Indice primera parte. El análisis funcional de los deportes como base del trabajo psicológico



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Ante el buen juego del equipo. Las situaciones en las que el equipo está jugando bien deberían ser reforzadas. Tal y como veremos en el próximo capítulo, un refuerzo no tiene por qué suponer, simplemente, una alabanza verbal, sino que puede implicar al lenguaje no verbal. Los efectos a corto, medio y largo plazo que genera este estilo de liderazgo se basan en un nivel más óptimo de activación y de confianza respecto a los próximos compromisos competitivos.




  • Ante el mal juego del equipo. Este tipo de situaciones exigen, aunque probablemente el estado de ánimo no sea el adecuado, del reconocimiento de los pequeños aspectos positivos que se hayan podido producir, y de las instrucciones técnicas constructivas que deban ofrecerse para corregir los errores. Es importante que se transmitan ánimos inmediatamente después de los fallos para que no se produzca la elevación brusca del nivel de activación, ya que va a ser cuando el jugador más lo necesite y será igual de importante que ofrecer una instrucción sobre la manera de realizar las cosas correctamente, instrucción que debe darse de manera positiva y alentadora, no haciendo hincapié en lo que se ha hecho mal. Es importante evitar, si resulta posible, el empleo de los castigos en tanto que aumentan el miedo al fracaso.

  • Ante las conductas inadecuadas. Cuando hablamos en este punto de conductas inadecuadas estamos haciendo referencia, en realidad, a aquellas conductas que realizan los deportistas y que pretender llamar la atención del entrenador. Este tipo de situaciones son las que deben ignorarse para no aumentar la probabilidad de que se produzcan en un futuro y, por supuesto, si son conductas tras cambios o sustituciones, no se debe cambiar el estilo de liderazgo simplemente para dar gusto al jugador, lo que provocaría la caída en picado de la influencia y del principio lógico de autoridad.


PREGUNTAS DE AUTOEVALUACIÓN


  1. ¿Qué se entiende por liderazgo?. Explica, de un modo breve y conciso, cómo crees que debe ser tu liderazgo, como técnico, en el deporte en el que trabajes.

  2. ¿Qué diferencias consideras que existen entre las principales teorías revisadas sobre el liderazgo deportivo?. ¿Por cuál te inclinas?.

  3. ¿Cuáles consideras que son los principales componentes del liderazgo efectivo?.

Citas las principales variables que afectan al rol del líder.

CAPITULO5. MODIFICACIÓN DE CONDUCTA EN EL DEPORTE
5.1. Planteamientos iniciales
Imagina que eres el entrenador de un equipo profesional de baloncesto y que te encuentras desorientado porque ves como uno de tus jugadores más importantes, tiene una conducta de indiferencia absoluta hacia tus correcciones e instrucciones técnicas. El último episodio conflictivo se produjo la pasada semana en la que, tras abroncarle por no obedecerte, se enfrentó a ti y a punto estuvo de agredirte. Como consecuencia, decides expulsarle del equipo durante una semana pero, en el momento en el que se incorpora a los entrenamientos, su conducta no solo no mejora, sino que, más bien, se hace aún si cabe más conflictiva.

El empleo de técnicas de modificación de conducta ha sido, desde siempre, un modelo instaurado a nivel social sobre qué medios y conductas deben realizarse para poder influir en la de los demás. Cuántas veces habremos escuchado decir a un padre que “no hay que castigar nunca a un hijo”, a otro que “una bofetada a tiempo soluciona más de un problema”; a los docentes que “la letra con sangre entra”, etc. Cada persona genera y posee ciertas concepciones sobre qué es lo que funciona para ejercer esta influencia y, como es lógico, en la vida profesional de un entrenador esta afirmación puede extrapolarse de un modo claro y evidente.


Cuando nos referimos a conductas que esperamos modificar, no solo hacemos alusión, como en el caso del ejemplo con el que abrimos el capítulo, a conductas disruptivas que “rompen” con el orden establecido de antemano y con ciertas reglas que, a nivel implícito y explícito, se encuentran establecidas en el deporte competitivo. El cambio en el gesto técnico de golpeo de la pelota en tenis, de la colocación táctica de un jugador, de su motivación e implicación en una tarea son ejemplos, como veremos a lo largo de este capítulo, susceptibles de ser intervenidos desde la perspectiva de la modificación de conducta.
Antes de penetrar en los diferentes contenidos básicos que componen el capítulo, baste con señalar que el paradigma psicológico que potenció el estudio de este tipo de conductas se denomina “conductismo”, que proviene de la corriente empirista de antaño y que, además, ha sido centro de las críticas en las últimas décadas en el ámbito de la psicología por su olvido de algunas variables esenciales sobre las que no vamos a profundizar. Pese a todo, las consecuencias prácticas para los entrenadores son, sin duda, tan relevantes, que nos parece esencial y pertinente que analicemos algunas de sus propuestas más representativas, como es la diferenciación entre refuerzos y castigos, cuándo utilizar cada una, o los efectos positivos negativos que se pueden encontrar.

5.2. Los refuerzos
5.2.1. Definición
Por refuerzo vamos a entender, a partir de este momento, cualquier acción que aumenta la probabilidad de que se produzca una conducta a la que sigue. De ahí que el refuerzo se utilice para consolidar conductas adecuadas y que queremos que las personas repitan.
5.2.2. Tipos de refuerzo
Podemos diferenciar dos tipos elementales de refuerzos:


  • Refuerzo positivo. Consiste en ofrecer o presentar algo positivo a una persona al emitir ésta una respuesta adecuada o esperada. Este término se suele igualar al de recompensa. Algunos ejemplos pueden ser: un aplauso, una “palmadita” en la espalda, un choque de manos, un trofeo, dinero, un día de descanso, unos minutos de “partidillo” al terminar los ejercicios de entrenamiento, etc.




  • Refuerzo negativo. A diferencia del refuerzo positivo, en este segundo tipo se quita o se retira algo apreciado como negativo por el deportista, de manera que continuamos aumentando la probabilidad de que suceda la conducta que queremos consolidar. Algunos ejemplos pueden ser: quitar una sanción o castigo, dejar de ignorar a un deportista, permitirle volver a entrenarse con sus compañeros -siempre que le sancionáramos nosotros y que le queramos recompensar por su correcto comportamiento actual-, levantar una sanción económica, etc.

Respecto cuál es más eficaz de los dos, las investigaciones parecen indicar que ambos lo hacen por igual. La elección de uno u otro dependerá del objetivo que se persiga y de la situación en la que nos encontremos.


5.2.3. Conductas que deben reforzarse
Una premisa básica que todo entrenador debe considerar es, en primer lugar, que debe reforzarse aquel comportamiento que deseamos que el deportista vuelva a repetir buscando, como ya hemos señalado, que se aumente la probabilidad de que se produzca de nuevo. Esta afirmación, que parece lógica e innecesaria, resulta pertinente en tanto que, con relativa frecuencia, los entrenadores se empeñan en alabar conductas que ya se encuentran suficientemente asentadas y que, pese a que esperamos que se repitan, su nivel de consolidación no lo hace necesario.
La segunda consecuencia evidente de la argumentación que estamos siguiendo, se centra en que la persona que va a reforzar, en este caso el entrenador, debe tener claramente delimitadas aquellas conductas que va a reforzar y, si es posible, compartir sus ideas con los deportistas. En este sentido, algunos aspectos importantes a considerar serían los siguientes (Weinberg y Gould, 1996):



  • Reforzar el esfuerzo más que el resultado final, haciendo ver al deportista que este es el mejor camino para lograr ese resultado. El ARD suele obviar este principio por la excesiva responsabilidad y repercusión que tiene un buen o mal rendimiento en un campeonato en la propia vida del deportista. Este hecho provoca, entre otras cosas, que se fomenten atribuciones del éxito/fracaso erróneas en tanto que no hacen percibir al deportista que una buena parte la mejora en el resultado depende de él mismo, de su esfuerzo, y que puede modificar esa situación.




  • Reforzar los pequeños progresos o pequeñas aproximaciones y no reforzar sólo cuando se ha conseguido el resultado final, pues esto puede hacer que durante mucho tiempo el deportista no obtenga ningún refuerzo y le cueste más progresar hasta ese resultado final.




  • Reforzar igual el aprendizaje y ejecución de habilidades psicológicas, emocionales y sociales, que las motoras. Es igual de adecuado reforzar la cooperación entre los jugadores de un equipo o la unión existente entre ellos (cohesión), que invitarles a comer después de una serie de buenos resultados.




  • Utilizar refuerzos que sepamos que van a gustar a los deportistas. Nada, en sí mismo, posee el valor intrínseco de refuerzo o castigo, lo que para uno puede ser un refuerzo, otro puede interpretarlo como un castigo.

5.2.4. Cuándo debe reforzarse


Existen diferentes tipos de programas de refuerzo o formas en las que el refuerzo puede administrarse. Dos de los más conocidos son los de razón fija y razón variable.
Hablamos de programas de razón fija cuando se refuerza siempre que aparece la respuesta correcta o deseada (15 minutos finales de partidillo siempre que se haya realizado un buen entrenamiento); mientras que, en los programas de razón variable, se refuerza la conducta de forma ocasional -no siempre que se da la conducta deseada los jugadores obtienen la recompensa- (15 minutos finales de partidillo sólo algunos de los días que se esfuerzan en los entrenamientos).
Aunque ambos tipos de programas son adecuados hay momentos en que uno funciona mejor que el otro, así los programas de razón fija funcionan mejor cuando el deportista está aprendiendo algo, sea una habilidad o a esforzarse en los entrenamientos, mientras los de razón variable son más adecuados cuando ya el deportista domina la conducta a reforzar. En cualquier caso, lo más adecuado es utilizar la combinación de ambos, primero el de razón fija y luego el de variable, ya que con ello se consigue la permanencia en el tiempo de esas respuestas deseadas.

5.3. Los castigos
5.3.1. Definición
Por castigo se entiende cualquier acción que se realiza con la intención de disminuir la probabilidad de aparición de una conducta. Podemos decir, por lo tanto, que cuando se castiga a una persona se pretende erradicar algunas de las conductas no deseadas que realiza.
5.3.2. Tipos de castigo
Igual que ocurría en el caso de los refuerzos, podemos discriminar dos tipos básicos de castigos:


  • Castigo positivo. Consiste en ofrecer o presentar algo negativo a una persona cuando emite una respuesta inadecuada o no esperada. Este primer tipo obedece a lo que, a nivel coloquial, hemos entendido siempre como “castigo”. Algunos ejemplos pueden ser el gritar a un deportista ante un error, mandar a correr por algo mal hecho, ante una acción incorrecta mandar a un jugador al banquillo, poner una sanción económica, etc.




  • Castigo negativo. En este segundo tipo se quita o retira algo positivo para la persona cuando emite una respuesta inadecuada o no esperada. Algunos ejemplos clarificadores pueden ser la retirada de una prima (o una beca) que se decidió entregar a los deportistas por su alto rendimiento, eliminar aquellos ejercicios del entrenamiento que más gustan a los jugadores, quitar los días de descanso, etc.

Del mismo modo que señalábamos en el anterior apartado, que la eficacia comparada del refuerzo dependía del objetivo perseguido y de la situación concreta de que se trate, al hablar de los castigos sucede lo mismo. Lo realmente relevante no es aplicar uno u otro, sino saber qué tipo se ajusta mejor a qué situación.


5.3.3. Cuándo debe castigarse.
El empleo del castigo, en nuestra sociedad, ha pasado por diferentes momentos: desde un auge hace unas décadas, en donde la vida familiar y la académica venían marcadas por el empleo de un sistema educativo que utilizaba el castigo como medio habitual para controlar a las personas; hasta un olvido llamativo de la importancia que posee en donde parece que siempre deben alabarse las conductas y reforzarse porque, si se llega a castigar, el desarrollo afectivo de la persona se traumatizaría.
Como en la mayoría de situaciones en las que sucede algo similar, el acierto, desde nuestro punto de vista, radica en conocer perfectamente cuándo un entrenador puede utilizar un tipo u otro de comportamiento, hacia qué persona va dirigida la intervención y, por supuesto, qué efectos concretos son los que se persiguen.
Antes de penetrar en algunos consejos prácticos sobre la aplicación de los castigos, resulta pertinente señalar que su principal “contraindicación” radica en que los efectos emocionales que generan son, en eso no cabe ninguna duda, más indeseables que los encontrados en el empleo de los refuerzos. Afirmar esto, por otra parte, no es lo mismo que decir que no pueden o que no deben emplearse porque, al fin y al cabo, cualquier grupo humano (familia, equipo deportivo, club, sociedad, etc.), necesita cierto orden y organización y, como es lógico, cualquier estructura planteada de antemano puede ser amenazada. Abogamos a la profesionalidad de los entrenadores para discernir su empleo.
En referencia a la aplicación de los castigos el entrenador debe conocer que:


  • Lo más importante es castigar comportamientos de los deportistas y no a los deportistas, así como hacérselo saber.




  • El castigo debe utilizarse con moderación y no ser la forma habitual de dirigirse a los deportistas, pero una vez que se decide aplicar un castigo hay que aplicarlo con toda la contundencia necesaria y no echarse atrás “por pena”.




  • Los errores en la ejecución no deben ser castigados -y menos aún durante el desarrollo de las competiciones-, a no ser que sea muy grave, pues la aplicación del castigo puede desconcentrar al deportista e impedir que “siga metido” en la competición. Es más eficaz corregir posibles errores de ejecución dividiendo en diferentes pasos o aproximaciones la ejecución correcta e ir reforzando esas aproximaciones. Hay que pensar que a veces los deportistas pueden no conocer soluciones alternativas a esos comportamientos inadecuados y en este caso el entrenador debe interesarse por enfocar en el deportista otras respuestas alternativas más adecuadas.




  • La actividad física, muy utilizada como castigo por los entrenadores, no es una forma muy adecuada de castigo en tanto que se termina por asociar un aspecto esencial del rendimiento, como es el trabajo físico, con las sensaciones que trae consigo un castigo. El entrenador debe ser más creativo en los castigos a imponer a sus deportistas, para ello puede ayudarse de lo que le digan los propios deportistas –recordemos que, lo más importante, es qué perciben los deportistas que es un castigo para ellos-.




  • Deben utilizarse los mismos castigos con todos los deportistas del equipo. En este sentido es importante que el entrenador conozca qué es lo o que funciona como castigo para un deportista y lo que funciona como reforzador. Podemos estar utilizando la crítica de determinadas acciones considerando que vamos a disminuir su probabilidad de aparición, cuando en realidad esa forma de prestarle atención puede estarle funcionando como un reforzador y, por tanto, aumentando su probabilidad de ocurrencia.




  • El castigo debe usarse para ayudar al deportista y no como represalia o como una forma de sentirse el entrenador satisfecho por la venganza.




  • Una vez cumplido el castigo, el entrenador debe procurar dar la sensación sincera de que todo se ha olvidado y que el deportista sigue siendo un jugador valioso para el equipo.


5.4. Principales diferencias entre el castigo y el refuerzo negativo
Uno de los aspectos que más dificultades suelen presentar a la hora de comprender la utilidad de los refuerzos y de los castigos, es la incapacidad de discernir entre las características de los castigos, sobre todo los positivos, con los refuerzos negativos.
Un cuadro resumen que puede resultar aclaratorio para esta distinción es el siguiente:




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