I observaciones preliminares



Descargar 254.5 Kb.
Página4/6
Fecha de conversión10.12.2017
Tamaño254.5 Kb.
Vistas236
Descargas0
1   2   3   4   5   6

VIII

Complementos de la época primordial y solución.

 

Sucede en muchos análisis que al acercarnos a su término surge de pronto nuevo material mnémico cuidadosamente ocultado hasta entonces. O también que el sujeto lanza con acento indiferente una observación aparentemente nimia a la que luego se agrega algo que despierta ya la atención del médico hasta hacerle reconocer en aquel insignificante fragmento de recuerdo la clave de los enigmas más importantes integrados en la neurosis del enfermo.



En los comienzos del análisis había relatado mi paciente un recuerdo procedente de la época en que sus accesos de cólera terminaban en ataques de angustia. Dicho recuerdo era el de haber perseguido un día a una mariposa de grandes alas con rayas amarillas y terminadas en unos salientes puntiagudos, hasta que, de repente, al verla posada en una flor, le había invadido un miedo terrible a aquel animalito y había huido de él llorando y gritando.

 

Este recuerdo volvió a surgir repetidamente en el análisis, demandando una explicación que en mucho tiempo no obtuvo. Habíamos de suponer de antemano que un tal detalle no había sido conservado por sí mismo en la memoria, sino que representaba, en calidad de recuerdo encubridor, algo más importante con lo cual se hallaba enlazado en algún modo. El paciente explicó un día que en su idioma la palabra mariposa -babuschka- quería decir también «madrecita», y que, en general, había visto siempre en las mariposas mujeres y muchachas y en los insectos y las orugas muchachos. Así, pues, en aquella escena de miedo debía de haber despertado el recuerdo de una mujer. Por mi parte, propuse la posibilidad de que las rayas amarillas de las alas de la mariposa le hubieran recordado el traje de una mujer determinada, solución totalmente errónea, como luego se verá, pero que no quiero silenciar, para demostrar con un ejemplo cuán poco contribuye en general la iniciativa del médico a la solución de los problemas planteados, siendo así totalmente injusto hacer responsable a su fantasía y a la sugestión por él ejercida sobre el paciente de los resultados del análisis.



 

A propósito de algo absolutamente distinto y muchos meses después, observó el paciente que lo que le había inspirado miedo había sido el movimiento de la mariposa abriendo y cerrando las alas cuando estaba posada en la flor. Tal movimiento habría sido como el de una mujer al abrirse de piernas formando con ellas la figura de una V, o sea la de un cinco en números romanos, alusión a la hora en que desde sus años infantiles y todavía en la actualidad solía acometerle un acceso de depresión.

 

Era ésta una ocurrencia en la que jamás hubiera yo caído y tanto más valiosa cuanto que el proceso de asociación en ella integrado presentaba un carácter absolutamente infantil. He observado, en efecto, con frecuencia, que la atención de los niños es más fácilmente captada por el movimiento que por las formas en reposo, y que los sujetos infantiles basan con gran frecuencia en tales movimientos asociaciones que nosotros los adultos no establecemos.



Durante algún tiempo no volvió a surgir alusión ninguna a este pequeño problema. Haremos constar tan sólo la hipótesis de que los salientes puntiagudos de las alas de la mariposa pudieran haber tenido la significación de símbolos genitales.

 

Al cabo de algún tiempo surgió en el sujeto una especie de recuerdo, tímido e impreciso, de que antes de la chacha debía de haber habido en la casa otra niñera, que le quería mucho y cuyo nombre coincidía con el de su madre. Seguramente, el niño correspondió a su cariño, tratándose así de un primer amor perdido. No tardamos en sospechar de consuno que a la persona de aquella primera niñera debía de enlazarse algo que más tarde había adquirido considerable importancia.



 

Posteriormente rectificó el sujeto este recuerdo. Aquella niñera no podía haberse llamado como su madre, pero el hecho de haberlo creído así erróneamente probaba que en su memoria la había fundido con ella. Su verdadero nombre había surgido ahora en su memoria por un camino indirecto. Había recordado de pronto una habitación del piso alto de la primera finca, en la cual se almacenaba la fruta recogida, y entre ella una cierta clase de peras de excelente sabor, muy grandes y con rayas amarillas en la cáscara. En su idioma, la palabra correspondiente a «pera» es gruscha, y Gruscha era también el nombre de aquella niñera.

 

Quedaba así claramente demostrado que detrás del recuerdo encubridor de la mariposa perseguida se escondía el de la niñera. Pero las rayas amarillas no pertenecían a su vestido, sino a la cáscara de la pera que llevaba su mismo nombre. Ahora bien: ¿de dónde podía proceder el miedo aparecido al ser activado su recuerdo? La hipótesis más próxima habría sido la de que el niño habría observado en ella por vez primera el movimiento de las piernas que había descrito refiriéndolo a la V, signo del número cinco en la escritura romana, movimiento que hace accesibles los genitales. Mas, por nuestra parte, preferimos ahorrarnos esta hipótesis y esperar la aparición de nuevo material.



 

No tardó, efectivamente, en surgir el recuerdo de una escena, harto incompleto, pero muy preciso. Gruscha estaba arrodillada en el suelo, teniendo a su lado un cubo lleno de agua y una escobilla de sarmientos, y se burlaba del niño o le reprendía.

Los datos obtenidos en el curso del análisis nos permitieron cegar las lagunas que este recuerdo presentaba. Al principio del tratamiento, el sujeto me había hablado de uno de sus enamoramientos obsesivos, cuyo objeto había sido aquella misma muchacha campesina que a sus dieciocho años le había contagiado la enfermedad en la cual habríamos de ver la causa incidental de su neurosis posterior. En este primer período del análisis se había resistido singularmente a comunicar el nombre de aquella mujer, resistencia tanto más de extrañar cuanto que se presentaba aislada, pues el sujeto se mostraba generalmente dócil a los preceptos analíticos fundamentales. Pero en cuanto a este detalle, se limitaba a afirmar que le avergonzaba comunicar dicho nombre, por ser tan exclusivamente propio de las clases bajas, que ninguna muchacha distinguida se llamaba así. Tal nombre, que acabé por averiguar, era el de Matrona. Tenía, pues, un sentido maternal. La vergüenza que su evocación causaba al sujeto estaba claramente fuera de lugar. El hecho mismo de que sus enamoramientos tuviesen siempre como objetivo muchachas de las clases más bajas no le avergonzaba, y sí tan sólo aquel nombre. Si la aventura con Matrona integraba algún elemento común con la escena en la que Gruscha aparecía fregando, la vergüenza del sujeto podía referirse a este otro suceso anterior.

 

En otra ocasión había dicho el paciente que la historia de Juan Huss le había impresionado mucho, quedando fija especialmente su atención en los haces de sarmientos que el pueblo añadía a la pira en la que había de ser quemado. Ahora bien: la simpatía hacia Huss despierta en nosotros una determinada sospecha, pues la hemos hallado con frecuencia en pacientes juveniles y siempre hemos descubierto para ella idéntica explicación. Uno de tales pacientes había incluso compuesto un drama, cuyo argumento era la vida y muerte de Juan Huss, habiéndolo empezado a escribir el mismo día que le había arrebatado la mujer a la que amaba en secreto. La muerte en la hoguera hace de Huss, como de otros que sufrieron igual suplicio, un héroe preferido de aquellos sujetos que padecieron de neurosis en su infancia. Nuestro paciente enlazaba los haces de sarmiento de la hoguera de Huss con la escobilla que utilizaba la niñera para fregar.



 

Todo este material permitió cegar fácilmente las lagunas que presentaba el recuerdo de la escena con Gruscha. Al ver a la muchacha fregando el suelo, el sujeto se había puesto a orinar ante ella, que le dirigió entonces, seguramente en broma, una amenaza de castración.

No sé si los lectores habrán adivinado ya el motivo que me ha impulsado a exponer tan detalladamente este episodio infantil. Establece, en efecto, un enlace importantísimo entre la escena primaria y la posterior obsesión erótica que tan decisiva llegó a ser para los destinos del sujeto, introduciendo, además, una condición erótica que explica dicha obsesión.

 

Al ver a la muchacha fregando en el suelo arrodillada y en una posición que hacía resaltar sus nalgas volvió a encontrar en ella la postura adoptada por su madre en la escena del coito. De este modo, la muchacha pasó a ser su madre, y la activación de aquella imagen pretérita despertó en él una excitación sexual que le llevó a conducirse con la criada como en la escena primaria el padre, cuya actividad no podía el niño haber comprendido por entonces más que como una micción. Su acto de orinar en el suelo fue, pues, realmente una tentativa de seducción, y la muchacha respondió a él con una amenaza de castración, como si lo hubiera comprendido así.



 

La obsesión emanada de la escena primaria se transfirió a esta escena con Gruscha y siguió actuando merced al nuevo impulso en ella recibido. Pero la condición erótica experimentó una modificación que testimonia la influencia de la segunda escena, pues quedó transferida desde la postura de la mujer a su actividad en la misma. Esta modificación se nos hace evidente, por ejemplo, en el incidente con Matrona. El sujeto paseaba por el pueblo perteneciente a la finca (a la segunda) y vio a la orilla de un estanque una muchacha campesina que lavaba arrodillada en una piedra, enamorándose inmediatamente de ella con violencia incoercible, aunque ni siquiera había podido verle aún la cara. Su postura y su actividad la habían hecho ocupar el lugar de Gruscha. Comprendemos ahora cómo la vergüenza, concomitante al contenido de la escena con Gruscha, pudo luego enlazarse al nombre de Matrona.

 

Otro acceso de enamoramiento, sufrido por el sujeto en años anteriores, muestra con mayor claridad aún la influencia coercitiva de la escena con Gruscha. Una joven campesina que servía en la casa había despertado su agrado desde tiempo atrás; pero el sujeto había logrado siempre dominarse, hasta que un día se sintió profundamente enamorado al verla fregando el suelo, con el cubo de agua y la escoba a su lado, como aquella otra muchacha de su infancia.



Hasta su misma definitiva elección de objeto, tan importante para su vida ulterior, se demuestra, por ciertas circunstancias íntimas que nos es imposible detallar aquí, dependiente de la misma condición erótica; esto es, como una ramificación de la obsesión que dominaba su elección amorosa, partiendo de la escena primaria y a través de la escena con Gruscha. Ya hemos observado en otro lugar la tendencia de nuestro paciente a rebajar a sus objetos amorosos y hemos visto en ella una reacción contra el agobio de la superioridad de su hermana. Pero también prometimos por entonces demostrar que tal motivo no había sido el único determinante, sino que encubría una determinación más profunda por motivos puramente eróticos. El recuerdo de la niñera fregando el suelo, y rebajada así, por lo menos en cuanto a la postura, nos descubrió tal motivación. Todos los objetos eróticos posteriores fueron sustituciones de éste, del cual la casualidad había hecho a su vez una primera sustitución de la madre. La primera ocurrencia del paciente ante el problema del miedo a la mariposa se nos revela a posteriori como una lejana alusión a la escena primordial (la hora de las cinco). La relación de la escena de Gruscha con la amenaza de castración quedó confirmada por un sueño singularmente significativo, cuya interpretación halló el mismo paciente. Dijo, en efecto: «He soñado que un hombre arrancaba las alas a una `Espe'. «¿A una `Espe'? -le pregunté-. ¿Qué quiere decir usted con esto?» «Sí; a ese insecto que tiene el cuerpo a rayas amarillas, y cuyos aguijonazos son muy dolorosos.» Tiene que ser una alusión a Gruscha, a la `wespe' (avispa) con rayas amarillas. «A una `wespe' (avispa) querrá usted decir.» «¡Ah! ¿Se llama `wespe' (avispa)? Creía que el nombre era simplemente `Espe'.» (El sujeto aprovechaba, como otros muchos, su desconocimiento de mi idioma para encubrir sus actos sintomáticos.) Pero entonces ese `Espe' soy yo: S. P. [*] (sus iniciales). La `Espe' es naturalmente una avispa mutilada, y el sueño manifiesta así claramente que el sujeto se venga de Gruscha por su amenaza de castración.

 

El acto realizado por el niño de dos años y medio en la escena con Gruscha es el primer efecto visible de la escena primordial; nos presenta al sujeto como una reproducción de su padre y nos descubre una tendencia evolutiva, orientada en aquella dirección, que más adelante habrá de merecer la calificación de masculina. Pero la seducción le reduce a una pasividad, preparada ya de todos modos por su conducta como espectador del comercio sexual entre sus padres.



En este período del tratamiento experimentamos la impresión de que la solución de la escena con Gruscha, esto es, de la primera vivencia que el sujeto podía recordar y había recordado sin que yo lo esperase ni le ayudara a ello marcaba el término favorable de la cura, pues a partir de tal momento desapareció toda resistencia, y nuestra tarea quedó reducida a reunir datos y ajustarlos. La antigua teoría traumática, basada en impresiones de la terapia psicoanalítica, volvía de pronto a demostrarse valedera.

 

Por puro interés crítico intenté todavía imponer al paciente una vez más una interpretación distinta y más admisible de su historia. Según ella, no se podía dudar de la realidad de la escena con Gruscha; pero tal escena no supondría nada por sí misma y habría sido identificada ex post facto por regresión por los sucesos de su elección de objeto, la cual se habría transferido desde su hermana a las criadas por el influjo de su tendencia a rebajar al objeto erótico. En cambio, la observación del coito habría sido tan sólo una fantasía construida en años ulteriores y cuyo nódulo histórico había sido el hecho de haber presenciado como una irrigación o incluso el de haber sido él mismo objeto de ella. Algunos de mis lectores opinarán probablemente que sólo con esta hipótesis llegué a aproximarme en realidad a la comprensión del caso. Pero el paciente me miró atónito y con cierto desprecio al exponerle yo tal interpretación y no volvió a reaccionar a ella. Por mi parte, ya he expuesto en páginas anteriores mis propios argumentos contra una tal racionalización.



 

Ahora bien: la escena con Gruscha no contiene tan sólo las condiciones decisivas de la elección de objeto del paciente, preservándonos así del error de conceder un valor excesivo a la significación de la tendencia a rebajar a la mujer. Integra también una justificación de mi conducta anterior al resistirme a ver la única solución posible en una referencia de la escena primordial a la observación de un coito animal realizada por el sujeto poco antes de su sueño.

La escena con Gruscha había emergido espontáneamente en la memoria del paciente, sin intervención alguna por mi parte. El miedo ante la mariposa amarilla, que a ella hemos referido, demostró que había tenido un importante contenido o, por lo menos, que había sido posible adscribir a posteriori a su contenido una tal importancia. Tal contenido importante faltaba en la reminiscencia del sujeto; pero pudo ser descubierto e integrado en ella, completándola mediante las asociaciones que a ella enlazó el paciente y las conclusiones que de las mismas dedujimos. Resultó entonces que el miedo a la mariposa era totalmente análogo al miedo al lobo, tratándose en ambos casos de miedo a la castración, referido primero a la persona que había sido la primera en proferir la amenaza correspondiente y transferido luego a aquella otra a la cual había de enlazarse conforme al prototipo filogénico. La escena con Gruscha se había desarrollado teniendo el sujeto dos años y medio, y, en cambio, aquella otra en la que había sentido miedo de la mariposa amarilla era seguramente posterior al sueño de angustia. No era difícil comprender que el reconocimiento posterior de la posibilidad de la castración había desarrollado a posteriori la angustia, tomándola de la escena con Gruscha; pero esta escena misma no contenía nada repulsivo ni inverosímil, sino tan sólo detalles triviales de los que no había por qué dudar. Nada nos invitaba, pues, a reducirla a una fantasía del niño, ni tampoco parece posible hacerlo.

 

Surge ahora la cuestión de si en el acto de orinar llevado a cabo por el niño ante la muchacha que fregaba el suelo arrodillada podemos ver una prueba de excitación sexual. Tal excitación testimoniaría entonces de la influencia de una impresión anterior que podía ser tanto la realidad de la escena primordial como una observación de un coito animal realizado antes de los dos años y medio. ¿O acaso la situación descrita era absolutamente inocente y por completo casual la micción del niño, habiendo sido ulteriormente sexualizada la escena en su memoria después de haber reconocido como muy importantes otras situaciones análogas?



 

Sobre este punto no me atrevo a sentar conclusión ninguna. He de hacer constar que considero ya un alto merecimiento del psicoanálisis haber podido llegar a plantear semejantes interrogaciones. Pero no puedo negar que la escena con Gruscha, el papel que a la misma correspondió en el análisis y los efectos que de ella emanaron sobre la vida del sujeto sólo quedan satisfactoriamente explicados admitiendo la realidad de la escena primordial, que, a otros efectos, no importan tanto considerar como una fantasía.

 

Además tal escena no integra en el fondo nada imposible, y la hipótesis de su realidad es perfectamente conciliable con la influencia estimulante de las observaciones hechas en los animales, a los cuales aluden los perros de ganado aparentes en el sueño.



De esta conclusión poco satisfactoria pasaremos a otra cuestión que ya examinamos en nuestras Lecciones introductorias al psicoanálisis. Quisiéramos saber si la escena primaria fue una fantasía o una vivencia real; pero el ejemplo de otros casos análogos nos muestra que, en último término, no es nada importante tal decisión. Las escenas de observación del coito entre los padres, de seducción en la infancia y de amenazas de castración son, indudablemente, un patrimonio heredado, una herencia filogénica, pero pueden constituir también una propiedad adquirida por vivencia personal. En nuestro caso, la seducción del paciente por su hermana mayor era una realidad indiscutible. ¿Por qué no había de serlo también la observación del coito entre sus padres?

 

Vemos, pues, en la historia primordial de la neurosis que el niño recurre a esta vivencia filogénica cuando su propia vivencia personal no resulta suficiente. Llena las lagunas de la verdad individual con la verdad prehistórica y sustituye su propia experiencia por la de sus antepasados. En el reconocimiento de esta herencia filogénica estoy de perfecto acuerdo con Jung (Psicología de los procesos inconscientes, 1917; obra que no pudo ya influir en absoluto sobre mis Lecciones introductorias al psicoanálisis); pero creo erróneo, desde el punto de vista del método, recurrir a la filogenia antes de haber agotado las posibilidades de la ontogenia. No veo por qué se quiere negar a la prehistoria infantil una significación que se concede gustosamente a la ascendencia del sujeto. Es indudable que los motivos y los productos filogénicos precisan por sí mismos de una explicación que la infancia individual puede suministrarlos en toda una serie de casos. Por último, no me asombra que la conversación de las mismas condiciones haga renacer orgánicamente en el individuo lo que dichas condiciones crearon en épocas anteriores y se ha transmitido luego hereditariamente como disposición a su nueva adquisición.



 

 

En el intervalo entre la escena primaria y la seducción (entre el año y medio y los tres años y tres meses) hemos de interpolar aún al jornalero mudo que fue para el sujeto una sustitución del padre, como Gruscha una sustitución de la madre. Creo injustificado hablar aquí de una tendencia al rebajamiento, aunque hallamos representados a los dos elementos de la pareja parental por personas sirvientes. El niño se sobrepone a las diferencias sociales, que aún significan muy poco para él, y sitúa en el mismo plano que a sus padres a aquellas personas de inferior condición que también le demuestran cariño. Tampoco interviene para nada esta tendencia en lo que se refiere a la sustitución de los padres por animales, pues el niño no tiene aún por qué sentir la inferioridad de los mismos.



 

A la misma época pertenece también un oscuro indicio de una fase en la que el sujeto no quería comer más que golosinas, hasta el punto que se llegó a temer por su salud. Le contaron entonces la historia de un tío suyo que se había negado asimismo a comer y había muerto muy joven de pura debilidad, y le revelaron igualmente que a los tres meses de edad había estado él tan enfermo (¿de una pulmonía?), que ya le habían hecho una mortaja. De este modo consiguieron asustarle hasta que volvió a consentir en comer; y en años posteriores a su infancia llegó incluso a exagerar la ingestión de alimentos para protegerse contra la muerte. El miedo a la muerte, que por entonces le habían hecho sentir para su bien, apareció luego nuevamente cuando la madre trató de preservarle de la disentería y provocó más tarde aún un acceso de neurosis obsesiva. Vamos a tratar de descubrir sus orígenes y su significación en épocas posteriores.

 

A nuestro juicio, la negativa a comer integra la significación de un primer acceso de neurosis, de manera que tal perturbación, la fobia al lobo y la devoción obsesiva, formarían la serie completa de las enfermedades infantiles que produjeron la disposición al derrumbamiento neurótico en los años posteriores a la pubertad. Se me objetará que son muy pocos los niños que no pasan alguna vez por un período de falta de apetito o de zoofobia. Pero este argumento no es muy útil. Estoy dispuesto a afirmar que toda neurosis de un adulto se basa en una neurosis infantil que no ha sido suficientemente intensa para llamar la atención de sus familiares y ser reconocida como tal. La importancia teórica de las neurosis infantiles para la concepción de las enfermedades que tratamos como neurosis y queremos derivar exclusivamente de las influencias de la vida posterior queda robustecida por tal objeción. Si nuestro paciente no hubiera mostrado, además de su falta de apetito y su zoofobia, su devoción obsesiva, su historia no se diferenciaría mucho de la de los demás humanos, y nosotros careceríamos aún de materiales valiosísimos que nos pueden evitar en adelante errores tan fáciles como graves.



 

El análisis sería insatisfactorio si no nos procurara la comprensión de aquel lamento en que el paciente sintetizaba sus padecimientos. Era el de que el mundo se le aparecía envuelto en un velo, y nuestra experiencia psicoanalítica rechaza la posibilidad de que tales palabras carezcan de significación, habiendo sido casualmente elegidas. Tal velo no se desgarraba más que en una situación; esto es, cuando el contenido intestinal salía a través del ano con ayuda de una irrigación. El sujeto se sentía entonces de nuevo bueno y sano y volvía a ver claramente el mundo durante un breve espacio de tiempo. La interpretación de este «velo» fue tan ardua como la del miedo a la mariposa, tanto más cuanto que el sujeto no mantenía fijamente tal representación, sino que la sustituía por un sentimiento indefinido de oscuridad o de tinieblas y por otras cosas igualmente inaprehensibles.

 

Sólo poco antes del término de la cura recordó haber oído que había nacido «cubierto» [*]. Se tenía, pues, por un ser especialmente afortunado, al que nada malo podía pasar, confianza que sólo le abandonó cuando contrajo la blenorragia y hubo de reconocerse vulnerable. Aquella grave ofensa inferida a su narcisismo provocó su derrumbamiento y su caída en la neurosis. Con ello repitió un mecanismo que ya se había desarrollado en él una vez. También su fobia al lobo había surgido al enfrentarse con la posibilidad de una castración, a la cual equiparó luego la blenorragia.




Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos