectar políticas que reconstruyan los mapas interpretativos de la realidad, recuperen las expectativas sociales e individuales, el malestar social puede tener importantes impactos desestructurantes de la institucionalidad democrática, por lo tanto, se está gestando un problema de ingobernabilidad, fenómeno que desborda la capacidad estatal para garantizar la democracia en el los diferentes espacios sociales y territoriales.



El deterioro de las instituciones, en el Perú, hace que algunas personas piensen que tanto el gobierno como las instituciones son incapaces de dar respuesta a los problemas públicos: La ineficiencia institucional, sumada a la ausencia de los capitales social, relacional, familiar y cultural, da lugar a una situación de desesperanza y descrédito del sistema en su conjunto, en el que los individuos no valoran los beneficios de permanecer dentro del mismo ni leyes o reglas de la convivencia social. Se requiere de una reconfiguración de la esfera política, que permita hacer del orden social democrático un campo de participación real, que materialice la voluntad y aspiraciones de los individuos. Es decir, restituir a la política como una instancia de expresión ciudadana, en este sentido, la acción política cobra relevancia, también porqué modera las tensiones y frustraciones psicológicas de los individuos frente a un escenario hostil, riesgoso e impredecible, donde no tienen posibilidades de realización como sujetos de derechos, como ciudadanos.

Referencia Bibliográfica

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Martuccelli, Danilo1999 Sociologies de la modernité; l´itinéraire du XX siècle, Éditions Gallimard, París. 2001En Arteaga Nelson (2003) Violencia y estado en la globalización. Ed Universidad autónoma de Juárez, México

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Ubilluz Juan Carlos. Nuevos súbditos. Cinismo y perversión en la sociedad contemporánea. Perú: Instituto de Estudios Peruanos. 2010.

Wieviorka, Michel ( 2011) En torno a la violencia por Laurentino Vélez-Pelligrini, Entrevista, Disponible en http://www.elviejotopo.com/web/revistas.php?numRevista=222-223.

1Salazar y Heinrich (2014) El ramillete de reciprocidades que derivan de la confianza, son nutrientes básicos de toda relación social y comunitaria, poseen una resistencia indoblegable que hace de la confianza un entramado de cruces de intimidad, confidencias, trasvasamiento de saberes y valores que dan cuerpo a una red densa de complicidades difíciles de desestructurar en plazos cortos. Esos sentimientos larvados en las relaciones de confianza intragrupal y/o intracomunitarias, dan pie a vínculos perdurables, con dosis de lealtad que subordina todos los afectos y emociones a la relación con el otro.
Profanar la confianza, comercializar los sentimientos, devaluar la dignidad humana y humillar al otro, son herramientas efectivas de la estrategia de destrucción humana, en la medida que seca el manantial que riega la confianza y destruye los hilos asociativos de toda comunidad

2
De acuerdo al mes de agosto 2013, el 59.6% de los entrevistados confía poco o nada en las siguientes instituciones: Policía Nacional del Perú, 77.1% en el Congreso, El 72.8% en el Poder Judicial, El 65% confía poco o nada en los gobiernos municipales, líderes locales del sistema de seguridad ciudadana. El 64.8% en el gobierno nacional, todas ellas responsable en diversos grados de la seguridad del país IOP-PUCP(2013)

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