Houston, houston



Descargar 317.2 Kb.
Página1/3
Fecha de conversión28.12.2017
Tamaño317.2 Kb.
Vistas159
Descargas0
  1   2   3

HOUSTON, HOUSTON,

¿ME RECIBE?

James Tiptree Jr.


* * *

Lorimer ojea la gran cabina atestada y trata de escuchar las voces. Trata también de ignorar el retortijón visceral que le anuncia que está por recordar algo desagradable. Pero es inútil, aquel momento del pasado vuelve a revivir. El, que se precipita atolondradamente - ¿o lo habían empujado? - en el cuarto de baño desconocido de Evanston Junior High. La bragueta abierta, el pene en la mano, aún puede ver el borde gris de la cremallera de los tejanos alrededor de la verga pálida y desnuda. El silencio. Las siluetas desconcertantes, las caras que se vuelven. La primera risotada. Muchachas. Había entrado en el baño de damas.


Amargamente humillado, tantos años después, elude las caras de las mujeres. La cabina se curva sobre su cabeza y lo rodea de objetos extraños el bastidor para bordar, el telar de las gemelas, la artesanía de Andy, esa endemoniada enredadera que se retuerce por todas partes, los pollos. Tan acogedor... Está atrapado. Irrevocablemente atrapado de por vida en todo lo que no le gusta. Falta de estructura. Fruslerías personales, intimidades insignificantes. Los requerimientos que por alguna razón oscura nunca podrá cumplir. Ginny: Nunca me hablas... Ginny, amor, piensa sin querer. Pero no siente dolor.
Lo asalta la estruendoso risa de Bud Geirr. Bud está bromeando con algunas de ellas, oculto por una partición. Pero Dave está a la vista. El mayor Norman Davis en el extremo opuesto de la cabina, el perfil barbado vuelto hacia una mujer oscura y menuda que Lorimer no acierta a distinguir. Pero la cabeza de Dave parece extrañamente diminuta y nítida, en verdad la cabina entera parece irreal. Un cacareo estalla en el «cielo raso»: la gallina de Bantam en su canasta.
En este momento Lorimer está seguro de que lo han drogado.
Es curioso pero la idea no lo enfurece. Se inclina, o más bien se voltea hacia atrás, y se posa de piernas cruzadas en la gravedad cero, volviendo los ojos hacia la mujer con la que estaba hablando. Connie. Constantia Morelos. Una mujer alta con cara de luna en un holgado pijama verde. En realidad nunca le ha interesado hablar con mujeres. Irónico.
- Supongo que es posible que no estemos aquí... en cierto modo - dice en voz alta.
No parece muy claro, pero ella asiente con interés. Está observando mis reacciones, se dice Lorimer. Las mujeres son envenenadoras natas. ¿Ha dicho también eso en voz alta? La expresión de ella no cambia. La visión de Lorimer está adquiriendo una agradable claridad local. La tez de Connie le parece delicada y saludable. Bronceada y olivácea tras dos años en el espacio. Era granjera, recuerda. Poros grandes, pero sin ese aspecto reseco que él asocia con las mujeres de esa edad.
- Quizá nunca habéis usado maquillaje - dice, y ve el desconcierto de ella -. Pintura para la cara, polvo. Ninguna de vosotras.
- ¡Oh! - la sonrisa de ella muestra un diente partido -. Sí, creo que Andy ha usado.
- ¿Andy?
- Para el teatro. Obras históricas, Andy entiende de eso.
- Claro. Obras históricas.
El cerebro de Lorimer parece que se expande y que abre paso a la luz. Ahora está comprendiendo activamente, las miríadas de retazos y fragmentos se enlazan en diseños. Diseños mortales, percibe. Pero la droga de algún modo lo protege. Un efecto anfetamínico, pero sin la presión. ¿Tal vez es algo que usan por sociabilidad? No, además observan.
- Muchachas del espacio, todavía no me entra en la cabeza - ríe contagiosamente Bud Geirr que tiene una voz amigable y alegre muy del gusto de la gente; a Lorimer aún le gusta después de dos años -. Tenéis niños allá en casa, ¿no? ¿Qué opinan ellos de que estéis flotando aquí con el buen Andy, eh?
Bud reaparece, el brazo aferrando los hombros de una de las mellizas. La que llaman Judy París, recuerda Lorimer. Las mellizas son difíciles de distinguir. Ella flota pasivamente en ángulo con el corpachón de Bud: es una muchacha feúcha de senos prominentes con un pijama amarillo y ondulante, el pelo negro y desmelenado. La cabeza roja de Andy se les acerca. Sostiene una gran pelota verde, y parece de dieciséis años.
- El buen Andy - Bud menea la cabeza, la sonrisa radiante bajo el bigote grueso y oscuro -. Cuando yo tenía tu edad no se podía andar flotando con mujeres.
Los labios de Connie se estremecen ligeramente. En la cabeza de Lorimer las piezas encajan y forman un diseño. Sé, piensa. ¿Sabéis que sé? Su cabeza es vasta y cristalina, realmente muy bonito. Más fácil para pensar. Las mujeres... Ninguna generalización compacta se le forma en la mente, sólo unas pocas caras parlantes en una matriz de irrelevancia difusa. Humanas, por supuesto. Necesidad biológica. Sólo que tan, tan... ¿Imprecisas? ¿Vanas? Su hermana Amy, soprano con tremolo: Claro que las mujeres serían capaces como los hombres si nos tratarais como iguales. ¡Ya verás! Y luego su segundo matrimonio con ese idiota. Bueno, ya ha visto.
- Enredaderas - dice en voz alta, y Connie sonríe, como sonríen todas.
- ¿Qué te parece? - dice alegremente Bud -. ¿Habías pensado que alguna vez veríamos muchachas en cero-g, eh Dave? ¡Espléndido! ¡Iuhuuu! - la cabeza barbada de Dave se vuelve hacia él sin sonreír -. Y el buen Andy acaparándolas a todas... Hace mal al crecimiento, muchacho - empuja jovialmente a Andy y lo lanza contra la partición. Bud no puede estar ebrio, piensa Lorimer. No con esa sidra de frutas. Pero normalmente no se porta como un texano de feria. Una droga.
- Eh, no te ofendas - le dice Bud al muchacho, seriamente -. De veras. Tienes que perdonar a un hermano menesteroso. Estas chicas son buena gente. ¿Sabes una cosa? - le dice a la muchacha -. Lucirías estupenda si te arreglaras un poco. Yo puedo mostrarte, el viejo Bud es un experto. Espero que no importe lo que he dicho. En verdad luces realmente estupenda así como estás.
Le estruja los hombros, estira el brazo y también estruja a Andy. Flotan y se elevan, abrazados. Judy sonríe con excitación, casi bonita.
- Sirvámonos más de esa bebida - Bud los empuja a ambos hacia la barra, que para la ocasión ha sido decorada con arreglos florales y pequeñas margaritas auténticas.
- ¡Feliz Año Nuevo! ¡Eh, Feliz Año Nuevo para todos!
Las caras se vuelven, más sonrisas. Sonrisas genuinas, piensa Lorimer, quizá disfrutan de veras de sus años nuevos. Presiente que tiene una infinitud de tiempo para examinar cada hecho, las aplicaciones ramificadas en facetas cristalinas. Soy una cámara de ecos. Es grato observar. Pero ellas también observan. Han iniciado algo aquí. ¿Se dan cuenta? Tan vulnerables, nosotros tres, con cinco en esta nave frágil. Ellos no saben. Un espanto desconectado de la acción acecha detrás de su mente.
- Por Dios que lo logramos - ríe Bud -. Muchachas del espacio, el mérito es vuestro. Os felicito, lo juro por Dios. No estaríamos aquí, dondequiera estemos. ¿Sabéis una cosa? Tal vez decida quedarme en el servicio, después de todo. ¿Crees que habrá lugar para el buen Buddy en tu programa espacial, muñeca?
- Basta, Bud - dice serenamente Dave -. No quiero que se emplee de ese modo el nombre del Creador - la barba espesa y castaña trasunta una gravedad patriarcal. Dave tiene cuarenta y seis años, una década más que Bud y Lorimer. Veterano de seis misiones exitosas.
- Mil perdones, mayor Dave, viejo camarada - Bud se vuelve a la muchacha con una risa cómplice -. Nuestro locomandante. Un tipo estupendo. ¡Eh, Doc! - llama -. ¿Cómo está tu posición? ¿Todo al pelo?
- Salud - se oye responder a Lorimer, y el complejo estrato de sus sentimientos por Bud emerge como un kraken en el claro de luna de su mente. Los callados sentimientos inmersos que le despiertan todos ellos, todos los Buds y Daves y los grandes, indómitos, joviales, capaces, disciplinados, tontos mesomorfos que han sido parte de su vida. Meso-ectos, se corrige. Los astronautas no son atletas sin cerebro. Simpatizan con él, ha tenido cuidado con eso. Simpatizaron lo suficiente para embarcarlo en el Pájaro del Sol, para designarlo científico oficial de la primera misión circunsolar. Ese doctor Lorimer, el parco, está en el equipo. Lorimer sabe comportarse, no como esos otros científicos imbéciles. Hace lo suyo, con ese cuerpo pulcro y menudo y esas frases directas. Y los años de levantarse para el bowling, el vóleibol, el tenis, el tiro al blanco, el esquí que le quebró el tobillo, el fútbol que le quebró la clavícula. Cuidado con el doctor, se las trae. Y los veteranos que le palmean la espalda en señal de aceptación. El científico mascota. Doc, para ellos. Sólo que ya no es un científico. La fama creada con su trabajo posdoctoral sobre el plasma, un acierto afortunado. Pero hace años que no estudia en serio, que no se actualiza. Demasiados intereses dispersos, demasiado tiempo para explicar nociones elementales. Casi un gimnasta, piensa. Treinta centímetros y treinta kilos más, y sería igual que ellos. Uno de ellos. Un alfa. Probablemente ellos lo palpan por debajo, su rencor beta. ¿Ya no había mucho ánimo para bromas en el Pájaro del Sol, después de un año de viaje? Un año de Bud y Dave jugando al gin rummy. Los malditos ejercicios de pedaleo, demasiado pesados para mí. Pero no es culpa de ellos, formábamos un equipo.
Un pantallazo de la memoria le muestra los tejanos entreabiertos, los genitales al aire, las caras burlonas que esperan su salida. Los aullidos, las gotas en la pierna. Actuar con parquedad, fingir que él también reía. Cabezas huecas, ya verán. No soy una muchacha.
- ¡Y Feliz Año Nuevo para todos los que estáis allá abajo! - salmodia la voz ronca de Bud, parodia del gangoso tono de la NASA -. ¡Eh! ¿Por qué no les enviamos una señal? Saludos a todos los terráqueos. A todos los lunáticos, mejor dicho. Feliz Año No-Sé-Cuánto. - moquea con gracia -. Aquí está Santa Claus, Houston. Nunca se ha visto nada igual. Houston, dondequiera estés - canturrea -. ¡Eh, Houston! ¿Me recibes?
En el silencio Lorimer advierte que la cara de Dave se transforma en el rostro autoritario del mayor Norman Davis.
Y sin previo aviso está de vuelta allí, de vuelta un año atrás en el percudido y estrecho módulo de comando del Pájaro del Sol, saliendo de detrás del Sol. Es la droga, piensa acuciado por el recuerdo, es tan real. Basta. Trata de aferrarse a la realidad, de tantear el problema que crece por debajo.
Pero no puede, está allí, flotando detrás de Dave y Bud en el asiento triple, y como de costumbre elude su puesto oficial en el medio, viendo sus reflejos contra la negrura en la ventana inutilizada de la compuerta. La capa exterior está fundida, y apenas se distingue un borrón brillante que tiene que ser Spica flotando a través de la imagen de la cabeza de Dave, que le da al vendaje el aspecto de una corona.
- Houston, Houston, Pájaro del Sol - repite Dave -. Pájaro del Sol llamando a Houston, ¿me recibe? Adelante, Houston.
Los minutos pasan. Calculan siete de ida, siete de vuelta. Ciento diez millones de kilómetros, un amplio margen.
- La antena de la radio está averiada - dice Bud jocoso. Lo dice casi todos los días.
- Es inútil - la voz de Dave es paciente, también como de costumbre -. Era de esperar. Todavía hay demasiada interferencia del Sol, ¿no es así, doctor?
- La radiación residual de la explosión está casi en línea con nosotros - dice Lorimer -. Tal vez les cueste localizarnos - por milésima vez percibe su débil y absurda gratificación por ser consultado.
- Caray, no pasamos Mercurio - Bud menea la cabeza -. ¿Cómo averiguaremos quién ha ganado el campeonato?
Eso también lo dice a menudo. Todo un ritual en esta noche eterna. Lorimer observa el resplandor de Spica bogar junto al reflejo de la pelambre que cubre la cara de Bud. El mismo tiene patillas ralas y desgreñadas, como un Fu Manchú rubio. En el rincón de popa de la ventana hay un fulgor estriado que debe venir de los restos de los acumuladores de energía laterales, calcinados en la explosión solar que hace un mes los alcanzó y fundió las capas exteriores de las ventanas. Fue entonces cuando Dave se partió la cabeza contra un panel. Lorimer chocó contra el medidor de ondas gravitatorias, todavía no confía en las lecturas. Por suerte el bombardeo de partículas no afectó un sector de la ventana frontal, todavía tienen unos veinte grados de visión clara delante. Allí se ve la brillante telaraña de las Pléyades disuelta en una nube de luz.
Doce minutos... Trece. El altavoz suspira y cloquea, callado. Catorce. Nada.
- Pájaro del Sol a Houston. Pájaro del Sol a Houston. Adelante, Houston. Cambio - Dave vuelve a colgar el micrófono -. Démosles veinticuatro minutos.
La espera es ritual. Mañana Packard responderá, tal vez.
- Es bueno ver de nuevo la vieja Tierra - observa Bud.
- No usaremos más combustible en posición - le recuerda Dave -. Confío en las cifras de Doc.
No son mis cifras, son hechos elementales de mecánica celeste, piensa Lorimer. En octubre la Tierra puede estar en un solo lugar. Nunca lo dice. No al menos, a un hombre capaz de volar intuitivamente de cualquier cuerpo a otro una vez que sabe dónde está. Bud es buen piloto y mejor ingeniero; Dave es el mejor que hay, pero nunca alardea: «El Señor nos ayuda, Doc, si nos dejamos ayudar».
- El descenso será endiablado con el radar estropeado - dice ociosamente Bud; lo piensa por centésima vez. Será endiablado. Dave lo hará. Por eso está ahorrando combustible.
Los minutos pasan.
- Ya está - dice Dave, y una voz desconcertante inunda la cabina.
- ¿Judy? - es alta y clara. Una voz de muchacha.
- Judy, me alegra tanto recibirte. ¿Qué haces en esta banda?
Bud resopla. Hay un instante de incertidumbre antes que Dave empuñe el micrófono.
- Pájaro del Sol, les recibimos. Esta es Misión Pájaro del Sol, que llama a Houston... Pájaro del Sol Uno llamando a Control de Tierra de Houston. Identifíquese, ¿quién es?
- ¿Recibe nuestra señal? Cambio.
- Estamos ligados - dice Bud -. Alguna increíble interferencia.
- ¿Te pasa algo, Judy? - pregunta la voz de muchacha -. No te oigo, hay ruido en la línea. Espera un minuto.
- Esta es la Misión Espacial Pájaro del Sol Uno de los Estados Unidos - repite Dave -. Misión Pájaro del Sol llamando al Centro Espacial de Houston. Está ocupando nuestro canal. Identifíquese, repito, identifíquese y diga si puede retransmitir a Houston. Cambio.
- Al pelo, Judy. Intenta de nuevo - dice la muchacha.
Lorimer se desplaza bruscamente hacia el acumulador de densidad de partículas de largo alcance, un aparato experimental, y activa el motor. El aparato gime y cimbra; por suerte estaba retraído durante la tormenta solar y se salvó de quedar soldado.
Sintoniza la sonda al máximo e inicia una tosca detección manual.
- Está interceptando tráfico oficial entre una misión espacial y el Control de Houston - dice Dave, tenso -. Si no puede retransmitir a Houston corte la comunicación, está cometiendo un delito federal. Repito, ¿puede retransmitir nuestra señal al Centro Espacial de Houston? Cambio.
- Todavía se oye muy mal - dice la muchacha -. ¿Qué es Houston? Y además, ¿quién habla? No tenemos demasiado tiempo... - la voz es dulce pero muy nasal.
- Jesús, ahí la tienes - dice Bud -. Ahí la tienes.
- Déjame ver - Dave se vuelve hacia la improvisada pantalla del radar de Lorimer.
- Allí - Lorimer señala un diminuto pico estable en el borde de la pantalla, en el sector transcoronal. Bud se inclina también.
- ¡Un intruso!
- Tenemos compañía.
- ¿Hola, hola? Ya los tenemos - dice la muchacha -. ¿Por qué se oye tan lejos? ¿Estáis al pelo? ¿Habéis captado la explosión?
- Un segundo - advierte Dave -. ¿Cuál es la posición, Doc?
- Más de trescientos mil kilómetros, aproximadamente. Es posible que se estén alejando de nosotros para rodear el Sol. ¿Podrían ser cosmonautas, una misión soviética?
- Para ganamos de mano. No han tenido suerte.
- ¿Con una muchacha? - objeta Bud.
- Ya lo han hecho. ¿Estás grabando esto, Bud?
- Afirmativo - sonríe Bud -. Pero eso no sonaba como una rusa. ¿Quién diablos es Judy?
Dave piensa un segundo, enciende el micrófono.
- Habla el mayor Norman Davis, al mando de la nave espacial Pájaro del Sol Uno de los Estados Unidos. Les tenemos en pantalla. Requerimos identificación. Repito, ¿quiénes sois vosotros? Cambio.
- Judy, basta de bromas - protesta la voz -. Te perderemos en un minuto. ¿No entiendes que nos tenías preocupadas?
- Pájaro del Sol a nave no identificada. No habla Judy. Repito, no habla Judy. ¿Quién es usted? Cambio.
- ¿Qué...? - dice la muchacha y otra voz la interrumpe.
- Espera un minuto, Ann - el altavoz chilla, y luego otra mujer dice -: Habla Lorna Bethune, del Escondita. ¿Qué ocurre aquí?
- Habla el mayor Davis al mando de la Misión Pájaro del Sol de los Estados Unidos en curso hacia la Tierra. No reconocemos ninguna nave Escondita. Identifíquense, por favor. Cambio.
- Acabo de hacerlo - es una voz más vieja con el mismo arrastre nasal -. No hay ninguna nave espacial Pájaro del Sol y no estáis en curso hacia la Tierra. Si es una broma no es nada graciosa.
- ¡No es una broma, señora! - estalla Dave -. Esta es una misión circunsolar norteamericana y somos astronautas norteamericanos. Su interferencia nos molesta. Fuera.
La mujer empieza a hablar y un chillido de estática le ahoga la voz. Al poco tiempo se oyen dos voces. Lorimer cree oír las palabras «Programa Pájaro del Sol» y algo más. Bud manipula el silenciador. La interferencia muere en un ronroneo.
- ¿Mayor Davis? - la voz es más débil -. ¿Dijo usted que se dirige a la Tierra?
Dave frunce el ceño y responde, seco:
- Afirmativo.
- Bien, no entendemos su órbita. Deben de tener características de vuelo bastante inusuales. Nuestros datos indican que no llegarán a ninguna parte con el curso actual. Perderemos la señal en uno o dos minutos más. ¿Podría decir dónde ve ahora la Tierra? No importa las coordenadas, sólo dígame la constelación.
Dave titubea y luego alza el micrófono.
- Doc.
- La posición de la Tierra está en Piscis - dice Lorimer -. Aproximadamente a tres grados de P. Gamma.
- No - dice la mujer -. ¿No ve que está en Virgo? ¿No puede mirar afuera?
Lorimer se vuelve hacia el borrón brillante de la ventana.
- Hemos sufrido averías...
- Espera - exclama Dave.
- ...en una ventana durante una perturbación que nos sorprendió en el perihelio. Naturalmente conocemos la dirección relativa de la Tierra hoy, diecinueve de octubre.
- ¿Octubre? Estamos en marzo - dice Bud al sintonizar; todos se inclinan ante el altavoz desde ángulos diferentes. Lorimer está cabeza abajo, los ruidos gimen y chocan como rompientes, la nave desconocida está muy cerca del horizonte coronal.
- ...detrás de ustedes - se oyen más aullidos - ...banda. Traten..., nave... si pueden, su señal - y no perciben nada más.
Lorimer retrocede, mira la chispa en la ventana. Tiene que ser Spica. Pero es alargada, como si hubiera otra fuente de emisión al lado. Imposible. Una excitación le bulle dentro, las voces de las mujeres le retumban en la cabeza.
- Pasa la cinta - dice Dave -. A Houston le interesará muchísimo oír esto.
Escuchan de nuevo a la muchacha que llama a Judy, a la mujer que dice ser Lorna Bethune. Bud alza un dedo.
- Allí hay una voz de hombre.
Lorimer presta atención a las palabras que creyó oír antes. La cinta termina.
- Espera a que Packard reciba esto - Dave se frota los brazos -. ¿Recuerdas lo que le endilgaron a Howie? Y que alegaron que ellos lo habían rescatado...
- Parece que nos quieren en su frecuencia - sonríe Bud -. Deben de pensar que estamos m-u-u-u-y lejos. Eh, creo que esa otra cápsula aparecerá de nuevo. Seremos una multitud aquí fuera.
- Si aparece - dice Dave -. Deja el alerta encendido, Bud. Las baterías se encargarán.
Lorimer observa la chispa de Spica, o Spica-más-algo, y se pregunta si alguna vez entenderá. La aceptación casual de una trampa o señuelo en esta increíble soledad. Bueno, si esos intrusos son del mismo molde, tal vez lo sea.
- Escondita es un nombre raro para una misión soviética - dice en voz alta -. Creo que significa «oculta» en español.
- Ajá - dice Bud -. Eh, yo les conozco el acento. Es australiano. En Hickam salimos con unas australianas. ¿No será que Woomara está enviando alguna misión combinada?
Dave sacude la cabeza.
- No tienen medios.
Lorimer interviene con tono reflexivo:
- Nos topamos con algún fenómeno realmente extraño, Dave. Empiezo a desear que realmente pudiéramos echar una ojeada.
- ¿Has metido la pata, Doc?
- No. La Tierra está donde dice, si es octubre. En marzo estará en Virgo.
- Entonces no hay más que hablar - sonríe Dave, y se levanta del asiento -. ¿Has dormido cinco meses, Rip Van Winkle? Hay tiempo para una mano antes de la gimnasia.
- Lo que me gustaría saber es qué facha tiene esa hembra - dice Bud cuando cierra el receptor -. ¿Le ayudo a ponerse el traje espacial, señoritas Eh, señorita, métase esto, ¡psst-psst-psst! ¿Vas a escuchar, Doc?
- Exacto - Lorimer está desplegando los mapas. Los otros pasan a la pequeña sala de recreación de popa por el túnel, sin hacer más comentarios sobre la presencia de la nave desconocida. Lorimer está más impresionado de lo que querría admitir. Fue esa maldita frase.
El tedioso período de ejercicios llega y pasa. Hora de almorzar: dan a los conteiners un calor mínimo para preservar las baterías. De nuevo pollo. Bud lo condimenta con ketchup y rompe el silencio habitual contando una anécdota graciosa sobre una muchacha australiana, haciendo una laboriosa autocensura para ajustarse a las tácitas normas de conversación del Pájaro del Sol. Después del almuerzo Dave vuelve al módulo de comando. Bud y Lorimer continúan con la tarea habitual de revisar trajes y equipo para salir al espacio a examinar las averías cuando baje la radiación. Ya están terminando cuando Dave los llama. Lorimer sale del túnel y oye una estridente voz de muchacha:
- ...viaje al pelo. ¿Qué dijo Lorna? Aquí Gloria. Cambio.
Enciende el acumulador y se pone a rastrear. Esta vez no obtiene resultados.
- O están en línea detrás de nosotros, o en el cuadrante solar - informa al fin -. No puedo aislarlas.
Poco después otro hilillo de sonido brota del altavoz.
- Podría ser su control de tierra - dice Dave -. ¿Cómo está el horizonte, Doc?
- Cinco horas. Siberia noroeste, Japón, Australia.
- Os decía que la antena no va bien - Bud alimenta cautelosamente el motor de la antena -. Despacio, despacio. La estructura está torcida, eso es.
- No la partas - dice Dave, sabiendo que Bud no lo hará.
El chillido se extingue, vuelve.
- Eh, esto nos puede servir - dice Bud -. Podemos sintonizarlas.
Una dura soprano dice de pronto:
- Tendrían que estar fuera de vuestra órbita. Intentad en Beta Aries.
- Otra hembra. Ya tenemos la posición - dice alegremente Bud -. Tenemos la posición, creo que nuestros problemas han terminado. Ese artefacto estaba torcido ciento cuarenta y cinco grados. ¡Hurra!
Oyen otra vez a la primera muchacha.
- ¡Los vemos, Margo! ¡Pero es tan pequeña...! ¿Cómo vivirán ahí dentro? Tal vez sean criaturas diminutas.
Cambio.
- Esa es Judy - ríe Bud -. Dave, es un disparate, hablan todo en inglés. Tiene que ser alguna misión de la ONU.
Dave se masajea los codos y hace flexiones de puños mientras piensa. Esperan. Lorimer cavila sobre esos ciento cuarenta y cinco grados desde Gamma Piscium...
En trece minutos la voz de la Tierra dice:
- Judy, llama a las demás, por favor. Vamos a pasar la conversación, creo que todas deberíais oírla. Dos minutos. Oh, mientras esperamos, Zebra quiere decirle a Connie que el bebé está bien. Y tenemos una vaca nueva.
- Código - dice Dave.
Pasan la grabación. Los tres hombres vuelven a escuchar a Dave cuando llama a Houston entre descargas de ruidos solares. La transmisión se aclara rápidamente y se interrumpe cuando la mujer dice que otra nave, el Gloria, está detrás de ellos, más cerca del Sol.



Compartir con tus amigos:
  1   2   3


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos