Historias de la psicología



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2.1 Una historia de los saberes y los conceptos
Manteniendo una relación de familiaridad y debate con la historia de las ciencias, suele partir de ese carácter intermedio de la psicología, entre las ciencias naturales, las humanidades, las ciencias sociales. Pero en verdad, una exploración de los comienzos de las ciencias del hombre, en el tránsito del siglo XVIII al XIX, debe partir de la evidencia de que esas mismas separaciones disciplinares (sobre todo entre “ciencias de la naturaleza”/”ciencias de la cultura”; “explicación”/”comprensión”, etc.) son una construcción retrospectiva. El uso del término “psicología” para esos saberes previos a la primera institucionalización de la disciplina académica cae en el anacronismo, salvo que se trate de indicar las raíces de una ascendencia o una “genealogía” que se reparte entre diversas formaciones de enunciados. (Christie, 1993, p. 1-12). Ya se ha indicado el trabajo señero de G. Canguilhem que se embarcaba en una reconstrucción ambiciosa de esos diversos proyectos. Por su parte, Michel Foucault, con una distinta periodización, construye otro corpus en su deslumbrante exploración de la episteme moderna que se propone como una “arqueología de las ciencias humanas”(Foucault, 1968). Podrían mencionarse otros trabajos análogos, pero lo importante es que a partir de esa nueva producción, la historia de los saberes no puede limitarse al orden de los conceptos en el interior de un léxico de la disciplina sino a una exploración de los que la psicología recibe y transforma. El horizonte epistémico es a la vez más amplio y se instala en una periodización que se alarga en la medida en que ciertas matrices de inteligibilidad de los problemas y los modelos nacen justamente en esas intersecciones.

Ahora bien, una exploración que se instale en el tiempo extendido de las génesis y que busque su inspiración en la obra influyente de M. Foucault, se encuentra con que el autor de la Historia de la locura propone más de una historia de las ciencias humanas. Por lo menos, encara dos proyectos bien diferentes, aunque en algún momento intente una vía de conciliación. En Las palabras y las cosas propone una exploración epistémica formal que remite esa formación de saber a la antropología como un “referencial” que busca realizarse en el triedro epistemológico de la vida, del trabajo y del lenguaje. En Vigilar y castigar, en cambio, el fundamento de las ciencias humanas se encontraría en una forma de sujeto (y de sujetamiento) producido por la disciplina (Le Blanc, 2005; p. 181-183).2 De modo que, aun una historia focalizada sobre los conceptos, en el horizonte de la historiografía contemporánea, se enfrenta con la exigencia de ampliar sus enfoques y sus herramientas para indagar las condiciones extrateóricas de un orden conceptual.



Véase, por ejemplo, la excelente investigación de Roger Smith sobre el concepto de “inhibición”. Muestra que la historia del concepto, firmemente implantado en la ciencia del sistema nervioso y en la psicología, en el siglo XIX, debe recorrer un horizonte de nociones que no sólo cruza las fronteras disciplinares sino que depende de significaciones culturales y políticas convocadas por el problema del orden en el individuo y en la sociedad. El análisis histórico del concepto de inhibición no sólo circula entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias humanas, sino que debe recurrir a una semántica histórica sobre un vocabulario que se refiere a las funciones del control y el autocontrol. Desde el control de las masas y la producción de un orden político a lo largo del siglo XIX se acuña una representación polarizada (masas/elites, racional/irracional, cuerpo/espíritu, etc.) que se desplaza a las funciones psicológicas y neurofisiológicas de la regulación ejercida por las instancias superiores (intelectuales y volitivas o cerebrales) sobre las inferiores. Sin embargo, no basta con la indicación de un análogo esquema jerárquico de gobierno (de la sociedad, del sistema nervioso o de las estructuras afectivas y mentales) para borrar las diferencias conceptuales, de lenguajes o programas de investigación en las tres tradiciones científicas destacadas en el libro: la neurofisiología de Sherrington, la doctrina pavloviana sobre la actividad nerviosa superior y el psicoanálisis de Freud. Siguiendo este trabajo ejemplar, una investigación histórica de los conceptos debería ser capaz de revelar a la vez el suelo común de significados y traspasos culturales y un orden de conceptos y reglas de producción de enunciados que es específico de una tradición científica (R. Smith, 1992).
2.2 Una historia de los usos
Plantea otro tipo de cuestiones al desplazarse a los ámbitos de aplicación, en la clínica, la educación, el orden laboral, social, institucional o político. En su dimensión tecnológica, la disciplina despliega modalidades de construcción e implantación, que a menudo entran en conflicto con los objetivos de la llamada investigación básica o las formas de la organización académica. Es claro que ese horizonte aplicado de la psicología ha sido y es el predominante en el mundo contemporáneo. Al mismo tiempo, los conflictos entre los académicos y los profesionales técnicos recorre la historia de la institucionalización de la psicología en el siglo XX y ha repercutido en divisiones y fracturas en las organizaciones gremiales de los psicólogos. En este plano, una historia de las prácticas y las instituciones incluye y a la vez desborda las formas de la profesionalización universitaria en la medida en que la inserción de los psicólogos en ámbitos sociales y profesionales constituidos, en la medicina y la psiquiatría, en la educación y el trabajo, en la familia y los grupos, necesariamente convoca a otro cruce de historias. Es difícil abordar, por ejemplo, las condiciones y los objetivos de los psicólogos en el hospital o la escuela sin considerar la densidad histórica encarnada y acumulada en esas instituciones. Y el problema mayor es que el sentido y la eficacia de las prácticas psicológicas en esos espacios no pueden ser comprendidas partiendo sólo de las ideas de los psicólogos sobre lo que creen hacer, sino de lo que efectivamente hacen. Nuevamente, los problemas del historiador no son los problemas del psicólogo y los objetos de esa historia (la familia, la escuela o las prácticas hospitalarias) difícilmente serían reconocidos como tópicos legítimos para las visiones tradicionales de la historia, concentradas en los autores, las teorías y los “descubrimientos”.

Por ejemplo una historia de la psicología clínica (y del psicoanálisis) debe abordar el surgimiento de un ámbito de problemas y demandas, saberes y prácticas en torno de las psicoterapias. Esa historia incluye, por lo menos, el "tratamiento moral" pineliano (desde fines del siglo XVIII) y el paradigma de la hipnosis y la sugestión que nace con las modernas concepciones de la histeria en las últimas décadas del siglo XIX. Pero, además, en cuanto se enuncian las preguntas sobre lo nuevo que allí emerge, se advierte que ese nuevo ámbito, la clínica del sujeto individual, depende de condiciones sociales y culturales que se revelan cuando se amplían el alcance de la mirada y, consiguientemente, las fuentes. Es lo que revela la investigación ya clásica de Henry Ellenberger que hace posible un trabajo que reúne fuentes médicas, culturales y literarias en la exploración de los nuevos trastornos de la subjetividad que en verdad se corresponden con una transformación de las nociones clásicas sobre el sujeto. (Ellenberger, 1976).


2.3 Una historia social y cultural

Se hace posible en la medida en que se trata de un discurso que ha penetrado profundamente en la cultura moderna y proporciona un conjunto de nociones incorporadas a la trama de significaciones de la vida social. Esa dimensión de implantación cultural ha tenido y tiene un peso innegable en la historia contemporánea y la fisonomía actual de la psicología. En principio, si se piensan las prácticas de la psicología, en la relación que establece con un público y un mercado específico, en la interacción con las demandas de “usuarios” diversos, se advierte el impacto sobre una trama de representaciones y creencias sobre la propia vida, la educación y la crianza, la familia y la pareja, la sexualidad, etc. En ese sentido, puede hablarse de una cultura “psi” que ha contribuido notoriamente a reconfigurar nociones y valores del mundo moral. Y no me refiero sólo a las cosmovisiones (que han ocupado clásicamente a las sociologías del conocimiento) sino a los espacios regionales, a menudo superpuestos, de la cultura médica, intelectual o literaria. Muchos de los tópicos que en el saber académico se definen en términos de un lenguaje y un corpus conceptual específico tienen sus raíces en, o se comunican con, el universo de las representaciones y las prácticas sociales. La relación del dispositivo académico con el campo cultural es un camino de doble vía: por una parte, los “objetos” del especialista arrastran una densidad y una historia en el mundo social; por otra, la modernidad, como es sabido, ha instalado a la ciencia y la técnica como un operadores privilegiados en la formación y reconversión de las representaciones y los hábitos de la sociedad.



La posición del historiador debe reconocer los problemas específicos de esa historia que coloca a la psicología fuera de los reductos académicos o las organizaciones profesionales: ante todo, las cuestiones se abren necesariamente a un ciclo temporal de más larga duración. Basta pensar, para tomar uno de los “objetos” antes señalados, en los problemas que la familia plantea a los abordajes de la psicología y, más en general, de las ciencias humanas. Canceladas las visiones naturalistas y los modelos funcionalistas, la configuración misma de la problemática familiar en la modernidad (incluyendo sus derivaciones hacia los temas de la pareja y la sexualidad, la crianza, la niñez y la adolescencia, en fin, las visiones evolutivas sobre las “edades de la vida” que nacen y se modifican en el seno de las formas de la familia), exige ser reconfigurada de acuerdo con una genealogía compleja e intrincada en la que se cruzan las prácticas religiosas con el dispositivo médico y psiquiátrico, el andamiaje jurídico y las políticas estatales sobre la población.

El psicoanálisis, nuevamente, ofrece un ejemplo de esa dimensión cultural extendida de los temas y los objetos de las ciencias humanas. Si el freudismo alcanza una colocación tan destacada, en el campo intelectual y en la cultura popular, particularmente en el período crítico de la primera posguerra es, sobre todo, por la significación social, moral en verdad, que adquiere como discurso sobre algunos problemas de su tiempo: los malestares subjetivos y los desórdenes que emergen con los nuevos movimientos políticos, los cambios en la posición de la mujer y en las relaciones entre los sexos, la renovación de los patrones familiares y los modelos del comportamiento infantil y juvenil, en fin, las utopias de la libertad tanto como las de la autoridad y el orden. El psicoanálisis, y las ciencias humanas en general, concentra las demandas y las ilusiones de un período marcado por una tragedia, la Gran Guerra, que busca dejarse atrás. Allí nacen las condiciones para la impresionante expansión del freudismo en la sociedad, que son también las que generan una cultura “psi”, novedosa en el panorama de la cultura de Occidente. Y en ese proceso intervienen no sólo la acción divulgadora de los especialistas sino el trabajo mediador de algunos escritores y periodistas. Por otra parte, esa imbricación de los nuevos saberes sobre el sujeto psicológico con motivos culturales y morales no se limita al psicoanálisis; salvo ciertas zonas de una investigación científica enclaustrada en las universidades, que sólo interesa a los que la hacen y viven de ella, no hay concepto ni prácticas en las disciplinas humanas que pueda eludir esa inmersión en la vida social.3
2.4 Una historia de la profesión
Es decir, de los psicólogos más que de la psicología. Se hace posible en el cruce entre la configuración "tecnológica" de las disciplinas psicológicas y la implantación extendida en la cultura y la sociedad. Las formas y los modelos de profesionalización, en el siglo XX, presentan perfiles diferentes de acuerdo con los ámbitos en los que la psicología ha buscado establecerse. La universidad es indudablemente uno de esos ámbitos, aunque ofrece diferencias notorias (entre los países, pero también entre las casas de estudio e investigación) en las condiciones de una efectiva profesionalización académica. Al mismo tiempo, dado el despliegue de los usos de las psicologías en la sociedad y las instituciones, las variantes en las modalidades profesionales ya no dependen solamente de la comunidad de los especialistas, sino de la historia previa y las características de esos ámbitos de uso de la psicología a los que ya se hizo referencia: los dispositivos de la salud, la educación y el trabajo, los aparatos públicos de las fuerzas de seguridad y el sistema jurídico-penal. Lo importante para la tarea historiadora es que el estudio del proceso de formación de una comunidad de especialistas no se oscurezca por el presupuesto de una homogeneidad del grupo profesional que lleve a desconocer las variantes y los conflictos.

Las dinámica de las comunidades y los movimientos en las disciplinas humanas modernas opera en general con una modalidad de fracturas sucesivas y separación de especialidades e incumbencias. Ese movimiento característico de las historias profesionales impregna habitualmente las historias disciplinares, incluso las que buscan un fundamento en distinciones epistemológicas. En verdad, una historia de la psicología que pretenda fundar un estatuto de estricta separación y autonomía, incluso una identidad separada de las ciencias humanas, de la medicina, de la filosofía, lo sepa o no, se funda en una lógica que es menos tributaria de la ciencia (universalista por principio) que de la profesión, con sus miras restrictivas y autosuficientes. Es fácil focalizar en la operación doctrinaria de Boring y su célebre historia la voluntad de construir un grupo homogéneo y separado; pero ese modelo ha perdurado mucho más que la obra de Boring y de algún modo sigue constituyendo la indicación establecida en toda historia de la disciplina (aun en las que se ofrecen como una crítica de la historiografía tradicional) que convierta a la psicología académica en un punto que es a la vez de partida y de llegada, en un círculo autorreferencial, compacto y cerrado.

Es claro que la construcción de esa autonomía y de una “identidad” disciplinar no obedece sólo a razones internas. Las condiciones de la edificación de la psicología como dispositivo profesional es un tema mayor de la investigación histórica. Pero se trata justamente de interrogar esas condiciones más allá de las convicciones de los especialistas; algo bien distinto de hacer jugar a la historia como agencia de confirmación y sostén de los pequeños mitos de una comunidad. Esa edificación, en el siglo XX, abarca una espacio internacional: basta pensar el papel cumplido por los congresos y las asociaciones científicas y gremiales transnacionales, el papel de las traducciones, la consagración del inglés como lingua franca, en fin la institucionalización creciente de la psicología en las universidades de acuerdo con modelos de formación que se exportan de los países centrales, sobre todo de los Estados Unidos en la segunda posguerra. Pero lo que muestra la investigación histórica disponible (por ejemplo, sobre la psicología en Alemania, Geuter, 1992), es que las historias de la profesión deben estudiar muy bien las condiciones nacionales, particularmente en el nivel de las organizaciones estatales. Y en cuando esas historias indagan constelaciones culturales e institucionales, tradiciones y formas de apropiación, modelos de acción estatal, lo que se advierte, en contra de esa afirmación de la singularidad y la autonomía, es que las historias de las profesiones nacidas de las ciencias humanas, en tanto comparten un mismo contexto nacional (cultural, social y estatal) se incluyen en una trama comunicada y solidaria.4

La focalización en la profesión plantea ciertas cuestiones para un trabajo histórico crítico de los imaginarios instituidos según las modalidades de las pertenencias corporativas. Posiblemente es el género historiográfico que más enfrenta las resistencias de quienes se han acostumbrado a las narraciones históricas subordinadas a los fines de la legitimidad. La celebración de la continuidad y de los orígenes no sólo caracteriza ciertas formas del saber histórico (aplanado sobre las funciones de la memoria), sino que sirve a un interés reivindicativo: el modelo de la historia familiar se traslada de los “padres fundadores” a una forma institucional. En términos weberianos, la legitimidad del carisma tiende a ceder frente al peso de una burocracia racional. Si las historias “oficiales” son siempre un desvío o un bloqueo para el conocimiento histórico, las peores son generalmente las que se enuncian en nombre de una institución o un círculo que se presenta como el garante de una “verdad” o de la defensa de la organización. Esa función de la historia como garante del orden vigente suele quedar particularmente acentuada en períodos de crisis o disputas de legitimidad. Cuando lo que predomina es la ortodoxia doctrinaria (antes que la organización) la matriz es la transmisión de una verdad que debe ser preservada y la historia se reduce a la defensa del dogma. La historia del psicoanálisis, con sus ortodoxias y heterodoxias, sus herederos y sus disidentes, está poblada de relatos armados en esos términos, que combinan la idea la defensa de una causa con los enredos y los conflictos de filiación.

Lo importante es reconocer que el pasado, en la visión legitimista, tiende a colarse en los debates y las luchas presentes, según una lógica que de los movimientos religiosos se ha traspuesto a las organizaciones políticas y las comunidades profesionales. La insistencia en la "identidad" y la legitimidad revela el peso de los fantasmas de ilegitimidad y bastardía y enlaza los problemas de la historia con los poderes del mito y con las proyecciones de lo que puede llamarse "memorias hegemónicas", reaseguradoras frente a las incertidumbres del saber y de la investigación. A menudo, esas hegemonías entran en crisis y son desafiadas: toda ortodoxia alimenta sus contradictores. La disputa entre ortodoxias y heterodoxias forma parte de la estructura misma de un campo intelectual o disciplinar: cuanto más rígida es la ortodoxia más contestataria e iconoclasta es la acción contraria y más traumáticas son las fracturas. Lo importante es advertir que allí donde domina una memoria hegemónica no hay casi lugar para una investigación histórica autónoma.
3. UNA HISTORIA INTELECTUAL DE LA PSICOLOGÍA

Llegados hasta este punto, el lector que haya seguido el repertorio de las ideas y las advertencias podría sensatamente preguntar por los principios y los criterios de una historia diferente de la tradicional, capaz de incorporar o aprender de esa pluralidad de enfoques sobre el pasado. Brevemente, lo que puedo responder expone y sitúa mi propio trabajo, bajo la rúbrica, no bien delimitada, de la historia intelectual, un enfoque y un dominio inclusivo que recibe algo de distintos géneros historiográficos. En principio, se distancia del modelo de la memoria (la identidad, la continuidad, la autonomía de un grupo o de un campo) y busca explorar una trama de procesos y acontecimientos, múltiples, heterogéneos, siempre parciales; no busca reconstruir totalidades sino problemas; y no es un reducto de certezas sino que su motor es la curiosidad. Enfrentado a los conceptos, no se trata de juzgar su cientificidad sino de explorar una genealogía y situar los enunciados y los programas en horizontes que siempre exceden los límites establecidos por la propia disciplina. Una condición de una historia así concebida es la suspensión de todo a priori normativo sobre lo que la disciplina es o deber ser. Y si bien las fuentes científicas (cátedras, programas, revistas y manuales, congresos) son una base indiscutible de la investigación, las preguntas históricas que pueden arrojarse sobre esas fuentes no alcanzan a responderse sin un trabajo analítico que necesariamente las desborda, hacia el campo intelectual, institucional o político.

La Psicología de la conducta de José Bleger puede servir de ejemplo (Bleger, 1963; Vezzetti, 1996 y 2004). Corresponde al programa de la “Introducción a la Psicología” que Bleger comenzó a dictar en esos años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en la que la Carrera de Psicología había sido creada en 1957. No es difícil trazar el mapa conceptual que organiza la obra en torno de la conducta y que parte, no de Watson sino de la tradición francesa, de George Politzer a Daniel Lagache y de la recepción local de la Gestalt, sobre todo la topología de Kurt Lewin, a partir de la enseñanza recibida de Enrique Pichon Rivière. En el orden de los conceptos, el programa blegeriano buscaba, por una parte, fundarse en el materialismo dialéctico y, por otra, proponía una nueva lectura de nociones del psicoanálisis, kleiniano sobre todo. Además, en el programa de Bleger se incluía el proyecto de la psicohigiene como ámbito específico de acción de un psicólogo concebido como un agente activo en la sociedad.5 Ahora bien, una historia que desplegara ese mapa ecléctico de autores y teorías no sería falsa pero dejaría en la oscuridad una trama de condiciones y rasgos que intervinieron en esa empresa fundadora. Ante todo, un clima intelectual y político que impregna la etapa abierta con la caída del primer peronismo (1955) y que se extiende en la cultura de los sesenta, que en la Argentina sufren una fractura con la dictadura de 1966 y la intervención militar de la universidad. Sólo la posición intelectual y política de Bleger (que es, por un tiempo, simultáneamente, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y del Partido Comunista) y la trama de relaciones que comunican el incipiente espacio académico de la psicología con el campo intelectual y político, sobre todo de izquierda, permite entender los alcances de su proyecto para una nueva psicología. En el se conjugaban la renovación en los conceptos con el planteo del tema de la profesionalización; pero en los objetivos y las proyecciones que imagina para la disciplina, entran igualmente cuestiones como la función social del psicólogo, las formas de apropiación del psicoanálisis, la renovación del marxismo de partido y la recuperación de una tradición reformista, en fin, una visión sobre la sociedad argentina en una nueva etapa, en la que se postulaba un papel importante a los psicólogos (y los cientistas sociales) como agentes de cambio en la sociedad.

Se trata, entonces, de situar una formación discursiva e institucional en una trama que inevitablemente excede los límites de la "disciplina" o la institución. Una historia así concebida se caracteriza por una colocación plural, dispuesta a desplazarse en la medida en que sus "objetos" se configuran en construcciones que pueden ser, en principio, diferenciadas en dos esferas: sociocultural y conceptual. Pero se trata de evitar tanto la reducción a la lógica del pensamiento científico como a una descripción de los usos y las formas sociales. En el primer caso, el estudio de los conceptos (que, como ha sido dicho, siempre se sostiene en la pluralidad de tradiciones científicas) no consagra la autonomía intrateórica de un espacio “epistémico” ni, mucho menos, se encierra en un solo autor o escuela. En el segundo, la indagación de condiciones no discursivas, extrateóricas, que se focaliza en las prácticas y las instituciones, los “usos” y aplicaciones, no se refiere globalmente a la sociedad, al orden político, ni mucho menos a una visión homogénea del poder sino que debe dar cuenta de un orden que es propio de un campo científico profesional, con sus posiciones, reglas de pertenencia, de consagración y principios de legitimidad (Bourdieu, 2000). Además, como ha sido dicho, debe situar sus análisis en un espacio cultural que posee rasgos propios: representaciones sociales, formas de circulación y difusión, constitución de públicos, en fin, formas de apropiación, más extensas o más circunscriptas.




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