Historia universal



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pero no menos tenaz. Antes de adentrarse en el interior, dudan, y tal vez por esta razón llegarán a construir sólidamente, más sólidamente que otros.



II. HACIA LOS ESTADOS MODERNOS

Estos imperios no representan sólo la trayectoria de formidables destinos individuales. No hay que dejarse atraer demasiado por Carlos V o por un Solimán. Su importancia más profunda, y por ello más oculta, radica en el hecho de que trastornan la vida de los hombres, de todos los hombres, de las multitudes a una escala nunca conocida hasta entonces.

De una parte, matanzas de poblaciones, deportaciones, esclavitud; de otra, mejora de los niveles de vida, de los regímenes alimenticios, difusión de determinados productos que, durante siglos, habían sido sólo del dominio de las esferas socialmente superiores. Pueden ofrecerse, indiferentemente, «leyendas rosas» o «leyendas negras». Pero al margen de tales leyendas lo cierto es que estos imperios contribuyeron poderosamente a construir la unidad del mundo: en 1566, Jean Bodin, en su Methodus ad facilem historiarum cognitionem podía afirmar que «omnes nomines secura ipsi, et cum Republica mundana, velut in una eademque civitate mitabiliter conspirante». En esta profunda unidad del hombre, que las nuevas formas de organización ponían laboriosamente de manifiesto, el propio Bodin encontraba un argumento para los progresos del porvenir: «habet natura scientiarum thesauros innumerables, qui nullis aetatibus exhauriri possunt».

Así quedaba fijada la tarea del hombre moderno.

Pero no se trata sólo de imperios. Más allá de éstos, y también para que puedan tener una vida sana y una función concreta, es preciso que el estado, el estado moderno, se afirme. Ahora bien, dondequiera que trate de establecer sus prerrogativas, es inevitable el conflicto con las fuerzas feudales. Pero es también inevitable el conflicto con las fuerzas burguesas y con las campesinas. No debe verse en esto contradicción alguna. Ciertamente, el esquema lógico más sencillo (pero de una sencillez que roza la ingenuidad) sería el de la alianza entre el estado que se forma y las ocias dos clases contra el adversario común, el feudalismo. Pero, en realidad, las cosas son mucho más complejas. En efecto, durante las primeras fases de la crisis del feudalismo, se había producido también un cierto movimiento de liberación política de los burgueses e incluso de los campesinos. Pero, en general, a partir de finales del siglo XV, esta liberación política se ve comprometida porque el estado, en su lucha contra las autonomías feudales, no puede hacer [264] causa común con otras formas de autonomía, sino que tiene que luchar contra todas. Y si en los momentos de extrema tensión social ha de elegir un aliado, es inevitable (inevitable, claro está, dentro de la óptica de aquel tiempo) que éste sea la clase nobiliaria, o, en todo caso, una burguesía que deja de serlo para convertirse también en nobleza. Y en muchas ocasiones, precisamente por estas «alianzas» no llegó a realizarse la reforma interna del estado.

Los ejemplos que podrían citarse para demostrar esta afirmación son numerosísimos. Nos limitaremos a presentar dos casos-límite, captándolos en su momento de ruptura, de explosión: la guerra de los campesinos en Alemania y los movimientos de los comuneros y las germanías en España.

Según las tesis de Gunther Franz la causa de las revueltas campesinas en Alemania no estriba en una situación de miseria, sino, más bien, en la descomposición de un régimen social.

Antes de la verdadera explosión de la guerra campesina las revueltas venían teniendo una continuidad: hasta 1513, toda una serie de movimientos espontáneos, no organizados, sin jefes; desde 1513, por el contrario, se producen auténticas «conspiraciones», con jefes reconocidos, amplia base de organización, propaganda y tentativas ramificadoras. Otra diferencia: antes de 1513 la consigna es «¡viejo derecho!», y después, «¡derecho divino!»

Es cierto que, en el caso alemán, el elemento religioso influye poderosamente en este cambio, pero es igualmente cierto que ocupa el puesto de un «viejo derecho» ya completamente desplazado, extinguido. De este modo se llega al momento de la última ruptura (1524-1525): todas las fuerzas nuevas, desde el emperador hasta Lutero, a pesar de que, evidentemente, sus intereses más concretos deberían estar al lado de los campesinos, negarán su aceptación. Desde luego, no hay que pensar en une traición de Lutero, ni en un cambio de orientación. La posición a favor de los señores, «feudal», de Lutero, no está dictada por contingencias del momento. Si a fines de abril de 1525 interviene decididamente en su famosa Ermahnung zum Frieden auf die zwölf Artiket der Baurnscbaft in Schwaben para decir que toda rebelión está contra el Evangelio, no hace, en realidad, más que insistir en los temas de la carta a Federico de 5 de marzo de 1522 o en los del tratado sobre la autoridad secular (Von weltlicher Obrigkeit) de diciembre de 1522: «Dios es un poderoso monarca. Necesita nobles, ilustres y ricos verdugos: los príncipes». De este modo aquellos campesinos alemanes, que se habían hecho la ilusión de tener en Lutero a un jefe espiritual y, en su doctrina religiosa, la propia [265] doctrina social, se quedan inmediatamente sin jefes y sin doctrina, o, en el mejor de los casos, con un vago milenarismo que no puede llevarles demasiado lejos. No hay, pues, contradicción de Lutero consigo mismo, sino oposición de Lutero frente a su tiempo (cfr. cap. 9, III). Estará con los príncipes contra la nobleza más pobre, los caballeros, que se sublevan en 1522-1523 en Baviera y en Wüttemberg, acaudillados por Franz von Sickingen; también está contra los campesinos, capitaneados por Tomás Münzer en la Alemania Meridional (1524-1525) y contra los campesinos sublevados en Münster en 1534-1535. Y al mismo tiempo, lo que se les prohíbe a los pequeños nobles y a los campesinos se les concede a los grandes feudatarios. Apoyados ideológicamente en la reforma, los grandes señores secularizan los bienes de la Iglesia contenidos en sus dominios: los duques de Meckiemburgo y de Pomerania, los electores de Sajonia, de Brandeburgo, del Palatinado, el landgrave de Hesse, se adueñan de los bienes eclesiásticos. En este plano es extremadamente significativa la incorporación de los bienes de la Orden Teutónica que en 1525 llevó a cabo un Hohenzollern, Alberto de Brandeburgo. Las consecuencias para el porvenir de aquellas incorporaciones serán fundamentales para la historia de toda Europa.

En 1520 y 1521, Segovia, Toledo, Guadalajara, Madrid, Ávila, Burgos, Valladolid y otras ciudades se sublevan también. ¿Qué piden aquellos rebeldes que, además, son burgueses? En primer lugar, que el rey viva en España, que se case pronto y —sin decirlo explícitamente, pero dejándolo sobrentender claramente— con una princesa portuguesa, a fin de realizar la unidad ibérica. Además, reducción de impuestos, derecho a llevar armas... Pero la revuelta no es contra el rey, ni contra el estado; es una revuelta «nacional», de la «nación» española, contra los grandes —extranjeros en su mayoría— de la corte de Carlos V. El jefe de los comuneros, Juan Padilla, consigue una serie de éxitos militares. Después fue ejecutado. Su mujer le sustituirá eficazmente, defendiendo con gran valor Toledo. La sublevación de los comuneros, sublevación de una conciencia española, quedó así rápidamente truncada.

Más claro es el sentido de la insurrección de las germanías de Valencia y Mallorca (1521-1323). En estas zonas la organización corporativa burguesa había alcanzado grande y armónico desarrollo, y estaba legalizada por los edictos reales, que llegaron a la creación incluso de un Consejo de los Trece (Cristo y sus doce apóstoles). Naturalmente, la aristocracia no veía con buenos ojos aquel movimiento. Pero hasta entonces la situación era de equilibrio. Este equilibrio se rompe cuando el Consejo de los Trece, además del poder económico, trata de arrogarse [266] el poder político y se afirma, no ya como organismo de simple defensa de intereses de clase, sino como representante de todo el país. En este punto Carlos V no puede menos de respaldar a la aristocracia en su acción represiva; para el movimiento paralelo que se había manifestado en Mallorca, las fuerzas que se desplazaron para dominarlo se sirvieron de cuatro galeras imperiales.

Nos parece que estos ejemplos, a pesar de las indudables diferencias que es fácil encontrar entre guerra de los campesinos, de una parte, y comuneros y germanías, de otra, muestran con suficiente claridad, además de las rigurosas exigencias del poder central, los límites de la formación del estado moderno, que se manifiesta, ciertamente, en mil aspectos, pero que todavía no ha alcanzado una completa madurez de estructuras.

En el mejor de los casos, como en Francia y en Inglaterra, puede hablarse de la evolución desde una sociedad feudal a una sociedad aristocrática, pero lo cierto es que, especialmente en estos dos países (sobre todo en Inglaterra), están sentadas ya, de un modo extremadamente claro, las premisas de las sucesivas evoluciones.

Pero son necesarias también otras condiciones para que el Estado se establezca. En primer lugar, es preciso que llegue a alcanzar una cierta entidad territorial. Donde llega a ser un «imperio» o a integrarse a un imperio, las cosas son fáciles. Pero hay otros casos a tener en cuenta: las extraordinarias ciudades que habían constituido el motor, no sólo económico, de la vida de la Edad Media, ¿qué posibilidades tienen ahora? Las ciudades hanseáticas, o Venecia, o Génova, ¿cómo pueden convertirse en un estado moderno? Que en ellas pueden manifestarse movimientos de altísimo nivel cultural, ¿cómo dudarlo? Que el placer de vivir en ellas, a finales del XV y durante el XVI, sea mayor que en ciudades de vida ruda, como Londres o París, es igualmente cierto. Que en ellas pueden encontrarse grandes personalidades, con grandes fortunas, ¿cómo negarlo? Pero tales ciudades están condenadas ya, aunque a veces, aprovechando coyunturas favorables, puedan alcanzar un nuevo respiro.

Una de las razones esenciales de esta «condena» radica en el hecho de que estas ciudades, en el mundo nuevo que está creándose, se encuentran con toda una serie de obligaciones, absolutamente desproporcionadas con sus finanzas, aunque la presión fiscal llegue, a veces, a límites extremos. Un ejemplo: mantener un embajador, una embajada en una determinada capital, cuesta lo mismo si se trata del representante de Génova que del de Francia. Pero la desproporción resulta aún mis clara en el capítulo de los gastos militares que, si son gravosos [267] incluso para estados con una base territorial suficientemente amplia, llegan a ser sencillamente aplastantes en algunos casos.

Tratemos ahora de presentar, rápidamente, algún caso de estado-ciudad. Y empecemos por el que se ofrece con luz más favorable: Venecia. Fastuosa, rica, ligada por los negocios con el Oriente Medio y vuelta también hacia la Alemania meridional, la ciudad del Adriático es, en cierto modo, un ejemplo límite, porque, como hemos visto en el capítulo 2, ha logrado una cierta entidad territorial, ocupando una extensión de tierra suficientemente amplia. Buen sentido previsor, pero —digámoslo también— previsión insuficiente. En primer lugar, Venecia, incluso con la conquista del Véneto, no ha resuelto el problema de la fragilidad de su sistema de abastecimiento de trigo: a la menor alarma, ante la más sencilla previsión de mala cosecha, es necesario que todo el sistema se ponga en movimiento para ir a buscar trigo a Apulia, a Morea, a Oriente Medio. Y no es sólo esto, sino que el hecho de haberse constituido una base territorial de cierta amplitud la obliga todavía más a participar en los conflictos de los grandes, conflictos que sobrepasan ya sus dimensiones, aunque éstas hayan aumentado. Una divertida anécdota tal vez pueda aclararnos más las ideas. En el momento de la guerra contra el turco (1570-1573), el embajador veneciano había quedado prisionero en Constantinopla. El sultán no desdeñaba conversar con él. Después de la victoria cristiana, pero, sobre todo, veneciana, en Lepanto, y tras la pérdida, exclusivamente veneciana, de Chipre, el sultán declaró a su huésped-prisionero: «Vosotros, al destruir nuestra flota, nos habéis arrancado un pelo de la barba. Nosotros, al quitaros Chipre, os hemos arrancado un brazo». Sea o no verdadera, esta anécdota refleja perfectamente los límites de una situación.

El caso de las ciudades hanseáticas es muy semejante. Aunque en la segunda mitad del siglo XVI parecen encontrar un segundo florecimiento económico, en realidad, están decayendo profundamente. Basta observar su situación respecto a Inglaterra para darse cuenta: en el puerto de Londres, a partir de 1553, los hanseáticos empiezan a ser colocados en el mismo plano que los ingleses, perdiendo, poco a poco, todos los privilegios que habían conservado en relación con ellos. En 1579 perderán sus privilegios también respecto a los comerciantes extranjeros rivales, de cualquier nacionalidad que sean. En Hamburgo, en 1567, se verán obligados a aceptar la presencia de una factoría inglesa. Génova, por su parte, podrá conservar una fuerza económica propia —como también Florencia—, exclusivamente en la persona de algunos de sus ciudadanos que, en la aventura de la alta finanza, encontrarán todavía medios de [268] amasar grandes fortunas. Pero estas fortunas sólo son posibles en la medida en que los talentos y los capitales iniciales de los banqueros genoveses y florentinos se pongan a disposición de los soberanos de grandes estados: Carlos V, Francisco I.

Augsburgo verá florecer, dentro de sus murallas, las extraordinarias fortunas de la familia Függer. Pero al margen de las fortunas de esta familia, ¿cuáles son las posibilidades reales de desarrollo de la ciudad en su conjunto? Ragusa, en el Adriático, con su flota de grandes naves al servicio de los clientes del Mediterráneo y también del Adriático, ¿qué peso efectivo puede alcanzar? En general, todas van perdiendo fuerza militar; el gran ideal de las ciudades es la paz, Pero no ya una paz reconquistada o que ellas puedan imponer, sino una paz comprada con dinero contante y sonante o por medio de simples estratagemas de equilibrio. Los buenos burgueses de Augsburgo, cuando alguna vez se ven obligados a tomar las armas, salen de la ciudad «como el ganado del establo, cuando el pastor lo obliga a salir», dice Clemens Sender. Además, ¿por qué y por quién batirse? ¿Por un obispo, por un príncipe, por un dux cualquiera? ¿Por una vaga cristiandad o por una comunidad más indeterminada todavía? Estos son ya temas que han perdido significado. Durante la batalla de Lepanto las galeras de Doria formarán de tal manera que quedarán frente a las galeras de Euldj Alí, que también es propietario de sus unidades. No se harán demasiado daño el uno al otro: una galera, cuesta cara y los hombres tampoco se encuentran fácilmente.

Tratemos, pues, de resumir la situación. Al nacer el mundo moderno, para que un estado pueda llamarse verdaderamente moderno, es decir, capaz de enfrentarse con el futuro, necesita los siguientes factores fundamentales:


  1. una cierta entidad territorial;

  1. el establecimiento de un poder central suficientemente fuerte;

  2. supresión o, al menos, drástica reducción del antiguo poder feudal;

  3. la creación de una infraestructura suficientemente sólida: burocracia, finanzas, ejército, diplomacia.

Donde se dé la organización de estos cuatro puntos, el estado moderno se afirmará. Si alguno de ellos falta (o todos), se podrá asistir a supervivencias, incluso a florecimientos, pero el destino ya está marcado. Los siglos siguientes lo demostrarán sin lugar a dudas.

Es, pues, en este marco imperial donde maduran los destinos de Europa entre 1450 y 1550. Extraordinario renacimiento de una idea, aunque no siempre revelada y manifiesta en la [269] conciencia de los actores; pero en estos años todo parece confluir, directa o indirectamente, hacia este fin.

Por lo tanto, se impone la creación de todo un sistema: es preciso que el poder se organice de un modo nuevo ante las tareas nuevas.

«Hilan telas tan sutiles que es imposible tejerlas»: la bella frase de Nicolás Maquiavelo quiere señalar la sutileza a que, en sus tiempos, habían llegado la técnica de la diplomacia. A nosotros no debe interesarnos el elemento crítico de esta frase, que el secretario florentino dirigía a sus colegas diplomáticos. A nuestro parecer es más importante la expresión, que en ella puede encontrarse, de una completa madurez de los servicios del estado. La burocracia se ha formado ya, e incluso se ha consolidado definitivamente. En efecto, un estado no es sólo una formulación teórica, no es sólo la declaración, por parte del soberano, de una determinada dirección del poder político. Se hace realidad en formas concretas: la burocracia, el ejército, la diplomacia, la justicia, la organización económica y financiera.



III. El aparato burocrático

La formación de la nueva burocracia tiene, lógica y dialécticamente, sus orígenes en la «crisis» del siglo XIV y del XV, que anteriormente hemos observado. Por una parte, la ruptura de los viejos órdenes jerárquicos, y, por otra, las nuevas funciones que impone el nuevo estado, requieren que de ellas se ocupe un cuerpo de «funcionarios». El gran cambio, ciertamente, no se produce a la altura del «escriba»: donde se manifiesta muy claramente es en los planos más elevados. Surge entonces la figura, del «secretario». Indudablemente, no es fácil encontrarlos buenos, pues, todavía en 1530, Francesco Guicciardini podía escribir en sus Ricordi politici que había, incluso para los más grandes soberanos, «grandísima carestía de ministros bien cualificados». «Bien cualificados», porque, ante las múltiples funciones de nuevo tipo, es necesario un gran número de «ministros», que no sean sólo administradores pasivos, sino, sobre todo, realizadores, hombres con fuerte sentido de la responsabilidad.

Aquella estructuración burocrática puede comprenderse acaso con especial evidencia siguiendo los desarrollos de la diplomacia.

Durante toda la Edad Media, la distinción entre cónsul y embajador habla sido muy clara. El cónsul era el que representaba, de un modo estable, con residencia fija, los intereses prácticos, económicos (en general, comerciales) de un grupo de [270] una determinada nacionalidad residente en el extranjero; el embajador era un enviado extraordinario, con una misión precisa, que representaba el poder de su país en las gestiones relativas a un solo y determinado asunto. No habían faltado ejemplos de cónsules, que a sus poderes jurisdiccionales habían añadido también los de embajadores, pero se había tratado siempre de casos especiales, y, de todos modos, de corta duración. Ahora, en cambio, empieza a formarse un cuerpo de funcionarios diplomáticos, que tienen su órgano central, la «cancillería», y sus sedes fijas cerca de los soberanos, para los que han recibido las cartas credenciales. Así, mientras se fijan las capitales y se forman las cortes, cuando los soberanos toman una residencia más estable, es normal que, tras ellos, tomen residencia fija los representantes de las potencias amigas —y menos amigas—: a la gloria de las capitales nacientes no podía faltar el reconocimiento del mundo extranjero. Bajo otro ángulo, es de tener en consideración que esta nueva posibilidad de emplear el talento propio al servicio del señor, del estado, representa también una solución para las dificultades de viejas familias aristocráticas alcanzadas por la crisis, y, al mismo tiempo, una posibilidad, para las familias de reciente influencia, de llegar a las altas esferas del poder. Empieza también a perfilarse la costumbre de la familia que se consagra toda entera, o casi, a estas específicas funciones diplomáticas. En 1499, por ejemplo, Pietro Soderini representa a Florencia en Francia; Francesco Soderini, en Milán; Paolo Antonio, en Venecia...



Esta concentración, esta heredabilidad de cargos en una misma familia van acompañadas de fenómenos no siempre positivos. Si, por ejemplo, a un alto nivel, en la formación de verdaderas «dinastías» de altísimos funcionarios, pueden encontrarse elementos positivos, como una cierta educación, estilo, formación, tradición, este mismo fenómeno, aplicado a funciones menores, da lugar a fenómenos completamente distintos.

Ahora se asiste a una cierta («democratización» de los servicios del estado (hasta el punto de que el latín va siendo progresivamente sustituido en las actas oficiales por las lenguas vulgares). Interviene una progresiva tendencia laica de los servicios públicos, en los que la presencia del sacerdote es cada vez más rara; sobre todo, los burgueses asumen funciones hasta entonces reservadas a determinados grupos sociales. La formación de una clase de empleados no es sólo importante en un sentido técnico (es decir, para comprender cómo el estado «nuevo» se enfrenta con las necesidades «nuevas» que se le imponen), sino también como elemento determinante de una auténtica revolución social. De origen generalmente modesto, el funcionario que entra en el mecanismo del Estado se adueña (en [271] proporciones más o menos considerables) del poder, y comienza a constituir una clase en sí mismo, la cual descubre que está, demasiado a menudo, mal retribuida en relación con el poder y con las funciones que ejerce: de ahí la corrupción burocrática. Que, además, es «corrupción» sólo en el juicio moral (y moralista) que nosotros podemos darle hoy, pero que, en la óptica del tiempo, no lo es más que en casos entremos. Por otra parte, está oficialmente admitido que «integraciones» diversas vayan a compensar los escuálidos sobres-paga, como diríamos con lenguaje moderno. Estas integraciones, que llegan, en ocasiones a representar —legalmente— 30, 40, 50 veces el estipendio oficial, nos explican por qué, a pesar de la escasez de las retribuciones nominales, se hace cada vez más reñida la carrera por los empleos públicos. Se crea así una especie de círculo vicioso. El Estado, apremiado constantemente por una serie de necesidades, pone en venta los empleos; los particulares, atraídos por las «integraciones» más que por las retribuciones oficiales, los compran, pero exigen también el derecho a revender, a ceder los cargos que compran. Ahí es tal vez donde se manifiesta la máxima fragilidad de la burocracia de aquel tiempo. Cuando el cargo no se revende es cedido a los hijos, a los sobrinos, a los primos, pero lo que, en el rango del embajador, constituye «dinastía», se hace menuda y pobre peripecia en el rango del medio y pequeño funcionario. «Lettados» españoles, «dottori» o «segretari» italianos, «legistes» franceses cobran cada vez mayor autoridad y se sitúan en los puntos más delicados del mecanismo del poder: los papeles se acumulan de tal modo que requieren la creación de nuevos empleos; las «prácticas» se eternizan; la máquina del estado se torna pesada. Pero —y que esto no parezca fácil ironía o todavía más fácil alusión a situaciones de nuestro tiempo—, precisamente en esta pesadez se afirman los caracteres fundamentales del estado moderno, que descubre cada vez mis su vocación de ocuparse de todo, de verlo todo, de estudiarlo todo. Examinando los originales de prácticas con las anotaciones marginales escritas con dificilísima grafía por Felipe II, se aprecia claramente cuanto venimos diciendo.

La burocracia, que se amplía en la esfera puramente administrativa, encuentra su mayor triunfo en la rama especial de la administración que son las finanzas. Y, por lo demás, es natural. Cuanto más gravoso se hace el fisco, como luego veremos, más empleados se necesitan para ocuparse de él, y cuanto más aumentan los funcionarios, más necesario es aumentar la presión del fisco. Círculo vicioso también aquí, pero no querríamos que el lector creyese que la presión fiscal progresivamente creciente entre los siglos XIV y XV tiene su origen sólo en un aumento [272] del número~-de funcionarios. La causa verdadera, fundamental, no es ésa, sino los ejércitos, las flotas. Algunas cifras serán más útiles que cualquier otro dato para aclarar las ideas. El Estado veneciano, en 1423, invirtió las sumas necesarias para la construcción de 45 galeras, entre «grandes» y «ligeras»; en 1499, para 65; 115 galeras en 1504 y 143 en 1544. Hoy es fácil transcribir estas cifras, pero hay que pensar en el esfuerzo que exigió la realización de este programa. Marineros, carpinteros, calafates, artilleros, fundidores, cáñamo, pez, hierro, madera: todo cuesta caro y el estado tiene que proveer a todo. ¿Otro dato? En la batalla de Bouvines (1214), la más importante, quizá, de la Edad Media, no intervinieron más que 13.000 contendientes en total; en 1494 el ejército francés, que se dispone a la campaña de Italia, alcanza de 16 a 20.000 hombres (¡a los que se añaden, por lo menos, 15.000 italianos!). Estas flotas, estos ejércitos de proporciones siempre crecientes exigen, como es lógico, armamentos: artillerías, en primer lugar, armas de fuego. Hasta ahora ha sido poco estudiada, en el aspecto económico, la importancia de la producción de las armas de fuego, que debió de constituir, según creemos, un sector importantísimo de la industria de la época, pero es indudable que el esfuerzo financiero por ellas impuesto fue enorme.

Los verdaderos y grandes artífices de esta auténtica carrera de armamentos en aquel tiempo no fueron sólo generales y soldados: sus animadores fueron los más o menos oscuros, ignorados, anónimos funcionarios que se ingeniaron para encontrar el dinero que permitiría pagar a los fundidores, a los jefes de mesnadas de soldados, a los abastecedores de los ejércitos, a los constructores de fortalezas.

Porque la guerra había cambiado ya. «C'est joyeuse chose que la guerre...», decía Le Jouvencel (novela biográfica de Jean de Bueil, de la segunda mitad del siglo XV). Y Francesco Guicciardini, con la extraordinaria frialdad de su inteligencia, describía en sus Ricordi el cambio producido: «Antes de 1494 las guerras eran largas, las jornadas no sangrientas y las formas de conquistar tierras, lentas y difíciles, y aunque estaban ya en uso las artillerías, se manejaban con tan poca habilidad que no causaban mucho daño, de modo que quien tuviese un estado era casi imposible que lo perdiese. Vienen los franceses a Italia e introducen en las guerras tanta viveza...» La observación guicciardiniana está, sin duda, dictada por la experiencia vivida de las guerras de Italia, pero dejando a un lado los detalles de situaciones y de lugares introducidas por el escritor florentino, el fenómeno, en su conjunto, está bien dibujado y es válido para toda Europa. A fin de hacer frente a todas estas nuevas y enormes exigencias —sobre todo, respecto al [273] pasado—, que el nuevo Estado tiene que soportar, se impone un gran esfuerzo financiero. Ante todo, los soberanos ponen orden en la administración de sus fortunas privadas. La más famosa reforma es la llevada a cabo en Castilla, que permitió elevar las rentas de 885.000 maravedíes en 1474, a 12.711.000 en 1482.

Pero el cambio más importante no se produjo en el seno de la administración del patrimonio privado de los soberanos, sino más bien fuera de ellos. En efecto, las finanzas medievales se habían caracterizado por fuertes aportaciones de porcentajes de las rentas personales del soberano. Ahora, frente al crecimiento desmedido de los gastos, sus recursos personales ya no bastan, y se llega a balances cuya parte esencial está representada por la recaudación de impuestos. Pero no es eso sólo, sino que debe añadirse que se trata de impuestos indirectos, a pesar del gran número de censos llevados a cabo durante todo el siglo XV y todo el XVI. De este modo el peso esencial del esfuerzo tributario es soportado por las clases más humildes, que participan en é! pagando impuestos sobre artículos de primera necesidad: en Florencia, de una media de presión fiscal de tres florines por cabeza a mediados del siglo XIV, se pasa a 10 florines en el siglo XV.

Y esta presión fortísima ejercida sobre el «pueblo inocente» no basta para todos los fines que los gobernantes se proponen. Por eso, al lado de una economía ordinaria, se desarrolla cada vez más la economía extraordinaria de los empréstitos. En Venecia los empréstitos extraordinarios impuestos a los ciudadanos alcanzaron en veintiocho años, entre 1425 y 1454, un aumento del 434 por 100 del presupuesto. No hay duda de que tal coeficiente, por un cúmulo de razones, debe ser reducido de un modo considerable, pero lo cierto es que la presión fiscal empezó a ser verdaderamente insoportable. Si es buena norma de crítica histórica la de no creer demasiado en las quejas que aparecen en crónicas, diarios, cartas, acerca de los excesivos impuestos a pagar, también es verdad que debemos prestar un oído más benévolo a los lamentos que oímos levantarse de cada rincón de Europa, ante los agentes financieros de los soberanos.



IV. RECONSTITUCIÓN DEMOGRÁFICA Y AGRÍCOLA

Hasta ahora hemos hablado de burocracia, de diplomacia, de ejércitos, de guerras, de armamentos, de finanzas, pero, en realidad, todos éstos son fenómenos que no pueden explicarse al margen de un examen general de la economía europea. Y, como ya hicimos al comienzo de este volumen, tomemos los movimientos de la situación demográfica. Habíamos dejado la [274] población europea, a finales del siglo XIV, casi reducida a la mitad, en relación con la de finales del XIII. Sobre la base de los indicios de que se dispone, es lícito decir que, durante el siglo XV, se paraliza en el bajo nivel alcanzado a finales del XIV, porque todas las tendencias de recuperación son inmediatamente sofocadas.

Durante el siglo XV, si se atiende sólo a la población de las ciudades, hay que admitir que es innegable un cierto aumento, pero también hay que reconocer que es fruto no tanto de un incremento natural, como de una aportación de población rural. Así la población rural debió de permanecer, durante todo el siglo, a un nivel todavía estable, a causa de los duros golpes (epidemias y carestías) que aún causaron estragos, aunque en número e intensidad menores que en el siglo XIV.

En Francia, entre 1450 y 1475, se pasa de 406 hogares a 240, y Viena, entre 1452 y 1472, pasa de 679 a 656; en el imperio, Butzbach, durante todo el siglo XV, oscila entre un máximo de 447 y un mínimo de 362; Francfort, de 2.593 en 1463, llega a 2.621 en 1495; Leipzig, de 519 en 1474 a 734 en 1489; Mülhausen, de 1.423 en 1446, a 1.674 en 1503; en Brabante, Amberes pasa de 4.510 a 6.586, entre 1472 y 1496, y en Holanda, Amsterdam pasa de 1.869 en 1470 a 1.919 en 1494.

Puede añadirse otro ejemplo aún: el total de la población de Bruselas, Lovaina, Amberes y Bois-le-Duc (las cuatro grandes ciudades de la región), que en 1487 representa el 17,5 por 100 de la población de Brabante, en 1496 alcanza el 25 por 100, pero, simultáneamente, la población rural disminuye, de igual modo que la total.

Otros muchos ejemplos que podrían citarse de otras ciudades de cualquier parte de Europa no ofrecerían resultados sustancialmente distintos de la tendencia que las cifras mencionadas señalan, es decir, que, al observar la población urbana, se tiene la impresión de un aumento durante el siglo XV (a pesar de algunas excepciones, naturalmente). Pero recordemos que un aumento de la población urbana puede ser debido a dos factores: incremento natural o aportación demográfica del campo. En cuanto al siglo XV (por lo menos hasta el último cuarto de este siglo), no hay duda de que el segundo fue el elemento determinante del desarrollo de la población urbana.

Pero desde finales del siglo XV se inicia lentamente la formación de los nuevos tejidos demográficos, y —esto es importante— muy pronto se verá coronada por el éxito. Muchas son las razones externas de ello: mejora del «standard» de vida, mejora de las condiciones higiénicas (es desde el siglo XVI, por ejemplo, desde cuando empiezan a ser observadas todas las [275] prescripciones concernientes a las precauciones relativas a las sepulturas o a la presencia de animales en las ciudades), mejores sistemas de abastecimiento hidráulico urbano, abandono de las construcciones de edificios de madera que, en toda Europa, empiezan a ser sustituidos —al menos en parte— por los de piedra, por los de ladrillo. Todo este conjunto de factores contribuye al nuevo impulso demográfico (aunque, a su vez, ellos tienen también su razón de ser).

El mecanismo de multiplicación no tardó en ponerse en movimiento. En efecto, los mismos elementos que nosotros hemos señalado en el capítulo 1 como agentes acumuladores negativos a propósito de la contracción demográfica del siglo XIV, ahora actúan de un modo positivo. Así, del mismo modo que una epidemia, además de la mortandad directa que causa, provoca una reducción complementaria del cociente de reproducción que habría sido lícito esperar si, a causa de la propia epidemia, las gentes no hubieran muerto demasiado jóvenes; de igual modo un impulso demográfico, en un momento dado, está destinado a multiplicarse entre los veinte y los cuarenta años siguientes, gracias a las posibilidades de procreación que los niños de aquel momento determinado alcanzan, entre los veinte y los cuarenta años después.

La primera mitad del siglo XVI se benefició de este mecanismo, y los beneficios fueron enormes. Para hacerse una idea de ello el lector debe pensar que, las grandes mortandades del siglo XV, representaron —además del conjunto de factores que hemos tratado de ofrecer en el primer capítulo— también una enorme pérdida de capital. En efecto, la muerte de un hombre a los quince años representa también —a pesar de la crudeza de la expresión— la pérdida irreembolsable de una inversión: en el momento en que, por medio de su trabajo, esta inversión podría haber sido restituida a la sociedad, el hombre desaparece. Por lo tanto la alta mortandad infantil representaba una gran pérdida de capital. Ahora bien, durante todo el siglo XVI esta pérdida —gran pérdida— se reducirá. Las ciudades, sin duda, seguirán todavía desempeñando su papel de «tumbas demográficas» a las que irán a trabajar y a morir multitudes de campesinos, pero, al mismo tiempo, las posibilidades de reposición demográfica en la vida urbana por parte del campo se hacen cada vez mayores.

Estos fenómenos demográficos, como ya hemos dicho, no encuentran una explicación en sí mismos: es necesario recurrir a un contexto general, y «contexto general», todavía en este tiempo, significa «agricultura». Si hay ahora una evolución demográfica, hay también —y es preferente— una paralela evolución agraria. [276]

Y ésta debe observarse desde un doble punto de vista. Desde el de la producción, no hay duda de que ha aumentado, sobre todo en el plano de la cerealicultura, por medio de la intensificación de la productividad, por la puesta en cultivo de nuevas tierras, por las roturaciones y saneamientos. Durante estos años una buena parte de las tierras abandonadas entre los siglos XIV y XV es ocupada de nuevo. Pero adviértase que todos los métodos de reanimación agrícola a que hemos aludido fueron realizados ya, no como en los siglos XI, XII y XIII, a través de relaciones de tipo feudal, sino, en parte, por medio de inversiones de capitales. La verdadera innovación, a escala europea, es precisamente este fenómeno de inversión de dinero. A través de un mecanismo complicado (los precios suben, a causa del mejor tono económico de la época; la producción aumenta, estimulada por la elevación de los precios, y crea, a su vez, una ulterior mejora de las condiciones económicas generales, las cuales provocan una nueva subida de los precios...), a través de este complicado mecanismo, que aquí nos hemos limitado a recordar en sus líneas generales, surge un gran movimiento en la agricultura europea. En efecto, en estos tiempos, gentes de las ciudades —comerciantes en su mayoría— invierten dinero en tierras. Fenómeno viejo, sin duda, y fácil de encontrar también en tiempos precedentes. Pero ahora ofrece un rasgo distintivo: mientras, para el hombre de negocios del siglo XIII, la inversión en tierras representa esencialmente una especie de seguro, que él adopta contra posibles dificultades en sus negocios bancarios o comerciales, desde finales del siglo XV los hombres de negocios se lanzan sobre la tierra con fines especulativos. Sus negocios son también negocios agrícolas: se compran o se ocupan tierras de la Iglesia —todo en muy malas condiciones—, que requieren grandes mejoras, sólo posibles por medio de dinero (a este respecto, hay que pensar en las grandes superficies de tierra de propiedades de la Iglesia, que serán objeto de especulación, en muchas de las regiones en que triunfa la «reforma»); se invierte dinero en cultivar nuevas tierras, en sanear pantanos.

Pero, ciertamente, esto no es todo, ni todo es de color rosado. En efecto, si se observa la condición de los campesinos europeos en este mismo período expansivo de la producción, el cuadro que se presenta es de tono más bien oscuro.

¿Cómo explicar de otro modo, por ejemplo, las grandes masas de campesinos errantes por los caminos de toda Europa?

En este punto hay que volver, por un momento, a cuanto hemos dicho antes como conclusión de la parte consagrada a la agricultura en el primer capítulo. Allí habíamos afirmado que la [277] «crisis» del siglo XIV se presentó, por lo menos, con un triple aspecto:



  1. el «señor» ve, sin duda, cómo su propio poder —en todos los sentidos y bajo todos los aspectos— se reduce notablemente;

  2. algunos campesinos lograron, aprovechándose de la erosión del poder central, afirmarse en el plano económico;

  3. una gran parte de los trabajadores de la tierra, aunque llegaron a conquistar importantísimos derechos civiles, no por eso conquistaron un mejor nivel de vida: al contrario. Además, en el curso del capítulo 2, hemos insistido sobre el hecho de que, hasta 1450-1480, aproximadamente, estos mismos fenómenos se desarrollaron a través de movimientos lentísimos, casi imperceptibles.

Ahora surgen a plena luz y vuelven a encontrarse los viejos «campesinos enriquecidos» (sus descendientes, claro está), transformados, a su vez, en señores (a veces con títulos que, además de dar un lustre de nobleza a la tierra y al dinero, garantizan también unos derechos jurídicos o, por lo menos, crean las premisas para reivindicar esos derechos), convertidos, pues, en señores no menos exigentes —¡al contrario!— que los viejos señores feudales, con los que ahora se confunden casi enteramente, mientras que, dos siglos antes, habían sido encarnizados enemigos de ellos. No se llega todavía a una «reacción», a una «refeudalización» (salvo en el caso de Polonia, donde ésta aparece claramente ya desde finales del siglo XVI), pero, ciertamente, se sientan las premisas de ella. Por otra parte hay que añadir que aquellos homines novi, a los que antes hemos hecho alusión, aquellos ciudadanos, aquellos comerciantes que inviertan sus capitales en tierras, siguen, en la gestión de sus fortunas en el campo, los mismos criterios de racionalidad que aplican en la vida de las ciudades: esto da origen, naturalmente, a dificultades complementarías para el proletariado agrícola, del que puede decirse que vive en condiciones más o menos decentes cuando puede quedarse en la tierra, pero no siempre lo puede. Y esto explica por qué durante todo el siglo XVI continúa el movimiento de la población campesina hacia la ciudad. Estos movimientos de migración desde el campo representan una de las mayores constantes de la historia económica, social y humana de Europa. Siempre hay movimiento campesino hacia la ciudad: lo hay en tiempo de dificultades, y lo hay en tiempo de expansión económica. No se olvide, por ejemplo que los diversos «milagros económicos» de nuestro tiempo están provocando en todas partes movimientos migratorios del campo [278] hacia la ciudad. Pero las causas son distintas cada vez. Por ejemplo, si en el siglo XVI, el abandono de las aldeas reflejaba la desestructuración de la agricultura medieval, y el desplazamiento se producía hacia una ciudad que, en el mejor de los casos, sólo podía ofrecer la claridad de los graneros públicos, en el siglo XVI el mismo movimiento se explica por el hecho de que el campo está sufriendo una reorganización (estaríamos tentados a decir: una reestructuración) y que, al mismo tiempo, la ciudad —en plena expansión comercial y productiva— ofrece la esperanza (por lo menos la esperanza) de encontrar un trabajo digno. Y ciertamente lo ofrece, pero en cantidad inferior al número de brazos que se presentan. Queda así una buena reserva que permite mantener bajos los salarios porque siempre hay mano de obra dispuesta que puede conseguirse entre las filas de los vagabundos que recorren, en una especie de movimiento perpetuo, los caminos de Europa.

Es indudable que cuanto acabamos de decir puede parecer en contradicción con lo que antes afirmamos acerca del aumento de las superficies puestas en cultivo y acerca del aumento de producción. Pero en realidad se trata de una contradicción sólo aparente, porque puede obtenerse el mismo resultado con seis o con ocho brazos, según la inteligencia aplicada al trabajo (inteligencia significa aquí, naturalmente, no sólo comprensión, sino también cuidada, sistema, aplicación). En este sentido puede decirse que, en aquel tiempo, el trabajo agrícola se hace más inteligente. Un signo externo puede apreciarse en la enorme difusión de manuales de agricultura. En comparación con la Edad Media, que no había tenido como texto-base agrícola más que la obra —admirable en muchos aspectos— de Pietro de Crescenzi, de comienzos del siglo XIII, ya a finales del siglo XV aparecen numerosas obras impresas de técnica agrícola. Al principio se trata, ciertamente, de obras de la tradición romana, que se traducen, a lengua vulgar, y es indudable que su empleo concreto no se llevará a la práctica a través del paso directo del manual latino —aunque traducido— al campesino, sino que intervendrá una multitud de mediadores, de vulgarizadores, y el resultado, será el de un cierto refinamiento de las técnicas de la tierra. Pueden descubrirse muchos síntomas de esta renovación de la vida campesina. Aquí (como en Italia y en algunas regiones de Francia y de España), se observa la extraordinaria difusión de la morera, con la correspondiente producción de capullos de seda; allí, es la proliferación de pequeños cultivos de lino o de cáñamo, que servirán para el ajuar matrimonial de las jóvenes; en otras partes, la construcción de torres palomares, reservas de carne para completar la alimentación, y, al mismo tiempo, fuentes de [279] utilísimo abono. Se trata, sin duda, de hechos menores, pero que, multiplicados por un número muy alto, acaban dando un carácter positivo a toda una época y manifestando la condición mejorada de una clase.

He aquí, pues, en conclusión, los caracteres que pueden atribuirse a esta época:


  1. endurecimiento de las posiciones de los señores (viejos y menos viejos), que anuncia la que será la gran «refeudalización» del siglo XVII;

  2. posición moderna, «capitalista» (pero entiéndase la palabra cum grano salis y sólo con valor alusivo), de algunos nuevos agentes de la vida agrícola;

  3. campesinos que ven mejorada su propia condición cuando siguen siendo campesinos, es decir, cuando no pasan a formar parte de aquél;

  4. proletariado agrícola que a menudo deja de serio para transformarse en proletariado urbano (y muy frecuentemente y en gran parte, subproletariado).

Los dos apartados c) y d), por otra parte, deben considerarse con especial atención, porque ésos son los que permitirán el gran desarrollo de los centros de producción y de distribución. En efecto, el campesino que seguirá sobre la tierra, en la medida en que vez mejorar sus condiciones económicas, se convertirá en un cliente. Claro que no se tratará de grandes clientes, pero podrán comprar «dos sueldos» de pimienta o de tejido: dos sueldos, multiplicados por millones de personas, acaban representando sumas importantes. De igual modo los campesinos «desclasados» a subproletariado urbano se convierten en clientes también: en efecto, ya no son productores del pan que comen, aunque sea en cantidades mínimas, y están, por lo tanto, obligados a «comprar» pan. En consecuencia, y aunque pueda parecer paradójico, hay que ver también en esta masa de hombres hambrientos, derrotados, errabundos, un importante motor de la vida económica.

Hasta ahora la historiografía no ha sido muy sensible a realidades de este tipo, que son mínimas si se consideran a escala individual, pero que adquieren una gran importancia por las masas que en ellas están implicadas.



v. la industria

No creemos —y, desde luego, no queremos hacer creer-— que la industria europea haya desempeñado un papel absolutamente determinante en la economía de la época, entre finales [280] del siglo XV y mediados del XVI. No hay que prestar demasiada atención al hecho de que la industria europea, en esa curva de tiempo, manifieste un claro aumento cuantitativo. Sobre este aspecto tendremos ocasión de volver. Lo que verdaderamente importa es que ahora se manifiestan las condiciones de los cambios cualitativos, que caracterizarán después muchos de los aspectos de la civilización industrial europea.



Los aumentos cuantitativos se encuentran en mil signos. En primer lugar, entre 1450 y 1540, la producción de plata de la Europa Central aumenta en cerca de cinco veces; la producción de paños de lana en Venecia pasa de cerca de 3.000 piezas alrededor de 1528, a 15, 16, 17.000 hacia 1560; en Hondschoote, el número de piezas de sayal exportadas sube de unas 30.000 en 1530 a unas 90.000 hacia 1560; las exportaciones de alumbre de Civitavecchia (que condicionan, indirectamente, buena parte de la producción textil europea) pasan de 18.468 cántaros anuales en el período 1462-1479 a 37.723 en los años 1553-1365. Pero lo que estaríamos tentados a llamar el «gigantismo» industrial del siglo XVI se demuestra con otros mil ejemplos más importantes, porque abarcan situaciones de conjunto. Son ciudades enteras, como Venecia, por ejemplo, las que se transforman y que, de una actividad predominantemente mercantil, pasan a una actividad esencialmente industrial, transformadora; Alemania, tradicionalmente exportadora de obreros textiles en busca de trabajo a Italia, a Inglaterra, a Flandes, ahora detiene esta hemorragia de «especialistas». Aparecen sectores industriales completamente nuevos, dotados de una asombrosa vitalidad: la tipografía, por ejemplo, con sus 30-35.000 ediciones antes de 1500, representando unos 15 6 20 millones de copias, tira, en todo el siglo XVI, unas 45.000 ediciones sólo en Alemania; 15.000 en Venecia; 25.000 en París; aproximadamente, en toda Europa y en todo el siglo XVI se tiran unas 200.000 ediciones, con un total de 150-200 millones de ejemplares. Otros sectores industriales, aunque no completamente nuevos, adquieren ahora una nueva importancia: por ejemplo, la seda, cuyo impuesto pasa, en Verana, de 50 ducados anuales en 1501 a 5.340 en 1549... Añádase la prodigiosa renovación constructora que alcanza a toda Europa, y no sólo en las mansiones señoriales o en los edificios públicos o del culto: en Venecia, entre 1539 y 1559, se conceden licencias para 175 nuevas construcciones. Añádanse también las nuevas dimensiones que la conquista de los nuevos mercados asiáticos, africanos y americanos ofrece a las posibilidades industriales de Europa, como demuestra el contrato estipulado en Amberes, en 1548, entre Juan Rebello, factor del rey de Portugal, y Cristóbal Wolf, factor de Antonio Függer y nietos, por el que estos últimos se comprometen a [281] expedir «para los negros de Guinea» 6.750 quintales de anillos, 24.000 orinales, 1.800 bacías de bordes anchos, 4.500 bacías para barberos, 10.500 calderos. Las acrecentadas fuerzas de los ejércitos, así como las nuevas técnicas bélicas y los perfeccionamientos de los armamentos tuvieron una repercusión en la vida industrial, determinando et desarrollo de las industrias extractivas y de transformación. Se consolidan centros como Brescia, en los cuales, si Carlos V hacía cincelar su armadura y Francisco I su puñal, existían también, a finales del siglo XV, 200 fábricas de armas, mientras toda la región circundante contaba, en 1527, 333 talleres para fabricar «instrumentos agrícolas y armas de guerra».

Modos y estilos nuevos intervienen con fuerza para impulsar la actividad industrial; baste recordar la influencia que en la industria del vidrio tuvo la arquitectura renacentista.

Estos son los hechos esenciales que caracterizan la vida industrial de Europa entre mediados del siglo XV y mediados del XVI. Es cierto que nuestra impresión de «gigantismo» debe ser replanteada: hemos hablado de gigantismo, naturalmente, en relación con los ritmos anteriores medievales. En realidad, la economía europea empieza ahora a presentar dimensiones inusitadas, mayores, respecto a las que había tenido en la Edad Media. Pero insistimos en que lo que verdaderamente importa, al margen de todo aspecto cuantitativo, es que ahora se plantean las condiciones —o, por lo menos, algunas de las condiciones— que caracterizarán ciertos aspeaos de la economía industrial de los siglos, de todos los siglos siguientes. Grandes rupturas comienzan a manifestarse.

En Inglaterra y en el País de Gales, a principios del siglo XVI, existían tres altos hornos de limitada importancia, Hacia 1635 habrá de ciento a ciento cincuenta.

Desde mediados del siglo XVI hasta hoy, la producción del hierro y del vidrio ha aumentado, respectivamente, de cuatro a cinco mil veces, más o menos. La base de este extraordinario incremento es el aumento de la producción de carbón de piedra (cerca de tres mil veces en el mismo espacio de tiempo).

Adviértase bien que la sustitución del carbón de madera y de la madera por el carbón de piedra no revela, una vez más, sólo un paso de orden cuantitativo, sino que, sobre todo, refleja cambios de orden cualitativo. En efecto, la llama del carbón de piedra, más violenta que la obtenida de los otros combustibles, deteriora los materiales con los que se pone en contacto. Se acelera así intensamente el movimiento que llevará a la desaparición de la mentalidad medieval, muy atenta a la calidad del producto, en favor de una mentalidad orientada esencialmente hacia la cantidad de la producción. Todo un mecanismo [282] entra en acción: la persistencia durante la Edad Media del uso de la madera y del carbón de madera —a pesar del conocimiento del carbón de piedra y del sistema de fusión mediante los altos hornos (nunca aplicado, verdaderamente), además de una mentalidad fuertemente dirigida hacia lo cualitativo— conduce, en la práctica, junto con otros fenómenos más directamente concernientes a la economía agrícola, a una impresionante desaparición de los bosques; cuando ésta llega a su límite, se hace absolutamente necesario recurrir al carbón de piedra. Esta verdadera revolución, que no Se ha dudada en definir como una «prerrevolución industrial», se consolidó sobre todo en Inglaterra, y la razón de ello estriba no tanto en el hecho de que los yacimientos de carbón fuesen abundantes en la isla como en que la tradición de «calidad» de la Edad Media inglesa era mucho menos fuerte que, por ejemplo, en Italia, y por tanto más fácilmente sustituible por una nueva mentalidad cuantitativa.



Este cambio, por lo demás, no se manifiesta sólo en el sector siderúrgico, sino que se impone también en el más antiguo y estructurado sector textil. Y la victoria, a largo plazo, será de los países que, como Inglaterra y los Países Bajos, sepan orientar su industria hacia productos de poco valor, mientras que los países, como Italia, que permanezcan casi esencialmente ligados a producciones de alta calidad verán cerrarse progresivamente sus horizontes de expansión.

Los rasgos «nuevos» aparecen en otros muchos fenómenos; por ejemplo, la intervención del Estado, que ahora ejerce una especie de protección al desarrollo de tos industrias locales contra la amenaza de competencia de los productos de países extranjeros, que ofrece primas y préstamos de producción, por ejemplo, para la construcción de naves, que invita a obreros cualificados extranjeros, ofreciéndoles garantías jurisdiccionales (y esto es nuevo), además de privilegios económicos (desde este punto de vista, es característico el empleo de obreros italianos de la seda por parte de muchos Estados), o que, sencillamente, se hace él mismo partícipe de las actividades industriales. Así, por ejemplo, la unión entre el papa y los Médici para la explotación de las minas de alumbre de Civitavecchia, en colaboración, indirecta, con el rey de Nápoles (limitándose este último a reducir el trabajo en las minas de alumbre de Agnano, situadas en su reino). Por otra parte, la caída en una condición de proletariado —e incluso de subproletariado (urbano, y no sólo urbano, sino también campesino)— de gran número de hombres de la tierra —a lo que hemos aludido anteriormente— crea, en buena parte de Europa, las condiciones para un retorno al sistema de explotación del trabajo [283] campesino, por parte de los negociantes de las ciudades. Lo que ahora se afirma es el Verlagssystem, que, comparado con los caracteres del proceso análogo que ya se había desarrollado en la Edad Media, se diferencia de éste, por lo menos, en dos aspectos. Ante todo, en que sus dimensiones son mucho mayores, y esta mayor magnitud se entiende en el sentido de que ahora un solo Verleger controla un altísimo número de personas, concentrando así, a plazo más o menos largo, fuertes capitales. Además, lo que nos parece más importante es el hecho de que a los obreros-campesinos no se les asignan tareas sólo en la actividad textil, sino también en otros sectores productivos, incluso en la fabricación de objetos metálicos, como una especie de anticipación a algunas peculiares especializado-oes de gran valor, como la admirable industria relojera campesina, que en la Selva Negra, por ejemplo, tendrá luego, en el siglo XVIII, un extraordinario florecimiento.

Es un gran cambio éste que hemos tratado de examinar aquí, y que sólo erróneamente podría ser considerado como un simple retorno, en proporciones mayores, a la pasada Edad Media, porque ahora esta producción campesina ya no se halla al servicio de una sociedad estable, con mercados muy limitados, demanda y oferta rígidas, como la medieval. Puede decirse que la explotación del trabajo campesino hasta el siglo XIV había sido absolutamente estéril en un plano de utilidad productiva económica; ahora, aunque sigue siendo explotación —después del paréntesis liberador del siglo XIV y de comienzos del XV—, sirve de elemento orientador al desarrollo de las nuevas formas de producción industrial.

Pero, acaso, lo que más claramente revela las dimensiones reales del cambio son las modificaciones que se introducen en el sistema corporativo. Las corporaciones, afirmadas hacia los siglos XI y XII a la sombra de la libertad comunal como el instrumento con el que las nuevas clases de las ciudades tratan de defender sus propios intereses y, si es posible, de conquistar el poder, se preparan para un notable cambio. En efecto, frente a la general consolidación de poderes centrales cada vez más fuertes, se detiene el proceso de fusión de las corporaciones en el Estado. De ahí la tendencia observable de los organismos corporativos a hacerse cada vez más rígidos, para mantenerse en posiciones monopolistas y proteccionistas cada vez más decididas, constituyendo así una especie de freno a ulteriores desarrollos de las relaciones de producción; en otras partes, por ejemplo, Inglaterra y los Países Bajos, por el contrario, el poder central consigue ejercer un control sobre estos organismos, que así se convertirán en útiles propulsores de actividades económicas. [284]



VI. LOS TRÁFICOS

No hay duda de que el período aquí presentado constituyó una de las fases más importantes de la historia de la expansión mercantil. Quizá en ninguna otra época fueron tan fulgurantes los progresos, y sobre todo en ninguna otra época fue tan intensa la velocidad de aceleración del movimiento de expansión comercial. En efecto, desde finales del siglo XV, los viejos centros, los viejos caminos, los viejos mercados renacen a una vida totalmente nueva. No sólo se recuperan (salvo algunas excepciones, entre ellas la muy notable de Brujas) los niveles alcanzados a finales del siglo XIII y perdidos después, sino que en todas partes aparecen, a niveles altísimos, algunos centros secundarios que habían venido adelantándose al primer plano durante los siglos XIV y XV, aprovechando la crisis de las plazas mayores, y que ahora se insertan definitivamente en una red comercial cada vez más densa que cubre toda Europa. Y esto nos parece de especial importancia, porque no sólo denota las fortunas particulares de algunos centros, sino que muestra la estructuración de un mundo mercantil que llega así a sentar las premisas de una circulación de tipo moderno.

Es impresionante el volumen del tráfico que en poco tiempo es capaz de organizar Sevilla con América. No se trata sólo de conservar o desarrollar viejas relaciones comerciales, sino que todo debe ser construido ex novo y debe servir para crear las premisas de la estructuración, aunque defectuosa, del inmenso espacio americano.

Huguette y Pierre Chaunu han mostrado, en el movimiento de ida y vuelta de las naves de Sevilla a América, el extraordinario ritmo de desarrollo que resulta de las cifras siguientes:



Años

N.° naves

Tonelaje

Cargamento

1506-1510

226

22.400

15.680

1511-1515

279

27.700

19.390

1516-1520

442

44.010

30.807

1521-1525

346

37.280

27.960

1526-1530

483

52.970

39.727

1531-1535

519

59.290

44.467

1536-1540

578

75.620

56.715

1541-1545

638

87.578

65.683

1546-1550

874

127.280

95.460

1551-1555

656

107.316

80.487

1556-1560

549

90.310

67.732

[285]

Ciertamente, la validez de este extraordinario ejemplo sevillano puede ser criticada afirmando que se trata de un caso especial, por estar relacionado, precisamente, con la peculiar contingencia del imperio americano. Pero tenemos una corroboración de indiscutible valor en el número de navíos que atravesaron el Sund entre finales del siglo XV y mediados del XVI: 795 en 1498; unos 1.700 en 1530; llegarán a ser más de de dos mil en 1550. No se trata aquí de nada aleatorio o casual. Todo el tráfico naval entre el Báltico y el mar del Norte está representado por estos datos; el extraordinario aumento de los contactos comerciales entre los dos espacios está probado de un modo incontrovertible.

Otros centros alcanzan este mismo ritmo de desarrollo: Lisboa, Amberes, Londres, Barcelona (esta última, a partir del segundo cuarto del siglo XVI). E insistimos en que no sólo los grandes centros, pues en ese caso podría pensarse en una concentración en pocas ciudades, con menoscabo de la actividad en otros centros, revelan este aumento de actividad, sino que también plazas menores, como La Rochelle, Ragusa, Messina, etc., muestran un gran florecimiento de tráficos.

Por otra parte, toda una serie de investigaciones recientes, inspiradas sobre todo en el magistral trabajo de Fernand Braudel, ha demostrado muy claramente que la vida comercial del Mediterráneo no fue víctima —como durante demasiado tiempo se ha pensado— de la creación de las nuevas corrientes comerciales atlánticas: tras un breve momento de dificultades, la recuperación, a la altura de los ritmos nuevos, se afirmó vigorosamente.



Lo que puede parecer una especie de excepción en nuestro cuadro de tintas claras son las vicisitudes de la Hansa. En efecto, entre 1480 y 1550 puede tenerse la impresión de un declinar de aquel vasto consorcio de ciudades. Y, ciertamente, si se consideran sus aspectos políticos y militares, no hay duda de que debe hablarse de un período de dificultades; bastaría recordar la pérdida de la influencia hanseática en Novgorod, a partir de 1478, para convencerse de ello. Pero a estas dificultades, que son esencialmente de orden político (aquel conjunto de ciudades es muy poco adecuado a las situaciones nuevas, «imperiales», de la época, y, en sustancia, no hace nada por encontrar soluciones que no sean simplemente repliegues), ¿corresponde, en realidad, una total decadencia del espacio económico tradicionalmente hanseático? No nos parece posible responder demasiado categóricamente. Por ejemplo, el hecho mismo de que Iván III se erigiese, de un modo definitivo, en señor de Novgorod en 1478 representó un duro golpe para el conjunto de la Hansa, pero, en cambio, algunas ciudades [286]



[287]

hanseáticas, como Riga, Dorpat y Reval, juntamente con toda Livonia, obtuvieron de ello grandes beneficios. En un plano general, también algunas corrientes de tráfico se mantienen e incluso se desarrollan en este mismo período. Así, las exportaciones de tejidos ingleses por obra de los hanseáticos o el comercio de cera llevado a cabo por los negociantes de la Hansa en Inglaterra. Como consideración fina) hay que pensar que la Hansa, a pesar de las innegables dificultades de todo orden con que tuvo que enfrentarse entre finales del siglo XV y la primera mitad del XVI, conservó intactas sus posibilidades, como se demuestra con la evidente recuperación posterior a 1550, Repitamos, pues, que la Europa mercantil, entre 1480 y 1560, está bajo el signo de la expansión.

Cambios cuantitativos, ciertamente, pero lo cualitativo interviene también. En esta esfera superior del mundo mercantil, la posición del comerciante cambia ahora espiritualmente, moralmente, idealmente. Podrían aducirse muchas pruebas de este cambio, pero nos parece que una las resume todas a la perfección: en 1523, Jacobo Függer, impaciente por recuperar el dinero que había anticipado para que Carlos V pudiese comprar los votos de los electores a la corona imperial, le escribe: «Sin mi ayuda, Vuestra Majestad Imperial no habría podido nunca obtener la corona imperial, según puedo probar con escritos de puño y letra de los delegados de Vuestra Majestad. Yo no he mirado mi interés personal, puesto que, si hubiese querido abandonar la Casa de Austria y favorecer a Francia, habría obtenido dinero y beneficios, tal como se me había propuesto. Los perjuicios que esto habría causado a Vuestra Majestad Imperial y a la Casa de Austria, Vuestra Majestad podrá juzgarlos con vuestro profundo juicio» (el original en: Greiff, Jahresber. d. hist. Ver f. Schwaben und Neuburg, 1868, página 49).

El precepto del Ecclesiastés (VIII, 15) —«noli foenerari fortiori te, quod si foeneraris, quasi perditum habe» (no trates económicamente con quien es más fuerte que tú; si lo haces, perderás)— había sido un precepto muy tenido en cuenta durante la Edad Media, aunque, desde luego, no habían faltado ejemplos de préstamos (e incluso de sumas muy importantes) a soberanos y poderosos. Por tanto, el hecho del dinero prestado a un emperador no representa nada nuevo. Tampoco la petición de reembolso es cosa nueva. Lo absolutamente original es el tono: en la carta de Jacobo Függer se va más allá del aspecto económico, para entrar en el mérito político de la operación financiera. Y esto revela la gran revolución mental que se ha producido ya. Ciertamente, no todos los comerciantes de este período son unos Függer (aunque el nombre de la [288] poderosa familia de Augsburgo pasará, en otras lenguas, a indicar al hombre de negocios en general). No todos, ciertamente, escriben cartas casi insultantes al emperador, pero la mayoría se encuentra ahora en un plano más alto, de carácter moderno. De esta fisonomía moderna, que abarca, en lo económico, amplios sectores, no vamos a presentar aquí más que dos aspectos. En primer lugar, el extraordinario empleo —a un nivel nunca antes conocido— de las formas de crédito. Muy bien se puede decir que, en el plano de la difusión de la letra de cambio y de sus derivados, estamos ante un tiempo nuevo. Nunca antes —y los archivos ofrecen un testimonio concreto de ello— se había asistido a multiplicación semejante, a tal penetración en todas las clases y en todos los grupos sociales de un instrumento tan fino y delicado como la letra de cambio, mientras sus orígenes, por lejanos que quieran situarse en el tiempo, revelan claramente que había sido concebida como una técnica al servicio de una clase limitada. Ahora, por el contrario, el extraordinario florecimiento de los grandes centros de cambio —Lyon, Piacenza, Ginebra, Amberes— revela hasta qué punto el hombre de negocios medio, y el hombre medio toul court, recurren a esta técnica. Por lo demás, harán de ella un uso demasiado grande —exagerado incluso—, y ésta será una de las razones de lo que nosotros llamaremos gustosamente la quiebra económica del siglo XVI.

Un segundo aspecto, que revela la difusión de esta revolución mercantil, es la formación de una nueva mentalidad de loa hombres de negocios; nueva —se entiende— en relación con lo que había sido la mentalidad de los hombres de negocios de la Edad Media. Así, el sentido del tiempo, de la seguridad, de la previsión, de la precisión que, tras haberse afirmado como una especie de necesidad durante los momentos más difíciles de la crisis del siglo XVI, ahora se difunde, y todos estos se convierten en instrumentos esenciales de la actividad de los hombres de negocios. Sin hablar de las diferencias cuantitativas, que también existen, es esta diferencia de orden cualitativo la que nos parece revestir especial importancia.

En la dinámica implicación de todos estos extraordinarios cambios, sobre todo (pero no exclusivamente) en sus aspectos cuantitativos, interviene un elemento: las llegadas de metal precioso de América. Oro y plata llegan a Sevilla, para redistribuirse después por todos los mercados europeos y mis allá de Europa, hasta el Extremo Oriente. Desde 1503 a 1520, exclusivamente barras de oro; después, progresivamente, la plata va sustituyendo al metal amarillo, hasta que, entre 1540 y 1560, se realiza la transición de una abundancia del oro a una abundancia de la plata: [289]



Años

Plata (kg.)

Oro (kg.)

1503-20

1521-40


1541-60

0

86.000


488.000

14.000

19.000


67.000

Cantidades muy importantes, como se ve, sobre todo en relación con los tiempos, y su cuantía debe ser reconsiderada teniendo en cuenta que se suman las unas a las otras, con un efecto acumulativo, determinando un progresivo aumento del stock metálico a disposición de Europa. De Europa, porque España está obligada —por razones económicas, políticas y militares— a dejar discurrir hacía los demás países ese combustible de la vida económica que son los metales preciosos.

Pero no es sólo la producción americana de metales preciosos lo que interviene para reanimar la economía europea. En la Europa Central, la producción de plata se quintuplica entre 1450 y 1540; los portugueses, al ocupar puntos esenciales en el golfo de Guinea en torno al 1470, tienen acceso al oro africano. Para las crecientes necesidades de su economía, Europa ha sabido proveerse a tiempo.

Pero lo cierto es que el siglo XVI mercantil se presenta bajo el signo de una colosal contradicción: el gran desarrollo del comercio internacional no encuentra correspondencia en la formación del mercado interior. Es decir, que —respetando todas las proporciones— se encuentran más mercancías en movimiento de un país, o incluso de un continente, a otro que en el interior de una misma región. Una primera explicación evidente de este desequilibrio radica en el hecho de que en el momento en que una mercancía se embarca en una nave ya no paga peaje, aduana, etc., hasta el momento de su desembarque, mientras que todos esos gravámenes pesan fuertemente sobre las comunicaciones internas. Hay que añadir que el transporte marítimo incide —a igualdad de distancia y de cantidad de mercancías— sobre el precio del producto transportado mucho menos que el transporte terrestre.

Todo esto es seguramente cierto, pero no basta a explicar de un modo satisfactorio el desajuste que hemos indicado en el desarrollo de los dos movimientos comerciales. Se estará más cerca de la causa real sí se recuerda que la gran mayoría de la población de la época es esencialmente autoconsumidora de los bienes alimenticios, y no sólo alimenticios, que ella misma produce. Además, en los desplazamientos, aunque relativos, que pueden apreciarse en la composición de la población europea [290] podrá descubrirse una cierta orientación hacia más intensos intercambios mercantiles internos. Una vez más, el motor es el sector agrícola: el desplazamiento a las ciudades de fuertes contingentes de la población campesina, que, por tanto, se transforma de productora en consumidora, obliga a un-aumento de la comercialización interna. Es éste un fenómeno que, si no tiene los esplendores de la vida mercantil internacional, no cede ante él en importancia, al menos por los gérmenes de desarrollo que contiene.



VII. LA REVOLUCIÓN DE LOS PRECIOS

En el examen de los aspectos esenciales de la economía europea entre 1480 y 1560, la atención de los historiadores es inmediatamente solicitada por el vasto fenómeno que, ya de común acuerdo, se ha convenido en llamar «revolución de los precios». Decimos esto a pesar de que en la corriente historiográfica la «revolución de los precios» no surge hasta los años comprendidos entre 1520 y 1540, y, por tanto, casi al final del período de que hemos de ocuparnos aquí. Pero, en realidad, es todo el problema de la «revolución de los precios» lo que debe reconsiderarse enteramente. Y por eso es preciso detenerse en él.



En efecto, en el uso que de ella se hace habitualmente, esta definición de «revolución de los precios» no se aplica sólo al movimiento de los precios, sino que casi siempre tiene la otra finalidad, más o menos explícitamente expresada, de recordar otro gran fenómeno paralelo: la llegada a Europa de los cargamentos de oro y de plata extraídos de las minas americanas. Es decir, que, tras el velo de la historia de los precios, se pretende hacer historia monetaria y casi, diríamos, «metálica». Ahora bien, nosotros creemos que si lo que se pretende es servirse de los precios como de un termómetro para la valoración de la situación económica general, será necesario recurrir a ellos tomándolos en su expresión más simple y más pura: en moneda contante, prescindiendo de todas las variaciones, que acaban por ser alteraciones metálicas. Consideradas así las cosas, ninguna duda es posible. La «revolución de los precios» no comienza entre 1520 y 1540; desde finales del siglo XV es fácil ver que los precios, hasta entonces paralizados, empiezan a presentar un cierto dinamismo, una cierta tendencia alcista. Ciertamente, las sucesivas llegadas de las masas metálicas americanas representarán un estimulante, porque este movimiento adquiere un carácter más firme y decidido. Pero, repitámoslo, no puede formularse duda alguna sobre el lejano origen, [291] 1480-1500, de este movimiento. Un tal aspecto, por tanto, la «revolución de los precios» puede ser tenida en cuenta en estas páginas consagradas a la economía europea entre 1480 y 1360. «Revolución» de los precios. Fuerte expresión que indica muy bien todo lo que de violento hubo en el movimiento que, aproximadamente entre 1480 y 1590, empujó a los precios a multiplicarse varias veces (5-6). Ciertamente, para nuestra sensibilidad de hombres del siglo XX —habituados desde hace más de dos generaciones a fulminantes subidas de precios—, este aumento puede no parecer mucho, pero, como todo hecho histórico, también éste hay que verlo en una perspectiva de conjunto. Ahora bien, si se considera que esta subida se produce después de un siglo (el XIV) de descenso de precios y de otro siglo (el XV) de estancamiento, se comprenderá fácilmente que la expresión «revolución» de los precios no es una exageración de los historiadores del siglo XX, sino una dura realidad para los hombres del siglo XVI, tanto más cuanto que, al lado de esta subida general de precios que con diferente intensidad alcanza a toda Europa, el movimiento de los salarios no se presenta con carácter igualmente general. Es cierto que los salarios aumentan en todas partes, pero en este momento se manifiestan importantes diferencias de intensidad. Así, en algunas regiones, los salarios siguen de cerca, o incluso al mismo nivel, el movimiento de precios; en otros lugares, por el contrario, siguen con gran retraso el movimiento de los precios, dando así origen a beneficios coyunturales en provecho de los explotadores. Es, sobre todo, por los países en que esta diferencia, este desajuste entre precios y salarios se manifiestan más claramente por lo que se ha hablado de nacimiento del capitalismo moderno, viendo, precisamente en esas diferencias entre el movimiento de los precios y el de los salarios, una de las causas esenciales de la acumulación de capitales. Y algo de cierto hay, sin duda, en este principio: es evidente que si un patrono' continúa pagando a sus obreros, durante diez años por ejemplo, siempre el mismo salario, mientras los precios de los bienes producidos por éstos aumentan, los beneficios del patrono aumentarán, aunque aumente también el costo de la materia prima. Ciertamente, en mayor o menor medida, esto ocurrió de un modo especial en países como Inglaterra y Francia. Pero si esto es verdad, no es toda la verdad. En efecto, una teoría general puede ser completamente válida sólo en una economía de pleno o casi pleno empleo. Para que los beneficios coyunturales pudieran realmente existir y consolidarse, habría sido preciso que la masa total de los salarios fuese considerable y cubriese el conjunto del mundo de los trabajadores. Ahora bien, en una sociedad como la de Europa entre los siglos XV [292] y XVl, estamos muy lejos de eso. De todos modos, aunque es imposible descubrir en este mecanismo precios-salarios, como se ha hecho, sin embargo, una de las razones esenciales del nacimiento del capitalismo, lo cierto es que constituyó un elemento que permitió la creación de las condiciones del ulterior desarrollo capitalista.

Por otra parte, este problema de una divergencia entre precios y salarios puede servir de introducción al problema de la prosperidad relativa del período estudiado. En efecto, si se admite el principio de que han sido posibles grandes beneficios coyuntura les gracias a la superación de los salarios por los precios, hay que aceptar que la condición de los trabajadores, durante el mismo tiempo, empeoró enormemente. Pero éste sería un razonamiento capcioso. En realidad, el verdadero problema es el de saber si el número de puestos de trabajo ha aumentado o no; si, en el seno de una misma familia, las posibilidades de trabajo, y, en general, de «encontrar de qué vivir», de cada uno de los miembros de la familia han aumentado o no durante este período. Si no se procede así, se corre el peligro de aplicar a una estructura económica como la de los siglos XV y XVI, principios y criterios de examen, que son los nuestros, de hombres del siglo XX, Pero si en una sociedad de tipo industrial y de pleno empleo (o casi) como la sociedad en que vivimos hoy el distanciamiento de salarios y de precios revela un empeoramiento de las condiciones de la clase obrera, en una sociedad como la del siglo XVI europeo es de creer (y existen pruebas) que ese mismo fenómeno, al representar un incentivo para nuevas actividades, crearía nuevas fuentes de trabajo, aumento del volumen salarial, múltiples posibilidades de apertura económica y social. Pero, ciertamente, no todo fue fácil y sencillo. Es necesario considerar, en efecto, que si este movimiento se creó, como se creó, al tratarse, sin embargo, de estructuras económicas extremadamente frágiles (también a causa de su novedad) y al emplearse pocos capitales fijos («máquinas» de una actividad industrial, establecimientos comerciales, representan, en el siglo XVI, un porcentaje mínimo del capital total invertido), los riesgos de quiebra, de crisis, eran numerosísimos, en la medida en que era relativamente fácil para los patronos evitarse complicaciones. Aquellas quiebras, aquellas crisis, se traducen en peligrosas dispersiones de masas humanas, tanto más graves cuanto que aquellos hombres, de reciente inmigración y sin fuertes raíces en el lugar de su nueva residencia, eran extremadamente vulnerables. [293]



VIII. LA PRIMERA UNIDAD DEL MUNDO

En 1531, al abrirse la nueva Bolsa de Amberes, una inscripción advertía que era «in usum negotiatorum cuiuscumque nationís ac linguae»: para uso de los hombres de negocios de cualquier nación y lengua.



Es en un hecho como éste y en muchos otros de naturaleza semejante, más aún que en los aspectos externos del gigantismo político o económico, donde nos parece que debe buscarse el sentido profundo del período estudiado en este capítulo. Ahora se crea una primera unidad del mundo: las técnicas circulan velozmente; los productos y los tipos de alimentación se difunden; la cocina española, el trigo, el carnero, los bovinos se introducen en América; a más o menos largo plazo, el maíz, la patata, el chocolate, los pavos llegan a Europa. En los Balcanes, las pesadas confituras turcas van penetrando lentamente; las bebidas turcas —o la manera turca de prepararlas— se consolidan. Por todas partes, los paisajes cambian: los templos de las religiones de la América precolombina son sustituidos por iglesias católicas, y en las encrucijadas de los caminos de América se levantan ahora cruces; en los Balcanes, los alminares se alzan al lado de las iglesias ortodoxas. Intercambios de técnicas, de culturas, de civilizaciones, de formas artísticas: la rueda —desconocida en América— se introduce en el nuevo mundo; los pintores italianos llegan a las cortes de los sultanes (así, Gentile Bellini termina, en 1480, el finísimo retrato de Mohamed el Conquistador). Una vasta economía mundial extiende sus hilos alrededor del globo: el camino de las monedas del imperio español, los famosos «reales de a ocho», acuñadas en las casas de moneda americanas, se hace cada vez más largo y, tras el viaje trasatlántico, llegan en pequeñas o grandes etapas hasta el Extremo Oriente, para ser cambiadas por especias, sedas, porcelanas, perlas... El trigo del Báltico llega hasta la región atlántica de la Península Ibérica, y hacia 1590 entrará masivamente hasta el Mediterráneo; el azúcar de las islas atlánticas o del Brasil empieza a llegar en grandes cantidades a los mercados europeos; se democratizan algunos productos —como la pimienta— considerados hasta entonces de lujo o, por lo menos, privilegiados. La modernidad de esta época, en torno a la cual generaciones enteras de historiadores han discutido para captar su presencia en mil aspectos, en mil ideas, se afirma, precisamente, en esta primera unidad del mundo. Pero ésta es aún demasiado frágil: si las líneas de navegación enlazan ya con gran regularidad los distintos continentes, la piratería o las dificultades técnicas de la navegación rompen aquella regularidad; si los sueños imperiales —y unificadores— de un [294] Carlos V parecen, por momentos, hacerse realidad a la luz de las victorias, se desvanecen muy fácilmente en la tristeza de las derrotas... y en las grades escisiones internas que aparecen en Europa en el plano religioso, o en los gérmenes de aquel fenómeno que luego será tan importante, la conciencia nacional, que ahora empieza a desarrollarse. Mientras el Imperium de Carlos V parece abarcar el mundo, algunas palabras —frontière, frontiera, frontera, Mark, frontier, boundary— empiezan a cargarse de sentidos nuevos, en contradicción, precisamente, con aquella unidad que había venido afirmándose, y representando también los límites contra los que más adelante estaba destinada a romperse la unidad, la unidad política, al menos.

Pero hasta mediados del siglo XVI el proceso unificador avanza a pesar de las debilidades que hemos tratado de señalar aquí. Se llega no sólo a una unidad espacial, sino también a una unidad en el tiempo. El descubrimiento de la historia impregna toda esta época y da conciencia de todo el patrimonio del pasado al que es necesario referirse, porque, a su modo, es un precedente. De modo que es lícito decir que «hay, en la definición histórica de la curiosidad en el siglo XVI, dos componentes esenciales: una, según el conocimiento histórico, que se exalta en el afán de encontrar toda la presencia de lo antiguo; otra, según el conocimiento del espacio, que florece en la exploración del mundo» (A. Dupront).

Período ciertamente complejo, que sería inútil tratar de resumir bajo una sola etiqueta; renacimiento, nacimiento del capitalismo, nacimiento de Europa. Todas esas y algunas otras son fórmulas en torno a las cuales generaciones enteras de historiadores se han batido, tan encarnizadamente además, que muchas veces desplazaron hasta los términos (cronológicos y no sólo cronológicos) de los problemas que examinaban. Pero, ¿vale la pena? O, más sencillamente, renunciando a etiquetas falsamente claras, ¿no será mejor decir que en el curso de los dos siglos que aquí hemos presentado se ha producido la erosión de toda una sociedad, y que, más concretamente, en los últimos cincuenta-ochenta años esta erosión se ha realizado a un ritmo cada vez más veloz? ¿Por qué definir estos dos movimientos —uno más lento, el otro más acelerado— con una etiqueta única? Sobre todo, teniendo en cuenta que, a pesar de tal erosión, sobreviven muchos de los elementos de la sociedad anterior. No se trata de resolver el gran problema de la continuidad o de la discontinuidad histórica. Lo cierto es que, en el período por nosotros estudiado, al final de un largo proceso se asiste a una gran ruptura. Se ha vuelto una página, pero, por transparencia, en la superficie de la nueva página aparecen muchos brotes. ¿Y podría ser de otro modo? [295]

Conclusión

El lector podrá preguntarse, sin duda, por qué no se han estudiado en esta obra tantos y tantos hechos, como, por ejemplo, las inmoralidades del papa Borgia, todas las campañas de Francisco I o los amores de Enrique VIII. Hemos aceptado conscientemente unas dimensiones tipográficas determinadas, y pretendemos que nuestro trabajo ha respondido al objetivo propuesto. Pero, ciertamente, aunque no fuese mis que en escorzo, habríamos podido insertar también en el texto alguna pequeña noticia que evocase en el lector más o menos lejanos recuerdos escolares. Sin embargo, aunque los bienintencionados se asombren, se ha hecho del modo más esencial.

En nuestra época, una historia universal no es ya tarea sencilla. Historias universales se han escrito muchas, y siguen escribiéndose aún, pero ¿qué utilidad tendría seguir las huellas de unas o reproducir, en jugosísimo zumo, el contenido de Otras? Así como no se ha intentado concentrar en estas páginas todas las vitaminas históricas, o sedicentes tales, tampoco se ha pensado, ni por un momento, en imitar el estilo de Tucídides o la manera de Ranke. Más bien se ha considerado que la historia es —o, al menos, debe ser— una ciencia, es decir, un saber actual. En este sentido, es y será siempre susceptible de actualización y de progreso, Su verdadero interés no consiste, por tanto, en la más o menos original disposición de acontecimientos que se suponen definidos de una vez para siempre, o de los que todos han oído hablar, ni siquiera en una brillante y agradable manera de sazonarlos con episodios e imágenes hasta ahora inéditos. Como todo lo que hay de vital en la civilización humana, como la música o la ciencia por ejemplo, la historiografía cambia de aspecto y se renueva. Hoy, a nuestro parecer, exige un tipo de comprensión no sólo más ágil, sino también ligado a la problemática actual, así como un tratamiento más sobrio y, al mismo tiempo, más orgánico.

Hemos tratado de responder a estas exigencias siguiendo los hilos conductores del desarrollo de la sociedad europea en el período estudiado. El que verdaderamente quiera saber dónde y qué día fue quemada Juana de Arco, de cuántos infantes, jinetes y piezas de artillería disponía Carlos el Temerario en la batalla de Morat o qué oficio tenía el padre de Lutero tiene ya a su disposición excelentes diccionarios, doctas monografías e historias universales que puede consultar. Hechos de esta clase [296] han sido laboriosamente investigados, aunque haya sido limitada la utilidad que han rendido (en efecto, todo conocimiento es válido, en cuanto es relacionable fructuosamente con otros). Sin embargo, tampoco la cuidadosa memoria de los desplazamientos de fronteras o de las sucesiones a los distintos tronos va mucho más allá. En el mejor de los casos, puede constituir un elemento complementario para la valoración de episodios limitados o para la comprensión de una obra individual. Pero los destinos de países enteros y de Occidente, la suerte de las diversas clases sociales, las vicisitudes de las masas dependían —entonces como hoy— del estado de la mentalidad colectiva, del grado de desarrollo económico, de la propiedad de los medios de producción, de la organización del poder, de la funcionalidad de los conocimientos técnicos. Aunque sin vanagloriarnos de haber reconstruido de un modo totalmente satisfactorio estas realidades, lo hemos intentado en la medida de nuestras posibilidades y en cuanto nos lo ha permitido el grado del saber hasta hoy conquistado. Desgraciadamente, en efecto, hemos podido satisfacer, sin el menor esfuerzo, a los aficionados más deseosos de erudición, con las genealogías de las antiguas casas reinantes o con las negociaciones diplomáticas entre las cancillerías europeas, pero sobre muchas otras cuestiones, más decisivas y serias, estamos todavía esperando estudios sistemáticos, investigaciones inteligentes. Más que la acumulación de las cosas ya conocidas —y, sin embargo, en gran parte, convertidas ya en desechos—, es la carencia de investigaciones lo que continúa obstaculizando una visión científica de conjunto.

Así, pues, la historia —universal o no— es una ciencia por reelaborar y por hacer, más que un saber lucido y terminado. El fervor de los historiadores precedentes ha sido inmenso y, en cierta medida, estimable. Pero así como hoy no es lícito a quien estudia geometría o matemáticas detenerse en los sistemas de Euclides y de Pitágoras, o acaso de Descartes, también a nosotros nos ha parecido necesario investigar el sentido de las vicisitudes europeas entre 1350 y 1550, a la luz de los problemas y de los intereses que nos hacen hoy dolorosamente más adultos que ayer. Por eso hemos seguido un cierto número de filones fundamentales con preferencia a otros secundarios. En lugar de las fortunas de esta o de aquella casa mercantil y de los negocios de esta o de aquella ciudad, hemos querido delinear el desarrollo general de la economía europea no sólo subrayando fuertemente los fenómenos demográficos y el desarrollo de la agricultura, sino la interacción reciproca de estos factores. En lugar de reconstruir los más o menos claros designios de este o de aquel soberano y de poner de relieve los enfrentamientos multares de sus hombres con los del príncipe [297] enemigo, hemos caracterizado el tipo de poder instaurado casi en toda Europa, así como sus principales instrumentos. De igual modo, no hemos evocado ramo el heroísmo de este navegante o de aquel «conquistador», no hemos concentrado toda la luz del desarrollo artístico, religioso, filosófico, sobre sus portavoces y protagonistas tradicionales, sino que hemos alumbrado la superación por parte de Occidente de sus limitaciones medievales, tanto en el espacio como en las mentes.

Así, evitando lo más posible el viejo y estéril debate sobre los orígenes de la edad moderna, hemos logrado, quizá, seguir los movimientos dominantes, a través de los cuales ha venido articulándose, lentamente, un mundo nuevo. Un mundo, sin duda, no menos duro y atormentado que el anterior, pero lleno de una carga' vital y constructiva sin parangón con la época precedente. Gracias a la liberación espiritual que las élites occidentales conquistan lentamente, y a la manumisión económica del sistema feudal estructurada por los europeos en este período, se sientan las bases para un giro en el desarrollo de su forma de sociedad. Casi al mismo nivel que los países musulmanes o que los orientales hasta comienzos del siglo XIV, se destacan de ellos de un modo decidido, a partir de 1550 aproximadamente, y avanzan hacia una supremacía en el mundo en-tero que durará varios siglos.

El hilo conductor que relaciona y anima los principales aspectos de la vida europea —y que por eso ha recorrido toda nuestra exposición y le da unidad— está constituido por el proceso de desmenuzamiento acelerado de las estructuras medievales y por la simultánea y orgánica germinación de más libres formas de civilización. La formación de los Estados europeos no puede ser más que la consecuencia de este proceso, no su principio motor, ni, mucho menos, la base de su comprensión. La visión nacionalista de las generaciones precedentes ha podido hacer así que les fuese cara —y que, en consecuencia, considerasen real— una filosofía simplista de la historia, según la cual el equilibrio estatal que se instauró en Europa lentamente, con posterioridad a 1550, se identificaba, poco más o menos, con los destinos de las diversas casas principescas. Ahora bien, es absolutamente inadecuado tomar uno de los resultados de un proceso histórico y una de sus incluso vistosas consecuencias posteriores como la característica principal del proceso mismo. Todo lo que sucede entre 1350 y 1550 no se produce, en absoluto, bajo el signo de la política de los soberanos, sino de la transformación de toda la sociedad. Es, por tanto, vano el reducir la constitución (por otra parte, incierta y todavía frágil) de las naciones europeas a las sucesiones dinásticas, a las más o menos hábiles uniones matrimoniales [298] entre casas reinantes, a las contiendas bélicas —-y a los consiguientes vaivenes de las fronteras— inspiradas por las reivindicaciones patrimoniales de los distintos monarcas. No es, en absoluto, paradójico afirmar que frecuentemente los nuevos estados se formaron a pesar de los designios y de los torneos guerreros de sus príncipes, como es totalmente cierto que, cuando a éstos les sonrió el éxito, se debió a la coincidencia de su acción con las fuerzas profundas del país que representaban.

Se ha intentado, pues, sustituir la tela poco consistente de las llamadas relaciones internacionales, la sucesión de batallas salpicada de tratados de paz, la letanía de las subidas al trono, con lo que hay de más sólido y macizo y que debe interesar al historiador más que ninguna otra cosa. En el período por nosotros considerado, se trata de una amplia y poderosa liberación de las estructuras feudales. El resquebrajamiento y el ocaso del feudalismo se han producido por una interacción de elementos cuyo mecanismo es la meta más alta de la comprensión histórica. Las fuertes sacudidas demográficas se han entrelazado con la acción progresiva de la economía mercantil y monetaria, de modo que la fisonomía de la sociedad agrícola y ciudadana ha resultado profundamente renovada, con total perjuicio de la cerrada y particularista jerarquía feudal. Al perder su fuerza económica, los feudatarios ceden, necesariamente, en el terreno político, jurisdiccional e incluso militar. Contra ellos y sobre ellos se alzan victoriosamente unos poderes «centrales», es decir, que abarcan un radio más extenso de intereses activos y que responden mejor al más fuerte aliento que, poco a poco, adquiere la sociedad laica. Paralelamente, aunque en formas diversas, se perfila una nueva estructuración de la cultura, con menoscabo de aquel feudalismo espiritual que la Iglesia había implantado en Europa, soldándolo con el económico-social. Mientras las órdenes mendicantes contribuyen a debilitar la jerarquía eclesiástica secular, ésta se encuentra desgarrada, desde hace tiempo, a causa de una lucha interna por el poder.

En el plano de las creencias, las prácticas devocionales perturban y alteran el rigor de los dogmas teológicos, mientras son secundadas por el conjunto del clero, cada vez más interesado y corrompido. Así como en el plano político-social el feudatario se ve ya reducido al ejercicio sólo de una parte del poder, y no la más importante, así en el plano ético-intelectual el sacerdote pierde el prestigio y el monopolio sobre las actividades de espíritu. Al margen de la concepción cristiana, se exhuma una cultura pagana que libera las mentes, les devuelve el gusto de una actividad autónoma y propia y las orienta hacia la reflexión crítica de problemas concretos y terrenos. No sólo se hacen humanas las letras, sino también las artes, que pasan [299] de una expresión metafísica y a menudo estereotipada a formas vivas y geométricas, vibrantes en el espacio y en el color.

Al final del proceso que se ha ilustrado, una Europa nueva se presenta a la conquista del mundo —de lo que, sin embargo, es aún totalmente inconsciente—. Pero su economía y su técnica se están preparando lentamente a ello, de modo que los descubrimientos de Vasco de Gama, de Colón, de Magallanes no resultan inesperados ni causan sorpresa. Es vistosa la intervención de Carlos VIII en Italia, para destruir la política de equilibrio de los pequeños estados italianos: el ruido que levanta —y que desgraciadamente ha seguido levantando— es excesivamente mayor que la realidad. Es vistoso que Carlos V capture en Pavía a Francisco I, como que este último le desafíe, inútilmente, a un duelo. Ni siquiera es cierto el llamado equilibrio europeo que decidirá de los destinos de pueblos como el español, por ejemplo, o el alemán; no son las rivalidades dinásticas las que proyectan a Europa Occidental sobre todas las regiones de la tierra. Es su dinámica estructura económica, su dimensión mental devuelta a su propio destino terrestre, su saber preciso y su técnica funcional. Este conjunto de fuerzas, pues, y no los llamados «hechos» diplomáticos, o las distintas figuras individuales, es lo que nos hemos creído en el deber de presentar al lector, a la luz, precisamente, de un colectivo y coherente impulso creador, del anhelo de una armoniosa y eficaz liberación del hombre.

Al final de nuestro intento, no nos parecería legítima tampoco la decepción de quien, además de los fulgores de las acostumbradas batallas campales, no hubiese encontrado en las páginas que preceden tampoco los llamados esplendores del Renacimiento o los menudos detalles de las brillantes disputas teológicas de este período. Esta sociedad brilla, en efecto, mucho más luminosamente por la liberación que ha alcanzado en el plano económico y cultural, científico y artístico. Y tanto más puede atraernos con su pura alegría de gustar y conquistar, de crear y de descubrir, cuanto que, poco después, tal alegría se ve coartada y deformada por la refeudalización y por la contrarreforma, por la censura y por la inquisición, por el naciente odio nacionalista entre los pueblos. [300]

Cronología


1340

Victoria de Alfonso XI de Castilla sobre el sultán de Marruecos en el Rio Salado.

1343

Fin de la dominación de Gualtieri di Brienne en Florencia.

1346

Eduardo III de Inglaterra derrota a Felipe VI de Francia en Crécy.




Fundación de la Universidad de Valladolid.




Fundación de la Universidad de Praga.

1348-1349

Peste negra.

1361

Fundación del «Studio» de Florencia.

1356

El emperador Carlos IV promulga en Metz la Bula de Oro.

1357

Reconquista pontificia del Patrimonio de San Pedro y Constituciones Egidianas.

1358

La «Jacquerie».

1361

Fundación del «Studio» de Pavía.

1364

Fundación de las Universidades de Cracovia y de Viena.

1370

Muerte de Casimiro el Grande.

1374

Muerte de Francesco Petrarca en Arquà.

1375

Muerte de Giovanni Boccaccio.

1377

Gregorio XI regresa a Roma. Fin de la «cautividad de Aviñón».

1378

Sublevación de los cardadores (ciompi) en Florencia.

Muerte de Carlos IV en Praga.



1378-1417

Gran Cisma de Occidente.

1381

Paz de Turín: fin de la guerra entre venecianos y genoveses.

Revueltas inglesas capitaneadas por Wat Tyler.



1382

Revueltas en el Languedoc y en Paris.

1384

Muerte de John Wyclif teólogo y reformador inglés.

1385

Fundación de la Universidad de Heidelberg.

1386

Unión dinástica de Polonia y de Lituania.

Los Cantones suizos derrotan a Leopoldo III de Habsburgo en Sempach.



1396

Segismundo de Hungría es derrotado por los turcos en Nicópolis.

1402

Muerte de Gian Galeazzo Visconti.

1409

Concilio de Pisa.

1410

Los polacos derrotan a los Caballeros Teutónicos en Tannenberg.

1414-1418

Concilio de Constanza.

1415

El teólogo y reformador checo Juan Huss es quemado vivo en Constanza.

1419-1436

Guerras hussitas.

1426

Fundación de la Universidad de Lovaina.

1431

Proceso y condena a la hoguera de Juana de Arco en Rouen.

Apertura del Concilio de Basilea.



1434

Cosme de Médicis se adueña del poder en Florencia.

1436

Compactata de Iglau: reconocimiento del hussitismo.

1438

Pragmática sanción de Bourges.

Comienzo de la línea imperial continua de los Habsburgo.

Convocatoria del Concilio de Ferrara.


1439

Traslado del Concilio a Florencia,

1443

Proclamación de la unión entre la iglesia griega y la iglesia latina.

1444

El sultán turco Amurates II derrota al ejército cristiano en Varna.

1445

Clausura del Concilio de Florencia.

1448

Amurates II derrota en Cossovo al ejército húngaro de Juan Hunyadi.

1449

Disolución del Concilio de Basilea.

1450

Juan Gutenberg descubre en Maguncia el método para imprimir libros con tipos movibles, de fundición metálica.

1453

Mohamed II conquista Constantinopla, sede del imperio bizantino.

Fin de la guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia.



1454

La paz de Lodi sanciona una especie de equilibrio entre los potentados italianos.

1455

Muerte de Nicolás V.

1455-1485

Guerra de las Dos Rosas en Inglaterra entre las casas de Lancaster y de York.

1460

Fundación de la Universidad de Basilea.

1463-1479

Guerra entre la República de Venecia y los turcos.

1464

Muerte de Pío II y del Cardenal Nicolás de Cusa,

1466

Muerte de Donatello.

1469

Matrimonio de Fernando de Aragón con Isabel de Castilla. [302]

Lorenzo de Medid sucede a su padre Piero en la señoría de Florencia.



1472

Muerte de León Battista Alberti.

1476

Los suizos derrotan a Carlos el Temerario, duque de Borgoña, en Granson y en Morat.

1477

Derrota y muerte de Carlos el Temerario en Nancy.

1481

Muerte del sultán Mohamed II.

1484

Bula del papa Inocencio VIII contra la brujería.

1485

Subida al trono de Inglaterra de Enrique VII Tudor.

1492

Cristóbal Colón llega a las islas de la América Central

Los españoles conquistan el reino moro de Granada.



1494

Carlos VIII, en Italia.

Tratado de Tordesillas: delimitación de las zonas de expansión extraeuropea de Portugal y de España.



1497-1498

Doblando el Cabo de Buena Esperanza, Vasco de Gama llega a la India.

1498

Jerónimo Savonarola es ahorcado y quemado en la plaza de la Señoría, en Florencia.

1503

Julio II sucede a Alejandro VI.

1508-1511

Coalición europea contra la República de Venecia.

1509

Enrique VIII sube al trono de Inglaterra.

1511

Publicación del Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam

Convocatoria del Concilio de Pisa.



1513

León X sucede a Julio II.

Nicolás Maquiavelo compone El Príncipe.



1515

Victoria de Francisco I en Marignano.

1516

Muerte de Fernando el Católico, rey de España. Primera edición de Orlando el Furioso, de L. Ariosto.

1517

Lutero expone sus tesis en Wittenberg.

1519

Carlos V sucede al emperador Maximiliano I.

Muerte de Leonardo da Vinci.



1519-1521

Hernán Cortés conquista México para España. 1519-1522 Primera circunnavegación del globo por las naves de Magallanes.

1521

Dieta de Worms y bando imperial contra Lutero.

Caída de Belgrado en poder de los turcos.



1524-1525

Guerra de los campesinos en Alemania.

1524-1526

Polémica entre Erasmo y Lutero sobre el Ubre albedrío.

1525

Los españoles de Carlos V derrotan a los franceses en Pavía y hacen prisionero a Francisco I. [303]

1526

La victoria de los turcos en Mohács les hace dueños de Hungría.

1527

Saqueo de Roma.

1529

El sultán turco Solimán estrecha el cerco de Viena.

Paz de Cambrai entre Francia y España.



1530

Diera de Augsburgo: Confessio augustana.

1531

Zwinglio es derrotado y muerto en la batalla de Kappel.

1531-1534

Conquista del Perú por Francisco Pizarro.

1532

François Rabelais publica en Lyon el primer libro de Pantagruel.

1534

Sale la Biblia, completa traducida al alemán por Lutero.

1534-1535

Revuelta anabaptista en Westfalia.

1536

Juan Calvino publica la Institutio chistianae religionis.

Muerte de Erasmo.



1536-1541

Miguel Ángel realiza el fresco del Juicio Universal en la Canica Sixtina.

1537

Pablo III excomulga a Enrique VIII.

1538

Batalla de Preveza entre las flotas veneciana y española y la turca.

1540

Pablo III aprueba la Compañía de Jesús.

Muerte de Francesco Guicciardini.



1545

Apertura del Concilio de Trento.

1546

Muerte de Lutero.

1547

Carlos V y el duque de Alba derrotan a los príncipes protestantes alemanes en Mühlberg.

1548

Interim de Augsburgo.

1555

Paz religiosa y territorial de Augsburgo.

1556

Muerte de Ignacio de Loyola.

1558

Muerte de Carlos V en Yuste (España).

1558

Tratado de Cateau-Cambrésis entre Francia y España.

1562

Comienzo de las guerras de religión en Francia.

1564

Muerte de Juan Calvino tras veintitrés años de poder en Ginebra.

Muerte de Miguel Ángel.

Fin del Concilio je Trento.


1566

Methodus ad facilem historiarum cognitionem, de Juan Bodino.

1571

Batalla de Lepanto. [304]







Bibliografía

El periodo tratado en el presente volumen no excluiría, ciertamente, una subdivisión minuciosa de las obras más significativas que en él se citan, pero los autores no han juzgado oportuno proceder a semejantes clasificaciones en la bibliografía esencial que facilitan. Han preferido separar del núcleo principal sólo las obras de carácter más general, sin adoptar ulteriores particiones que resultarían arbitrarias. Al final de cada cita bibliográfica el lector encontrará, en cambio, el número del capítulo o de los capítulos correspondientes con los que dicha cita guarda mayor relación. Como podrá observarse, en una gran parte de los casos los volúmenes citados sirven a más de un tema: así se han evitado repeticiones que, de otro modo, serían necesarias. Tal procedimiento ha demostrada ser muy conveniente para un período de reajuste general como el tratado en el presente volumen, en el que, por ejemplo, humanismo y cuestiones eclesiásticas o técnica y economía se amalgaman y se entrelazan estrechamente.

Ha sido deseo de los autores citar la literatura crítica en proporción equilibrada, según las materias y los temas tratados en la obra. Numéricamente, el propósito ha sido casi alcanzado; por otra parte, será preciso no dar importancia al aparente desnivel entre los ponderados y acaso célebres estudios de historia ético-político-religiosa y los que se refieren a la economía, a la ciencia o a las «ciencias humanas». En efecto, es incluso demasiado fácil comprobar que las orientaciones historiográficas que han producido, de un siglo a esta parte, la historia de la cultura y de las iglesias, hoy se baten en retirada y acusan grandes debilidades metodológicas, mientras el interés por los temas hasta ahora minoritarios está haciendo ganar terreno rápidamente a estos últimos. En el cuadro de este conflicto entre obras viejas y nuevas no deberá, pues, extrañar la ausencia de autores o de volúmenes consagrados en los ambientes académicos o escolásticos. Pero como las obras verdaderamente nuevas o «heréticas» son aun tan poco numerosas en sectores importantes, no se podía menos de mencionar también algunas de las que son, más bien, fruto de la tradición.


316

Índice de Ilustraciones




1.

Comercio internacional (1270-1550)




30

2.

La situación política en la Europa central entre 1273

y 1347.





36

1

Europa en 1402




41

4.

El Imperio germánico y Europa septentrional en el siglo XVI.




48

5.

Italia y los Balcanes en el siglo XV




50

6.

La Europa oriental en el siglo XV




56

7.

Inglaterra y Francia en el siglo XV




62

8.

La Península Ibérica en el siglo XV




67

9.

La Iglesia en la Baja Edad Media




103

10.

Descubrimientos y viajes en los siglos XV y XVI




188

11.

Tiempo de travesía y realidad geográfica del océano

262, 263

12.

El tráfico mercantil entre Sevilla y América




287



1 Debemos la valiosa y novísima noticia a la cortesía de la señorita Zuber y de J. Day, que actualmente están trabajando, en el cuadro de Italia, en este apasionante tema de los Wüstungen.

2 Pero el corazón me dice que yo escriba en el papel algo que ensalce el honor de vuestro nombre, porque en ninguna parte se talla tan firmemente para hacer de mármol una persona viva. ¿Creéis vos que César o Marcelo o Paulo o el Africano fuesen tales ya nunca por el yunque ni por el martillo? Pandolfo mío, estas obras son frágiles para el largo camino, pero nuestro esfuerzo es el que hace a los hombres inmortales para la fama.


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