Imagining Keynes (It’s time to get stimulated vs. ¡Take the money and run!)



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Imagining Keynes (It’s time to get stimulated vs. ¡Take the money and run!)

Parte II - JMK: ¿ángel o demonio? (ante el absurdo ionescano que va desde el “demasiado grande para caer” -bancos- hasta el “demasiado grande para ser rescatado” -países-)
- La “resurrección” de Keynes (por intercesión de apóstoles tardíos e inciertos estructuralistas) - QE1, 2, Lite, Op. Twist, y otros “relajamientos”… ¿para quién?
Un buen banquero central es aquel que retira el ponche cuando la fiesta se anima”, frase pronunciada por William McChesney, presidente de la Reserva Federal entre 1951 y 1970.
John Maynard Keynes decía: “El mercado puede permanecer irracional durante más tiempo del que uno puede mantenerse solvente”.
Decía Albert Einstein que “locura es repetir una y otra vez lo mismo esperando resultados diferentes”.
A continuación se presentan opiniones (recientes) de varios economistas prestigiosos (distinguidos académicos -algunos con premio Nobel-, articulistas prolíficos, gurús mediáticos, autores exitosos, tertulianos permanentes de Bloomberg TV o CNBC TV).
Se opta por mantener la cronología de las declaraciones, para no sacarlas del contexto temporal, aunque se pierda la homogeneidad de origen. El lector puede reagruparlas por autor, si le resulta de interés. De los artículos citados sólo se destacan los párrafos más significativos, para el asunto específico. Quien lo desee puede recurrir a la fuente, que se indica en cada ocasión, para leer la nota en su integridad.
Las opiniones de los economistas citados deben ser consideradas teniendo en cuenta los vicios del oficio, como la venalidad, la soberbia o el fanatismo ideológico, que han contribuido (en muchos casos) a la crisis casi tanto como los banqueros de Wall Street.

La sombra del globo

“El estímulo fiscal que aplicaron la mayoría de las economías avanzadas y mercados emergentes durante la recesión global de 2008-2009 -junto con la relajación de la política monetaria y el apoyo al sistema financiero- evitó que la Gran Recesión se convirtiera en otra Gran Depresión en 2010. En un momento en el que todos los componentes de la demanda privada se venían abajo, el impulso dado por el aumento en el gasto público y la reducción de los impuestos detuvo la caída libre de la economía global y creó las bases de la recuperación…

Desafortunadamente, el gasto de estímulo y el rescate conexo del sistema financiero, junto con los efectos de la recesión en los ingresos, contribuyeron a los déficits de alrededor del 10% del PIB en la mayor parte de las economías avanzadas. Según el Fondo Monetario Internacional, entre otros, el coeficiente deuda pública-PIB de estas economías superará el 110% para 2015, en comparación con el 70% previo a la crisis. En la mayoría de las economías avanzadas, el envejecimiento de la población implica más deuda pública a largo plazo debido a los planes de jubilación que no están suficientemente financiados y a los crecientes costos de la atención a la salud.

Así pues, en la mayoría de las economías avanzadas es necesario reducir los déficits para evitar un desastre más adelante. No obstante, muchas investigaciones, incluido un estudio reciente del FMI, indican que un aumento de los impuestos y una disminución del gasto público tienen un efecto negativo a corto plazo sobre la demanda agregada, lo que refuerza las tendencias de deflación y recesión - y debilita la consolidación fiscal…

Desgraciadamente, la política fiscal que han adoptado actualmente varias economías avanzadas, se desvía mucho de esta ruta de consolidación creíble a mediano plazo combinada con estímulos adicionales de corto plazo…

En resumen, el camino óptimo hacia la austeridad fiscal implicaría, en gran parte de los países, un compromiso de consolidación de mediano plazo, gradual pero creíble junto con estímulos adicionales de corto plazo cuando se necesiten y lo permitan las condiciones del mercado, evitando así las perspectivas de una espiral recesiva y deflacionaria. Por desgracia, las principales economías avanzadas están siguiendo una vía distinta -que, en algunos casos, los conducirá en la dirección contraria en 2011. Como resultado, los riesgos de una deflación de la deuda y los consiguientes impagos de deuda soberana y del sector privado están aumentando”. Disparates fiscales (Nouriel Roubini - Project Syndicate - 13/12/10)

(Nouriel Roubini, presidente de Roubini Global Economics (www.roubini.com), es profesor de Economía de la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York y es coautor de Crisis Economics)

“Lamentablemente, las decisiones del nuevo año adoptadas en Europa y en los Estados Unidos fueron erróneas. La reacción ante los fallos y el derroche del sector privado que habían causado la crisis, ¡fue la de pedir austeridad al sector público! La consecuencia será, casi con toda seguridad, una recuperación más lenta e incluso una mayor demora antes de que el desempleo baje hasta niveles aceptables…

Se ha puesto de moda entre los políticos predicar las virtudes del dolor y del sufrimiento, seguramente porque quienes sufren las consecuencias son quienes apenas tienen voz y voto: los pobres y las generaciones futuras. Para poner en marcha la economía, algunos habrán de sufrir un poco, en efecto, pero la cada vez más sesgada distribución de la renta da una idea clara de quiénes serán: aproximadamente, una cuarta parte de toda la renta de los EEUU corresponde al 1 por ciento superior, mientras que la renta de la mayoría de los americanos es inferior hoy a lo que era hace doce años. Dicho de forma sencilla, la mayoría de los americanos no se beneficiaron de lo que muchos llamaron la “gran moderación”, pero fue, en realidad, la “madre de todas las burbujas”. Así, pues, ¿se debe hacer pagar aún más a víctimas inocentes y a quienes nada ganaron de la falsa prosperidad?...

La reestructuración de la deuda -amortizar las deudas de los propietarios de viviendas y, en algunos casos, las de los gobiernos- será fundamental. Tarde o temprano, se hará, pero el retraso resulta muy costoso... y en gran medida innecesario…

Los bancos nunca han querido reconocer sus créditos fallidos y ahora no quieren reconocer las pérdidas, al menos no hasta que puedan recapitalizarse mediante sus beneficios comerciales y el gran margen entre sus altos tipos de interés y los mínimos costos de su endeudamiento. El sector financiero presionará a los gobiernos para lograr el pago completo, aunque provoque un despilfarro social en gran escala, un enorme desempleo y un gran sufrimiento social... e incluso cuando sea consecuencia de sus errores en la concesión de créditos…

Así, pues, ésta es mi esperanza para el nuevo año: que dejemos de prestar atención a los supuestos magos financieros que nos metieron en este embrollo -y que ahora piden austeridad y una reestructuración retardada- y empecemos a usar un poco el sentido común. Si tiene que haber sufrimiento, el mayor deben arrostrarlo los responsables de la crisis y quienes más se beneficiaron de la burbuja que la precedió”. Contra toda esperanza, la esperanza del nuevo año (Joseph E. Stiglitz - Project Syndicate - 2/1/11)

(Joseph E. Stiglitz es profesor en la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía. Su ultimo libro, Freefall: Free Markets and the Sinking of the Global Economy - “Caída libre. Los mercados libres y el hundimiento de la economía mundial”, traducido al francés, al alemán, al japonés y al español)

“En 1995, publiqué un libro llamado The World After Communism (El mundo después del comunismo). Hoy, me pregunto si habrá un mundo después del capitalismo.

Esa pregunta no está motivada por la peor crisis económica desde los años 1930. El capitalismo siempre sufrió crisis, y las seguirá sufriendo. Más bien, surge de la sensación de que la civilización occidental es cada vez más decepcionante, al cargar con un sistema de incentivos que son esenciales para acumular riqueza, pero que socavan nuestra capacidad para disfrutarla. El capitalismo puede estar cerca de agotar su potencial para crear una vida mejor -al menos en los países ricos del mundo.

Por “mejor”, me refiero a mejor éticamente, no materialmente. Las ganancias materiales pueden continuar, aunque la evidencia demuestra que ya no hacen más feliz a la gente. Mi disconformidad es con la calidad de una civilización en la que la producción y el consumo de bienes innecesarios se convirtieron en la principal ocupación de la mayoría de la gente.

Esto no pretende denigrar al capitalismo. Fue, y es, un sistema magnífico para superar la escasez. Al organizar la producción de manera eficiente, y dirigirla a la búsqueda del bienestar y no del poder, sacó a una gran parte del mundo de la pobreza.

Sin embargo, ¿qué le pasa a un sistema así cuando la escasez se convirtió en abundancia? ¿Sigue produciendo más de lo mismo, estimulando apetitos hastiados con nuevos artilugios, entusiasmos y emociones? ¿Cuánto tiempo más puede continuar esto? ¿Nos pasamos el próximo siglo regodeándonos en la trivialidad?

Siempre hubo enormes interrogantes morales sobre el capitalismo, que podían dejarse a un lado porque el capitalismo siempre fue exitoso a la hora de generar riqueza. Ahora, cuando ya tenemos toda la riqueza que necesitamos, está bien que nos preguntemos si vale la pena incurrir en los costos del capitalismo.

Adam Smith, por ejemplo, reconoció que la división de la mano de obra volvería más tonta a la gente al robarles las habilidades no especializadas. Sin embargo, pensaba que éste era un precio -posiblemente compensado por la educación- que valía la pena pagar, ya que la ampliación del mercado aumentaba el crecimiento de la riqueza. Esto lo convirtió en un ferviente defensor del libre comercio.

Los apóstoles del libre comercio de hoy defienden el caso más o menos de la misma manera que Adam Smith, ignorando el hecho de que la riqueza se expandió enormemente desde los tiempos de Smith. Suelen admitir que el libre comercio cuesta empleos, pero arguyen que los programas de recapacitación ubicarán a los trabajadores en nuevos empleos, de “mayor valor”. Esto implica decir que aunque los países (o las regiones) ricos ya no necesitan los beneficios del libre comercio, deben seguir padeciendo sus costos.

Los defensores del sistema actual responden: les dejamos esas elecciones a los individuos para que ellos decidan por sí mismos. Si la gente quiere bajarse de la cinta transportadora, es libre de hacerlo. Y, de hecho, cada vez son más los que “desertan”. La democracia, también, implica libertad para poner fin al mandato del capitalismo. ..

Los defensores del capitalismo a veces sostienen que el espíritu de adquisividad está tan arraigado en la naturaleza humana que nada lo puede desplazar. Pero la naturaleza humana es un manojo de pasiones y posibilidades en conflicto. Siempre fue la función de la cultura (incluida la religión) la de fomentar algunas y limitar la expresión de otras…

Recién en el siglo XVIII la ambición se volvió moralmente respetable. Ahora se consideraba saludablemente prometeano transformar la riqueza en dinero y ponerlo a trabajar para ganar más dinero, porque al hacerlo uno estaba beneficiando a la humanidad.

Esto inspiró el estilo de vida estadounidense, donde el dinero siempre habla. El fin del capitalismo significa simplemente el fin de la necesidad de escucharlo. La gente empezaría a disfrutar de lo que tiene, en lugar de siempre querer más. Uno puede imaginar una sociedad de tenedores de riqueza privados, cuyo principal objetivo es llevar una buena vida, no convertir su riqueza en “capital”.

Los servicios financieros se achicarían, porque los ricos no siempre querrían volverse más ricos. A medida que más y más gente empezara a sentir que tiene lo suficiente, uno podría esperar que el espíritu de ganar perdiera su aprobación social. El capitalismo habría hecho su trabajo y la motivación de ganar recuperaría su lugar en la galería de los canallas.

La deshonra de la ambición es factible sólo en aquellos países cuyos ciudadanos ya tienen más de lo que necesitan. Y aún allí, mucha gente todavía tiene menos de lo que necesita. La evidencia sugiere que las economías serían más estables y los ciudadanos más felices si la riqueza y el ingreso estuvieran distribuidos de manera más equitativa. La justificación económica para las grandes desigualdades de ingresos -la necesidad de estimular a la gente para que sea más productiva- colapsa cuando el crecimiento deja de ser tan importante”… La vida después del capitalismo (Robert Skidelsky - Project Syndicate - 20/1/11)

(Robert Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores británica, es profesor emérito de Economía Política en la Warwick University, autor de una biografía galardonada del economista John Maynard Keynes y miembro de la junta de la Escuela de Estudios Políticos de Moscú)

“Si hay una verdad económica que espero que la gente comprenda este año es la siguiente: aunque es posible que por fin hayamos dejado de cavar, seguimos estando cerca del fondo de un hoyo que es muy profundo.

¿Por qué tengo que recalcar esto? Porque me he dado cuenta de que muchas personas están reaccionando de forma exagerada ante las buenas noticias económicas…

¡Hurra! Pero, una vez más, no es para tanto. Son los puestos de trabajo, no las cifras del PIB, lo que importa a las familias estadounidenses. Y cuando uno parte de una tasa de paro de casi el 10%, la aritmética de la creación de empleo -la cantidad de crecimiento que se necesita para volver a un panorama laboral aceptable- es desalentadora.

Ante todo, tenemos que crecer alrededor de un 2,5% al año solamente para seguir el ritmo del aumento de la productividad y de la población, y así evitar que el paro siga subiendo. Esa es la razón por la que el último año y medio ha sido técnicamente una recuperación, pero daba la impresión de ser una recesión: el PIB estaba creciendo, pero no lo bastante deprisa como para reducir el desempleo.

Una tasa de crecimiento superior al 2,5% reducirá el paro a medida que pase el tiempo. Pero las mejoras no son directamente proporcionales: por diversos motivos, históricamente han hecho falta unos dos puntos adicionales de crecimiento en el transcurso de un año para recortar un punto la citada tasa de paro.

Ahora, hagan las cuentas. Imaginen que la economía de EEUU creciese un 4% al año a partir de ahora y siguiese haciéndolo durante los próximos años. La mayoría de la gente lo consideraría un comportamiento excelente, incluso una expansión económica; sin duda, supera casi todos los pronósticos que he visto.

Pero los números dicen que, incluso con un crecimiento así, la tasa de paro rondaría el 9% a finales de este año y seguiría superando el 8% a finales de 2012. No alcanzaríamos algo parecido al pleno empleo hasta la última parte del primer mandato presidencial de Sarah Palin.

Hablando en serio, lo que tenemos por delante durante los próximos años, aun con un crecimiento bastante bueno, son unas tasas de desempleo que hace no mucho se habrían considerado catastróficas (porque lo son).

Tras esas frías estadísticas se oculta un inmenso panorama de sufrimiento y sueños rotos. Y los números dicen que el sufrimiento va a continuar hasta donde alcanza la vista.

¿Y qué se puede hacer para acelerar este proceso de curación excesivamente lento? Un sistema político racional habría creado hace mucho una versión para el siglo XXI de la Administración para la Mejora del Trabajo (pondríamos a los parados a trabajar haciendo aquello que hay que hacer: reparar y mejorar nuestras desgastadas infraestructuras).

Sin embargo, en el sistema político que tenemos, la senadora electa Kelly Ayotte, que pronunció el discurso republicano semanal el día de Año Nuevo, declaraba que “la primera tarea consiste en poner fin al derrochador gasto de Washington”... El sufrimiento no desaparecerá pronto (Paul Krugman - El País - 23/1/11 - © 2011 New York Times)

(Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de Economía 2008)

“Obama tendrá que dedicar su discurso de hoy sobre el Estado de la Unión a la economía, ¿pero a cuál? Los beneficios empresariales están en alza, pero los empleos y salarios siguen estancados.

Las personas con activos financieros o cuyo talento es tenido en cuenta por las grandes corporaciones están disfrutando de una fuerte recuperación. Mientras tanto, la mayoría de los estadounidenses se esfuerza por ir tirando.

Para que el público entienda lo que hay que hacer, el presidente tendrá que ser claro. Las empresas se benefician de las ventas de sus operaciones extranjeras, sobre todo en China e India.

De puertas adentro, suministran productos y servicios a los americanos ricos. Sin embargo, un factor importante de los beneficios se debe a la reducción de costes, en especial salariales. El resultado ha sido menos empleo y sueldos más bajos.

La Gran Recesión aceleró una tendencia que comenzó hacía tres décadas: deslocalización al extranjero, automatización del trabajo, conversión de empleos a jornada completa en temporales y contratas, debilitamiento de los sindicatos y obtención de reducciones de salarios y prestaciones de los trabajadores actuales. Internet y la informática lo han hecho más fácil.

La economía de EEUU es hoy el doble de lo que era en 1980 mientras que el salario medio real apenas se ha movido. La mayor parte de los beneficios del crecimiento ha ido a parar a los niveles altos. A finales de los 70, el 1 por ciento de los estadounidenses más ricos cobraba el 9 por ciento de los ingresos totales. A principios de la Gran Recesión, esa cifra sobrepasaba el 23 por ciento. La riqueza está más concentrada.

Ése es el meollo del problema. La mayoría de estadounidenses ya no tiene el poder de compra suficiente como para que la economía vuelva a andar. Cuando estalló la burbuja de la deuda, se quedaron encallados.

El presidente debería dejar que claro que las empresas no tienen la culpa, pues su objetivo es obtener beneficios. Ni tampoco es culpa de los ricos, que sólo han jugado según las reglas. El problema es que hay que cambiarlas.

Un futuro sin trabajo o con contratos basura para la mayoría de los estadounidenses es insostenible, también para las propias empresas del país, cuya rentabilidad a largo plazo depende del resurgimiento de la demanda nacional. Estén atentos a la corrección que se aproxima.

La solución es ofrecer al americano medio un trato económico mejor. Para empezar, tendría que proponer la ampliación del crédito fiscal sobre los ingresos a la clase media. Y hacer el sistema tributario más progresivo”...

Es fundamental que deje claro que no se trata de una redistribución, sino que estas medidas serán buenas para todos. A los estadounidenses ricos les irá mejor con una parte más pequeña de una economía en rápido crecimiento que con una mayor de otra profundamente estancada”. Lo que Obama debería decir (Robert Reich - El Economista - 25/1/11)

(Robert Reich. Secretario de Trabajo con Bill Clinton y canciller de Políticas Públicas en la Universidad de California, Berkeley)

“El corazón de todo gobierno se encuentra en el presupuesto. Los políticos pueden hacer promesas sin cesar, pero, si el presupuesto no cuadra, la política es poca cosa más que meras palabras...

Los Estados Unidos están ahora en ese apuro. En su reciente discurso sobre el estado de la Unión, el Presidente Barack Obama trazó un panorama convincente de gobierno moderno, del siglo XXI. Sus oponentes del Partido Republicano se quejaron de que las propuestas de Obama reventarían el presupuesto, pero la verdad es que los dos partidos están negándose a ver la realidad; sin más impuestos, una economía moderna, competitiva, de los EEUU no es posible.

El desempleo en los EEUU asciende ahora al 10 por ciento de la fuerza laboral, en parte porque en las economías en ascenso se están creando nuevos puestos de trabajo y muchos de los que ahora se están creando en los EEUU cuentan con salarios menores que en el pasado, dada la mayor competencia mundial. A no ser que los EEUU aumenten sus inversiones en educación, ciencia, tecnología e infraestructuras, esas tendencias perjudiciales continuarán.

Pero el mensaje de Obama indicaba un alejamiento de la realidad cuando se refirió al déficit presupuestario. Tras reconocer que las políticas fiscales recientes habían orientado a los EEUU por una trayectoria insostenible de aumento de la deuda pública, dijo que en el momento actual era esencial avanzar hacia el equilibrio presupuestario para conseguir la estabilidad fiscal. Así, pues, pidió una congelación durante cinco años de lo que el gobierno de los EEUU llama gasto civil “discrecional”.

El problema es que más de la mitad de dicho gasto va destinado a la educación, la ciencia y la tecnología y las infraestructuras: los sectores que, según acababa de sostener Obama, se debían reforzar. Después de decir a los americanos lo importante que es la inversión gubernamental para el crecimiento moderno, ¡prometió congelar ese gasto durante cinco años!

Los políticos cambian con frecuencia su mensaje de un discurso al siguiente, pero raras veces lo contradicen tan flagrantemente en el mismo discurso. Esa contradicción pone de relieve el triste y contraproducente carácter de las políticas presupuestarias de los EE.UU. a lo largo de los veinticinco últimos años y así será, con mucha probabilidad, en los próximos años…

La verdad de la política actual de los EEUU es sencilla. La política fundamental para los dirigentes de los dos partidos políticos es la de las reducciones de impuestos, en particular para los ricos. Los dos partidos políticos y la Casa Blanca prefieren reducir los impuestos a gastar más en educación, ciencia y tecnología e infraestructuras y la explicación es sencilla: las familias más ricas financian las campañas políticas. Así, pues, los dos partidos atienden sus deseos.

Las consecuencias económicas y sociales de una generación de reducciones de impuestos están claras. Los Estados Unidos están perdiendo su competitividad internacional, desatendiendo a sus pobres -uno de cada cinco niños americanos está atrapado en la pobreza- y dejando una montaña de deuda a sus jóvenes. Pese a la elevada retórica del Gobierno de Obama, en sus propuestas en materia de política fiscal no hay un intento de abordar esos problemas. Para hacerlo, es necesario pedir mayores impuestos y eso -como George H. W. Bush aprendió en 1992- no es un medio para ser reelegido”. El ingobernable presupuesto de los Estados Unidos (Jeffrey D. Sachs - Project Syndicate - 31/1/11)

(Jeffrey D. Sachs es profesor de Economía y director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia. Es también Asesor Especial del Secretario General de las Naciones Unidas sobre los objetivos de desarrollo del Milenio)

“La economía de burbuja de los años de Bush dejó a muchos estadounidenses con demasiada deuda; una vez que la burbuja estalló, los consumidores se vieron obligados a hacer recortes e, inevitablemente, arreglar sus finanzas iba a llevarles tiempo. Y la inversión empresarial también estaba abocada a decaer. ¿Por qué aumentar la capacidad cuando la demanda de los consumidores es débil y uno no está usando las fábricas y edificios de oficinas que tiene?

El único modo en que podríamos haber evitado una depresión prolongada habría sido aprovechar al máximo la capacidad de gasto gubernamental. Pero eso no sucedió. De hecho, el crecimiento del gasto público total se ralentizó después de que la recesión nos golpease, a medida que el débil estímulo federal se vio frenado por una oleada de recortes a escala estatal y local.

Así que hemos experimentado años de paro elevado y crecimiento insuficiente…

Por supuesto, los republicanos creen, o al menos fingen creer, que los efectos directos de destrucción de empleo de sus propuestas se verían más que compensados por un aumento de la confianza de las empresas. Como a mí me gusta expresarlo, creen que el hada de la confianza hará que todo se arregle.

Pero no hay motivos para que el resto de nosotros compartamos esa creencia. Para empezar, resulta difícil ver cómo un plan tan evidentemente irresponsable -¿desde cuándo privar de fondos a la Agencia Tributaria ayuda a reducir el déficit?- puede mejorar la confianza.

Aparte de eso, tenemos muchas pruebas procedentes de otros países acerca de las perspectivas de la “austeridad expansiva”, y dichas pruebas son todas negativas. El pasado octubre, un exhaustivo estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI) llegaba a la conclusión de que “la idea de que la austeridad fiscal estimula la actividad económica a corto plazo tiene poca base en los datos”.

¿Y recuerdan los magníficos elogios dedicados al Gobierno conservador de Reino Unido, el cual anunció unas durísimas medidas de austeridad tras asumir el cargo el pasado mayo? ¿Cómo va eso? Bueno, de hecho, la confianza de las empresas no aumentó cuando se anunció el plan; se hundió y todavía tiene que recuperarse. Y sondeos recientes señalan que la confianza de empresas y consumidores ha descendido todavía más, lo que indica, como se señala en un informe, que el sector privado “no está preparado para llenar el hueco dejado por los recortes del sector público”.

Lo que nos devuelve al debate presupuestario en Estados Unidos. Durante las próximas semanas, los republicanos de la Cámara tratarán de chantajear a la Administración de Obama para que acepte los recortes del gasto propuestos por ellos, empleando la amenaza de un bloqueo gubernamental. Afirmarán que esos recortes serían buenos para Estados Unidos tanto a corto como a largo plazo.

Pero lo cierto es justamente lo contrario: los republicanos han conseguido presentar unos recortes del gasto que cumplirían una doble función: socavar el futuro de Estados Unidos y amenazar con malograr la incipiente recuperación económica”. Cómo destruir una recuperación (Paul Krugman - El País - 6/3/11 - © 2011 New York Times)

“La economía global está en una encrucijada a medida que los mercados emergentes (y de modo más amplio los países en desarrollo) cobran cada vez más importancia, tanto para la estabilidad macroeconómica y financiera como por su impacto sobre otras economías, incluidos los países avanzados.

Consideremos por ejemplo lo que ha sucedido en los últimos 20 años en los Estados Unidos. En algunas partes del sector comercializable (las finanzas, los seguros y el diseño de sistemas de cómputo) el valor agregado y el empleo crecieron, mientras que en otras (la electrónica y los automóviles) creció el valor agregado pero el empleo disminuyó a medida que los puestos de menor valor agregado salieron al extranjero. El efecto neto fue un aumento insignificante del crecimiento en el sector comercializable.

La economía estadounidense no tenía un problema notorio de desempleo hasta la crisis de 2008 porque el sector no comercializable absorbía la mayor parte de la expansión de la fuerza laboral. Ahora ese ritmo de crecimiento del empleo parece insostenible. El gobierno y la atención a la salud por sí solos representaron casi el 40% del aumento neto del empleo en toda la economía desde 1990 hasta 2008. La debilidad fiscal, el reajuste del valor de los bienes inmobiliarios y la disminución del consumo indican que existe la probabilidad de un desempleo estructural de largo plazo.

Una respuesta posible es afirmar que los resultados de los mercados siempre favorecen a todos a la larga. Pero ni la teoría ni la experiencia apoyan ese argumento. Por ejemplo, en los Estados Unidos si bien muchos bienes y servicios son más baratos de lo que serían si el país estuviera aislado de la economía global, no podemos dar por sentado que estos ahorros en los costos necesariamente compensen la reducción de las oportunidades de empleo. La gente podría estar dispuesta a sacrificar los precios bajos de las mercancías a cambio de la garantía de que habría amplias opciones de empleos productivos y bien remunerados ahora y en el futuro.

Una segunda respuesta es reconocer las implicaciones en términos de la distribución, pero aceptarlas como el precio de la eficiencia y la apertura. Según este punto de vista, la alternativa -no tener un sistema de mercado eficiente que opere en una economía global relativamente abierta- sería mucho peor.

Probablemente sí haya que elegir entre los niveles de ingreso y la distribución por un lado y la gama de oportunidades de empleo por el otro. No es realista definir el reto en términos de resistir o de vencer a las poderosas fuerzas de mercado que operan en la economía global. Más bien, el desafío radica en cómo reorientar de la mejor manera los incentivos marginales para mejorar los efectos en la distribución.

Hay varias dimensiones en las que se puede actuar. Por el lado de la oferta, el Estado puede invertir o hacer inversiones conjuntas con el sector privado en capital físico (infraestructura), instituciones, capital humano y los soportes de conocimientos y tecnológicos de la economía. Estas inversiones generalmente tienen el efecto (tanto en países avanzados como en países en desarrollo) de elevar los rendimientos de la inversión privada, con lo que ésta se expande en magnitud y alcance e impulsa el empleo. Reformar el sistema impositivo para favorecer la inversión y eliminar la complejidad y la ineficiencia ayudaría…

Dicho eso, los incentivos privados y los objetivos sociales no están perfectamente alineados. Tampoco son diametralmente opuestos. Las empresas multinacionales tienen acceso a una abundante oferta global de mano de obra relativamente barata en múltiples categorías de capacitación, por lo que no hay muchos beneficios para las inversiones que aumentan la productividad de la mano de obra en los sectores comercializables de los países de ingresos altos. No obstante, las coinversiones del sector público, si se orientan de manera adecuada, podrían reorientar estos incentivos mediante la disminución del costo de la inversión privada en tecnología.

De forma análoga, las inversiones en infraestructura añadirían empleos directamente y mejorarían la competitividad y la eficiencia en una amplia gama de sectores. Dada la difícil situación fiscal actual, también se deberían explorar las operaciones conjuntas entre el sector público y el privado, aprovechando la larga experiencia que existe sobre inversiones en infraestructura para apoyar el crecimiento en los países en desarrollo.

Restablecer los elementos de la competitividad en las manufacturas es complicado. Una vez que se han perdido la mano de obra calificada, los programas de capacitación y las instituciones técnicas en industrias específicas, es difícil recuperarlas. La política de largo plazo debería incluir una evaluación dinámica de la fuerza competitiva y el potencial de empleo en todos los sectores y a todos los niveles de capital humano, con el objetivo de promover resultados de mercado que cumplan objetivos sociales…

Para que un sistema global abierto sobreviva en un mundo en el que los Estados nación son los principales encargados de la toma de decisiones, será necesario administrarlo y guiarlo no sólo para que logre la eficiencia y la estabilidad (por importantes que sean estos objetivos), sino también para que garantice que sus beneficios se distribuyan de manera equitativa entre los países y dentro de ellos.

Si el empleo en los países avanzados, como los Estados Unidos, logra una recuperación firme junto con el crecimiento, será más fácil obtener apoyo político para una economía global abierta. Pero, en vista de las tendencias adversas en el sector comercializable y del agotamiento del sector no comercializable como fuente de creación de empleos, el escenario más probable es que el desempleo siga siendo pertinazmente elevado a pesar de un regreso al crecimiento normal. En ese caso, las posturas políticas se dividirán y se polarizarán y aumentará la inclinación por las “soluciones” proteccionistas, lo que pondrá en peligro la apertura económica global”... Empleos y estructura en la economía global (Michael Spence and Sandile Hlatshwayo - Project Syndicate -


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