Ingeniería del amor (II) : el amor es delicado



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Ingeniería del amor (II) : el amor es delicado
Capítulo 1:

Presentación

13.La presentación. La idea básica de Ingeniería del amor, en cualquiera de sus tres partes (respectivamente relacionadas con la fidelidad, la delicadeza y la generosidad), es que el amor no es una cosa cualquiera que cada uno se lo "monta" a su manera.

Desde luego, cada uno es cada quien, y cada uno ha de echarle imaginación al tema y, en consecuencia, "montárselo bien". Pero una cosa es que los amantes sepan darle "frescura" al amor (alejando el riesgo de la rutina) y otra -bien distinta- es "inventarse" el amor (como quien "descubre la pólvora") o alterar a su antojo las reglas básicas del amor (que las tiene como cualquier otro "juego": ¡no hay juego sin reglamento!).

Porque -repitámoslo- no todo es amor, hay amores que "matan". Y, si no, atendamos a las estadísticas, que cantan por sí solas: nadie se casa para divorciarse (aunque siempre hay algún que otro chalado que sí lo hace) y, sin embargo, hay demasiados divorcios.

Conclusión: no se lo montan bien. Y, si uno no se lo monta bien, después tiene que "des-montarlo", lo cual es francamente engorroso y doloroso para todos.

En fin -una vez más- el amor no es cosa que se aprenda (pues los hombres estamos naturalmente inclinados al amor), pero..., sin embargo, no hay nada que sea más necesario enseñar que el amor. Uno de los ingredientes básicos para "montárselo bien" es la delicadeza: no existen amores antipáticos, ni amores burdos, ni amores rastreros o maleducados. El amor siempre y por definición es delicado, con todo lo que implica la delicadeza. El correcto ejercicio de la sexualidad dentro del matrimonio tiene mucho que ver con la delicadeza del amor. Eso es lo que veremos en el curso Ingeniería del amor (II).


Capítulo 2:

Introducción: la delicadeza del amor y el amor sexual

14.Introducción: la delicadeza del amor y el amor sexual. Tal como ya se ha avanzado, corresponde ahora hablar de otra de las características del amor: la delicadeza, que comporta buena parte de la belleza (felicidad) de la entrega. Y delicadeza suena a "ternura".

El amor es tierno (suave), y esta ternura hay que expresarla en el matrimonio tanto espiritualmente como -de manera particular- corporalmente. No basta con que el amor sea simplemente fiel, con una fidelidad "a palo seco". ¡No!, con eso no basta. Alguna vez será inevitable, pero no puede ser lo ordinario.

Aunque siempre habrá dificultades, el amor siempre es bello y hace feliz. Y si el amor es auténtico, de ordinario será alegre, incluso en el dolor: todos tenemos experiencia de lo que es aceptar gustosamente un sacrificio o un reto difícil por conquistar algo (y no digamos si ese "algo" es un "alguien" (que nos enamora).

En la belleza del amor juega un papel muy importante la ternura expresada corporalmente. En el matrimonio, la comunicación de la ternura pasa por la delicadeza en la entrega sexual de los esposos.

En definitiva, este amor sexual ha de ser -como todo amor- delicado, y debe contribuir a la fidelidad y fecundidad de la entrega, es decir, ha de ser medio de maduración del hombre como persona: alguien ha dicho que el hombre está llamado al amor como "espíritu encarnado", es decir, alma y cuerpo en la unidad de la persona. El amor humano abraza también el cuerpo y el cuerpo expresa igualmente el amor espiritual.


Capítulo 3:

La expresión corporal y 'tierna' del amor humano (I)

15.La expresión corporal y "tierna" del amor humano. Ya se ha dicho que el hombre es persona en la unidad de alma espiritual y de cuerpo material. Evidentemente, el nivel de vida más importante es el espiritual, ya que va más allá de lo puramente material.

14.1.El alma humana es el "motor" de nuestra vida, de modo que anima y organiza nuestro cuerpo. Podríamos (un alma) cualquiera, como tampoco tenemos una "carrocería" (un cuerpo) cualquiera. Nuestro "motor" es altamente sofisticado (¡es capaz de entender y amar!) y, en lógica correspondencia, también lo es nuestra "carrocería" (¡un cuerpo proyectado para poder hablar!, ¡un cuerpo calculado para poder expresar amor!).

Hay como un equilibrio (mejor sería decir "proporción") entre alma y cuerpo. Este hecho hace posible la vivencia unitaria y coherente de nuestra vida humana, en la que -a la vez y al unísono- coexisten actividades de vida vegetativa, de vida animal y, en fin, de vida espiritual o inmaterial (entendimiento y amor).

La realidad de esta proporcionalidad nos permite afirmar que el cuerpo humano ha de ser también expresión de las actividades espirituales de la persona. En definitiva, el cuerpo ha de ser expresión de amor, y el hecho es que nuestro cuerpo sexuado está "proyectado" (o "calculado") para esto. El amor sexual llega a ser, así, el "lenguaje del cuerpo" entre los amantes.
Capítulo 4:

La expresión corporal y 'tierna' del amor humano (II)

15.2. En el amor matrimonial, la donación de los cónyuges se manifiesta de modo congruente en la entrega total (exclusiva y para siempre) de sus cuerpos. Aparece aquí la centralidad del amor sexual dentro del matrimonio: la relación sexual (con todo aquello que la acompaña) -lejos de ser una cuestión accidental o accesoria- es (¡ha de ser!) manifestación del amor esponsal. La "común-unión" que comporta el amor matrimonial pasa necesariamente por la "común-unión" de los cuerpos de los cónyuges.

15.3. Pero el amor auténtico es "tierno". La entrega sexual -ordenada a la comunión de los esposos- debe estar rodeada -y no menos que en cualquier otro momento de la vida conyugal- de mucha "suavidad". Es la hora de la ternura por antonomasia, porque es la manifestación más íntima de la entrega de los cónyuges. La vivencia de la ternura del amor pasa por la delicadeza (finura) en la entrega sexual de los esposos.

Podríamos decir que existe toda una suerte de "psicología de la ternura", que ha de manifestarse en una calidad especial de afectividad. La excelencia de una persona se conoce por la ternura que con que se maneja habitualmente. El buen amante sabe ser feliz dándose a la persona amada y es capaz de que ésta -a su vez- se sienta también feliz saboreando la maravilla de recibir amor.

15.4. La ternura, por lo demás, va pareja con el compromiso: la fidelidad se hace realidad y se consolida con el bálsamo de la ternura y de la delicadeza. El amor exige fortaleza: para amar hay que ser fuerte; la persona delicada es fuerte. En cambio, aquellos que van por la vida de "tíos duros" y de "valientes sexuales", ésos son los más débiles (incapaces de defender de por vida a una mujer y a una familia).
Capítulo 5:

Masculinidad y feminidad: modulaciones amorosas diversas y complementarias (I)

16. La masculinidad y feminidad: modulaciones amorosas diversas y complementarias. La diferenciación sexual -como es evidente- no es tan sólo una cuestión biológica: hay mucho más. Detrás de esta diversidad encontramos dos estilos de amor distintos. De todas formas, igual que en la naturaleza ni tan sólo los metales preciosos los encontramos en estado puro, tampoco existe un modelo puro de mujer ni de varón.

Pero se acostumbra a decir -como observación general- que el amor femenino tiende a ser más espiritual y receptivo, y que el amor viril se manifiesta más bien corporalmente y como dominador.

Alguien ha escrito que «la mujer es el complemento del hombre, como el hombre es el complemento de la mujer: mujer y hombre son entre sí complementarios. La feminidad realiza lo "humano" tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria. Sólo gracias a la dualidad de lo "masculino" y de lo "femenino" lo "humano" se realiza plenamente».

16.1. Por tanto, las dos cosas son buenas y necesarias, de tal manera que cada uno de los dos sexos está inclinado a ejercer una "misión amorosa" que le es más propia. Por un lado, la mujer -mediante su encanto original- puede contribuir a espiritualizar el amor del hombre. A pesar de que muchos no lo sospechen, el hombre sin la mujer está perdido y sin norte. La mujer hace más humano (más persona) al hombre, especialmente cuando lo enamora. Una de las aportaciones decisivas de la mujer es "transformar" al hombre, exigiéndole un cierto grado de perfección interior. «El oficio de la mujer es ser un ideal para el hombre».
Capítulo 6:

Masculinidad y feminidad: modulaciones amorosas diversas y complementarias (II)

16.2. Al hombre, en cambio, le corresponde más bien ayudar a la mujer, defenderla, tranquilizarla y protegerla, y todo ello con ternura. Es decir, así como a la mujer le concierne "encantar" (atraer) al marido, a él le corresponde "conquistar" a la esposa, es decir, ganársela y "tenerla a favor".

Si la mujer -como valoración general- necesita esta ayuda no es por falta de capacidad, sino que esto se debe a la finura del amor femenino: ella tiene más capacidad de sufrir, y de sufrir en sí misma los dolores de los otros, por lo que le conviene tener al lado alguien que la acompañe en este sufrimiento. A la vez, el amor del hombre madura (se vuelve más servicial) cuando realiza este acompañamiento a la mujer.

16.3. Una fuente de información muy interesante sobre el amor humano la encontramos en la Biblia, especialmente en los primeros capítulos del libro del Génesis. Conviene tenerla en cuenta, aunque sólo sea por su antigüedad y por tratarse del libro que más se ha editado. Ahí se nos muestra cómo Adán descubre su vocación al amor: no fué a través de los animales que el Creador puso a su lado (que son un "algo"), sino cuando encuentra a Eva, es decir, a la mujer. En aquel preciso momento tuvo lugar el maravilloso fenómeno del "asombro originario", que en la mañana de la creación movió a Adán a exclamar ante Eva: «¡Es hueso de mis huesos y carne de mi carne!» (Gen 2, 23). Adán se siente atraído por Eva.

En efecto, el varón vive la belleza femenina como un asombro inicial que lo moviliza. La mujer atractiva sabe -primero- hacerse interesante y sacar al hombre de su estado habitual para que se fije en ella, para que se detenga en ella. Y -segundo- lo invita a conocerla mejor y a saber cómo es por dentro. La meta es llegar a su intimidad.
Capítulo 7:

Masculinidad y feminidad: modulaciones amorosas diversas y complementarias (III)

16.4. La mujer tiene una misteriosa capacidad de causar fascinación y admiración en el hombre. ¡Tantas veces el hombre es aquello que la mujer quiere! Pero esta capacidad de generar fascinación, ha de ser ejercida adecuadamente: la mujer gana la "guerra" si presenta batalla en su terreno: la paz y la ternura, que es un ambiente que le gusta al hombre y que lo deja "desarmado".

La mujer y el hombre viven complementariamente el amor, es decir, cada uno a su manera: él, mediante un amor conquistador y dominador; ella, mediante una estima que se hace rogar (haciendo ver que quiere huir, y que -en el fondo- no es más que un modo muy psicológico y delicado de estimular el deseo de conquista de su marido).

Él conquista y domina; ella estimula y dirige el dominio del hombre, que es tanto como "dominarlo" dos veces. La mujer no ha defender su dignidad apagando (intentando anular) el talante amoroso-dominante de su marido, sino promocionando un amor conquistador que "domine" para servir. Así, la mujer, con su encanto originario -que, genuinamente, es de un talante espiritualista- ha de espiritualizar el "dominio" del hombre, para que llegue a ser un "dominio" al servicio de la familia.


Capítulo 8:

Masculinidad y feminidad: modulaciones amorosas diversas y complementarias (IV)

16.5. El Libro del Génesis es el libro acerca de los orígenes de la Humanidad. La descripción que hace del famoso "pecado original" (una suerte de desorden moral en los orígenes) es muy interesante de cara a la relación de la pareja.

Desde el pecado original la armonía entre la mujer y el hombre ha resultado ser menos espontánea y, en cambio, más tensa. El ejercicio del "encanto originario" -igual que el trabajo y otras cosas de la vida humana- requiere un esfuerzo: es algo que ya no sale solo. Y si la mujer no "domina" con su talante espiritualista, si no sabe generar fascinación con su propia riqueza amorosa peculiar, entonces ella sale perdiendo.

Es entonces cuando ella y sufre el "peso" del cual Dios advirtió a Eva después del pecado original: «¡El te dominará!» (Gen 3, 16). Pero el dominio del hombre no es espiritual, es corporal: se impone, entonces, la ley del más fuerte físicamente y es así como tantas mujeres -por no saber atraer al hombre con el espíritu y pensando haberse liberado- se meten en callejones sin salida, lo pasan mal, se dejan tratar (¡lo provocan!) de un modo indigno, son dominadas por la fuerza sensual del hombre y pierden su libertad y su encanto. Mujeres que han renunciado a su importante misión: espiritualizar el amor del varón.

16.6. Hay que advertir, además, acerca de otro riesgo: el enamoramiento es una atracción y un gozo hacia una persona que es única, irrepetible, del todo original (insustituible). Pero esta diferenciación original ha de venir (principalmente) del espíritu, no del cuerpo.

Una chica inteligente sabe que, "cuerpo por cuerpo" puede ser desplazada por cualquier otra, y que la "competencia" que la rodea es feroz y desleal (hoy día ya no se respeta nada). Las ventajas que marcan las diferencias hay que buscarlas en el terreno donde no hay límites: en el espíritu, en la interioridad.


Capítulo 9:

El amor sexual

17.El amor sexual. La donación sexual de los esposos es tan decisiva que la celebración del matrimonio no queda completada hasta que ambos tienen la primera relación sexual: ésta es como la confirmación corporal de la entrega total manifestada ya espiritualmente al dar el consentimiento que produce el vínculo matrimonial.

Y cada relación sexual ha de ser una confirmación de esta entrega o, también, una cierta "materialización" del ansia de total donación que lleva a los esposos a introducirse uno dentro del otro.

17.1. Igual que decimos que el amor es como una "obra de ingeniería", lo mismo hay que afirmar de la entrega sexual: la donación conyugal no es cualquier modo de relación sexual, ya que no toda relación de este tipo reúne las características del amor.

17.2. Efectivamente, para que la relación sexual sea verdadera expresión de amor es necesario que incorpore una serie de condiciones. Pero, de momento, puede ser útil introducir la distinción entre los tres niveles que completan el amor entre el hombre y la mujer:

1o) El atractivo físico: es el nivel más elemental y es común a la naturaleza animal.

2o) El enamoramiento afectivo: consiste en la sintonía entre los caracteres de un hombre y de una mujer, de tal manera que -cuando se encuentran juntos- se sienten bien. Es un nivel de estima más humano, aunque todavía no suficiente para la entrega total. El enamoramiento es un fenómeno notablemente espontáneo y menos voluntario (uno no se enamora porque decide, sin más, enamorarse).

3o) El amor personal: surge como fruto del deseo de entregarse a la otra persona, aceptándolo todo. Este querer a la otra persona por sí misma conduce a la propia disposición total para identificarse plenamente con ella. Es en este nivel donde la entrega sexual tiene plenitud de sentido.


Capítulo 10:

Integración de los tres niveles del amor (I)

18.Integración de los tres niveles del amor. Estos tres aspectos de la estima de la pareja han de quedar integrados en y por la persona.

El amor personal tiene que encontrar soporte en los otros dos tipos de amor, integrándolos y superándolos. Es decir, el atractivo físico y el enamoramiento afectivo han de servir para expresar la donación al cónyuge.

De hecho, el amor es -al mismo tiempo- físico, psíquico y espiritual; es una experiencia completa y total. Como se ha escrito «el mejor amor está tejido de psicología, espiritualidad y cultura, sin olvidar la importancia del plano físico».

Esto se muestra en el hecho de que el enamoramiento afectivo y la excitación corporal tienden a absorber totalmente a la persona. Los propios dinamismos del sexo -que te vuelven "loco" y te mueven a llegar hasta el final- son, por tanto, la expresión adecuada del amor espiritual que está pidiendo una entrega hasta el fin. Así, es necesario repetir que la "locura de la carne" está hecha para poder expresar y realizar esa "locura del espíritu" que es la entrega total a la otra persona.

18.1. El atractivo físico y el enamoramiento afectivo nos llevan a salir de nosotros mismos para introducirnos en el ser de la persona que nos atrae. "Salir de nosotros mismos": es una acción coherente justamente con la dinámica del amor. El gozo de la donación matrimonial queda, por tanto, reforzado y completado por el placer de la afectividad y por el placer del cuerpo. Así es como el hombre total (todo el hombre) ama.


Capítulo 11:

Integración de los tres niveles del amor (II)

18.2. El atractivo físico es, frecuentemente, el desencadenante de la conquista amorosa, que es un ejercicio de "exploración" entre dos personas en el que cada una pretende como "bucear" dentro del otro. De ahí arranca el proceso de seducción: un arte que acostumbra a estar tejido de intrigas y que muy bien podemos describir como una "guerra de artimañas y artificios". En esta fase hay poco amor verdadero.

18.3. La llegada del enamoramiento va acompañada de una serie de síntomas (trastorno de la atención; uno se encuentra con la cabeza "hipotecada"; entusiasmo; admiración, etc.) y produce una especie de "dilatación" de la personalidad.

Ahora bien: una cosa es enamorarse, y otra -bien distinta- es mantener vivo este enamoramiento. Esta segunda cuestión pide un nuevo paso, esto es, un amor acompañado de una elección, ya que el auténtico amor es selectivo necesariamente. El amor sin elección (es decir, sin una vertiente intelectual-volitiva) corresponde a lo que se acostumbra denominar error sentimental.

19.4. Una vez más podemos comprender cómo el placer puramente físico, desligado ("des-integrado") del gozo de la entrega total, no puede llenar, porque es solamente una parte del gozo de la donación, y la menos importante.

Si no hay amor de entrega tampoco hay "posesión". La relación sexual sin la entrega total da placer a corto plazo (a pesar de que termina por no darlo), pero éste desaparece tan pronto como se acaba esta relación y, por tanto, te deja vacío (con las manos vacías, ya que no se posee nada) y decepcionado (porque no se ha conquistado nada: al fin, el egoísta se queda él solo). Por eso genera vicio ("sexodependencia"), es decir, una especie de ansiedad (malestar psíquico) que cada vez pide más, y más bestialidad. No se puede llenar el corazón (la voluntad) con "carne", sino con amor. No es el placer lo que hace feliz al hombre, sino el amor.


Capítulo 12:

La comunicación (I)

19.La comunicación de la pareja es una cuestión muy importante, ya que sin comunicarse no se puede amar: «El amor es comunicación profunda que alegra y transforma, que humaniza».

El amor requiere comunicación porque no se puede amar aquello que (a quien) no se conoce: hemos dicho que amar consiste en un proceso de identificación con el amado, y para realizar dicha identificación es necesario -como paso previo- saber con qué o con quién me tengo que identificar. Y el deseo/necesidad de conocimiento mutuo me lleva a exteriorizar mi interior (afectos, sentimientos, deseos, ilusiones, etc.) para ofrecerlo a la persona amada, como también me lleva a interiorizar todo aquello que me ofrece el otro.

Es como un doble juego: yo he de ofrecer mi intimidad y he de recibir (aceptar el ofrecimiento) de la interioridad del otro; saber dar y saber recibir; hablar y escuchar. Todo eso puede parecer como algo muy evidente, pero la experiencia nos muestra que -en la práctica- o no se da tan frecuentemente, o se tiende a reducir la comunicación a un solo aspecto (el contacto físico).

19.1. La comunicación tiene distintas facetas. Sistematizando podemos decir que la comunicación debe integrar cuatro vertientes: 1. física; 2. psicológica; 3. socio-cultural; 4. espiritual.
Capítulo 13:

La comunicación (II)

19.2. Con frecuencia -refiriéndonos a la relación de una pareja- el primer factor que invita a la comunicación es el atractivo físico, que se basa en la belleza. Una persona delicada sabe que la belleza incorpora una multiplicidad de aspectos: desde los factores más físicos (y, en esto, hay que recordar el dicho de que «sobre gustos no hay nada escrito») hasta aspectos de tipo más bien espiritual, pero que se incorporan a la materialidad de la presentación corpórea (como el encanto, el estilo, la elegancia, el sonreír, la manera de hablar, etc.).

Una persona puede (y debe) "hablar" por medio de todos estos elementos y de tantos otros que podríamos citar. La mujer tiene una cierta inclinación natural a usar este lenguaje y le conviene cultivarlo. Ella no puede dejar de aprovechar el "asombro original" y la fuerza que el encanto femenino tiene ante el hombre: más adelante ofrecemos algunas concreciones prácticas. Un amor fiel necesita este aspecto de la comunicación desde siempre y hasta siempre, porque el amor verdaderamente fiel es aquél que sabe estrenarse cada día.

19.3. Como se ve, la comunicación física tiene que estar impregnada de "comunicación psicológica". Es decir, de aspectos emocionales y de personalidad (manera de ser). No se trata de comunicaciones distintas, sino de diferentes aspectos de la misma comunicación. La presencia física de la persona amada adquiere un rasgo de originalidad y de singularidad (es decir, se hace insubstituible, no cambiable por nadie) gracias a toda la carga de intimidad que configuran la vida emocional de la pareja y la aportación de personalidad de cada uno de los dos.


Capítulo 14:

La comunicación (III)

19.4. Poseer intimidad quiere decir tener vida por dentro, haber acumulado -a modo de patrimonio- una cierta sabiduría personal y haber engarzado las vidas biográficas: alegrías, tristezas, fracasos, ilusiones, esperanzas, etc.

Los tiempos que vivimos en nuestra sociedad son de una especie de explosión de actividad sexual y, simultáneamente, de poca intimidad y, en consecuencia, de poca fidelidad (eso sí, abunda por doquier la dichosa "mecánica sexual"). Este problema no es manifestación de que la sexualidad sea algo malo, sino de que la comunicación, en tantas ocasiones, se reduce a contacto físico y, por tanto, se trata de una comunicación resquebrajada y con grietas.

El amor puede ser estrenado día a día si tiene -además de otras cosas- un alimento que lo renueva y que lo fortalece, es decir, la intimidad. De esta manera, a la pareja se le presenta el reto de revivir la intimidad, sobre todo manteniendo un diálogo (puesto al día: a saber, hablando de los hijos, del trabajo, de los proyectos y de las nuevas ilusiones, etc.).

19.5. Si la intimidad es un «engarzar las vidas biográficas» de la pareja, eso quiere decir que les conviene tener en común algunos aspectos básicos (los fundamentales de la vida): una cierta cultura compartida (en caso contrario, no es fácil hablar un mismo lenguaje) y unos valores espirituales comunes (en caso contrario, no es fácil convivir un mismo proyecto de vida). Nos referimos a los aspectos socio-cultural y espiritual de la comunicación.

El aspecto comunicativo más profundo es el espiritual: éste es capaz de englobar a todos los demás. El amor más pleno es aquel que tiene unos rasgos de espiritualidad. El amor espiritual está subordinado a la virtud, lo que no quiere decir que esté desprovisto de otras tendencias: la sexualidad, la compenetración psicológica y la cultura. El mejor amor humano es siempre espiritual, porque une los valores sexuales con los de la persona.


Capítulo 15:

La vertiente ética del acto sexual (I)

20.La vertiente ética del acto sexual. En función de lo que ya se ha dicho, uno descubre inmediatamente que la sexualidad humana tiene un gran valor ético (incorpora un bien moral).

La sexualidad en la especie humana no es simplemente una cuestión mecánica (un "mecanismo de generación" o un asunto de simple genitalidad). El hombre, a través de esta faceta de su vida, se juega la maduración como persona: la sexualidad es moralmente buena cuando personaliza al hombre, es decir, cuando lo dignifica. Es moralmente mala, en cambio, cuando el hombre se "des-personaliza" usándola desordenadamente.

Ya habíamos avanzado también que la bondad de la sexualidad es doble: se trata de los aspectos "procreativo" y "unitivo".

20.1. El objeto de la capacidad sexual -aquello hacia lo cual se orienta- es la procreación (o la disposición de las condiciones necesarias para que entre en la existencia una nueva vida humana). Este tipo de bondad es innegable por evidente: si entre el hombre y la mujer hay diferencias éstas se deben justamente a la distinción sexual (en el resto de aspectos somos iguales), y esta distinción predispone al hombre a la paternidad y a la mujer a la maternidad, conceptos ambos dos ligados directamente a la generación de los hijos. Está claro que el cuerpo de la mujer es un cuerpo preparado para ser madre y el del hombre para ser padre.
Capítulo 16:

La vertiente ética del acto sexual (II)

20.2. La diferenciación sexual está, además, unida a una particular bendición divina: la fecundidad. En el ya citado Libro del Génesis, Dios-Creador bendice la dualidad sexual en la medida en que es fecunda, es decir, capaz de «multiplicar y hacer crecer» la comunidad humana (cf. Gen 1, 28). Este crecimiento es bueno por el sencillo hecho de que lo que hay de mejor (de más perfecto) en la existencia es el "ser personal" (no es posible "ser más" que persona), y que haya más "personas" es aumentar el bien del universo

20.3. Pero este aspecto no agota toda la bondad propia de la sexualidad humana. La sexualidad es también medio de comunicación entre las personas que han decidido auto-donarse recíproca y totalmente (para siempre y en exclusiva).

Entre la mujer y el hombre hay una atracción permanente (desde el origen): el sentimiento de soledad empuja a salir de uno mismo en busca del otro, con el fin de "ser con el otro", en quien encuentra una correlación debida a su connaturalidad. Es decir, el hombre y la mujer están capacitados para formar una unidad (amar).

20.4. Ahora bien, para crear unidad hay que tender hacia la otra persona guiados por la voluntad (capacidad espiritual), y no únicamente movidos por el instinto sexual (tendencia sensitiva), ya que en este caso no se trataría al otro con amor, sino como una "cosa" (objeto de placer).
Capítulo 17:

La vertiente ética del acto sexual (III)

20.5. En fin, el ejercicio de la sexualidad dignifica cuando se respetan a la vez los aspectos unitivo y procreativo, que siempre deben estar ambos dos presentes (en toda relación sexual).

Remarcamos, por tanto, una de las conclusiones más importantes de la moral sexual: toda relación sexual debe,

1º. Permanecer abierta a la procreación (al menos, no desnaturalizándola a base de "forzar" y dañar los dinamismos biológicos de la generación).

2º. Ser un acto de total entrega (comunicación de espíritus) entre los esposos.

20.6. Pero hay que tener en cuenta la siguiente distinción (sobre la que en Ingeniería del amor III insistiremos): una cosa es abstenerse de un bien y otra -bien distinta- es ir en contra de un bien.

Es decir, lo que es aceptable moralmente es "renunciar a" ("abstenerse de") tener un hijo más porque -en atención a motivos serios- lo que resulta prudente aquí y ahora -juzgado con recta conciencia- es no hacer uso de dicho bien (estaríamos en el caso del uso responsable de la "regulación de la natalidad").

En cambio, lo que no es aceptable éticamente es rechazar el hecho de tener hijos actuando en contra del bien de la fecundidad a base de "anti-concepción" o "contra-cepción", esterilización y -no digamos ya- recurriendo al aborto (¡esas acciones no son -precisamente- manifestaciones de amor!).


Capítulo 18:

Vida matrimonial y acto conyugal

21.Vida matrimonial y acto conyugal. El acto conyugal es un momento particularmente intenso en la manifestación de la entrega de los esposos. De hecho, es como volverse a casar, es como volver a dar el consentimiento entregando mi cuerpo (es tanto como entregar el "yo"):

21.1. El amor debe ser una realidad vivida minuto a minuto: ¡nunca es a tiempo parcial! Y la relación sexual ha de ser como la natural coronación de una cima de mutua conquista.

21.2. Sin esa tarea de continua y delicada conquista la relación sexual no puede tener el sentido de particular manifestación de "comunión de personas". A la mujer le decepciona rápidamente la relación sexual cuando ésta no es fruto de una conquista por parte del marido, sino que es impuesta o exigida. Y al hombre le causa daño la relación sin el proceso de conquista, ya que corre el riesgo de hacerse egoísta, poco delicado, insensible y prepotente al no ofrecer el amor que ella desearía recibir.

21.3. Además de permanente, el amor es amable, tierno. La ternura es un marco que protege a la persona humana, porque mantiene el amor vivo y joven, alejándolo del riesgo de la rutina y del "envejecimiento". Ésta es una cuestión, prácticamente, de vida o muerte.

21.4. Muchos ¿se lo montan¿ muy mal: no se conquistan. Es sorprendente la afición por el trato sexual cuando son solteros y, en cambio, la falta de entendimiento en esta cuestión después de casados («síndrome del aburrimiento sexual»).

Es así como llega el terrible sentimiento de soledad, que lleva a buscar "entretenimientos" horrorosos, porque el hombre (la mujer) no soporta vivir en soledad: «quien no vive entregado totalmente busca entretenimientos continuamente».

21.5. He aquí, pues, el gran reto: mientras que el cuerpo avanza en edad, el espíritu debe rejuvenecer continuamente. El mismo amor humano, a pesar del paso de los años, puede ganar en sensibilidad, emoción y vibración si crece la sintonía (compenetración) personal entre los esposos.


Capítulo 19:

El acto conyugal y sus exigencias

22. El acto conyugal y sus exigencias. La relación sexual es un acto de entrega (no un simple distraerse): ha de estar presidida por el espíritu de sacrificio y de generosa donación. Las cosas no son como nos las muestran muchas veces las películas (con estilos y modos de hacer irreales, que no funcionan para nada en la vida real).

22.1. Si la unión sexual ha de ser un acto de amor, es necesario que se verifiquen los elementos propios de todo amor: sin exigencias ni condiciones; donación total, etc.

22.2. Básicamente, hay que superar las diferencias (sexuales) para formar una verdadera unidad a partir de la unión corporal. Y las diferencias sexuales no son sólo físico-orgánicas: las manifestaciones que causan gozo sexual a la mujer son muy diferentes de las que hacen feliz al hombre.

Cada uno de los dos debe esforzarse para dar al otro aquello que sexualmente le gusta o necesita más. Esto lo exige el bien de la comunicación interpersonal de la sexualidad: no hay identificación sin sacrificio. En este campo, las omisiones y el egoísmo -por el hecho de tocar una fibra tan íntima de la persona- pueden lesionar las relaciones conyugales y poner en peligro el entendimiento en los demás niveles del amor.

22.3. Vale la pena mencionar aquí una distinción no tenida suficientemente en cuenta: como tendencia, el hombre tiene la sexualidad concentrada en la esfera genital (técnicamente, una "sexualidad genital"), mientras que la mujer tiene una sexualidad muy difusa en todo su ser (técnicamente, una "sexualidad erótica").

Incluso podríamos decir que la mujer tiene una sexualidad más "inteligente", porque para sentir el amor ha de saberse amada y porque -en la relación de amor- sabe "aprovecharlo todo" (una caricia, unas palabras, un detalle, un regalo, etc.).
Capítulo 20:

Urgencia de hacerlo bien

23. Urgencia de hacerlo bien. Todo lo que se diga y se insista en este punto siempre será poco, porque -como ya hemos señalado- no son pocas las parejas que se lo montan tan mal como pueden. A pesar de que nunca se había practicado y mostrado la "sexualidad" con tanta desvergüenza como hoy día vemos, el desconocimiento, la incomprensión y la falta de "respeto a" ("delicadeza con") la dignidad de la persona son más que notables.

23.1. Ya habíamos avanzado que los noviazgos vividos con relaciones íntimas (relaciones prematrimoniales), en realidad, pueden conducir al mutuo desconocimiento de la pareja (lo veremos más adelante), con alto riesgo de aburrimiento. La experiencia es bien clara; basta con escuchar a la gente. Y la situación es grave, ya que hay cosas que conviene orientarles bien desde el noviazgo: en caso contrario, podemos atravesar umbrales y fronteras que no permiten retorno (es decir, se llega a situaciones de muy difícil solución).

23.2. La culpa, normalmente, es de las dos partes: ellas por demasiado "fáciles" antes del matrimonio, y, una vez casadas, por poco generosas y poco entusiastas con el tema (que es esencial dentro del matrimonio). Ellos por poco delicados, por poco conquistadores y por poco esforzados en la ternura.

Los unos por los otros, una realidad que está llamada a ser la cúspide de la vida conyugal, acaba convirtiéndose en un mal menor que hay que soportar, o en una exigencia que la otra parte debe cumplir a petición de uno, o en una cuestión tan difícil de conseguir que, incluso, puede resultar costoso siquiera pedirlo.

Capítulo 21:

Unos toques de atención para los hombres

24. Unos "toques de atención" para los hombres. La mujer, de acuerdo con su talante más espiritual, tiende a mostrar su amor aceptando y buscando manifestaciones de afecto. Más o menos hará ver que juega al "escondite" con el amor y que se quiere escapar: con este maravilloso comportamiento lo que hace es "encender" más el deseo de conquista del hombre. ¡Busca el cortejo y la conquista! Por esto, en general, se puede decir que conviene conquistar a la mujer a priori: ¡las cosas serias de esta vida hay que prepararlas!

Con mucho atino, se ha escrito: «El acto conyugal es el final de un proceso: no debe presentarse con la fugacidad de un expreso que atropella, para desaparecer con la facilidad del fardo que se abandona».

24.1. El comienzo de la relación le puede resultar a ella más costoso: el ritmo de excitación sexual de la mujer se parece a «un carbón que se enciende y se apaga poco a poco». No es buena praxis eso de "llegar, ver y vencer": nunca hay que olvidar -por decirlo de alguna manera- que la mujer accede al amor a través del oído y eso conlleva la necesidad de dialogar, cortejar, etc.

24.2. En este aspecto hay "frescos" que, cuando ya la han "conseguido", se despreocupan. Esto es horroroso y una gran injusticia, y obliga a la mujer a ser heroica. Si la mujer tiene necesidades afectivas, hay que dárselas.

24.3. El hombre debe procurar un talante espiritualista (delicado, agradecido y sensible): si lo hace, seguro que ella responderá mejor. Por el contrario, si él no agradece -por ejemplo- el tiempo que la mujer dedica a arreglarse, ella puede acabar claudicando: ¡mal asunto cuando una mujer pierde las ganas de cuidar su aspecto físico!

24.4. Admiración, amor y apoyo respecto a la maternidad y al embarazo de la mujer. La maternidad es una de las realidades más maravillosas y enriquecedoras que hay en este mundo. Y si la mujer tiene la belleza y el encanto que tiene, es -en no pequeña medida- en vistas a la maternidad.
Capítulo 22:

Unos toques de atención para las mujeres

25. Unos "toques de atención" para las mujeres. Conviene que sean generosas, alegres y divertidas en la entrega corporal ("saber jugar"), porque lo espera el estilo sexual dominante del hombre y porque, cuando él recibe el cuerpo de la esposa que se entrega, es cuando puede incorporar más fácilmente la dimensión espiritual del amor. Sin el amor corporal de ella, él -muy probablemente- estará "perdido".

25.1. La sexualidad de un hombre es como la "llama de un encendedor" (se enciende muy rápidamente; es de reacción "comienza" le puede costar mucho parar, y después vienen las cosas mal hechas ("des-amores"), con egoísmo y con todas las lamentaciones que se quiera. Ella ha de ser "lista" y saber conducir al marido.

25.2. Una vez más, conviene distinguir entre afectividad y sensualidad. La afectividad es «la reacción ante los valores sexuales en conjunto del otro sexo», es decir, es «la reacción ante la feminidad o la masculinidad en general». La sensualidad es «la reacción ante la sexualidad corporal del otro sexo». En general se puede decir que la mujer es más afectiva y que el hombre es más sensual.

La esposa (novia) debe conocer al marido (novio) y saber que lo que para ella es afecto, fácilmente puede inducir en él una respuesta (por lo menos, un estímulo) sensual-sexual.

25.3. La mujer debe velar por un encanto continuado y por un ambiente adecuado. Todo lo que se haga en este terreno siempre será poco: ya se ha dicho que la "competencia" es feroz y desleal.

Se sugieren dos aspectos en los que -aunque evidentes- muchas veces no se ¿hila fino¿ (y luego aparece la "carcoma" que hace entrar al matrimonio en barrena). Primero: velar por el arreglo personal (¡al hombre el amor le entra por la vista, por los ojos!).

Segundo: y velar por la "limpieza de costumbres": ¿qué entra en casa por la televisión?; ¿dónde nos metemos cuando salimos de casa: playas, espectáculos, etc.? Parafraseando un dicho popular, no tememos equivocarnos si decimos: «Dime cómo vistes y a dónde vas, y te diré quién eres».


Capítulo 23:

El proceso de excitación sexual(I)

26. El proceso de excitación sexual. La provocación de la excitación sexual tiene sentido y es lícita como preparación del acto sexual, y el acto sexual tiene plenitud de sentido dentro del matrimonio.

Para procurar la excitación sexual (la "locura del cuerpo" que ha de servir para renovar / confirmar la "locura de la entrega total2), se pueden tener sin miedo todas las manifestaciones de trato corporal y de amor humano (conversaciones, besos, caricias, tocamientos), excepto actos antinaturales (uniones sodomíticas) y manifestaciones excesivamente obscenas.

26.1. Es cuestión de tratar al cónyuge como una persona humana, como alguien que es para mí un don de la naturaleza (desde la perspectiva cristiana, un(a) hijo(a) de Dios). Hay que dignificar la sexualidad. No nos cansaremos de repetirlo: no todo es amor; hay "amores" que "matan".

Esta indicación es importante por lo siguiente: "se vale todo" (excepto lo que ya se ha dicho), pero lo mejor es que no sea necesario todo. Es decir, si hay un amor delicado y fino, tampoco serán necesarias manifestaciones "espectacularmente" provocadoras. Conviene que los esposos mantengan tanto como puedan una alta sensibilidad corporal, de tal manera que reaccionen rápidamente con estímulos "relativamente pequeños" y delicados. La templanza corporal (castidad) y la espiritualización del amor ayudan mucho en esta línea.

26.2. Huir de la rutina. El amor siempre da una alegría nueva y siempre es "ingenioso": los enamorados saben renovar el amor. Esto es absolutamente válido para el ámbito de las relaciones sexuales: sería horroroso entregar el cuerpo (la intimidad y el yo) de una manera rutinaria. Los esposos bien enamorados saben variar el ritmo de las relaciones, darse sorpresas, novedades, alegrías emocionantes y de buen gusto, etc.

La vivencia de estos aspectos sólo es posible con una entrega sacrificada por parte de ambos dos: el amor sexual es entrega y requiere "sacrificio sexual".
Capítulo 24:

El proceso de excitación sexual (II)

26.3. Los niveles lícitos de placer sensual: «¿qué se puede hacer?» y «¿cuándo se puede hacer?». Ésta es una pregunta frecuente, a pesar de que vivimos en una cultura aficionada a dar "rienda suelta" a todo (¡después pasa lo que pasa!).

El criterio más básico ya ha sido dado: provocar la excitación sexual sólo tiene plenitud de sentido y, por tanto, sólo es lícita como preparación del acto conyugal. Ahora bien, las manifestaciones posibles de amor tierno entre los esposos son múltiples y provocadoras de muy diversos grados de emoción corporal: "¿qué se puede hacer?". El sentido común nos proporciona tres respuestas suficientemente orientadoras:

1. No es posible una respuesta fija, sino que el buen sentido prudencial indicará lo que es o no es adecuado en cada momento concreto. La respuesta puede variar incluso según el día.

2. Es cuestión de saber situarse y de congruencia. Cada situación (casados desde hace poco, casados con edad avanzada, con buena salud, con poca salud, etc.), cada momento (vamos a tener relaciones, no podemos tener relaciones, no conviene que ahora tengamos relaciones, etc.), cada lugar (estamos en la calle, estamos en casa delante de los hijos, estamos en la habitación los dos solos, etc.) permiten o exigen manifestaciones de afecto (más estimulantes o menos estimulantes) que estén de acuerdo con las circunstancias en cuestión.

Siempre es muy conveniente tener en cuenta que «no todo lo que es lícito es conveniente» y que hay que ser delicados (¡dignificar la sexualidad!).

3. Distinción entre "sentir" y "consentir". Ninguno de los dos ha de inquietarse si con una manifestación lícita y congruente de amor humano comienza a "sentir" la excitación sexual (no siendo el momento adecuado), pero no quiere "consentir" (acto de la voluntad). Lo que es prudente en estos casos es "enfriar motores" y abstenerse de esta manifestación de afecto: continuar con este "sentir" -que no conviene aquí y ahora- sería ya manifestación de "consentir".
Capítulo 25:

La ecología sexual (I)

27. ¿Ecología sexual¿. ¿A quién le gusta vivir en un ambiente con el aire cargado, contaminado y viciado? ¿A quién le gusta habitar en un entorno sucio? A nadie que sea mínimamente normal. Con el amor pasa lo mismo: la belleza del amor reclama un contexto, un entorno, un aire "limpios". A ese ideal de limpieza es a lo que la ética -¡desde siempre!- ha aludido con distintas palabras: templanza, pureza, castidad, etc.

Con la sexualidad se puede hacer de todo, como también se puede tratar de cualquier manera a la naturaleza. Por poder, se puede casi todo. ¡Hay valientes que alardean de poderlo casi todo! Ahora bien, el viejo adagio que reza «Dios perdona siempre, el hombre a veces, la naturaleza no perdona nunca» se cumple inexorablemente. La suciedad, el desorden, la grosería, etc. nunca han sido fuente de felicidad (a lo más, una "charca de entretenimiento").

27.1. Precisemos la terminología. Los conceptos mencionados apuntan a la idea de garantizar un entorno ecológico para el feliz ejercicio de la sexualidad, pero cada término tiene sus matices. En concreto, por "castidad" se entiende la integración de todos los aspectos del amor. El hábito de la castidad otorga la integridad de la persona y la integridad en su donación (es el caso de quienes no "van a su rollo", sino que sus manifestaciones de amor son sinceras).

27.2. Una persona ejercitada en el hábito de la castidad es aquella que sabe integrar la expresión sexual del amor en un marco más amplio que el de la genitalidad, de modo que -habitualmente- "hace el amor" por medio de una convivencia amable, servicial, delicada, etc. Desde esta perspectiva, la relación sexual es un momento álgido hacia el cual apunta y fluye espontáneamente la vida conyugal de la persona casta.
Capítulo 26:

Ecología social (II)

27.3. La castidad, por tanto, es la integración de todos los aspectos del amor: es un saber elevar nuestras actividades vegetativas y sensibles en el nivel de vida intelectual-espiritual. Así es como la reproducción se eleva a la categoría de procreación; es así como la generación es fruto del amor; así es como el amor humano expresado corporalmente se convierte en "lenguaje del cuerpo".

27.4. La castidad nos hace libres. Con esta virtud el hombre se juega el ser o no ser persona, ser o no ser libre. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado. En definitiva, la castidad no es mortificación del amor, sino condición de amor auténtico.

Tantas veces se habla -ingenuamente- de ¿liberación sexual¿. El resultado final es, justamente, lo contrario de lo que se pretende: la "sexodependencia" que lleva al hombre -sin que prácticamente pueda evitarlo- a hacer cosas aberrantes que ni los propios irracionales podrían nunca llegar a hacer: ¡sobran "mecánicos de la sexualidad" y escasean "ingenieros del amor"!

27.5. La castidad hace fuertes, valientes y generosos a los esposos. Ya hemos dicho que a la mujer no le va el típico "tío duro" (la "dureza" es manifestación de debilidad y de incapacidad), sino un hombre fuerte, capaz de defenderla y acompañarla con serenidad.

27.6. De la mano de la castidad va la "pureza", que consiste en «el "entrenamiento del cuerpo" con el fin de ser capaces de expresar amor de modo correcto a través del cuerpo».

La naturaleza nos ha dado un cuerpo "diseñado" para el amor. Pero no basta con el diseño: es necesario el "entrenamiento". Hay que estar entrenado para hablar afablemente, para saludar amablemente, para abrazar cariñosamente, etc. Sin entrenamiento del cuerpo, nada de eso se vive. La prueba de ello es que hoy día abundan los groseros (¡y repugnantes!) de lenguaje, los rudos de gesticulación, los obsesos de vista, etc.
Capítulo 27:

El pudor

28. El pudor. Si "castidad" suena a chino, "pudor" suena a marciano: por eso hay tanto divorcio y tanto culebrón que no aprovecha en nada.

¡Hay que ser reservados!: el pudor preserva la intimidad de la persona, garantiza la alimentación de su amor: es una forma especial de ternura. No hay amor sin intimidad; no hay intimidad sin exclusividad; no hay exclusividad sin discreción o reserva, es decir, sin pudor.

La intimidad es el ambiente en el que se desarrolla adecuadamente el amor (que es celoso, exclusivista), y tanto el pudor como la modestia aseguran esta intimidad.

Como muy acertadamente se ha escrito desde el mundo de la psiquiatría, «la esencia del pudor no es otra que la de guardar la intimidad personal como algo bueno que sólo debe darse a quien lo merezca».

28.1. La intimidad no se reduce solamente a los aspectos corporales de la persona, sino que alcanza a otras facetas de la vida, como son los sentimientos, los recuerdos, los pensamientos personales, etc. Por tanto, el pudor ha de proteger -creando una "reserva"- también los valores espirituales que comparten los cónyuges.

28.2. A la mujer le conviene tener muy en cuenta las diferencias entre la sexualidad de ella y la del hombre, y saber que, detrás de un simple deseo de "coquetería" (captar la atención del hombre), se puede generar en él una reacción de sensualidad.

Por tanto, la mujer ha de actuar consecuentemente: debe procurar mantener una elegancia que le permita ser, a la vez, atrayente (nadie tiene vocación de "repelente"), pero sin generar en el hombre una reacción de curiosidad.

28.3. El pudor delicado vivido entre los esposos también hace que ellos dos puedan mantener un alto nivel de sensibilidad corporal. Hay que evitar el acostumbramiento corporal y, en cambio, mantener al otro cónyuge siempre dentro de un cierto "misterio" (alguien a quien nunca termino de descubrir): el pudor protege el misterio de las personas y de su amor.
Capítulo 28:

Los desamores que desdicen de la delicadeza

29. Los "des-amores" que desdicen de la delicadeza. Los "des-amores" que lesionan la delicadeza del amor son todas aquellas acciones que implican una separación del ejercicio de la sexualidad respecto del amor verdadero.

Podemos destacar las siguientes acciones: la prostitución y la pornografía, la homosexualidad, la masturbación, la falta de pudor y las manifestaciones desproporcionadas de "cariño" humano, las relaciones prematrimoniales (que trataremos en una lección aparte).

29.1. La prostitución y la pornografía, más que una manifestación de amor, constituyen una horrorosa explotación, en general, de la mujer: son un comercio de la sexualidad. Ya hemos dicho que el cuerpo, con su esfera sexual, ha de servir para amar, y el amor es entrega total, sin condiciones: el amor no tiene precio.

29.2. La homosexualidad. La diversidad sexual es -bajo ciertas condiciones- apta para el amor conyugal. Evidentemente, en la relación sexual homosexual no está presente la necesaria diversidad complementaria de cuerpos. Es antinatural y, como tal, está radicalmente impedida para la generación. Es pura "mecánica sexual".

29.3. La falta de pudor y de modestia fuera de casa ¿matan¿ la intimidad y la exclusividad que se han de reservar los esposos para ellos mismos. Dentro de casa, la ausencia de estas cualidades puede causar un gran mal a los hijos y la debilitación del "misterio" que los esposos han de mantener entre ellos.

La falta de modestia por parte de la mujer (que va por la calle como si fuera un "escaparate") hace sufrir a no pocos maridos que, amándola de verdad, se sienten celosos de sus respectivas esposas y ven defraudada la "exclusiva" que sólo a ellos pertenece.
Capítulo 29:

Las relaciones prematrimoniales (I)

30. Las relaciones prematrimoniales merecen un capítulo aparte: son un amor con puerta falsa. Efectivamente, este tipo de relaciones puede parecer una manifestación sincera de amor, pero, en realidad, constituye un grave "des-amor" y conduce a los novios a un gran "fraude", que les puede perjudicar notablemente de cara al matrimonio.

La experiencia lo muestra, ya que -sorprendentemente, ¡o no tan sorprendentemente!- la práctica de la sexualidad está extendida entre personas que no viven en matrimonio y, en cambio, se comprueba una alarmante reducción del número de relaciones dentro del estado matrimonial.

30.1. Las relaciones prematrimoniales tienen lugar dentro de un entorno falso: son un dar el "yo" sin dar el "yo"; son un dar el cuerpo (es decir, el ¿yo¿ y la intimidad) sin haber dado la vida (a pesar de que pueda haber la intención de casarse). Esa situación se corresponde exactamente con lo que popularmente se conoce como "estar en fuera de juego".

Con feliz atino se ha escrito que «la "locura de la carne" es verdad cuando expresa la realidad de esa otra "locura" que es haberse entregado para siempre, pase lo que pase. Entonces las dos locuras son grandes y nobles, porque son verdad. Si no, la locura de la carne es mentira. Y la locura mentirosa y falsa, además de ser mala, es dañina y peligrosa».

30.2. Además, implican un grave riesgo de la manipulación. En efecto, aunque puedan parecer una manifestación de amor y de entrega, comportan el peligro de habituar a la pareja a un trato egoísta al aceptar al otro sólo y siempre bajo condición. El hecho es que estas relaciones -como es lógico- sistemáticamente van de la mano de la práctica anticonceptiva (asunto que nada tiene que ver con 2regulación de la natalidad" ni con la "paternidad responsable").


Capítulo 30:

Las relaciones prematrimoniales (II)

30.3. Ya se ha dicho que debe haber un equilibrio entre la intensidad del amor humano que se manifiesta y la situación concreta que se está viviendo: hay que reservar el descubrimiento total de la intimidad para el momento del compromiso total, precisamente como una confirmación corporal de este compromiso (que sólo es total cuando ha sido otorgado públicamente en la boda).

Evidentemente, para mantener este equilibrio se necesita fuerza de voluntad y dominio del cuerpo. Se hace necesario, en definitiva, educar el cuerpo para que la persona ame de una manera adecuada en cada momento. ¡Hay que aprender a renunciar!

30.4. Las relaciones prematrimoniales pueden conducir a un desconocimiento mutuo dentro de la pareja, ya que comparten ("con-viven") una situación irreal. Hay cosas en la vida que no es necesario probarlas, ya que la naturaleza misma enseña cómo hacerlo; lo que sí es necesario hacer son planes y actividades diversas, situación en la cual aparecen las diferencias con toda su profundidad.

30.5. Todo lo que se ha dicho es perfectamente aplicable al caso del "matrimonio a prueba": «convivimos y, si nos entendemos, después nos casaremos». Es un engaño y otra situación irreal: ¡el matrimonio no es un comercio!

La mejor prueba para el matrimonio es el noviazgo con el nivel de renuncia que le es conveniente: el mejor entreno en el noviazgo es vivir el compromiso de fidelidad con abstención de la relación sexual, en lugar de vivir la relación sexual con abstención de compromiso.

Lo que hay que poner a prueba es el compromiso y no la relación sexual: ¡el matrimonio vive de compromiso!, y la relación sexual es bonita cuando es expresión de este compromiso.
Capítulo 31:

El amor delicado en el noviazgo

31. El amor delicado en el noviazgo. Los problemas que acontecen en muchas parejas casadas vienen inducidos desde antes. La hora del noviazgo es el momento para arraigar buenos hábitos, de forjar ilusiones nobles y grandes, y de aclarar bien las cosas: después, una vez casados, puede hacerse más difícil adquirir estos hábitos.

31.1. El proceso de mutua armonización pasa por el descubrimiento del talante amoroso femenino/masculino. Al mismo tiempo, hay que aprender a administrar la afectividad según las circunstancias (con el paso del tiempo el trato afectivo puede ganar en confianza e intensidad), sabiendo renunciar a todo aquello que no me es lícito y a todo aquello que -aquí y ahora- no me conviene.

31.2. A los novios les conviene vivir ratos de intimidad, pero de una intimidad adecuada al noviazgo.

31.3. La novia puede comenzar a ejercer el encanto propio de la mujer a fin de "conducir" al que será su marido: si no lo hace ahora, después ya no lo conseguirá.

La prometida -sin dar explicaciones ni sermones- también ha de fomentar el trato "ecológico" y digno de su prometido, espiritualizando su amor: le conviene avanzar lo que habrá de hacer durante toda su vida.



Las cosas claras: las que ceden en este terreno después lo pagan en el matrimonio (maridos ¿pesados¿, poco delicados, exigentes sexualmente y poco fieles, etc.).

31.4. El novio puede comenzar a velar por su novia proponiéndose ayudarla, darle paz y protección. Éste es un papel que deberá ejercer durante su vida matrimonial. Parte de esta tarea será acostumbrarse a trabajar en las cosas del hogar (sin conformarse con lo que por ahí se denomina "colaborar en casa").


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