I observaciones preliminares



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Puede decirse que la angustia que entra en la formación de estas fobias es miedo a la castración. Esta afirmación no contradice la teoría de que la angustia surgió de la represión de la libido homosexual. En ambas afirmaciones aludimos al mismo proceso, en el que el yo retrae de las tendencias optativas homosexuales un montante de libido, que queda convertido en angustia flotante y es enlazado luego a las fobias. Sólo que en la primera afirmación figura también el motivo que impulsa al yo.

 

Una reflexión más detenida nos descubre que esta primera enfermedad de nuestro paciente (dejando aparte la anorexia) no se limita a la fobia, sino que ha de ser considerada como una verdadera histeria, a la que, además de los síntomas de angustia, corresponden fenómenos de conversión. Una parte de la tendencia homosexual es conservada en el órgano correspondiente, y el intestino se conduce a partir de este momento, e igualmente en la época ulterior, como un órgano histérico. La homosexualidad, inconsciente y reprimida, se ha refugiado en el intestino. Precisamente esta parte de histeria nos presta luego, en la solución de la enfermedad ulterior, los mejores servicios.



 

No ha de faltarnos tampoco decisión para atacar las circunstancias, más complicadas aún, de la neurosis obsesiva. Revisemos una vez más la situación: Tenemos una corriente sexual masoquista predominante, otra reprimida homosexual y un yo, dominado por la repulsa histérica. ¿Cuáles son los procesos que transforman este estado en el de la neurosis obsesiva?

La transformación no sucede espontáneamente, por evolución interna, sino que es provocada por una influencia externa. Su resultado visible es que la relación con el padre, la cual había hallado hasta entonces una exteriorización en la fobia al lobo, se manifiesta ahora en una devoción obsesiva. No podemos dejar de consignar que el proceso que se desarrolla en este paciente nos procura una inequívoca confirmación de una de las hipótesis incluidas en el Totem y tabú sobre la relación del animal totémico con la divinidad. Afirmamos entonces que la representación de la divinidad no constituía un desarrollo del totem, sino que surgía independientemente de él y para sustituirlo de la raíz común a ambos. El totem sería la primera sustitución del padre, y el dios, a su vez, una sustitución posterior, en la que el padre volvía a encontrar su figura humana. Así lo hallamos también en nuestro paciente. Atraviesa en la fobia al lobo el estadio de la sustitución totémica del padre, que luego se interrumpe, y es sustituido, a consecuencia de nuevas relaciones entre el sujeto y el padre, por una fase de fervor religioso.

 

La influencia que provoca este cambio es la iniciación del sujeto en las doctrinas de la religión y en la Historia Sagrada, iniciación que alcanza los resultados educativos deseados. La organización sexual sádico-masoquista es llevada paulatinamente a un fin; la fobia al lobo desaparece rápidamente, y en lugar de la repulsa temerosa de la sexualidad surge una forma más elevada del sojuzgamiento de la misma. El fervor religioso llega a ser el poder dominante en la vida del niño. Pero estas superaciones no son conseguidas sin lucha, la cual se exterioriza en las ideas blasfemas y provoca una exageración obsesiva del ceremonial religioso.



 

Prescindiendo de estos fenómenos patológicos, podemos decir que la religión ha cumplido en este caso cuanto le corresponde en la educación del individuo. Ha domado las tendencias sexuales del sujeto, procurándoles una sublimación y una localización firmísima; ha desvalorizado sus relaciones familiares, y ha puesto fin con ello a un aislamiento peligroso, abriéndole el camino hacia la gran colectividad humana. El niño, salvaje antes y atemorizado, se hizo así sociable, educable y moral.

 

El motor principal de la influencia religiosa fue la identificación con la figura de Cristo, facilitada por el azar de su nacimiento en el día de Nochebuena. El amor a su padre, cuya exageración había hecho necesaria la represión, encontró aquí, por fin, una salida en una sublimación ideal. Siendo Cristo, podía el sujeto amar a su padre, que era, por tanto, Dios, con un fervor que, tratándose del padre terrenal, no hubiera encontrado descargo posible. Los caminos por los cuales el sujeto podía testimoniar dicho amor le eran indicados por la religión y no se adhería a ellos la consciencia de culpabilidad, inseparables de las tendencias eróticas individuales. Si la corriente sexual más profunda, precipitada ya como homosexualidad inconsciente, podía aún ser depurada, la tendencia masoquista, más superficial, encontró sin grandes renunciamientos una sublimación, incomparable en la historia de la pasión de Cristo, que para honrar y obedecer a su divino Padre se había dejado martirizar y sacrificar. La religión cumplió así su obra en el pequeño descarriado mediante una mezcla de satisfacción, sublimación y apartamiento de lo sexual por medio de procesos puramente espirituales y facilitándole, como a todo creyente, una relación con la colectividad social.



 

La resistencia inicial del sujeto contra la religión tuvo tres distintos puntos de partida. En primer lugar, conocemos ya por otros ejemplos su característica resistencia a toda novedad. Defendía siempre toda la posición de su libido, impulsado por el miedo de la pérdida que había de traer consigo su abandono, y desconfiando de la posibilidad de hallar una compensación en la nueva. Es ésta una importante peculiaridad psicológica fundamental, de la que he tratado en mis Tres ensayos para una teoría sexual, calificándola de capacidad de fijación. Jung ha querido hacer de ella, bajo el nombre de «inercia» psíquica, la causa principal de todos los fracasos de los neuróticos. Equivocadamente, a mi juicio, pues va mucho más allá, y desempeña también un papel principalísimo en la vida de los sujetos no neuróticos. La movilidad o la adhesividad de las cargas de energía, libidinosas o de otro género, son caracteres propios de muchos normales y ni siquiera de todos los neuróticos. Hasta ahora no han sido relacionados con otros, siendo así como números primos, sólo por si mismos divisibles. Sabemos tan sólo que la movilidad de las cargas psíquicas disminuye singularmente con la edad del sujeto, procurándonos así una indicación sobre los límites de la influencia psicoanalítica. Pero hay personas en las cuales esta plasticidad psíquica traspasa los límites de edad, y en cambio otras que la pierden en edad muy temprana. Tratándose de neuróticos, hacemos el ingrato descubrimiento de que, dadas las condiciones aparentemente iguales, no es posible lograr en unos modificaciones que en otros hemos conseguido fácilmente. De modo tal que al considerar la conversión de energía psíquica debemos hacer uso del concepto de `eutropía' con no menor razón que con la energía física, lo que se opone a la pérdida de lo que ya ha ocurrido.



 

Un segundo punto de ataque le fue procurado por el hecho de que las mismas doctrinas religiosas no tienen como base una relación unívoca con respecto a Dios Padre, sino que se desarrollan bajo el signo de la ambivalencia que presidió su génesis. El sujeto advirtió pronto esta ambivalencia, descubriendo en el que le ayudó mucho la suya propia, tan desarrollada, y enlazó a ella aquellas penetrantes críticas, que tanto nos maravilló hallar en un niño de cinco años. Pero el factor más importante fue desde luego un tercero, a cuya acción hubimos de atribuir los resultados patológicos de su pugna contra la religión. La corriente que le impulsaba hacia el hombre, y que había de ser sublimada por la religión, no estaba ya libre, sino acaparada en parte por la represión, y con ello sustraída a la sublimación y ligada a su primitivo fin sexual. Merced a esta conexión la parte reprimida tendía a abrirse camino hacia la parte sublimada o a relajarla hasta sí. Las primeras cavilaciones, relativas a la personalidad de Cristo, contenían ya la pregunta de si aquel hijo sublime podía también satisfacer la relación sexual con el padre tal y como la misma se conservaba en lo inconsciente del sujeto. La repulsa de esta tendencia no tuvo otro resultado que el de hacer surgir ideas obsesivas, aparentemente blasfemas, en las cuales se imponía el amor físico a Dios bajo la forma de una tendencia o rebajar su personalidad divina. Una violenta pugna defensiva contra estos productos de transacción hubo de llevar luego al sujeto a una exageración obsesiva de todas aquellas actividades, en las cuales había de encontrar la devoción, el amor puro a Dios: un exutorio trazado de antemano. Por último, triunfó la religión; pero su base instintiva se demostró incomparablemente más fuerte que la adhesividad de sus sublimaciones, pues en cuanto la vida procuró al sujeto una nueva sustitución del padre, cuya influencia se orientó en contra de la religión, fue ésta abandonada y sustituida por otra cosa. Recordemos aún la interesantísima circunstancia de que el fervor religioso surgiera bajo la influencia de las mujeres (la madre y la niñera) y fuera, en cambio, una influencia masculina la que liberase de él al sujeto.



 

La génesis de la neurosis obsesiva, sobre la base de la organización sexual sádico-anal confirma por completo lo que en otro lugar hemos expuesto (sobre la disposición a la neurosis obsesiva). Pero la preexistencia de una intensa histeria hace menos transparente en este aspecto nuestro caso. Cerraremos la revisión de la evolución sexual de nuestro paciente arrojando alguna luz sobre las transformaciones ulteriores de la misma. Con la pubertad surgió en él la corriente normal masculina, intensamente sexual y con el fin sexual correspondiente a la organización genital; corriente cuyos destinos hubieron de regir ya su vida hasta su posterior enfermedad. Esta corriente se enlazó directamente a la escena con Gruscha, tomó de ella el carácter de un enamoramiento obsesivo y tuvo que luchar con las inhibiciones, emanadas de los residuos de las neurosis infantiles. El sujeto conquistó, por fin, la plena masculinidad con una violenta irrupción hacia la mujer. En adelante conservó este objeto sexual; pero su posesión no le regocijaba, pues una intensa inclinación hacia el hombre, absolutamente inconsciente ahora, y que reunía en sí todas las energías de las fases anteriores, le apartaba de continuo del objeto femenino y le obligaba a exagerar en los intervalos su dependencia de la mujer. Durante el tratamiento se lamentó de que no podía resistir a las mujeres, y toda nuestra labor tendió a descubrir su relación inconsciente con el hombre. Su infancia se había caracterizado por la oscilación entre la actividad y la pasividad; su pubertad, por la dura conquista de la masculinidad, y el período de su enfermedad, por la conquista del objeto de la corriente masculina. La causa precipitante de su enfermedad no cuenta entre los «tipos de enfermedad neurótica» que hemos podido reunir como casos especiales de la «frustración» [*], y nos advierte así la existencia de una laguna en dicha serie. El sujeto enfermó cuando una afección orgánica genital activó su miedo a la castración, hirió su narcisismo y le obligó a perder su confianza en una predilección personal del Destino.


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