Historia universal



Descargar 2.49 Mb.
Página2/5
Fecha de conversión28.03.2018
Tamaño2.49 Mb.
1   2   3   4   5
ero, en el plano europeo, estas compensaciones se [29]

[30]


anulan y persiste la «crisis». «Crisis», adviértase bien, no sólo y no tanto de las cantidades (y valores) de los productos intercambiados —reflejada ésta en el gráfico de la figura número 1—, como de lo que podría llamarse el estilo de los intercambios, sobre lo cual insistiremos luego.

Y no hay que extrañarse de que sea así. Admitido —como ya lo está definitivamente— el carácter predominantemente aristocrático del gran comercio, es natural que éste acusase las vicisitudes de su clientela esencial. A la «crisis» que ésta atravesaba tenía que corresponder una «crisis» del gran comercio. «Crisis» compensada, sin embargo, por algunas nuevas manifestaciones, por desplazamientos de corrientes, por nuevos florecimientos. Pero la verdadera y gran compensación procede de otro fenómeno, al que habrá que prestar toda la atención. Al hablar de la agricultura, hemos aludido a la introducción de moneda para el pago de parte de los cánones debidos por el campesino al señor, en sustitución (parcial) de los cánones en especie. Se han señalado los límites de este fenómeno en el aspecto de la erosión del poder feudal, pero donde adquiere toda su importancia es en el plano comercial. En efecto, aunque de limitada intensidad de acción en el ámbito de las relaciones de producción, la introducción de la renta monetaria tuvo una enorme trascendencia de orden cualitativo: el campesino se acercó directamente al mercado. Repitamos que, si bien no hay que exagerar la importancia del dinero que el campesino debe al señor, es innegable que le debe dinero. Y para procurárselo no hay otro camino que el de la comercialización de los bienes producidos. En este sentido, el siglo XIV asiste no ya al nacimiento del fenómeno de la presencia del campesino en el mercado (que aparece ya antes), sino que, valiéndose de la mayor libertad de que actualmente dispone, éste interviene más, y de forma menos aleatoria, en la vida comercial. ¿Nueva «revolución comercial»? Ciertamente, no. Pero sí enriquecimiento, savia nueva, nuevos horizontes en esa vida.

Por lo tanto, también aquí —como antes en la agricultura y en la industria— hay «crisis», si se consideran los grandes fenómenos, en las esferas superiores, a más alto nivel. Pero, por el contrario, en lo que se refiere al comercio en su parte inferior, en su capilaridad, son indiscutibles los signos de una vitalidad renovada.

Es cierto, sin embargo, que esta «crisis» del gran comercio internacional se manifiesta con retraso respecto a la «crisis» agrícola, pero ello forma parte del mecanismo clásico de las crisis medievales (y no sólo medievales, al menos, hasta el siglo XVIII), en las que el primer sector en ceder es precisamente el -de la agricultura, mientras los otros (industria y, sobre [31] todo, comercio), acaso por la débil incidencia de porcentaje de la parte de capital fijo invertido respecto al capital total, resisten mejor. Resisten: esto significa que, en la mejor de las hipótesis, conseguirán sólo sostenerse.

Además de los testimonios inmediatos, directos, en cifras (de las que antes se ha dado una ilustración gráfica), una comprobación indirecta de esta «crisis» se encontrará en un fenómeno muy poco estudiado hasta ahora, pero, a pesar de ello, evidente. Desde la mitad del siglo XIV, y durante un siglo aproximadamente, los grandes viajes de exploración hacia Oriente sufren una interrupción. El comercio medieval, que con Marco Polo había llegado hasta las orillas del Pacífico, se repliega ahora sobre sí mismo. Y parece que no se debe tanto a que los mercaderes cristianos no crucen ya las fronteras hacia el Extremo Oriente como a la expiración de aquella pax Mongolorum que había permitido el libre paso hacía China y que supone ahora un gran obstáculo. Por otra parte, también el final de las Cruzadas cristianas frena el impulso mercantil, en la medida en que el Islam vuelve a la conquista de ciudades antes sojuzgadas por los cristianos (los egipcios toman Trípoli en 1289 y San Juan de Acre en 1291), mientras el turco se muestra cada vez más amenazador, conquistando Brusa en 1326, Nicea en 1331 y entrando en los Balcanes, tras haber pasado los Dardanelos, en 1356. El avance de Europa hacia Oriente es sustituido por un movimiento inverso. Las condiciones generales no permiten un incremento del gran comercio.

Causa y signo (más lo segundo que lo primero) de estas dificultades son las monedas. Si se examinan los cambios internos en Italia (es decir, las relaciones entre moneda de oro y «monedas pequeñas» de plata), se aprecia un período de fuerte subida entre 1260 y 1320, seguido de estancamiento entre 1320 y 1400. Ahora bien, estos cambios internos revelan (aunque imperfectamente) el movimiento general de la economía, especialmente de las altas esferas de la economía urbana. Revelan, es decir, que en sociedades de insuficiente organización crediticia y de producción insuficiente e inelástica de metales preciosos los períodos de estabilidad de los cambios denotan un estancamiento general de la economía, mientras las fases de alza corresponden a períodos de prosperidad.

Esta cronología, con tan neto perfil en el taso italiano, ¿se confirma respecto a otras zonas de Europa? Antes de responder, es necesario formular una distinción. Estos períodos de «estabilidad» y de «alza» de los cambios internos no se presentan siempre con el mismo carácter. En efecto, la política de revalorización y des valorización por parte de las autoridades puede estar dictada por preocupaciones, tanto de orden fiscal [32] como económico. En el caso de desvalorizaciones determinadas por necesidades fiscales (lo que, en otros términos, equivale a la necesidad de la autoridad de hacer frente a dificultades de tesorería: por ejemplo, los cambios monetarios de Felipe el Hermoso en Francia, de Luis de Mâle en Flandes) es difícil admitir que hayan podido tener beneficiosos efectos sobre el conjunto económico; en cambio, en el caso de des valorizaciones inspiradas en movimientos económicos, la acción positiva es innegable.

Por lo tanto, la conclusión a que se puede llegar es la de que, en la Europa del siglo XIV, dos fenómenos de sentido opuesto reflejan el mismo hecho: el estancamiento y, en algunos casos, la ruina económica. La estabilidad monetaria italiana es una de sus expresiones, y las desvalorizaciones francesas y flamencas, dictadas por razones de política financiera, son otra. Por lo demás, pronto se hacen notar los efectos de la una y de las otras. Las quiebras de las grandes familias de banqueros italianos son un síntoma de ello. Los Ricciardi, en 1300; los Frescobaldi, en 1311; los Scali, en 1326; los Peruzzi, Acctaiuoli, Bardi, las «columnas de la cristiandad», en 1338, Todas estas fechas señalan puntos negros en la historia económica italiana, pero, dados los vínculos que unen a esas compañías con la vida económica de buena parte de Europa, también de todo el continente. Ciertamente, aun después de mediados del siglo XIV se asiste a la afirmación de algunas grandes figuras de comerciantes, de grandes hombres de negocios: un Francesco Datini da Prato es testimonio suficiente de la perennidad de la existencia del «gran» comerciante. Pero el hecho es que el «gran» comerciante Datini presenta pocos signos de progreso en relación con sus predecesores. Entonces, ¿también en este aspecto hay estancamiento? Sólo en parte. En efecto, si durante el siglo XIV, como después en el xv, sobre una tendencia de fondo mercantil muy estancada, se asiste al florecimiento de personalidades nuevas (como, repitámoslo, un Francesco Datini y aún más los Médicis, que, a pesar del gigantismo que les es propio, no parecen diferenciarse tanto de sus predecesores), es indudable que ya empiezan a abrirse, camino profundos cambios. Es a partir del siglo XIV cuando el sentido de los negocios se afina y casi alcanza una precisión de ciencia. Que antes hubiera grandes hombres de negocios, no puede ponerse en duda, pero es ahora cuando —probablemente como consecuencia de las dificultades, de las complicaciones, de la debilitación de la vida comercial— empiezan a introducirse en la técnica de los negocios algunas ideas normativas: sentido laico del tiempo, sentido de la precisión y de la previsión, sentido de la seguridad. En este aspecto, en el seno de la «crisis» de hecho —y tal vez [33] en estrecho vínculo con ella— empieza la labor conceptual que producirá la renovación de la estructura mental y técnica del comerciante. Cuando esta labor se cumpla, se tendrá el comerciante «nuevo», en el que puede, realmente, reconocerse el comerciante moderno. Por citar un nombre, demos el de Jakob Függer.

De este rapidísimo esbozo de la economía europea en el siglo XIV —trazado de un modo tal vez «herético», pues tal puede resultar para la historiografía de hace sólo diez años la enorme importancia atribuida aquí a la agricultura— de este veloz apunte, ¿qué resumir, pues, para el lector? Se ha insistido mucho en los aspectos únicos, unificados de Europa, descuidando las excepciones.

Como conclusión de su monumental informe al Congreso Internacional de Estudios Históricos de Roma, de 1955, los autores (M. Mollat, P. Johansen, M. Postan, A. Saporí, Ch. Verlinden) insistían sobre la imposibilidad de reducir toda Europa a una unicidad absoluta y proponían una clasificación tripartita: 1.°) Italia, que milagrosamente había escapado de la crisis; 2.°) Europa Oriental (Rusia, Polonia y los países bálticos); 3.a) la Europa Occidental, incluida también «sur une étendue non encore précisée» la Europa Central. El escrúpulo de los cinco estudiosos era —y sigue siendo— ciertamente digno de todo elogio, Pero es posible disentir de él.

Prescindiendo de que es incomprensible cómo sólo Italia pudo permanecer sólidamente en pie dentro de un mundo occidental en crisis, hay que señalar que los estudios recientes demuestran que la crisis no se detuvo en los Alpes. No vamos a hablar aquí de Rusia y de los países bálticos, pero, en cuanto a Polonia, investigaciones también recientes han mostrado la posibilidad de una inserción, aunque matizada, en las posiciones generales del conjunto europeo. Queda, sin duda, et problema de algunas imprecisiones fronterizas en el seno de la Europa Central, aunque es de creer que, en general, pocas sorpresas pueden esperarse. Ciertamente, dentro del mundo económico occidental acaso haya excepciones, pero aquí el problema es Europa, el bloque peninsular europeo en su conjunto. Y, por ello, ¿cómo negar, después de la imponente bibliografía acumulada en los últimos veinte años, que el siglo XIV supone una caída con relación al XIII? ¿Cómo negar que esta caída se manifiesta ya a finales del siglo anterior y a comienzos del XIV? ¿Cómo dudar que, aun a través de las breves fases de recuperación, la tendencia general es negativa? Diferente intensidad del fenómeno, sin duda; movimientos pendulares de fases cortas, ciertamente. Pero el signo negativo de toda la época es igualmente indiscutible. Sin [54] embargo, aun dentro de tan sombrío cuadro, no deberán omitirse los fermentos, los gérmenes de cuanto florecerá después. De la «crisis» surgirá un mundo nuevo en muchos aspectos, pero no llovido del cielo.

VI. LOS REFLEJOS POLÍTICO -MILITARES DE LA «CRISIS»

Esta «crisis» económica europea —cuyos rasgos principales hemos tratado de presentar en las páginas precedentes—, ¿qué relaciones guarda con la vida política? Ante todo, el siglo XIV está dominado por la guerra. La más importante de todas es la guerra de los Cien Años (1339-1453): cincuenta y tres años de guerra y sesenta y uno de paz real o aparente, en un total de ciento catorce años. Curioso conflicto que, con la dramática claridad de su desarrollo, caracteriza todo un mundo. Iniciado como lucha feudal, sus fases sucesivas revelan el carácter de lucha nacional.



Juana de Arco (1412-1431) con sus orígenes humildes y sus emotivos impulsos (si bien de naturaleza religiosa) es buena muestra del carácter popular, nacional, del momento final de esta guerra, en la que, mientras en una primera fase el consejo y la ayuda militar al soberano de Francia proceden del noble Bertrand Du Guesclín (1320-1380), en la segunda es la modesta Juana la animadora del conflicto. Por lo demás, las vicisitudes de los otros países europeos muestran con toda evidencia la consolidación de estas realidades nuevas. Realidades que no en todas partes tienen rasgos tan claros, pero que existen. Donde este proceso de crecimiento y de unión de las distintas unidades se manifiesta más claramente es en el acuerdo de 1291 entre los tres cantones de Uri, Schwyz y Unterwalden, a los que se sumaron, en el curso del siglo XIV, Lucerna (1332), Zurich (1351) y Berna (1353). Igualmente clara es la tendencia de la casa de Austria en este siglo. Los Habsburgo apuntan la formulación de una política que harán suya durante siglos: la unión de los países alpinos y danubianos con Hungría, Bohemia y con el país de los Súdeles hasta el mar. La conquista de Trieste en 1382 es elocuente. En este siglo atormentado, bajo la sorprendente diversidad de las condiciones locales, rivalizan en toda Europa reinos, principados y ciudades en pos de la ampliación de sus territorios. Este movimiento de dilatar fronteras, que se perfila en toda Europa —incluso en Italia, aunque con menor intensidad—, no se presenta en Alemania: allí se instaura una «anarquía de forma monárquica». Esta monarquía, después de 1273 (elección de Rodolfo de Austria), no tiene otra función real que la de ser el símbolo del Imperio, pero un Imperio que es sólo nostalgia [35]





[36]


y mito, carente de fuerza real, si se excluye el paréntesis de 1346 a 1378 representado por Carlos IV, cuyas generosas y felices tentativas desembocarán rápidamente en la nada. Venecia con la guerra de Ferrara (1308-1309); Luis el Grande (1342-1382) en Hungría, con su política matrimonial con los Habsburgo, los Luxemburgo y los Piast; el contenido nacional (en cuanto a Francia) y el de expansión (en cuanto a Inglaterra) de la guerra de los Cien Años; la transformación en Señorías de los Comunes italianos: todos son síntomas evidentes de aquella tendencia de las unidades políticas a ampliar sus territorios. En el fondo, el problema, para expresarlo rápidamente, es sencillo: una aristocracia que pierde su fuerza económica, y que trata de procurarse compensaciones en otras regiones y en otros sectores. Ciertamente, como su fuerza económica ha disminuido, ya no puede entregarse a grandes empresas (¿no es curioso ver cómo se interrumpe la Reconquista de España, que no se reanudará hasta finales del siglo XV? ¿Y no es igualmente extraño ver detenerse el impulso —religioso, político y económico— de las Cruzadas?) Y entonces no hay más que dos caminos: de una parte, las guerras privadas, el bandidismo; de otra —al menos, en una fase inicial—, seguir al soberano en empresas militares, a la espera de conquistas y beneficios. Dejando a un lado la primera solución —sobre la que luego volveremos—, la segunda también presenta dificultades; en efecto, con cada ampliación de fronteras, los intereses del soberano se apartan cada vez más de los de la nobleza- El soberano adquiere carácter nacional, o, al menos, ya no local; los nobles siguen ligados a su punto de partida. Surge, pues, un contraste, o, al menos, una diferenciación de intereses. Durante algún tiempo, la balanza no se inclinará a un lado ni al otro, pero después, cuando el conflicto se resuelva —y de cualquier modo que se resuelva—, las consecuencias serán verdaderamente importantes.

Hemos dicho «de cualquier modo que se resuelva», porque las posibilidades de solución son dos: La victoria del soberano, que, apoyándose en las fuerzas nacionales, desmantela el poder de los señores, o el predominio de estos últimos. En el primer caso, no diremos que nace el estado moderno, pero se sientan, sin duda, las premisas que permitirán la consolidación de tal estado. Los nobles protestarán mucho contra la prepotencia del soberano —contra la «insolentia regum Francorum», como dirán los nobles franceses—; su fuerza entra ya en crisis. Dos posibilidades se les ofrecen entonces: una, más lenta y más segura, que es la que acaba en su transformación de nobles de castillo —compañeros independientes del soberano— en nobles de corte; la otra, inmediata, que les empuja hacia el bandidismo. [37]

De este modo, la «crisis» de la nobleza feudal, que tenía sus razones en un hecho simplemente económico relativo a sus posesiones, considerada de todas maneras, se agrava en cuanto pasa al plano político. Y, por otra parte, no hay duda de que el agravamiento en el terreno político tiene duros efectos también en el económico, estableciendo una interacción continua, de la que la nobleza saldrá no digamos deshecha, pero sí herida, animada por sentimientos de desquite, de rencor. No nos adelantemos: todo esto ocurre donde se consolida el triunfo del soberano.

En otras partes, el cuadro es diferente: que el soberano llegue, como en Polonia, a organizar las formas externas de los cuadros institucionales de un estado centralizado y territorialmente grande, o que, como en Alemania, el poder del soberano siga siendo un mero símbolo y el estado una pura forma vacía de todo contenido, el resultado es el mismo: la anarquía, la desmembración nacional. No es simple casualidad que los problemas nacionales de Italia, Polonia y Alemania, encuentren solución sólo muchos siglos después. No es simple casualidad que el noble bravo siga siendo, durante mucho tiempo, un fenómeno italiano, como el Ritter alemán. Acaso en ningún país de Europa se ha hablado tanto de libertad como en estos tres, pero aquella libertad de la que se proclamaban campeones no era más que una bandera de particularismos, de prepotencias, símbolo de debilidad del poder central: en nombre de aquellas libertades particularistas, faltaba la verdadera libertad. También faltaba, ciertamente, en otros países, pero, al menos, en esos «otros países», se sentaban las bases de ella. Volviendo al siglo XIV, sin embargo, lo que importaba es que toda Europa está inundada por aquella ola de bandidismo nobiliario, que en Alemania toma el nombre de Raubritterium y que encuentra amplio eco en Inglaterra, en Francia, en Escandinavia, en Polonia. El fenómeno es sólo aparentemente semejante en estos distintos países: en Francia y en Inglaterra, participan en él los nobles que entraron en conflicto con el poder progresivamente fuerte del soberano (y están destinados, por lo tanto, a agotarse en sí mismos, no sin dejar una larga estela de desgracias); en otras partes, el bandidismo se convierte en fin de sí mismo, hasta degenerar en formas de auténticas guerras privadas: organizaciones de grandes cazas del hombre sobre los pantanos helados de Lituania, en las que se degrada el espíritu de los Caballeros de la Orden Teutónica, que después no sabrán resistir en Tannenberg al ímpetu polaco (1410); expediciones de nobles polacos —por su cuenta e incluso a pesar de la voluntad del soberano— contra el Turco, pero, serán vencidos en Nicópolis (1396). [38]

Agotamiento, pues, del poder económico, decadencia de la fuerza política, limitación de su función militar. En la batalla de Courttai (1302), la infantería domina a la caballería francesa; a partir de 1315, los infantes suizos superarán a los caballeros; los arqueros constituirán el nervio del ejército inglés. ¿Acaso no es significativo que, durante el siglo XIV, maduren las leyendas de Robín Hood, del Grand Ferré, de Guillermo Tell? Dejemos de lado el problema de la realidad histórica de algunos de estos personajes. Lo que importa es que representan perfectamente, sobre una base concreta y en el plano de los valores que el feudalismo defiende del modo más celoso, la «crisis» de la nobleza. Así, también aquí tenemos una «crisis» profunda del feudalismo; se asiste a la descomposición de toda una serie de valores, de principios, pero, en cambio, otros valores comienzan a afirmarse. También aquí, en la «crisis», y, podría decirse, precisamente a causa de la «crisis», aparecen gérmenes liberadores, de gran trascendencia. [39]

2. Estancamiento y efervescencia: Europa desde 1380 a 1480

I. INTRODUCCIÓN

Sí el examen de la «crisis» de los siglos XIV y XV aparece en este volumen dividido en dos partes, en dos capítulos distintos, no es por mero artificio tipográfico, ni por simple comodidad de expresión. En realidad, para nosotros, el problema es mucho más complejo. No se trata, en efecto, de negar el principio de una crisis de los siglos XIV y XV, porque existe y, ciertamente, en sus caracteres fundamentales, es una. Pero, si se atiende sólo a los aspectos externos, nos parece que puede hablarse de dualismo. La primera parte de esta «crisis» abarca, a nuestro juicio, desde el último ventenio del siglo XIII al último ventenio del siglo XIV. Para expresar gráficamente el conjunto económico de este período casi secular, habría que recurrir a una línea fuertemente descendente, aunque, como ya hemos insistido en el capítulo I, es de advertir que en esta catástrofe económica se manifiestan notables posibilidades de liberación social, que no están descuidadas u ocultas en la general matriz catastrófica. El segundo periodo de esta crisis abarca, en cambio, el tiempo comprendido entre finales del siglo XIV y algo más de la mitad del XV. La «crisis» es tal porque, habiendo tocado fondo, la economía europea parece adaptarse a ello, relajarse, en tal situación. Privada de energías, se diría que necesitaba recuperar el aliento antes de lanzarse hacia nuevas conquistas. Hay, pues, estancamiento, y es preciso añadir que a un nivel muy bajo: estancamiento en la mediocridad. Y la mediocridad no es sólo económica, sino también social.

Pero, antes de reanudar el tema económico-social de la historia europea, será oportuno recorrer tapidamente los esquemas esenciales de los hechos más externos.

Problema importante lo constituye el intentar mostrar los rasgos complejos de este periodo, la dificultad de su análisis, su condición de doble vecino, de un lado del siglo XIV y de otro del XVI, tan diferente estos dos entre sí.

Para dar mayor claridad a nuestra exposición, acaso sea conveniente volver a los acontecimientos políticos que caracterizan este tiempo, articulándolos con los de la época precedente y con los que acaecerán después.

La historia de Europa —cualquiera que sea el período estudiado— aparece siempre rica, compleja y un tanto confusa. [40]



[40]


Pero puede decirse que estos mismos rasgos son atribuibles a la adolescencia, al desarrollo o a la madurez y a la senectud. Indudablemente, al examinar el período 1380-1480 (en sus antecedentes y en sus consecuencias), percibimos que nos enfrentamos con una época crítica, sí, pero con abundante efervescencia.

Tratemos de explicarnos.



II. el papado

Durante siglos se habían enfrentado dos grandes fuerzas de carácter y aspiración universal (lo que, en la Edad Media, quiere esencialmente decir europeo), imperio y papado. El motivo había sido el reino de Italia, y además el derecho a forjar Europa según sus deseos. Pero agotados el uno y el otro en la continuidad de la lucha, extenuados ambos, no hay ni vencedor ni vencido.

Desde finales del siglo XIII, el papado trata de reorganizarse. Bonifacio VIII (1294-1303) inicia la obra de reforma en la propia Roma, procurando reducir la influencia de las facciones; así, por ejemplo, la excomunión de los Colonna significa la destrucción de su fortaleza de Palestina. También intensifica su acción política en todo el ámbito italiano, interviniendo tanto en las vicisitudes de los comunes toscanos (sobre todo, con vistas a conservar para la sede pontificia los servicios de los utilísimos banqueros florentinos) como en Sicilia, tratando de estrechar los vínculos de vasallaje con la Santa Sede de aquél reino que había entrado ya en la órbita aragonesa. Intervino también en las contiendas entre Francia e Inglaterra; había tratado de poner condiciones para la concesión de la corona imperial. La síntesis más clara de la multiforme actividad de este pontífice, que procuró devolver a la Iglesia un papel que ya había perdido definitivamente, se halla en la huía Unam Sanctam (1502), en la que se contiene, sin duda, la más precisa teorización de la posición teocrática: «los dos poderes, el espiritual y el temporal, están en manos de la Iglesia; el primero le pertenece, y el segundo ha de actuar en su provecho. El primero debe ser usado por los sacerdotes, y el segundo por el rey, pero mientras el sacerdote lo quiera y lo permita. La autoridad temporal, pues, debe inclinarse ante la espiritual. La sabiduría divina concede a esta última la misión de crear el poder temporal y la de juzgarlo, si es necesario. Y por ello decimos, declaramos y establecemos que para toda criatura humana es condición indispensable de salvación la sumisión al romano pontífice». [42]

Pero de no mediar la gran figura de Bonifacio VIII, estas palabras parecerían pura arbitrariedad, porque, en realidad, todo fue un fracaso. A comienzos del siglo XIV, se abre un largo período de la historia de la iglesia que puede dividirse en tres fases: desde 1309 a 1377 (Aviñón); desde 1378 a 1417 (Cisma de Occidente); a partir de 1417, se inicia el período de los Concilios.

El fracaso de la política de Bonifacio VIII, así como el de su sucesor Benedicto XI (1303-1304), tanto respecto a Francia como a las facciones romanas (sobre todo, Colonna y Orsini), determinó el traslado de la sede pontificia a Aviñón. Allí, la acción de la Iglesia no fue menos temporal que la anteriormente desplegada en Roma; lo que cambia es que ahora se trata (con la excepción de Benedicto XII, 1332-1342) de una política temporal plegada a los intereses de la monarquía francesa, más que a los del poder pontificio. Durante el período de Aviñón, este poder aparece como lo que en realidad era: una fuerza espiritual olvidada de sí misma y preocupada esencialmente por intereses mundanos, capaz aún, sin embargo, de suscitar nuevas energías espirituales, como las de una Catalina de Siena (1347-1380). Cada vez más envuelto en dificilísimos problemas financieros —tanto más difíciles, cuanto que, al comienzo de su residencia en Aviñón, el pontífice se encontró completamente desprovisto de recursos—, la obra de reconstrucción financiera fue coronada con pleno éxito. Prueba elocuente es el extraordinario palacio papal de Aviñón, construido a partir de 1316, en el que, al decir de un contemporáneo, era imposible entrar «sin encontrar a los clérigos ocupados en contar monedas amontonadas ante ellos».

Pero dada la inseguridad que amenazaba a Aviñón en plena guerra de los Cien Años y la cada vez mayor inestabilidad de los dominios pontificios en Italia, se hizo necesario pensar en un retorno a Roma, El cardenal Albornoz organizó aquel regreso de la mejor manera. Gregorio XI hacía su entrada en Roma en enero de 1377. En Aviñón ya no volverían a residir más que los antipapas.

El período de Aviñón ha sido definido como la «cautividad de Babilonia». Dejando aparte el juicio contenido en esta definición, hay que tener en cuenta que la decadencia moral de la iglesia favoreció el florecimiento de movimientos heréticos; entre ellos, el de los Fraticelli, franciscanos intransigentes, que llegaron a intervenir en la lucha internacional a muy alto nivel, respaldando al imperio en su resistencia contra las pretensiones pontificias y llegando incluso a elegir su propio papa, Nicolás V (1328-1330), que fue, naturalmente, un antipapa para la iglesia católica. Pero éstos no eran más que los pródromos de otros [43] fenómenos heréticos, que se manifestarían, sobre todo, en el siguiente período del gran Cisma de Occidente.

Desde 1378 a 1409, la cristiandad tuvo dos papas; desde 1409 a 1415, tres; desde 1415 a 1417, ninguno legítimo. Esta bicefalia o tricefalia en la cima, se reflejaba también en la base: así, hubo diócesis y conventos con dos abades y dos obispos (cfr. cap. 3, III). Carente como estaba de todo contenido dogmático y, por consiguiente, de toda tensión moral, este Cisma no fue más que un conflicto entre tendencias opuestas y pretexto para tensiones puramente políticas, Así, en general, la tendencia romana de la Iglesia fue reconocida por la Italia central y septentrional, por Inglaterra (para oponerse a Francia) y por Portugal (frente a Castilla); el antipapa de Aviñón contó, en cambio, con el reconocimiento de Francia (naturalmente, contra Inglaterra), de Escocía, de Castilla y de Aragón (éstas para oponerse a Portugal) y de los angevinos de Nápoles.

Al paso del tiempo, la situación se hacía insostenible; frente al principio establecido por el derecho canónico de la superioridad del Papa sobre el Concilio, iba afirmándose la teoría opuesta, formulada y presentada insistentemente por la Universidad de París. En 1409, los cardenales de Aviñón y de Roma, reunidos en Concilio en Pisa, deponían a sus jefes respectivos y elegían a un nuevo papa: Alejandro V (1409-1410). Pero éste fue sólo un tercer Papa, porque ninguno de los otros dos aceptó el ser depuesto. No se dio un paso decisivo hasta la muerte de Alejandro V. Su sucesor, Juan XXIII (1410-1415) accedió —bajo presión del emperador Segismundo— a convocar un nuevo Concilio en Constanza, y después de varias alternativas, el propio Juan XXIII se vio declarado antipapa y depuesto, juntamente con el papa de Aviñón, Benedicto XIII, mientras el papa de Roma, Gregorio XII, abdicaba- La unidad de la Iglesia romana quedaba así restaurada, lo que imponía un gran resultado, sobre todo si se piensa que se restauraba sobre la base del principio de que, ante un Concilio, «todos debían obedecer, incluido el Papa, cuando (el Concilio) se pronunciaba sobre la fe, sobre el cisma y sobre la reforma de la Iglesia».

Así como los Fraticelli se habían aprovechado del exilio en Aviñón para afirmar sus propias tesis, otros movimientos se beneficiaron ampliamente de las dificultades internas de la Iglesia, en el período del asma de Occidente, basándose en las formulaciones de John Wyclif (cfr. cap. 3, VIII), que —uniendo lo político a lo religioso— había sostenido, por una parte, el derecho del estado a controlar la administración de los bienes eclesiásticos y, por otra, había afirmado el derecho a la [44] interpretación de las Sagradas Escrituras por cuantos tuviesen una cierta instrucción, y había negado la transustanciación. Las tesis de Wyclif tuvieron buena acogida también en otras partes. En Bohemia, Juan Huss y Jerónimo de Praga se convirtieron en sus defensores. Los soberanos no podían menos de aceptar gustosamente la parte política de aquellas teorías, pero no el resto, porque, en esencia, servía para reforzar ideológicamente los movimientos de revuelta, dirigidos, sí, desde un punto de vista religioso, contra el papado, pero políticamente peligrosos para ellos mismos. Entre un mal y un bien, renunciaron al bien, con tal de eliminar el mal. Juan Wyclif fue considerado cómplice del movimiento inglés de 1381. Expulsado de la Universidad de Oxford, señalado como hereje y obligado al silencio, murió, completamente aislado, en 1384, aunque el movimiento socio-herético (los «lolardos») por él provocado (tal vez, en contra de sus propias intenciones) le sobreviviría durante algún tiempo, a pesar de la feroz represión de los soberanos ingleses. Las consecuencias de las ideas de revisión fueron aún más violentas en Bohemia: la crisis religiosa se transformaba claramente en movimiento social y, más aún, en crisis nacional. La fuerza del sentimiento nacional —dirigido contra la opresión alemana en "Bohemia— constituyó la base del movimiento. Juan Huss fue declarado hereje y excomulgado (1412). Atraído a Constanza, durante el Concilio que se celebraba en aquella ciudad, con la garantía de un salvoconducto, se le pidió que se retractase de sus «herejías». Ante su negativa no se le reconoció validez al salvoconducto. Fue quemado vivo (1415), y, poco después, en 1416, corría la misma suerte su discípulo y amigo Jerónimo de Praga. Estas ejecuciones no resolvieron el problema, ya que en Bohemia la muerte de Huss desencadenaba la guerra del 1419 a 1436.



Para suprimir las condiciones de la herejía no bastaban las sangrientas represiones llevadas a cabo en Inglaterra por Enrique IV y Enrique V de Lancaster contra los lolardos, ni las de Segismundo de Luxemburgo contra los hussitas en Bohemia. Había que poner orden en el seno mismo de la Iglesia: en su interior, y, desde luego, en el espíritu. Pero no se pasó de las formas externas. En 1431 se convocó un nuevo concilio en Basilea, que duraría hasta 1449, y que cambió varias veces de sede (Ferrara, 1438; Florencia, 1439), para llegar, al fin, realmente, a nada: cesión parcial (comunión bajo las dos especies) ante los indomables hussitas, que habían resistido a cinco «cruzadas» imperiales organizadas contra ellos, pero ninguna decisión sobre la cuestión fundamenta] para la que se había reunido el concilio, es decir, acerca del problema de la superioridad del pontífice sobre el concilio, o viceversa. Sin [45] embargo, aunque esta decisión había sido aplazada, el propio desarrollo del concilio había creado las premisas para alcanzar la anulación de las posiciones logradas en Constanza, Así, con la bula Execrabilis, promulgada en 1459 por el papa Pío II, quedó definitivamente proclamado el principio de la superioridad del pontífice sobre el Concilio. De este modo se aplazaba, por no decir que se impedía, la reforma interna de la iglesia. De esto se había dado cuenta incluso Pío II —claro que mientras sólo era el cardenal Eneas Silvio Piccolomipi— en 1448, cuando había afirmado: «Los partidarios del concilio dicen: ‘Cedimos a la violencia. Conservamos muy firmes todas nuestras convicciones.’ Por esta razón, se espera sólo encontrar un nuevo campo sobre el cual deberá reanudarse la lucha» (cfr, cap. VIII, 1). El papado, convertido ya en fuerte centro de poder político, inatacable en el interior y suficientemente sólido para no temer ataques desde el exterior —al menos, por algún tiempo—, podía aparentemente entregarse a su función espiritual. Pero, en realidad, se llamará espiritual a lo que era, sencillamente, cultural. Así, hubo pontífices de altísima formación humanística y de fina inteligencia, como un Nicolás V (1447-1455) o un Pío II (1458-1644). Pero tras este espléndido velo se acumulaban las condiciones de futuras conmociones. Por una parte, en el plano interno, se acentuaba cada vez más el carácter por el que el estado pontificio constituía, sencillamente, un principado entre los otros de la península italiana, sujeto a todas las contingencias de la política exterior italiana y originando aquel lamentable fenómeno del nepotismo (cfr. cap. VIII, I). En el plano externo, ante la creciente presión de los caracteres nacionales de los nacientes estados europeos, la Iglesia se veía obligada a reconocer a las distintas iglesias locales una cierta autonomía. El reconocimiento de la «pragmática sanción» dictada por Carlos VII en Francia (1438), por la que la iglesia «galicana» quedaba sometida al control del monarca, daría luego origen al concordato de Viena (1448) con el imperio y a las convenciones con los soberanos de Castilla y de Aragón (1481), con lo que se reconocían a las iglesias de aquellos reinos diferentes derechos autónomos. Estos desplazamientos de poder habrían representado tal vez un cierto beneficio para el papado, si hubieran supuesto también una solución de los problemas a los que eran más sensibles los soberanos y los pueblos: los del dinero a entregar en las cajas romanas- Pero los beneficios económicos —aunque bajo formas diferentes— seguían en pie. V el descontento también. A comienzos del siglo XVI —ante la continuada falta de una reforma interna—, la Reforma, en todos sus niveles (o sea, en los que le eran posibles), se efectuaría desde el exterior con extremada claridad. [46]

III. EL IMPERIO

Entre 1256 y 1273, período del «Gran interregno», estuvo vacante la sede imperial: ninguno de los pretendientes (Guillermo de Holanda, Ricardo de Cornualles. Alfonso X de Castillla) que, a título más o menos vago, podían aspirar a la corona, logró realizar su ambición. Alemania se fraccionó en centenares de unidades, que difícilmente podrían llamarse estados.

El caos, las luchas intestinas, la fragilidad de las relaciones interiores del imperio, todo esto caracterizará, durante largo tiempo, la vida de este organismo, cuya existencia no parece justificada por ninguna otra cosa. Sin embargo, lentamente —muy lentamente—, comienza a vislumbrarse algo como un hilo. En primer lugar, el principio de llamar al trono imperial a emperadores procedentes de familias distintas empieza a dejar paso al criterio de una cierta prerrogativa de algunas fámulas: así, desde 1346 a 1400, serán emperadores Carlos IV (1346-1378) y Wesceslao (1378-1400), de la familia de Luxemburgo; seguirá una interrupción con Roberto del Palatinado (1400-1410); después, nuevamente un Luxemburgo, Segismundo (1410-1437). Por último, desde 1438, a partir de Alberto II de Austria, los Habsburgo ya no abandonarán el trono.

Paralelamente a esta sucesión de personas y a estas vicisitudes de las grandes familias, se inicia un largo camino que conduce a una relativa consolidación del imperio: empieza con la Convocatoria de Rhens (1338), donde la confirmación papal es declarada no necesaria para la elección imperial; después, en 1356, la Bula de Oro de Carlos IV de Luxemburgo precisa las modalidades de la elección imperial, atribuyendo su facultad a siete electores: los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia, el rey de Bohemia, el duque de Sajonia, el margrave de Brandeburgo y el conde palatino del Rhin. Esta era una clara mejoría de las condiciones de la elección imperial, aunque en sus estados personales se continuaba reconociendo todos los derechos soberanos a las «siete columnas del imperio», lo que confirmaba la fragmentación de éste. Un primer freno, aunque indirecto, a esta fragmentación fue impuesto por el emperador Federico III, el cual, en vida aún, hizo elegir a su hijo Rey de Romanos, creando así las condiciones de una presunción de herencia, que en realidad será aplicada siempre. Otra limitación, si bien relativa, será la de Maximiliano I de Austria, quien, mediante la creación, en la Dieta de Worms (1495), de una Cámara Imperial de Justicia, que debía intervenir en todos los casos de litigio, puso fin —al menos, inmediatamente— a los conflictos entre los diversos señores.



Paralela a esta lenta estratificación de acontecimientos, [47]

[48]


tendentes, si no a estructurar, al menos a reducir la descomposición del imperio, se desarrolla la hábil y afortunada política matrimonial de la Casa de Austria. Fue iniciada por Federico III, que hizo casar a su hijo Maximiliano (el futuro Maximiliano I) con María de Borgoña. Así, a los estados patrimoniales (Austria, Estiria, Carintia, Carniola, Tirol y Alsacia Meridional), se añadieron Flandes, Países Bajos, Brabante, Luxemburgo, Artois y el Franco Condado. Primero y considerable paso. El decisivo fue el matrimonio del hijo de Maximiliano —Felipe el Hermoso— con Juana la Loca, hija y heredera de Fernando e Isabel —los «Reyes Católicos»—. De este matrimonio nacerá el que después será el gran Carlos V (1500-1558). Si una de sus divisas fue Plus Ultra, hay que reconocer que comenzó, hereditariamente, sobre bases extremadamente amplias. Se encontró a la cabeza de aquel extraordinario conjunto de coronas, que la política matrimonial realizada por la Casa de Austria durante casi un siglo le preparó, y de un imperio germánico que, aun sin representar un todo orgánico, era, de todos modos, algo más compacto que dos siglos antes. Así había ido preparándose, lentamente, la plataforma del que, después de Carlomagno, sería el más grande soberano de Europa.

IV. ITALIA

A finales del siglo XIII se había producido un gran acontecimiento en Italia. El lunes de Pascua de 1282, en Palermo estallaba la revuelta contra la monarquía angevina, y el rey de Aragón era proclamado rey por el Parlamento siciliano. Durante veinte años, la guerra estaría presente en el mar, en la isla, en Calabria, en Aragón. Lucha confusa, en la cual la isla era la apuesta de un juego mucho más amplio entre la monarquía angevina, el rey de Aragón y el papado. Añádase a esto la notable reducción de las posibilidades de intervención del imperio en las vicisitudes italianas, y se tendía un panorama un poco más completo del desorden de la península. Pero esto no lo es todo aún, porque, empeñados los grandes (Estado pontificio y reinos de Sicilia y de Nápoles) en la lucha, los «pequeños» (sólo en el sentido territorial, en algunos casos, y en todos los sentidos, en otros) se encontraron con plena libertad de acción. En última instancia, esta libertad de acción no significó más que el despliegue de viejos antagonismos: alianzas, guerras y paces se sucedieron con un ritmo, con una frecuencia extraordinaria. Cada vez se hace más frecuente el recurrir a los extranjeros para resolver los problemas internos. [49]



[50]



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad