Horizontes y dilemas del pensamiento contemporáneo en el sur global



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II Congreso Latinoamericano de Teoría Social y Teoría Política

Horizontes y dilemas del pensamiento contemporáneo en el sur global” Buenos Aires, 2 al 4 de Agosto de 2017






II Congreso Latinoamericano de Teoría Social y Teoría Política

“Horizontes y dilemas del pensamiento contemporáneo en el sur global”

Buenos Aires, 2 al 4 de Agosto de 2017

Mesa Temática número y nombre.

MESA 11: Guerra y teoría social. Coordinadores: Flabián Nievas (UBA-CONICET) y Pablo Bonavena (UBA/Instituto Gino Germani-UNLP)

Título de la ponencia.

Teoría social y guerra: Formalismo y positivismo en las teorías de Lloyd y Bülow

Nombre, Apellido y pertenencia Institucional de los autores.

Pablo A. Bonavena (UBA/UNLP)

Resumen


Sobre finales del siglo XVIII y principios del XIX se expandió la idea de desarrollar el pensamiento sobre la sociedad con la misma eficacia que habían logrado las ciencias de la naturaleza. La sociología nació por impulso de esta iniciativa, como atestiguan las obras de Saint Simon y Comte, pero no fue la única área del conocimiento que asumió el desafío. El pensamiento militar también resultó invadido por esta pretensión. Henry Humphrey Evans Lloyd (1718/1783) fue quien inauguró una nueva etapa en la historia del pensamiento militar, pues procuró brindarle un sustento científico alrededor del trazo de las “líneas de operaciones”. Heinrich Dietrich von Bülow (1757-1807) fue un continuador de esta orientación; postuló el uso de la geometría (ángulos y triángulos) para el diseño de las batallas. En esta ponencia se abordarán sus perspectivas, trazando una línea de continuidad en la formulación de lo que se conoce como la “ciencia militar positiva”.

Lloyd y la ciencia de la guerra

Nacido en Gales, Henry Humphrey Evans Lloyd (1718/1783), discípulo de David Hume, tuvo una vida agitada.1 Pasó por el intento de ser monje, pero se dedicó especialmente a la actividad militar, que combinó con su participación política y misiones clandestinas.2 Ganó prestigio en el ámbito castrense enseñando geografía y el arte de las fortificaciones a algunos oficiales de la brigada irlandesa.3 Inclusive, se había distinguido como ingeniero militar desde muy joven.4 En su carrera formó parte de varios ejércitos y este derrotero generó que lo reconozcan como un “soldado de la fortuna” o “mercenario”:5 Veamos su itinerario: “En 1745, Lloyd acompañó al ejército francés en una invasión de los Países Bajos austriacos (parte de la guerra de la sucesión austríaca que duró de 1740 a 1748). Fue comisionado en el cuerpo de ingenieros francés después de que sus bocetos en la batalla de Fontenoy llamaron la atención del ingeniero comandante francés. Con el grado de capitán, Lloyd entonces acompañó la expedición Jacobite 1745/46 en apoyo del "Young Pretender" (Charles Edward Stuart) a Escocia. Dejó el ejército para llevar despachos a los rebeldes en Gales y luego examinó la costa sur de Inglaterra (disfrazada de clérigo) en previsión de una invasión francesa. Fue arrestado como sospechoso de espía y llevado a Londres, pero su liberación fue adquirida por John Drummond y Lloyd regresó a Francia. Luchó para el ejército francés como mayor en el sitio de Bergen op Zoom en 1747. Integró el ejército prusiano antes de volver al servicio francés en 1754 bajo el mando del mariscal Charles Louis Auguste Fouquet de Belle-Isle. Luego regresó a Inglaterra, esta vez disfrazado de comerciante, para llevar a cabo otra observación de la costa para un desembarco francés. Se reunió con Drummond en Londres, en 1756, alegando recibir 500 libras al año del gobierno británico: Lloyd nunca fue comisionado en el ejército británico, pero este dinero puede haber sido del servicio secreto. Luego se unió al ejército austríaco como teniente coronel y fue intendente en el cuerpo del mariscal de campo Franz Moritz von Lacy durante las primeras etapas de la Guerra de los Siete Años. Después de ser promovido a mayor general, Lloyd cambió alianzas en 1760 y se unió al ejército prusiano, sirviendo bajo Fernando, duque de Brunswick. En 1763, trató de acoplarse a las fuerzas portuguesas, que se preparaban para defenderse contra España, pero el conflicto terminó antes de poder conseguir un puesto con el conde Wilhelm Schaumburg-Lippe”.6

Esta dedicación a la actividad militar se entrelazó con una gran devoción por la matemática, la teoría económica e incursiones en la reflexión política en torno al tema del Estado y las formas de gobierno, aunque sus ensayos tuvieron siempre como trasfondo la relación de estos temas con la guerra.7 Escribió un manuscrito, titulado Ensayos filosóficos sobre los gobiernos, inspirado en Montesquieu y Helvétius, para desarrollar un tema que retomó en sus Memorias Militares.8 Analizó los sistemas militares de monarquías, repúblicas y despotismos. Por ejemplo, señaló las limitaciones del absolutismo para encarar la guerra y, como contrapartida, explicó que las repúblicas eran más adecuadas para las guerras de tipo defensivas, ya que tendían a confiar en las milicias, sin depender exclusivamente de las fuerzas profesionales, particularmente en aquellas confrontaciones donde se las convocaba para luchar por la patria.9 Su evaluación cambiaría cuando analizaba la capacidad militar de las repúblicas confederadas, pues creía que este tipo de ordenamiento político era menos propicio para la carga que exigía la guerra, “sea para atacar sea para defender”. ¿Por qué? “La falta de unión, o por mejor decir la estrecha separación de sus miras y de sus intereses, hace sus resoluciones débiles, y lánguidas sus operaciones; y si una parte de la confederación es oprimida o subyugada, busca su seguridad en una pronta sumisión, más bien que en aguardar el socorro de sus aliados”.10 Estimó que las guerras ofensivas iban en contra de los principios de la democracia. Ofreció reflexiones sobre las posibilidades bélicas según el tamaño de los Estados; evaluó que “una guerra defensiva, si el Estado no es muy extenso, le arruinará luego, a causa del gran número de brazos que le quitan a la agricultura y a las artes”.11 Era normal en sus meditaciones eslabonar, como hace aquí, la política, la geografía, la economía, la cultura y la guerra.

Ligado a este enfoque, hizo una exposición de la influencia que tenía la virtud, el vicio y la corrupción en los ejércitos según cada tipo de gobierno.12 Consideró que la dimensión moral estaba vinculada a las formas de gobierno y este factor influía de modo innegable en las acciones militares, “debido a que ellas conferían a los habitantes determinadas virtudes y pasiones que dejaban su impronta en la constitución y desempeño de los ejércitos”.13 En efecto, anticipándose a Clausewitz, puso énfasis en el lugar de la guerra como un instrumento de la política y la manera en que las vicisitudes políticas afectaban su conducta. Asimismo, precedió al autor del clásico De la guerra en otorgarle centralidad al tema de la moral de las tropas.14 En realidad, fue el primer teórico militar en trasladar con decisión el problema moral a un “sistema” para la guerra, “aplicando la psicología mecanicista de la Ilustración al campo militar”.15

Reflexionó sobre las pasiones humanas, pues intuía que eran agentes motivadores para pelear, que incluían el temor, el honor, la vergüenza y el deseo de obtener o ampliar la riqueza. Concebía que “el miedo, la aversión al dolor y el deseo de placer” eran “la fuente y la causa de toda acción, en los hombres y las otras especies animales”,16 pero consideró que los estímulos humanos más poderosos provenían del “amor por la libertad y la religión”.17 Reseñó las emociones que motivaban a las generales y las tropas, destacando el orgullo, la envidia, la gloria, el honor, la vergüenza, las riquezas, la religión, las mujeres y la música.18 Especuló, entonces, sobre sus causas y efectos, “con un claro propósito práctico: utilizando el enfoque correcto, el general puede controlar y manipular el material humano a su disposición”.19 Esta alusión a los factores psicológicos en la guerra se complementó con una teorización sobre la psicología de las instituciones militares, pues Lloyd pensaba que esta actividad humana era la más difícil de todas y, sin embargo, no era estudiada en profundidad por los profesionales de las armas.20 La situación se agravaba, argumentó, pues los trabajos existentes sobre la guerra, tanto históricos como didácticos, eran insatisfactorios, incorrectos, carecían de suficiente elaboración o eran demasiados abstractos.21 Como veremos, junto con Heinrich Dietrich von Bülow (1757/1807), entonces, procuró encontrar un conjunto de principios racionales basados en datos duros y cuantificables para fundamentar las prácticas militares, en la búsqueda de transformar a la actividad guerrera en una rama de las ciencias naturales, donde el peso del azar y la incertidumbre quedaran definitivamente eliminados.22 Según Azar Gat, Lloyd reflejó en sus escritos las ideas propuestas por la escuela militar francesa.23 Fue el condotiero y mariscal Maurice Hermann de Wettin (Mauricio de Sajonia), superior de Lloyd en la guerra de Sucesión Austriaca, quien más influyó sobre en obra, sobre todo en el reconocimiento del grado de importancia que alcanzaba la “naturaleza humana”, la psicología, la movilidad, la moral, la seguridad y la sorpresa en las prácticas bélicas. Lloyd abrió un debate con las concepciones tácticas de la época, circunstancia que lo transformó, también en este plano, en un innovador. Esbozó, según sus propias palabras, un “nuevo sistema”, que lo catapultó al lugar de pionero en el emprendimiento de brindarle un soporte científico al arte de la guerra.24

Sostenía que el arte de la guerra, como todas, estaba “sustentado en ciertos principios fijos, que eran, por naturaleza, invariables…”; sentenció: “la aplicación de ellos puede variar solamente, pero ellos mismos son constantes”.25 Esta recurrencia, pensaba, era la que habilitaba la factibilidad de hacer ciencia de la guerra.26 Henri Antoine Jomini, el más destacado teórico de la logística del siglo XIX, fue uno de los especialistas de la actividad militar que reconoció a Lloyd y Bülow como aquellos que “descorrieron” el “primer velo” para construir los pilares de la “ciencia estratégica.27 Fue identificado, además, como uno de los teóricos militares más importantes de la Ilustración y el descubridor de los principios de la guerra moderna.28 Se lo valora, también, como “el intelectual militar más creativo de su tiempo” y, por vincular a la guerra, el Estado y la sociedad, se le endilgó el hecho de haber escrito las páginas iniciales de la “sociología militar”.29

Los aportes teóricos que acuñó estaban basados de manera preponderante en su experiencia en la Guerra de los Siete Años (1756/1763). También extrajo lecciones del análisis de distintas campañas y de las descripciones de batallas hechas por los responsables de las tropas en los frentes. Efectuó, aparte, observaciones directas visitando los campos de lucha.30 En sus elaboraciones ocupó un lugar relevante la crítica a Federico el Grande. Señaló que era demasiado partidario de la batalla y sus acciones fallidas se podrían haber sorteado actuando contra las líneas de comunicaciones del enemigo.31 A pesar de este cuestionamiento, reivindicaba aspectos de la capacidad militar de Federico. Justamente, los principios que extrajo sobre la maniobra y la marcha tuvieron como fuente el análisis histórico de sus campañas. Recalcó su capacidad para la comprensión del espacio y el tiempo, más la habilidad que detentaba para marchar y orquestar maniobras dentro y fuera del campo de batalla.32 La experiencia personal rusa de Lloyd lo hizo valorar, asimismo, la necesidad de la movilidad por encima de las grandes masas en la guerra.33 Crítico a quienes suponían que la superioridad numérica de las tropas garantizaba por sí sola un triunfo. Un grupo valiente, entendía, podía derrotar a otro superior en número. Vemos aquí un ejemplo de la importancia que le asignaba al factor moral. Incluso, consideraba que una tropa numerosa era, con frecuencia, difícil de manejar, especialmente bajo la dirección de un comandante deficientemente formado.34 Mientras más grande eran los ejércitos, además, mayor era el índice de deserción.35 Certificó que el número total de efectivos de un ejército no superaba al efecto que tenía el genio militar en el combate, la fortaleza moral y la capacidad de maniobra. Lloyd dedujo, en cambio, que cualquier comandante que pudiera concentrar más soldados que el enemigo en el punto decisivo, normalmente, conquistaría la victoria, destreza que suponía premura y movimiento ágiles.36 La superioridad numérica debía ser garantizada sólo en el punto decisivo, argucia táctica que muchos años después detentaría de manera sistemática Mao Tse Tung en la guerra revolucionaria en China.

Su adhesión a la movilidad, empero, no iba necesariamente en desmedro de la guerra de posiciones. Para Lloyd este tipo de forma de lucha se sustentaba igualmente en principios: sostenía que un “punto clave” o “punto fuerte” era el atributo esencial de cualquier posición sólida y su localización dependía del conocimiento que tuviere al mando militar, tanto del terreno de su zona de radicación como de todos los aspectos que hacían a la vida del país donde se estableciera.

Lloyd postuló, centralmente, las acciones ofensivas y la movilidad, que tenían a la prudencia, la iniciativa y una comprensión básica de las relaciones del tiempo y el espacio como requisitos fundamentales. En especial, destacó la necesidad de la velocidad de un ejército que, al combinarse con la persecución sostenida del enemigo, podría facilitar una victoria táctica. La lentitud podía ser muy insegura. Para Lloyd, la ofensiva requería un liderazgo atrevido que decida y actúe con rapidez, ya que “el tiempo lo era todo en la guerra”.37 Estos principios, de idéntico modo, tenían vigencia en la guerra defensiva, donde la prudencia también era menester. Evaluaba que los combates podían resultar indispensables, pero pensaba que, en general, debían ser eludidos, pues eran muy riesgosos ante la superioridad del adversario. En la guerra defensiva mostraba mucha más prudencia que en la ofensiva. Siempre propuso, más allá del tipo de enfrentamiento, una “economía de fuerzas”. Vemos como Lloyd pretendió elaborar principios que cobraban vigencia allende del tipo de guerra: defensiva u ofensiva; de posición o movimiento.

Debido al vigor demoledor que brindaban las armas fuego, era consciente de que a los ejércitos no les convenía enfrentarse cuerpo a cuerpo en un encontronazo decisivo. Su potestad destructiva había convertido el campo de batalla en un asunto plagado de incertidumbres, que incrementaba el miedo a arriesgar las tropas y las fortunas de los Estados en una única batalla.38 Por lo tanto, ideó nuevos sistemas tácticos acordes a la nueva situación imprecisa que se presentaba en las riñas efectivas. Dispuso nuevos procederes para organizar las columnas apoyadas por armas de fuego y caballería, pero no expuso las alternativas que seguirían si los ejércitos enemigos adoptaban las mismas tácticas.

Estas elaboraciones fueron vitales para asumir el reto de hacer una ciencia para la guerra y las plasmó en su obra de dos tomos, Historia de la última guerra en Alemania entre el rey de Prusia y la emperatriz de Alemania y sus aliados (1766). La propuesta cobró mayor precisión en el prefacio a la segunda edición de 1871, con el título ya mencionado de Memorias Militares, que reseñó su enfoque.39 Señaló allí que había dos partes en el arte de la guerra. Una parte mecánica, de naturaleza “fisicalista”, basada fundamentalmente en las matemáticas,40 factible de ser estudiada junto con la topografía; y otra, referida a la aplicación de ese conocimiento, que no podía ser aprendida ni inculcada. Con base matemática, una ciencia exacta de la guerra sería el resultado del cálculo de las maniobras en el terreno previamente estudiado, para encomendar los movimientos más aconsejables en vista a alcanzar la victoria, desplazamientos que requerían ser labrados con un instrumento que denominó las “líneas de operaciones”, término cuya invención se le asigna de manera universal.41 Advertía, empero, que la operacionalización de la ciencia militar en los Campus Martius dependía de otros factores. Entendía que la guerra no era mero asunto de mecánica, porque implicaba fuerzas humanas, proclives a padecer presiones morales y debilidades instintivas. Ya vimos la importancia que le endilgaba a la cuestión moral. Desde su perspectiva, la teoría requería atender las circunstancias cambiantes que imponía la lucha, y conseguir adaptarla con virtuosismo a sus avatares era un arte que no se podía adquirir, pues tal pericia dependía, en definitiva, tanto de la creatividad como del genio militar: “Como es la poesía y la retórica, los principios son inútiles sin el fuego divino”.42 Advirtió sobre la importancia de adecuar su teoría a contextos diferentes, señalamiento que incluía contemplar las distintas características de los ejércitos de cada nación, sin descuidar las disímiles condiciones políticas, culturales y geográficas.43 El manejo de los principios teóricos requería, obviamente, observar con atención los contextos.

Sus nociones se relacionaban con la organización de los ejércitos. Comparó al ejército con un aparato mecánico que, “como todas las otras máquinas”, se componía por la acción cooperativa de varias partes. La perfección dependía primero de sus partes y, en segundo lugar, de la disposición articulada de las mismas.44 Trató, desde este prisma, temas como la vestimenta de las tropas, el tiro, la marcha y el despliegue en el terreno. Pensaba que la articulación de las partes de la maquina guerrera podían ser complementados con los principios teóricos formulados matemáticamente. Las matemáticas eran ubicabas como un recurso útil para el cálculo de las marchas, teniendo en cuenta, siempre, el espacio y el tiempo. Concebía a esos principios como recursos necesarios para determinar la formación en la batalla, ya que “el impulso de los cuerpos, animados y no animados… están en proporción a la masa y la velocidad”.45 Como lo hizo posteriormente Bülow, le concedió importancia a la geometría, pero la ciñó a los aspectos relativos a las fortificaciones y la instalación del campamento. La topografía y la geografía también eran indispensables para la ciencia militar de Lloyd. La eficacia para actuar sobre el espacio suponía un alto conocimiento sobre la configuración de las superficies por donde transcurría la guerra, al igual que el trazado ventajoso de la línea de operaciones. Recomendaba estudiar de manera detallada la geográfica de cada Estado que participara en la guerra, análisis que incluía la estimación de las distancias, la incidencia de las cadenas montañosas, las líneas fluviales, la fertilidad de los suelos y la densidad y la concentración de población. Las posibilidades, en tal sentido, que brindaba el conocimiento geográfico de su tiempo eran muy altas, ya que la cartografía ponía a disposición de los estrategas mapas precisos.



La “línea de operaciones” refería a la senda por la cual un ejército debía moverse desde el punto inicial de partida (la base) y algún objetivo esencial establecido por la conducción militar. Representa la vía de comunicación entre un ejército en el terreno de combate y su base.46 El trazo de la línea debía ser lo más corto y recto posible, tal como se observa en el siguiente gráfico:47

El creciente aumento del tamaño de los ejércitos y la consolidación del uso de armamento propulsado por la pólvora planteaba, cada vez más, mayores desafíos logísticos. Las tropas numerosas requerían de muchos alimentos, que resultaba casi imposibles de encontrar en las zonas donde se asentaban para luchar. Los cañones necesitaban el traslado de enormes cantidades de peso en municiones. Un ejército moderno ya no podía sobrevivir del territorio que ocupaba (“vivir del país”).48 Esta realidad colocaba al orden del día el problema de los suministros. Estas conclusiones fueron el corolario de comparar a los grandes ejércitos estatales europeos con la forma de hacer la guerra que tenían los ejércitos tártaros. Ellos no necesitaban de depósitos, destacó Lloyd, pues la rapidez de su marcha y el poco nivel tecnológico de su armamento les permitía obtener lo que necesitaban de abastecimiento de los territorios por donde guerreaban. Se aprovisionaban de todo aquello que encontraban a su paso. Por el contrario, Lloyd destacó que los ejércitos europeos eran grandes y pesados, al punto de no poder encontrar elementos para su subsistencia en el camino a su objetivo. Este tipo de organización necesitaba de ciertos puntos fijos para instalar las tiendas, los almacenes de comida, municiones, balas de cañón, etc. La línea que une todos estos puntos con el objetivo era el espacio por donde debía operar un ejército.49 Obviamente, una línea de abastecimientos y comunicaciones muy extensa y sinuosa traía problemas para el buen desempeño de las tropas. Un buen recorrido, lo más recto y corto posible, junto a la protección de la línea de las asechanzas del enemigo, eran el fundamento de todo planeamiento estratégico correcto; como contrapartida, el hostigamiento de la línea de operaciones enemiga se convertía en la tarea perentoria. Lloyd afirmaba que la hechura adecuada de la línea, acompañada por la buena destreza en la maniobra, podía determinar el éxito de la campaña. Consideraba que la batalla era el correlato del fracaso de la maniobra, pues lo ideal era lograr el objetivo sin pelea.50 Lloyd afirmó: “El general que tiene conocimiento de estas cosas [matemática y topografía], puede dirigir empresas de guerra con precisión geométrica, y hacer una guerra continuada sin entrar para nada en la necesidad de llegar a la batalla”.51



Bülow y la guerra como ciencia positiva

Bülow ingresó al ejército prusiano en 1773, donde alcanzó el grado de teniente de caballería. Nunca mostró comodidad con la rutina militar y una vez fuera de la vida de cuartel se concentró en reflexionar y escribir sobre la guerra. Tuvo una mediocre carrera militar que contrastó con la notoriedad conseguida como teórico militar. En este plano, prolongó algunos de los planteos de Lloyd y de Georg Friedrich von Tempelhoff.52 Sobre sus escritos encontramos distintas opiniones. Recibió la admiración de varios profesionales militares, pero, al mismo tiempo, encontró muchos veredictos que tendieron a descalificarlo. En su época, “...no era raro publicar críticas contra Bülow”.53 Sin embargo, siempre pareció disfrutar de la fama y, entonces, prefería ser desacreditado antes que pasar desapercibido. Publicó 125 páginas repletas de críticas contra él en “New Taktik der Neuern: wie sie seyn sollte” (obra de dos volúmenes, Leipzig, 1805), bajo el título “Anti-Bülow”, “que presentaba con unas frases tolerantes, de buen humor”.54 Entre sus cuestionadores más notables resaltó Karl von Clausewitz. Se lo puede considerar, no obstante, como otro importante teórico militar.

Bülow acuñó su teoría a partir de los cambios que promovió la Revolución Francesa en el plano político, social y militar. Demostró una gran perspicacia para registrar esas mutaciones. En el plano operacional, se aprecia a Bülow como el primer pensador militar en visualizar que la guerra rápida y decisiva causada por esa revolución, basada en tácticas inéditas, que signaría de allí en más todas las guerras por venir. Consideraba que la fortaleza de Napoleón en sus conquistas era producto de la libertad individual que llegaba de la política a la guerra, factor que favorecía tácticas como el uso más generalizado de tiradores libres. Bülow tuvo la pericia de descubrir estas novedades por entender, en parte, el entramado de relaciones sociales que subyacían en la estrategia napoleónica fruto de los cambios revolucionarios. Reconoció que, producto de esas transformaciones, los ejércitos franceses podían desplegar un “espíritu” muy potente para guerrear.55 Coincidió con Lloyd en otorgarle una gran importancia de la dimensión moral en la batalla, aunque advertía que este componente perdía preeminencia con las armas de fuego.56 Propuso imitar el sistema francés de conscripción masivo por su efecto nacionalista sobre la moral. Vinculó los cambios en el arte militar con la política, ya que reconocía la fusión que había logrado la Revolución Francesa entre el gobierno y el pueblo.57

Subrayaba, además, la valía de los adelantos técnicos aplicados al armamento, la velocidad de movimientos y el poder de fuego dirigido hacia un objetivo. Argumentaba que el creciente número de soldados y la mayor tecnología aplicada a la batalla tendrían un peso decisivo en el éxito de las campañas militares, desplazando a la superioridad de la disciplina y el coraje preponderantes en la antigüedad.58 Sin embargo, su exaltación de las masas revolucionarias y su aguda mirada sobre los nuevos fenómenos bélicos no fueron factores volcados rigurosamente en su teoría.

La dimensión geográfica también tuvo un lugar primordial en la teoría de Bülow, al punto de ser considerado el fundador de los tramos inaugurales de lo que con posterioridad se reconoció como la “geopolítica”.59. En El espíritu de la guerra moderna (1799) presentó una nueva visión sobre la dimensión espacial y sus implicancias. La importancia asignada a la espacialidad suscitó su preocupación por la geografía, disciplina que se convertía en el esqueleto de su definición de estrategia y táctica.

Formalizó la dirección de los combates combinando la base de operaciones con un “dibujo” de ángulos y triángulos, sistema que se conoce como el “paradigma de la aproximación geométrica”.60 Bülow recomendó que “cada operación militar fuera basada en tres puntos: el sujeto o fundamento de la operación, la línea operativa y el objetivo.61 Afirmó: “Toda operación guerrera se divide en el día en tres partes principales: el punto o base de la operación, la línea de operación, y el objeto”.62 Estos elementos definen una espacialidad teórica sobre una espacialidad geográfica; ambas dimensiones se intercalan. El mapa estratégico no se reduce simplemente al territorio geográfico; en su concepción la espacialidad tiene un alcance más complejo.63

Aseguró que el arte de la guerra se componía de dos instancias inseparables: la estrategia y la táctica. Consideró que la dimensión espacial era el recurso central para su delimitación teórica y práctica. Concluyó que el desplazamiento de un ejército para el encuentro transitaba, a la vez, el tiempo (tiempo estratégico) y el espacio. Con esta proposición consideró la cercanía o lejanía del enemigo como criterio para su definición, factor al que adicionó la evaluación de las cualidades del suelo con la ayuda de la topografía. Instaló así una novedad en el pensamiento militar: la medición de la proximidad o no del bando rival en la conceptualización de la estrategia y la táctica. Brindó tres definiciones: A) “El arte de la guerra tiene dos ramas. La Estrategia y la Táctica. La primera es la ciencia de los ejércitos fuera del campo visual; comprende todas las operaciones en la guerra y es parte de la ciencia militar cuyas relaciones se encuadran con la política y la administración; el estratega es el arquitecto, el albañil, el táctico”.64 B) “Denomino estrategia a los movimientos de guerra de los ejércitos fuera del círculo visual recíproco o, si se quiere, fuera del efecto del cañón. La ciencia de los movimientos que se efectúan en presencia del enemigo de manera de poder ser vistos por él, y alcanzados por su artillería, esta ciencia es la táctica”.65 C) “Donde hay un intercambio de golpes, esto es táctica; donde no hay batalla, eso es estrategia”.66 Vemos que el choque de fuerzas es otro operador teórico para diferenciar los conceptos.

Bülow, en una línea de continuidad con Lloyd, sostuvo que la longitud del trayecto respecto de la base y la proximidad del objetivo se transformaban en factores claves para la formulación de las dos nociones más trascendentes del arte militar moderno. La dimensión espacial y el movimiento quedaban connotados por la distancia: “…la única señal que decididamente distingue la Táctica de la Estrategia es que, cuando las tropas a la vista unas de otras hacen señal de obrar recíprocamente, son operaciones Tácticas, y que el orden de los viajes, las marchas para transportarse de una posición a otra y los campamentos son de Estrategia. Las primeras exigen la proximidad del enemigo y aún las caracteriza más particularmente el que se esté o suponga estar en su círculo visual, las segundas siempre se verifican lejos de él”.67 Los objetivos de pequeña escala y a corto plazo, a la vista del antagonista, eran determinados por las decisiones tácticas, que entrelazadas de manera consecutiva irían realizando los objetivos estratégicos. Bülow, así, le asignó un nuevo alcance a la noción de estrategia, diferenciándola “netamente del término táctica”.68 La estrategia quedó enlazada a la geografía y la táctica terminó vinculada al examen pormenorizado de las características que presenta la superficie o el relieve de un terreno (la topografía).69

Compartía la idea de concebir que el verdadero arte de la guerra “no estaba en combatir sangrientas batallas, sino en conducir maniobras diestras para vencer al enemigo mediante marchas y movimientos calculados. Lo ideal no era derrotar al enemigo mediante una lucha sangrienta”. Al igual que Lloyd, y toda la doctrina militar de su época, procuraba limitar de manera privativa las consecuencias desbastadoras de las colisiones armadas, que habían amplificado su potencia destructiva por el uso de la artillería.70 Para lograr este objetivo, procuró establecer principios claros para generar una guía teórica que permitiera entender y practicar la guerra como un mecanismo de relojería, confiado en el avance que se registraba en las distintas ciencias.71 Estaba interesado en ordenar el pensamiento sobre la guerra moderna, introduciendo proposiciones y un vocabulario con validez universal con fundamento en datos cuantitativos, para otorgarle así un perfil científico a la guerra.72 Su sistema se cimentó a partir de la aplicación de la geometría y la matemática a la estrategia.73 Sobre estas bases buscó construir, entonces, una “teoría militar positiva”.

Bülow aseveraba que las relaciones geométricas, cuyas magnitudes podía medir y determinar el jefe militar, resultaban decisivas en la guerra y otorgaban la llave para vencer sin sobresaltos y, al mismo tiempo, economizar vidas humanas, pues dotaban al conductor de criterios con exactitud científica para deducir el desenlace antes que los ejércitos entraran en la refriega. Creía haber desentrañado los secretos matemáticos de la estrategia con exactitud científica. El choque sangriento de los destacamentos era reemplazado por el andamiaje científico que alcanzaría la estrategia: “…la guerra ya no será más un arte, sino una ciencia. El arte en sí mismo será una ciencia, o se perderá en ella”.74 A diferencia de Lloyd, Bülow no dejaba mucho margen para la creatividad del conductor militar, Bülow afirmaba que “el círculo de acción de un genio militar será, al final, tan estrecho que un hombre de talentos ya no estará dispuesto a dedicarse a este ingrato quehacer”.75

Menoscababa la eficacia de la batalla, para sustituirla por un sistema estratégico de puntos fijos y ángulos de acercamiento, aunque sin tener muy presente los movimientos del contendiente. El logro del objetivo se vinculaba con la marcha por líneas de avance y la ocupación de un punto geográfico clave. Sostenía que la conducción de la guerra moderna dependía de una buena orientación de las líneas de operaciones y del uso sostenido de las armas de fuego.76 Los objetivos de las operaciones podrían ser la derrota del enemigo o el asedio a una fortaleza, pero en el tipo de guerra de maniobras que proponía se orientaba especialmente al sistema de suministros. El emplazamiento espacial y temporal de las tropas tenía como cuestión determinante la probabilidad de abasto de uno y otro contendiente: “…es más conforme al genio de la guerra y al sistema moderno de ella tomar por objeto principal de las operaciones sus propios almacenes y la seguridad de las líneas de convoy que no el mismo ejército enemigo. La razón es que los ejércitos modernos no tienen en su centro, sino fuera de él, el manantial de su conservación”.77 Los encuentros armados debían ser eludidos; había que preservar la fuerza, sin arriesgarla, mientras se trataba de cortar el servicio de provisiones enemigo.

Extrajo las reglas de la conducción de la guerra a partir de las nuevas exigencias de avituallamientos suscitadas por las flamantes armas y el gran número de combatientes. Estas condiciones, afirmaba, instalaban la necesidad de generar una logística acorde a los nuevos desafíos. La base en las operaciones militares, conformada por un sistema fortificado de depósitos, se convirtió en una prioridad categórica.78 La ubicación geográfica de la base y el objetivo, por su correlación con la logística, juegan un papel central para la idea de estrategia forjada por Bülow.79

Bülow elaboró once “teoremas” para desplegar la problemática. El primero de ellos acentúa la gran dependencia de los ejércitos con respecto a sus almacenes o depósitos. Recreaba la línea de operaciones dibujada por Lloyd, con el fin de acentuar la importancia de la base. Definió a la “línea de operaciones” como el espacio a través del cual los ejércitos se mueven entre el sujeto y el objeto del plan.80 Como vimos, reconoce en conformidad con Lloyd, que toda operación guerrera se divide en tres partes principales: “la base de la operación, la línea de operación, y el objeto”.81

Consideró que una base fuerte dependía de las líneas que la comunicaban con su objetivo y, sobre el recorrido de la línea, aseveró: “...toda operación para ser sólida debe estar fundada sobre muchos puntos, no muy distantes los unos de los otros, y situados casi sobre la misma línea”.82 La longitud de la línea que une la base con el destino fijado resulta otra variable clave. Si un ejército está apostado próximo a sus bases, razonó, se encuentra seguro, pues ese despliegue hace muy difícil las maniobras del enemigo con el fin de socavarlas. En realidad, las líneas “…no empiezan hasta el momento en que un ejército se aleja de sus almacenes, por ser los convoyes quienes las forman; y la razón por que deben trazarse y combinarse con anticipación es para asegurarlos…”.83 Proyectó un trazado de dos líneas rectas que iban desde los extremos de la base hacia el objetivo estipulado, dibujando un triángulo sobre el campo de batalla. Se extendían hacia allí de manera convergente en dirección al punto donde se dirige el ataque.84



En su tercer teorema, planteó: “Las operaciones conducidas según una línea única que, fundada sobre un único sujeto de operaciones, penetre en el país enemigo, no tiene una base suficiente y no pueden triunfar a menos que el enemigo descuide todos los contra-movimientos”.85 Este itinerario fallido licúa la invencibilidad. Procuró examinar y demostrar, por ende, todos los inconvenientes que aparecen con la traza de una sola línea de operación.86 Por eso, amplia el criterio esbozado por Lloyd para establecer las líneas de abastecimiento, al considerar la figura de triángulos sustentados, como vimos, en principios geométricos:

Este gráfico contiene la idea acerca de cómo desplegar correctamente el movimiento de las tropas en el campo de operaciones, con la ocupación apropiada del espacio considerando los puntos geográficos en el diseño, la base de operaciones y el objetivo.87 La base de ese triángulo la constituía la línea trazada por las fortificaciones y los depósitos. El objetivo de la operación queda situado en el vértice del triángulo. Dentro de esta área comprendida por las tres líneas, el ejército podía contar con abastecimientos seguros, mientras se esforzaba por cortar las líneas enemigas. Cuanto más amplia fuera la base y cuanto más obtuso fuese el ángulo del vértice, argumentó, tanto menor sería la contingencia de sufrir la interrupción del abastecimiento.

En el quinto teorema, sostuvo: “Las operaciones que están contenidas en un triángulo o en un arco de círculo de 60 grados o menos deben fracasar según la regla, no pueden llegar hasta el final si el enemigo aprovecha sus ventajas, pues carecen de base”.88 El trazado correcto debe dibujar un ángulo de al menos noventa grados: “La base de una operación a 90 grados debe considerarse como esencialmente buena; y aunque he establecido que solamente éstas, que forman con el ángulo objetivo un triángulo obtusángulo, eran tales decididamente; las circunstancias son las que determinan el número de grados que debe tener el ángulo objetivo”.89 Concluye, inmediatamente: “…la seguridad de las operaciones ofensivas depende únicamente de la abertura del ángulo objetivo”.90 La apertura de los ángulos se transformó en un tema de máxima atención para el comandante, pues una base de operaciones defectuosa, junto a un triángulo mal planteado, lo podían forzar a retroceder sin que el adversario recurra a la batalla.91

Se desprende de las reflexiones y sugerencias efectuadas por Bülow dos tipos ideales de formaciones:



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