I observaciones preliminares



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‹‹De la historia de una neurosis infantil›› (caso del ‹‹Hombre de los Lobos››).

Sigmund Freud. 1917.

I

Observaciones preliminares

EL caso clínico que nos disponemos exponer -aunque de nuevo tan sólo fragmentariamente- se caracteriza por toda una serie de particularidades que habremos de examinar previamente. Trátase de un hombre joven que enfermó a los dieciocho años, inmediatamente después de una infección blenorrágica, y que al ser sometido, varios años después, al tratamiento psicoanalítico se mostraba totalmente incapacitado. Durante los diez años anteriores a su enfermedad, su vida había sido aproximadamente normal y había llevado a cabo sus estudios de segunda enseñanza sin grandes trastornos. Pero su infancia había sido dominada por una grave perturbación neurótica que se inició en él, poco antes de cumplir los cuatro años, como una histeria de angustia (zoofobia), se transformó luego en una neurosis obsesiva de contenido religioso y alcanzó con sus ramificaciones hasta los diez años del sujeto.

En el presente ensayo nos ocuparemos tan sólo de esta neurosis infantil. A pesar de haber sido expresamente autorizados por el paciente, hemos rehusado publicar el historial completo de su enfermedad, su tratamiento y su curación, considerándolo técnicamente irrealizable e inadmisible desde el punto de vista social. Con ello desaparece también toda posibilidad de mostrar la conexión de su enfermedad infantil con su posterior dolencia definitiva, sobre la cual podemos sólo indicar que el sujeto pasó a causa de ella años enteros en sanatorios alemanes, en los cuales se calificó su estado de «locura maniaco-depresiva». Este diagnóstico hubiera sido exacto aplicado al padre del paciente, cuya vida, intensamente activa, hubo de ser perturbada por repetidos accesos de grave depresión. Pero en el hijo no me fue posible observar, en varios años de tratamiento, cambio alguno de estado de ánimo que por su intensidad o las condiciones de su aparición pudiera justificarlo.

A mi juicio, este caso, como muchos otros diversamente diagnosticados por la Psiquiatría clínica, debe ser considerado como un estado consecutivo de una neurosis obsesiva llegada espontáneamente a una curación incompleta.

Mi exposición se referirá, pues, tan sólo a una neurosis infantil analizada no durante su curso, sino quince años después, circunstancia que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. El análisis llevado a cabo en el sujeto neurótico infantil parecerá, desde luego, más digno de confianza, pero no puede ser muy rico en contenido. Hemos de prestar al niño demasiadas palabras y demasiados pensamientos, a pesar de lo cual no lograremos quizá que la consciencia penetre hasta los estratos psíquicos más profundos. El análisis de una enfermedad infantil por medio del recuerdo que de ella conserva el sujeto adulto y maduro ya intelectualmente no presenta tales limitaciones, pero habremos de tener en cuenta la deformación y la rectificación que el propio pasado experimenta al ser contemplado desde años posteriores. El primer caso proporciona quizá resultados más convenientes, pero el segundo es mucho más instructivo.

De todos modos, podemos afirmar que los análisis de neurosis infantiles integran un alto interés teórico. Contribuyen a la exacta comprensión de las neurosis de los adultos, tanto como los sueños infantiles a la interpretación de los sueños ulteriores. Mas no porque sean más transparentes ni más pobres en elementos. La dificultad de infundirse en la vida anímica infantil hace que supongan una ardua tarea para el médico. Pero la falta de las estratificaciones posteriores permite que lo esencial de la neurosis se transparente sin dificultad. La resistencia contra los resultados del psicoanálisis ha tomado actualmente una nueva forma. Hasta ahora nuestros adversarios se contentaban con negar la realidad de los hechos afirmados por el análisis, claro está que sin tomarse el trabajo de comprobarla. Este procedimiento parece ahora irse agotando lentamente. Y es sustituido por el de reconocer los hechos, pero interpretándolos de manera que supriman las conclusiones que de ellos se deducen, eludiendo así una vez más las novedades contra las cuales se alza la resistencia. Pero el estudio de las neurosis infantiles prueba la inanidad de semejantes tentativas de interpretación tendenciosa. Muestra la participación predominante de las fuerzas instintivas libidinosas, tan discutidas, en la estructuración de la neurosis y revela la ausencia de las remotas tendencias culturales, de las que nada sabe aún el niño y que, por tanto, nada pueden significar para él.

Otro rasgo que recomienda a nuestra atención el análisis que aquí vamos a exponer se relaciona con la gravedad de la dolencia y la duración de su tratamiento. Los análisis que consiguen en breve plazo un desenlace favorable pueden ser muy halagüeños para el amor propio del terapeuta y demostrar a las claras la importancia terapéutica del psicoanálisis; pero, en cambio, no favorecen de ninguna manera el progreso de nuestros conocimientos científicos, pues nada nuevo nos enseñan. Nos han llevado tan rápidamente a un resultado favorable porque ya sabíamos de antemano lo que era necesario hacer para alcanzarlo. Sólo aquellos análisis que nos oponen dificultades especiales y cuya realización nos lleva mucho tiempo pueden enseñarnos algo nuevo. Unicamente en estos casos conseguimos descender a los estratos más profundos y primitivos de la evolución anímica y extraer de ellos la solución de los problemas que plantean las estructuras ulteriores. Nos decimos entonces que sólo aquellos análisis que tan profundamente penetran merecen en rigor el nombre de tales. Claro está que su único caso no nos instruye sobre todo lo que quisiéramos saber. O mejor dicho, podría instruirnos sobre todo ello si nos fuera posible aprehenderlo todo, sin que la limitación de nuestra propia percepción nos obligara a contentarnos con poco.

El presente caso no dejó nada que desear en cuanto a tales dificultades fructíferas. Los primeros años de tratamiento apenas consiguieron modificación alguna. Una afortunada constelación permitió, sin embargo, que todas las circunstancias externas hicieran posible la continuación de la tentativa terapéutica. En circunstancias menos favorables hubiera sido necesario suspender el tratamiento al cabo de algún tiempo. En cuanto a la actitud del médico, puedo sólo decir que en tales casos debe mantenerse tan ajeno al tiempo como lo es lo inconsciente y saber renunciar a todo efecto terapéutico inmediato si quiere descubrir y conseguir positivamente algo. Asimismo, pocos casos exigen por parte del enfermo y de sus familiares tanta paciencia, docilidad, comprensión y confianza. Para el analista ha de decirse que los resultados conquistados después de tan largo trabajo en uno de estos casos habrán de permitirle abreviar esencialmente la duración de otro tratamiento ulterior de un caso análogamente grave y dominar así progresivamente, luego de haberse sometido a ella una vez, la indiferencia de lo inconsciente en cuanto al tiempo.

El paciente del cual nos disponemos a tratar permaneció durante mucho tiempo atrincherado en una actitud de indiferente docilidad. Escuchaba y comprendía, pero no se interesaba por nada. Su clara inteligencia se hallaba como secuestrada por las fuerzas instintivas que regían su conducta en la escasa vida exterior de que aún era capaz. Fue necesaria una larga educación para moverle a participar independientemente en la labor analítica, y cuando a consecuencia de este esfuerzo surgieron las primeras liberaciones desvió por completo su atención de la tarea para evitar nuevas modificaciones y mantenerse cómodamente en la situación creada. Su temor a una existencia independiente y responsable era tan grande, que compensaba todas las molestias de su enfermedad. Sólo encontramos un camino para dominarlo. Hube de esperar hasta que la ligazón a mi persona llegó a ser lo bastante intensa para compensarlo y entonces puse en juego este factor contra el otro.

Decidí, no sin calcular antes la oportunidad, que el tratamiento había de terminar dentro de un plazo determinado, cualquiera que fuese la fase a la que hubiera llegado. Estaba decidido a observar estrictamente dicho plazo, y el paciente acabó por advertir la seriedad de mi propósito. Bajo la presión inexorable de semejante apremio cedieron su resistencia y su fijación a la enfermedad, y el análisis proporcionó entonces, en un plazo desproporcionadame breve, todo el material, que permitió la solución de sus inhibiciones y la supresión de sus síntomas. De esta última época del análisis, en la cual desapareció temporalmente la resistencia y el enfermo producía la impresión de una lucidez que generalmente sólo se consigue en la hipnosis, proceden todas las aclaraciones que me permitieron llegar a la comprensión de su neurosis infantil.

De este modo, el curso del tratamiento ilustró el principio ha largo tiempo sentado por la técnica analítica de que la longitud del camino que el análisis haya de recorrer con el paciente y la magnitud del material que por este camino haya de ser dominado no significan gran cosa en comparación con la resistencia que haya de surgir durante tal labor, y sólo han de tenerse en cuenta en tanto son proporcionales a la misma. Sucede en esto lo que ahora, en tiempo de guerra, cuando un ejército necesita semanas y meses enteros para avanzar una distancia que en tiempo de paz puede recorrerse en pocas horas de tren y que poco tiempo antes ha sido recorrido efectivamente por el ejército contrario en unos cuantos días.

Una tercera peculiaridad del análisis que aquí nos proponemos exponer ha dificultado también considerablemente mi decisión de publicarlo. Sus resultados han coincidido con nuestros conocimientos anteriores o se han enlazado perfectamente a ellos. Pero algunos detalles me han parecido tan singulares e inverosímiles, que me han asaltado escrúpulos de exigir a otros su admisión. En consecuencia, he invitado al paciente a someter a una severa crítica sus recuerdos; mas por su parte no encontró en ellos nada inverosímil. Los lectores pueden estar seguros por lo menos de que sólo expongo aquello que surgió ante mí como vivencia independiente y no influida por mi expectativa. Por tanto, sólo me queda remitirme a la sabia afirmación de que entre el Cielo y la Tierra hay muchas más cosas de las que nuestra filosofía supone. Quien supiera excluir más fundamentalmente aún sus propias convicciones descubriría seguramente más cosas.




II


Exposición general del ambiente del paciente y de la historia clínica.
No me es posible exponer el historial de mi paciente en forma puramente histórica ni tampoco en forma puramente pragmática; no puedo desarrollar exclusivamente una historia del tratamiento ni tampoco una historia de la enfermedad, sino que me veo obligado a combinar ambas entre sí. Como es sabido, no hemos hallado aún medio alguno de que la exposición de un análisis refleje y lleve al ánimo del lector la convicción de él resultante. Tampoco un acta detallada del curso de las sesiones del tratamiento resolvería tal problema, y, además, la técnica psicoanalítica excluye su redacción ante el enfermo. En consecuencia no publicamos estos análisis para convencer a quienes hasta ahora se han mostrado opuestos a nuestras teorías, sino para procurar nuevos datos a aquellos investigadores a quienes una labor directa con los enfermos ha llevado ya a una convicción.

Empezaré por describir el ambiente en que el sujeto vivió de niño y comunicar aquella parte de su historia infantil que me fue dado averiguar desde un principio sin gran riesgo y que luego no logró en varios años complemento ni aclaración algunos.

Sus padres se habían casado jóvenes y fueron felices hasta que las enfermedades empezaron a ensombrecer su vida, pues la madre contrajo una afección abdominal, y el padre empezó a sufrir accesos de depresión que le obligaron a ausentarse del hogar familiar. La calidad psíquica de la dolencia paterna hizo que el sujeto no se diese cuenta de ella hasta mucho después. En cambio, sí se le reveló en años muy tempranos el mal estado de salud de su madre, que le impedía ocuparse asiduamente de sus hijos. Un día, seguramente antes de cumplir los cuatro años, la oyó quejarse al médico de sus dolencias, y tan impresas se le quedaron sus palabras, que muchos años después las repitió literalmente, aplicándolas a sus propios trastornos. No era hijo único, pues tenía una hermana dos años mayor que él precozmente inteligente y perversa, que desempeñó un importantísimo papel en su vida.

Por su parte se hallaba encomendado a los cuidados de una niñera, mujer del pueblo, anciana ya y nada instruida, que le consagraba infatigable ternura, pues constituía para ella el sustituto de un hijo que había perdido en edad temprana. La familia vivía en una finca durante el invierno y pasaba en otra los veranos. El día en que sus padres vendieron las dos fincas y se trasladaron a la ciudad cercana, a ambas dividió en dos períodos la infancia del sujeto. Durante el primero solían pasar largas temporadas con ellos, en alguna de las fincas, distintos parientes: los hermanos del padre, las hermanas de la madre, con sus hijos y los abuelos maternos. Durante el verano, sus padres solían ausentarse por unas cuantas semanas. Un recuerdo encubridor le mostraba al lado de su niñera contemplando cómo se alejaba el coche que conducía a sus padres y a su hermana y volviendo luego tranquilamente a casa cuando el carruaje se hubo perdido de vista. En la época de este recuerdo debía de ser aún muy pequeño. Al verano siguiente, sus padres dejaron también en casa a su hermana y tomaron una institutriz inglesa, a la que encomendaron la guarda de ambos niños.



En años posteriores sus familiares le relataron muchos detalles de su infancia, de los cuales ya recordaba él espontáneamente algunos, aunque no pudiera situarlos en fechas determinadas o relacionadas entre sí. Uno de estos recuerdos, repetidamente evocados por sus familiares con ocasión de su posterior enfermedad, nos da a conocer ya el problema, cuya solución habrá de ocuparnos. Según él, el sujeto había sido al principio un niño apacible y dócil, hasta el punto de que los suyos se decían que él había debido ser la niña y su hermana mayor el niño. Pero al regresar sus padres de una de sus excursiones veraniegas le hallaron completamente cambiado. Se mostraba descontento, excitable y rabioso; todo le irritaba, y en tales casos gritaba y pateaba salvajemente. Ello sucedió en aquél mismo verano en que los niños quedaron confiados a la institutriz inglesa, la cual demostró ser una mujer arbitraria e insoportable y aficionada, además, a la bebida. En consecuencia, la madre se inclinó a atribuir a su influjo la alteración del carácter de su hijo, suponiendo que la forma en que le había tratado era la causa de su excitación. La abuela materna, que había pasado el verano con los niños, opinó, en cambio, con mayor clarividencia, que la irritabilidad de su nieto había sido provocada por la discordia surgida entre la inglesa y la niñera, pues la institutriz había insultado varias veces a la anciana criada, llamándola bruja, y la había echado repetidamente de la habitación donde los niños estaban. En estas escenas el niño se había puesto siempre al lado de su amada chacha y había mostrado su odio a la institutriz. En consecuencia, la inglesa fue despedida a poco de volver los padres; pero su desaparición no modificó ya la excitación del niño.

El paciente conserva el recuerdo de esta ingrata época. Afirma que el primero de aquellos accesos de cólera surgió en él por no haber recibido dobles regalos el día de Nochebuena, que era al mismo tiempo su cumpleaños. Sus exigencias y su insoportable susceptibilidad no perdonaba siquiera a su chacha, a la que quizá atormentaba más que a nadie. Pero esta fase de alteración de su carácter aparece indisolublemente enlazada en sus recuerdos con muchos otros fenómenos singulares y morbosos que no acierta a ordenar cronológicamente. De este modo confunde todos los hechos a continuación expuestos, que no pudieron ser simultáneos y resultan, además, contradictorios en un solo y único período: el de «cuando todavía estaba en la primera finca», de la cual salieron, según cree, poco después de cumplir él los cinco años. Relata así haber padecido por entonces intensos miedos, que su hermana aprovechaba para atormentarle. Había en la casa un libro de estampas, una de las cuales representaba a un lobo andando en dos pies. Cuando el niño veía aquella estampa, comenzaba a gritar, enloquecido por el miedo de que el lobo se fuese a él y le comiese, y la hermana sabía arreglárselas de modo que la encontrase a cada paso, gozándose en su terror. También otros animales grandes y pequeños le daban miedo. Una vez corría detrás de una mariposa amarilla, intentando cogerla (indudablemente se trataba de una `Schwalbenschwanz'), cuando, de repente, le invadió un intenso miedo a aquel animal y se echó a llorar, abandonando su persecución. También los escarabajos y las orugas le daban miedo y asco. Pero recordaba al mismo tiempo que algunas veces se gozaba en atormentarlos, cortándolos en pedazos. Los caballos le inspiraban igualmente cierto temor. Cuando veía pegar a alguno de estos animales, gritaba temeroso, y en una ocasión tuvieron que sacarle del circo por este mismo motivo. Pero otras veces le era grato imaginar que él mismo pegaba a un caballo. Su memoria de tales hechos no era lo bastante precisa para permitirle discernir si estas modalidades contradictorias de su conducta para con los animales fueron realmente simultáneas o se sustituyeron sucesivamente unas por otras y en qué orden. No podía tampoco decir si este período de excitación fue sustituido por una fase de enfermedad o se prolongó a través de esta última. De todos modos, las confesiones que siguen justifican la hipótesis de que en aquellos años padeciera una evidente neurosis obsesiva. Contaba, en efecto, que durante un largo período se había mostrado extraordinariamente piadoso. Antes de dormirse tenía que rezar largo rato y santiguarse numerosas veces, y muchas noches daba la vuelta a la alcoba con una silla, en la que se subía para besar devotamente todas las estampas religiosas que colgaban de las paredes. Con este piadoso ceremonial no armonizaba en absoluto -o quizá armonizaba muy bien- otro recuerdo referente a la misma época, según el cual se complacía muchas veces en pensamientos blasfemos que surgían en su imaginación como inspirados por el demonio. Así, cuando pensaba en Dios asociaba automáticamente a tal concepto las palabras cochino o basura. En el curso de un viaje a un balneario alemán se vio atormentado por la obsesión de pensar en la Santísima Trinidad cada vez que veía en el camino tres montones de estiércol de caballo o de otra basura cualquiera. Por entonces llevaba también a cabo un singular ceremonial cuando veía gente que le inspiraba compasión: mendigos, inválidos y ancianos. En tales ocasiones tenía que espirar ruidosamente el aire aspirado, con lo cual creía conjurar la posibilidad de verse un día como ellos, o, en otras circunstancias, retener durante el mayor tiempo posible el aliento. Naturalmente, me incliné a suponer que estos síntomas, claramente correspondientes a una neurosis obsesiva, pertenecían a un período y a un grado evolutivo posteriores al miedo y las crueldades contra los animales.

Los años posteriores del paciente se caracterizaron por una profunda alteración de sus relaciones afectivas con su padre, al que, después de repetidos accesos de depresión, le era imposible ocultar los aspectos patológicos de su carácter. En los primeros años de su infancia tales relaciones habían sido, en cambio, extraordinariamente cariñosas, y así lo recordaba claramente el niño. El padre le quería mucho y gustaba de jugar con él, que por su parte se sentía orgulloso de su progenitor y manifestaba su deseo de llegar a ser algún día «un señor como su papá». La chacha le había dicho que su hermana era sólo de su madre, y, en cambio, él sólo de su padre, revelación que le llenó de contento. Pero al término de su infancia los lazos afectivos que a su padre le unían desaparecieron casi por completo, pues le irritaba y le entristecía verle preferir claramente a su hermana. Posteriormente, su relación filial quedó regida por el miedo al padre como factor dominante.

Hacia los ocho años desaparecieron todos los fenómenos que el paciente integraba en aquella fase de su vida, que se inició con la alteración de su carácter. No desaparecieron bruscamente, sino que fueron espaciándose cada vez más, hasta desvanecerse por completo, proceso que el sujeto atribuye a la influencia de los maestros y tutores que sustituyeron a su servidumbre femenina. Vemos, pues, que los problemas cuya solución se plantea en este caso al análisis son, a grandes trazos, los de descubrir de dónde provino la súbita alteración del carácter del niño, qué significación tuvieron su fobia y sus perversidades, cómo llegó a su religiosidad obsesiva y cuál es la relación que enlaza a todos estos fenómenos. Recordaré de nuevo que nuestra labor terapéutica se refería directamente a una posterior enfermedad neurótica reciente y que sólo era posible obtener algún dato sobre aquellos problemas anteriores cuando el curso del análisis nos distraía por algún tiempo del presente, obligándonos a dar un rodeo a través de la historia infantil del sujeto.


III


La seducción y sus consecuencias inmediatas
Nuestras primeras sospechas se orientaron, como era natural, hacia la institutriz inglesa, durante cuya estancia en la finca había surgido la alteración del carácter del niño. El sujeto comunicó dos recuerdos encubridores, incomprensibles en sí, que a ella se referían. Tales recuerdos eran los siguientes: En una ocasión en que la institutriz los precedía se había vuelto hacia ellos y les había dicho: «Mirad mi colita.» Y otra vez, yendo en coche, el viento le había arrebatado el sombrero para máximo regocijo de los dos hermanos. Ambos recuerdos aludían al complejo de la castración y permitían arriesgar la hipótesis de que una amenaza dirigida por la institutriz al niño hubiera contribuido considerablemente a la génesis de su posterior conducta anormal.

No es nada peligroso comunicar tales construcciones a los analizados, pues aunque sean erróneas no perjudican en nada el análisis, y claro está que sólo las comunicamos cuando integran una posibilidad de aproximación a la realidad. Efecto inmediato de la comunicación de esta hipótesis fueron unos cuantos sueños, cuya interpretación total no logramos alcanzar, pero que parecían desarrollarse todos en derredor del mismo contenido. Tratábase en ellos, en cuanto era posible comprenderlos, de actos agresivos del niño contra su hermana o contra la institutriz y de enérgicos regaños y castigos recibidos a consecuencia de tales agresiones. Como si hubiera querido…, después del baño…, desnudar a su hermana…, quitarle las envolturas…, o los velos…, o algo semejante. No nos fue posible desentrañar con seguridad el contenido de estos sueños; pero la impresión de que en ellos era elaborado siempre el mismo material en formas distintas nos reveló la verdadera condición de las supuestas reminiscencias en ellos integradas. No podía tratarse más que de fantasías imaginadas por el sujeto sobre su infancia probablemente durante la pubertad, y que ahora habían vuelto a aparecer en forma difícilmente reconocible.

Su significación se nos reveló luego, de una sola vez, cuando el paciente recordó de pronto que, «siendo todavía muy pequeño y hallándose aún en la primera finca», su hermana le había inducido a realizar actos de carácter sexual. Surgió primero el recuerdo de que al hallarse juntos en el retrete le invitaba a mostrarse recíprocamente el trasero, haciéndolo ella la primera, y poco después apareció ya la escena esencial de seducción con todos sus detalles de tiempo y lugar. Era en primavera y durante una ausencia del padre. Los niños jugaban, en el suelo, en una habitación contigua a la de su madre. La hermana le había cogido entonces el miembro y había jugueteado con él mientras le contaba, como para justificar su conducta, que la chacha hacía aquello mismo con todo el mundo; por ejemplo, con el jardinero, al que colocaba cabeza abajo y le cogía luego los genitales.

Tales hechos nos facilitan la comprensión de las fantasías antes deducidas. Estaban destinadas a borrar de la memoria del sujeto un suceso que más tarde hubo de parecer ingrato a su amor propio masculino y alcanzaron tal fin, sustituyendo la verdad histórica por un deseo antitético. Conforme a tales fantasías, no había desempeñado él con su hermana el papel pasivo, sino que, por el contrario, se había mostrado agresivo queriendo ver desnuda a su hermana, y siendo rechazado y castigado, lo cual había provocado en el aquellos accesos de cólera de los que tanto hablaba la tradición familiar. Resulta también muy adecuado entretejer en estas fantasías a la institutriz, a la cual había sido atribuida por la madre y la abuela la culpa principal de sus accesos de cólera. Tales fantasías correspondían, pues, exactamente a aquellas leyendas con las cuales una nación ulteriormente grande y orgullosa intenta encubrir la mezquindad de sus principios.

En realidad, la institutriz no podía haber tenido en la seducción y en sus consecuencias más que una participación muy remota. Las escenas con la hermana se desarrollaron durante la primavera inmediatamente anterior al verano, durante el cual quedaron encomendados los niños a los cuidados de la inglesa. La hostilidad del niño contra la institutriz surgió más bien de otro modo. Al insultar a la niñera llamándola bruja, la institutriz quedó equiparada, en el ánimo del sujeto, a su propia hermana, que había sido la primera en contarle de su querida chacha cosas monstruosas e increíbles, y tal equiparación le permitió exteriorizar contra la inglesa la hostilidad que, según veremos luego, se había desarrollado en él contra su hermana a consecuencia de la seducción.

Interrumpiré ahora, por breve espacio, la historia infantil de mi paciente para examinar la personalidad de su hermana, su evolución y sus destinos ulteriores y la influencia que sobre él ejerció. Le llevaba dos años y le precedió siempre en el curso del desarrollo intelectual. Después de una niñez indómita y marcadamente masculina, su inteligencia realizó rápidos y brillantes progresos, distinguiéndose por su penetración y su precisa visión de la realidad. Durante sus estudios mostró predilección por las ciencias naturales; pero componía también poesías que el padre juzgaba excelentes. Muy superior en inteligencia a sus numerosos pretendientes, solía burlarse de ellos y nunca llegó a tomar en serio a alguno. Pero recién cumplidos los veinte años comenzó a dar signos de depresión, lamentándose de no ser suficientemente bonita, y acabó eludiendo por completo el trato social. A su vuelta de un viaje en compañía de una señora amiga de la familia, contó cosas absolutamente inverosímiles, tales como la de haber sido maltratada por su acompañante; pero, sin embargo, permaneció afectivamente fijada a ella. Poco después, en un segundo viaje se envenenó y murió lejos de su casa. Probablemente su afección correspondía al comienzo de una demencia precoz. Vemos en ella un testimonio de la evidente herencia neuropática de la familia y no ciertamente el único. Un tío suyo, hermano de su padre murió después de largos años de una vida extravagante, de cuyos detalles podía deducirse que padecía una grave neurosis obsesiva. Y muchos parientes colaterales suyos mostraron y muestran trastornos nerviosos menos graves.

Para nuestro paciente, su hermana fue durante toda su infancia -dejando aparte el hecho de la iniciación sexual- una peligrosa competidora en la estimación de sus padres, y su superioridad, implacablemente ostentada, le agobió de continuo con su peso. La envidiaba, sobre todo, la admiración que su padre mostraba ante su gran capacidad, en tanto que él, intelectualmente cohibido por su neurosis obsesiva, tenía que contentarse con una estimación mucho más tibia. A partir de sus catorce años comenzaron a mejorar las relaciones de ambos hermanos, pues su análoga disposición espiritual y su común oposición contra los padres acabaron por establecer entre ellos una afectuosa camaradería. En la tormentosa excitación sexual de su pubertad, el sujeto intentó aproximarse físicamente a su hermana, y cuando ésta le hubo rechazado con tanta decisión como habilidad, se volvió en el acto hacia una muchachita campesina que servía en la casa y llevaba el mismo nombre que su hermana. Con ello dio un paso decisivo para su elección heterosexual de objeto, pues todas las muchachas de las que posteriormente hubo de enamorarse, con evidentes indicios de obsesión muchas veces, fueron igualmente criadas, cuya ilustración e inteligencia habían de ser muy inferiores a la suya. Ahora bien: si todos estos objetos eróticos eran sustitutivos de su hermana, no conseguida, habremos de reconocer como factor decisivo de su elección de objeto una tendencia a rebajar a su hermana y a suprimir aquella superioridad intelectual suya, que tanto le había atormentado en un período de su vida.

A motivos de este género, nacidos de la voluntad de poderío del instinto de afirmación del individuo, ha subordinado también Alfredo Adler, como todo lo demás, la conducta sexual de los hombres. Sin llegar a negar la importancia de tales motivos de poderío y privilegio, no he logrado tampoco convencerme jamás de que pueden desempeñar el papel dominante y exclusivo que les es atribuido. Si no hubiera llevado hasta el fin el análisis de mi paciente, la observación de este caso me hubiera obligado a rectificar tales prejuicios en el sentido propugnado por Adler. Por el término de este análisis trajo consigo, inesperadamente nuevo material, del cual resultó nuevamente que los motivos de poderío (en nuestro caso la tendencia al rebajamiento) sólo habían determinado la elección de objeto en el sentido de una aportación y una racionalización, en tanto que la determinación auténtica y más profunda me permitió mantener mis convicciones anteriores.

El paciente manifestó que al recibir la noticia de la muerte de su hermana no había experimentado el menor dolor. Imponiéndose signos exteriores de duelo se regocijaba fríamente en su interior de haber llegado a ser el único heredero de la fortuna familiar. Por esta época llevaba ya varios años enfermo de su reciente neurosis. Pero confieso que este dato me hizo vacilar durante mucho tiempo en el diagnóstico del caso. Era de esperar, desde luego, que el dolor producido por la pérdida de la persona más querida de su familia quedase inhibido en su exteriorización por el efecto continuado de los celos que aquélla le inspiraba y por la intervención de su enamoramiento incestuoso, reprimido e inconsciente. Pero no me resignaba a renunciar al hallazgo de un sustitutivo de la explosión de dolor inhibida. Por fin lo hallamos en una manifestación afectiva que el sujeto no había logrado explicar. Pocos meses después de la muerte de su hermana hizo él un viaje a la ciudad donde la misma había muerto, buscó en el cementerio la tumba de un gran poeta que por entonces encarnaba su ideal y vertió sobre ella amargas lágrimas. A él mismo le extrañó y le desconcertó tal reacción, pues sabía que desde la muerte de aquel poeta por él venerado había transcurrido ya más de un siglo y solo la comprendió al recordar que el padre solía comparar las poesías de la hermana muerta con las de aquel gran poeta. Un error cometido por el sujeto en sus comunicaciones posteriores me facilitó ahora la interpretación de aquel acto piadoso aparentemente dedicado al poeta. Había manifestado, en efecto, varias veces que su hermana se había pegado un tiro, y tuvo luego que rectificar diciendo ser más cierto que se había envenenado. Ahora bien: el poeta llorado había muerto en un desafío a pistola.

Vuelvo ahora a la historia del hermano, que a partir de aquí habré de exponer en forma más pragmática. Pudimos fijar con precisión que la edad del sujeto cuando su hermana comenzó su iniciación sexual, era la de tres años y tres meses. Las escenas descritas se desarrollaron, como ya hemos dicho, en la primavera de aquel mismo año en que los padres, al regresar en otoño de su viaje veraniego encontraron al niño completamente transformado. Habremos, pues, de inclinarnos a relacionar dicha transformación con el despertar de su actividad sexual, acaecida en el intervalo.

¿Cómo reaccionó el niño a la seducción de su hermana mayor? Con una decidida repulsa, como ya sabemos; pero tal repulsa se refería tan sólo a la persona y no a la cosa. La hermana no le era grata como objeto sexual, probablemente porque su actitud ante ella se encontraba ya determinada en un sentido hostil por su competencia en el cariño de los padres. Eludió, pues, sus tentativas de aproximación sexual, que no tardaron así en cesar por completo. Pero, en cambio, trató de sustituir la persona de su hermana por otra más querida, y las revelaciones de aquélla, que había intentado justificar su proceder con el supuesto ejemplo de la chacha, orientaron su elección hacia esta última. En consecuencia, comenzó a juguetear con su miembro ante la chacha, conducta en la que hemos de ver una tentativa de seducción, como en la mayor parte de aquellos casos en los que los niños no ocultan el onanismo. Pero la chacha le defraudó, poniendo cara seria y declarando que aquello no estaba bien y que a los niños que lo hacían se les quedaba en aquel sitio una «herida».

Los efectos de esta revelación, equivalente a una amenaza de castración, actuaron en muchas direcciones, en las cuales habremos de seguir sus huellas. En primer lugar, su cariño por la chacha experimentó con ello un rudo golpe. En el momento mismo de su desilusión no pareció enfadado con ella; pero más tarde, cuando empezaron sus accesos de cólera, se demostró que le guardaba rencor. Ahora bien: uno de los rasgos característicos de su conducta consistía en que antes de abandonar una localización de su libido, imposible de sostener por más tiempo, la defendía siempre tenazmente, y así, cuando surgió en escena la institutriz e insultó a la chacha, echándola del cuarto y queriendo destruir su autoridad, el sujeto exageró su cariño a la insultada y mostró su desvío y su enfado contra la inglesa. Pero, de todos modos, comenzó a buscar secretamente otro objeto sexual. La seducción le había dado el fin sexual pasivo de que le tocaran los genitales. Más adelante veremos de quién quería él conseguirlo y qué caminos le condujeron a tal elección.

Como era de esperar, sus primeras excitaciones sexuales iniciaron su investigación sexual, y no tardó en planteársele el problema de la castración. Por esta época pudo observar a dos niñas, su hermana y una amiguita suya, mientras estaban orinando. Su penetración natural hubiera debido hacerle deducir de esta percepción visual el verdadero estado de cosas; pero, en lugar de ello, se condujo en aquella forma que ya nos es conocida por el análisis de otros niños. Rechazó la idea de que tal percepción confirmaba las palabras de la chacha en cuanto a la «herida» y se la explicó diciéndole que aquello era «el trasero de delante» de las niñas. Pero tal explicación no bastó para alejar de su pensamiento el tema de la castración. En consecuencia, continuó extrayendo de cuanto oía y veía alusiones a dicho tema; por ejemplo, cuando la institutriz, muy dada a fantasías terroríficas, le dijo que unas barritas de caramelo eran pedazos del cuerpo de una serpiente, hecho que le recordó un relato de su padre, según el cual, habiendo encontrado una culebra en un paseo por el campo, la había matado cortándola en pedazos con su bastón; o cuando le leyeron el cuento del lobo que quiso pescar peces en invierno utilizando la cola como cebo, hasta que se le heló y se le cayó al agua. Así, pues, daba vueltas en su pensamiento al tema de la castración, pero no creía aún en la posibilidad de ser víctima de ella, y, por tanto, no le inspiraba miedo. Los cuentos que en esta época llegó a conocer le plantearon otros problemas sexuales. En la Caperucita Roja y en El lobo y las siete cabritas, los niños o las cabritas eran extraídos del vientre del lobo. Consiguientemente, o el lobo pertenecía al sexo femenino o también los varones podían albergar niños en el vientre. Este problema no llegó a obtener solución por aquella época. Además, durante el período de esta investigación sexual, el lobo no le inspiraba aún miedo.

Una de las comunicaciones del paciente nos facilita la comprensión de la alteración de su carácter surgida durante la ausencia de sus padres y remotamente enlazada con la seducción. Cuenta que después de la repulsa y la amenaza de la chacha abandonó muy pronto el onanismo. La vida sexual iniciada bajo la dirección de la zona genital había, pues, sucumbido a una inhibición exterior, cuya influencia la retrotrajo a una fase anterior correspondiente a la organización pregenital. A consecuencia de esta supresión del onanismo, la vida sexual del niño tomó un carácter sádico-anal, y el infantil sujeto se hizo irritable, insoportable y cruel, satisfaciéndose en tal forma con los animales y las personas. Su objeto principal fue su amada chacha, a la que sabía atormentar hasta hacerla llorar, vengándose así de la repulsa recibida y satisfaciendo simultáneamente sus impulsos sexuales en la forma correspondiente a la fase regresiva. Comenzó a hacer objeto de crueldades a animales pequeños, cazando moscas para arrancarles las alas y pisoteando a los escarabajos, y se complacía en la idea de maltratar también a animales más grandes; por ejemplo, a los caballos. Tratábase, pues, de actividades plenamente sádicas de signo positivo. Más tarde hablaremos de los impulsos anales correspondientes a esta época.

Facilitó grandemente el análisis el hecho de que en la memoria del paciente apareciera también el recuerdo de ciertas fantasías correspondientes a la misma época, pero de un género totalmente distinto, en las que se trataba de niños que eran objeto de malos tratos, consistentes principalmente en golpearles el pene. La personalidad de tales objetos anónimos quedó aclarada por otra fantasía en la que el heredero del trono era encerrado en un calabozo y fustigado. El heredero del trono era, evidentemente, el sujeto mismo. Resultaba, pues, que en tales fantasías el sadismo primario de nuestro paciente se había vuelto contra su propia persona, transformándose en masoquismo. El detalle de que los golpes recayeran preferentemente sobre el miembro viril nos permite concluir que en tal transformación intervino ya una consciencia de culpabilidad relacionada con el onanismo.

El análisis no dejó lugar alguno a dudas en cuanto a que tales tendencias pasivas hubieran de aparecer al mismo tiempo que las activas sádicas o inmediatamente después de ellas. Así corresponde la ambivalencia del enfermo, extraordinariamente clara, intensa y persistente, que se exteriorizó aquí por vez primera en el desarrollo idéntico de los pares de instintos parciales antitéticos. Tal circunstancia continuó luego siendo característica en el sujeto; tan característica como la anteriormente mencionada de que en realidad ninguna de las posiciones de su libido desaparecía nunca por completo, al surgir otras distintas, sino que subsistía junto a ellas, permitiéndole una continua oscilación que se demostró inconciliable con la adquisición de un carácter fijo.

Las tendencias masoquistas del sujeto nos conducen a un punto distinto cuya solución hemos omitido hasta ahora, ya que sólo el análisis de la fase inmediatamente ulterior nos lo descubre con plena certeza. Dijimos que, después de ser rechazado por la chacha, el sujeto desligó de ella sus esperanzas libidinosas y eligió otra persona como objeto sexual. Pues bien: tal persona fue la de su padre, ausente por entonces. A esta elección fue seguramente llevado por una coincidencia de distintos factores, casuales muchos de ellos, como el recuerdo del encuentro con la serpiente, a la que había partido en pedazos. Pero, ante todo renovaba con ella su primera y más primitiva elección de objeto, llevada a cabo correlativamente al narcisismo del niño pequeño, por el camino de la identificación. Hemos oído ya que el padre había sido su ideal y que, al preguntarle lo que quería ser, acostumbraba responder que un señor como su papá. Este objeto de identificación de su tendencia activa pasó a ser, en la fase sádico-anal el objeto sexual de una tendencia pasiva. Parece como si la seducción de que su hermana le había hecho objeto le hubiera impuesto el papel pasivo y le hubiera dado un fin sexual pasivo. Bajo la influencia continuada de este suceso, recorrió luego el camino desde la hermana y pasando por la chacha hasta el padre, o sea desde la actitud pasiva con respecto a la mujer hasta la actitud pasiva con respecto al hombre, hallando, además, en él un enlace con su fase evolutiva espontánea anterior. El padre volvió así a ser su objeto; la identificación quedó sustituida, como correspondía a un estadio superior de la evolución, por la elección de objeto, y la transformación de la actitud activa en una actitud pasiva fue el resultado y el signo de la seducción acaecida en el intervalo: en la fase sádica no le habría sido, naturalmente, tan fácil llegar a una actitud activa con respecto al padre prepotente. Cuando el padre regresó a finales de verano o principios de otoño, los accesos de cólera del niño hallaron una nueva finalidad. Contra la chacha habían servido para fines sádicos activos; contra el padre perseguían propósitos masoquistas. Exteriorizando su maldad, obligaba al padre a castigarle y pegarle, esto es, a procurarle la deseada satisfacción sexual masoquista. Así, pues, sus accesos de cólera no eran sino tentativas de seducción. Correlativamente a la motivación del masoquismo, hallaba también en tales castigos la satisfacción de su sentimiento de culpabilidad. Recuerdo cómo en uno de tales accesos de cólera redobló sus gritos al ver acercarse a su padre. Pero el padre no le pegó, sino que intento apaciguarle, jugando a la pelota con la almohada de su camita.

No sé con cuánta frecuencia tendrían sus padres ocasión de recordar esta relación típica ante la inexplicable conducta del niño. El niño que se conduce tan indómitamente confiesa con toda evidencia que desea atraerse un castigo. Busca simultáneamente en la corrección el apaciguamiento de su consciencia de culpabilidad y la satisfacción de sus tendencias sexuales masoquistas.

La posterior aclaración de nuestro caso la debemos a la precisa aparición del recuerdo de que todos los síntomas de angustia y miedo se agregaron a la alteración del carácter justamente después de un cierto suceso. Antes del mismo el sujeto no había sentido nunca miedo, y sólo después de él comenzó ya a atormentarle. Fue posible fijar exactamente la fecha de ese cambio en los días inmediatamente anteriores a aquel en que cumplió los cuatro años. La época infantil de la que hemos de ocuparnos queda así dividida, por este punto de referencia, en dos fases: un primer período de maldad y perversidad, desde la seducción, acaecida cuando el niño tenía tres años y tres meses, hasta su cuarto cumpleaños, y otro, sucesivo y más prolongado, en el que predominan los signos de la neurosis. Y el suceso que nos permite llevar a cabo esta división no es un trauma exterior, sino un sueño del que el sujeto despertó presa de angustia.


IV




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