I observaciones preliminares


El sueño y la escena primordial



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El sueño y la escena primordial

Ya he publicado este sueño en otro lugar (`Sueños con temas de cuentos infantiles', 1913), en relación a la cantidad de material en el derivado de cuentos infantiles. Comenzaré repitiendo lo que escribí en esa ocasión:

«Soñé que era de noche y estaba acostado en mi cama (mi cama tenía los pies hacia la ventana, a través de la cual se veía una hilera de viejos nogales. Sé que cuando tuve este sueño era una noche de invierno). De pronto, se abre sola la ventana, y veo, con gran sobresalto, que en las ramas del grueso nogal que se alza ante la ventana hay encaramados unos cuantos lobos blancos. Eran seis o siete, totalmente blancos, y parecían más bien zorros o perros de ganado, pues tenían grandes colas como los zorros y enderezaban las orejas como los perros cuando ventean algo. Presa de horrible miedo, sin duda de ser comido por los lobos, empecé a gritar…, y desperté. Mi niñera acudió para ver lo que me pasaba, y tardé largo rato en convencerme de que sólo había sido un sueño: tan clara y precisamente había visto abrirse la ventana y a los lobos posados en el árbol. Por fin me tranquilicé sintiéndome como salvado de un peligro, y volví a dormirme.

El único movimiento del sueño fue el de abrirse la ventana, pues los lobos permanecieron quietos en las ramas del árbol, a derecha e izquierda del tronco, y mirándome. Parecía como si toda su atención estuviera fija en mí. Creo que fue éste mi primer sueño de angustia. Tendría por entonces tres o cuatro años, cinco a lo más. Desde esta noche hasta mis once o doce años tuve siempre miedo de ver algo terrible en sueños.»

El sujeto dibujó la imagen de su sueño tal y como la había descrito. El análisis nos procuró el material siguiente:

El sujeto ha relacionado siempre este sueño con su recuerdo de que en aquellos años de su infancia le inspiraba intenso miedo una estampa de un libro de cuentos en la que se veía un lobo. Su hermana, mayor que él y de inteligencia mucho más desarrollada, se gozaba en hacerle encontrar a cada paso, y cuando menos lo esperaba, aquella estampa, ante la cual empezaba a llorar y gritar, presa de intenso miedo. La estampa representaba un lobo andando en dos pies, con las garras extendidas hacia adelante y enderezadas las orejas. Cree recordar que correspondía al cuento de la Caperucita Roja.

¿Por qué eran blancos los lobos de su sueño? Este detalle le hace pensar en los grandes rebaños de ovejas que pastaban en los prados cercanos a la finca. Su padre le llevaba algunas veces consigo cuando iba a visitar dichos rebaños favor que el pequeño sujeto agradecía encantado y orgulloso. Más tarde -según los informes obtenidos, pudo ser poco tiempo antes del sueño- estalló entre las ovejas una mortal epizootia. El padre hizo venir a un discípulo de Pasteur, que vacunó a los animales; pero éstos siguieron sucumbiendo a la enfermedad, a pesar de la vacuna y en mayor número aún que antes de la misma.

¿Cómo aparecen los lobos subidos en el árbol? Con esta idea asocia el sujeto un cuento que había oído contar a su abuelo. No recuerda si fue antes o después de su sueño; pero el contenido del relato testimonia claramente en favor de lo primero. Tal cuento fue el siguiente: un sastre estaba trabajando en su cuarto, cuando se abrió de pronto la ventana y entró por ella un lobo. El sastre le golpeó con la vara de medir… O mejor dicho -rectifica en el acto el paciente-, le cogió por la cola y se la arrancó de un tirón, logrando así que el lobo huyese asustado. Días después, cuando el sastre paseaba por el bosque, vio venir hacia él una manada de lobos y tuvo que subirse a un árbol para librarse de ellos. Los lobos se quedaron al principio sin saber qué hacer; pero aquel a quien el sastre había arrancado la cola, deseoso de vengarse de él, propuso a los demás que se subieran unos encima de otros hasta que el último alcanzase al sitiado, ofreciéndose él mismo a servir de base y de sostén a los demás. Los lobos siguieron su consejo; pero el sastre, que había reconocido a su mutilado visitante, gritó de pronto: «¡Cogedle de la cola!», y el lobo rabón se asustó tanto al recuerdo de su desgraciada aventura, que echó a correr e hizo caer a los demás.

Este cuento integra el antecedente del árbol en el cual aparecen encaramados los lobos en el sueño. Pero también contiene una alusión inequívoca al complejo de la castración. El sastre mutiló al viejo lobo arrancándole la cola. Las largas colas de zorro que los lobos ostentan en el sueño son seguramente compensaciones de tal mutilación.

¿Por qué son seis o siete los lobos? El paciente pareció no poder responder a esta interrogación hasta que yo puse en duda que la estampa que le daba miedo pudiera corresponder al cuento de la Caperucita Roja. Este cuento no da, en efecto, ocasión más que a dos ilustraciones correspondientes, respectivamente, al encuentro de la Caperucita con el lobo en el bosque y a la escena en la que el lobo aparece acostado y con la cofia de la abuela puesta. Detrás del recuerdo de aquella estampa debía, pues, de ocultarse otro cuento. Así orientado, el sujeto no tardó en hallar que tal cuento sólo podía ser el del lobo y las siete cabritas. En él aparece el número siete, pero también el seis, pues el lobo devora tan sólo a seis cabritas, ya que la séptima se esconde en la caja del reloj. También el color blanco aparece en este cuento, pues el lobo se hace blanquear una pata por el panadero para evitar que las cabritas vuelvan a reconocerle, como otra vez anterior, al mostrársele en su pelaje gris. Ambos cuentos tienen, por lo demás, muchos puntos comunes. En ambos hallamos que el lobo devora a alguien y que luego le abren el vientre, sacando a las personas o a los animales devorados y sustituyéndolos por piedras, y también acaban los dos con la muerte de la malvada fiera. En el cuento de las siete cabritas aparece, además, un árbol, pues luego de comerse a las cabritas, el lobo se tumba a dormir a la sombra de un árbol y ronca desaforadamente.

A causa de una circunstancia particular habremos de volver a ocuparnos en otro lugar de este sueño, y entonces completaremos su estudio y su interpretación. Trátase de un primer sueño de angustia soñado en la infancia, y cuyo contenido, relacionado con otros sueños inmediatamente sucesivos y con ciertos acontecimientos de la niñez del sujeto, despierta un especialísimo interés. De momento nos limitaremos a la relación del sueño con dos cuentos que presentan amplias coincidencias: la Caperucita Roja y El lobo y las siete cabritas. La impresión que estos cuentos causaron al infantil sujeto se exteriorizó en una verdadera zoofobia que sólo se diferenció de otros casos análogos en que el objeto temido no era un animal fácilmente accesible a la percepción del sujeto (como, por ejemplo, el perro o el caballo), sino tan sólo conocido de oídas y por las estampas del libro de cuentos.

Ya expondremos en otra ocasión qué explicación tienen estas zoofobias y cual es su significación. Por lo pronto, sólo anticiparemos que tal explicación armoniza perfectamente con el carácter principal de la neurosis de nuestro sujeto en épocas posteriores de su vida. El motivo capital de su enfermedad había sido el miedo a su padre, y tanto su vida como su conducta en el tratamiento se mostraban regidas por su actitud ambivalente ante todo sustitutivo del padre.

Si para nuestro paciente el lobo era tan sólo un primer sustituto del padre habremos de preguntarnos si el cuento del lobo que devora a las cabritas y el de la Caperucita Roja integran, como contenido secreto, algo distinto del miedo infantil al padre. Además, el padre de nuestro paciente, como tantos otros adultos tenía la costumbre de amenazar en broma a los niños, y seguramente en sus juegos con su hijo durante la más temprana infancia del mismo hubo de decirle más de una vez cariñosamente: «Te voy a comer.» Otro de mis pacientes me contó en una ocasión que sus dos hijos no habían podido nunca tomar cariño al abuelo porque cuando jugaba con ellos solía asustarlos en broma diciéndoles que les iba a abrir la tripita para ver lo que tenían dentro.

Dejando a un lado todo lo que pueda anticipar nuestro aprovechamiento de este sueño en la labor analítica, tornaremos a su interpretación directa. He de hacer constar que tal interpretación fue tarea de varios años. El paciente comunico este sueño en la primera época del tratamiento y no tardó en compartir mi convicción de que precisamente detrás de él se ocultaba la causa de su neurosis infantil. En el curso del tratamiento volvimos repetidamente sobre él; pero sólo en los últimos meses de la cura conseguimos desentrañarlo por completo, y por cierto merced a la espontánea labor del paciente. Este había hecho resaltar siempre dos factores de su sueño que le habían impresionado más que todo el resto. En primer lugar, la absoluta inmovilidad de los lobos, y en segundo, la intensa atención con la que todos ellos le miraban. También la tenaz sensación de realidad con la que terminó el sueño le parecía digna de atención.

A esta última sensación enlazaremos nuestra labor interpretadora. Por nuestra experiencia de la interpretación onírica sabemos que tal sensación de realidad entraña una determinada significación. Nos revela que en el material latente del sueño hay algo que aspira a ser recordado como real, esto es, que el sueño se refiere a un suceso realmente acaecido y no sólo fantaseado. Naturalmente, sólo puede tratarse de la realidad de algo desconocido, de manera que la convicción por ejemplo, de que el abuelo había contado realmente la historia del sastre y el lobo o de haber oído leer el cuento de la Caperucita Roja o el de El lobo y las siete cabritas, no podía nunca reflejarse en la sensación de realidad prolongada después del sueño. Este parecía aludir a un suceso cuya realidad era acentuada así en contraposición a la irrealidad de los cuentos.

Si detrás del contenido del sueño habíamos de suponer existente una tal escena desconocida, o sea olvidada en el momento del sueño, tal escena debía de haber sido muy anterior. El sujeto nos dice que en la época de su sueño tenía tres o cuatro años, cinco a lo más, y por nuestra parte podemos añadir que el sueño le recordó algo que había de pertenecer a una época todavía más temprana.

El descubrimiento del contenido de tal escena debía sernos facilitado por aquello que el sujeto hacia resaltar en el contenido onírico manifiesto, o sea por el atento mirar de los lobos y su inmovilidad. Esperamos, naturalmente, que este material reproduzca con una deformación cualquiera el material desconocido de la escena buscada, deformación que tal vez pueda consistir en una transformación en lo contrario.

De la materia prima que el primer análisis del sueño hubo de suministrarnos podían deducirse varias conclusiones. Detrás de la mención de los rebaños de ovejas debían buscarse las pruebas de la investigación sexual infantil, cuyas interrogaciones podía ver satisfechas el sujeto en sus visitas con el padre a los rediles, pero también indicios de miedo a la muerte, ya que las ovejas habían sucumbido en su mayor parte a la epizootia. El elemento más acusado del sueño, o sea la situación de los lobos en las ramas del árbol, conducía directamente al relato del abuelo, en el cual sólo su relación con el tema de la castración podía ser lo apasionante y el estimulo del sueño.

Del primer análisis incompleto del sueño dedujimos, además, que el lobo era una sustitución del padre, de manera que este primer sueño de angustia habría exteriorizado aquel miedo al padre, que desde entonces había de dominar la vida del sujeto. Tal conclusión no era aún, en modo alguno, obligada. Pero si reunimos como resultado del análisis provisional todo lo que se deduce del material proporcionado por el sujeto, dispondremos ya de los siguientes fragmentos para la reconstrucción:

Un suceso real -acaecido en época muy temprana- el acto de mirar fijamente -inmovilidad- problemas sexuales -castración- el padre -algo terrible.

Un buen día el sujeto inició espontáneamente la continuación de la interpretación de su sueño. Opinaba que aquel fragmento del mismo en que la ventana se abría sola no quedaba totalmente explicado por su relación con la ventana detrás de la cual trabajaba el sastre del cuento y por la que entraba el lobo. A su juicio, debía tener otro sentido: el de que él mismo abría de repente los ojos. Quería, pues, decir que estando dormido había despertado de pronto y había visto algo: el árbol con los lobos. Nada podía objetarse contra tal interpretación que además podía servir de base a nuevas deducciones. Había despertado y había visto algo. La fija contemplación atribuida en el sueño a los lobos debía más bien ser atribuida al propio sujeto. Resultaba, por tanto, que en un detalle decisivo se había cumplido una inversión, la cual, además, aparecía ya anunciada por otra integrada en el contenido onírico manifiesto que mostraba a los lobos encaramados en las ramas, mientras que en el relato del abuelo estaban abajo y no podían subir al árbol.

¿Y si también el otro detalle acentuado por el sujeto se hallara deformado por una inversión? Entonces, en lugar de inmovilidad (los lobos se mantenían quietos mirándole fijamente, pero sin moverse) se trataría de un agitado movimiento. Así, pues, el sujeto habría despertado de repente y habría visto ante si una escena muy movida, que contempló con intensa atención. En el primer caso la deformación habría consistido en una transposición de sujeto y objeto, actividad y pasividad, ser mirado en vez de mirar, y en el segundo en una transformación en lo antitético; inmovilidad en lugar de movimiento.

Otra asociación que emergió de repente nos procuró una nueva aproximación a la inteligencia del sueño. El árbol era el árbol de Navidad. El sujeto recordaba ahora haber soñado aquello pocos días antes de Nochebuena, hallándose agitado por la expectación de los regalos que iba a recibir. Como el día de Nochebuena era también su cumpleaños, pudimos ya fijar, con toda seguridad, la fecha del sueño y de la transformación de la cual fue el punto de partida. Había sido poco antes de cumplir los cuatro años. El infantil sujeto se había acostado excitado por la expectación que despertaba en él la proximidad del día que había de traerle dobles regalos. Sabemos que en tales circunstancias los niños anticipan fácilmente en sus sueños el cumplimiento de sus deseos. Así, pues, en el de nuestro paciente era ya Nochebuena y el contenido del sueño le mostraba colgados del árbol los regalos a él destinados. Pero tales regalos se habían convertido en lobos, y en el sueño terminó sintiendo el niño miedo a ser devorado por el lobo (probablemente por el padre) y refugiándose al amparo de la niñera. El conocimiento de su evolución sexual anterior al sueño nos hace posible cegar la laguna existente en el mismo y aclarar la transformación de la satisfacción en angustia. Entre los deseos productores del sueño hubo de ser el más fuerte el de la satisfacción sexual que por entonces ansiaba recibir de su padre. La intensidad de tal deseo consiguió reavivar la huella mnémica, olvidada hacía ya mucho tiempo de una escena en la que él mismo presenciaba cómo su padre procuraba a alguien satisfacción sexual, y el resultado de esta evolución fue la aparición del miedo-terror ante el cumplimiento de su deseo, represión del impulso representado por el mismo y, en consecuencia, huida lejos del padre y junto a la niñera, menos peligrosa.

La significación que de este modo integraba para él el día de Nochebuena se había conservado en el pretendido recuerdo de haber sufrido el primer acceso de cólera a causa de no haberle satisfecho los regalos recibidos en tal fecha. Este recuerdo integraba elementos exactos e inexactos y no podía ser aceptado como verdadero sin alguna modificación, pues según las repetidas manifestaciones de sus familiares, la alteración del carácter del sujeto se había hecho ya notar a principios de otoño, o sea mucho antes de Nochebuena. Pero lo esencial de las relaciones entre la insatisfacción erótica, la cólera y el día de Nochebuena había sido conservado en el recuerdo.

Ahora bien: ¿cuál podía ser la imagen conjurada por la actuación nocturna del deseo sexual, con poder suficiente para apartar, temeroso, al sujeto del cumplimiento de sus deseos? De acuerdo con el material suministrado por el análisis tal imagen había de llenar una condición, pues tenía que ser adecuada para fundamentar el convencimiento de la existencia de la castración. El miedo a la castración fue luego el motor de la transformación de los efectos.

Llega aquí el punto en el que he de separarme del curso del análisis y temo sea también aquel en que abandone por completo la confianza del lector.

Lo que aquella noche hubo de ser activado en el caso de las huellas de impresiones inconscientes, fue la imagen de un coito entre los padres del sujeto, realizado en circunstancias no del todo habituales y especialmente favorables para la observación. El repetido retorno del sueño durante el curso del tratamiento, en innumerables variantes y nuevas ediciones que fueron siendo sucesivamente explicadas por el análisis, nos permitió ir obteniendo poco a poco respuestas satisfactorias a todas las interrogaciones que a dicha escena hubieron de enlazarse. Resultó así, en primer lugar, que la edad del niño cuando la sorprendió era la de ano y medio. Padecía entonces de una fiebre palúdica, cuyos accesos retornaban diariamente a una hora determinada. A partir de sus diez años comenzó a padecer, por temporadas, depresiones que se iniciaban a primera hora de la tarde y alcanzaban su máximo nivel hacia las cinco. Este síntoma subsistía aún en la época del tratamiento analítico. Tales accesos de depresión sustituían a los de fiebre o postración sufridos en aquella pasada época infantil, y las cinco de la tarde había de ser la hora en que por entonces alcanzaba la fiebre su máximo nivel o aquella en que el infantil sujeto sorprendió el coito de sus padres, si es que coincidieron ambas. A causa probablemente de su enfermedad, sus padres le habían acogido en su alcoba conyugal. Tal enfermedad, comprobada también por la tradición familiar, nos inclina a situar el acontecimiento en el verano y suponer así para el sujeto, nacido el día de Nochebuena, una edad de n + 1 ½ años. Dormía, pues, en su camita, colocada en la alcoba de sus padres, y despertó, acaso por la subida de la fiebre, avanzada ya la tarde y quizá precisamente a las cinco, hora señalada después de sus accesos de depresión. Con nuestra hipótesis de que se trataba de un caluroso día de verano armoniza el hecho de que los padres se hubiesen retirado a dormir la siesta y se hallasen medio desnudos encima de la cama. Cuando el niño despertó fue testigo de un coitus a tergo repetido por tres veces, pudo ver los genitales de su madre y los de su padre y comprendió perfectamente el proceso y su significación. Por último, interrumpió el comercio de sus padres en una forma de que más adelante hablaremos.

En el fondo, no tiene nada de extraordinario, ni hace la impresión de ser el producto de una acalorada fantasía, el que un matrimonio joven, casado pocos años antes, se acaricie durante las horas de la siesta en una calurosa tarde de verano sin tener en cuenta la presencia de un niño de año y medio, dormido tranquilamente en su cuna. A mi juicio, se trata de algo trivial y cotidiano, sin que tampoco la postura elegida para el coito tenga nada de extraño, tanto más cuanto que del material probatorio no puede deducirse que el mismo fuese realizado todas las veces en la postura indicada. Una sola vez hubiera bastado para procurar al espectador ocasión de observaciones que otra postura de los actores hubiera dificultado o incluso excluido. El contenido mismo de esta escena no puede constituir, pues, un argumento contra su verosimilitud, la cual se fundará más bien en otras tres circunstancias diferentes: Primera, que un niño de la temprana edad de año y medio pueda acoger las percepciones de un proceso tan complicado y conservarlas tan fielmente en su inconsciente; segunda, que luego, a los cuatro años de edad, sea posible una elaboración a posteriori de las impresiones recibidas, destinada a facilitar su comprensión, y tercera, que exista un procedimiento susceptible de hacer conscientes de un modo coherente y convincente los detalles de una tal escena, vivida y comprendida en semejantes circunstancias.

Examinaremos cuidadosamente estas y otras objeciones, asegurando al lector que, por nuestra parte, adoptamos una actitud no menos crítica que él ante la hipótesis de que el niño pudiera realizar una tal observación, pero rogándole que se decida con nosotros a aceptar provisionalmente la realidad de la escena. Queremos primero continuar el estudio de las relaciones de esta escena primaria con el sueño, los síntomas y la historia del paciente. Perseguiremos por separado los efectos emanados de su contenido esencial y los que tienen su punto de partida en una de sus impresiones visuales.

Tal impresión visual es la correspondiente a las posturas que el niño vio adoptar a la pareja parental: erguido el padre, y agachada, en posición animal, la madre. Hemos visto ya que en el período de miedo infantil del sujeto solía asustarle su hermana mostrándole una estampa del libro de cuentos, en la que aparecía el lobo andando en dos pies, con las garras extendidas y las orejas enderezadas. Durante el tratamiento se tomó el trabajo de rebuscar en las librerías de viejo hasta que encontró aquel libro de cuentos de su infancia, y reconoció la estampa que tanto le asustaba en una ilustración del cuento del lobo y las siete cabritas. Opinaba que la postura del lobo en aquella estampa había podido recordarle la de su padre en la escena primaria. Tal estampa fue, de todos modos, el punto de partida de ulteriores medios. Cuando teniendo ya siete u ocho años le comunicaron que al día siguiente vendría a darle clase un nuevo profesor, soñó por la noche que tal profesor, en figura de león, y en la misma postura que el lobo en la famosa estampa, se acercaba rugiendo a su cama y de nuevo despertó, presa de angustia. Como el sujeto había dominado ya su fobia al lobo, se hallaba en situación de elegir un nuevo animal en calidad de objeto de angustia, y en aquel sueño ulterior elevó al anunciado profesor a la categoría de sustituto del padre.

En los últimos años de su infancia, todos y cada uno de sus profesores desempeñaron este mismo papel de sustitutos del padre, siendo investidos de la influencia paterna, tanto para el bien como para el mal.

El destino deparó al sujeto una ocasión singular de reavivar su fobia al lobo en su época de estudiante de segunda enseñanza y convertir en punto de partida de graves inhibiciones la relación que dicha fobia entrañaba en su fondo. En efecto, el profesor encargado de la clase de latín se llamaba Lobo. El sujeto se sintió intimidado por él desde un principio, y cuando luego se atrajo una grave reprensión por haber cometido en una traducción latina una falta absolutamente estúpida, no logró ya libertarse de un intenso miedo a aquel profesor; miedo que no tardó en extenderse a todos los demás. También el motivo que le atrajo la reprensión citada se relacionaba con sus complejos. Tratábase, en efecto, de traducir la palabra latina filius, y el sujeto lo hizo con la palabra francesa fils, en lugar de emplear el término correspondiente de su lengua materna. Y es que el lobo era todavía el padre.

El primero de los «síntomas pasajeros» [*] que el paciente produjo en el tratamiento se refería aún a la fobia al lobo y al cuento de El lobo y las siete cabritas. En la habitación en que se desarrollaron las primeras sesiones del tratamiento había un gran reloj de caja frente al paciente, que se hallaba tendido en un diván, casi de espaldas al lugar que yo ocupaba, y me extrañó comprobar que el sujeto volvía de cuando en cuando la cara hacia mí con expresión amable, como tratando de congraciarse conmigo, y miraba después el reloj. Por entonces supuse que mostraba así el deseo de ver terminada pronto la hora del tratamiento, pero mucho tiempo después el sujeto mismo me habló de aquellos manejos suyos, y me procuró su explicación, recordando que la menor de las siete cabritas se escondía en la caja del reloj, mientras que sus hermanas eran devoradas por el lobo. Quería, pues, decirme por entonces: «Sé bueno conmigo. ¿Debo acaso tenerte miedo? ¿Me comerás? ¿Tendré que huir de ti y esconderme, como la cabrita más joven, en la caja del reloj?»

El lobo que le daba miedo era, indudablemente, el padre, pero su miedo al lobo se hallaba ligado a la condición de que el mismo se mostrara en posición erecta. Su memoria le recordaba con toda precisión que otras estampas que representaban al lobo andando a cuatro pies o metido en la cama, como en la ilustración de la Caperucita Roja, no le habían asustado nunca. No fue ciertamente menor la importancia adquirida por la postura que, según nuestra reconstrucción de la escena primaria, había visto adoptar a la mujer, pero tal importancia permaneció limitada al terreno sexual.

El fenómeno más singular de su vida erótica ulterior a la pubertad consistía en accesos de enamoramiento sexual obsesivo, que aparecían y desaparecían en sucesión enigmática, desencadenando en él una gigantesca energía, incluso en períodos de inhibición, y escapando por completo a su dominio. Una interesantísima relación me obliga a aplazar el estudio completo de estos enamoramientos obsesivos, pero puedo ya anticipar que se hallaban enlazados a una determinada condición, oculta a su consciencia, y que sólo durante la cura apareció en ella.

La mujer tenía que mostrársele en la postura que en la escena primordial hemos adscrito a la madre. Desde su pubertad veía el máximo atractivo femenino en unas redondas nalgas opulentas, y la cohabitación, en postura distinta del coitus a tergo, no le proporcionaba casi placer. Cabe aquí la objeción de que semejante preferencia sexual es un carácter general de las personas inclinadas a la neurosis obsesiva, no estando, pues, justificada su derivación de una impresión particular de la infancia. Pertenece al cuadro de la disposición erótico-anal, contándose entre aquellos rasgos arcaicos que caracterizan a tal constitución. En el coito more ferarum podemos ver, en efecto, la forma más antigua de la cohabitación desde el punto de vista filogénico. Más adelante volveremos sobre este punto, cuando hayamos expuesto el material referente a su condición erótica inconsciente.

Continuemos, pues, el examen de las relaciones entre el sueño y la escena primaria. Según nuestras esperanzas, el sueño debía mostrar al niño, excitado por el próximo cumplimiento de sus deseos en la Nochebuena, la imagen de la satisfacción sexual procurada por el padre, tal y como él la había visto en aquella escena primordial y como modelo de la propia satisfacción que él deseaba recibir del mismo. Pero en lugar de esa imagen aparece el material del cuento que su abuelo le había contado poco antes: el árbol, los lobos y la falta de cola, representada en forma de supercompensación por las colas frondosas de los supuestos lobos. Nos falta aquí un enlace, un puente asociativo que nos conduzca desde el contenido de la historia primordial al del cuento del lobo, y tal enlace nos es procurado de nuevo por la postura y sólo por ella. En el cuento del abuelo, el lobo rabón invita a los demás a subirse encima de él. Este detalle despertó el recuerdo de la imagen de la escena primaria, y por este camino pudo ya quedar representado el material de la escena primordial por el del cuento del lobo, siendo sustituida al mismo tiempo en la forma deseada la cifra dual de los padres por la pluralidad de los lobos.

Por último, la adaptación del material del cuento del sastre y el lobo al contenido del cuento de las siete cabritas, del que tomó el número siete, impuso una nueva modificación al contenido onírico.

La transformación del material -escena primordial, cuento del lobo, cuento de las siete cabritas -refleja la progresión del pensamiento durante la elaboración del sueño: deseo de alcanzar la satisfacción sexual con ayuda del padre -reconocimiento de la condición de la castración, a ella enlazada-, miedo al padre.

A mi juicio, queda así exhaustivamente aclarado el sueño de angustia, soñado por nuestro sujeto a los cuatro años.

Después de lo anteriormente expuesto puedo ya concretar a breves indicaciones sobre el efecto patógeno de la escena primaria y la alteración que su despertar provocó en la evolución sexual del sujeto. Perseguiremos tan sólo aquel efecto que el sueño exterioriza.

Más adelante nos explicaremos que de la escena primordial no emanase una sola corriente sexual, sino toda una serie de ellas, como en una fragmentación de la libido. Habremos además de tener en cuenta que la «activación» de esta escena (evito intencionadamente emplear la palabra «recuerdo») provoca los mismos efectos que si fuera un suceso reciente. La escena actúa a posteriori, sin haber perdido nada de su lozanía en el intervalo entre el año y medio y los cuatro años.

Quizá encontremos más adelante un nuevo punto de apoyo para demostrar que ya en la época de su percepción, o sea a partir del año y medio del sujeto, provocó determinados efectos.

Cuando el paciente profundizaba en la situación de la escena primordial extraía a la luz las siguientes autopercepciones:

Había supuesto al principio que el proceso observado era un acto violento, pero tal hipótesis no armonizaba con la expresión placentera que había advertido en el rostro de su madre, debiendo así reconocer que se trataba de una satisfacción.

V

Discusión



  

Se ha dicho que el oso polar y la ballena no pueden hacer la guerra porque, hallándose confinados cada uno en su elemento, les es imposible aproximarse. Pues bien: idénticamente imposible me es a mí discutir con aquellos psicólogos y neurólogos que no reconocen las premisas del psicoanálisis y consideran artificiosos sus resultados. En cambio, se ha desarrollado en los últimos años una oposición por parte de otros investigadores, que, por lo menos a su propio juicio, permanecen dentro del terreno del análisis y que no niegan su técnica ni sus resultados, pero se creen con derecho a deducir del mismo material conclusiones distintas y someterlo a distintas interpretaciones.

 

Ahora bien: la contradicción teórica es casi siempre infructuosa. En cuanto empezamos a alejarnos del material básico corremos peligro de emborracharnos con nuestras propias afirmaciones y acabar defendiendo opiniones que toda observación hubiera demostrado errónea. Me parece, pues, mucho más adecuado combatir las teorías divergentes contrastándolas con casos y problemas concretos.



He dicho antes que seguramente se tacharán de inverosímiles las siguientes circunstancias: Primera, que un niño de la temprana edad de año y medio pueda acoger las percepciones de un proceso tan complicado y conservarlas tan fácilmente en su inconsciente; segunda, que luego, a los cuatro años de edad, sea posible una elaboración a posteriori de las impresiones recibidas destinadas a facilitar su comprensión, y tercera, que existe un procedimiento susceptible de hacer consciente de un modo coherente y convincente los detalles de una escena vivida y comprendida en semejantes circunstancias.

 

La última cuestión es puramente de hecho. Quien se tome el trabajo de llevar el análisis a tales profundidades, por medio de la técnica prescrita, se convencerá de que existe un tal procedimiento; en cambio, quien así no lo haga e interrumpa el análisis en un estrato cualquiera más próximo a la superficie, habrá renunciado al mismo tiempo a toda posibilidad de encontrarlo. Pero con esto no queda resuelta la interpretación de lo alcanzado por medio del análisis abisal.



Las otras dos objeciones se apoyan en una valoración insuficiente de las impresiones de la temprana infancia, de las cuales no se acepta que puedan producir efectos tan duraderos. Tales objeciones quieren buscar casi exclusivamente la motivación de las neurosis en los conflictos más serios de la vida posterior y suponen que la importancia de la niñez no es fingida en el análisis por la inclinación de los neuróticos a expresar sus intereses presentes en reminiscencia y símbolos de su más lejano pasado. Con tal estimación del factor infantil desaparecían muchas de las peculiaridades más íntimas del análisis, pero también. por otro lado, gran parte de lo que crea resistencia contra ellos y le enajena la confianza de los profanos.

 

Ponemos, pues, a discusión la teoría de que aquellas escenas de la más temprana infancia, a cuyo conocimiento llegamos en todo análisis exhaustivo de una neurosis, por ejemplo, en el de nuestro caso, no serían reproducciones de sucesos reales a los que pudiéramos atribuir una influencia sobre la conformación de la vida posterior y sobre la producción de síntomas, sino fantasías provocadas por estímulos pertenecientes a la edad adulta destinadas a una representación en cierto modo simbólica de deseos e intereses reales y que deben su génesis a una tendencia regresiva, a un desvío de las tareas del presente. Siendo así, resultaría posible prescindir de todas las desconcertantes hipótesis analíticas sobre la vida anímica y la función intelectual de los años en su más temprana infancia.



 

En favor de esta teoría hablan no sólo el deseo que a todos nos es común de hallar una racionalización y una simplificación de nuestra difícil labor, sino también ciertos factores efectivos. Y también podemos librarla desde un principio de una objeción que habría de surgir precisamente en el ánimo del analista práctico. Hemos de confesar, en efecto, que el hecho de que tal concepción de estas escenas infantiles se demostrase exacta, no traería consigo modificación alguna inmediata en la práctica del análisis. Una vez que el neurótico entraña la perniciosa particularidad de apartar su interés del presente y adherirlo a tales sustituciones regresivas, producto de su fantasía, no podemos hacer más que seguirle en su camino y llevar a su consciencia dichos productos inconscientes; pues, aunque carezcan de todo valor de realidad, son para nosotros muy valiosos como substratos actuales del interés por el enfermo, interés que queremos apartar de ellos para orientarlo hacia las tareas del presente. Por tanto, el análisis seguiría exactamente el mismo curso de aquellos otros en los que el analista. ingenuo y confiado, cree verdaderas tales fantasías. La diferencia surgirá tan sólo al final del análisis, una vez descubiertas las fantasías de referencia. Diríamos entonces al enfermo: «Su neurosis ha transcurrido como si en sus años infantiles hubiera usted recibido tales impresiones y hubiese luego edificado sobre ellas. Pero reconocerá usted que ello no es posible. Se trataba simplemente de productos de su actividad imaginativa destinados a apartarle a usted de tareas reales que le planteaba la vida. Ahora investigaremos cuáles eran tales tareas y qué caminos de enlace han existido entre las mismas y sus fantasías.» A esta solución de las fantasías infantiles podría luego seguir una segunda fase del tratamiento orientada ya hacia la vida real.

 

Técnicamente, sería imposible hacer más corto este camino, o sea modificar el curso hasta ahora habitual de la cura psicoanalítica. Si no hacemos conscientes al enfermo tales fantasías en toda su amplitud, no podremos facilitarle la libre disposición del interés a ellas ligado. Si le apartamos de ellas en cuanto llegamos a sospechar su existencia y vislumbrar sus contornos generales, no haremos más que apoyar la obra de la represión, por la cual han llegado a ser inaccesibles a todos los esfuerzos del enfermo. Y si las despojamos prematuramente de su valor, comunicando, por ejemplo, al sujeto que se tratará tan sólo de fantasías carentes de toda significación real, no lograremos nunca su colaboración para llevarlas hasta su consciencia. Así, pues, procediendo correctamente, la técnica analítica no experimentará modificación alguna, cualquiera que sea el valor que se conceda a las escenas infantiles discutidas.



 

Hemos dicho que la concepción de estas escenas como fantasía regresiva puede alegar en su apoyo ciertos factores afectivos. Ante todo, el siguiente: Estas escenas infantiles no son reproducidas en la cura como recuerdos: son resultados de la construcción. Seguramente, habrá alguien que crea ya resuelto el problema con esta sola confesión.

Pero no quisiera ser mal interpretado. Todo analista sabe muy bien y ha comprobado infinitas veces que, en una cura llevada a buen término, el paciente comunica multitud de recuerdos espontáneos de sus años infantiles, de cuya aparición -o, mejor quizá, de cuya primera aparición- el médico no se siente en modo alguno responsable, ya que nunca ha orientado al enfermo con ninguna tentativa de reconstrucción hacia tales contenidos. Estos recuerdos, antes inconscientes, no tienen siquiera que ser verdaderos; pueden serlo, pero muchas veces han sido deformados contra la verdad y entretejidos con elementos fantaseados, como sucede con los llamados recuerdos encubridores, los cuales se conservan espontáneamente. Quiero decir tan sólo que estas escenas como la de nuestro sujeto, pertenecientes a tan temprana época infantil, con tal contenido y de tan extraordinaria significación en la historia del caso, no son generalmente reproducidas como recuerdos, sino que han de ser adivinadas -construidas -paso a paso y muy laboriosamente de una suma de alusiones e indicios.

 

Ahora bien: no soy de opinión que estas escenas tengan que ser necesariamente fantasías porque no sean evocadas como recuerdos. Me parece por completo equivalente al recuerdo el hecho de que sean sustituidas como en nuestro caso por sueños cuyos análisis nos conducen regularmente a la misma escena y que reproducen, transformándolos infatigablemente, todos y cada uno de los fragmentos del contenido de la misma. El soñar es también un recordar aunque bajo las condiciones del estado de reposo y de la producción onírica. Por este retorno en los sueños me explico que en el paciente mismo se forme paulatinamente una firme convicción de la realidad de las escenas primarias, convicción que no cede en absoluto a la fundada en el recuerdo.



 

Sin embargo, mis adversarios no han de verse obligados a abandonar la lucha ante este argumento, dándola ya por perdida, pues, como es sabido, existe la posibilidad de orientar los sueños de un tercero. Y de este modo, la convicción del analizador puede ser un resultado de la sugestión, para la que aún se sigue buscando un papel en el juego de fuerzas del tratamiento analítico. El psicoterapeuta de la antigua escuela sugeriría a su paciente que había recobrado la salud, dominando sus inhibiciones, etc. Y, en cambio, el psicoanalítico le sugeriría haber tenido de niño tal o cual vivencia que ahora le era preciso recordar para curarse. Tal sería la sola diferencia entre ambos.

 

Habremos de hacer constar que esta última tentativa de explicación de nuestros adversarios reduce la significación de las escenas infantiles mucho más de lo que en un principio parecía su propósito. Dijeron, en efecto, que no eran realidades, sino fantasías, y ahora resulta que no se trata siquiera de fantasías del enfermo, sino del mismo analista, el cual se las impone al analizado por medio de determinados complejos personales. Claro está que el analista que se oiga hacer este reproche evocará, para su tranquilidad, cuán poco a poco ha ido tomando cuerpo la construcción de aquella fantasía supuestamente inspirada por él al enfermo, cuán independiente del estímulo médico se ha demostrado en muchos puntos su conformación, cómo a partir de una cierta fase del tratamiento pareció converger todo hacia ella, cómo luego, en la síntesis, emanaron de ellas los más diversos y singulares efectos y cómo en aquella única hipótesis hallaron su solución los grandes y pequeños problemas y singularidades del historial de la enfermedad, y hará constar que no se reconoce penetración suficiente para descubrir un suceso que por sí solo pueda llenar todas estas condiciones. Pero tampoco este alegato hará efecto alguno a los contradictores, que no han vivido por sí mismos el análisis. Seguirán diciendo que el psicoanalítico se engaña refinadamente a sí mismo, y éste los acusará, por su parte, de falta absoluta de penetración, sin que sea posible llegar a decisión alguna.



 

Examinaremos ahora otro de los factores favorables a la concepción contraria de las escenas infantiles construidas. Es el siguiente: Todos los procesos alegados para la explicación de tales productos discutidos como fantasías existen realmente, y ha de reconocerse su importancia. El desvío del interés de las tareas de la vida real, la existencia de fantasías como productos sustitutivos de los actos omitidos, la tendencia regresiva que se manifiesta en tales creaciones -regresiva en más de un sentido, en cuanto se inician simultáneamente un apartamiento de la vida y un retorno al pasado-; todo ello es exacto y puede comprobarse regularmente por medio del análisis. En consecuencia, es de esperar que baste también para aclarar las supuestas reminiscencias infantiles discutidas, y de acuerdo con los principios económicos de la ciencia, tal explicación habría de ser preferida a otra para la cual fuesen necesarias nuevas y desconcertantes hipótesis.

 

Me permito llamar aquí la atención de mis lectores sobre el hecho de que las objeciones formuladas hasta hoy contra el psicoanálisis siguen, generalmente, la forma de tomar la parte por el todo. Se extrae de un conjunto altamente compuesto una parte de los factores eficientes, se los proclama verdaderos y se niega luego, en favor suyo, la otra parte y el todo. Examinando más de cerca qué grupo ha sido objeto de semejante preferencia, hallamos que es siempre aquel que integra lo ya conocido por otros caminos a lo que más fácilmente puede enlazarse a ello. Jung elige así la actualidad y la regresión, y Adler los motivos egoístas. En cambio, es abandonado y rechazado como erróneo cuanto de nuevo y de peculiarmente propio integra el análisis. Por este camino es por el que resulta más fácil rechazar los progresos revolucionarios del incómodo psicoanálisis.



 

No será inútil acentuar que ninguno de los factores en los que nuestros contrarios apoyan su concepción de las escenas infantiles ha tenido que ser enseñado por Jung como una novedad. El conflicto actual, el apartamiento de la realidad, la satisfacción sustitutiva en la fantasía y la regresión al material del pasado; todo ello ha constituido desde siempre, precisamente en el mismo ajuste y quizá con menos modificaciones terminológicas, una parte integrante de mi propia teoría. Pero no la constituye toda, sino tan sólo el fragmento que integra aquella parte de la motivación que colabora en la producción de las neurosis, actuando desde la realidad como punto de partida y en dirección regresiva. Junto a ella he dejado lugar suficiente para una segunda influencia progresiva que actúa partiendo de las impresiones infantiles, muestra el camino a la libido que se retira de la vida y hace comprensible la regresión a la infancia, inexplicable de otro modo. Así, pues, según mi teoría, los dos factores colaboran en la producción de síntomas. Pero existe aún una colaboración anterior que me parece igualmente importante, pues la influencia de la infancia se hace ya sensible en la situación inicial de la producción de las neurosis, en cuanto determina, de un modo decisivo, si el individuo ha de fracasar en la superación de los problemas reales de la vida y en qué lugar ha de fracasar.

 

Se discute, pues, la importancia del factor infantil. Nuestra labor consistirá en hallar un ejemplo práctico que pueda demostrar tal importancia sin dejar lugar alguno de duda. Tal ejemplo es precisamente el caso patológico que aquí vamos exponiendo tan detalladamente y que se caracteriza por la particularidad de que a la neurosis de la edad adulta precedió una neurosis padecida en tempranos años infantiles. Precisamente por esta circunstancia he elegido este caso para su comunicación. Si alguien quisiera rechazarlo por el hecho de no parecerle suficientemente importante la zoofobia para reconocerla como una neurosis independiente, habremos de señalarle que a tal fobia se enlazaron sin intervalo alguno un ceremonial obsesivo y actos e ideas del mismo carácter, de los cuales trataremos en los capítulos siguientes del presente estudio.



 

Una enfermedad neurótica en el cuarto o quinto año de la infancia demuestra ante todo, que las vivencias infantiles bastan por sí solas para producir una neurosis, sin que sea necesaria la huida ante una labor planteada por la vida. Se objetará que también al niño le son planteadas de continuo tareas a las que acaso quisiera escapar. Exacto; pero la vida de un niño antes de su época escolar es fácil de revisar y puede investigarse si existió en ella una «tarea» determinante de la causación de la neurosis. Pero sólo descubrimos impulsos instintivos cuya satisfacción es imposible al niño, incapaz también todavía para sojuzgarlos, y las fuentes de las cuales manan dichos impulsos.

 

La enorme abreviación del intervalo entre la explosión de la neurosis y la época de las vivencias infantiles discutidas permite, como era de esperar, reducir a un minimum la parte regresiva de la causación y presenta a la vista, sin velo alguno, la parte progresiva de la misma, la influencia de impresiones anteriores. Esperamos que el presente historial clínico ilustre claramente tal circunstancia. Y todavía por otras razones la neurosis infantil da a la cuestión de la naturaleza de las escenas primarias, o sea de las vivencias infantiles más tempranas descubiertas en el análisis, una respuesta decisiva.



 

Si suponemos como premisa indiscutida que una tal escena primaria ha sido irreprochablemente desarrollada desde el punto de vista técnico, que es indispensable para la solución sintética de todos los enigmas que nos plantea el cuadro de síntomas de la enfermedad infantil y que todos los efectos emanan de ella como a ella han llevado todos los hilos del análisis, tal escena no podrá ser, en cuanto a su contenido, más que la reproducción de una realidad vivida por el niño. Pues el niño, lo mismo que el adulto, sólo puede producir fantasías con material adquirido en alguna parte. Ahora bien: los caminos de tal adquisición se hallan en parte cerrados al niño (por ejemplo, la lectura), y el tiempo de que dispone para ella es corto y puede ser investigado fácilmente en busca de las fuentes correspondientes.

 

En nuestro caso, la escena primordial contiene la imagen del comercio sexual entre los padres y en una postura especialmente favorable para ciertas observaciones. Nada testimoniaría suficientemente en favor de la realidad de esta escena si se tratara de un enfermo cuyos síntomas, o sea los efectos de la misma, hubieran aparecido en cualquier momento de su vida adulta. Tal enfermo puede haber adquirido en los más distintos momentos del largo intervalo las impresiones, representaciones y conocimientos que luego, transformados en una imagen fantástica, son proyectados regresivamente sobre su infancia y adheridos a sus padres. Pero cuando los efectos de una tal escena aparecen teniendo el sujeto cuatro o cinco años, es preciso que el niño la haya presenciado en edad aún más temprana. Y entonces quedan en pie todas las conclusiones desconcertantes a las que nos ha llevado el análisis de la neurosis infantil. Es como si alguien quisiera suponer que el paciente no sólo había fantaseado inconscientemente la escena primaria, sino que había confabulado también la alteración de su carácter, su miedo al lobo y su obsesión religiosa, hipótesis abiertamente contradicha por la idiosincrasia del sujeto y por el testimonio directo de sus familiares. Así, pues, no veo posibilidad alguna de llegar a otra conclusión: O el análisis que tiene en su neurosis infantil su punto de partida es, en general, un desatino o todo sucedió exactamente tal y como lo hemos expuesto.



 

Hubo de extrañarnos también la circunstancia equívoca de que la preferencia del paciente por las nalgas femeninas y por el coito en aquella postura en que las mismas resaltan mas especialmente, pareciera exigir en este caso una derivación de la observación del coito parental, siendo así que se trataba de un rasgo general de las constituciones arcaicas predispuestas a la neurosis obsesiva. Mas ahora hallamos una sencilla explicación que soluciona la contradicción, mostrándonosla como una superdeterminación. La persona a quien el sujeto vio realizar el coito en tal postura era su propio padre, del cual podía muy bien haber heredado tal preferencia constitucional. Ni la posterior enfermedad del padre ni la historia de la familia contradicen tal hipótesis, pues, como ya hemos dicho, un hermano del padre murió en un estado que había de ser considerado como el desenlace de una grave neurosis obsesiva.

 

A este respecto, recordamos que la hermana del sujeto, al seducirle cuando tenía tres años y tres meses, lanzó contra la honrada y anciana niñera la singular calumnia de que ponía a los hombres cabeza abajo y les cogía después los genitales. En este punto hubo de imponérsenos la idea de que quizá también la hermana hubiera presenciado en años igualmente tempranos la misma escena que luego su hermano, habiendo extraído de ellas el estímulo a colocar a los actores cabeza abajo en el acto sexual. Esta hipótesis nos señalaría también una de las fuentes de su propia precocidad sexual.



 

[Primitivamente no abrigaba la intención de continuar más allá de este punto la discusión del valor real de las «escenas primarias», pero como en el entretanto he tenido ocasión de tratar este tema en mis conferencias de Lecciones introductorias al Psicoanálisis, en un más amplio contexto y ya sin intención polémica, sería muy dado a malas interpretaciones que omitiera la aplicación de los puntos de vista allí determinantes al caso que aquí nos ocupa. Así, pues, continuaré el presente estudio complementando y rectificando, cuando sea necesario, lo anteriormente expuesto. Es posible todavía una distinta concepción de la escena primaria en que el sueño se basa, concepción que se aparta mucho de la conclusión antes sentada y que nos allana algunas dificultades. De todos modos, la teoría que quiere dejar reducidas las escenas infantiles a símbolos regresivos no habrá de ganar nada con esta modificación. Por el contrario, creo que ha de quedar definitivamente refutada por este análisis de una neurosis infantil, como habría de serlo por cualquier otro.

 

Opino, en efecto, que también podemos explicarnos el estado de cosas en la forma siguiente: No nos es posible renunciar a la hipótesis de que el niño hubo de observar un coito cuya vista le inspiró la convicción de que la castración podía ser algo más que una amenaza desprovista de sentido. Y por otro lado, la importancia que luego demostraran entrañar las actitudes del hombre y de la mujer en cuanto al desarrollo de angustia y como condición erótica nos impone la conclusión de que hubo de tratarse de un coitus a tergo, more ferarum. Pero hay, en cambio, otro factor que no es tan indispensable y puede ser abandonado. No fue, quizá, un coito de los padres, sino un coito entre animales el que el niño observó y desplazó luego sobre los padres, como si hubiera deducido que tampoco los padres lo hacían de otro modo.



 

En favor de esta hipótesis testimonia, sobre todo, el hecho de que los lobos del sueño fueron, en realidad, perros de ganado y aparecieron también como tales en el dibujo del paciente. Poco tiempo antes del sueño el niño había sido llevado varias veces por su padre a visitar los rebaños donde pudo ver tales perros blancos y de gran tamaño y observarlos probablemente también en el acto del coito. Con esta circunstancia puede relacionarse también la triple repetición que el paciente asignó al acto sin motivación ninguna, suponiendo conservado en su memoria el hecho de haber sorprendido en tres distintas ocasiones a los perros del ganado en tal situación. Lo que luego se agregó a ello en la excitada expectación de la noche de su sueño fue la transferencia de la huella mnémica recientemente adquirida, con todos sus detalles, sobre los padres, y esta transferencia fue ya lo que provocó los intensos afectos que sabemos. Se desarrolló entonces una comprensión a posteriori de aquellas impresiones recibidas quizá pocas semanas antes, proceso que todos conocemos por haberlo experimentado con nosotros mismos. La transferencia de los perros en el acto del coito, sobre los padres, no fue llevada a cabo por el sujeto mediante un proceso deductivo verbal, sino buscando en su memoria el recuerdo de una escena real en la cual aparecieran juntos sus padres y que pudiera fundirse con la situación del coito. Tal escena podía reproducir fielmente todos los detalles descubiertos en el análisis del sueño, pero haber sido totalmente inocente, consistiendo tan sólo en que una tarde de verano y durante su enfermedad el niño habría despertado y visto a sus padres ante sí vestidos con blancos trajes estivales. Todo el resto lo habría añadido, tomándolo de las observaciones realizadas en las visitas a los rebaños el ulterior deseo del sujeto, poseído por la curiosidad sexual de sorprender también a sus padres en el acto del coito, y entonces la escena así fantaseada desplegó todos los efectos reseñados, los mismos exactamente que si hubiera sido real y no artificialmente construida con dos elementos, anterior e indiferente el uno, y posterior y muy impresionante el otro.

 

Vemos en el acto cuán disminuido queda así el margen de credulidad que se nos achaca. No necesitamos ya suponer que los padres realizaron el coito en presencia de un hijo suyo, aunque fuera muy pequeño, cosa que para muchos de nosotros constituía una imagen displaciente, y el intervalo entre la escena primaria y sus efectos queda también muy abreviado, comprendiendo tan sólo unos cuantos meses del cuarto año del sujeto sin llegar ya a los primeros oscuros años de la infancia. En la conducta del niño que transfiere a sus padres lo observado en los perros y se asusta del lobo en lugar de asustarse de su padre no queda ya apenas nada desconcertante. Se encuentra, en efecto, en aquella fase de su concepción del universo a la que en nuetro apartado IV de estas Obras Completas (Totem y tabú), hemos calificado de retorno al totemismo. La teoría que intenta explicar las escenas primordiales de la neurosis como fantasías regresivas de épocas posteriores parece hallar un firme apoyo en nuestra observación, no obstante la temprana edad de nuestro neurótico (cuatro años). A pesar de ella ha conseguido sustituir una impresión recibida a los cuatro años por un trauma imaginario supuestamente experimentado cuando tenía año y medio. Pero esta regresión no nos parece enigmática ni tendenciosa. La escena que se trataba de construir había de llenar ciertas condiciones que, dadas las circunstancias de la vida del sujeto, sólo podían haberse cumplido en aquella temprana edad; por ejemplo, la de hallarse durmiendo en la alcoba de sus padres.



 

Las observaciones que siguen, extraídas de los resultados analíticos de otros casos, habrán de constituir para la mayoría de nuestros lectores la prueba decisiva de la exactitud de esta nueva concepción. La aparición en el análisis de enfermos neuróticos, de una tal escena -sea recuerdo real o fantasía- en la que el sujeto sorprende un coito entre sus padres no es verdaderamente nada insólito. Es muy posible que el análisis de sujetos no neuróticos nos la descubriera con igual frecuencia y acaso forma parte del acervo mnémico general, consciente o inconsciente. Pero siempre que el análisis me ha conducido hasta una tal escena ha integrado ésta la misma peculiaridad que tanto nos extrañó en el caso de nuestro paciente: la de referirse a un coitus a tergo, único que permite al espectador la inspección de los genitales. En estos casos no dudamos ni un solo momento de que se trata de una fantasía, estimulada, quizá regularmente, por la observación del comercio sexual entre los animales. Y aún hay más: he hecho constar que mi exposición de la escena primordial permanecerá incompleta, pues me reservaba para más adelante comunicar en qué forma perturbó el niño el coito de los padres. Añadiré ahora que también la forma de tal perturbación es en todos los casos la misma.

 

Supongo que en todo esto me habré expuesto a graves sospechas por parte de los lectores de este historial clínico. Si poseía tales argumentos favorables a una semejante interpretación de la «escena primordial», ¿cómo pude echar sobre mí la responsabilidad de aceptar otra de aspecto tan absurdo? ¿O acaso es que sólo en el intervalo entre la primera redacción del historial clínico y este complemento es cuando he descubierto aquellos nuevos datos que me han obligado a esta rectificación de mi interpretación inicial y no quería confesarlo por algún motivo? Confesaré, en cambio, otra cosa, y es que me propongo cerrar por ahora la discusión sobre el valor real de la escena primaria con un non liquet [*]. No hemos llegado aún al término de este historial, y en su curso posterior habrá de surgir un factor que perturbará la seguridad de lo que ahora creemos poder regocijarnos. Entonces sólo me quedará remitir a los lectores a aquellos pasajes de mis Lecciones introductorias al psicoanálisis, en los cuales he estudiado el problema de las fantasías o escenas primarias.]



 




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