Historia y geografía de américa latina la América precolombina



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Una revolución medieval
Después de la caída de la parte occidental del imperio romano Europa se sumió en una época de oscuridad y muchos conocimientos, tanto científicos como técnicos, desaparecieron o quedaron reducidos a los monasterios de las órdenes religiosas. Así ocurrió que entre las primeras nociones que cayeron en olvido fue la de la redondez de la Tierra. La ideología cristiana describía el mundo como una superficie plana en cuyo centro se encontraba la ciudad más importante del universo, Jerusalén. Fuera de estos límites seguros se entraba en el mundo de las leyendas, donde reinaban monstruos y magos, y allí se encontraba el fin del mundo, formado por un gran abismo, una enorme catarata oceánica o, como creían los portugueses, por el Mar Tenebroso, situado al sur del cabo Bojador. No es de extrañar que dicho cabo constituyera una gran barrera psicológica para los viajes de los potenciales descubridores.
Las cruzadas removieron fuertemente el anticuado ideario medieval. Tuvieron poco éxito en cuanto a la difusión de la fe cristiana en el Oriente Medio; sin embargo, los

soldados cruzados habían traído de las tierras orientales los conocimientos de la Antigüedad, perfectamente conservados por los científicos musulmanes, y aquellas ideas "nuevas" provocaron toda una revolución en el pensamiento occidental. Surgió un espíritu renacentista y la filosofía iba centrándose ya no tanto en la figura impensable e inaccesible de Dios sino más bien en el hombre, el cual poco a poco llega a ser la única medida práctica para la orientación en el terrible caos del Universo. Dios, por supuesto, todavía no muere: todos los famosos descubridores y conquistadores fueron buenos cristianos; no obstante, el Creador poco a poco se retira del escenario de la vida cotidiana y se queda detrás de los bastidores como un observador neutral de las andanzas de sus hijos.


La revolución científica primero influyó en la geografía. En 1474 el italiano Toscanelli publica su Carta del Mundo , una colección de mapas del mundo (tanto conocido como desconocido) que hasta hoy sorprende por su admirable exactitud si tenemos en cuenta las posibilidades técnicas de los cartógrafos de aquellos tiempos. Aparecieron aparatos nuevos que significaron una verdadera revolución en la navegación en alta mar. La brújula, originalmente inventada para la orientación en los desiertos por los asiáticos, a partir del siglo XVIII permitió que los barcos se apartaran de las costas y se adentraran más en el temible océano. El astrolabio, invento de los árabes, y el cuadrante permitieron medir con precisión la latitud de cualquier lugar (la medición de la longitud no se consiguió hasta mediados del siglo XVIII). Considerables progresos experimentó la ingeniería marítima. Utilizando como ejemplo la coca hamseática, en el siglo XIV se construyeron las primeras carracas, naves con enorme capacidad de carga que podían transportar a una velocidad razonable hasta 1.000 toneladas. La carabela española o el varinel portugués, que aparecieron un siglo más tarde, con casco de diseño curvo, disponían de la vela latina, que permitía navegar en cualquier dirección, incluso contra el viento, y eran mucho más rápidas que las antiguas galeras mediterráneas. Aunque apenas de veinticinco metros de eslora, capaces de transportar como máximo unas ochenta toneladas y con una tripulación de unos cincuenta hombres, sus travesías transatlánticas no fueron superadas hasta la aparición de los clippers en el siglo pasado.


El reino de las especias
El comercio entre Europa y el Cercano Oriente era increíblemente lucrativo y estaba basado en las transacciones con especias de las islas Molucas, que se usaban como condimento para aderezar la monótona dieta europea y también como conservante de la carne. Entre las más apreciadas se encontraban la canela, la pimienta, el clavo, la nuez moscada (que se utilizaba al mismo tiempo como desodorante) y el azafrán. Además, con el tiempo, consumir especias llegó a ser un símbolo de alto nivel social, generándose toda una mitología acerca de sus medicinales y hasta milagrosos efectos. Las especias daban un máximo de rentabilidad, puesto que ocupaban muy poco espacio en las bodegas de las naves. Pese a muchas pérdidas de hombres y barcos, con un par de viajes se amortizaban todos los costes de las travesías y quedaban beneficios fabulosos. Dicho comercio funcionaba a la perfección hasta fines del siglo XVI, cuando los navegantes europeos trajeron semillas de aquellas plantas y se empezó con su cultivo en el sur de Francia y en Italia, hecho que causó una baja importante de los precios. Aparte de las especias venía del Oriente toda clase de productos suntuarios: sedas, perfumes, vidrio, algodón, piedras preciosas y perlas. Los europeos, a cambio, ofrecían a los asiáticos el estaño, el cobre y las telas de lino y lana.

Todo este sistema comercial se vino abajo cuando los turcos selyúcidas en 1453 tomaron Constantinopla y su imperio otomano, controlando casi toda la zona del Mediterráneo, bloqueó el comercio con Oriente con unos impuestos astronómicos (el precio de las especias en un par de meses subió un 800 por ciento). El frágil equilibrio político-comercial que se estableció en la zona después de las primeras cruzadas quedó roto. La situación se complicaba mucho más por el hecho de que en Europa no había minas importantes de metales preciosos y los europeos tenían que traer el oro del África Negra y luego entregárselo a los mahometanos, pagando los impuestos por el comercio; el problema llegó a ser bastante paradójico cuando los turcos empezaron a financiar la defensa del reino de Granada en la Península Ibérica con el oro proveniente de los comerciantes cristianos. La política europea, tradicionalmente centrada en el Mediterráneo, sufrió un brusco cambio y los pueblos atlánticos, españoles y portugueses, que disponían de una fuerte tradición marinera, igual que de profundas experiencias con la lucha contra el Islam, empezaron a buscar otros caminos para hacer resuscitar el famoso comercio con las comarcas asiáticas.



Al Este por el Oeste
El siglo XV significó para España la culminación del largo proceso de integración nacional. Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla unieron sus coronas mediante matrimonio (1469) y juntos acometieron la empresa de sitiar el último reducto del Islam en la Península: el reino granadino. Los Reyes Católicos (ese título les concedió el papa Alejandro VI en 1494), por medio de una serie de profundas reformas económicas, administrativas y militares, convirtieron a los españoles en una nación unificada, moderna y poderosa. Pese a esto, había pocos que a finales del siglo XV pudieran imaginar que en un par de años la Península pasaría de ser un área marginal del continente y que se convertiría en el centro político y económico de Europa.
A diferencia de Portugal, donde el Estado apoyaba y subvencionaba fuertemente la expansión de ultramar, los viajes de los descubridores españoles en las primeras décadas corrían a cargo de personas particulares; de ahí que durante muchos años los portugueses les llevaran la delantera, como lo demostró el Tratado de AlcáÇovas (1479), que concedía a Portugal la soberanía de Azores, Madeira y Cabo Verde, así como de todas las tierras africanas "que se hallasen y conquistasen de las islas Canarias para abajo contra Guinea". Los españoles por aquel entonces sólo conservaron el dominio de las islas Canarias (llamadas por los antiguos romanos las Islas Afortunadas). No obstante, los Reyes Católicos no pensaban rendirse en la carrera del oro de la India y era lógico que Castilla se dirigiera en sus esfuerzos hacia el oeste.
Hoy en día ya parece indudable que Colón no descubrió las tierras americanas para el viejo continente en el sentido estricto de la palabra. Los primeros europeos que habían llegado a las costas americanas fueron los vikingos, los cuales en los siglos IX y X colonizaron Islandia (Thule). La isla (igual que siglos depués las Canarias para los españoles y Azores para los portugueses) sirvió a los normandos como punto de salida para otras travesías en las que descubrieron Groenlandia (Tierra Verde). Las noticias sobre un lejano y misterioso país cubierto por bosques y que se encontraba detrás de Groenlandia incitó a Erik el Rojo, descubridor de Groenlandia, a enviar una expedición encabezada por su hijo Leif Ericsson, quien arribó con sus drakares a las costas del continente americano (probablemente en algún lugar entre las actuales Boston y Nueva York). Las nuevas tierras fueron bautizadas como Vinlandia (Tierra

de viñas); sin embargo, los viajes de los vikingos no tuvieron ningunas consecuencias colonizadoras y pronto cayeron en olvido. Más que probable es también la llegada de los pescadores vascos a América. A fines del siglo XIV Matías de Echeveste, un marino vasco, persiguiendo a las ballenas, desembarcó en Terranova, una isla perteneciente probablemente al nuevo continente.


Después de haberse rendido el último rey granadino Boabdil, a los Reyes Católicos se les abrió el camino libre para apoyar cualquier aventura de navegación que pudiera ser útil en la competencia con Portugal. Y en esta situación se les presenta el "viejo conocido" Colón con su proyecto de un viaje hacia Cipango (China) y Catay (Japón) a través del Atlántico. El futuro almirante ya había sido rechazado por Génova, Portugal, Inglaterra e incluso por los mismos Reyes Católicos. En el escenario de la alta política europea apareció una nueva figura, el protagonista principal de, como escribió el humanista español Francisco López de Gómara, "la mayor hazaña en la historia de la humanidad depués de la creación del mundo y la encarnación".

El Gran Almirante
Aunque acerca del origen del famoso navegante hasta hoy surgen de vez en cuando fervorosas discusiones y muchas ciudades italianas, españolas y catalanas disputan entre sí el honor de poder proclamarse la cuna del descubridor del nuevo mundo, lo más probable es que Colón naciera en Génova (pese a que nunca se encontró un papel escrito de su puño y letra que no estuviera en castellano). En torno a la figura del Almirante hasta hoy persisten muchos misterios: desconocemos incluso su aspecto físico, puesto que ninguno de los retratos que se han conservado de él es auténtico; la fecha de su nacimiento tampoco es segura y se calcula alrededor de 1450. Su padre, el tejedor Doménico Colombo, tuvo en total cinco hijos, de los que Cristóforo fue el tercero. La Génova de aquellos tiempos era un lugar idóneo para la educación del futuro navegante y descubridor. A los quince años de edad Cristóforo ya se hizo por primera vez a la mar y pronto entró en el mundo del comercio marítimo, adquiriendo amplios conocimientos marineros. En 1476 su barco fue hundido por los corsarios franceses y Colón ganó la costa de Portugal a nado. Se asentó en Portugal y allí conoció a Felipa Moñis, hija de Bartolomé Perestrello, gobernador de una isla del archipiélago de Madeira y un miembro importante del círculo fundado alrededor de la famosa escuela de navegación de Sagres. Gracias a la carta secreta y al mapa del famoso geógrafo italiano Toscanelli que Colón había adquirido con ayuda de su mujer, el genovés obtuvo ideas concretas en apoyo de la tesis sobre la redondez de la Tierra. Toscanelli además añadía que era posible llegar a las Indias atravesando el Atlántico. Los portugueses descartaban tal proyecto puesto que iba en contra de su política oficial de alcanzar las Indias costeando el continente africano. Colón emprendió viajes a Guinea y a Islandia y es posible que precisamente allí le hubieran contado las antiguas sagas sobre los hijos de Eric el Rojo y sus contactos con Vinland. El devoto lector de los libros de Marco Polo y del papa Piccolomini tuvo acceso a los archivos de la Escuela de Sagres. Consultando las experimencias de los pilotos y capitanes portugueses, Colón iba preparando su proyecto de llegar a las tierras asiáticas a través del Atlántico. Después de haber sido rechazado por el rey de Portugal Juan II, Colón pasó cierto tiempo en el convento de La Rábida (Huelva), donde conoció a fray Juan Pérez, uno de los confesores de la reina Isabel, que le iba a ayudar mucho al genovés, ya que lo puso en contacto con el famoso marino Martín Alonso Pinzón, que prestó mucho apoyo a su plan. El primer encuentro entre el

ambicioso capitán y los Reyes Católicos tuvo lugar en 1486 en Alcalá de Henares y el proyecto de Colón fue sometido a dos consejos de expertos, uno en Salamanca y otro en Córdoba. Colón fue rechazado, más que nada por las condiciones que pedía, las cuales parecían a los monarcas increíblemente arrogantes. Sin embargo, Colón no renunció y al final logró convencer a los monarcas españoles de que le necesitaban tan urgentemente como él a ellos. En abril de 1492 se firmaron las capitulaciones en Santa Fe , que claramente favorecían los intereses de Colón. De descubrir algo nuevo, Colón se convertiría según el documento en el Gran Almirante, Virrey y Gobernador, con la décima parte de las riquezas proporcionadas por las Indias y con la octava parte de los beneficios del viaje.


Por un lado la Corona concedió al futuro almirante la categoría de Embajador ante el Gran Khan, por otro la ayuda material de los reyes era más bien escasa. La ciudad de Palos, un par de años antes condenada por un delito de rebeldía, tuvo que preparar para Colón, obligada por un mandato real, dos carabelas, la Pinta y la Niña. Aparte se contrató un tercer barco, la nao de Santa María. Colón encontró muchos problemas a la hora de reunir la tripulación. Como el genovés tenía entre los marineros fama de soñador de poco fiar precisaba del apoyo de Alonso Pinzón, que gozaba de un gran respeto entre los tripulantes. En contra de lo que se viene repiriendo en los manuales, en su mayoría se trataba de los mejores marineros de la zona y sólo cuatro hombres embarcados (del total de los noventa) eran criminales.

Los viajes
Los tres barcos -la Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón, la Niña, bajo el mando de Vicente Yáñez Pinzón, y la Santa María, con Colón mismo como jefe de expedición- salieron del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492 . Después de haber recalado en las islas Canarias, se continuó el viaje el 1 de septiembre. El Almirante llevó una doble cuenta de la distancia recorrida: la pública, que se leía todos los días ante la tripulación, y la secreta, con la cifra real, muy superior a la primera. Después de más de un mes de navegación sin resultados, la tripulación se puso muy nerviosa y estaba a punto de rebelarse contra su capitán. Sin embargo, al cabo de la primera semana de octubre aparecieron pelícanos y plantas terrestres flotantes y en la madrugada del 12 de octubre Rodrigo de Triana avistó tierra. La expedición arribó a una isla pequeña de las Bahamas, llamada Guanahaní por los naturales, que Colón denominó San Salvador (se trataba probablemente de la actual Watling). El 27 de octubre los hombres de Colón tropezaron con Cuba, que Colón bautizó con el nombre de Juana, y luego exploró la isla de Santo Domingo, a la que dio el nombre de La Española. Allí perdió la Santa María y con sus restos se construyó un fuerte, la Navidad, en el cual dejó una pequeña guarnición. En enero de 1493 Colón empezó el viaje de regreso durante el cual, a causa de fuertes tormentas, se separaron los dos barcos restantes. La Pinta, con los hermanos Pinzón, arribó en Galicia, mientras que Colón con la Niña llegó a Lisboa. Las dos naves se reunieron el 15 de marzo de 1493 en el puerto de Palos. En Barcelona Colón fue recibido por los Reyes Católicos para celebrar el día más feliz de su vida.
Al regresar el valiente almirante de su increíble aventura, inmediatamente se pusieron a trabajar los diplomáticos. Los portugueses, hacía un par de años tan reacios a las "fantasías" de Colón, ahora no vacilaron en luchar por conseguir un botín en el Oeste. En mayo de 1493 el Papa Alejandro VI, en su famosa bula Inter Caetera, reconoció la soberanía de los Reyes Católicos sobre los territorios descubiertos y el 7 de junio de

1494 se firmó en Tordesillas un tratado que repartía entre la Corona española y la portuguesa las partes del mundo que en su mayor parte todavía se desconocían. Las nuevas tierras quedaban divididas por un meridiano a trescientas setenta leguas (antigua medida de longitud que equivale a 5.500 m) al oeste de las islas de Cabo Verde, de manera que todas las tierras situadas al oeste de la línea pertenecerían a España, y las del este a Portugal. Como con esta división Portugal iba a ganar el enorme territorio del Brasil, se especuló mucho sobre si los portugueses ya por entonces poseían algunos conocimientos acerca del nuevo continente, lo cual parece ser muy probable; no obstante, faltan pruebas contundentes.


En su segundo viaje Colón llevaba pertrechos, plantas europeas y animales domésticos para poder colonizar las tierras exploradas. Aquella vez partió de Cádiz en septiembre de 1493 ya con una imponente flota de diecisiete naves que transportaban más de 1.500 hombres. En su segundo encuentro con el nuevo continente Colón descubrió la isla de Puerto Rico, que nombró San Juan (los aborígenes la llamaban Boriquén). Al llegar a la Española encontró con disgusto el fuerte de Navidad destruido y la guarnición muerta. No se rindió y fundó La Isabela (1494). La villa fue destruida por los indios; sin embargo, en 1496, frente a las ruinas de Isabela, se fundó Santo Domingo, hoy la ciudad hispánica más antigua del Nuevo Mundo. Colón estaba convencido de hallarse en las Molucas, mas desde el punto de vista económico el viaje se mostraba cada vez más un desastre. No había oro, plata, ni especias, el clima resultaba demasiado duro para los europeos y los indios reaccionaban con inesperada hostilidad. Los españoles contestaron con unas represiones muy sangrientas, en las que destacó sobre todo el hermano del almirante, Bartolomé. En marzo de 1496 Colón emprendió el viaje de regreso y nombró a su hermano como Adelantado de la isla.
En su tercer viaje (1498) Colón descubrió la desembocadura del río Orinoco y por vez primera tocó tierra firme (en la actual Venezuela); sin embargo, la confundió con las islas. Esta vez se produjo un desorden general en la colonia que el almirante ya no era capaz de solucionar y la Corona envió a ultramar al comendador Bobadilla, quien acusó a Colón y lo mandó a España en cadenas. Después de un juicio que hirió gravemente el prestigio del descubridor, Colón fue rehabilitado, aunque perdió definitivamente el título de Virrey de las nuevas regiones. Colón organizó su cuarto y último viaje proponiéndose el plan descabellado de remontar el río de Orinoco hasta llegar al mar Rojo y por allí continuar hasta los Santos Lugares y liberarlos de la opresión musulmana. Al morir la reina Isabel (1504), su gran protectora, la estrella de Colón empezó a descender inevitablemente. El 20 de mayo de 1506 Colón murió pobre y olvidado en Valladolid, ignorando que las tierras descubiertas por él pertenecían a un hemisferio hasta entonces desconocido. Así falleció uno de los hombres grandes de la humanidad, cuya descripción nos dejó su hijo Hernando: "Fue el Almirante hombre de bien formada y más que mediana estatura, la cara larga, las mejillas poco altas, sin declinar a gordo o macilento, la nariz aguileña. En su mocedad tuvo el cabello rubio, pero de treinta años ya lo tenía blanco. Afable en la conversación con los extraños, y con los de su casa muy agradable, con modesta y suave gravedad". El juicio de los historiadores acerca de su carácter es más que contradictorio. Unos ven en él un navegante genial, soberbio organizador y un gran científico (parece que gracias a las investigaciones más recientes lo último se puede negar rotundamente: Colón como autodidacta disponía de una gran inteligencia natural, pero tenía pocos estudios y el nivel de su educación era muy desigual). Otros hacen destacar su orgullo, codicia y mentiras que no utilizaba sólo con sus enemigos, sino a veces también con sus partidarios. Otros subrayan su psicología de soñador

místico que se creía elegido por el mismo Dios para liberar Jerusalén de los infieles. En todo caso nos encontramos ante un hombre extremadamente cautivado por su proyecto, dispuesto a sacrificar cualquier cosa para lograr sus objetivos. Un hombre lleno de contradicciones que pronto iba a convertirse en un símbolo de toda la conquista española del nuevo mundo, no menos contradictoria de lo que era su fundador.



En busca de El Dorado
Los españoles, por supuesto, no eran los únicos en interesarse por las tierras recientemente descubiertas. Los ingleses enviaron en 1498 al veneciano afincado en Inglatera Sebastián Caboto para que explorara el norte del Atlántico. Caboto, después de haber arribado a Groenlandia y Labrador, recorrió la costa atlántica de América del Norte y llegó a Delaware. Como no encontró oro ni especias, los ingleses por el momento se desinteresaron de los proyectos atlánticos, considerándolos poco provechosos económicamente. Portugal envió a Pedro Álvares Cabral, que en abril de 1500 desembarcó en Brasil, bautizando las nuevas comarcas como "tierra de Vera Cruz".
Asimismo la Corona española ya en 1498 rompió el monopolio colombino y envió a más exploradores. En 1499 Alonso de Ojeda y el italiano Américo Vespucio (Amerigo Vespucci) entraron en el golfo de Maracaibo, al que dieron el nombre de Venezuela, porque las aldeas de los indios construidas sobre el agua le recordaron la ciudad de Venecia. Vespucci, oriundo de Florencia, vivía en Sevilla como representante del Banco de los Médici y llegó a ser muy popular gracias a sus vivas descripciones de nuevas tierras. El geógrafo alemán Waldseemüller, basándose en las noticias de Vespucci sobre sus viajes, se convenció de que se trataba no de Asia, como creía Colón, sino de un nuevo continente, y propuso que éste se llamara América en honor del viajero italiano. Y así el nuevo continente llegó a ser América y no Colombia, simplemente porque Vespucci contribuyó a difundir una verdad, mientras que el verdadero descubridor trataba de defender una mentira.
Mientras tanto numerosos conquistadores españoles seguían incansablemente con sus exploraciones de las nuevas comarcas, explicando sus motivos de manera muy clara: "Vinimos aquí por servir a Dios y Su Majestad y también por haber riquezas." La isla de Boriquén (Puerto Rico) fue ocupada por el capitán Juan Ponce de León, un devoto lector de las novelas de aventuras, que más tarde partió en búsqueda de la isla legendaria de Bimini, donde según las creencias de los españoles se hallaba la "fuente de la eterna juventud". En el día de Pascua Florida Ponce descubrió una enorme península pantanosa que bautizó con el nombre de Florida. En 1565 los españoles fundaron allí la primera ciudad norteamericana, San Agustín. Hernando de Soto fue el verdadero descubridor del Mississippi, al cual llamó Río Grande, en 1541, y en cuyas aguas encontró su tumba un año más tarde. Vasco Núñez de Balboa, el alcalde de la ciudad de Santa María la Antigua del Darién, primer pueblo europeo en el continente, fundado en 1510, cruzó en 1513 el istmo de Panamá e hizo un sensacional descubrimiento: ante sus ojos se hallaba un nuevo océano al que obsequió con el nombre del Mar del Sur, el actual Pacífico. Las ideas de Colón sobre su llegada a las islas de Asia quedó definitivamente descartada.
En octubre de 1520 Fernaô de Magalhaes (Fernando de Magallanes para los españoles), un portugués al servicio de la corona española, encontró el estrecho,

buscado por muchos, que conectaba los dos océanos y hoy lleva el nombre del valiente capitán. Luego atravesó el Pacífico, bautizándolo así por la sorprendente tranquilidad de sus aguas. En las islas Filipinas murió Magalhaes en un enfrentamiento violento con los indígenas (1521). El piloto de la expedición, Juan Sebastián Elcano , asumió el mando y llegó a las Molucas, las famosas islas de las especias, luego se dirigió hacia África y dobló el cabo de Buena Esperanza. Elcano, con 18 hombres más muertos que vivos (del total de los 237 que salieron con Magalhaes en cinco naves), en la restante nave Victoria, desembarcó en septiembre de 1522 en España después de haber viajado más de tres años. Elcano había coronado una tarea gigantesca: la primera circunnavegación de la Tierra. El emperador Carlos ennobleció a Elcano y colocó en su escudo un globo terráqueo con la inscripción Primus circumdediste me (El primero que me dio la vuelta).





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